Feminismo en peligro

Algunas feministas están empezando a levantar el dedo denunciando que, al dejar que se confundan las reclamaciones por la igualdad y la defensa de las mujeres con las reivindicaciones LGTBl, ya nadie sabe el objetivo de su lucha. La ideología “Queer” (rarito, retorcido en inglés) es la más radical de las emergidas en la confusión postmodernista. Entiende al ser humano como una materia prima para cualquier preferencia sexual posterior, pues se considera al sexo una construcción social y a la mentalidad masculina o femenina un espejismo resultado del adoctrinamiento “patriarcal”. De este modo, al nacer somos una pasta indefinida con la que se podría escoger arbitrariamente qué ser: hombre-mujer, mujer-hombre, hombre-hombre, mujer-mujer, hombres homosexuales, mujeres homosexuales o cualquier estado intermedio que se prefiera. En este marco no hay padres ni madres, sino “progenitores gestantes” y vientres de alquiler, mientras no llegan los úteros artificiales. En esa distopía unida a la eugenesia se podrían tener sociedades totalitarias sólo de hombres, sólo de mujeres o sólo… Así, la mujer lleva camino de desaparecer como tal en una sopa amorfa de preferencias sexuales. Pero también el homosexual y la lesbiana son invitados a reformularse su posición ante la supuesta y creativa libertad ofrecida por los/las Queer (aquí el doble morfema si está justificado). Dicho sea esto con todo el respeto a la minoría LGTBI que tienen todo el derecho a ser tratados/as como cualquier otro ciudadano en lo que tienen en común y en lo que tienen de diferentes, pero no tienen ninguno a hacer creer a los demás que su ambigüedad sexual, que es minoritaria, es la norma.Me parece que siempre que surge una idea original, alguien tendrá la tentación de llevarla a un extremo. Y esto ha ocurrido en este caso. Una vez ganadas batallas que desactivaban la preponderancia del varón heterosexual sobre las mujeres y contra todo aquel que no cumpliera con ese enfoque, algunos/as han encontrado inspirador generalizar su propia posición indefinida a toda la población. Son pocos, pero están dotados de poderosas armas verbales (heteropatriarcal, progenitor gestante, género) que entran como cuchillo en mantequilla en las débiles posiciones de los que aceptan cualquier cosa que les suene a nueva. Las más perjudicadas por esta debilidad son la mujeres, pues, precisamente cuando tienen la victoria al alcance de la mano, desaparece su suelo y están a punto de caer en la sopa común de la que pueden salir mujeres o cualquier otra cosa, como en las pesadillas de Lovecraft, como en el bar de la Guerra de las Galaxias, como en los cabarets berlineses de la república de Weimar, como en… la España de Irene Montero.

Nuestro pensador más reconocido, José Ortega y Gasset, no eludió la espinosa cuestión, pues dedicó reflexiones al asunto tan pronto como 1949, cuando la segunda ola feministas había apenas conquistado el voto (1931), poco antes de perderlo de nuevo junto con el resto de la población tras la Guerra Civil. En ese mismo año de 1949, Simone de Beauvoir había publicado su célebre libro “el segundo sexo”. Libro que Ortega lee y critica por excesivamente biologizante.Pues bien, Ortega en su libro “El hombre y la gente” escrito tras los “feroces” y “atroces” acontecimientos que Europa acaba de experimentar. Apelativos que atribuye a un genérico universalismo con que elude la espinosa cuestión de que viajaba desde su residencia en Lisboa a la España franquista con regularidad hasta morir en 1955 en su casa de la calle Monte Esquinza. En ese libro, digo, define a la mujer como “confusa” e “inferior”. Sin embargo, para sorpresa del lector, desde luego para mi sorpresa, dice a continuación:”Lo que llamamos ‘mujer’ no es un producto de la naturaleza, sino una invención de la historia, como lo es el arte”, y remacha: “Mucho más fértil que estudiar a la mujer zoológicamente sería contemplarla como un género literario o una tradición artística”. No es hasta 1963 que Robert Stollen establece con claridad la diferencia entre sexo y género, pero como se puede comprobar, Ortega en medio de sus prejuicios sobre las mujeres, suelta las perlas que acabo de citar. Es decir para él a la mujer se la entiende mejor desde categorías sociológicas o históricas que desde las diferencias biológicas. Esta modernidad de criterio es abrumadora. Pero, como suele ocurrir, en España esperamos a que otros “inventen” y acuñen los conceptos para empezar su desarrollo. Piénsese que el referente sobre psicología de esa época en España eran López Ibor y sus curas de homosexuales a base de lobotomías y electrochoques. En definitiva, que nuestro sabio más reconocido vió con claridad la relación compleja entre sexo y género y optó por una visión social de la mayoría de los problemas asociados al trato que se dispensaba a las mujeres en esa época. Lo que no le impedía ser pasto de la no menos histórica condición de machista igualmente superlativo al decir que lo que hacía a la mujer “deliciosa” para el varón era, precisamente, la condición de “inferior” a él. Una pena porque desde la intuición de género que tuvo Ortega el feminismo español podía haberse adelantado en la necesaria depuración de los rasgos diferenciales para separar el trigo esencial de la paja superficial humillante y prescindible.

Que un hombre se declare feminista me parece innecesario. Feministas han de ser las mujeres, pues no podemos ponernos ahora subrepticiamente pegados a ellas, como un Artur Mas que se hace independentista en un momento. No podemos apuntarnos a una lucha que ellas han librado solas. Debemos ser, en todo caso, igualitarios, pues nuestras compañeras lo son en lo realmente importantes: su condición de seres humanos que nos completamos mutuamente. Complemento que nace en el aprecio de lo que nos diferencia con la arrolladora fuerza atractora que la naturaleza especial que somos ha puesto en nosotros. Las victorias parciales son de ellas y, desde luego, debe serlo el dia de la victoria final, que será aquel en el que ya no se hable de esto del mismo modo que no hablamos de la esclavitud, salvo en un contexto académico. La mujeres se han reconocido como sujeto. Ahora hablan de ellas mismas como “nosotras” y eso es históricamente fundamental para conquistar lo que merecen. Si ahora el empujón sobrepasa algún umbral, habrá reflujo, habrá equilibrio final. Nos necesitamos. Evitemos aparecer como lastimosas víctimas de un feminismos agresivo. Dónde verbalmente haya excesos se denuncia y ya está, pero no nos deslicemos hacía una vergonzosa posición de “pobres hombres agredidos” después de siglos de desprecio en el arte, la ciencia, el trabajo y el hogar.Se ha deshecho gran parte de la niebla, pero cada día recibimos pruebas de que queda una camino en su lucha. Nuestro papel es ayudar silenciosamente y evadir las fotos. También tenemos que comprender que los excesos son como la quemazón de la lava que sale cuando la corteza del machismo se rompe o, mejor, para que se rompa. El grupo social que no haya exagerado una proclama, que tire la primera pancarta. Cuando jóvenes que no han sufrido agresiones gritan como si así hubiera ocurrido, lo hacen por las que tiene la boca sellada por la muerte; cuando nosotros nos indignamos por los excesos verbales deberíamos saber que nos situamos torpemente más cerca de lo que las agredieron que de ellas. Tenemos que sofocar en nuestro entorno ese sentimiento gutural de pertenencia a manadas primitivas que siguen oscuramente la llamada de sus genes, sin considerar que la cultura y la historia nos han modelado para el respeto con el sacrificio de mucha gente. Colectivamente tenemos que eludir todo reflejo de pérdida de un estatus que ya sospechábamos era una usurpación; que sabemos que no es el nuestro, que no es de ningún varón (ni siquiera del dandy). Tenemos que encontrar la posición media en la que no nos sentimos aludidos como hombres, pero tampocos acudimos a protegerlas en su lucha. Es su lucha, es su alegría, es nuestra alegría.

