Metafísica banal


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Exordio    

Este libro es el primer eslabón de cuatro en los que se recoge un proceso de depuración de muchas páginas pensadas como fruto de una excesiva espontaneidad. Su estructura aforística es un homenaje al pensador que está detrás de muchas de sus diatribas: Nietzsche. Un filósofo no académico que inspira la filosofía de prácticamente todo el siglo XX y colea en el XXI. Personalmente disfruto sus libros tanto como me inquietan. Veo en ellos destellos geniales y prejuicios horrorosos. Pero, como a tantos mejores que yo, ha ayudado a perfilar mis propias e incautas ideas.

Pero este libro no va de Nietzsche, sino de una visión ingenua si se quiere, pero madurada durante mucho tiempo, lo que no es garantía alguna de calidad filosófica. Pero sí es la prueba de la pulsión que mueve al filósofo: la de cerrar, una y otra vez, la cúpula del anhelo de conocimiento sobre nuestra gloria y nuestra miseria, nuestro origen y nuestro destino.

Este libro puede ser llamado o, quizá, tachado de metafísico porque, aunque está débilmente conectado con la ciencia, es una aventura en busca de la coherencia. Es una metafísica naturalista que, al menos a mí, no me deja el sabor acre del nihilismo. Tras la desaparición de la niebla de la antigua metafísica queda el derecho a una mirada lúcida que a nada quiere ofender y menos a la verdad.

Largos años de ejercicio profesional alejado de la filosofía lastra cualquier documento tardío como éste. Ya se me perdonará.

Quizá la verdad más evidente ha pasado desapercibida porque el conocimiento muy a menudo está orientado por el deseo. Esta verdad es que, aceptada la teoría de la evolución y la crítica de segundo grado de Nietzsche, la inteligencia procede de fenómenos no inteligentes, salvo que se considere que inteligencia es la capacidad de acumular experiencia de forma ordenada por la propia necesidad de perseverar en el ser. Esta incomprensión de la naturaleza de la inteligencia hasta nuestros días está en la base de todos los ejercicios de explicar la inteligencia por procesos gratuitos a manos de dioses espectrales.

Esta verdad era inquietante y la voluntad la ocultó para preservarnos del horror a la muerte. Un final demasiado triste para el individuo que experimenta como su impulso más poderoso el de conservación de su ser. Una conservación que, en realidad, es una astucia ontológica que está al servicio de la especie que, así, consigue la energía necesaria para luchar por la vida. Aunque hay que reconocer que el individuo que tiene la fortuna de tener una vida decente es bien pagado con la excitante experiencia única de haber vivido.

La especie humana ha tenido éxito hasta ahora. Y lo ha tenido porque, a pesar de todos los rodeos dados, su razón, generadora de su libertad, se había constituido en la experiencia vital y a pesar de que se extraviaba en la teología y la metafísica por miedo al vértigo de la existencia, resolvía los problemas prácticos que le dieron la capacidad de poblar la Tierra y vencer enfermedades. La especie humana, hija de la naturaleza la ha negado durante demasiado tiempo, incluido el propio cuerpo que hace posible lo que llamamos nuestro espíritu. Ha creado mitos para su confort psicológico y ha creado la filosofía para reposar confundida con la calma de los fenómenos mentales y por el muy físico principio de inercia, que le permitía proclamar que existe el reposo y, más allá, la quietud metafísica.

Afortunadamente el siglo XXI alumbra una vuelta al vértigo heraclitiano porque estamos ya en condiciones de soportarlo. Hemos descubierto el flujo tras los fenómenos y nuestra condición de procesos en marcha componiendo con todos los entes un flujo de cambio incesante que hemos dado en llamar tiempo.

La historia de la filosofía es la del afán del ser humano por encontrar un lugar de reposo ante el vértigo de la vida, ante su permanente cambio y la correspondiente zozobra. Desde Parménides, que afirmaba un ser imperturbable, a Heidegger, que hurgaba en el ente para reposar en el Ser, pasando por mil años de reflexiones en la frontera de la teología para reposar en Dios, todo han sido esfuerzos vanos, pues la realidad se muestra eterna, sí, pero contingente y en incesante cambio. El mismo Spinoza nos dice en su Tratado de la Reforma del Entendimiento:

“…me decidí finalmente a investigar si existiría algo que fuera un bien verdadero y capaz… si existiría algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema”

El ser humano está condenado a buscar el reposo, mientras comprueba que su afán no es realizable, que el reposo es movimiento compartido, por lo que hay que acompasar el alma al vértigo, para, así, gozar del reposo en movimiento.

