Heidegger y los populismos

Vivimos tiempos en los que, lo que hemos dado en llamar populismos se están extendiendo por Occidente de una forma peligrosa, tan peligrosa que se empieza a temer por la civilización. Pero ¿Qué es el populismo? 

Dice el sociólogo argentino Juan Carlos Torre: 

“La crisis de la representación política es una condición necesaria pero no una condición suficiente del populismo. Para completar el cuadro de situación es preciso introducir otro factor: una «crisis en las alturas» a través de la que emerge y gana protagonismo un liderazgo que se postula eficazmente como un liderazgo alternativo y ajeno a la clase política existente. Es él quien, en definitiva, explota las virtualidades de la crisis de representación y lo hace articulando las demandas insatisfechas, el resentimiento político, los sentimientos de marginación, con un discurso que los unifica y llama al rescate de la soberanía popular expropiada por el establecimiento partidario para movilizarla contra un enemigo cuyo perfil concreto si bien varía según el momento histórico ―«la oligarquía», «la plutocracia», «los extranjeros»― siempre remite a quienes son considerados como responsables del malestar social y político que experimenta «el pueblo». En su versión más completa, el populismo comporta entonces una operación de sutura de la crisis de representación por medio de un cambio en los términos del discurso, la constitución de nuevas identidades y el reordenamiento del espacio político con la introducción de una escisión extrainstitucional.” 

Como se ve, el populismo tiene origen en la insatisfacción de la gente por dos razones: una objetiva, que son las molestias o carencias que experimente en su vida cotidiana, y otras subjetiva, la que experimenta por considerar que quien tiene la obligación de cuidarlo, porque así se comprometió, no está cumpliendo esa promesa. Y aquí tiene hueco Heidegger. Como se sabe, este filósofo dejó dicho que la esencia del ser humano es su existencia y que, por tanto, cada ser humano no tiene otro motor vital que la permanente revisión de su proyecto de vida de acuerdo a cómo le va en la práctica a él y su entorno afectivo. Por eso, el ser ordinario es sentimental, tanto para entregarse al trabajo de forma automática, como para la rebelión cuando se siente traicionado. Pero también se entiende en relación con los otros, por lo que no tendrá una valoración absoluta de sí mismo, sino comparativa con lo que la media social exige y experimentará como pérdida cualquier desviación excesiva por abajo respecto de esa media.

Siendo esto así, ¿cómo responden las teorías políticas vigentes? Pues el liberalismo con una promesa de bienestar general, si se deja todo el capital en manos privadas, para que la riqueza emane desde las meritorias élites hacia las capas más bajas. La socialdemocracia con la promesa de los cambios estructurales que serán capaces de retener, mediante mecanismos fiscales, todo el capital necesario para que, sin que la riqueza vaya a los bolsillos particulares, el bienestar se obtenga a base de servicios públicos gestionados por burócratas bien entrenados para su gestión. Sin embargo, a pesar de que es constatable que, con mayor énfasis en las sociedades prósperas del mundo tanto oriental como occidental, las condiciones de vida en términos de esperanza de vida, mortalidad infantil, PIB por cabeza, servicios públicos de sanidad y educación tienen estándares incomparablemente mejores que en épocas anteriores, la percepción de incomodidad es patente debido al carácter relativo del estado de bienestar individual y familiar. Una sensación de carencia basada en el carácter ilimitado de los proyectos de vida que toman sus referencias de lo que hay a su alrededor. Y, téngase en cuenta, que toda la estructura que mantiene al sistema productivo capitalista está basada en la ilusión, transmitida por la publicidad, de un mundo siempre mejor. Recurso que no es interpretado como un medio ingenioso de venta, sino como la meta a alcanzar. Únase a ésta desviación del ser humano hacia el consumo fútil, la ausencia de metas y métodos comunes sobre cómo darle el sentido a una vida buena y pacífica en una época desacralizada y tendremos el cóctel del que se alimenta la irresponsabilidad populista. Además, el advenimiento de masas provenientes de países pobres atraídas por los mismos señuelos que empujan a los ciudadanos locales hacía la carencia subjetiva, han aumentado el estado de crispación porque ya no sólo se percibe la pobreza diferencial, sino una amenaza mucho mayor, la pérdida a manos de extraños.

Las élites liberales y socialdemócratas responden con el silencio altivo de quien piensa que las masas no entienden sus desvelos. Unos desvelos que ven (capitalistas y burócratas) como un mérito para ser titulares de la mayor parte de las rentas que se consiguen con el esfuerzo de todos, pues en estas élites no se incluye ni el talento científico, ni el esfuerzo profesional que ha constituido siempre el colchón sociológico de las clases medias.  Y ello, porque se ha decidido que el único modo de participar con provecho en la renta es adquiriendo la condición de empresario. Lo que se comprende para estimular el número de emprendedores por   la necesidad de poner a muchos a pensar soluciones para los problemas actuales de cantidad y complejidad creciente, pero que lleva al error de que todo aquel que no adquiere ese estatus debe ser arrumbado en la cuneta. Una situación peligrosísima en la que se nutren y engordan aventureros de toda clase que, por supuesto que no van a solucionar los problemas, sino que van a sustituir a las élites políticas actuales por otras que viene, no sólo con el autoritarismo como método, sino con sus extravagantes y reaccionarias propuestas de vida para todos. 

