Peor que una guerra

Se ha dado en establecer un símil entre la pandemia y la guerra. Lo curioso es que quienes rechazan el símil, sospechando que ayuda a un clima en el que los gobernantes pueden aprovechar para imponer restricciones ilegítimas a las libertades, consideran que la comparación es desproporcionada porque una guerra es un asunto más grave. Creo que esto es verdad solamente en las guerras civiles por la doble razón de que la población también es sacrificada y por el sufrimiento de ver el frente pasar por la propia calle, haciendo difícil sustraerse al temor y la desesperación por la muerte a manos de compatriotas. En el resto, claramente, una pandemia es peor que una guerra.

La razón de esa primacía estriba en el mayor número de muertes por año y en creer por error que, como en la guerra, el frente de lucha de la pandemia está lejano — en contenedores de sufrimiento llamados residencias u hospitales—. Este error provoca situaciones de peligrosa indiferencia, pues la población no advierte que aquí, las metafóricas balas son invisibles y pasan cerca de nuestros cuerpos sin silbar procedentes, incluso, del compañero de trinchera.

En efecto, en comparación con las guerras extraterritoriales modernas se manifiesta con claridad la mayor gravedad de una pandemia. Así, véase el caso de las libradas por Estados Unidos en Europa, Corea y Vietnam cuyas bajas totales ya han sido desbordadas la cifra de fallecidos por la Covid-19 en un solo año, que alcanza, en  este momento, la monstruosa cifra de 575.000 muertos. Y si consideramos la de Irak, que tuvo 4.500 bajas, las diferencias son definitivas. Añádase nuestras propias guerras africanas o cubanas en las que las muertes tenían más que ver con las infecciones que con la coincidencia en el espacio-tiempo del cuerpo con una bala. De hecho, en Marruecos cayeron 25.000 soldados y en Cuba murieron 3.000 españoles en combate y 40.000 por enfermedades; pero compárese con nuestras mismas cifras oficiosas del coronavirus, que ya van por los 90.000 fallecidos. De este modo se puede tener una idea de hasta qué punto la realidad puede llegar a contradecir nuestras intuiciones. En el plano económico, de nuevo se impone la enfermedad contagiosa, pues, por ejemplo, la guerra de Irak le costó a Estados Unidos dos billones de dólares, mientras, en el año transcurrido bajo el cetro del coronavirus, se estima ya en el doble. En España no podemos, afortunadamente, hacer comparaciones con episodios bélicos tan recientes, salvo que se quiera incluir “la guerra de Trillo” en Perejil.

Sin embargo, las autoridades de todo el mundo, desde las grandes potencias a las de la región en la que uno vive, han llevado a cabo políticas “poco bélicas” que van, desde el suicidio colectivo impuesto por el irresponsable Bolsonaro —equivalente a ir a la guerra desarmado—, a la ejemplaridad de Corea del Sur, que, para pasmo universal, ha tenido 1.300 fallecidos con 51 millones de habitantes en tres olas de contagios —que es ir a la guerra armado proporcionalmente a su gravedad—. Naturalmente, pasando por todas las situaciones imaginables de decisiones o indecisiones de los políticos al cargo, con sus jueguecitos publicitarios en las instituciones, que, en realidad, dan manotazos despistados en el aire, justo ante de perder el control.

Pero si a estos comportamientos se añade el desconocimiento de la psicología del ciudadano actual —confiado, consumista, desenfadado— con tendencia a pensar supersticiosamente que una buena tarde entre amigos, o con la familia, no puede tener como castigo una infección, es fácil entender porque no se encuentra el coraje político para tomar medidas realmente claras y eficaces como un confinamiento total; que, aunque sea intermitente, permite explotar económicamente los rellanos finales de las olas pandémicas y, así, dar cuartel a la economía y a la ansiedad. Un confinamiento que, cuando la psicosis se extiende, gran parte de la población desea para librarse de la “dura” decisión diaria de renunciar al placer. De ahí los vaivenes verbales de los políticos que oscilan entre “Las medidas están funcionando”, un mantra para cuando la suerte visita al político y “vienen semanas muy duras”, otro mantra que sirve para cuando se ha sido débil. En ambos casos se muestra una actitud a beneficio de inventario.

Apurando el argumento, creo que no se debe comparar una pandemia desbocada con una guerra, porque es peor, y porque exige un grado de conocimiento y una finura de gobierno que hemos echado de menos en estos largos meses y, francamente, ya no la esperamos antes de vacunarnos. Decepción que empezó con quien se acogió primero al símil, que incurrió en una contradicción flagrante, pues una vez “ganada la batalla” en mayo de 2020, nos invitó a tomar copas para celebrarlo, sin dejar a nadie en la garita.