Este libro está escrito por una persona, es decir, por una esencia abierta, como dice Zubiri, un cuerpo animal que habla, piensa, interroga, admira, actúa, juzga y espera. El ser humano sólo encontrará consuelo a su desdicha en el único hogar del universo que le espera: el amor de los suyos y la compasión de los demás en concomitancia con el esfuerzo por contribuir al éxito de la enigmática aventura de la vida. El ser humano, siente, piensa, desea y actúa. La realidad se nos presenta plural, contingente, abierta y con discontinuidades ontológicas, por lo que el ser humano debe crear puentes entre los fragmentos de forma libre si quiere unificar  la realidad sin alterarla y, por tanto, unificarse a sí mismo en un acto de voluntad; su destino está en equilibrar el ser, el deber ser y la sensibilidad en la belleza en un acto creador envolvente y voluntario, con el que acepta y se acepta como realidad intuida tras un largo viaje racional, al cabo del cual todo habrá quedado a la vista, si los eventos cósmicos se lo permiten y no desaparece en medio de una conflagración heraclitiana.

El ser humano mira hacia delante y por el retrovisor, donde tiene que ajustar la mirada de vez en cuando en operaciones hermenéuticas que tienen que ser muy cuidadosas para no caer en la arbitrariedad. Una mirada que, a pesar de ciertos eslabones no hallados, informa de que hay una tendencia a la organización compleja de la que nosotros mismos somos ejemplo. Si tres segmentos dispersos, cuando son dispuestos de determinada forma se nos presentan como un triángulo y todo lo que implica, ¿por qué nos cuesta tanto entender que moléculas organizadas se auto reproduzcan para empezar la larga aventura que condujo al pensamiento y la esperanza? 

Hay cuatro estratos ontológicos: energía, materia, vida e inteligencia en una sola realidad que responde a una pulsión tensa entre la supervivencia individual y la cooperación en la especie. Los seres humanos somos esa realidad palpitante y múltiple resultado de una asombrosa capacidad de coordinación material generadora de vida espiritual con sus intuiciones y razones, todas ellas sorpresas que la realidad regala al animal racional, social, político y moral que somos. Un regalo que no hemos terminado de abrir porque el carácter fugitivo de la vida, en vez de hacernos concentrar la mirada en lo importante, paradójicamente, nos dispersa a la mayoría hacia lo trivial. Trivialidad que supera volando con la voluntad hacia donde ni siquiera el pensamiento metafísico, que congela esencias, llega.

Este libro es, sin proponérselo tataranieto de Spinoza y nieto de Nietzsche, pues cómo evitar hoy pensar desde la radical unidad del cuerpo y la mente, a pesar de siglos previos de lucha por hacer realidad la ficción de un alma caída sobre un despreciable cuerpo mortal. Y cómo evitar hoy pensar desde la más radical inmanencia, en la que todas las maravillas tienen su sitio con la única condición de cumplir las leyes de su constitución. Cómo evitar sentirse privilegiado por ser parte de la aventura cósmica en la que estamos involucrados y sentir en la cara la brisa de la realidad mutante de la que formamos parte por un rato fugaz. Cómo eludir una mirada de cara a nuestra finitud sin desazonarnos y sin renunciar a una moral humana, suficientemente humana que impida la caída en el nihilismo. Quizá sea ese el modo de atender la búsqueda de la “suprema alegría” que proponía Spinoza.

Trece mil millones de años en continuo vértigo desde la última conflagración cósmica y 300.000 años desde la emergencia de la forma más compleja de ser de la que tenemos noticia nos han llevado a la conclusión metafísica más primitiva: “el ser es” o en su versión castiza: “esto es lo que hay”, con su sentido de resignación y, por qué no decirlo, admiración ante una realidad que no necesita justificarse ante nosotros porque somos ella misma. Se trata del triunfo del principio de identidad transitorio, pues, mientras fijamos una esencia ya está en tránsito a otra cosa a una caritativa velocidad compatible con la del proceso de nuestra mente. Lo que tiene su lógica, pues toda lógica nace en la experiencia cristalizada en la memoria genética.

El ser humano no procede de una realidad distinta a la que percibimos con nuestros sentidos, es ella misma y, por tanto, no puede aspirar a explicarse a sí misma conforme a criterios ajenos, sino a aceptarse. El ser humano cree comprender cuando una realidad encaja en la lógica de la que es portador y que no puede explicar; que es a priori, porque la hereda de su especie como potencia formal a activar ante los problemas concretos como una lógica basal. A pesar de todas las neuronas activadas y de todas las sutilezas inventadas, toda nuestra ciencia y toda nuestra filosofía tiene que reconocer que ha hecho un viaje estelar para describir una trayectoria espiritual que lo ha traído de vuelta a casa, a la “casa del ser que es en tránsito”. La novedad está en que, gracias al paciente trabajo de la ciencia se han conocido los mecanismos constitutivos de los entes naturales para así poder generar formas artificiales y lograr una asombrosa capacidad de disfrute y protección humana, que la automatización empieza a hacer posible para que la vida de cualquiera se iguale a la de aquellos que gozaban de ocio (σχολή) en la antigua Grecia. Por cierto, que del término griego para ocio se deriva el nombre de escuela con todas las sorprendentes paradojas derivadas y que algunos se toman al pie de la letra.