Volviendo a Heidegger, el ser humano necesita experimentar el sentido de su vida. Y el sentido de nutre de la afectividad, la comprensión y la reciprocidad en el cuidado. Si una sociedad no ofrece estos objetivos y los materializa explícitamente a sus componentes, no debe extrañarse de que sigan al primer flautista que toque esa melodía, aunque sea a ritmo de marcha militar. Por cierto, para mayor paradoja, el propio Heidegger creyó ver en Hitler al heraldo de una vida nueva en la que la vaciedad y la mediocridad sería sustituida por el brillo y esplendor de lo heróico cotidiano, traicionando su propio análisis genial del cómo somos. No es de extrañar su silencio de treinta años tras la derrota nazi, Nunca sabremos si por vergüenza o por rencor, pero sí sabemos, precisamente gracias a la tremenda desgracia que cayó sobre Europa por el régimen nazi, el más y mejor organizado populismo que jamás haya existido, que esa es una pista falsa. Por eso, nuestros líderes moderados deberían aprender de su enemigo qué atrae a las masas y procurar dárselo: respeto y cuidado mientras se las educa emocionalmente para que presten atención a los enormes atractivos de la existencia y sus posibilidades, sin miedo a los otros y sin desarrollar la impaciencia que hoy en día vemos surgir por todas partes en forma de reclamaciones sociales o de acardias identitarias, con riesgo de implosión estéril.

Decisiones migratorias

Yo tuve que aprenderme los reyes Godos empezando por el rey Ataúlfo en el año 411. La Hispania romana fue víctima militar y política de la degradación del Imperio en el siglo V con la consecuencia de migraciones a las que las élites romanas tuvieron que hacer lugar cediendo tierras y poder. Así, todavía hay en España, según el INE, 208 españoles vivos que se llaman Ataúlfo, 323 que se llama Recaredo y 572 que se llaman Leovigildo, añadan que hay 60.925 que se llaman Mohamed. Por esta tierra han pasado Indoeuropeos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, vándalos, suevos y alanos, además de los árabes. Una vez hecha la mezcla y estabilizado el poder en torno a los Reyes Católicos, las migraciones se redujeron a las élites gobernantes a base de dinastía según estaban las cosas en el continente. Así tras los restos del poder germánico agrupado por pactos y derrotas entre reinos, son los Habsburgo (germánicos) y los Borbones (franceses) hasta hoy miércoles 20 de junio de 2018.

Antes, en el siglo XV, fuimos nosotros los que invadimos todo un continente. Operación que nos gusta pensar que tiene rasgos civilizatorios (qué duda cabe), además de explotadores (qué duda cabe). Todavía a mitad del siglo XX, cuando ya habíamos perdido hasta el último islote del Imperio en Filipinas, emigramos huyendo de nuestra propia barbarie a Méjico y Argentina. Ahora son nuestros descendientes americanos los que nos visitan, pero ya en la forma pacífica del que quiere trabajar y tener aquí la vida que no puede tener allí. Ningún país puede, salvo en los delirios de algunos de sus dirigentes, vivir aislado e impedir las migraciones de entrada y salida. Así, nosotros estamos recibiendo extranjeros y, en una de las operaciones más estúpidas de la historia universal, “enviando” jóvenes bien formados a buscarse la vida en tejidos económicos más eficientes.

Todas las sociedades que fueron umbral de un cambio de los tiempos, seguramente vivieron con desazón las circunstancias que le habían tocado. Seguro que en todas ellas se escucharon voces airadas contra los recién llegados. Pero la fuerza de las cosas se impuso y hoy no hay nadie sensato que no sepa que procede de mestizajes históricos bien documentados. Y aquí estamos los europeos en la misma situación que los romanos hispánicos sin advertir que ahora la llegada de pueblos extraños no se hace con la fuerza de las armas, sino con la fuerza del número y la resolución del que no tiene nada que perder. Tenemos la oportunidad de hacerlo bien, pero ¡para qué! Vamos a hacerlo mal aumentando el sufrimiento temblando de miedo. Pero, ¿en qué acción se puede triunfar con el brazo encogido?

Olvidamos que los árabes trajeron los números que ahora usamos en nuestros algoritmos, olvidamos que la Escuela de Traductores de Toledo con árabes, judíos y cristianos permitió trasladar al centro de Europa todo el conocimiento Griego, filtrado por los sabios del Islám. Pero permitimos que un zafio ignorante emigrante alemán en Estados Unidos practique el adanismo más elemental y torture niños con tibias protestas o su ausencia como en la visita del Rey al sátrapa. También permitimos que los representantes de nuestros valores en Oriente disparen a matar a gente indefensa. Al fin y al cabo, de qué protestan, con lo cómodo que es el campo de concentración de Gaza que les hemos creado en vez de exterminarlos, piensan los piadosos israelitas. De qué se quejan los centroamericanos si sólo los han explotado un poquito los amigos del norte, mientras contribuían a crear regímenes corruptos, tan corruptos que ni lo intentos ideológicos tipo sandinista han podido vencer la tentación y han sustituido a la ignominia que representaba el dictador Somoza por la ignominia de un torpe Ortega.

Como ya somos el pasado de nuestros descendientes, seremos estudiados como una época que no supo ver la salida de los problemas paradójicos que trae la ciencia al crear conocimiento que cura, pero multiplica las poblaciones; que crea riqueza, pero que la estupidez humana la concentra para no compartirla. Ni las vallas en el agua, ni los mensajes siniestros de los ministros de interior tipo Salvini (¡salvini!) de los países cobardes van a parar el fenómeno. De modo que o nos preparamos para la violencia y la sangre ejercida sobre el inocente y el desesperado o para la paz inteligente.

