Liberaldemocracia y Nacionalliberalismo.

Dada la confusión generalizada sobre las posiciones políticas en la actualidad, escribo este artículo para tratar de aclarar algunos aspectos especialmente confusos. En mi opinión, el siglo XX ha sido, en lo positivo, el de la socialdemocracia y, en lo negativo, el del nacionalsocialismo. El nacionalsocialismo rompió en pedazos Europa con el sólo objeto de alimentar un sentimiento nacional hipertrofiado sirviéndose de un confuso socialismo que le permitía competir con el comunismo amenazante de la época. La socialdemocracia recogió los trozos del naufragio del capitalismo en los años treinta y del nacionalsocialismo para extender el bienestar económico y, pon tanto, también espiritual, enmarcadas en un sistema político democrático en las dos áreas fundamentales del mundo occidental: Norteamérica y Europa.

Cuando el reinado de la socialdemocracia parecía asentado, dos fuerzas se le han opuesto hasta prácticamente derribarla: el liberalismo que repudia al estado como intruso en el mercado, que aprovecha el fracaso soviético, y el ecologismo que rechaza un estado de bienestar basado en el derroche y el agotamiento del planeta. La primera de estas fuerzas, el liberalismo económico, es, a su vez, adversaria del ecologismo, al que considera alarmista y un freno para el libre despliegue de las potencia del mercado capitalista. Estas posiciones se mezclan con otras grandes fuerzas no siempre políticamente bien expresadas, como el conservadurismo y el permisivismo, ambos, gestores opuestos de los usos sociales. Y, por otra parte, el llamado buenismo, último resto, no siempre bien ubicado, del cristianismo compasivo, que se opone al cristianismo formalista, que sólo se ocupa de los aspectos más farisaicos de la religión, para hacerse compatible con los intereses económicos, aunque impliquen políticas crueles con los débiles.

En la fórmula socialdemócrata, aún vigente, se combinan una ideología económica tendente a la igualdad y una forma de gobierno basada en la elección periódica de los gobernantes. En el caso del Nacionalsocialismo, ya caído en su formulación originaria, se combinó, igualmente, una ideología exclusivista orientada a la xenofobia y al culto a ficciones historicistas de supuestos pasados gloriosos con el totalitarismo del estado. Por otra parte, como el sistema político homologado es la democracia, los políticos de cada opción utilizan el llamado “populismo” para acceder el poder. Entendiendo por tal una forma de captar la voluntad de la gente que ofrece aquello que el político cree que esperan oír sus potenciales electores. En general se trata de promesas incumplibles que responden al miedo o la ira de la gente por problemas estructurales de difícil solución, como la emigración masiva.

De modo que tenemos ideologías: socialismo, nacionalismo, liberalismo, ecologismo; formas de gobierno: democracia o totalitarismo y formas de seducción: la verdad (?), utilizada por políticos sin éxito y la propaganda, utilizada por los políticos populistas.

Este panorama se puede aclarar si utilizamos el mismo esquema del siglo XX para el siglo XXI. En consecuencia, creo que la fuerza positiva de este siglo será la liberaldemocracia y, en su cara negativa, el nacionalliberalismo. Es decir, el socialismo va a ser sustituido por el el liberalismo como ideología a gestionar de forma democrática o de forma totalitaria. Estas última ya empiezan a apuntar en las ideologías “iliberales”.

EL TRIUNFO DEL LIBERALISMO

Este nombre es polisémico. Para mucha gente es un término que les da prestigio y, para otros, es sinónimo de falta de compasión social. En la Europa del siglo XIX, incluida la España fernandina, era la marca de las libertades sociales, los derechos individuales y el rechazo del antiguo régimen aristocrático y ultrareligioso, basado en la gracia de Dios, en vez de en la voluntad popular. En realidad, fue el mecanismo político e ideológico con el que las clases emergentes económicamente encargaban al pueblo y a los intelectuales que lucharan por las libertades sociales para conseguir el control de la libertad económica. En España, el liberalismo más conspicuo fue siempre un liberalismo político y social, raramente económico. Los empresarios se acercaban al poder político, que no era democrático en esencia, y al poder aristocrático buscando pedigrí mediante concesiones reales o matrimonios de interés. En el mundo anglosajón el liberalismo se presentó como una opción opuesta al poder absoluto defendiendo los derechos individuales. En Inglaterra el liberalismo es desplazado como oponente del partido conservador por los socialistas. En Estados unidos la expresión “liberal” se asocia al enfoque social iniciado por Roosevelt en los años treinta del siglo XX. Por eso, en este país, los que rechazan cualquier traza socialista en sus posiciones políticas, han elegido el término “libertario” para su presentación.

En Europa la socialdemocracia reinante hasta hace unas décadas, tomó del liberalismo su parte permisiva con las costumbres sociales y retuvo su tradición social en lo económico propugnando un estado benefactor que chocaba con las opciones liberales en lo económico. Opciones que reclaman un estado jibarizado que se ocupe exclusivamente de la defensa exterior y el orden interior que garantice el libre comercio sin trabas. Y también retuvo su carácter democrático confiando en mantener los logros distributivos y las libertades políticas y sociales, no en base a un estado totalitario, sino a la voluntad de la gente de no retroceder desde lo ya alcanzado.

PANORAMA ACTUAL

En este momento, en lo que se ha llamado tradicionalmente la izquierda se agrupan opciones anacrónicas independentistas exigiendo una disolvente libertad de elección nacional o ciegas a las lecciones de la historia como los comunistas con la propia socialdemocracia con su ideario complejo de salvar los muebles para la gente en el vórtice liberal-digital. Lo que tienen en común es su concepción del estado como proveedor de servicios con matices sobre el grado de poder y distintos grado de permisividad social (de mucho a todo). Por su parte, las opciones llamadas de derechas reúnen a los partidos liberales, pujantes por su éxito económico, conservadores, decadentes por no elegir bien sus nostalgias y nacionalistas, erupción casposa de valores elitistas y delirantes. Tres opciones que tienen como nexo fuerte su concepción del estado como garante del comercio y, secundariamente, distintos grados de permisividad social (de mucho a nada).

Las novedades residen, de una parte, en el uso del populismo como herramienta de persuasión por las dos partes, cuando se creía ya muerto; la contaminación económico liberal de la socialdemocracia y la conversión del antiguo nacionalismo fascistoide de turbiamente socialista a claramente ultra liberal. Por su parte las posiciones conservadoras se han contaminado con los éxitos socialdemócratas en materia de permisividad social (matrimonio gay, transexualidad, divorcio, género, aborto, etc.) con una retorcida estrategia en la que se combate contra las propuestas mientras no se concretan en leyes, momento en el que, con algunos gestos teatrales, abandona el campo por contar en sus propias filas con beneficiados por estas medidas.