En ese largo viaje astral con los pies sobre el mismo suelo, el cambio más importante lo ha protagonizado la conciencia humana al dominar la creación de artefactos modificadores de la realidad, como puede ser un ordenador o los tribunales de justicia. Unos ordenadores que nos permiten sensibilizar lo inanimado y unos tribunales de justicia que son la encarnación de la idea de identidad formal, igualdad y justicia en definitiva (justitia).

Esta capacidad de creación, por modificación de la realidad dada, ha conseguido cambiar para bien y para mal varias esferas concéntricas del planeta Tierra: la litosfera por la construcción de ciudades e infraestructuras; la hidrosfera y la atmósfera para suministro y contaminación y la algosfera por maldad contra los congéneres. También ha llegado a usar el espacio exterior dejando numerosos residuos en órbita. En esta actividad no ha conseguido aún cumplir completamente con el mandato de respeto cosmopolita—un invento estoico, popularizado por el cristianismo—, pero la compasión y la igualdad está formalmente adherida a las instituciones democráticas y también al discurso oficial, donde hasta ahora ha sobrevivido al amparo del a priori kantiano de libertad condicionada por el deber para el cuidado de la especie. Pero esta protección está equilibrada con no menos poderosas corrientes de conciencias egoístas y transgresoras de las más elementales reglas de la misericordia, que responde al interés del individuo generando una cisura que está en el fondo de todos los conflictos.

Si el objetivo del conocimiento es una vida buena para el conjunto social, estamos aún lejos de un pacto cósmico entre las dos visiones en conflicto sobre cómo gestionar la complejidad de nuestra especie, con la sospecha de que no se cierre la cisura nunca, aunque se puedan (deban) lanzar puentes morales y políticos sobre ella.

Por otra parte, nuestra acción tiene una vocación estética, que se experimenta a tamaño natural en la naturaleza y a escala en el arte. Una vocación que es violentada con la desgana que lleva al kitsch. El arte ensaya, una y otra vez, qué combinaciones de la materia (incluida la luz) nos producen placer o un displacer placentero (por seguro). Placeres que son resultado de la activación intencionada, aunque fuera del marco en que nacieron, de nuestras emociones y sentimientos mediante las creaciones del artista. El clasicismo parece indicarnos que algunas obras de arte y arquitectura se sitúan en el centro de gravedad del espectro acotado por los polos de lo que deja de interesarnos o nos molesta. Polos que se mueven entre el gusto por lo suave, melifluo, ñoño, que elude la dureza de la vida y el arte bronco, duro, áspero que nos pone en contacto con la vida en sus aspectos contingentes, inquietantes y sorprendentes.

Una segunda dimensión cruza ortogonalmente este eje y nos presenta con los rasgos de lo que podríamos llamar calidad de la obra representaciones asombrosas de sonidos, cuerpos, rostros y paisajes naturales o urbanos y presentaciones de formas no figurativas que o bien evocan paisajes cósmicos, sueños o, en un extremo de la exploración, la mera presentación de una forma, un sonido o un color puros. Llegando al extremo de proponer de forma provocadora el silencio, la blancura o el vacío como obras de arte. Sin olvidar el poder arrebatador del arte narrativo o poético en todas sus formas que pueden conmovernos hasta provocar, ira, horror o cotas extraordinarias de compasión. Pero también formas de reconciliarnos con nuestra condición de náufragos que a ratos se sienten fuertes y desafían la tormenta y a ratos débiles y movidos por un destino indescifrable. Una actividad artística que no necesita justificación y de la que intentamos rodearnos en la medida de nuestras posibilidades y de la armonía de nuestro gusto con los distintos aspectos de tan extraordinaria oferta que los tiempos digitales ponen a nuestra disposición.

La realidad normativa es la que trata de regular nuestra conducta desde el propio interior del espíritu o desde la atmósfera social y, al límite, nos controla desde la ley como último recurso para la convivencia con aquellos que abandonados a sus deseos violan desde la propiedad a la vida. En este ámbito, siguiendo la estela de Nietzsche, conviene bajar a los sótanos de la valoración para poder entender, sin la furia que lo movía a él, de qué magma surge el fuego que consume a los egoístas y a los altruistas. Creo que el origen no está, como el filósofo pensaba, en una irrefrenable voluntad de poder, por más que el poder sea una dimensión que está presente en todas las dimensiones humanas e inhumanas. Tampoco está el origen en donde lo situó la reacción idealista de Max Scheler o Nicolai Hartmann. Autores que situaron los valores de nuevo en un cielo platónico, lo que es legítimo solamente si se consideran mixtificaciones útiles de la realidad corporal como lo son las verdades lógicas y científicas más resistentes que ocupan el tercer género de materialidad de Gustavo Bueno o el mundo 3 de Karl Popper.