El mago de Oz y el liderazgo político

Es un tópico de nuestros días la queja de que ya no hay líderes como los de antes. Yo tengo mis dudas pues creo que el liderazgo surge de una mezcla adecuada de persona y circunstancias y, hoy en día, las circunstancias aún no son generadoras de líderes que puedan pasar a la historia. Es decir, en tiempos fofos, enervados (sin tensión) no hacen falta líderes fuertes, pues el ambiente el tipo de carácter que se requiere no es para la lucha, sino para evitar que se den las condiciones para los tiempos duros, nervados (con tensión), tiempos en los que, paradójicamente, surgen líderes capaces de hacer frente a los problemas porque la alternativa es la destrucción del grupo liderado. Naturalmente es inevitable que los liderazgos, tanto de los tiempos fofos o enervados como de los duros o nervados sean tanto simbólicos como diabólicos. Quiero decir, acercándome a los sentidos originales de las palabras, que surgen líderes que unen (simbólicos) o que separan (diabólicos). Pongamos ejemplos:

TIEMPOS FOFOS

  • Simbólicos: Obama, Mujica
  • Diabólicos: Trump, Putin

TIEMPOS DUROS

  • Simbólicos: Churchill, Mandela 
  • Diabólicos: Hitler, Pinochet

Los líderes simbólicos (buenos, que unen), en los tiempos fofos, son aquellos que no practican ni consienten la corrupción, controlan la deuda externa y distribuyen la riqueza evitando las condiciones para que el país que administran se vea envuelto en crisis internas o externas. En los tiempos duros son capaces de movilizar las energías sociales para olvidar los caprichos de las épocas buenas y trabajar para la recuperación material y moral del país. También son capaces de depurar los errores del pasado sin dejar de castigar con moderación a los principales responsables de la situación del país.

Los líderes diabólicos (malos, generadores de división), en los tiempos fofos, son aquellos que o se ensucian en corrupción, la permiten en su entorno o resuelven los problemas sociales endeudando al país, en vez de repartiendo mejor la riqueza. De esta forma crean las condiciones para los tiempos duros en los que los líderes diabólicos optarán siempre por soluciones policiales o bélicas para los problemas y tratarán de esconder sus crímenes para no rendir cuentas.

Con esta taxonomía del liderazgo se puede decir que nuestros líderes actuales no son peores que los que fueron en el pasado, siempre que los comparemos con su clase y tiempo. Es decir, no tiene sentido comparar a Rajoy con Churchill, ni a Zapatero con Mandela, pues pertenecen a dimensiones paralelas que no se tocan. Nuestros líderes actuales son simbólicos y no están estimulados por el tiempo duro. Es más, tenemos la suerte de no haber sufrido líderes diabólico del tiempo fofo, hasta que el descuido en el control de los parámetros claves ha llevado a que resulten atractivos para algunos, como sucede con Trump o Putin, que nos pueden lanzar hacia los tiempos duros.  Nuestros líderes actuales no nos gustan porque, según nuestras tendencias tenemos siempre como referencia a los líderes de los tiempos duros ya sean simbólicos o diabólicos. Los líderes de los tiempos duros cuando son tiempos fofos, no pasan el filtro del poder, unos, los simbólicos porque son vencidos por otros más astutos y mediocres, además de que no les resulta atractiva la administración ordinaria y otros, los diabólicos, porque rezuman peligro. El riesgo potencial de los simbólicos en tiempos fofos es que no perciban los peligros de la desidia porque todo parece ir bien, y el peligro de los diabólicos, en ese mismo tiempo, es que aceleran la llegada de los tiempos duros con sus disparatadas decisiones y connivencias. En tiempos duros, cambian los criterios y donde antes no tenía cabida un líder decidido es ahora reclamado, aunque, si los errores cometidos en tiempos fofos son muy graves, la ira popular puede llegar a reclamar líderes diabólicos con las terribles consecuencias conocidas.

En fin, que cada tiempo tiene su líder bueno y malo, por lo que tenemos que afinar nuestro criterio para elegirlos en según qué circunstancias. Por supuesto que lo ideal es elegir siempre líderes simbólicos que, tanto si son de izquierdas como de derechas, sepan alternar las políticas, sin descuidar las fracturas sociales en la creencia de que puede disfrutar del poder porque las cosas van solas. Pues no, no van solas, tras la apariencia hay pequeños diablos que se aprovechan de la prosperidad para crear las condiciones del futuro desastre. No se puede bajar la guardia.

¿Y qué tiene que ver el mago de Oz con todo esto?, pues con el hecho de que, en nuestra confusión con el liderazgo, además de confundir el tipo y el tiempo, no tenemos en cuenta que vivimos una época en la que ningún líder, con la excepción, quizá de los diabólicos de tiempos duros, pueda eludir ser objeto de un profundo escrutinio. Transparencia que no se daba en el pasado. Esta circunstancia complica el juicio que emitimos porque en el pasado un halo de misterio y omnipotencia rodeaba a los líderes presentándolos como mejores de lo que realmente eran. Entre la imposibilidad de penetrar sus vidas y los secretos de estado, una espesa capa de ignorancia favorecía una imagen idealizada. Hoy en día, por el contrario, el escrutinio es casi total, incluso cuando el líder niega esto o aquello no se le cree, porque su conducta y sus contradicciones sirven de referencia poderosa que anula cualquier pretensión de falsa inocencia.

El mago de Oz era una persona normal que dirigía un reino desde el interior de una terrorífica cabeza flotante rodeada de fuego y humo. Esta apariencia era la fuente de su poder, pero detrás no había nada que lo justificara. El caso es que, una vez que nuestra época no ha dejado Mago de Oz “con cabeza” y todos los tipos de líderes simbólicos son considerados personas normales, no podemos despreciarlos pues no tenemos otra cosa. Al contrario, se les debe dar atributos institucionales y, al tiempo. resistirnos a sus desvaríos con una vigilancia continua de su desempeño. Esto es necesario con todos, tanto con los líderes simbólicos de los tiempos fofos, que deben ser vigilados para que no nos  deslicen por la pendiente hacia los tiempos duros y, también, a los líderes simbólicos de los tiempos duros para que a hombros de su éxito, si es el caso, no tenga tendencia a mutarse en diabólicos, es decir arbitrarios y autoritarios. En el caso de los diabólicos de los tiempos duros, la primera receta es evitar que se hagan con el poder manteniendo en la memoria que, en el pasado, sus soluciones empeoraron las cosas y trajeron mucho sufrimiento. Y la segunda receta es, una vez que se han hecho con el poder, combatirlos con fiereza.

