Troya (XIII a.C.), Jerusalén (70 d.C), Guernica (1937), Dresde (1945), Alepo (2016). Las ciudades han sido objeto de terribles destrucciones provocadas por razones diversas: poéticamente por el rapto de Helena por Paris, por la insurgencia de los hebreos contra Augusto, por la maldad instrumental de los nazi y nacionales españoles, por la venganza de los aliados por los bombardeos de Londres o por la preferencia de las potencias por los dictadores. Por unas razones u otras antes se pasaba a cuchillo a los habitantes obligados en general a mantener numantinas defensas (Numancia también) y, desde Guernica, se bombardea sin misericordia a las poblaciones civiles convirtiendo en solares con escombros barrios enteros. Todas las plagas acumuladas en la cobardía criminal que mata y remata, que destruye las pocas islas de sanidad, que asola escuelas y corta los suministros provocando hambre, impide la entrada de ayuda de las únicas almas decentes del conflicto en forma de cooperantes que rozan el suicidio altruista. Alepo es el símbolo de la locura humana en nuestra generación, la de los 50. Una generación que ,situada entre la Gran Desgracia que fue localmente la Guerra Civil y universalmente la II Guerra Mundial y la muerte de Fidel Castro, vivió creyendo en la terapia ilustrada de la educación y disfrutando de la mega burbuja creada por el neoliberalismo en la fase en que, al menos en Europa no se atrevían aún a destrozar los servicios públicos. Hoy despierta comprobando que todo el esfuerzo educativo se traduce en miedo a la vida y enrocamiento en torno a líderes dementes bien educados, pero egoístas hasta el narcisismo; con vidas confortables, pero envidiosos de las vidas de los ricos; con problemas evidentes que resolver, pero atentos, sólo atentos, a su perpetuación gubernativa. Líderes flojos, sin ideales, cínicos, sin visión de los problemas globales e intelectualmente y emocionalmente discapacitados para abordarlos. Y sin embargo, la alternativa es peor, caer en manos de salvadores con los mismos defectos pero con la fuerza bruta detrás. Es el caso de Assad, el todavía presidente de Siria que ha preferido una Guerra Civil destructora que preparar a su país para la democracia. Y con el mismo pretexto de siempre que es la energía para impedir la llegada de extremismo islamista, como antes lo fue impedir los movimientos de izquierdas. Movimiento geoestratégicos letales que exporta la inseguridad y el sufrimiento a África del mismo modo que lo hace con la basura electrónica. Y cuando ese sufrimiento se materializa, las ciudades son destruidas y con ellas la vida cívica, el descanso después del trabajo, la educación y crianza de los hijos, el estudio sereno de los problemas en los ámbitos científicos y, en definitiva la vida de la polis civilizada. En Alepo , donde se vive en desolación absoluta, dolor insoportable, resentimiento eterno, odio bíblico, miseria psicológica y desesperación profunda, esa vida civilizada es ya un recuerdo.

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