La conversación continua con los muertos, proporciona una sofisticada oportunidad de reflexión. No me refiero a Los Muertos del cuento excepcional de James Joyce o muertos particulares que reposan en sus tumbas y en los corazones de los que los amaron. Son los muertos intelectuales, cuyos escritos aún llaman a nuestra puerta, para que pongamos en contraste sus propuestas para una sociedad mejor y sus resultados, siempre decepcionantes y siempre estimulantes para empezar la tarea de nuevo. Cuando en la película de Huston el protagonista Gabriel Conroy descubre que toda su pasión por su mujer Greta está fundada en una fantasía, puesto que ella, esa noche estaba sobrecogida por el recuerdo de su platónico amante Michael Furey, evocado por una canción, está en una situación parecida a la de un filósofo que construye un sistema coherente, creyendo que está describiendo la realidad y, sin embargo, ésta en-sí-mismada se ríe de su pretensión y reacciona de forma que lo desconcierta y entristece.

Abajo el vídeo de la magnífica película que John Huston hizo sobre este cuento. La escena clave empieza en 1 hora 8 minutos:

Para explicar las dificultades de los pensadores para interpretar la realidad o, más modestamente, su época no hay que despreciar el fenómeno de la reflexividad que implica que el efecto de una teoría pretendidamente descriptiva modifica la realidad frustrando la intención su intención. Tampoco el hecho de que la sociedad por reacción intelectual o, simplemente porque algunos ven peligrar sus intereses reacciona irracionalmente contra una propuesta que parezca atentar contra ellos. Ni siquiera la posibilidad de que una propuesta verdadera sólo puede acertar si no se conoce, evitando así producir los efectos de reacción mencionados. Finalmente, siempre cabe la posibilidad de que, al no conocer con suficiente profundidad la estructura de la realidad, la propuesta active acciones, entre los que la creen de forma acrítica, que la hacen fracasar. Como no es posible improvisar revisiones completas de la teoría de referencia, los convencidos suelen diferir el éxito final a otra época en el futuro, además de introducir correcciones que expliquen las discrepancias, al modo que Ptolomeo introdujo los epiciclos para explicar los movimientos de los planetas cuando aún se pensaba que la Tierra era el centro del Universo.

En el caso de Hegel, es claro que seriamente creyó que habia descubierto la dinámica de la realidad humana, realidad que él visualizaba como un proceso histórico de aumento creciente de la autoconciencia que debía producir el efecto de liberación del individuo en el marco de una organización social en la que los esfuerzos particulares se integraran en un comunidad universal. Pero, al tiempo, si esa promesa no se cumplía, dejaba el legado de una visión según la cual la realidad percibida no tiene las características que puede tener según su concepto por lo que era necesaria su “negación”, es decir, intervenir para cambiarla, pero no en cualquier dirección, sino hacia el cumplimiento de sus posibilidades descubiertas por la razón. Hoy en día, incluso en zonas templadas de la sociedad es ya una idea indiscutible la “mejora continua” de los procesos. Una expresión ésta que procede del mundo de la calidad, donde su éxito ha llevado a un control tal que se ha neutralizado mediante el concepto de “obsolescencia programada” que permite determinar cuánto ha de durar un producto para que un exceso de duración no comprometa la producción por falta de compradores. La mejora continua es un proceso dialéctico en el que la producción industrial comprende que el modo de mejorar implica un círculo que va de la idea a su aplicación, pasando por las fases de control y toma de conciencia de las desviaciones. Un proceso muy hegeliano.

En el ámbito social, la conversación con los muertos que supone la lectura de sus textos, permite tener una visión panorámica del combate de ideas que se libra, incluso en estos momentos, pues, a pesar del prejuicio de que la historia es cosa que nunca tiene que ver con el presente, ahora, con más o menos entusiasmo, estamos haciendo historia. Desde la época de Hegel hemos visto como ha habido un intento fallido de aplicación de la dialéctica hegeliana en su pretensión de negar el capitalismo, que produjo enorme dolor. También hemos visto como el fascismo italiano usó la teoría del estado de Hegel para concentrar poder de forma ilegítima y como el nazismo rechazó el hegelianismo precisamente por su énfasis en el poder de un tipo de estado que debía proteger los derechos individuales. Pero, sobre todo, hemos visto que el revisionismo del marxismo, que fue la socialdemocracia, ha reinado con éxito transfiriendo renta hacia extraordinarios servicios públicos mientra el marxismo ha sido una amenaza verosímil. Una vez que el marxismo oficial colapsó, hemos visto, finalmente, como el liberalismo se ha ido apoderando de rentas y pensamientos hasta convertirse en una fuerzas hegemónica. Sin embargo, el balance, hasta el final del siglo XX, fue de un triunfo de las propuestas que podríamos llamar hegelianas, es decir, de la idea de que las estructuras sociales no están congeladas, sino que son susceptibles de modificaciones. Así prácticamente, en una primera fase, se construyó el llamado Estado del Bienestar y, en una segunda fase, se han implantado casi todos los derechos individuales derribando las barreras de la libertad individual distinta de la económica. Tal pareció durante estos años que la izquierda se ocupaba de distribuir los beneficios de la eficacia del sistema capitalista y de abrir los espacios de las libertades individuales, mientras que la derecha se ocupaba de impedir cualquier obstáculo al aumento de la productividad del sistema. Sin embargo, desde la caída del muro de Berlín como símbolo de la caída del sistema comunista en su fracaso absoluto, la derecha ha considerado que ya no necesita exhibir  su capacidad de distribución universal de rentas y servicios , además de considerar que se ha ido demasiado lejos en los derechos individuales a minorías, por lo que se combate en todos los terrenos, incluido el del lenguaje con el desprecio de lo políticamente correcto.

Es decir, estamos en una fase de reacción a los avances logrados en los últimos setenta años del siglo XX, tanto en el terreno económico como en el de los derechos. Una reacción basada, no en el descenso de la productividad o los perjuicios sociales de una mayor libertad, sino en la ludopatía financiera y el insaciable hedonismo de unas élites seducidas por los productos de la industria del lujo y, en casos extremos, por la pretensión de inversiones lunáticas en la búsqueda de la inmortalidad. Entre tanto, la perspectiva global que hoy tenemos del mundo, nos permite comprobar la enorme tarea que espera para conseguir que las zonas más castigadas por enfermedades, desastres naturales, hambrunas o guerras se reduzcan al mínimo.

Esto es la mera constatación de lo que ocurre, pero la labor filosófica consiste en establecer los argumentos que fundamenten la idea de que no debe proseguir la degradación socioeconómica, ni conviene que ocurra, so pena de catástrofe universal. Y no por un castigo extrahumano, sino por la propia naturaleza de las cosas. Entiendo que quien afronte esta tarea debe partir de Hegel y toda la historia de la filosofía posterior, además de contar con una visión amplia del estado epistemológico de la ciencia y los avances en sociología, psicología evolutiva y neurociencia. Una tarea densa sólo para titanes, pero no titanes muertos, sino titanes vivos, muy vivos.

 

 

 

 

 

 

 

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