Extrañas semejanzas

La juez Carmen Rodríguez-Medel tiene por delante mucho trabajo. Porque, al haber aceptado juzgar en primera instancia el comportamiento político de un gobierno, atrae sobre la causa a todos los adversarios de ese gobierno. No es la primera vez que ocurre. Quizá el precedente más llamativo sea el del Yak-42, aquella tragedia de un contingente de militares españoles, embarcados en un avión defectuoso con una tripulación “defectuosa”, cuyos restos fueron tratados indignamente. Al margen de las reclamaciones de los familiares, había unas acciones administrativas con consecuencias en el proceso de contratación del transporte, pero había, sobre todo, unas decisiones políticas con la intención de “tapar” con rapidez lo que para el gobierno de entonces era un asunto muy enojoso. Enojo que pasó por encima de los sentimientos de los familiares de las víctimas y su derecho a respeto. Es paradójico que el juez que cerrara la vía judicial para transformar responsabilidades políticas en responsabilidades penales fuera Fernando Grande Marlaska. De esta forma se frustró el deseo de los enemigos de aquel gobierno de ver a los políticos al cargo en el banquillo.Pues bien, ahora tenemos un caso parecido. Los enemigos del actual gobierno querrán ver al gobernador civil de Madrid condenado por no prohibir la manifestación feminista del día 8 de marzo de 2020, con el premio complementario de lanzar la sospecha sobre el presidente del gobierno. Viene por tanto, de nuevo, un proceso largo, salvo que la juez, mate en origen la pretensión de los querellantes. Un proceso en el que se intentará lo que se intentó entonces: traducir la acción política en acción penal. Todo esto tiene origen en que el reproche político ya se ha quedado en nada de puro repetirse. ¿Quién sufre con un reproche cansino repetido una y otra vez por alguien en nuestro oído? Se produce saturación y pérdida de eficacia. Esta trivialización del reproche político, que alcanza todo el volumen, sea cual sea la causa, hace que se busque la dureza del reproche de los jueces. Una especie de mixtificación de las decisiones de profesionales formados para otros menesteres. Así la pesada carga que debería repartirse socialmente tiene, por esta desviación, que ser soportada por unos pocos individuos, que nos miran sorprendidos por el abandono de las obligaciones que le son propias a los políticos.Quizá el problema tenga origen en que nuestros políticos llaman política a cualquier cosa. En concreto a “hacer lo que conviene” al grupo al cargo de cada gobierno, en vez de lo que conviene al país. PD.- Siento muchísimo que el movimiento feminista vaya a quedar comprometido por la falta de seso de la ministra de igualdad, cuyo entusiasmo por lucir su iniciativa legislativa de esa semana, confundiera el juicio de sus compañeros de gobierno.

¿Inmunidad de rebaño?

Desde hace un mes, aproximadamente, venía publicando de vez en cuando una tabla de elaboración propia en la que incluía una columna con la estimación del número de infectados en función del número de fallecidos. Este cálculo se hizo con la tasa de letalidad establecidas para el Covid-19 después de la experiencia de los primeros países en los que propagó el virus. Esta tasa es del 1,38 % (valor redondeado del promedio que figura en la fuente que proporciono más abajo). Esto supone que cada muerto requiere que se hayan infectado por promedio 71 ciudadanos. Por eso en la última tabla publicada en la columna (7) figura un valor de 1.910.286 contagiados, calculado con el valor redondeado de 1,4 %.Hoy se ha publicado el resultado de la primera oleada del estudio serológico realizado con una muestra de 60.983 personas en todo el páis. Este estudio concluye que una población de 2 millones de españoles (equivalente al 5% de la población) ha sido contagiada. Es decir la tasa de letalidad del virus en España es la estimada por el estudio de referencia. O sea dividiendo los muertos habidos ayer por la estimación de 2 millones de contagiados resulta de 1,33 %, 5 centésimas menos que la teórica.Sin embargo, de lo único que se habla es de lamentar que, al ser tan baja la tasa de contagios, todavía es muy alto el riesgo de un rebrote. Algunos incluso llegar a lamentar que no se haya alcanzado la llamada (desafortunadamente) “inmunidad de rebaño”. Pues bien, si no estoy equivocado y el porcentaje de población que tendría que contagiarse para alcanzar tal inmunidad está en torno al 60-70 %, más vale que no la alcancemos nunca porque estaríamos hablando de unos 30 millones de infectados y, en consecuencia inevitable, de medio millón de muertos. Conclusión: Ojalá la tasa de infectados no pase del 5 % alcanzado para que el número de muertos se pare en los sufridos hasta ahora y los pocos que inevitablemente están condenados ya. Y esperemos que la vacuna o el tratamiento lleguen cuanto antes, porque sólo así tendremos inmunidad de rebaño sin el coste de un número abrumador de muertos. Piénsese que en el pasado una pandemia como ésta en ausencia de servicios médicos paraba cuando la naturaleza de los supervivientes hacía ya inútil la labor del virus. Cierto que en algunos casos esto ocurría cuando había desaparecido la mitad de la población. Es decir, no tentemos al diablo pidiendo o deseando contagios masivos, como hizo el irresponsable de Boris Johnson antes de verle las orejas al lobo