Muerte Covid

Un tema clásico en las grandes desgracias es si mostrar o no el sufrimiento. Los países en guerra suelen ocultar sus caídos. En el caso de la pandemia no hay testimonios, por eso éste artículo es imaginario. Su sensibilidad puede verse afectada, pero a falta de imágenes, descripción.

Abrí dolorosamente los ojos y vi la cara de la enfermera. Me sentía débil y desdichado. Quince días atrás, confiado, cometí un error. Me quité la mascarilla ofreciéndole el rostro a aquel amigo, mientras decía jocoso “¿Me reconoces?” En ese momento el amigo estornudó y sentí los proyectiles virales dándome en la cara. La andanada fue tan potente que cuatro días después ya tenía síntomas. Y el caso es que había pasado ya varios ciclos de sospechas sin que, en ningún caso, acabara pasando nada preocupante. Al principio las molestias eran suaves. Llamé a mi ambulatorio y a los familiares y amigos con los que había tenido contacto desde aquel día que, ahora sé, ya sólo podrían recordar los demás.

La enfermera me dijo “ha llamado su hija”. El pensamiento de mi hija me llevó a que se hicieran presentes mis nietas. Por el cristalino bailaron unas lágrimas que lo enturbiaron todo. Estaba seguro de que iba a conocerlas veinteañeras. Me moví la mascarilla del oxígeno ajustándomela mejor. Qué mala muerte es la asfixia; qué sufrimiento reserva la naturaleza a los que son privados de ese elemento que garantiza la vida. Yo no sabía muy bien qué era el oxígeno. Un compañero de cama me había contado que un tal Lavoisier lo había aplicado, pero acabó en la guillotina. Ya saben ese instrumento de muerte que separa la cabeza del cuerpo haciendo imposible que el oxígeno pase de la boca a los pulmones. No pude evitar una sonrisa ante el disparate macabro. Ya habían pasado tres personas por la cama de al lado. Dos habían salvado la vida, pero mi informante no.

Llevaba tres semanas en la habitación y tras el susto inicial, echaba de menos mi mundo: mis cariños cotidianos, mi despacho, mis libros, mi serenidad. Nunca había estado en un hospital. Mi vida ha sido saludable sin más molestias que rasguños propios de mi pasión deportiva. Una irrefrenable debilidad del ánimo se iba filtrando en mí. Me iba acosando el espanto de poder morir. Creía que estaba preparado, pero la muerte se me presentaba posible, probable, ineludible. Tenía la impresión de que tendría que pasar por un angosto y claustrofóbico orificio para entrar en un túnel que no tenía salida; que una vez en él, simplemente me apagaría sin oxígeno, sin pensamiento, sin recuerdos, sin imaginación; sólo una pesadumbre insoportable.

Tres días después perdí fuerza y la cara del médico me anunció lo que ya me temía: tendría que ir a la UCI. Busqué calma dentro de mi y no encontré nada. Siempre comentaba mis estados de ánimo a mi mujer, que me cogía la mano y me cargaba la batería con palabras suaves pero llenas de energía. Su mano, eso era lo que echaba de menos. Una mano con la que me llegaba a la imaginación su rostro lleno de verdad. Cuarenta años de compañía, de amor sin interés habían construido unos lazos que ahora veía desatarse. Tantas bromas, que ella rechazaba, sobre mi primacía en la muerte no podría compartirlas con ella cuando iba a ser verdad. Siempre me hizo gracia aquella humorada de Jardiel Poncela que le recordaba a los hombres que, paseando con su mujer por el parque, lo hacían del brazo de su viuda. 

En mi delirio empecé a rendirme, estaba rodeado de artefactos electrónicos, tubos de PVC transparentes y perforado mi sistema venoso para dejar paso a todo tipo de sustancias con la intención de salvarme. El médico me miró con ojos escrutadores y yo lo miré con ojos anhelantes. No pude descifrar sus pensamientos. Seguramente él sí leyó mi desesperación. Cerré los ojos y busqué en mi memoria ratos agradables para fingir felicidad. No me duró mucho: una imparable frialdad se fue apoderando de mi. Busqué la mirada de lo que me pareció una enfermera cuyo rostro llevaba la marca de tantas muertes contempladas. Yo había cerrado los ojos de mi abuela después de ver cómo de ellos había huido la vida hacia dentro, como un líquido que cae por un orificio abierto en el fondo de su retina. Nunca supe hacia dónde habría ido su energía. Ahora sabía que pronto mis ojos se filtrarían por el mismo orificio oscuro conectado con lo desconocido. Mi vida no pasó ante mi, ni vi ninguna luz brillante. Creí ver a mi mujer en aquella joven compasiva que me cogió la mano. Solo, qué solo estaba cuando me llegó la muerte.