 Desde la fuerza destructora de la naturaleza al crimen exterminador; desde el arroyo cantarín al maltrato machista, la voluntad de poder comparte el espacio con la voluntad de cooperar, de cohesión que incluye la compasión por el semejante. Una voluntad ésta que se da en la naturaleza que conversa cohesionada con el poder del mar o que une a los elementos químicos de forma tal que se necesitan enormes cantidades de energía para revertir la unión; también en la fuerza con la que grupos humanos resisten la tiranía, la arbitrariedad o la crueldad. Una fuerza que Nietzsche despreciaba como actitud borreguil, de “rebaño”, resentida, mientras alababa los aspectos más inhumanos del comportamiento. Las dos voluntades — pulsiones prefiero llamarlas para evitar la evocación de su emergencia solamente en el mundo antrópico—, son componentes de la pulsión de permanencia en el ser: la auténtica expresión del ser de cualquier ente.

Esta división abisal emerge en el ser humano dividiendo a la especie en dos mitades cuyo conflicto se basa principalmente en el desconocimiento de esta realidad que confunden con una locura ideológica pasajera o basada en la mala fe, cuando es una pulsión ontológica llegada desde la profundidad de nuestra compleja naturaleza. He aquí un conflicto cuya naturaleza es insoluble pero no sus consecuencias políticas si somos capaces de, primero, reconocer, y luego salvar con la inteligencia que hemos resuelto un abismo de igual profundidad entre la información de nuestros sentidos y la de la acción de nuestra razón ante los mismos fenómenos. En efecto, la escisión política que se constata en cada proceso de elección de representantes políticos dividiendo a la sociedad en dos mitades prácticamente iguales, se repite en ámbitos tan alejados como el del conocimiento de la realidad entre las teorías fundadas en las intuiciones de los sentidos y las fundadas en la aplicación de conceptos científicos. Y se replica tanto en la relación entre el conocimiento de la naturaleza (el ser) y nuestras acciones regladas (deber ser), como en su negativo entre el poder de la razón y el poder de las pasiones; entre la fría luz de la razón y la valiosa confusión de la sensibilidad, sufrida en las artes en general.

Siempre nostálgicos del fisicismo de los presocráticos ante la exuberancia de la ciencia, debemos saltar hacia los ámbitos fecundos del deber ser salvando las simas (χωρισμός) con el ser. Una escisión estrenada con Platón con el antecedente de Parménides que, con origen en nuestra condición de observadores nacidos de la misma realidad observada, se extiende a prácticamente todos los órdenes de la existencia humana. Pues sin nuestra presencia habría pluralidad, pero no escisión, y la naturaleza seguiría su curso armónico hacia no sabemos donde.

El ser humano es un ejemplo asombroso de unificación de lo plural en la unidad operativa de un yo, entendido al menos como una función de coordinación de la multiplicidad corporal, con todas sus limitaciones. Unidad deseada que quiere paliar el desgarro entre la conciencia y la realidad de la que forma parte por ser parte de un cuerpo observador. Una multiplicidad cognitiva, moral y estética que la mente quiere experimentar como una unidad compacta. Este poder de unificación reside en la esperanza de tender puentes firmes sobre simas irreversibles; sobre cortes consecuencia de la emergencia de la conciencia que, al sentir, conocer y actuar corta la realidad porque la juzga respecto de sus aspiraciones. Un corte ficticio para una realidad inconsciente, pero real para una realidad consciente, como la que nosotros representamos.

En otro orden de ideas, advertimos que, por una extraña razón, no se considera el nivel energético un estrato primario de la realidad —en ontologías recientes como la de Hartmann o Bueno—a pesar de la comprobación de que la materia es energía concentrada y estructurada en pequeños espacios relativos, confirmando que los distintos estratos de la realidad lo son como resultado de la estructuración con creciente complejidad de unidades procedentes del estrato previo. Quizá la explicación sea el carácter huidizo poco aprehensible de la energía concebida como capacidad de acción, lo que añade enigma a la realidad por lo evanescente para nuestra intuición de la energía. Quizá se la imagine como un suelo poco firme para sostener tanta complejidad en competencia con la aparente solidez de la materia. Pero habrá que ir acostumbrándose —la mayoría de nuestras certezas son simplemente resultado de la costumbre, evocando a Hume— a la idea de que toda la realidad está constituida por algo tan supuestamente etéreo como la “capacidad de acción”, una realidad ante la que no podemos cometer el error de despreciarla, pues somos sus descendientes.

La competencia de la ciencia para el dominio operativo de la realidad ha descargado a la filosofía de sus pretensiones de ser filosofía de la naturaleza —son históricos los errores de Hegel al respecto, por ejemplo. Liberación que le permite concentrarse en aquellas cuestiones que más interesan al ser humano: el sentido de la existencia a través de la comprensión, en eterna revisión, de la totalidad figurada que componen todos los estratos de la realidad, de la que vamos sabiendo por la actividad científica. También se la espera en la reflexión sobre los conflictos morales desde la eugenesia a la eutanasia.