Malas noticias virales

Una desgracia como la que nos asola es una ocasión única para que la verdad sea arrastrada por el suelo hasta dejarla hecha girones en los que difícilmente se reconocería. Si a eso añadimos que los medios de comunicación nos sirven de forma inmediata e invasiva, tanto la mentira compleja de un biólogo resentido, como la simple de una viandante cabreado, la atmósfera puede llegar a ser asfixiante. En un clima así se piensa mal, defectuosamente, y una de las formas más tópicas de pensar erróneamente es creer que somos la primera generación en sufrir este tipo de cosas.En el siglo IV a.C. un señor llamado Platón inventó un mito inmortal: el mito de la caverna. A grandes rasgos trata sobre un grupo de personas que todo lo que veían eran las sombras reflejadas de los objetos y sucesos cotidianos proyectados en la pared de la caverna por la luz de una hoguera a sus espalda. Estas personas están atadas y sólo pueden mirar hacia adelante. Uno de ellos sale de la caverna y ve la auténtica realidad. Cuando vuelve se pregunta Platón: “Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz ¿no lo matarían si pudieran tenerlo en sus manos? – Seguramente, responde Glaucón (el alter ego de Platón es este diálogo. En el siglo I, Cicerón contaba esta anécdota: visita Claudia a Circe en Roma y la recibe una esclava que tenía la misión de mentir diciendo que la señora no estaba en casa. Al día siguiente Claudia vuelve y en esta ocasión en el atrio está Circe que le dice “no estoy en casa”. Claudia sorprendida responde “no te creo”. Entonces Circe indignada la echa gritando “¿ayer creíste la mentira de mi criada y ahora no me crees a mí que soy tu amiga?” ¿Les suena este descaro en la vida pública o en las en-redes sociales?En el siglo XVI, otro señor llamado Nicolás Maquiavelo le dice a un supuesto príncipe: “Sin embargo, en nuestros días se ve por experiencia que los príncipes que han hecho grandes cosas han tenido poco en cuenta la palabra dada y han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres. Y al final han superado a los que se han fundado en la veracidad.”Finalmente, hace cincuenta años, una señora llamada Hannah Arendt decía: “… por extraño que resulte… el conflicto entre la verdad factual (los hechos) y la política, el cual podemos contemplar hoy a tan gran escala, tiene características muy similares. Si bien es cierto que ninguna época anterior toleró tantas opiniones diversas en asuntos religiosos o filosóficos, también lo es que la verdad factual, si se opone al provecho o el placer de un determinado grupo, es recibida hoy con una hostilidad mayor que nunca.” y enfatiza: “Las verdades factuales incómodas, si bien se toleran en los países libres, son transformadas, de forma consciente o inconsciente, en opiniones.” para rematar: “La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”. En conclusión, malas noticias: la verdad ha sido la cenicienta desde el principio de los tiempos. Y además, el desprecio por la verdad no es sólo un mecanismo pragmático del poder, sino también un recurso de consuelo para el pueblo. Y añado, sea cual sea el nivel de cultura enciclopédica que posea el individuo o el grupo. Amar la verdad es anhelarla más que las propias creencias, pero ya lo dijo el sabio Groucho: “¿A quién va creer usted, a mí o a sus propios ojos”.

Insultos virales

Estudié en el Colegio del Pilar de los marianistas en Tetuán (Marruecos). Allí tuve una educación de calidad para el pensamiento y la técnica, para las relaciones personales y las sociales. De allí salí lanzado hacia cualquier cosa que hubiera deseado. Tenía quince años y dos meses después ya estaba estudiando la carrera que me ha dado de comer y algo más. He tenido una vida interesante e intensa. Tanto que he tardado 55 años en intentar recuperar aquel aroma de estudio y camaradería. Precisamente ha sido la pandemia la que ha retrasado el encuentro con jóvenes condiscípulos de 70 años con los que rememorar para siempre aquella atmósfera de la que salí inhabilitado para el insulto.Por eso me resulta tan estupefaciente la facilidad con la que se sustituye el argumento por la palabra soez y el análisis sereno de las imperfección humana por el desahogo emocional. La inteligencia se usa para buscar metáforas biológicas, minerales o escatológica y las emociones se usan para agujerear todos los filtros que pudieran retener la irritación para que caiga sobre la sociedad invitándola a despojarse de la civilidad. Tantas clases de literatura y lengua para al final parecer guionistas de comedias de sal gruesa, buscando la risa fácil y los hipidos de satisfacción contenida. ¿Advierten los que insultan la poca información que contiene un exabrupto?. ¿Advierten que el insulto dice más del que lo profiere que del destinatario?. ¿Podríamos dedicar unos minutos a pensar que el de enfrente es tan imperfecto como nosotros y que debemos recordarle sus errores con dureza, pero con educación? El colegio del Pilar de Tetuán aún está abierto a quien quiera matricularse.

Los cielos

En el amanecer del pensamiento se produjo un corte entre el mundo real y el mundo ideal. El primero era el mundo anhelado y el otro un mundo despreciable. Durante siglos esa ideología (no es otra cosa), se impuso y todavía contamina las dos orillas sociales y políticas por las que transitamos mirándonos con desconfianza. Cada uno de los grupos tiene su propio cielo ideal en el que no entran los que vemos caminar por la orilla contraria. Y ambos consideran a la realidad un mundo imperfecto y despreciable, sin advertir que somos nosotros, los dos grupos, los que tenemos la llave de la solución. Cada uno instalado en su ideales olvida la triste realidad que espera a que caigamos del guindo. El cielo de unos está compuesto de una imposible camaradería y benevolencia universal despreciando el esfuerzo y el mérito. El cielo de los otros está formado por luchas entre fuertes que compiten por el premio de la distinción material olvidando a los menos dotados, pero esforzados e imprescindibles colaboradores.Pero la realidad es compleja y las dos actitudes se entremezclan afortunadamente. Pero en ocasiones, objetivamente extremas, unos y otros se impacientan y se aprestan al combate poco a poco, detalle a detalles, desprecio a desprecio. Y las cámaras de los medios acuden golosos, con la emoción del peligro, consiguiendo que donde había un huevo pequeño surja un monstruo alado negro y ponzoñoso que pasma a la mayoría conciliadora. Y es que donde haya una buena pelea depuradora de la suciedad que se acumula en el alma con la repugnancia que produce el cielo de los otros… A las batalla se irá con el corazón lleno de entusiasmo, pero se vuelve con luto en el corazón.

