Después de la lectura del magnífico libro de Niall Ferguson The ascent of money no se puede evitar hacer algunas reflexiones que espero sean de interés. Es el resultado de la asimilación y transformación que cualquier contenido sufre, una vez que entra en la trama de patrones mentales de cualquiera de nosotros. Vamos allá.

Los nacidos en 1950 hemos vivido, que sepamos, tres crisis económicas con entidad suficiente para que la prensa no especializada las incluyera en el menú. Una fue la del petróleo en los años setenta, otra la de las tecnológicas en los años noventa y la de las hipotecas subprime en los 2000. Crisis que llenaban los medios de información de terminología sofisticada y oscura para el común. De ahí el interés del libro de Ferguson, porque hace un esfuerzo con éxito para que comprendamos las distintas herramientas con las que la imaginación de los hombres de negocios ha ido complicando, pero, al tiempo, favoreciendo el flujo de dinero de unas actividades a otras, pasando por los bolsillo de los más avispados. La mayoría de ellas se inventaron antes de que las ideologías, que son un asunto del siglo XIX, valorasen en positivo o negativo su existencia. Las más sofisticadas herramientas han surgido en las últimas décadas y juegan un papel más dudoso en el universo de las inversiones con sentido práctico, salvo que se considere que son formas de hacer dinero para, luego, aplicarlo de forma más directa.

Para entender el proceso haré la siguiente clasificación:

  1. Procedimientos para dar crédito (financiación)
    • Bancos
    • Bonos
    • Acciones
    • Ampliación de capital
    • Hipotecas
    • Impuestos
  2. Procedimientos para asegurar riesgos
    • Seguros
    • Reaseguros
    • Bonos de catástrofes
    • Fondos de cobertura
    • Opciones
  3. Patologías financieras
    1. Estafas piramidales
    2. Burbujas
    3. Acciones Preferentes
    4. Derivados
    5. Mercados secundarios

Hay que decir que los inventos financieros, en general, son acumulativos, pues se van superponiendo cubriendo antiguas y nuevas necesidades de financiación o de cobertura de riesgos. La actividad económica se dinamizó extraordinariamente en el siglo XV con la apertura de vías comerciales con Asia y la llegada masiva de oro y plata tras el descubrimiento de América. En una primera fase, la falta de dinero en metálico favoreció la existencia de préstamos y, para ello, se necesitaba quien previamente lo hubiera acumulado. Una acumulación que requería de la violencia para la apropiación. Así, los Medici, antes que políticos fueron, primero, gansters, criminales y, después, prestamistas evolucionados a banqueros. Los prejuicios religiosos favorecieron que los judíos se especializaran en el préstamo con interés, haciendo posible el mito de su poder y miseria. El siguiente invento financiero fueron los bonos, que surgieron de las necesidades de financiación de los estados. Con este método los gobernantes financiaban su actividad a cambio de una renta a los tenedores de los bonos. La complejidad creciente de las actividades navieras llevó a la creación de grandes compañías cuyo mantenimiento requería de grandes capitales y dieron lugar al invento de las participaciones o acciones que repartían la propiedad de la empresa. Después llegaron en cadena nuevas formas que aumentan las posibilidades y los riesgos que cuenta magistralmente Ferguson en su libro.

El préstamo presupone acumulación, primero, e interés en incrementar el capital mediante el cobro de intereses a prestatarios en los que se confía, después. Prestatarios que, en general, busca el préstamo para emprender con ideas nuevas o consumir. En cualquier caso, el préstamo es un mecanismo que, desde el momento en que la primera revolución industrial abrió la puerta de la innovación, aparentemente sin límites, puso a las inteligencias más notables a abrir camino en las matemáticas, física y sus aplicaciones tecnológicas, un proceso que aún continúa. Además, los servicios públicos hacen necesario que los estados emitan bonos como formas de financiar sus proyectos pacíficos y bélicos. Con las acciones el accionista presta dinero a la empresa y se encuentra en condiciones de recibir a cambio dividendos; con la ampliación de capital, otros socios entran en la empresa reforzando su capacidad de inversión y, finalmente, con las hipotecas se hace posible el rasgo más potente del estado de bienestar: que gente ordinaria tenga acceso a la propiedad. Los impuestos son, bien que forzosos, un sistema para financiar a los estados. Es complementario de los bonos, pues los estados financian su deuda (déficit acumulado) con éstos.

