Cuentos


Este texto se corresponde con el prólogo del libro del mismo título que puede ser adquirido en Amazon. Para más comodidad en la barra lateral del Blog figura una miniatura del libro y el link para acceder directamente. Una alternativa es introducir en el buscador de Amazon la expresión «Filosofía Ingenua» que conduce a los cuatro libros de la serie.

Este libro[1] cierra la serie Filosofía Ingenua del que es el cuarto componente. Se dedica a una cuestión crucial: la necesidad de mentiras de un ser que anhela la verdad. Así de paradójica es la vida de un ser humano. Mentiras que quieren cubrir las aristas de la vida para que no nos cortemos. Exigimos la verdad en los demás y en los asuntos públicos y practicamos la mentira con los niños y en nuestras vidas cotidianas. Como no parece ser un asunto baladí, conviene reflexionar sobre su utilidad, pues alguna razón habrá para esta actitud compulsiva de generar ficciones.

Advertidas las escisiones en nuestra relación con la naturaleza física, la ética, la estética y política, se comprueba que la humanidad raramente afrontó la realidad desde que se tiene noticia. Más bien, trató de dulcificarla con cuentos y mitos explicativos de hechos naturales y sociales que, de una parte, saciaban la necesidad de saber y, de otra, la de perseverar en el ser. Una capacidad de fabulación narrativa que llegó a la cima con las religiones que prendieron tan fuertemente que todavía hoy sigue vigente su influencia en amplias capas de la población mundial. Una influencia que en el caso de la religión de nuestra civilización —la cristiana— ha sido decisiva en la construcción del mito que paliaba la amargura de la conducta real de las sociedades. Desde Maquiavelo (1469-1527) se puso en evidencia lo que muchos pensarían sin tematizar: el abismo (jorismós) entre los códigos éticos y morales y la conducta real desde el ciudadano ordinario a los príncipes y otros ostentadores de poder. Un abismo que se refuerza con el hecho de que filautes y koinitas incumplen los códigos cada uno a su manera. La contumacia de esta escisión en la realidad llega hasta nuestros días en los que el epítome de código moral que es la religión aún mantiene sus contradicciones internas intactas. Ya sea en su alineamiento político (la guerra civil española o la bendición de cañones a ambos lados de las trincheras de la Gran Guerra) a su tolerancia con la pedofilia practicada por muchos de sus clérigos.

Obviamente, situados en la perspectiva del carácter indomable del jorismós moral, no podemos perder la referencia que supone la depurada doctrina cristiana, al menos en relación con otras religiones donde la crueldad es todavía el correlato de los textos sagrados como método de sometimiento. Del cristianismo debe quedar su desiderátum ético ocurra lo que ocurra con las instituciones que le dan soporte. Podremos pasar sin la Iglesia, pero no sin parte del mensaje de Jesús de Nazaret, por mucho que se queje Bertrand Russel (1872-1970). Hagamos ahora una aproximación a las ficciones con las que vivimos, para nuestra salud mental, en tregua con la realidad. Las ficciones en el arte ayudan a unir las dos orillas del jorismós ético. Son las ficciones con las que experimentamos el placer de un nudo en la garganta.

Este libro da una versión de la realidad a través de disquisiciones sobre la estructura y la infraestructura de la falsedad desde el evanescente yo, las emociones y el conocimiento, incluyendo el extraño fenómeno de la comprensión. Pero antes habla de los cuentos, porque “en el principio fueron los cuentos” y luego la razón y sus órganos entraron en combate desigual con las emociones. En ese mismo orden ocurren en nuestra evolución ontogenética. Empezamos contándoles a los niños cuentos hasta que ellos solos, al menos hasta ahora, se desprendían de ellos. Porque lo cierto es que en la actualidad hay una tendencia a desencantar el mundo de forma prematura. Quizá, ello contribuya a que los críos lleguen ya con un poso de amargura a la edad adulta. Habría que mirar ese empeño con atención. Al fin y al cabo, los adultos todavía no nos hemos desprendido de los cuentos milenarios que mantenemos tozudamente. En eso no podemos dar ejemplo. Estamos deslegitimados para acortar la infancia, aumentando la desesperación. Un niño feliz será, con más probabilidad, un adulto sin cuentas pendientes con la vida.


[1] Este libro no tiene citas precisas, ni notas a pie de página (excepto unas pocas de auto referencia a la serie a la que pertenece), pero todo lo que le resulte de interés complementario al lector lo tiene a un clic en Google y si quiere más compre libros o matricúlese en la facultad de filosofía donde hay mucho talento y, asombrosamente, pocos alumnos. Necesitamos ser más.

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