En las alas radicales quedan las opciones claramente anti liberales en los económico y las opciones claramente anti liberales en lo social. En mi opinión la doble acepción de liberal en lo económico (poco estado) y social (mucha libertad de costumbres), permite que el término “liberal” vaya ocupando gran parte de campo. En este caso la antimetría es completa, pues ya no se producen colusión entre la extrema izquierda y la extrema derecha con la pretensión de enfocar la economía hacia los intereses del pueblo. Ahora, en los extremos tenemos posiciones opuestas. En un lado la apuesta anacrónica por un estado omnipresente y, en el otro, la apuesta por un estado mínimo. Complementariamente la extrema izquierda es liberal en lo social y la extrema derecha es puritana. En la franjas templadas del arco político el liberalismo social es sincero en la izquierda e impostado en la derecha, pero se impone, pues nadie quiere, a estas altura de incredulidad religiosa, perderse ningún goce. En cuanto a lo económico, el liberalismo penetra el lado izquierdo del espectro por convencimiento indirecto al fracasar las opciones económicas del socialismo totalitario, siendo sincero en la franja propiamente liberal de la derecha, se consiente, por interés, en la franja conservadora y, por elitismo en la franja ultraderechista.

En definitiva el liberalismo ha penetrado en la gran mayoría de la clase política más votada, encontrando resistencia cada vez más residual en la extrema izquierda en su formulación económica y en la extrema derecha en su formulación social . Otra cosa es a qué velocidad se irá desmantelando el estado benefactor para no enfadar a la gente y a qué grado de aplicación llegará sin producir heridas graves en la parte más vulnerable de la sociedad. Estas son, pues, las razones para decir que los grandes adversarios del siglo XXI serán la liberaldemocracia y el nacionalliberalismo heredando, respectivamente el apoyo de la social democracia y el nacionalsocialismo. La una como bastión del comercio libérrimo, mientras mantiene las libertades sociales y el otro como reacción totalitaria que acabe con las libertades políticas y sociales mientras exacerba las libertades económicas. Probablemente la una lleve al otro en sucesivas etapas. Entre tanto, como siempre ocurre, se irá gestando el regreso cíclico de posiciones sociales adaptadas al liberalismo triunfante para que no vaya más allá de determinadas umbrales peligrosos. Un regreso que todavía no tiene su fundamento teórico porque se está perdiendo el tiempo en lamentos por una infanta difunta.

Todos los derechos reservados Antonio Garrido Hernández.

¿Qué votar en las generales de 2019?

Votar en tiempos del caciquismo era una cosa, hacerlo en tiempo del bipartidismo era otra y, desde luego, es muy diferente hacerlo hoy en día con el cromatismo político convertido en un arco iris. El voto antiguo es un voto por una opción en la que el individuo encuentra satisfacción a las tres dimensiones que constituyen al ser humano: la económica, la social y al espiritual. Con la primera busca protección y, si todo va bien, goce extra; con la segunda satisfacción en las peculiaridades del comportamiento, como las preferencias sexuales, la igualdad de oportunidades en educación o de trato según géneros, el derecho a la salud, la libertad de relaciones sentimentales, etc…; con la tercera el derecho a la expresión de las esperanzas personales en formas institucionales, ceremoniales o de culto a un dios o a la naturaleza.

Con el voto en la mano cree estar eligiendo a quien mejor parece que va a defender su versión de esta tres dimensiones. Ese voto, acumulado a los de muchos, que no coinciden con él es todos los extremos, lleva al poder a una opción u otra y, entonces, empieza el drama de las decepciones por esta o aquella decisión de gobierno. Pero ahora no estamos en la fase de las decepciones, sino en la fase de la ilusión o, mejor, del ilusionismo: una mentira por aquí, una media verdad por allá o una exageración por acullá, para que el elector, o se lo crea, o razone de forma práctica pensando “qué más da, lo que me interesa es éste o aquél aspecto de sus promesas” o, más allá, “qué más da, el líder hará lo que su partido diga pues él es un monigote“.

Bueno, veamos, una vez que se ha acabado la fase en la que un partido “ganaba las elecciones” con 160 escaños y el otro partido se allanaba y cambiaba la mentalidad para convertirse en oposición, ha llegado la fase de “ganar no es fundamental, sino gobernar“. Esta nueva situación le da una relevancia al resto de partidos que antes no tenían ya desde la campaña, pues creo que por primera vez un partido importante ofrece alianzas antes de la elecciones, como ha hecho Ciudadanos al PP.

En otros países no sé, pero en el nuestro han acabado con el bipartidismo dos accidentes: la crisis económica y la crisis territorial. Sin ellos, seguiríamos estables en nuestra política. Pero, quizá, lo más relevante es que, una vez que la gente hemos decidido seguir el juego que se nos propone, es necesario, en mi opinión, cambiar la forma del voto. En vez de votar a un sólo partido debería ser posible confeccionar el guiso de la gobernanza repartiendo el voto en proporciones diversas. Así en la papeleta habría un campo para el partido escogido y, al lado, otro para el tanto por cien que se le quiere atribuir al voto emitido. Algunos podrían decir: 75 % al PSOE, 10 % a Podemos, 10 % al PP y 5 % a Cs; otros dirían: 60 % al PP, 20 a Cs y 20 % a Vox. Y así hasta el infinito. Estamos en tiempos de computación y no hay que tenerle miedo a esto. Si, además, le damos escaño al voto en blanco, el panorama sería abigarrado y variopinto.

Como esto no es posible, de momento, creo que tenemos un problema, porque por una de las dimensiones de las que hablaba al principio, se puede entregar el voto entero a una opción descabellada, de los que nos arrepentiremos luego, al ver que eso no completa nuestras aspiraciones. No digamos si lo hacemos seducidos por una hora de parloteo en un debate de éste o aquél. Por eso, mi propuesta es que se vote a opciones ómnibus, como PSOE y PP, cada uno a la suya según el centro de gravedad de su vida. De esta forma se compran antibióticos de amplio espectro, que pueden dar respuesta a muchos problemas a los que las opciones radicales no pueden por la estrechez de su mirada. De la falta de honradez del comportamiento de estos grandes partidos ya hemos visto que saben ocuparse los jueces. Se dirá que es la solución clásica, pero todavía suenan bien Mozart y Haydn ¿no?

Debates

Todas las mañanas cuando salimos de casa no vemos reflejados en espejos. Espejos físicos para que el pelo esté en su sitio y la camisa no esté abrochada al tresbolillo. Pero también los espejos figurados que son los demás. A lo largo de nuestro trayecto hay miradas de aprobación, indiferentes o de desaprobación de conocidos y miradas de soslayo de desconocidos que no sabemos si son por que les atrae nuestro aspecto, o porque llevamos calcetines de color distinto.

Un debate es el super espejo de la mirada de millones de personas que se concentran en el ojo oscuro de la cámara. ¡Qué agobio!. El cuerpo se envara, la mente se bloquea, hay que tirar de frases hechas o nuevas pero memorizadas. Controlar los gestos, los vaivenes de las ideas y, sobre todo, las emociones. Es peligroso tanto transmitir sensaciones depresivas como mostrar ira. Aunque no se puede evitar que se te ponga blanco el labio superior en señal de incomodidad o sonreír sin ganas, mostrando las contradicciones que te azoran. En fin, en un debate un ser humano no es él mismo. Es su entrenamiento falsario, es sus asesores, es sus miedos y, si le falta algo, es su maquillaje para la televisión.

En el debate para las elecciones del 28 de abril de 2019, hemos visto a cuatro aspirantes al éxito político, cuya alegría tenía más relación con el hecho de que se hubiera acabado su tortura que con una victoria imaginada.