Esperanza viral

Un pensador muy conocido y revolucionario llamado Friedrich Nietzsche es conocido, entre otras hazañas del pensamiento, por haber propuesto de nuevo la idea de un tiempo circular. Y lo hizo en una versión muy radical, según la cual todo lo ya ocurrido se volvería a producir en todos sus detalles y en el orden conocido, dado que se contaría con un tiempo infinito para en el que podría darse esta repetición. Creo, con todo el respeto a este afamado alemán, que eso no es posible, porque, aún en un tiempo infinito (sea eso lo que sea), son también infinitas las combinaciones de sucesos y su orden, por lo que la probabilidad de una secuencia idéntica está cerca de cero. Son más probables nuevas e interesantes versiones de la cadena de acontecimientos, para nuestra salud mental. La repetición es generadora de ansiedad y anula nuestra actividad cognitiva. Nos gusta la diferencia. Por eso cuando disfrutamos hablamos de “diversión”, es decir del goce de cambiar de actividad y ser sorprendidos. Por eso nos divierten los juegos de azar, por la permanente sorpresa y variedad de los resultados del juego (si alguien no soborna a alguien para hacer trampas). De modo que un eterno retorno sería un aburrimiento insufrible. También es verdad que Nietzsche no estaría pensando en que esa cansina vuelta a lo mismo la sufriera una generación de vivos, sino, en todo caso un ciclo de la humanidad, porque su erudición le informaría de que hasta el momento en que él tuvo la idea, allá por las laderas del Vesubio, esto no había ocurrido.

El eterno retorno era de algún modo un vuelta al pensamiento de un tiempo circular de los Griegos, pues el cristianismo con su idea de un principio (la creación) y un final (El Juicio) proponía un tiempo lineal como una flecha disparada hace seis mil años hacia el final de los tiempos. Las dos ideas son compatibles, en términos muy generales, si se acepta la propuesta del cosmólogo inglés Robert Penrose, quien afirma que el universo ha sufrido varios Big Bang y los seguirá sufriendo, según su Cosmología Cíclica Conforme. Esta teoría satisface la idea de repetición en el sentido más genérico de posibilidad de recreación del ciclo mineral-vida-mente. Pero también satisface la idea del tiempo lineal del cristianismo, pues habría un principio y un final en cada ciclo.

Si ha llegado hasta aquí, aclararé qué tiene que ver esto con el confinamiento viral al que estamos sometidos. Pues este cautiverio nos ha permitido reducir el diámetro de los círculos de nuestras rutinas, tanto espacial como temporalmente. Si cuando estamos en la calle percibimos el ciclo anual por la ITV de nuestro coches o por las procesiones, en estos días los ciclos son de 24 horas, cuando no de unas pocas horas, si el tedio alcanza su paroxismo. Comprendemos rápidamente el daño que nos hace la repetición, a pesar de que seguimos vivos porque nuestros órganos no se aburren de repetir sus rutinas de bombeo, oxigenación o filtrado de nuestros fluidos. Nos da igual, porque nuestra mente no está cómoda en la repetición. Por eso nos aburre repasar en el estudio para aprender de memoria o cambiamos de canal si sale otra vez el león de la Metro.

Pero este artículo se llama esperanza viral. De modo que hablemos de esperanza. La esperanza es anticíclica, pues el que espera, no espera un repetición, sino una espléndida novedad. Algo que lo renueve y haga burbujear sus emociones. La esperanza es una espera, espera de cambio a mejor. Por tanto, la misión de un cautivo es seguir esperando lo mejor. En este caso, más allá de esperar no contagiarse, hay que esperar que el daño económico, que será la siguiente batalla, no destruya sus logros materiales que son el soporte de sus logros espirituales; hay que esperar que nuestras emociones se reorganicen para saber sufrir con los que sufren sin que las cifras nos oculten ni la vida ni la muerte. Esperar que de esta compresión que ha acercado nuestras moléculas salgan mejores relaciones personales (la videoconferencias han sido un puente mágico hacia amistades casi olvidadas) y una percepción de nuestra sociedad menos sectaria. Una voluntad de cooperación con la que reconstruir de nuevo nuestro país de esta devastación que, como la bomba N, mata personas pero respeta edificios. Un tipo de destrucción que nos permitirá destinar los recursos a las personas en vez de a la materialidad de un ciudad. Un esfuerzo que requiere de un cambio de mentalidad, pues hay quien encuentra natural reconstruir una vivienda, pero no a sus moradores. Pero ¿para qué queremos esas espléndidas ciudades silenciosas y vacías de nuestras miserias y glorias?. En todo caso, si estamos en una fase depresiva, hay que tener esperanza en que regrese la esperanza y, si estamos en una fase eufórica, hay que inventar la esperanza.

Ordenando ideas virales

Los psicólogos recetan para estos días mantener rutinas para que no empiecen la depresiones o los estados de ansiedad por el relativamente largo confinamiento al que la pandemia nos está obligando. No en vano en las cárceles, uno de los castigos más crueles es el aislamiento total en celdas donde ningún estímulo podía mantener el cerebro activo. El célebre neurólogo español Dr. Delgado sostenía que en experimentos con voluntarios a los que se les cortaba todo contacto con el exterior, incluida la eliminación de diferencias de temperatura corporal o sensaciones táctiles, en pocas horas deliraban.

Una de las rutinas es poner en orden las cosas que la entropía general va dispersando mientras nosotros vivimos. Por cierto, no lo intenten con los cables, siempre vuelven a enredarse por la noche, mientras usted descansa satisfecho por haberlos colocados todos paralelos. Otra idea útil puede ser digitalizar las fotos de los álbumes. De esta forma puede subir su historia a la nube e inmortalizar su vida al modo mormón. Ya saben que en Salt Lake City hay tremendos servidores con los nombres de Todos los Santos que se salvarán “los últimos días”. También puede ordenar sus libros por tamaño, creando nuevos “books skylines” en sus estanterías. Si alguno no queda bien, siempre puede cortarlo, pero procure no inutilizarlo cortando por debajo de la “mancha” (zona con contenido literario). También puede ordenar sus amistades, llamándolas interesándose por su salud mental. Cuando haya acabado de llamar por videoconferencia a todos los amigos pillándolos en pijama y con aspecto de náufragos, procure mandarles un whatsapp pidiéndole cita previa. Esto generará una nueva urbanidad. Ayer llamé a un amigo por vídeo conferencia y estuve viendo una confusa imagen de su oreja durante toda la conversación (no me atreví a decirle nada). En caso de desesperación también puede volver a tratar de resolver el cubo de Rubik. Haga cursos por Internet, depílese las orejas, pruebe a ver si la alianza le sale del dedo sin jabón y al final de la escapada, cuando pasando una mirada escrutadora por toda la casa, buscando algo que ordenar, todo esté en una estúpida armonía preestablecida, pregúntese por las ideas. Sí sus ideas. En ese momento habrá hecho cumbre en el proceso de ordenación.