Viaje al infinito

Decir que “vivo mejor que un rey” sería un buen resumen de lo que suponen los avances de la civilización. La nuestra, en el plano físico, cuenta con una medicina que ha reducido la mortalidad infantil, que previene mediante la vacunación enfermedades terribles, que ejerce la vivisección sin dolor y sin riesgo de infección, que implanta órganos, que embellece apéndices y que palía la miseria de la muerte. En el plano pragmático tiene una depurada ética formal a la que acudir ante los desvaríos morales. En la relación con el planeta ya sabe como afrontar el daño realizado por la industria basada en los combustibles carbonados, aunque esté tardando en activarse. En el plano social ha llegado tan lejos en el propio conocimiento que se entretiene con los dilemas de las fronteras entre valores. En el plano político, después de haber probado dolorosamente todos los sistemas de la lista de Aristóteles —Monarquía, Aristocracia y Democracia—, ha establecidos sistemas híbridos, como la monarquía constitucional o las repúblicas federales, capaces de garantizar la convivencia de forma estable.

Sin embargo, la naturaleza humana nunca se conforma y, así, algunos incapaces de sacar lecciones de la historia echan mano de fracasos históricos como el nazismo alemán y el comunismo soviético para frenar el desarrollo de las sociedades democráticas. Ambas posturas, interesadamente, utilizan el grosero procedimiento de resaltar los defectos de la democracia. Ambos proponen la sujeción de la sociedad a una autoridad indiscutible y cada uno pretende utilizar esa autoridad para sus propios fines. En un caso con fines de depuración racial y en el otro de depuración social. Escuchando a una niña fascista echar la culpa a los judíos y a un joven comunista echar la culpa a la burguesía se pregunta uno qué ha fallado para tamaños desvaríos anacrónicos. El inconformismo de la juventud se encarna en comportamientos viejos y dañinos que nos dejan estupefactos. Ambos se comportan con la soberbia de los que ven bajo el velo de las apariencias la verdad, la αληθεια de Heidegger. Una verdad que los demás, al parecer, desconocemos u ocultamos por cobardía o intereses. Instalados en esa privilegiada situación aspiran a dejar su condición marginal para tomar el poder.

En mi opinión estas actitudes no tienen su origen en una mala educación, sino en el hecho invariante de que la sociedad se divide para equilibrar la defensa de la individualidad y la de la especie. Impulso primitivo que en ellos se muestra en sus versiones extremas. La paradoja está en que las dos visiones acaban convirtiendo al individuo en pieza de un mecanismo al servicio de un ultra poder tiránico. En un caso con una economía de mercado y en el otro con una economía centralizada. Cada una de ellas justifica su existencia en la defensa frente a la posición opuesta. Ejemplo de tiranía individualista relativamente reciente fue el régimen de Pinochet y apunta maneras el régimen húngaro de Orbán; y ejemplo de tiranía colectivista fue el epítome soviético y la caricatura venezolana o norcoreana.

La democracia es el ámbito en el que las versiones moderadas y pragmáticas de esta bifurcación social pactan sacrificar su tendencia a la locura de la coherencia con los extremos de su espectro ideológico, para así llevarnos a una trayectoria equilibrada, aunque zigzagueante. Una actitud que permite una mirada atenta a los problemas que se plantean al conjunto de los habitantes de esta balsa esférica en medio de la oscuridad cósmica. Estos hábiles seres que ha sido capaces de descubrir, más allá del fuego, el grial de la convivencia sin odio y un conocimiento científico que permite dirigir las energías hacia los verdaderos problemas, que son aquellos que resultan fundamentalmente del crecimiento poblacional de todos los colores posibles y el daño ecológico, exigiendo compasión e inteligencia. Dado que estos exabruptos de jóvenes que no saben lo que hacen; jóvenes inconformes con la banalidad del bien, que quieren experimentar las emociones de viajes al infinito, es necesario decirles o, en su caso, imponerles la verdad de que, precisamente, no hay verdad completa, pues es un calidoscopio que precisa de todos nosotros para una efímera vida; que no hay valor excelso que justifique sus pretensiones de muerte y fuego. Que vivan sus pasiones en el mundo de la ficción, que beban la sangre del judío o del burgués en sus pesadillas, pero que al despertar comprendan o finjan comprender que no hay viajes al infinito. Que estamos limitados por los demás y por nuestro propio cuerpo; que toda la pasión reaccionaria o revolucionaria han de dirigirla a la ciencia, al cuidado de los demás y al ejercicio inteligente de la acción política en el marco aburrido y pragmático de la finitud

¿Qué es ser mujer?