Lo pasaron mal todos, porque incluso Pablo Iglesias, estaba fuera de su ser, con esa actitud pastoral impropia de un revolucionario. Nunca fue más socialista y menos comunista que ayer. Si sigue por ahí cogerá el camino de Errejón pronto.

En el otro extremo de la escala de la calma tenemos a Albert Rivera que tenía la mesilla de noche llena de artilugios incluido un enternecedora fotografía enmarcada para que pareciese un recuerdo familiar en la repisa de la chimenea. Este MacGyver de la política exhibió un nerviosismo extraño lleno de gestos y tics nerviosos que espero que sean resultado de su adiestramiento para el debate, porque si el hombre es así, lo siento realmente. Políticamente este chico es un transformer que exhibía liberalismo cuando es un recién llegado a estas coordenadas, como le recordó Casado. Aunque, Casado, le hacía el reproche desde un liberalismo económico que no social. Casado es un conservador que tiembla (personalmente o profesionalmente) ante las novedades sociales, mientras que el pinturero Roberto (y Pedrín) que parece Albert, se mueve con comodidad entre eutanasias y abortos.

Pedro Sánchez, por su parte, pone de manifiesto todos los defectos de la artificial situación en la que te coloca un debate de estos, con su enorme cuerpo sufriendo para parecer sereno, sus arrugas de la cara tensándose como cuerdas de un violín mientras recordaba el consejo de reirse y lo fingia patéticamente. Bien vestido y también con papeles, cartas y… libros con los que reaccionar al ingenio de Rivera presentándole sus tesis doctoral como un texto “que no había leído“. Yo de los asesores le hubiera metido una rosa en el bolsillo de la chaqueta para responder al gesto de su contrincante en el día de San Jordi.

Todo lo que he dicho hasta ahora me importa un comino, porque un debate político no es una pasarela de la moda primavera-verano y, desde luego al contrario de lo que piensan los expertos, no es un casting para elegir presidente del gobierno porque muchos ya se han mostrado cómo son en muchas ocasiones. Es la ocasión, desde luego, de mostrarse como un ser humano digno de confianza, pero, sobre todo, como alguien que representa a una organización que conoce qué problemas tiene el conjunto de la sociedad y cómo va a afrontar su solución. Y para ello dirá mejor “eso no es cierto” que “es usted un mentiroso“; no le preguntará al contrario qué haría en un escenario hipotético. No, lo que debe hacer es explicar pedagógicamente sus soluciones y comprometer a su partido con ellas, además de estar dispuesto a volver para dar cuenta de sus resultados. Cuando el debate se anima, el intercambio debe ser, no superponiendo su voz a la del otro, sino intercalando la propia con resolución en una pausa que el adversario se tome para respirar. En el caso de que el que esté hablando sea Rivera, hay que aprovechar la explosión de un foco o quizá dejar caer algo al suelo para distraerlo.

El señor Iglesias defiende, en lo económico, una acción de gobierno basada en el gasto social y el aumento de la presión fiscal; En lo social la mayor permisividad en el goce que no dañe a otros (incluidos los animales y el planeta) y la mayor represión en aquello que produce daño (incluso a los animales y al planeta). En lo territorial, es capaz de cualquier aventura posmoderna, olvidando los riesgos de catástrofe que estos movimientos de aprendices de brujo suelen provocar si no hay un desdén mutuo como ocurrió en Checoslovaquia. El señor Sánchez defiende, en lo económico lo mismo que Iglesias, pero con menos convicción pues es consciente del riesgo de que el país se desacredite ante los inversores nacionales e internacionales. En lo social ha sido (su partido), el más avanzado. En lo territorial es un nacionalista español que jugará con los independentistas mientras los necesite, pero que será incapaz de traspasar el umbral de la segregación. El Señor Rivera es un ambicioso que no puede ocultar su hambre de poder y notoriedad. Será todo aquello que sea necesario para figurar en los libros de historia: socialdemócrata o liberal, clerical o secular. Es joven y, quizá, tenga su oportunidad, si la impaciencia de sus compañeros profesionales de la política no lo “arriman” a un lado. El señor Casado, sin embargo, representa una posición conservadora clásica, como lo hacía Rajoy, pero con la novedad, impelido por la afilada vox de su derecha extrema y por la incesante egolatría de su mentor Aznar, de tender hacia cotas reaccionarias que lo alejan de la moderación. Su liberalismo económico es sincero, pero está contaminado por la tendencia al rescate público de las catástrofes privadas. Si se le deja limpiara todo el estado del bienestar y hará del Estado un financiador para las emergencias.

En definitiva, lo importante no son ellos, sino lo que representan, que es sumariamente: la impaciencia de la izquierda radical; el equilibrio inestable de la socialdemocracia; la veleidad de los advenedizos oportunistas que entran y salen de la políticas y, finalmente, el miedo al cambio unido al ventajismo financiero. En cuanto al quinto contendiente (Vox) reúne lo peor de cada uno: impaciencia, inestabilidad, oportunismo y ventajismo, tanto ideológico como económico. Estamos listos ¿no?. Pues atentos. A ver si somos capaces de hacer un cóctel del que salga un país civilizado, sea eso lo que sea.

© Antonio Garrido Hernández. 2019. Todos los derechos reservados. All right reserved.

Una explicación a nuestras tribulaciones

En la naturaleza hay cuatro fuerzas fundamentales, según nos dicen los científicos, cuya interacción o concomitancia explican todo el universo. La fuerza de la gravedad mantiene unida a la materia, la fuerza electromagnética permiten la transmisión tanto física (radiación) como informativa (comunicación); en el seno de lo micro, otras dos fuerzas mantienen la estabilidad de los elementos constitutivos (los átomos), una manteniendo unido al núcleo y la otra aprovechando cualquier desestabilización para irradiar partículas. Como se ve, tanto en nivel macroscópico como en el microscópico dos parejas de fuerzas actúan de forma complementaria, una asociando y la otra disociando.

Sin embargo, el universo humano no tiene tan claro cuáles son las fuerzas actuantes, porque las distintas teorías explicativas no pueden ser comprobadas tan fácilmente en un laboratorio como se hace con la materia y la energía. De hecho, cuando se ha intentado, el choque entre la simplicidad y el dogmatismo de las soluciones y la complejidad de la realidad ha producido verdaderos monstruos como el comunismo soviético y el fascismo nazi. Estos terribles experimentos a gran escala se diferenciaban en sus propósitos. El primero pretendió imponer la igualdad económica y el segundo imponer la igualdad cultural. Sin embargo, ambos compartían la crueldad de sus métodos, señal de que no había encaje entre sus visiones y la realidad de la naturaleza humana y sus anhelos.