Vamos pues con las ideas, esos extraños objetos que tenemos (o no) debajo del cuero cabelludo en el seno de un paquete húmedo hábilmente plegado para acumular cuanto más tejido neuronal sea posible. Tenemos cien mil millones de neuronas, aunque las últimas investigaciones no restan catorce mil millones, lo que me ha dejado preocupado, por si hemos sido estafados. De todas formas tener neuronas no garantiza tener ideas. La naturaleza de las ideas está todavía en discusión desde el viejo Platón, que las consideraba prototipos de los que luego se copiaban las ideas tontas que todos tenemos, como montar una empresa para proporcionar certificados falsos online para poder ir al partido del atlético sin ser despedidos, o vestir al gato con ropa humana por delante para simular un airoso caminante humano.

Descartes decidió que las ideas buenas eran las claras y distintas. Aquellas que, puestas ante la mente, era imposible dejar de reconocer su verdad. Pero los neurocientíficos nos han bajado al suelo explicándonos que las ideas son procesos dinámicos de neuronas conectadas formando esquemas lógicos o figurativos presentando una versión de la realidad ante el escenario mental. Las ideas se forman y se olvidan. La memoria es clave para mantener la estabilidad, porque la primera idea que nos conviene retener es la de nosotros mismo. No en vano, en la huerta de Murcia, cuando alguien se despierta de una siesta profunda se anuncia que “se ha recordado”. Profunda sabiduría que pone de manifiesto que el yo es un recuerdo. Por eso el maldito Alzheimer acaba con nosotros simplemente provocando nuestro propio olvido.

Bueno, sean las ideas lo que sean, ligeras o pesadas, emergentes o sedientes, tontas o listas, malvadas o santas, previsoras o… políticas es lo más importante que tenemos. Incluso las propiedades materiales son resultado de nuestra ideas. Por eso es interesantes aprovechar este parón en la actividad de supervivencia para identificar la cantidad de ideas que tenemos, mirarlas por arriba y por abajo, comprobar su calidad, pulirlas y salir del encierro con las ideas ordenadas. Es un proceso delicado porque si todos cambiamos de ideas, cuando salgamos a la calle nada habrá cambiado porque habrá las mismas ideas, aunque estén en cerebros distintos.

Hay muchos tipos de ideas, pero ahora solamente una nos obsesiona a los casi cinco mil millones de adultos que hay en el mundo: un virus esférico de 0,10 micrómetros de diámetro. Es decir, caben 10.000 en un milímetro. La gente corriente no tenemos una idea clara del asunto, excepto la muy genérica de que siendo tan pequeñitos penetran en nuestras células. Y eso porque nuestras células tienen un tamaño que puede ir desde 7 a 150 micrómetros. O sea, que son de 70 a 1500 veces más grandes que los virus, por lo que caben bastante virus en una sola célula. Por eso tiene espacio para reproducirse dentro de ellas.

Pero más allá de “virus malo” ¿a quién le interesan los detalles morbosos de la vida de mister COVID-19?. Vamos pues a otra ideas más sanadoras. Propongo tener preparados tres cajones

1) Ideas morales
2) Ideas estéticas
3) Ideas científicas

Vaya echando ahí las ideas que tenga, según su naturaleza. En el primer cajón puede echar ideas sobre la religión, sobre la moral, su propia ética, si la tiene y también ideas políticas. En el segundo cajón deje caer ideas del tipo “me gusta la Pantoja” o “qué bonita es mi Giralda encima de la tele”. Finalmente en el cajón de ideas científicas, cabe desde “Viva Darwin” a “la Tierra es bastante plana”.

Ahora se trata de quitarles el polvo o, si es el caso, dejarlas como las encuentre. Vaya sacando del cajón las que considere después de meditar que ya no le sirven. Un sistema es ponerles un post-it para cuando las use. Así aquellas que al cabo del confinamiento no tengan el papelito amarillo, las tira. Otro método, muy recomendable, es compararlas con las ideas de otro. Así, coje su idea la levanta con una mano y la pone al lado de la de su vecino y ve si la suya es más pequeña, más grande o igual. De este modo podrá saber si es una persona de ideas pequeñas o de ideas grandes. Si su vecino no es de fiar, busque otra referencia, en los libros. Quizá un filósofo, un crítico de arte y un científico divulgador. Los hay muy buenos. Le recomiendo a Adela Cortina, para la cosa moral, a Ernst Gombrich para la cosa estética y Steven Pinker para la cosa científica. Aunque no debe fiarse de mis recomendaciones porque, como habrá ya adivinado, yo mismo también soy preso de mis ideas, por muy brillantes que crea tenerlas a base de practicar este juego a menudo. En cuestión de ideas lea mucho y luego haga libre examen. Pero esté muy atento a las erupciones de sus emociones que, a veces, proceden de sótanos oscuros de su mente.

Entrando en detalles vamos a fijar algunos hitos del universo que forma cada tipo de ideas:

“Ideas religiosas”
Son las que más tiempo llevan con nosotros. En las versiones actuales incluyen a un dios creador y un alma que disfrutará o padecerá una vida eterna tras la muerte. El grado cero de religiosidad es negar ambas cosas. En medio hay creencias en la reencarnación sucesiva del alma, que vuelve una y otra vez al mundo y creencias vagas en entidades espirituales animadoras del mundo. Las ideas extremas están muy arraigadas. El ateísmo se adquiere y la religión se abandona, pues todas las culturas forman a su hijos en alguna creencia religiosa. Aunque se ha dado el caso de quien cambia de religión, es extraño que el ateo vuelva a la religión de su infancia. Hay países muy religiosos (Estados Unidos) y otros más tibios (España o el Reino Unido). Las religiones, en general, son una propuesta de amor y compasión universal. Por eso sus fieles tienen tantos problemas cuando alguien se exige a sí mismo coherencia ante los grandes problemas asociados al sufrimiento humano. Por eso otros prefieren una versión teológica, fría, distante que celebra los aspectos más formales de la religión evitando involucrarse en el mundo, lo que dejan para las ideologías políticas, en un ejercicio de separación mental muy complicado de manejar cuando se quiere entrar en modo espiritual con sinceridad. Hay quien no quiere reflexionar sobre su fé cuando ha vivido más tiempo con ella que lo que le queda de vida. Un ateo puede vivir su vida con un sentido de responsabilidad con la razón mientras sus emociones trepidan con el rumor subterráneo de la disolución en la nada.