Para actuar con esta inteligencia necesitamos que nuestros espantapájaros tengan cerebro, para eso la educación; que nuestros hombres de hojalata tengan corazón, de ahí las políticas económicas solidarias y que nuestros leones cobardes, la mayoría de nosotros, tengamos el coraje de estar a la altura que los tiempos reclamen. Sólo así tendremos el hogar que Dorothy descubre cómo el mejor lugar al final del cuento.

 

 

 

Irene, Pablo y el mal de altura

El cotilleo del día en esta corrala global es la compra de una casa de 600.000 euros por parte de Irene Montero y Pablo Iglesias mediante un préstamo para el que van a necesitar 30 años de sueldos de clase media alta. Las primeras reacciones de sus compañeros son las habituales antes de la catástrofe “yo sólo comento el uso de dinero público, pero no el de particulares (Errejón)“. Y entre los periodistas que “por fin los dirigentes de Podemos ponen los pies en suelo y hacen las cosas normales que hacen los que tienen su nivel de ingresos“. Las razones de sus compañeros son escapistas, pues de sobra saben que se les interpela porque representan a un partido que se ha aupado sobre las costillas de los militantes para reducir los abusos de la “casta” y en base a una promesa de cambio radical de la redistribución de la riqueza ¿o no? En cuanto a la “normalidad” de la inversión, dado que se va a pagar con una hipóteca a 30 años, implica que los felices padres de Ernesto (por Guevara) y Rosa (por Luxemburgo) tienen pensado quedarse en sus escaños ese tiempo. A partir de ahora, cualquier defensa de la igualdad queda bajo sospecha, pues basta mirar la tabla de distribución de la renta por tramos para advertir que esta pareja se sitúa en la antecumbre dineraria. Además, cualquier acción para mantener el liderazgo, ante Bescansa o Errejón, habrá que considerarla “una defensa del puesto de trabajo y del estatus social adquirido” a perpetuidad. En fin un caso más de parasitismo político.

A pesar de la grosería del error político cometido, hay militantes que se resisten sentimentalmente a reconocer la verdad y arguyen que nada ha cambiado desde la situación en la vida antes de comprometerse en política. Lo que ha cambiado es que, cuando se escoge representar a la gente para un propósito de cambio de las circunstancias penosas o injustas en las que viven, no se puede eludir el compromiso explícito e implícito que conlleva. El explícito es que si prometes luchar por mejorar la vida de la gente y llamas “casta” o “trama” a los que tienen dinero, tu no tienes más remedio que adoptar un modo de vida que no contraste con el de la gente que espera de tu acción política mejorar sus condiciones. Por ejemplo si luchas contra el desahucio, no lo puede hacer desde una finca comprada con los votos de los desahuciados, sin incurrir en cinismo. El compromiso implícito es que no puedes mandar la señal de que vienes a quedarte porque se vive bien de la política, que sería algo así como estar todo el día cotilleando con un buen sueldo, además de incorporarte a la nómina de gurús de la nación a los que se consulta sobre lo humano y lo inhumano. Si la intención fuera otra no se habría dejado perder la oportunidad de gobernar en vez de transmitir la sensación de que se disfruta por el mero hecho de estar en un escaño. No se puede pasar por un descamisado cuando se busca, en realidad, vivir bien, lo que es legítimo para todos, menos para los que encabezan luchas populares. Esto no quiere decir que no pueda haber líderes populares, sino que éstos deben ser ejemplares.

Otro argumento inútil y típico de los políticos de derechas, es que vienen a hacer un favor a la patria desde bien pagados empleos. Argumento este que se acabó desde que se crearon las “juventudes”, que son ámbitos que se llenan de jóvenes ambiciosos sin méritos.  Pero en el caso que nos ocupa ni que decir que los líderes de Podemos viene de la nada y de un empleo precario en la universidad. Se adjunta un enlace que lleva al detalle oficial de lo que cobra un diputado y otro con el resumen por cargos: http://cort.as/1-Bmhttp://cort.as/-5mhD. Como se puede ver, en la universidad no se gana eso como profesor ni de lejos. Y, desde luego, un rector no gana ni la mitad de lo que el presidente del Congreso, ni un director de departamento o de escuela, la mitad de lo que un portavoz del Congreso, mucho menos un profesor interino.

Pero que un diputado cobre lo que esté estipulado no es la cuestión, aunque pueda ser un indicador de uno de los componentes de sus motivaciones. La cuestión es cómo se indigna uno tomando un cubata en esa casa. Es imposible, pues el regusto que te da mirar tu horizonte íntimo es tal que ni practicando sado-maso te va a doler algo. La incoherencia es tan escandalosa que neutraliza la acción política radical convirtiéndola en una farsa. A poco que suban los intereses de los préstamos (y el proceso está en marcha) tendrán que pagar una cuota mensual para amortizar la hipoteca que requiere muchos años de un sueldo muy potente. Pero además, una vez en la pendiente deslizante, pronto llegará la moda en el vestir y otras muestra de decadencia, no social, ni siquiera de su partido, sino de los personajes. Llamar “plan de familia” a esa casa es tomar el pelo al que lo escucha, cuando sus votantes tiene los problemas que tienen para tener un techo.

Pero cabe legítimamente preguntarse: ¿Entonces, quién puede defender los intereses de los perjudicados por la crisis social?, pues la respuesta es los perjudicados, no unos profesores de universidad luchando, visto lo visto, por su carrera personal, que pronto  se han dejado seducir por los placeres de la vida moderna para quien puede pagárselos. Tendrán que ser, insisto, los perjudicados. Sobre todo aquellos suficientemente inteligentes para renunciar a dar muestras de que defender estas posiciones es un buen negocio. Pero, este error garrafal de Irene y Pablo no debe hacernos creer que los que defienden los intereses de los ricos, por venir de familias acomodadas, son más honrados, pues los escándalos de corrupción ya han puesto de manifiesto que son insaciables. Pero un político que trata de llevar la indignación de gran parte de la sociedad al Parlamento no puede olvidar que esa tarea tiene servidumbres y una de ellas es la contención en la tentación de parecerse a sus rivales cuando contienden por el corazón (el voto) de los ciudadanos.