Tal parece que, al igual que en la naturaleza, tenemos cuatro factores dinamizantes en dos niveles de intensidad: fuertes y débiles que se emparejan dos a dos como fuerzas de cohesión o descohesión respectivamente*;

VERSIÓN FUERTE

  • Del deseo de igualdad económica absoluta (comunismo)
  • Del deseo de desigualdad económica absoluta (libertarismo)
  • Del deseo de desigualdad cultural absoluta (multiculturalismo)
  • Del deseo de igualdad cultural absoluto (totalitarismo)

VERSIÓN DÉBIL

  • Del deseo de igualdad económica relativa (socialismo)
  • Del deseo de desigualdad económica relativa (liberalismo)
  • Del deseo de desigualdad cultural relativa (permisivismo)
  • Del deseo de igualdad cultural relativa (conservadurismo)

Caben todas las combinaciones, pero sólo unas pocas funcionan o han funcionado porque, entre otras cosas, han surgido en momento históricos diacrónicos. Así, tanto el comunismo como el liberalismo pueden combinarse con el totalitarismo como muestran los ejemplos soviético y chileno, por ejemplo. El socialismo mezcla bien con el permisivismo cultural y el liberalismo con el conservadurismo. Las versiones extremas, cuando el totalitarismo interviene, no han tenido continuidad en la época moderna porque el dolor causado ha sido tan grande que provocó reacciones de parte de la versiones socialista y liberal no totalitarios. La reproducción simbólica de estos horrores, crearon una atmósfera de prevención que facilitó que sus versiones vigentes durante muchos años hayan sido las moderadas. Versiones que reconocen que hay que admitir que en sus formas fuerte o débil estas pulsiones (igualdad, desigualdad, tolerancia, intolerancia) tienen su origen en nuestra herencia genética y, por tanto, el juego político tiene que contar con ellas, salvo caer en el delirio.

Como se ve, he distinguido entre los factores de carácter predominantemente económicos (comunismo y libertarismo o socialismo y liberalismo) de los factores predominantemente culturales (multiculturalismo, totalitarismo, permisivismo y conservadurismo). El objetivo es ver con más claridad, pues los aspectos culturales (género, sexualidad, aborto, castigo, raza, caza, toros…) son vistos de forma muy diferente por los que alientan la diferencia (multiculturalismo) y los que imponen la igualdad (totalitarismo). Debo aclarar que el multiculturalismo, que es simétrico conceptualmente respecto del totalitarismo, no se ha mostrado, afortunadamente, como un movimiento violento, pero sí que es visto como absoluto e intolerante por los amantes a ultranza de la igualdad cultural. Por ejemplo los movimientos actuales incipientemente totalitarios llaman a las feministas “feminazis” y a los que ayudan a los emigrantes “buenistas”.

Quedaría añadir que el nacionalismo, que superficialmente, es el proceso de acotación de esta dinámica social y política a un ámbito geográfico determinado, conlleva la exacerbación de uno de los factores culturales más queridos por las versiones duras del totalitarismo: la defensa fervorosa de la identidad y la lengua eliminando los espacios de deliberación. El proceso de independencia contra la pretensión de una nación incluyente de mantener su integridad pasa por momentos débiles en los que la tensiones, tanto de carácter económico como cultural no superan lo tolerable por el sistema macronacional. En los momento fuertes, el proceso se vuelve intolerante y violento, pero si la diferencia de fuerzas es notable se encuentra el modo de restablecer los consensos, salvo que intervenga una potencia extranjera.

¿QUÉ OCURRE EN EL MUNDO?

A principio del siglo XX la revolución soviética puso alerta a los países capitalistas, que no sabían todavía si habría contagio y si sería un régimen con éxito social como prometía la teoría marxista. Por otra parte, la primera guerra mundial fue un conflicto anacrónico porque se trataba de enfrentamiento internacionales entre imperios decadentes. Sin embargo, la torpeza de los vencedores en el trato al vencido alemán, favoreció la emergencia de un movimiento fascista cuyos rasgos principales eran el nacionalismo y el racismo, que iban acompañados de versiones igualmente intolerantes referidas al arte, la mujer o la natalidad. Aspectos que en ningún caso hubieran provocado una guerra de no ir acompañado el catálogo de locuras culturales de una pretensión de crear un imperio alemán anexionándose países enteros para, entre otras cosas, dar satisfacción al resentimiento por derrotas históricas previas. A lo que se añade la complacencia de los países liberales por la eliminación rápida de toda influencia comunista en la zona y el apoyo de las grandes empresas alemanas que veían en el movimiento una manera de capitalización rápida en base a la industria armamentística y la recuperación de territorios ricos en materias primas propias del estado de desarrollo de la tecnología de la época. Dos situaciones totalitarias que en la URSS se prolongó durante 70 años y acabó por su ruina interna y en Alemania 10 años acabando por su derrota militar. Una época en la que en ninguno de estos países hubo lugar para el juego social-liberal por imposición evidente de una combinación de distintos regímenes económicos pero una misma jaula totalitaria.

Tras cincuenta millones de muertos y la destrucción casi completa de las ciudades europeas, la lección aprendida en la primera guerra fue suficiente para, esta vez, sacar a Alemania de su postración evitando un nuevo rebrote del totalitarismo. Si a eso se añade la potencia industria desarrollada durante la contienda y la necesidad de seducir a las poblaciones antes una supuesta tentación revolucionaria a causa de un potencial éxito del régimen comunista , parece natural que se favorecieran las opciones económicas débiles: socialismo y liberalismo, mientras poco a poco iban ganando terreno la opciones permisivistas en lo cultural. Así fue durante los primeros treinta años posteriores a la guerra. Pero en los años ochenta los liberales se cansaron de lo que consideraban una concesión innecesaria al socialismo y empezaron, en tiempos de Thatcher y Reagan, a tornarse libertarios. Por su parte los socialistas, acomodados en su aparente victoria distributiva de la riqueza, abandonaron toda tensión ideológica en lo económico y se centraron en renovar sus mensajes nutriéndose del permisivismo, que era visto por los contrarios como su versión extrema el multiculturalismo. La crisis económica de 2008, provocada por una visión ya libertaria de la economía, y el despiste del socialismo que había abandonado toda directriz económica propia y echaba todos sus recursos en la explotación electoral del permisivismo, ha alterado de tal modo el panorama que es necesario echar de nuevo mano de la taxonomía propuesta para explicar la situación.

QUÉ OCURRE EN ESPAÑA?

En nuestro país, la anomalía totalitaria durante las primeros cuarenta años después de la Guerra Civil, congeló la evolución política. Sin embargo, una vez acabada la dictadura en 1978, España se puso al día y, al igual que en otros países europeos generó una alianza entre las versiones débiles de la igualdad económica y la desigualdad cultural. La consecuencia ha sido que el socialismo y el permisivismo han formado un bloque que tópicamente se llama de centro izquierda o socialdemocracia. Por su parte, el liberalismo y el conservadurismo formaron otro bloque que normalmente se llama de centro derecha o liberal conservadores. Una vez pasada la euforia del acceso a la democracia, ambos bloques reprodujeron aceleradamente el proceso del resto de Europa y Estados Unidos. Así, en los años noventa, cansados de las fórmulas económicas socialistas, los liberales incipientes iniciaron un contraataque liberal que, hoy en día, quiere ser libertario. En esta época pacífica de crecimiento económico continuo, el socialismo se ha encomendado a las reformas culturales (igualdad de la mujeres, matrimonio homosexual, restauración simbólica de valores republicanos y federales, etc.) que atendían a los intereses de minorías, pues el estado asistencial no era discutido por sus oponentes hasta que la crisis de 2008 ha creado en nuestro país las condiciones para asimilarse a la revolución libertaria mundial. Así, el liberalismo, ha logrado éxitos como la privatización de empresas de capital público y ha iniciado un proceso de precarización generalizada, mientras con su alma conservadora se ha resistido todo lo que ha podido al progreso de los derechos de minorías. En definitiva:

Primero, prácticamente no queda ningún adulto vivo que sufriera el horror del último desastre universal (en nuestro caso, la guerra civil). De este modo las sociedad, sea cual sea su estado de confort, ya está lista para entrar en conflictos graves sin el recuerdo del sufrimiento de sus antecesores.