“Ideas morales”
Kant se asombraba ante el firmamento sobre nuestras cabezas y la ley moral en nuestro interior. Los filósofos han sido explícitamente creyentes hasta el siglo XVIII. Desde entonces, poco a poco, se han ido deslizando hacia las discusiones morales y raro es que alguno trate ya de la existencia de Dios, si no es para discutir los argumentos a su favor. De modo que hoy se habla de valores como fundamento de un sentido moral estudiado por la disciplina llamada ética. Yo prefiero hablar de códigos éticos, morales y legales. El primero es propio de cada uno y su violación nos produce culpa. El segundo está generalizado en la sociedad y cuando somos descubiertos sentimos vergüenza, pero no necesariamente culpa, que depende de nuestro personal código ético. Finalmente el código legal es impuesto por la sociedad, pero no por razones morales, sino de gestión práctica del conjunto social. Si lo violamos pagamos con la libertad o el patrimonio, pero no es seguro que sintamos vergüenza o culpa, que, como he dicho, depende de otros códigos. En esta revisión a las propias ideas, lo primero que hay que hacer es revisar el propio código. Qué cosas nos producen culpa, esa dolorosa sensación, que salvo en casos leves, prolonga su acción durante muchos años. A mi las molestias por pequeñeces me duran tres días, al cabo de los cuales el olvido hace su poderosa labor. El criterio para acotar nuestro código ético es preguntarnos qué acciones claramente rechazadas por el código moral, llevaríamos a cabo si nadie nos mirase. Esas claramente no son de nuestro código ético. En general la lista de prohibiciones del código personal es corta, mucho más corta que la lista del código moral impuesto por la sociedad. Aunque, poco a poco. el código moral va perdiendo unidades al comprobarse que pasarlo bien sin perjudicar a otro es una buena idea. El código ético es la mayor fuente de conflicto. Por ejemplo para un joven ingeniero el fabricar minas antipersonal o a un arquitecto hacerle el palacio a un dictador. Estos días de encierro el cuerpo nos pide disfrutar del parque vacío, pero el sentido moral nos advierte del reproche de nuestros vecinos. De ser sorprendido sentiríamos vergüenza. Pero si inadvertidamente, en ese mismo acto inmoral, contagiamos a alguien con consecuencias graves, si esta falta está en nuestro código ético, sentiríamos además culpa, esa mentalización del dolor físico.

“Ideas políticas”
En este apartado tratamos de ordenar nuestras ideas políticas. Parecerá un ejercicio inútil porque cada uno tiene las suyas y ya está, como cada uno tiene su religión. Pues mi propuestas para estos días es que miremos con detalle nuestras ideas políticas porque no tiene influencia sólo sobre nuestras vidas, sino sobre las de los demás. La primera reflexión que debemos hacer es porqué la sociedad está dividida en dos mitades aproximadamente con ideas opuestas que empaquetamos de forma un tanto grosera como de “izquierda” o “derecha”. Añado que la prueba de que esta división está muy arraigada es que todos los intentos de exterminio del contrario por tiranos criminales de uno y otro bando han fracasado. Una vez pasado el duelo, el bando masacrado se recupera porque parece que cada día nacen izquierdistas y conservadores a partes iguales. Los vemos ahí tan monos y sonrosados, pero ya alienta en ellos vagamente una posición política.

De modo que primera conclusión: no es posible hacer desaparecer del mundo la opción contraria, como si la naturaleza pusiera ya las bases de un equilibrio de puntos de vista necesario para la supervivencia. Siendo así, la segunda propuesta es renunciar al odio aunque no pueda uno evitar la repugnancia. Es decir, escuchar a un adversario y sus argumentos y actitudes produce un efecto de rechazo percibido físicamente, lo que lleva al insulto a veces. Como eso sólo es un desahogo, hay que ir más allá y tratar de entender porque los otros piensan sinceramente así.

A la izquierda ya no le debe valer, por ejemplo, la milonga de la “falsa conciencia”, ni a la derecha el argumento de la “envidia” del pobre. Llegados a este punto, el paso siguiente es conocer los argumentos del contrario seriamente, meditar sobre ellos, entender sin justificar por qué piensa así y, finamente, tratar de incorporar aquello que nos convenza aunque emocionalmente aún nos afecte. Desde este punto de vista es muy importante examinar la coherencia de nuestras posiciones. Es decir, si propugnamos reparto de riqueza, cuánta estamos dispuestos a ceder de la nuestra y, si propugnamos libre mercado y poco Estado, por qué pedimos subvenciones cuando le va mal a nuestra empresa.

De forma muy sumaria diré que el individuo de izquierda cree ser compasivo en lo económico y liberal en lo social (usos costumbres), y el individuo de derecha cree ser justo en lo económico y conservador en lo social. Por otra parte, el de izquierda cree que la naturaleza humana cambia con los patrones sociales, con lo que “todo es posible”, mientras que el derechas cree que el ser humano no cambia y que, por tanto debe ser “disciplinado”. De estos fundamentos ideológico se derivan coherentes posturas sobre la vida, la muerte, las relaciones sociales,las relaciones interpersonales, la guerra y la paz. Pues aquí hay tarea. Hay que responder a la pregunta básica ¿Por qué la mitad de mis compatriotas piensan tan distinto a mí sin que puedan, al parecer, evitarlo?.

“Ideas estéticas”
En este punto ya tengo en marcha el reciclado de ideas religiosas, morales y políticas. Vamos ahora a ver que tenemos en el cajón de la ideas estéticas. El arte para la mayoría de la gente es una respuesta directa a la visión, audición o lectura de algo. Si ese algo es la naturaleza, no hay intermediarios: nos quedamos sobrecogidos por el “Salto del Ángel”, un desierto o la feracidad de una selva, la acción del agua sobre la roca, la erupción de un volcán o la belleza de un ser humano. Si se trata de una obra “artificial” casi todo el mundo se deja arrebatar por una fidelísima imitación de del cuerpo humano de la naturaleza, con el añadido de la intención del artista al escoger este paisaje o aquel gesto del retratado, esculpido o representado en una obra escénica. También apreciamos la imaginación de un artista que evoca cuerpos o paisajes no conocidos y producto exclusivamente de su imaginación (normalmente como combinación atinada de cosas conocidas). La tensión que el arte produce en nosotros se pone en manifiesto con el arte moderno que rechazó ser bello en el sentido que le damos al término antes de su llegada a final del siglo XIX, cuando el sentido común saltó por los aires con la nueva física. Entonces, por la puerta que abrieron Cézanne y Picasso, entró otro arte plástico y, con la atmósfera general creada, otro arte musical y escénico buscando una nueva actitud, ya no ante la belleza, sino ante las formas de expresar el mundo más allá de edulcoradas formas ajenas al sufrimiento o la explotación.

