Dado que esta crisis ha venido para quedarse es necesario pensarla una y otra vez para descifrar sus causas, sus estragos y sus salidas. No sólo en el Congreso de los diputados se debate sesudamente, también en los movimientos sociales y en los saludables paseos que las parejas dan todos los días. Todos convienen en que entre las víctimas de la crisis están las personas, pero también los conceptos. De las personas se están ocupando los medios de comunicación cada día mostrando la desesperación del que pierde su cobijo o la vergüenza, tan española, de hacer cola para un plato de comida. Pero, ahora, vamos a hablar de los conceptos que, como abstracciones aparentemente inútiles o inofensivas, condicionan nuestras creencias y orientan nuestras desnortadas acciones produciendo, tras su muerte, la desgracia de los seres humanos de carne y hueso.

Cuando el admirador de Cármide se batía con los conceptos en alguna apacible tarde ateniense de hace 2500 años no podía imaginar a qué lastimoso estado llevaríamos conceptos como belleza, valor o virtud. Su discípulo Platón dio carta de naturaleza a tres de ellos: verdad, bondad y belleza hasta convertirlos en la única realidad verdadera. Sin limitarnos a la célebre triada, que tanto dio que hablar y escribir hasta nuestros días, hagamos balance del estado de aquellos que más están sufriendo y, por tanto, aquellos cuyo deterioro más caro vamos a pagar por el carácter socialmente subversivo de su pérdida. Hablamos de la dignidad del individuo y las instituciones, la coherencia del comportamiento y la vergüenza o la culpa. Entre todos estos valores hay una relación pues todos están, en su versión positiva, ligados a la verdad y, en su versión negativa, anclados a la mentira.

Empezaremos por la verdad por su carácter globalizador. Naturalmente hablamos de la verdad en su sentido moral, aunque su sentido cognitivo o el lógico no están lejos. Al cabo, al hablar de verdad hablamos de dignidad, coherencia, vergüenza y responsabilidad. Emmanuel Kant, emulador de la claridad de la ciencia de su época, separó a la verdad, la moralidad y la belleza con tanto vigor que su genial síntesis posterior, en un requiebro intelectual del que todavía vivimos, no ha conseguido evitar la diáspora de valores. Su pretensión de separar la verdad de la moral, perseguía quitarle a la ciencia el abrazo asfixiante de la religión que le impedía volar libre para aceptar con Emily Dickinson, que “the brain is wider than the sky”. Pero, esa separación hace creer a la racionalidad neoliberal que no puede ser neutralizada por ninguna regla moral, pues cree estar tratando con una realidad que impone sus reglas objetiva, como la física de Newton se debía imponer a cualquier estudioso de buena fe. Por tanto, ningún obstáculo moral es pertinente.

La verdad es sobretodo coherencia entre dos polos, el subjetivo y el objetivo. Hay verdad cuando el testimonio y los hechos de corresponden. Hay verdad cuando una teoría explica todo lo que se experimenta, a la espera de una refutación. Se sabe qué es la verdad cuando el que falta a ella experimenta el sentimiento de vergüenza y culpa, ese trasunto del dolor físico que avisa del fallo moral. Las personas que no experimentan dolor físico acaban mutiladas, las que no experimentan culpa acaban perdiendo toda referencia interna y ya sólo atenderán a la coacción externa.

Una vida se entiende verdadera cuando hay conformidad entre lo que se piensa y lo que se dice (sinceridad) y entre lo que se dice y se hace (coherencia). La vida verdadera lleva a la dignidad como comportamiento decoroso y a la responsabilidad como capacidad de aceptar las consecuencias de los actos. Por tanto, cuando se comete una falta se siente turbación (vergüenza). De modo que dignidad, coherencia, responsabilidad y, en definitiva, verdad constituyen el conjunto de valores morales que suavizados por el humor dan soporte a una vida auténtica al servicio de la sociedad.

Sin embargo, en esta crisis nos encontramos con que en el comportamiento y el discurso de quienes debían haber cuidado de sus ciudadanos, sus afiliados, sus feligreses, sus empleados y sus depositantes sólo hay una total ausencia de verdad. Ausencia que ha alcanzado un grado tal de profundidad que está perturbando hasta el paroxismo el orden moral. Y al hacerlo, no sólo dan una clase perversa de cómo actuar que neutraliza cualquier pretensión de formación civilizada a los jóvenes en escuelas y universidades, sino que con su comportamiento protervo han minado los pilares de la civitas, de la polis. Veamos con detalle como ha ocurrido.