Segundo, la reacción de los liberales para limitar y, si tienen oportunidad, eliminar completamente el estado asistencial para privatizar servicios públicos tan fundamentales para una sociedad como la educación, la sanidad o las pensiones, parece imparable. Las consecuencias están a la vista en las reformas legales que han precarizado el empleo, abaratado el despido y creado las condiciones para altos grados de desigualdad.

Tercero, a la reacción libertaria que ha desbordado al liberalismo, ha seguido una reacción totalitaria que quiere desbordar el conservadurismo. El origen está en la creencia de que los avances de las opciones permisivas estaban transformándose en multiculturales cuando a los avances en el terreno de la igualdad hombre-mujer, los matrimonios de igual sexo, el trato legal especial a la violencia sobre la mujer, el trato especial a los niños y niñas transexuales y el lenguaje inclusivo estaba siendo seguido por la aparición de comunidades con costumbres y prácticas religiosas diferentes amparadas por la ley.

Cuarto, la presentación pública de la evolución de los partidos liberal conservadores se hace con un lenguaje mendaz en lo económico (“somos el partido de los trabajadores“, dijo Dolores de Cospedal o “bajar los impuestos es de izquierdas”, dijo Rodríguez Zapatero). Por un lado los liberales llevan a cabo medidas económicas restrictivas “por el bien de la gente” y, por el otro, se toman medidas liberales a manos socialistas sin decir la verdad sobre la situación. En el terreno cultural, el lenguaje se vuelve procaz y directo, eliminando las más elementales reglas de convivencia simbólica. Unos evolucionan hacia la recuperación de unos rasgos identitarios supuestamente perdidos o reprimidos, que incluyen enormes prejuicios sobre las mujeres o las relaciones sexuales no convencionales y otros provocan la indignación de creyentes o patriotas más o menos hipertrofiados con mascaradas innecesarias.

Quinto, los cambios económicos no han sido advertidos por los grupos social permisivos, lo que se comprueba en la carencia de políticas verdaderamente alternativas. Tibios y adormecidos en la situación de bienestar general y el crecimiento sostenido, no han encontrado razones para, más allá de la crítica, estudiar alternativas al actual sistema económico. Y, si lo han hecho y no las han encontrado, carecen del valor cívico necesario para comunicar los aspectos negativos de la realidad social.

Sexto, la mayor contribución debería venir, no de cambiar el sistema económico de producción y acumulación de rentas, que se muestra muy eficaz, sino en dirigir estos esfuerzos conforme a las indicaciones de la ciencia en materia medioambiental y los productos con alto valor añadido que interesen a potenciales países importadores para generar la riqueza que hay que distribuir justamente.

Sexto, los grupos social permisivos han perdido demasiado tiempo con provocaciones a la parte conservadora de la población con blasfemias o trato inapropiado de símbolos, que, obviamente, no significan nada para el ofensor pero que perturban al ofendido, en vez de ocuparse de alcanzar la posibilidad de redactar, cada día, el Boletín Oficial de Estado para cambiar la situación de la gente. Aparte de que esta actitud es una muestra de totalitarismo que no comprende las enormes inercias de la tradición y exhibe un espíritu esnob.

Séptimo, los grupos liberal conservadores están ganando la batalla de los discursos al pasar de uno basado en su capacidad técnica y solvencia para la gestión económica, de poca eficacia comunicativa, a otro en el que las más evidentes estrategias de saqueo de los bienes públicos son presentadas como sumamente beneficiosas para el que pierde los servicios correspondientes, al tiempo que se queda a la intemperie en materias tan sensibles como sanidad, educación o pensiones. Discursos que en sus concesiones al alma conservadora con ribetes totalitarios llegan a cuestionar problemas tan contrastados como el cambio climático o la teoría de la evolución, al tiempo que se minan las soluciones a problemas tan graves como la violencia contra las mujeres. O

Octavo, ambos bloques social-permisivo y liberal-conservador corren el riesgo de derivar hacia sus posiciones radicales empujados por la fragmentación emocional reactiva producida en los extremos, que está causada por la frustración que cada parte ha causado en su ámbito. El grupo socialista por su tibieza en la distribución de la riqueza y el grupo liberal por su tardanza en deshacer los servicios públicos, en lo económico, y su debilidad para impedir el progreso de los permisivista en los aspectos culturales.

RESUMEN

  • el socialismo está frustrado y sin alternativa global porque creyó que ya había cumplido su misión, hasta el punto que permitió que algunos de sus miembros se corrompieran participando en prácticas dudosas de los órganos directivos de las instituciones financieras, pensando quizá que no hacían daño a nadie, mientras la cuenta de la deuda pública se engrosaba. Corporativamente tuvieron su infierno corruptor en sus primeros años de gestión.
  • Los liberales están evolucionando a libertarios convencidos de que ha llegado el momento de imponer una capitalismo libre de toda traba estatal y sin ningún compromiso ético con aquellos de sus congéneres que el sistema deje al margen o que incluso contribuyen a la generación de riqueza. Por otra parte, encabezaron la marea corrupta con prácticas de financiación partidaria generalizadas.
  • los permisivos han ganado muchas de sus batallas sociales y están crispados pensando que los totalitarios pretenden una vuelta al pasado en materias como aborto, matrimonio homosexuales, protección especial de la mujer ante el machismo, etc…;
  • los conservadores están evolucionando a totalitarios con mensajes raciales, anti emigración y anti logros permisivistas crispando a aquellos y utilizando técnicas de persuasión basadas en “realidades alternativas” con un enorme parecido a las mentiras de siempre, pero ahora protegidas por los “hechos” que las técnicas de comunicación permite crear ad hoc.
  • Libertarios y totalitarios están convencidos de que no tienen adversario en el socialismo ni en el comunismo residual por lo que piensan que su “sensatez” económica y sus “honradas” concepciones tradicionales son la mejor receta para el bienestar de los ciudadanos y así lo proclaman, a pesar de que la mayoría de la población sufre las consecuencias de sus políticas económicas y que incluso parte de sus militantes disfrutan de los avances que los permisivos han llevado a cabo en los últimos años. Problemas que creen que no son un obstáculo para su permanencia en el poder, dado el alto desarrollo de sus sofistería propagandística y la tendencia natural de los ciudadanos a la conformidad una vez traspasado un determinado umbral de confort que el low cost, por cierto, ha colocado cada vez más abajo. También contribuye a despiste de parte de la ciudadanía la operación de excitar las emociones con ficciones identitarias (vgr. ofensas a la nación) o exaltaciones de modelos sociales superados (vgr. machismo), no sólo por el tiempo transcurrido, sino por la injusticia de su implantación.
  • Los comunistas residuales están perplejos, pues su ideario marxista no les da recetas pragmáticas para la acción en democracia, es decir, fuera de su pecera totalitaria.
  • La ciudadanía ha seguido el juego de los extremos, pues a falta de satisfacciones materiales, son excitados en sus emociones con gran eficacia por otras de orden ideológico siguiendo el eco de voces que hoy se presentan armadas de un eficaz dominio de técnicas de enmascaramiento de la verdad.