El seguro, es una forma muy inteligente de mutualizar los costos de los imprevistos de la vida. Todos estamos familiarizados con ellos, aunque algunos están más alejados del interés del ciudadano común. Así conocemos cómo funciona el seguro de un vehículo o nuestra casa contra riesgos de robo, incendio, inundación, etc. Nos parece sensato que entre todos los clientes de una aseguradora paguemos por adelantado los costos de las indemnizaciones de los pocos que sufran algún daño en sus personas o en sus bienes. Pero también las compañías de seguros temen verse desbordadas por las obligaciones de indemnización cuando el riesgo se hace realidad. Por eso, suscriben seguros con grupos aseguradores llamados reaseguradoras que no tiene como clientes a individuos, sino a compañías. Pero, además, cuentan con otro invento para cubrir su potenciales pérdidas. Es un mecanismo sofisticado que nace para cubrir las pérdidas en el casos de catástrofes climáticas. Son los los bonos de catástrofes (cat-fund). Funciona del siguiente modo: la compañía emite bonos con vencimiento establecido. El inversor compra estos bonos y cobra un interés durante un plazo prefijado. Si la catástrofe potencial ocurre en el plazo establecido la compañía se queda con el dinero adelantado y, si no ocurre, el inversor recibe de vuelta el capital entregado y se queda con los intereses cobrados. El mecanismo es como un seguro de un particular a la propia compañía que es “indemnizada” en un cierto sentido por el inversor.  El último modo de asegurarse surge en el ámbito de la agricultura. Son los fondos de cobertura (hedge fund) y permiten al agricultor asegurarse de que cobrará por su cosecha, ocurra lo que ocurra, a precios establecidos en el momento de la siembra. Si la catástrofe no ocurre el titular del fondo cobertura se queda con la cosecha al precio convenido y puede obtener beneficio en el mercado alimentario vendiéndola al precio actual. La opciones son el resultado de la búsqueda de nuevas formas de aseguramiento. En este caso el tenedor de unas acciones se asegura un precio futuro de las mismas y, al tiempo, cobra por ceder el derecho de venderlas al precios de mercado en un determinado momento. Derecho que es transferido al comprador de la opción. En esto se parecen a los fondos cobertura en la agricultura. El proponente le compra al tenedor de unas determinadas acciones el derecho (la opción) a quedárselas transcurrido un determinado plazo, a un precio establecido en el momento del pacto. De este modo si al final de plazo las acciones valen más que el precio pactado, el titular de la opción ganará la diferencia. Hay otras variaciones en las que está en juego no un precio del valor, sino los intereses a pagar por un determinado préstamo. Son un mecanismo inclasificables como financiador o asegurador. Por eso, podrían estar en el apartado de patologías financieras, pues es un juego alejado del funcionamiento material de la economía, que persigue exclusivamente el traspaso de dinero de unos inversores a otros.

Como vemos entre sistemas de financiación y de aseguramiento la actividad humana se proyecta hacia lo nuevo y se protege de los riesgos potenciales. Las compañías y los individuos buscan su beneficio al tiempo que cumplen estas fundamentales funciones económicas. El factor riesgo es fundamental para justificar los beneficios, parte de los cuales van al disfrute de sus propietarios y parte, de nuevo, al flujo de capitales activos puestos en riesgo. Los más certeros hacen fortunas que los llevan a los primeros puestos de la clasificación de la revista Forbes.