Pero no se trata de pensar en un principio (αρχή) precursor que justifique una visión monista, pues la realidad ha podido ser siempre plural, es decir, como mínimo material y energética, sin ser necesario que existiese “previamente” la energía en magnífica soledad sin la compañía de la materia, dado que parece dotada de la vocación de ser materia, de aglomerarse para presentarse como materia ante observadores de cierto tamaño como somos nosotros —tamaño que puede que sea imprescindible para tener conciencia— sin dejar de ser energía. La energía parece conseguir ser materia mediante auto confinamiento (bosón de Higgs) siempre estructurada y creativa en sus distintos niveles de complejidad para su propia perplejidad. Sea como sea, esa energía concentrada en espacios pequeños, grumos de energía, hacen posible las colisiones y las caricias, la individualidad y la complejidad social.

El eje que va de la energía al pensamiento justifica nuestro interés por las formas de ser, que, como indicó precursoramente Aristóteles, se dice de muchas formas, pero no con la candidez de creer que las formas específicas son eternas (sustancias), sino conscientes de que nada tiene la garantía de existencia ni de permanencia. Hemos encontrado en la contingencia moderada un punto de equilibrio entre el optimismo leibniziano y la rigidez y necesidad de las esencias de la vieja metafísica. Así, la energía, los cuerpos, las relaciones entre cuerpos, los pensamientos, las instituciones y las ideas con vocación de eternidad, son dignos de estudio, pero consciente el observador de que su objeto y él mismo son provisionales, aunque se vayan libando verdades más duraderas. Al final del camino de la complejidad están las sociedades administrando la perplejidad del existir mismo, perplejidad que no tiene más respuesta que la eternidad del mundo y su flujo de orientación vacilante.

Este libro es ingenuo porque el autor no tiene herramientas para hacer otra cosa que sobrenadar en superficie. Por eso se confundirán por incompetencia categorías y planos ontológicos, ónticos, éticos o metafísicos. Pido perdón desde este momento. Pero también desde esa ingenuidad se trata de contribuir a aterrar la gran laguna en la que la mayoría de la gente se ahoga por falta de referencias sencillas sobre la abrumadora herencia de reflexiones que la humanidad traspasa acrecentándola en cada generación. Una herencia que se distribuye en dos posiciones básicas: el idealismo y el materialismo. Lo que no sé es en qué proporción es síntoma de cómo se distribuye la esperanza timorata y la esperanza lúcida de una nueva especie, que frente al nietzscheano superhombre que arrolla los valores de la débil moral heredada, retiene lo mejor de ella. Una especie de euantropos fuerte y compasivo a la vez que dé estabilidad a las estructuras supraindividuales que se han de crear para resolver los problemas para la especie. Una montaña de reflexiones y experiencias orientadas o desorientadas en las que se busca un sentido para la vida desde el cielo sutil o la tierra firme. Una montaña de reflexiones tan alta que algunas generaciones repiten los hallazgos previos sin saberlo, merodeando por sus laderas creyendo ser originales.

El idealismo sería la posición que condiciona la realidad al pensamiento y el materialismo la posición que pone como condición del pensamiento la existencia previa de un cuerpo animal y, por supuesto, material. El hecho de que la “factoría” biológica compleja que es nuestro cuerpo, en su labor (Arendt) mantenga activa una conciencia con suficientes grados de libertad como para tomar decisiones con efectos sobre el mundo inmediato en cada momento, es asombroso y tan útil y esperanzador como perturbador en sus desvaríos cuando esta conciencia se hunde en la locura o la depresión. El idealismo siempre estuvo confundido al creer que la conciencia creaba el mundo desde sus conceptos como expresión de su esencia y el materialismo extremo centró su parcial punto de vista en creer que el mundo era totalmente independiente de la conciencia, que era un epifenómeno tan grosero como la segregación de una hormona, pero, en realidad, lo que ocurre es que la conciencia crea su versión del mundo y con ella lo transforma a su alcance hasta adaptarlo a sus deseos. Por eso, hay que postular un ideal-materialismo o un material-idealismo. Porque la gran sorpresa es que la idea reside en las criaturas que se suponía, en el platonismo, que debían ser su copia. Pero, además, la idea no acuña la realidad con sus notas o esencia, sino que es la realidad “material” la que permite a la idea surgir y realizarse, o no.