PROPUESTAS

  1. Dado que la sociedad humana no funciona sin que haya un diferencial de rentas que estimule la acción, los partidos socialistas tendría que atreverse a decir que ese diferencial hay que aceptarlo, pero que debe ser limitado mediante fuertes correcciones fiscales;
  2. Pero, dado que tampoco funciona si la mayoría advierte que es tratada con desprecio en las actitudes y la distribución de la riqueza generada por todos, los liberales deberían ofrecerse como turbinas del desarrollo, pero deberían aceptar las iniciativas que eviten las diferencias económicas escandalosas.
  3. Los liberales deberían advertir a sus socios conservadores su incoherencia eliminando el impuesto de transmisiones y así poder trasladar esa riqueza a la promoción de la igualdad de oportunidades que facilite la ascensión social merecida.
  4. Los socialistas debería tener el valor de comunicar que el reparto de la renta de las capas más ricas (>150.000 euros/año) no aumenta sustantivamente la renta de las clases pobres, por lo que no debe alentar frustraciones con demagogia, aunque sí exigir austeridad para todos lo individuos evitando contribuir a la industria del lujo y dirigiendo los excedentes a la investigación y aplicación a la sanidad o la educación, además de la asistencia directa a casos de vulnerabilidad extrema, lo que puede cambiar las perspectivas del país en lo social y su progreso a partir de la igualdad de oportunidades. Así, las macrocifras oficiales nos dicen que: 10 mil millones de euros de renta, procedentes del expolio total de las rentas más altas (70 % de impuestos directos), a repartir entre los que ganan menos de 12000 euros al año, resultan 1300 euros al año y unos 100 euros al mes, lo que para esas capas puede ser significativo, pero que donde mejor se puede emplear ese dinero es en proyectos comunes de gran alcance para todos en épocas de fuertes transformaciones tecnológicas a las que España no puede volver la espalda y que potencialmente pueden resolver problemas tan esenciales como la carestía de la energía.
  5. Los liberales y los socialistas deberían dar ejemplo en la reducción de la deuda mediante el ahorro en el sector público, dado que ambos grupos contribuyeron a su crecimiento desorbitado con la gestación y mala administración, respectivamente, de la irracional burbuja inmobiliaria y secuelas entre 1996 y 2011.
  6. En el terreno cultural, los permisivistas deberían defender los logros, pero eliminar provocaciones innecesarias, limitando sus reivindicaciones a reducir o eliminar los perjuicios directos a las minorías, sin pretender extender totalitariamente sus convicciones a otros compatriotas; y los conservadores no deberían dejarse arrastrar por una minoría vociferante que trata de atraerlos hacia un pozo de mentiras, emociones turbias y potencial violencia, abusando del poder intimidante de los graves problemas que afronta nuestro país y, más allá, el mundo entero. Y debe hacerlo en los aspectos más graves aunque sólo sea por ser coherentes con sus convicciones religiosas.

Finalmente, hay que decir que:

  • Afortunadamente las posiciones débiles se mantienen en el marco de la democracia, a pesar del decaimiento de la confianza en la voluntad popular cuando ésta avala, aunque sea de forma tentativa, las opciones fuertes, ya sea por miedo, ya sea por impaciencia.
  • En un nivel más profundo, ambos bloques incurren en problemas. El social-permisivo se estrella a menudo contra la realidad y el liberal-conservador muy frecuentemente contra la idealidad. Ni la realidad ni la idealidad pueden ser eludidas. Es decir, es absurdo repartir una riqueza no generada y es peligrosísimo matar la esperanza de la gente.

© Antonio Garrido Hernández. 2019. Todos los derechos reservados. All right reserved.

Heidegger y los populismos

Vivimos tiempos en los que, lo que hemos dado en llamar populismos se están extendiendo por Occidente de una forma peligrosa, tan peligrosa que se empieza a temer por la civilización. Pero ¿Qué es el populismo? 

Dice el sociólogo argentino Juan Carlos Torre: 

“La crisis de la representación política es una condición necesaria pero no una condición suficiente del populismo. Para completar el cuadro de situación es preciso introducir otro factor: una «crisis en las alturas» a través de la que emerge y gana protagonismo un liderazgo que se postula eficazmente como un liderazgo alternativo y ajeno a la clase política existente. Es él quien, en definitiva, explota las virtualidades de la crisis de representación y lo hace articulando las demandas insatisfechas, el resentimiento político, los sentimientos de marginación, con un discurso que los unifica y llama al rescate de la soberanía popular expropiada por el establecimiento partidario para movilizarla contra un enemigo cuyo perfil concreto si bien varía según el momento histórico ―«la oligarquía», «la plutocracia», «los extranjeros»― siempre remite a quienes son considerados como responsables del malestar social y político que experimenta «el pueblo». En su versión más completa, el populismo comporta entonces una operación de sutura de la crisis de representación por medio de un cambio en los términos del discurso, la constitución de nuevas identidades y el reordenamiento del espacio político con la introducción de una escisión extrainstitucional.” 

Como se ve, el populismo tiene origen en la insatisfacción de la gente por dos razones: una objetiva, que son las molestias o carencias que experimente en su vida cotidiana, y otras subjetiva, la que experimenta por considerar que quien tiene la obligación de cuidarlo, porque así se comprometió, no está cumpliendo esa promesa. Y aquí tiene hueco Heidegger. Como se sabe, este filósofo dejó dicho que la esencia del ser humano es su existencia y que, por tanto, cada ser humano no tiene otro motor vital que la permanente revisión de su proyecto de vida de acuerdo a cómo le va en la práctica a él y su entorno afectivo. Por eso, el ser ordinario es sentimental, tanto para entregarse al trabajo de forma automática, como para la rebelión cuando se siente traicionado. Pero también se entiende en relación con los otros, por lo que no tendrá una valoración absoluta de sí mismo, sino comparativa con lo que la media social exige y experimentará como pérdida cualquier desviación excesiva por abajo respecto de esa media.

Siendo esto así, ¿cómo responden las teorías políticas vigentes? Pues el liberalismo con una promesa de bienestar general, si se deja todo el capital en manos privadas, para que la riqueza emane desde las meritorias élites hacia las capas más bajas. La socialdemocracia con la promesa de los cambios estructurales que serán capaces de retener, mediante mecanismos fiscales, todo el capital necesario para que, sin que la riqueza vaya a los bolsillos particulares, el bienestar se obtenga a base de servicios públicos gestionados por burócratas bien entrenados para su gestión. Sin embargo, a pesar de que es constatable que, con mayor énfasis en las sociedades prósperas del mundo tanto oriental como occidental, las condiciones de vida en términos de esperanza de vida, mortalidad infantil, PIB por cabeza, servicios públicos de sanidad y educación tienen estándares incomparablemente mejores que en épocas anteriores, la percepción de incomodidad es patente debido al carácter relativo del estado de bienestar individual y familiar. Una sensación de carencia basada en el carácter ilimitado de los proyectos de vida que toman sus referencias de lo que hay a su alrededor. Y, téngase en cuenta, que toda la estructura que mantiene al sistema productivo capitalista está basada en la ilusión, transmitida por la publicidad, de un mundo siempre mejor. Recurso que no es interpretado como un medio ingenioso de venta, sino como la meta a alcanzar. Únase a ésta desviación del ser humano hacia el consumo fútil, la ausencia de metas y métodos comunes sobre cómo darle el sentido a una vida buena y pacífica en una época desacralizada y tendremos el cóctel del que se alimenta la irresponsabilidad populista. Además, el advenimiento de masas provenientes de países pobres atraídas por los mismos señuelos que empujan a los ciudadanos locales hacía la carencia subjetiva, han aumentado el estado de crispación porque ya no sólo se percibe la pobreza diferencial, sino una amenaza mucho mayor, la pérdida a manos de extraños.

