En el principio de estas letras diré lo mismo que en su final: el terrorismo, en general, y el yihadista, en particular, me parece la faz lunática de cualquier ideología. El terrorismo no vencerá a sociedades modernas bien cohesionadas alrededor de principios que conecten con la real naturaleza humana. El terrorismo religioso fue practicado en el pasado por la propia religión de nuestra civilización. Desde Hipatia a las brujas de Salem pasando por los procesos de la Inquisición española o los horrores del proceso luterano en Inglaterra con Isabel I, nuestra religión ha practicado el terrorismo, que entonces se llamó “lucha contra la herejía”; lo que no está muy lejos de las motivaciones de un Ayatola cuando emite una fatwa. Es la cara demente de la religión, que se expresa cuando la coherencia con la letra de los libros “sagrados” son el objetivo de la pureza que se proclama. Ni entonces, ni ahora faltan individuos que se sienten llamados a castigar ofensas a esta pureza.

Estos días se ha producido en Francia el tercer atentado con víctimas relacionado con las caricaturas de Mahoma – el cuarto en el mundo, si se tienen en cuenta los disturbios letales cuando fueron publicadas por primera vez en Dinamarca -. En este caso, sin perjuicio del horror por los anteriores, se han querido matar muchas cosas al matar a Samuel Paty: se ha matado irreversiblemente a un hombre concreto con su vida portada en esa cabeza cruelmente separada de su cuerpo; se ha querido matar la convivencia en la escuela, esperanza de toda civilidad; se ha querido matar la confianza de cada profesor a la hora de expresar los contenidos que considerase oportuno para su labor docente y se ha querido matar la sacrosanta libertad de expresión. De todas esas muertes, la única conseguida es la del ser humano concreto sacrificado en el altar del fanatismo ignorante y zafio con un vulgar cuchillo de cocina.

            Pero en medio de ese horror y desde la ausencia de creencias religiosas ¿Queda espacio para una reflexión perpleja y arriesgada?. ¿La libertad de expresión no se concibió como una herramienta contra la tiranía? ¿Su compañera la libertad de pensamiento no la acompaña en el progreso de la humanidad? ¿Por qué perversa pendiente se ha deslizado hacia el punto de que se puede decir cualquier cosa sin obstáculo para no manchar la inmaculada pureza de tal principio? Siempre he imaginado la libertad de expresión como una herramienta que, usando la más seca prosa o la más burlesca sátira, tenía como objetivo mejorar la vida de los individuos y las sociedades. Y que la lucha estaba en oponerse a los poderes que estorbaban la libertad política y la de pensamiento utilizando la libertad de expresión. Pero si Galileo fue víctima de la represión a todas las libertades, ¿en qué avanzan éstas con las caricaturas de Mahoma y, sobre todo, cuál es la ventaja añadida de su repetición tozuda? Por eso, tantos militantes de la libertad política han perdido la vida en manos de los sicarios de los poderes dictatoriales cuando eran portadores de panfletos subversivos. Trabajando en la clandestinidad han puesto en peligro sus vidas queriendo denunciar atrocidades o anunciar revoluciones liberadoras, como hicieron tantos y tantos desde la Francia revolucionaria a los estertores del franquismo. La democracia ha enervado estas pasiones, por innecesarias, y han abusado de ellas degradado la libertad de expresión hasta las estancias de la ofensa gratuita. En este momento es oportuno decir que no creo que ni la más burda de las sátiras tenga que ser objeto de reproche penal, sino, en todo caso de reproche moral, incluida la del caso que nos concierne. No hay éxito de ninguna trasgresión si no hay consumidores de su expresión material. Pero en este caso me sorprende la unanimidad en aceptar como un logro de los valores de la república francesa estas caricaturas, que ya podemos denominar como letales. O, lo que es lo mismo, la ausencia de todo reproche a su publicación reiterada a pesar de su carácter y consecuencias.