Este libro es todo él un exordio. La justificación de una búsqueda eterna a la que me incorporo tardíamente. Una búsqueda que movió también, mutatis mutandis, desde el primer pensador sistemático del que se tiene noticia —Tales de Mileto (VI a.C.)— al último que esté escribiendo en su gabinete una tesis densa en estos momentos. Instalado en mi solitud — Hannah Arendt mediante— expongo mi desconcierto y pasión por esta realidad esquiva, pues es imposible construirse una plataforma desde la que contemplar el todo con serenidad de observador absoluto. Gran parte de la historia del pensamiento, incluida la ciencia, ha consistido en encontrar un cuerpo de verdades inconcuso, firme, sólido, indubitable respecto del cual juzgar lo habido, lo que hay y lo por haber. Empresa vana pero empujada por la necesidad de paliar el sufrimiento que surge del miedo a la muerte, la más conspicua expresión del impulso de cualquier forma real a mantenerse en el ser. Todo un esfuerzo buscando la existencia y el reposo, pero por la vía acosmicista de negación de la realidad más perturbadora, representada por la voluntad de Schopenhauer, lo real de Lacan, el ser de Heidegger o lo en-sí de Kant.

Esta búsqueda de la serenidad se lleva a cabo, primero, como principio explicativo de todo lo conocido, después en la inmovilidad del ser, como hace Parménides, más tarde en la inmovilidad de las ideas de Platón; en el motor inmóvil de Aristóteles; el Uno de Plotino, el Dios cristiano y, hoy en día, conscientes de la imposibilidad de negar el mundo y sus perturbaciones, con la Gran Disipación que supone la industria del entretenimiento o las neo religiones supersticiosas. Una solución distinta a la propuesta, de acuerdo con las posibilidades de la época, por cínicos, estoicos y epicúreos, pero con el mismo propósito: dejar de sufrir. Todos ellos intentos de congelar el mundo en una sola idea imperturbable. Paralelamente, y desde el mismo momento, otros pensadores como Heráclito o Protágoras pusieron el acento en la fluidez, en el cambio, ya de los flujos materiales, ya de los flujos de opinión. De esta forma, se abría desde el principio del pensamiento racional una vía al escepticismo sano y al nihilismo insano. Baudelaire (1821-1867) buscó una posición ecléctica y nos dejo dicho que la modernidad es…

“lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable”.

Aunque, quizá, le faltó añadir “lo necesario”, para completar la antítesis.

Una búsqueda entre la parálisis de Parménides y la inquietud de Heráclito que iniciaron, tras los grandes sistemas metafísicos de Platón a Aristóteles, los cínicos y los estoicos, pasando por la imperturbabilidad (αταραξία) de los epicúreos, buscando una protección de los avatares de la vida en la apatía emocional o el goce de los placeres. Todas ellas formas de adaptación a las dificultades por la vía de la negación de todo orden en la razón (λογός) o en la naturaleza (φύση).

Estos tres mil años de esfuerzos no han conseguido encontrar apoyos absolutos y más parece que se ha establecido una concepción moderadamente contingente de la realidad, de modo que es tiempo ya de renunciar a lo in —infinito, inmóvil, inmutable— para aprender que lo único firme es lo evanescente o, en otros términos, que lo único necesario es la contingencia. Pero, el proceso de transformación es suficientemente lento en los individuos y suficientemente estable en las especies como para justificar una filosofía y una ciencia de lo que es una realidad con estabilidad suficiente para construir nuevas formas reales.

Vivir consiste, precisamente, en navegar, en aprender el arte de estar en lo movedizo, en convivir con referencias mutantes, para el fluir del mundo desde lo físico a lo mental, sabiendo que solamente queda un lugar en el que reposar: aquel que se mueve con nosotros ya sea en un espacio físico, en el de las creencias o en los sentimientos. Dado que no existe el reposo absoluto, disfrutemos del reposo relativo a sabiendas de que información adicional sobrevenida sobre el mundo nos obligará a un ajuste para asentarnos en un nuevo sistema de referencias. Sentada esta idea de la contingencia universal, la mente humana ha ido generando ciertos conceptos y teorías estables que lo seguirán siendo, en la medida en que el comportamiento del universo siga siendo, él mismo, estable. Quiero decir que, algunos sospechan que ni siquiera las leyes universales encontradas tienen la garantía de su eterna vigencia.

El hilo conductor de la tetralogía a la que pertenece este libro es la separación (χωρισμός), la escisión formal que, en algunos casos es abisal que provoca el ser humano al intervenir con su razón, sus emociones y su sensibilidad en la masa ilimitada de la realidad. Provisionalmente se concluye que las escisiones son trágicamente irreversibles y no pueden ser resueltas por síntesis alguna.  Son el fundamento de los grandes dramas humanos, ya en la ficción de leyenda como la tragedia griega, o en la realidad de la crueldad humana o la fealdad en el arte. División dramática que se completa con las dos posturas posibles ante la finitud. Pluralidad de grandes ámbitos (sensibilidad, conocimiento y moralidad) que se complementa con su propia división categorial como nos enseñan Nicolai Hartmann y Gustavo Bueno.