Las élites liberales y socialdemócratas responden con el silencio altivo de quien piensa que las masas no entienden sus desvelos. Unos desvelos que ven (capitalistas y burócratas) como un mérito para ser titulares de la mayor parte de las rentas que se consiguen con el esfuerzo de todos, pues en estas élites no se incluye ni el talento científico, ni el esfuerzo profesional que ha constituido siempre el colchón sociológico de las clases medias.  Y ello, porque se ha decidido que el único modo de participar con provecho en la renta es adquiriendo la condición de empresario. Lo que se comprende para estimular el número de emprendedores por   la necesidad de poner a muchos a pensar soluciones para los problemas actuales de cantidad y complejidad creciente, pero que lleva al error de que todo aquel que no adquiere ese estatus debe ser arrumbado en la cuneta. Una situación peligrosísima en la que se nutren y engordan aventureros de toda clase que, por supuesto que no van a solucionar los problemas, sino que van a sustituir a las élites políticas actuales por otras que viene, no sólo con el autoritarismo como método, sino con sus extravagantes y reaccionarias propuestas de vida para todos. 

Volviendo a Heidegger, el ser humano necesita experimentar el sentido de su vida. Y el sentido de nutre de la afectividad, la comprensión y la reciprocidad en el cuidado. Si una sociedad no ofrece estos objetivos y los materializa explícitamente a sus componentes, no debe extrañarse de que sigan al primer flautista que toque esa melodía, aunque sea a ritmo de marcha militar. Por cierto, para mayor paradoja, el propio Heidegger creyó ver en Hitler al heraldo de una vida nueva en la que la vaciedad y la mediocridad sería sustituida por el brillo y esplendor de lo heróico cotidiano, traicionando su propio análisis genial del cómo somos. No es de extrañar su silencio de treinta años tras la derrota nazi, Nunca sabremos si por vergüenza o por rencor, pero sí sabemos, precisamente gracias a la tremenda desgracia que cayó sobre Europa por el régimen nazi, el más y mejor organizado populismo que jamás haya existido, que esa es una pista falsa. Por eso, nuestros líderes moderados deberían aprender de su enemigo qué atrae a las masas y procurar dárselo: respeto y cuidado mientras se las educa emocionalmente para que presten atención a los enormes atractivos de la existencia y sus posibilidades, sin miedo a los otros y sin desarrollar la impaciencia que hoy en día vemos surgir por todas partes en forma de reclamaciones sociales o de acardias identitarias, con riesgo de implosión estéril.

Decisiones migratorias

Yo tuve que aprenderme los reyes Godos empezando por el rey Ataúlfo en el año 411. La Hispania romana fue víctima militar y política de la degradación del Imperio en el siglo V con la consecuencia de migraciones a las que las élites romanas tuvieron que hacer lugar cediendo tierras y poder. Así, todavía hay en España, según el INE, 208 españoles vivos que se llaman Ataúlfo, 323 que se llama Recaredo y 572 que se llaman Leovigildo, añadan que hay 60.925 que se llaman Mohamed. Por esta tierra han pasado Indoeuropeos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, vándalos, suevos y alanos, además de los árabes. Una vez hecha la mezcla y estabilizado el poder en torno a los Reyes Católicos, las migraciones se redujeron a las élites gobernantes a base de dinastía según estaban las cosas en el continente. Así tras los restos del poder germánico agrupado por pactos y derrotas entre reinos, son los Habsburgo (germánicos) y los Borbones (franceses) hasta hoy miércoles 20 de junio de 2018.

Antes, en el siglo XV, fuimos nosotros los que invadimos todo un continente. Operación que nos gusta pensar que tiene rasgos civilizatorios (qué duda cabe), además de explotadores (qué duda cabe). Todavía a mitad del siglo XX, cuando ya habíamos perdido hasta el último islote del Imperio en Filipinas, emigramos huyendo de nuestra propia barbarie a Méjico y Argentina. Ahora son nuestros descendientes americanos los que nos visitan, pero ya en la forma pacífica del que quiere trabajar y tener aquí la vida que no puede tener allí. Ningún país puede, salvo en los delirios de algunos de sus dirigentes, vivir aislado e impedir las migraciones de entrada y salida. Así, nosotros estamos recibiendo extranjeros y, en una de las operaciones más estúpidas de la historia universal, “enviando” jóvenes bien formados a buscarse la vida en tejidos económicos más eficientes.

Todas las sociedades que fueron umbral de un cambio de los tiempos, seguramente vivieron con desazón las circunstancias que le habían tocado. Seguro que en todas ellas se escucharon voces airadas contra los recién llegados. Pero la fuerza de las cosas se impuso y hoy no hay nadie sensato que no sepa que procede de mestizajes históricos bien documentados. Y aquí estamos los europeos en la misma situación que los romanos hispánicos sin advertir que ahora la llegada de pueblos extraños no se hace con la fuerza de las armas, sino con la fuerza del número y la resolución del que no tiene nada que perder. Tenemos la oportunidad de hacerlo bien, pero ¡para qué! Vamos a hacerlo mal aumentando el sufrimiento temblando de miedo. Pero, ¿en qué acción se puede triunfar con el brazo encogido?

Olvidamos que los árabes trajeron los números que ahora usamos en nuestros algoritmos, olvidamos que la Escuela de Traductores de Toledo con árabes, judíos y cristianos permitió trasladar al centro de Europa todo el conocimiento Griego, filtrado por los sabios del Islám. Pero permitimos que un zafio ignorante emigrante alemán en Estados Unidos practique el adanismo más elemental y torture niños con tibias protestas o su ausencia como en la visita del Rey al sátrapa. También permitimos que los representantes de nuestros valores en Oriente disparen a matar a gente indefensa. Al fin y al cabo, de qué protestan, con lo cómodo que es el campo de concentración de Gaza que les hemos creado en vez de exterminarlos, piensan los piadosos israelitas. De qué se quejan los centroamericanos si sólo los han explotado un poquito los amigos del norte, mientras contribuían a crear regímenes corruptos, tan corruptos que ni lo intentos ideológicos tipo sandinista han podido vencer la tentación y han sustituido a la ignominia que representaba el dictador Somoza por la ignominia de un torpe Ortega.

Como ya somos el pasado de nuestros descendientes, seremos estudiados como una época que no supo ver la salida de los problemas paradójicos que trae la ciencia al crear conocimiento que cura, pero multiplica las poblaciones; que crea riqueza, pero que la estupidez humana la concentra para no compartirla. Ni las vallas en el agua, ni los mensajes siniestros de los ministros de interior tipo Salvini (¡salvini!) de los países cobardes van a parar el fenómeno. De modo que o nos preparamos para la violencia y la sangre ejercida sobre el inocente y el desesperado o para la paz inteligente.