El asunto ha seguido dando que hablar y quizá lo más interesante y decepcionante sean las reacciones dentro de la propia organización, que han sido de dos tipos: 1) El rechazo y reproche de incoherencia, protagonizada por dirigentes andaluces y 2) La estrafalaria de dos miembros o simpatizantes del partido que se sintieron aludidos indirectamente y protestan diciendo con ironía amarga “los pobres deben vivir como pobres” o más amargo: “si eres de izquierdas debes vivir como un pobre”.

Es necesario responder: para empezar, vivir como vivía Pablo Iglesias no es vivir como un pobre. Vivir como pretende vivir si es vivir como un rico. ¿Sabe este muchacho que si tiene un activo de 600.000 euros más su sueldo en el Congreso se encuentra entre el 10% más rico del planeta y el 20% más rico de España? Esa es, por supuesto, una situación legal, pero, en su caso, inmoral. Ser de izquierdas no implica, en absoluto, ser como el Padre Ángel que conocemos, pues eso se ha llamado toda la vida ser un santo. Pero militar como dirigente de extrema izquierda liderando un movimiento que incluye la opción anti-sistema, lleva consigo la, al parecer, dolorosa obligación de la ejemplaridad. Y en este caso, esa servidumbre implica no querer vivir como el que se resiste a compartir su riqueza, que, además, según la organización que dirige, es adquirida injustamente.

Una cuestión derivada de este caso, es si un rico o alguien de clase media alta puede ser activamente de izquierdas. Pues, ¡claro que puede! y la naturaleza humana es tal que además, los menos favorecidos de la sociedad lo agradecen, por el “sacrificio” que hace, del mismo modo que se emocionan ante el boato real. Curiosa condición humana esta, que tiene su explicación en el hecho de que cada uno de ellos les gustaria estar en ese lugar “para poder ser generoso”. Porque a nadie le gusta ser pobre y todos aspiraramos a salir de la pobreza cuanto antes. Sin embargo, si se sospecha que el acitivismo de izquierdas es, precisamente, el modo de salir ¡antes de que nadie! de la pobreza, las cañas se vuelven lanzas y no se perdona.

Ahora proliferan los programas de radio que se ocupan de mostrar casos de emprendedores con éxito. Es curioso escuchar que las empresas nuevas que mejor les va son aquellas que se dedican a asesorar empresas. De modo que mientras haya emprendedores que necesiten asesotamiento para fracasar, el negocio irá bien. Pues este es el mensaje sucio que han mandado esta pareja, probablemente porque han padecido el mal de altura: “mientras queden pobres que esperen salir de la pobreza, será rentable dedicarse a la política y prometerles el asalto al cielo“. ¿Merecen, pues, el vapuleo que están recibiendo? Pues, en mi opinión, sí y, como no reaccionen pronto, van a ver seriamente comprometido su liderazgo.

Hechos y derechos

Cuando pintan bastos, aquellos a los que les va bien las cosas hablan de hechos y a los que les va mal hablan de derechos. Un hecho es una circunstancia que se está dando en el mismo momento en que se habla de ello y tiene la fuerza de lo ineludible. Por ejemplo, que el Sistema de Pensiones es deficitario. Un derecho es la facultad de exigir aquello que corresponde por estar legítimamente pactado. Un ejemplo de derecho es cobrar la pensión que ha sido financiada por el trabajo propio durante toda la vida. ¿Cómo conciliar hechos y derechos cuando los primeros contradicen a los segundos? con PREVISIÓN. ¿Cómo es posible que se haya dejado degradar el círculo virtuoso que empieza en la natalidad y la inmigración, sigue con un sistema productivo que dé trabajo a la propia población, continua con las cotizaciones correspondientes y acaba con el cobro sin sobresalto de las pensiones y la prestación de los servicios públicos básicos?. Es decir, ¿Por qué no tenemos noticias de una política de igualdad de la mujer que haga atractivo tener hijos antes de los treinta años? ¿Por qué recibimos continuamente malas noticias acerca de las inversiones en investigación, que es la única salida para ser un país rentable para sí mismo y con productos atractivos para el resto del mundo? ¿Por qué se dicen tonterías como que lo jóvenes ahorren para pagarse un plan de pensiones privado con sueldos de supervivencia? ¿Por qué se siguen arrastrando lo pies para una reforma fiscal acorde con la situación financiera del país, que tiene el mayor déficit europeo y una deuda en torno a la producción de un año entero? ¿Por qué se mira con indolencia la degradación de la clase media que soporta el 85 % de los impuestos directos?

Es decir, la PASIVIDAD de los políticos de hoy son los HECHOS de mañana que llevarán a la violación de los derechos adquiridos hoy. Hechos que serán mucho más graves y, quizá por ello, se alienta su empeoramiento para poder decir: “señores y señoras, ¡esto es lo que hay!” A cualquiera que argumente con hechos hay que preguntarle dónde estaba cuando se gestaron las condiciones que los crearon y, desde luego, si estaba en su origen, inhabilitarlo para buscar la solución.

Hace treinta años, en una comida protocolaria con un célebre amigo, compañero de conferencias técnicas y un concejal del ayuntamiento de la ciudad anfitriona, salió el tema de los cambios de chaqueta política cuando estaban caliente la transición. Yo dije que un político franquista, sincero enemigo de la democracia, no debía deslizarse astutamente para aparecer como miembro de un partido demócrata. El concejal, que por su reacción debía entrar de lleno en la categoría, dio imprudentemente un puñetazo en la mesa, diciendo: ¿Entonces qué? ¿ME tengo que ir a mi casa? y yo le dije, llevándome el café a los labios: SÍ.