Una fractura que se ha traducido en los espejismos que sufrimos por nuestra peculiar condición en el marco de la naturaleza. Espejismos que a veces se convierten en abismos entre dos orillas ocupadas por dos mitades de la humanidad inducidas por profundos abismos asentados en nuestra lentamente cambiante naturaleza, ese firme que muchos creen que se puede transformar frívolamente.

Nuestra época, como todas, tiene la impresión de que la vida es decepcionante. Es un error. La vida es todo lo que hay para cada individuo y desperdiciarla es arruinar una oportunidad única, irrepetible. Me sitúo sin paliativos en la creencia de que no hay trascendencia hacia un ser personal y creador, sino una definitiva inmanencia cuyo foco de personalidad acogedora reside en el propio ser humano. Que el día que muera habré apurado todas las oportunidades de haber sido fiel a mi condición de ser humano nacido y crecido en el seno de una tribu compleja, que, si ha sido acogedora para mi fortuna, también me ha hecho sentir toda la gravedad de haber existido. Una fortuna que ha convivido con la desgracia de millones de personas que, a pesar de la capacidad material del desarrollo tecnológico, no han accedido a un nivel de vida soportable o a aquellos a los que la maldad humana ha perseguido, torturado y, en muchos casos, asesinado cruelmente por las aberraciones innatas o generadas socialmente.

La mayoría de los ciudadanos de mi edad en Occidente hemos pertenecido a una generación que heredó tanto sufrimiento de la que le precedió que supo organizarse material y espiritualmente para inventar otra forma de vida más humana, menos intransigente y capaz y, por ello, de no dejarse arrastrar por ninguna bengala lanzada desde alguna cueva irredenta. Desgraciadamente, tal parece que el alma humana se cansa del bien y lo encuentra anodino —el tedio del bien—, por lo que reclama nuevas emociones tras unas décadas de paz.

Quizá, por eso, estos años del final de mi vida, no me sorprende que la actualidad se tiña de intransigencia impaciente reclamando el cumplimiento inmediato de aspiraciones milenaristas o propuestas de regreso a la simpleza del autoritarismo. No es nuevo, de hecho, es explicable por el miedo a la contingencia del que adolecemos, pero es menos perdonable en unas nuevas generaciones que cuenta con tan depurados y veraces relatos del origen de las desgracias y tantos recursos materiales a su disposición. Obviamente, el problema reside en el hecho de que el crecimiento de la población transforma la educación artesanal en una tarea industrial, que, aunque cuenta ya con los medios tecnológicos para realizarse, no ha encontrado aún el modo de evitar que estos mismos medios sean utilizados para distraer e intoxicar las mentes. A lo que no contribuye poco la tendencia entrópica a sustituir el esfuerzo de saber por la placidez de la ignorancia.

Tal parece que el volumen de información atora los canales por los que debería circular los rasgos esenciales de la existencia. Es necesaria una educación en la que se enseñe lo común y se desvele como ineludible lo diferencial.

Es una paradoja que la sociedad no consiga dirigir toda la energía de la juventud hacia la gran aventura del conocimiento y la ambición compasiva. Aristóteles, en el goce del ocio hecho posible por la esclavitud, no advirtió que su convicción de que todos los seres humanos aspiran al conocimiento es cierta pero que, al mismo tiempo, la mayoría no está dispuesta a llevar a cabo el sacrificio necesario para el logro del conocimiento. Efecto inercial que se expresa también en la dificultad para vencer la tendencia a dejarse llevar de las pasiones perjudicando a otros y en la pereza por el buen gusto. Este es el desafío. Desafío que tiene que contar con que toda unidad es aparente y pasajera, por lo que el principio de multiplicidad se impone, pero para retar a su control como hace la propia materia. Principio que está en el origen de todo conflicto agravado con la relatividad de las creencias a que conduce la inevitable multiplicidad de puntos de vista.

La metafísica medieval heredó y desarrolló los contenidos de la Filosofía Primera de Aristóteles y la ontología surgida para ocuparse del Mundo, el Alma y Dios con Wolff. Hoy esos términos nos sirven para nombrar a lo que queda después de que Kant le “prohibiera” a la metafísica muchas de sus fantasías espectrales en el ámbito del conocimiento y le abriera la puerta de nuevo en el ámbito de la moral. Aunque siempre es posible realizar una tarea más sofisticada que, reconociendo los esfuerzos de la escolástica, vea en cada sutileza medieval un intento útil de búsqueda de explicaciones, aunque desviado por el dogma emotivo de la fe, para alcanzar el reposo a las tribulaciones humanas en el seno de unas personas divinas, compasivas, omnipotentes y omniscientes.