Primero, se ha actuado sin sentido de responsabilidad, es decir de las consecuencias de unos actos en los que se utilizaban los poderes de los responsables políticos al frente de las administraciones para beneficiar a terceros que cerraban el círculo compensando al político. Si la responsabilidad es aceptar las consecuencias de los actos propios, estos extraños representantes de los intereses generales, han actuado como si nunca tuvieran de rendir cuentas.

Segundo, para lograr sus fines, han convertido en norma de comportamiento la más descarada clase de incoherencia con un flagrante divorcio entre los que se prometía y lo que se ha acabado haciendo desde hace, al menos, treinta años, como si, contra toda razón, democracia y verdad fueran antagónicos. Es oportuno recordar aquí que en el contexto de judaísmo la verdad es sinónimo de cumplimiento de las promesas. Lo que a su vez es la fuente de la confianza. El Gal, Filesa, la apertura irresponsable al capital ajeno a partir de 1996 que sacó al país de su quicio, las negaciones lunáticas de las causas del atentado por antonomasia y las negaciones falsarias de la madre de todas las crisis han producido la sensación de pérdida de la razón en nombre de la razón misma.

Tercero, la reacción de los individuos pillados en falta negando sentir vergüenza, culpa o sufrimiento alguno por haber quedado en evidencia y su anuncio a voz de grito de que “duermen tranquilos” y que “tienen la conciencia tranquila” produce perplejidad. Declaraciones que ponen de manifiesto que la conciencia no es un testigo fiable para dirimir sobre la moralidad del comportamiento propio.

Cuarto, una vez encontradas las razones para no sufrir moralmente por la acción destructora de la culpa o la vergüenza, llega el momento del cinismo de la más absoluta desvergüenza y del más obsceno de los descaros. Es el momento de proclamar versiones delirantes y lunáticas de hechos sucedidos delante de toda la sorprendida ciudadanía. En ese estado moral se comprende que no se contemple la dimisión propia.

Todo este conjunto de valores negativos, este total desprecio puesto de manifiesto por nuestras élites, que, en ningún momento han merecido el carácter de aristos (los mejores), está destruyendo de forma devastadora los cimientos de nuestra sociedad. La escandalosa impunidad de este comportamiento produce desolación.

Entre las muchas razones que los especialistas han dado para explicar el cainismo del ser humano la más original que he leído nunca es el hartazgo. Esta tesis fue enunciada, con gran discreción y humildad en un libro para niños por un historiador del Arte, Ernst Gombrich. Un historiador del arte austríaco que declaró sentirse avergonzado de haber nacido en un siglo que consideró la fontaine de Duschamp una obra de arte y que en su biografía incluyó el testimonio de su hermana de que un condiscípulo suyo no tenía buen oído (se trataba de Schoenberg). Alguien, en definitiva, que no dudaba en ver al rey desnudo si realmente lo estaba. El hartazgo se da cuando la comunicación desaparece. La violencia siempre aparece cuando no hay palabras o cuando éstas han sido pervertidas hasta la corrupción aniquiladora. La hermenéutica moderna nos pone ante la dificultad de interpretar el mundo y, dentro de él, a todos y cada uno de los seres humanos. Pero una cosa es considerar la tarea de vertebrar de buena fe el significante y el significado como infinita y agotadora y otra, muy diferente y letal, proclamar que ha llegado la era de la desvergüenza, la ausencia de culpa, la irresponsabilidad vehiculadas por la sagrada palabra. La palabra en la que está basada la promesa y, por tanto, la verdad. Cuando esos rostros estólidos nos mienten con cinismo destruyen el tejido que nos cose y la osamenta que nos vertebra. Las comisuras de sus labios nos dicen de sus jesuíticas fintas mentales para conseguir el complejo fenómeno de no decir lo que es, no convencer a nadie y, sin embargo engañarse a sí mismo (a) forzándose a creer que eso es lo que hay que decir para cumplir con el doloroso deber de salvar a la sociedad contra la propia sociedad. Y, ello, cuando todas las evidencias apuntan a la misma basura de siempre: salvar el propio pellejo y el de la tribu a la que se pertenece.

Los conceptos y sus palabras asociadas son las víctimas abstractas de esta crisis. La traición a los conceptos en todos los ámbitos del Estado no produce efectos menores. El desgarro es ontológico y desune a la sociedad, que se vuelve peligrosa para todos, depredados y depredadores. La distorsión entre palabras y conceptos aceptados, la mentira en definitiva, favorece la llegada de la irracionalidad al producir la demencia general porque deja de proporcionar a la mente humana su alimento más preciado: el significado cognitivo y moral de su existencia. Una quimera, pero una quimera que hace posible la vida social a la espera del desvelamiento final para unos o la continuidad de la tarea de Sísifo para otros.

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