Las élites económicas y políticas sólo tiene derecho a una parte extra de la tarta productiva, resultado del trabajo de todos, si se dedican con diligencia a la tarea de cuidar del conjunto de los intereses nacionales. Si no, no hay pacto y se exigirá austeridad para todos. No vale querer estar en la cumbre sólo para esperar a que llegue el viernes y disfrutar del sobresueldo que corresponde a verdaderos responsables. Si no lo son, si han contribuido con su desgana o incompetencia a crear los hechos que hoy nos amargan, deben, como el concejal franquista, tanto si son políticos como altos dirigentes de la cosa pública, Irse a casa.

Igualdad, natalidad, inmigración, paro, fiscalidad, pensiones, educación, modelo productivo, conflictos…

El título oarece una macedonia de conceptos económicos y sociales sin relación entre sí (en la octava acepción del diccionario, macedonia es una ensalada de frutas). Pero sí, si tienen relación entre ellos. La manifestación de las mujeres el pasado día 8 ha traído la última pieza al puzzle de nuestras preocupaciones. Veamos:

  1. La igualdad de hombres y mujeres facilita la natalidad
  2. La inmigración trae a jóvenes de otros países
  3. La natalidad facilita la aportación de jóvenes a largo plazo al mercado de trabajo
  4. La inmigración facilita la aportación de jóvenes a corto plazo al mercado de trabajo
  5. Los jóvenes trabajando mejoran el crecimiento general y la recaudación de la fiscalidad
  6. La mejora de la fiscalidad sostiene las pensiones y los servicios públicos

Sin embargo, este optimista proceso se derrumba:

  1. Si la distribución del crecimiento disminuye la igualdad
  2. Si el sistema productivo se basa exclusivamente en servicios sin valor añadido

Una situación que llevará al resto de males:

  1. No educar a los jóvenes en tecnologías con futuro
  2. No educar a los jóvenes en disciplinas que aumente la cohesión de la sociedad
  3. No incorporar a los jóvenes al trabajo enviándolos al paro y el desaliento, mientras irracionalmente prolongamos la vida laboral de los mayores.
  4. Con los jóvenes en el paro las pensiones y los servicios públicos colapsan y
  5. El conjunto de la sociedad se altera comenzando los conflictos

¿Es esta secuencia correcta? Si lo es, ¿Por qué andan tan despistados los políticos?, ¿Por qué no proponen un plan constructivo e integrado a medio y largo plazo?. Un plan que requiere la participación de todos, ricos, pobres y aquellos que están en camino de ser pobres. El plan ha de tener dos columnas:

  1. Claridad y publicidad de las cuentas del Estado en forma de balance, así como los presupuestos y su liquidación
  2. Calidad y publicidad de la distribución de la renta del trabajo y el capital

Con la primera condición sabríamos el verdadero Estado de la Nación (ruina, saneamiento o riqueza) y con la segunda podríamos hace cooperar a todos en los planes generales, en vez de que cada grupo de interés tire de la manta para su rincón hasta rasgarla.

Soy consciente que los políticos trabajan a corto plazo y que, por tanto, están inhabilitados para planificar mirando al horizonte. Pero quizá cada uno de nosotros con la papeleta en la mano para votar y con nuestras voces para manifestarnos entre elecciones podamos enviarles un mensaje claro. Porque, el hecho es que, en estos momentos, después de haber rescatado a bancos y grandes empresas constructoras en cada una de las inversiones en infraestructuras (plataformas marinas, autopistas) que se han llevado a cabo con mentalidad megalómana, nadie está por rescatar a la gente.

Rescatar a la gente no quiere decir poner a sueldo desde el Estado a 40 millones de adultos, sino sanear el país económicamente y repartir lo que haya con justicia. ¿Puede este país funcionar sin sus empresarios?, no. Pero ¿Puede este país funcionar sin su gente?, tampoco. Entonces ¿por qué se da la malsana tendencia de los políticos a estar más del lado de unos que de otros?. Pues, probablemente, porque, en positivo, piensan que es su iniciativa la que pone en marcha negocios prósperos y, en negativo, esperan que los acojan en su jubilación del servicio público. Pero una comunidad del tamaño de la nuestra no puede funcionar si no se generaliza un estado mental de confianza en que todos cooperamos en el esfuerzo común. Esa sensación no se da si no se conocen las cifras de cómo se reparte tal esfuerzo. Porque esto aumenta la sospecha de que el reparto no es justo. Pero si, a eso, se añade que no se trabaja para que tengamos un sistema productivo basado en el conocimiento, que haga atractivos nuestros productos para el resto de mundo, sino que seguimos instalados en explotar solamente lo que la naturaleza nos ha dado (suelo y hospitalidad), nos quedaremos descolgados de un mundo que es, cada vez, más artificial. Si a esto añadimos que, de los dones de la naturaleza, sólo explotamos los aspectos más primitivos (agricultura y turismo) y dejamos de lado aquellos que, debidamente conocidos y transformados, representan la base de un desarrollo futuro, como es el aprovechamiento de generoso soleamiento de nuestra tierra para obtener energía, tenemos que concluir que estamos en manos incompetentes.

Propuesta tópica

Cualquier partido que quiera prosperar puede optar por dos líneas de acción:

  1. Exaltar las emociones del nacionalismo o del resentimiento, o
  2. Fijar metas productivas modernas y hacernos cómplices a todos de su logro y socios de su disfrute

En el primer caso, ya se sabe, voces fatuas que llevarán a gritos dolorosos. En el segundo un país socialmente comprometido en el trabajo y el disfrute de sus resultados. La elección es de ellos, pero también nuestra. El plan es sencillo:

  1. Cambiar la forma de la “pirámide” de población aumentando la natalidad a largo plazo y aceptando a jóvenes de otros países a corto.
  2. Cambiar el modelo productivo, pues qué sentido tiene aumentar la formación sofisticada y cara de jóvenes mientras se prolonga la edad laboral de los mayores, si no hay trabajo para todos.
  3. Repartir la riqueza y la pobreza.
  4. Mantener la fortaleza del Estado moderno. Sin Estado la divisa es el ¡sálvese quien pueda! y el conflicto social.