Qué duda cabe que el anhelado reposo lo vamos a alcanzar, si se acepta que la muerte es descanso. Otra cosa es el espectral Juicio Final con su justicia universal añadida. Pero la necesidad de Aristóteles de cerrar el círculo con el dios (Θεός)que movía desde su inmovilidad, tiene su contrapartida en ese dios de la teología medieval que pone a la naturaleza y a nuestra razón en un relato con principio y final. Un relato que, en realidad, es un ciclo o casi un epiciclo del gran ciclo universal de repetición formal —no material, como puede que lo concibiera Nietzsche en alguna de sus versiones.

No se puede negar la fuerza del teísmo que inventó Moisés, ese agnostos theos de los griegos que, como la materia ontológica general de Gustavo Bueno sirve de cierre a lo desconocido. Pero no hay ninguna razón para que sigamos aceptando ese sucedáneo emotivo que perfeccionó Pablo de Tarso. Quizá una expresión de esa rebeldía sería dejar de usar la expresión “ateo”, que no deja de tomar como referencia para definirse a una ficción. Habría que encontrar una palabra para nombrar la actitud de los que no negamos, sino que afirmamos el ser tal y como se nos da. ¿Tal vez “ontoístas”? se abre la puja.

En todas las épocas alienta en nosotros la impaciencia de crear un cuerpo coherente de conocimiento que dé cuenta de la totalidad de lo conocido. En esa búsqueda, quizá el concepto más oscuro es el del fondo trascendental desde el que distintas filosofías han fundamentado nuestra capacidad de conocer. Creo que la aclaración definitiva de esa oscuridad resulta de la aceptación del carácter tautológico y relativo de la realidad. No debe sorprendernos la capacidad de conocer de forma razonablemente eficaz de nuestra mente, si consideramos que ella misma es y está rodeada e impregnada de realidad. Real es ella y real son los entes que la rodean.

Más allá del círculo interpretativo que proporciona el motor inmóvil de Aristóteles, más allá del que proporciona la teología y su servidora la metafísica, más allá del apriorismo Kantiano, que deja en el aire su fundamento trascendental y más allá del suelo vital de Nietzsche, está el dinamismo de la realidad toda, desde su arjé energético-matérico que no puede dejar de expresarse, incluso en la complejidad holística del ser humano. El único modo de reposar en un suelo firme es no reposar en ningún suelo. Es decir, aceptar el carácter tauto-ontológico de la realidad. Toda explicación es aceptación.  Toda la sutil trama de leyes, principios, teoremas descansan al final en los axiomas que son la metáfora de la aceptación de que la realidad es como es, frase en la que resuena esa intuición primera de Parménides: “el ser es”. En el ser humano todo es nuevo respecto de lo que comparte con el resto de la realidad y, al tiempo, en esa novedad se expresa el eco de todos los estratos que lo constituyen de forma histórica y actual, presente.

La pretensión orteguiana de que “el hombre no tiene naturaleza, sino historia”, es brillante, sugestiva, pero falsa. Otra cosa es en qué umbral situamos esa naturaleza a partir del cual empieza la conformación histórica y social del ser humano. Por supuesto que hay una naturaleza y es muy conveniente saber en qué punto y para que aspectos de la vida traspasa su poder al medioambiente cultural. Transgredir los límites de la naturaleza en base a su “inexistencia” tiene un alto coste.

Este libro se escribe sobretodo por hambre. Hambre fáustica estimulada por el misterio de la existencia de todo y de cada parte, de lo inerte y lo emotivo, de las peripecias individuales y la gran historia de la aventura de la realidad que nos es dada. Este libro se escribe en medio de la dificultad que supone un proceso en el que una fracción de la realidad (nuestro cuerpo) interactúa con el resto de la realidad. Este no es un libro erudito, pero tampoco es un libro adanista, pues todo lo que aquí se diga interesante proviene de la tradición filosófica o científica que ha estado a mi alcance. Tradición inmediata que incluye la tradición remota en ese abrazo con el que toda reflexión envuelve críticamente a la que le precede.

No se puede traicionar la necesidad profunda que tenemos los seres humanos de explicar lo inexplicable: la existencia misma. Si a eso se le llama metafísica, sea. Quizá la razón esté en que comprender es aceptar. Por eso este es mi relato “a la luz de una hoguera” (Descartes) de un viaje “sobre hombros de gigantes” (Newton). No lo he entendido todo, pero aquí está todo lo que he entendido. Lo que falte es culpa mía, pero si a alguien le sirve como piedra miliar para medir su propio camino me daré por satisfecho. Este texto se escribe, también, para reivindicar la filosofía más allá del parloteo social y más acá de la rigidez académica. Tiene el formato aforístico por su comodidad y en homenaje a dos grandes, más allá de sus pecados: Nietzsche y Wittgenstein.


[1] Este libro no tiene citas precisas, ni notas a pie de página (excepto dos), pero todo lo que le resulte de interés al lector lo tiene a un clic en Google y si quiere más compre libros o matricúlese en la facultad de filosofía donde hay mucho talento y, asombrosamente, pocos alumnos.

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