En esa confusión estamos todavía. Por eso, con nuestras ideas estéticas en la mano después de sacarlas de la caja, no sabemos muy bien qué hacer. Lo que yo hago es no despreciar ninguna propuesta, por provocadora que sea, antes de degustarla en su marco de referencia. Por ejemplo, comparto, supongo que con todo el universo, la emoción ante una obra de Miguel Ángel, pero tengo que trabajarme la contemplación de una escultura de Henry Moore o la audición de una obra musical de Alban Berg. En la belleza que imita a la naturalez, como el “Rapto de Proserpina”, no encuentro dificultad, porque allí estoy contemplando una sublimación de la habilidad artística y al tiempo las expresión de prototipos del cuerpo humano animando el frió mármol que, por cierto, pasa desapercibido. Pero ante la escultura contemporánea me dejo atrapar por la síntesis formal de lo que se representa, que no sólo te sugiere una idea o una acción, sino que lo hace mientras te ofrece impúdicamente la materialidad de la piedra cuya presencia no puedes eludir. Para poner a prueba sus ideas, compárese el beso de Rodin con el de Brancusi y que Dios reparta suerte.

La propuesta de pulido de ideas se resume, en este caso, en la propuesta de no rechazar el arte moderno sin considerar previamente que no es un capricho del artista, sino un esfuerzo enorme por expresar lo mismo (como hace Klimt), pero en armonía con nuestra actual percepción del mundo. Un mundo en el que lo material (el soporte de lo espiritual), se ha hecho presente, exigiendo un lugar en nuestra mente, que antes sólo ocupaba la forma. Es decir, ante el subterfugio de esta obra “no me dice nada”, reconozcamos que, en la experiencia estética, pone tanto la obra como nosotros, y nosotros ya no llevamos ni toga ni levita. Haciéndolo abrimos nuestras ideas estéticas a todo un universo de propuestas, que cubren todo el espectro de la evolución de nuestra conciencia a la búsqueda de nosotros mismos.

En este esfuerzo para aprovechar el impulso ordenancista que nos ha dado a todos en el confinavirus, le ha llegado el momento a las ideas científicas.

“Ideas científicas”
Ya nadie discute la importancia que la tecnología tiene para nuestras vidas. Pero, desafortunadamente, sí quedará alguien que discuta los preceptos de la ciencia. Hace unos años, sin redes sociales, no nos enterábamos de los exabruptos que algunos nos tenían reservados acerca de los conocimientos que fundamentan nuestra civilización. La ciencia es consciente del carácter provisional de sus construcciones teóricas, pero sabe que son la mejor y más coherente forma de convertir el conocimiento acumulado y probado experimentalmente en salud, alimento, vestido, educación y cobijo. Otra cosa son las propuestas teórica que se hacen sobre el origen del universo y su destino, cuyas bases son antes que experimentales, es matemáticas.

La ciencia nos dice que vivimos en un universo que tiene 13.000 millones de años; que habitamos un planeta casi esférico que tiene una edad de 4.500 millones de años; que la vida empezó hace 3.500 millones de años; que el ser humano, tal y como lo conocemos, surgió hace 60.000 años como resultado de una lenta evolución de entre 500 mil y dos millones de años procedentes de los chimpancés; que la agricultura se desarrolló desde hace 10.000 años y la escritura hace unos 4000 años y que la ciencia moderna experimental y matematizada emergió hace 500 años. Hace doscientos años se desarrollaron las vacunas y la anestesia y hace ochenta años los antibióticos. Hace 120 años cambiamos radicalmente nuestra concepción de universo y hace 100 nuestra concepción de la materia. Hemos llegado a la luna y cientos de satélites orbitan la Tierra facilitando comunicaciones casi instantáneas.

Además la ciencia nos da una versión del origen del actual universo y nos anticipa que que al sistema solar le quedan unos 5.000 millones de años tal y como lo conocemos. Una duración que, para nosotros puede ser mucho menor debido al alto de grado de contaminación de la atmósfera, la tierra y el agua. Por otra parte, nuestra psicología se formó evolutivamente y algunos de sus rasgos innatos condicionan la resolución de los graves problemas de un planeta muy poblado. Han muerto ya 100.000 millones de humanos a lo largo de la historia. Seres humanos que tras crueles guerras crearon sistemas políticos democráticos y empezaron a crear instituciones supranacionales voluntarias para administrar toda la complejidad de la vida moderna. Pero si hace 60.000 años se produjo la revolución cognitiva que ha creado la ciencia, está por ver que nuestra capacidad de conocimiento esté en condiciones de tomar decisiones democráticas sobre fenómenos no tangibles nada más que a través de modelos matemáticos anticipatorios, como las pandemias o las consecuencias del calentamiento global. Hay que desarrollar una confianza en la ciencia que aún está ausente en grandes capas de la sociedad.

Sabemos que todos estos avances de la ciencia son resultado de siglos de pacientes reflexiones y múltiples experimentos cada vez más finos y reproducibles, luchando contra todo tipo de supersticiones. Pero hay que alertar de que podemos poner en peligro todo esto debido a que hay quien afirma, todavía hoy, que no hay que vacunar a los niños, que un dios creó al hombre tal y como lo conocemos, que el mundo se creó hace 6.000 años, que la Tierra es plana, que no estuvimos en la luna, que Einstein era un payaso, que el planeta no corre peligro y que, como le ha dicho el presidente de Bielorrusia a una periodista que le pregunta por las medidas que va a tomar ante la pandemia de coronavirus: “¿Ve usted virus por aquí?”. Probablemente en esa masa de gente se sitúe el origen de la elección del grupo de ignorantes y aventureros líderes políticos que, por desgracia, gobiernan poderosos países de nuestro planeta poniéndolo en peligro con su trasnochado y grosero sentido común.

Es misión que el sistema educativo forme a la ciudadanía en un un centenar de verdades probadas y moralice su desconocimiento como una especie de falta de urbanidad, para que no se ponga en peligro a la humanidad. La ausencia de una sola vacuna (la del Covid-19) ha matado ya en este momento a más de 20.000 personas con un pronóstico funesto para los próximos meses. La ciencia es una especie de coraza cognitiva de la que nadie puede dudar. Si algunas de sus ideas contradicen la elemental lista dada más arriba, es urgente que repare esta parte de sus viejas ideas. Si no sabe, pregunte. No le van a faltar en su entorno, probablemente en su propia familia, quien pacientemente le dé algunas pistas.