Pero dicho esto, en un primer plano teórico ¿no hay una reflexión necesaria acerca de esta contumacia en reproducir unas caricaturas ofensivas para los musulmanes?; y, en un plano pragmático, ¿No hay una cierta falta de inteligencia en esta reiterada puesta en peligro de personas cuando es sabido que pululan los monstruos capaces de ser igualmente contumaces en repetir los crímenes? ¿No hay mejores ejemplos para mostrar la excelencia de la libertad de expresión a unos jóvenes alumnos? Reconozco que no entiendo esta actitud de caer, una y otra vez, en la ofensa gratuita y sin gracia y en el peligro cierto de ser atacado por la bestia intoxicada de pureza y muerte. Creo que el hecho de que la emigración cree comunidades musulmanas o de otras creencias en Francia plantea, qué duda cabe, problemas, pero ninguno de ellos avanza un ápice en su resolución con la publicación de estas caricaturas. Y ello porque Francia, como cualquier otra nación, tiene derecho a sacrificar y sacrificarse por el respeto a sus leyes constitutivas, que pueden ser violadas, por ejemplo, por el uso del burka que oculta la identidad o por el adoctrinamiento de jóvenes para la comisión de crímenes, pero en ningún caso es violada por la creencia de que sus profetas deben ser respetados. Y aquí se discrimina sutilmente lo que es libertad de expresión y lo que no lo es. Toda manifestación oral o escrita de rechazo a actitudes que colisionan con las leyes de la nación que acoge son necesarias y quienes las expresan son dignos de admiración. Por eso, quien se arriesga en capturar o reprimir a quien comete viola las leyes incluyendo los crímenes de odio merece reconocimiento. Pero no lo tengo tan claro con quien desborda la defensa de su legalidad – como expresión de sus valores – mediante la ofensa gratuita.

Respondiendo a la segunda pregunta sobre la contumacia en la ofensa, creo que aún en el caso de una defensa genuina de la libertad de expresión no hay que arriesgar la vida inútilmente, como no lo hace ni policía en la paz, ni los soldados en la guerra. En ambos casos se usan tácticas y estrategias para conseguir los fines con las mínimas bajas posibles. No imagino ni a unos u otros acudiendo a detenciones u operaciones bélicas de peligrosos delincuentes o poderosos enemigos sin armas, sin protección física ni preparación inteligente de la acción. Prudencia que alabamos cuando se trata de la defensa de la legalidad y rechazamos cuando no. Prudencia que, de hecho, lleva a estas instituciones a considerar la actitud temeraria como inaceptable en general y admirable, en particular, cuando la exposición se justifica por el peligro para inocentes indefensos. De modo que, aún supuesta la legitimidad de la ofensa a los musulmanes, ¿tendría sentido llevarla a cabo de forma temeraria?. Pero si añadimos que esta ofensa no es legítima, ¿tiene sentido insistir en su reproducción a pesar del peligro de sufrir violencia? ¿Desde qué principios? Desde luego desde la defensa de la libertad de expresión no. Ya he dado argumentos sobre en qué consiste la libertad de expresión más arriba. Añado ahora que esa lucha hay que llevarla a cabo, por quien considere oportuno contribuir, contra la pretensión de imponer costumbres que violen las leyes del país, como ocurre en el ejemplo nítido de la ablación del clítoris. Una lucha en la que -ahora sí- la heroicidad tiene su espacio. Dicho todo eso en la convicción de que la ofensa no puede tener como consecuencia, en ningún caso, la pérdida de la vida o maltrato alguno.

Estas caricaturas nacieron en un contexto racista de una Dinamarca asustada por la inmigración y sus consecuencias en formas políticas de extrema derecha. ¿Es comprensible que la prensa europea no encuentre un resquicio intelectual en este comportamiento para que, al mismo tiempo que se rechaza con fiereza la acción terrorista, se desaliente la repetición de este sacrificio estéril e ilegítimo? Creo que es compatible la defensa de la libertad de expresión y el posicionamiento de estos hechos en sus auténticas coordenadas morales y sociales. Creo que merece el esfuerzo de reflexionar más allá del horror y más allá de esta heroicidad incomprensible para mí, y así mirar hacia el corazón de la civilidad. Me ha costado escribir esto por los equívocos que pueden derivarse de mi análisis, pero si estoy equivocado, pido perdón después de reiterar mi desprecio al terrorismo y, especialmente, a los que desde la seguridad de sus teclados o púlpitos lanzan a jóvenes confusos hacia la claridad fulgurante del crimen.

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