El mago de Oz y el liderazgo político

Es un tópico de nuestros días la queja de que ya no hay líderes como los de antes. Yo tengo mis dudas pues creo que el liderazgo surge de una mezcla adecuada de persona y circunstancias y, hoy en día, las circunstancias aún no son generadoras de líderes que puedan pasar a la historia. Es decir, en tiempos fofos, enervados (sin tensión) no hacen falta líderes fuertes, pues el ambiente el tipo de carácter que se requiere no es para la lucha, sino para evitar que se den las condiciones para los tiempos duros, nervados (con tensión), tiempos en los que, paradójicamente, surgen líderes capaces de hacer frente a los problemas porque la alternativa es la destrucción del grupo liderado. Naturalmente es inevitable que los liderazgos, tanto de los tiempos fofos o enervados como de los duros o nervados sean tanto simbólicos como diabólicos. Quiero decir, acercándome a los sentidos originales de las palabras, que surgen líderes que unen (simbólicos) o que separan (diabólicos). Pongamos ejemplos:

TIEMPOS FOFOS

  • Simbólicos: Obama, Mujica
  • Diabólicos: Trump, Putin

TIEMPOS DUROS

  • Simbólicos: Churchill, Mandela 
  • Diabólicos: Hitler, Pinochet

Los líderes simbólicos (buenos, que unen), en los tiempos fofos, son aquellos que no practican ni consienten la corrupción, controlan la deuda externa y distribuyen la riqueza evitando las condiciones para que el país que administran se vea envuelto en crisis internas o externas. En los tiempos duros son capaces de movilizar las energías sociales para olvidar los caprichos de las épocas buenas y trabajar para la recuperación material y moral del país. También son capaces de depurar los errores del pasado sin dejar de castigar con moderación a los principales responsables de la situación del país.

Los líderes diabólicos (malos, generadores de división), en los tiempos fofos, son aquellos que o se ensucian en corrupción, la permiten en su entorno o resuelven los problemas sociales endeudando al país, en vez de repartiendo mejor la riqueza. De esta forma crean las condiciones para los tiempos duros en los que los líderes diabólicos optarán siempre por soluciones policiales o bélicas para los problemas y tratarán de esconder sus crímenes para no rendir cuentas.

Con esta taxonomía del liderazgo se puede decir que nuestros líderes actuales no son peores que los que fueron en el pasado, siempre que los comparemos con su clase y tiempo. Es decir, no tiene sentido comparar a Rajoy con Churchill, ni a Zapatero con Mandela, pues pertenecen a dimensiones paralelas que no se tocan. Nuestros líderes actuales son simbólicos y no están estimulados por el tiempo duro. Es más, tenemos la suerte de no haber sufrido líderes diabólico del tiempo fofo, hasta que el descuido en el control de los parámetros claves ha llevado a que resulten atractivos para algunos, como sucede con Trump o Putin, que nos pueden lanzar hacia los tiempos duros.  Nuestros líderes actuales no nos gustan porque, según nuestras tendencias tenemos siempre como referencia a los líderes de los tiempos duros ya sean simbólicos o diabólicos. Los líderes de los tiempos duros cuando son tiempos fofos, no pasan el filtro del poder, unos, los simbólicos porque son vencidos por otros más astutos y mediocres, además de que no les resulta atractiva la administración ordinaria y otros, los diabólicos, porque rezuman peligro. El riesgo potencial de los simbólicos en tiempos fofos es que no perciban los peligros de la desidia porque todo parece ir bien, y el peligro de los diabólicos, en ese mismo tiempo, es que aceleran la llegada de los tiempos duros con sus disparatadas decisiones y connivencias. En tiempos duros, cambian los criterios y donde antes no tenía cabida un líder decidido es ahora reclamado, aunque, si los errores cometidos en tiempos fofos son muy graves, la ira popular puede llegar a reclamar líderes diabólicos con las terribles consecuencias conocidas.

En fin, que cada tiempo tiene su líder bueno y malo, por lo que tenemos que afinar nuestro criterio para elegirlos en según qué circunstancias. Por supuesto que lo ideal es elegir siempre líderes simbólicos que, tanto si son de izquierdas como de derechas, sepan alternar las políticas, sin descuidar las fracturas sociales en la creencia de que puede disfrutar del poder porque las cosas van solas. Pues no, no van solas, tras la apariencia hay pequeños diablos que se aprovechan de la prosperidad para crear las condiciones del futuro desastre. No se puede bajar la guardia.

¿Y qué tiene que ver el mago de Oz con todo esto?, pues con el hecho de que, en nuestra confusión con el liderazgo, además de confundir el tipo y el tiempo, no tenemos en cuenta que vivimos una época en la que ningún líder, con la excepción, quizá de los diabólicos de tiempos duros, pueda eludir ser objeto de un profundo escrutinio. Transparencia que no se daba en el pasado. Esta circunstancia complica el juicio que emitimos porque en el pasado un halo de misterio y omnipotencia rodeaba a los líderes presentándolos como mejores de lo que realmente eran. Entre la imposibilidad de penetrar sus vidas y los secretos de estado, una espesa capa de ignorancia favorecía una imagen idealizada. Hoy en día, por el contrario, el escrutinio es casi total, incluso cuando el líder niega esto o aquello no se le cree, porque su conducta y sus contradicciones sirven de referencia poderosa que anula cualquier pretensión de falsa inocencia.

El mago de Oz era una persona normal que dirigía un reino desde el interior de una terrorífica cabeza flotante rodeada de fuego y humo. Esta apariencia era la fuente de su poder, pero detrás no había nada que lo justificara. El caso es que, una vez que nuestra época no ha dejado Mago de Oz “con cabeza” y todos los tipos de líderes simbólicos son considerados personas normales, no podemos despreciarlos pues no tenemos otra cosa. Al contrario, se les debe dar atributos institucionales y, al tiempo. resistirnos a sus desvaríos con una vigilancia continua de su desempeño. Esto es necesario con todos, tanto con los líderes simbólicos de los tiempos fofos, que deben ser vigilados para que no nos  deslicen por la pendiente hacia los tiempos duros y, también, a los líderes simbólicos de los tiempos duros para que a hombros de su éxito, si es el caso, no tenga tendencia a mutarse en diabólicos, es decir arbitrarios y autoritarios. En el caso de los diabólicos de los tiempos duros, la primera receta es evitar que se hagan con el poder manteniendo en la memoria que, en el pasado, sus soluciones empeoraron las cosas y trajeron mucho sufrimiento. Y la segunda receta es, una vez que se han hecho con el poder, combatirlos con fiereza.

Para actuar con esta inteligencia necesitamos que nuestros espantapájaros tengan cerebro, para eso la educación; que nuestros hombres de hojalata tengan corazón, de ahí las políticas económicas solidarias y que nuestros leones cobardes, la mayoría de nosotros, tengamos el coraje de estar a la altura que los tiempos reclamen. Sólo así tendremos el hogar que Dorothy descubre cómo el mejor lugar al final del cuento.