Para rematar, la deuda

Vivimos en unos tiempos en los que las deudas de los países parecen preocupar más que en otras épocas. Lo cierto es que un país no debe endeudarse para gastar, sino, en todo caso, para invertir. La población debemos tener una cierta capacidad de consumo en una escala que, en el nivel más bajo, garantice dignidad, salud, educación y pensión y, en el nivel más alto se evite la grosería del lujo. De este modo, se activa el premio al esfuerzo, pero no se impulsa la frivolidad. Ese reparto tiene que ser proporcional a los frutos del esfuerzo colectivo, sin dejarse tentar por el consumo financiado por dinero ajeno, pues, como puso de manifiesto la primera década del siglo XXI, es un camino que lleva a dos décadas de decadencia y a proporcionar un pretexto para el expolio. Una década en la que el dinero ajeno, en vez de emplearse en inversiones cuyos frutos estaríamos disfrutando ahora, se empleó en construir casas en la costa y en los lugares más inverosímiles siempre que fueran asociadas a un campo de golf.

La deuda hay que pagarla, si no estamos lastrados y le dejamos la púa a nuestros hijos. Por tanto, ni un euro de deuda pública para ostentación de políticos, pero es necesario un cambio radical en la fiscalidad tan ineficiente que tenemos y una mejor distribución del dinero público recaudado. No digamos en dureza con la corrupción. ¡Qué espectáculo fúnebre el de los políticos protegiendo hasta el último auto judicial a los suyos!.

Final

Nuestro país sufre una curiosa paradoja: los pobres son partidarios de la oferta y la demanda cuando les va bien (véase con qué naturalidad aceptan los sueldos de sus futbolistas) y los ricos no son partidarios de la oferta y la demanda, sino de las subvenciones, cuando les va mal (véase su alegría con los rescates con dinero público de empresas privadas). Por eso hay pobres que votan a la derecha y ricos que también. Por eso, el apoyo a la derecha tiene una estabilidad de la que carecen los partidos de la izquierda, que sufren altibajos notables. A nosotros nos da igual siempre que el partido o la coalición gobernante trabaje convencidos para que:

  1. El sistema productivos esté basado en el conocimiento
  2. La fiscalidad sea progresivamente enérgica
  3. Haya total transparencia y publicidad en el balance, los ingresos y gastos públicos (que lo sepan los partidos no es suficiente, pues se guardan la información para sus intrigas)
  4. La red de seguridad incluya sanidad, educación y pensiones convincentemente

Si los partidos políticos, sobre todo el del gobierno de turno, dijeran la verdad, probablemente se evitaría mucha de las protesta sociales que ha generado su opacidad, fintas oportunistas y falta de proyecto social basado en la información y el reparto del sufrimiento o el goce.

 

 

El último vagón

En un test que el ejército americano hacía a sus soldados para la promoción a cabo se les ponía el siguiente problema: “Está demostrado estadísticamente que el último vagón es el responsable de los descarrilamientos de los trenes, ¿Cree que la solución es quitar éste último vagón de los convoyes?” Al parecer, mucho aspirantes a cabo respondía que sí. Pues si esto mueve a la risa, ¿qué pensar de los sesudos teóricos de la ciencia política que aún siguen creyendo que la eliminación de los dirigentes de un determinado régimen de forma violenta es la forma de acabar con todo tipo de desigualdad e imponer un régimen de justicia?

Hegel en su lectura de la historia universal como desarrollo del espíritu absoluto, presenta a la Revolución Francesa como el momento en el que el Esclavo burgués se decide a derrotar por la violencia al Amo aristocrático. Es el fin de los tiempos porque el esclavo ha acabado con la dialéctica Amo-Esclavo y, con ello, ha eliminado el motor de la historia y el Estado queda como garante de que tal estado de cosas se va a mantener. Poco después ya se ve que la Revolución ha sido, en realidad, una lucha entre amos: los viejos y los nuevos. Así lo interpreta Marx, que cree que el nuevo esclavo es el proletariado y anuncia, ahora sí de verdad, el fin de la historia con la lucha armada (el método Hegel) contra el Amo burgués. En octubre de 1917, al margen de que la revolución se produzca en un país que no reúne las condiciones teóricas para la revuelta, se produce la toma del poder de Lenin y los soviets. Pocos años después, de nuevo tenemos el esquema hegeliano: un amo, que ahora se llama partido comunista, y muchos esclavos, ahora llamados “camaradas”.

Tal parece que el esquema Amo-Esclavo es inevitable, que la revoluciones no son para manumitir al esclavo, sino para sustituir a un amo cuya estructura social derivada no encaja con la nueva situación político-económica. Ahora son otros los que sabe cómo dirigir la economía y precisan sustituir a los que tomas las decisiones en la política, que están instalados en el antiguo sistema. Por supuesto que, en todos los casos, se reviste la operación de liberación del pueblo, que se suma alegre y acrítico a la revuelta. ¿Hay revolución que contradiga este perjudicial esquema? No. Por tanto es inútil insistir en él. Cuando la tecnología obliga a nuevas formas de dirigir la sociedad, hasta ahora, cuando las estructuras políticas se resisten han sido removidas violentamente. Pero si la eliminación del último amo sólo trae como consecuencia la instalación de un nuevo amo, habrá que ir pensando en otra cosa.