Patologías financieras son actuaciones que se pueden considerar usos desviados y, en casos, delictivos de los mecanismos de financiación y aseguramiento. Tres de ellos son conocidos por sus repercusiones sociales cuando salen a la luz o maduran como proceso enfermizo. La estafa piramidal consiste en que una vez convencidos los inversores, generalmente ciudadanos desprevenidos y con poca formación financiera, de que un determinado valor, por ejemplo sellos de correos o un conjunto de valores gestionados por el promotor de la estafa, subirán de precio con el paso del tiempo mientras los inversores cobran intereses por el capital colocado. La estafa se manifiesta cuando el gestor paga los intereses a los socios, no con los beneficios obtenidos en inversiones, sino con el dinero aportado por nuevos socios. Un mecanismo que falla cuando el ritmo de incorporaciones se reduce o la imprudencia de los gestores les lleva a aventuras de difícil salida. Las burbujas son fenómenos de encantamiento en el que inversores veteranos (Bear) e inversores aficionados (Bull) se dejan sugestionar por una atmósfera de subida de precios de determinado valor, financiero o material, y estimulan la producción del mismo hasta que, por unas razones u otras, se desconfía del siguiente escalón de subida y todo el mundo se tira escalera abajo tratando de desprenderse de los valores y retorna su dinero, con o sin beneficios. El problema viene cuando la burbuja es inducida y alimentada con valores dudosos a conciencia por promotores que están atentos a retirarse en el momento adecuado rematando su iniciativa de estímulo con otra de depresión. No sin antes haber asegurado apuestas altamente lucrativas a favor de la caída del valor en cuestión. El caso de la crisis de 2007 es un ejemplo de burbuja inducida, al financiar a insolventes para vender las hipotecas (bien que camufladas en con otros valores) a los supuestos inversores expertos del mundo entero. La acciones preferentes son unos supuestos derechos que adquiere el inversor a cambio de un interés fijo con carácter perpetuo. Fueron emitidas en España para traspasar a los bancos los depósitos de sus clientes más ignorantes de la complejidad del producto. Los derivados son productos financieros complejos que incluyen varios tipos de valores tales como distintos tipos de seguros, hipotecas, etc., cuyo valor complejo depende del valor de sus integrantes. Fue el vehículo utilizado por los promotores de la burbuja inmobiliaria para camuflar las hipotecas sin respaldo que contaminaron todo el universo bancario y financiero mundial. Todos las actuaciones de financiación y aseguramiento dejan un rastro documental que permite la creación de un mercado secundario en el que ya no venden seguros o bonos emitidos por compañías o estados y se hacen hipotecas con un banco que la retendrá hasta su liquidación, sino que se venden una y otra vez los documentos que acreditan tales operaciones en la confianza de su revalorización misteriosa. Así un propietario de vivienda no sabe si su hipoteca está en la sucursal bajo su casa o en un banco japonés, al que el primero se la vendió. Sin embargo, un inversor profesional si sabe que puede negociar con acciones o bonos de estado porque hay un mercado donde comprar y vender estos valores. Esta actividad de segundo nivel está alejada de las necesidades de financiación que ya quedan satisfechas con las operaciones desencadenantes. Son juegos especulativos en los que los factores coadyuvantes son altamente inseguros y que sólo juegan aquellos que manejan grandes fondos (normalmente ajenos). Su propósito es buscar beneficio a base de crear o sufrir expectativas de revalorización.

FINAL

La mayoría de los disgustos económicos que se producen entre la gente que se dedica a trabajar cada día le vienen de aquellos que dedican, ese mismo día, a la especulación con mecanismos sofisticados de manejo de valores que, cuando caen, arrastran a la economía real. El tráfico de capitales y valores es consustancial a la actividad económica por su capacidad de dinamizar y cubrir riesgos. Pero, en cuanto los responsables de ordenar ese tráfico (legisladores y controladores como los bancos centrales) dejan de controlar y pasan a pensar en el fin de semana, se ponen las bases para que los tiburones salga a la caza de incautos. Siempre sorprende que en un momento determinado la cadena de confianza se rompa porque alguno de los actores filtra valores tóxicos en la corriente del tráfico financiero y, además, se aseguran contra el hundimientos de esos mismos valores,  para ganar dinero a la entrada y a la salida. A pesar de estas catástrofes, el mundo financiero se ha interesado por apoderarse de los depósitos de ahorro de la gente normal, pues les debe parecer que están ociosos, incluso, en poder de los propios bancos que son agentes financieros torpes en relación con los gestores de fondos temerarios. Actores que se mueven en el límite de la probabilidad de fracaso. Por eso, continuamente, nos atosigan con preferentes, con suelos de hipotecas o con seguros de mascotas.

Agradezco al libro de Ferguson haberme proporcionado la visión global del complejo proceso que va desde la primaria concepción del dinero como metal precioso a las vaporosas formas que, hoy en día, toma en un mundo globalizado. Porque, en esa cultura general económica, se puede basar una actitud más justa con ese mundo, cuando cumple con su función, y más irritada, cuando se quiebra el fundamento de su existencia: la confianza. La confianza en la cultura judía es equivalente a la verdad como promesa de cumplimiento. Etimológicamente es una “fe compartida”. Es la base de la sociedad y de todo compromiso, económico o sentimental. La traición de esa fe es la herramienta del defraudador. Pero para que su delito se consume, es necesaria una época cargada de fe. La lección es que cuando se perciba, en el ámbito económico, un exceso de fe materializada en el ofrecimiento de dinero sin muchas garantías, es que se está preparando la crisis. En esta fase los gobiernos son felices porque todo “va bien” (¿se acuerda?) y colaboran con el disparate . Colectivamente es el momento de llamar a la cordura si no se tiene poder y de ejercerlo si se tiene. Desde luego es el momento de que cada individuo amortice los préstamos en vez de usarlos para comprar y quedarse apalancado (es el término técnico). La fe, la confianza, como casi todo es una cuestión de medida. El exceso de fe atrae a los codiciosos y la carencia atrae a la miseria.

PD.- No se me escapa que hay una economía golfa asentada en lugares, llamados paraísos fiscales, donde se reúnen los traficantes de droga, armas y personas con “pacíficos” evasores de impuestos y blanqueadores de dinero. Otro día.

 

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