Bueno, se acaba esta letanía. Si alguien ha llegado hasta aquí, tengo que decirle que la intención es buena, pues cada quien es cada quien y, si uno se entretiene aprendiendo a cocinar o a tocar el piano, siempre puede quedar un momento para repasar el material del que está hecho todo lo demás: las ideas. Esto no es una negación de la materia, sino la afirmación de que la gran novedad que trajo al mundo el homo sapiens fueron las ideas. Es decir, la capacidad de, primero, elaborar mapas de la realidad tal y como la recibimos e, incluso, tal y como la deformamos, para después lentamente renovar, combinar y filtrar estos esquemas con la ayuda de su simbolización en el lenguaje y su fijación en la escritura para su transmisión sincrónica y diacrónica. Finalmente hay que empezar humildemente el ciclo de nuevo confrontando con los aspectos invariantes de la realidad.

Como muchas de nuestras ideas las adquirimos acríticamente durante nuestro proceso de socialización y educación formal, es necesario de vez en cuando revisarlas a la luz de nuevas propuestas. Para Platón, ya se sabe, eran la auténtica realidad, para Kant eran ideales reguladores a los que se aspira y para nosotros el modo de conocer y cuidar el mundo físico y humano. Este era pues el ejercicio propuesto entre tablas de gimnasia, visionado de fotografías y vídeos ingeniosos, telediarios pesimistas, y estimulantes videollamadas con amigos y familiares. ¡Buen provecho!

Ejemplaridad

Steven Pinker en su libro La Tabla Rasa, menciona que al poeta y premio Nobel de literatura (1948) T. S. Eliot le preocupaba que “un sistema que clasificara a las personas por su capacidad desorganizaría la sociedad civil, porque rompería los vínculos de clase y tradición en ambos extremos de la escalera social. En un extremo, fragmentaría las comunidades de las clases trabajadoras, dividiéndolas en función del talento. En el otro, eliminaría el principio de «nobleza obliga» de las clases altas, pues ahora se habrían «ganado» su éxito y no serían responsables ante nadie, en vez de heredarlo y estar obligados a ayudar a los menos afortunados”. Curioso razonamiento del que en este momento me quedo con la expresión “nobleza obliga”, porque hubo un tiempo en que el mérito de la aristocracia no era el esfuerzo o el talento, sino la el hecho metafísico de ser noble y, en consecuencia, presentarse como ejemplo y garante del bienestar de la gente.

Por otra parte, nuestro filósofo Javier Gomá, en su libro Ejemplaridad Pública, deja perlas como estas:

“La cultura es la propuesta de un tipo humano digno de ser generalizado a todos los miembros de la comunidad”

Y especialmente:

“Un hombre ejemplar es una individualidad que ha sabido encontrar un sentido a su vida precisamente en el proceso de socializarla.”

En efecto, cuando el ser humano ya no puede responsabilizar a un dios de la atmósfera de dolor (algosfera) que crea con sus desvaríos o descuidos, tiene que aferrarse a la ejemplaridad para autoreferenciarse y no caer al vacío. Por eso es clave que los ejemplares humanos que tienen alta representación se comporten de forma ejemplar ante la necesidad de grandes sacrificios sociales.

En ese punto tengo que mostrar mi escándalo ante la huída vergonzosa del ex presidente Aznar a Marbella transportando potencialmente el virus en su bigote. Este hombre que ya dejó, con su gracia natural, aquella perla de “¿Quién te ha dicho a tí las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber?”, se convierte en el campeón de la insolidaridad con el pueblo que dirigió. Él pensará que es especial, pero, al mismo tiempo, no se siente obligado por la nobleza que cree tener. Es decir, reúne lo peor de la vulgaridad (que cumplan los demás) y de la nobleza (no me rebajo a cuidarte). No ha recibido los reproches que merece por esta traición a su pueblo (ahora las traiciones son así de cómodas e impunes). Lo despreciaré con una maldición antigua: “que los dioses te confundan”.

Los héroes modernos

En cierta izquierda anida el espíritu de pureza inmaterial que surgió en Belén. Por eso, se desprecia el materialismo capitalista y comercial. Ganar dinero es codicia, cobrar intereses usura. Esta posición sombría e irrealista es compensada por el espíritu que también nació en Belén: el de la compasión por el prójimo. Esta tradición tenía extraños héroes: Mao, Fidel…

En cierta derecha anida el espíritu de la pureza insolidaria que surgió en Escocia. Por eso, se desprecia el idealismo socialista y cooperativo. Ayudar es favorecer el parasitismo de masas perezosas. Esta posición lúgubre e, igualmente, irrealista es compensada por el espíritu que también nació en Escocia: el de la capacidad de producir riqueza. Esta tradición tenía extraños héroes: Friedman, Thatcher…

Dos caras de una misma moneda que tienen que seguir siendo antagónicas en lo mejor que cada una posee y cooperativas en lo que tienen en común, rechazando ambas sus aspectos negativos. Esto es lo que exige el mundo moderno que, como consecuencia de la complejidad inducida por el progreso en ciencia, tecnología y comercio, afronta problemas de gravedad desconocida. La realidad tiene la característica de no parar de cambiar y lo hace en al menos dos planos: uno fánico (a la vista) y otros silencioso e invisible bajo nuestra capacidad de percepción, tanto organoléptica como tecnológicamente reforzada. Y es, este segundo plano, el que nos sorprende conmoviendo nuestra complacencia con dramas como el actual, donde convergen necesidad de protección y necesidad de mantenimiento de la compleja red productiva.

El mundo actual implica cambiar el concepto clásico de héroe que, tradicionalmente, era con justicia aquel que exponía su vida y, a menudo, la perdía por el interés general: el soldado en la trinchera o el explorador en la selva o el desierto… Ahora mismo ya vemos que es (él o ella) el médico, la enfermera y el policía, pero también, el que limpia, el que dispensa en una farmacia o en un supermercado, el repartidor a domicilio o el chofer de un servicio público… y el profesor que también ha estado expuesto varios meses o el científico que puede salvarnos mientras lidia con el virus. Un nuevo concepto de héroe que también merece nuestro aplauso, pero que, sobre todo, desenmascara a farsantes de rostro oscuro que huyen de las brasas donde todos nos quemamos. Un nuevo tipo de héroe que señala hacia dónde van a ir los tiempos: fusión de la capacidad productiva y de las metas comunes. De eliminación del nihilismo capitalista que confiando en una supuesta racionalidad de consumo alienta las más bajas pasiones y nos conduce a deshinibirnos de los problemas y a desprotegernos frente a sus consecuencias. De eliminación del fanatismo colectivista que olvida el aliento de libertad del ser humano, al tiempo que agrava sus problemas esenciales con ineficacia probada. ¿Qué necesidad tenemos los ciudadano de comprometernos con lo peor de lo que se nos ofrece como sistemas antagónicos, cuando de cada uno podemos usar lo que realmente da soporte a un vida realmente humana?: la capacidad de producción, organización y comercio con la capacidad de distribución de méritos y resultados.