Creo que esa otra cosa es el paulatino y paciente ascenso de las clases populares a la cultura y el control, mediante el conocimiento, de los distintos estamentos de poder político y económico. Un método que siempre dejará un residuo de desigualdad para preservar el motor egoísta que mueve a la ambición. Sin este motor tendríamos una sociedad pasiva e inerte. Es necesaria cierta desigualdad, porque de la diferencia surge la acción y, además si se abole surgirá de un modo u otro. Pero, dada la estructura psicológica del ser humano, esa desigualdad tiene un umbral, por debajo del cual no se advierte, y por encima del cual ya hablamos de explotación, por lo que cada época deberá marcar el suyo. Pero la mayoría de los recursos deberán estar gestionados para el bien común a través de las empresas y de los fondos de ahorro. Nada de esto funciona si no está internalizado en cada persona, pero contamos con el hecho cierto de que todos tenemos tendencia a defender  la igualdad si estamos en desventaja y la desigualdad si estamos en una situación ventajosa.

La satisfacción con la propia situación es relativa. Véase el caso de un deportista que está satisfecho con ganar dos mil veces más que un ciudadano normal, pero que se ha deprimido al enterarse que otro deportista de su misma especialidad gana cuatro mil veces más que el salario normal. Estoy convencido de que este chico tendría el mismo padecimiento si la circunstancia fuera que el ganara cincuenta veces más y el compañero cien veces más, porque el agravio no está en los valores absolutos, sino en los relativos. Basta, pues, con sentirse privilegiado para considerar que la aportación de su talento a la sociedad está bien recompensada. Igualmente ocurriría con los altos directivos de empresas. Esto lleva a sistemas salariales o fiscales que impidan desigualdades obscenas, sin matar el estímulo. Este sistema, como se dice más arriba, no impide la concentración de capitales en las empresas para sucesivas y beneficiosas inversiones, ni los fondos provenientes del ahorro individual, cuya gestión debe ser cuidadosamente vigilada para impedir operaciones de alto riesgo social.

Hay que conseguir que la transparencia en la gestión de la producción nacional permita que todos comprobemos las razones de nuestra posición en la escala social. Es necesario que, junto a la filosofía, se recupere para la formación la economía, para que todos exijamos cuentas claras y no seamos víctimas de la impudicia política basada en las medias verdades o la mentiras completas.

En definitiva, los cambios tecnológicos cambian la estructura económica y, por tanto, social y ésta, a su vez, exige el cambio en la estructura política. Si este proceso es coetáneo con uno de creciente eliminación de la desigualdad no funcional, estaremos en condiciones que estos cambios sean pacíficos porque los nuevos “amos” lleven también la marca de los antiguo “esclavos”. Un sistema en el que la ley, la transparencia y la igualdad de oportunidades estén controlados mediante un sistema legal respetable y respetado en el que es Estado tiene un papel muy relevante como ya anticipó Hegel, aunque sin medir bien su naturaleza democrática. Unas leyes que deberán tanto al pasado, que es como decir a los muertos, como a las aspiraciones de las generaciones vivas. Unas leyes que, también, deben asegurarse que el egoísmo de los vivos no acaba con las expectativas de los no nacidos, como decía Burke.

Naturalmente hay que estar atentos a evitar que los cambios tecnológicos lleven a concentraciones de poder económico que, antes o después, exijan una política, igualmente concentrada en pocas manos. Esto se puede evitar, generalizando el conocimiento o generalizando la propiedad de estas empresas. No me refiero a la estatalización, sino al accionariado. Hay que estar muy atento a que la política no se ponga al servicio de una tendencia concentradora de poder económico, porque, antes o después, traería un cambio político indeseable. Hay que preserva la democracia como mecanismo de control político, pero, sobre todo, es necesario aumentar la educación política de los ciudadanos. No hay liberación, ni violenta, ni pacífica, sin conocimiento. El ser humano es lo que es por el conocimiento, ya fuera el basado en la experiencia hasta el siglo XVI o el basado en la ciencia desde entonces. Si el poder se articula a partir de la explotación del conocimiento en forma de tecnología, es fundamental que sea también el conocimiento el que neutralice cualquier tentación de usarlo para explotar personas.

La historia la han matado ya varias veces, pero se resiste a morir. Hegel descubrió un poderoso mecanismo de disputa entres seres humanos que es la necesidad de reconocimiento que fundamenta a la persona y su dominación. La tentación hecho el diagnóstico es ofrecer la terapia, pero la fuerza de su descubrimiento, debería haberle precavido sobre la dificultad de su eliminación por la vía conceptual. Por eso erró el tiro al creer que la revolución burguesa era el final, ya que sólo fue un traspaso de poder que mantuvo la dominación en otras manos. Marx, puso sobre el tapete el factor económico y también creyó que traspasando la propiedad de los medios de producción al estado, expropiándolos de manos particulares, acabaría con la guerra Amo-Esclavo y también se equivocó, pues surgió un nuevo y cruel amo.

Sabemos ya demasiado para que volvamos a cometer el mismo error. La necesidad de reconocimiento es constitutiva y, por tanto, la necesidad de dominación estructural. No hay que quitar el último vagón, porque, como ya habrán observado, siempre hay un último vagón. Lo que hay que hacer, siguiendo con el símil, es mejorar las vías y los sistemas dinámicos de la estructura del convoy. Y esto quiere decir educación, democracia, ley, transparencia y reducción de la desigualdad a los mínimos que satisfagan las necesidades ya reconocidas como parte ineludible de la naturaleza humana. Condiciones que no debemos rechazar a la ligera, si resulta que, nos guste o no, no podemos existir sin ellas. Todo esto sonará poco épico, pero es más efectivo. Siempre podremos construir polemódromos (espacio para la lucha) donde aquellos que no puedan evitar dar salida a sus instintos de dominación se neutralicen entre sí, sin perjudicar al conjunto social.