El género es una vivencia interna, personal e inmodificable, que nos hace ser hombres, mujeres o personas no binarias, independientemente de nuestra corporalidad o de la educación que recibimos”. Esta declaración de principios de un colectivo de hombres y mujeres transexuales plantea varias cuestiones interesantes. Está claro que no cabe más radicalidad a la hora de plantear la cuestión de aquellas personas que nacen con cuerpos distintos respecto de sus sentimientos vitales. También cabe decir que la solución a la discriminación de los transexuales no puede estar en generalizar la ambigüedad entre una mayoría social que se siente perfectamente a gusto en sus cuerpos. Yo creía que, precisamente por la incomodidad irrefrenable de tener un cuerpo en desacuerdo con sentirse del sexo opuesto, los transexuales lo cambiaban utilizando hormonas y cirugía, convirtiéndose en mujeres u hombres de hecho y derecho. Pero me explican que no, que ahora la posición es ser “mujeres con pene” u “hombres con vagina” porque el cuerpo es un accidente y lo que te hace ser hombre o mujer es la mente; una posición con la que estaría plenamente de acuerdo el cartesianismo.

Este enfoque pone de manifiesto con claridad la convicción de estas personas de que ser mujer u hombre está completamente al margen del cuerpo. Yo siempre he pensado que lo que diferencia a la mujer del hombre tiene su fundamento en el cuerpo y sus exigencias de funcionalidad para la procreación natural. Exigencias que tiene efectos sobre nuestras mentes y conductas marcando las diferencias fundamentales ante la vida. Todo ello sin perjuicio de que los medios anticonceptivos permitan hacer del juego sexual un componente de la felicidad sin necesidad de que haya embarazo. Pero no se puede negar que las diferencias de sexo están en la base de la supervivencia de la especie.

Sin embargo, la separación que desde la transexualidad se plantea entre morfología corporal y la mentalidad femenina o masculina permite preguntarse ¿En qué consiste ser hombre o mujer para que se pueda afirmar tal condición sin contar con el cuerpo y sus poderosos mensajes? Una pregunta que no tiene sentido hacerse si el criterio de clarificación alude a la responsabilidad ante los hijos, la capacidad de gerencia en el trabajo, de luchar en las guerras o vivir con amor y respeto las relaciones mutuas. Razones todas ellas para justificar plenamente la igualdad entre sexos. A lo que añado que del cuerpo del hombre tampoco emana la necesidad de dominio sobre la mujer que se ha ejercido injustamente durante siglos. Luego por ahí no hay que buscar la respuesta.

Si el asunto ha tomado tal carácter que ya hay borradores de ley que van a fijar normas al respecto, es necesario reflexionar sobre en qué consiste ser mujer y ser hombre; pregunta de la que se derivaría una respuesta sobre en qué consiste ser transexual. Sólo quien afirma que se puede ser mujer en cuerpo de hombre o viceversa puede responder a la pregunta clave, pues el que disfruta de armonía en mente y cuerpo no está en condiciones de hacerlo. Me quedo a la espera. Desde luego es una cuestión crucial a la que no le voy a restar ni un gramo de su debido peso, por más que todavía estemos en medio de una calamidad que afecta a hombre, mujeres y transexuales.

Rareza hispana

En griego “σπάνιος” (espanios) significa “raro”. Lingüistas tiene el idioma, pero si el nombre de “España” viene del latín “Hispania” y el latín tomó palabras de la fuente griega, no me extrañaría que la cosa empezara con Homero —Ulises y sus compañeros pasaron cerca de nosotros camino del fondo del mar canario—. Obviamente la rareza no puede provenir del pueblo que se limita a salir con vida cada día. Son las élites, esa minoría selecta con el privilegio de ser primus inter pares, las que forzosamente han de dar explicaciones por nuestra rareza. Pues, como dijo Ortega: “Hemos padecido casi sin interrupción una aristocracia deficiente, en cierto modo, la ausencia de minorías selectas”. Por eso, él consideró que su circunstancia lo obligaba a echarse a su país a la espalda para ponerlo a “la altura de los tiempos”. Curioso que él señalara ya a la ciencia como “la que cumple sus promesas”. Hemos necesitado ser arrasados por un virus para descubrir que nuestra aportación a la ciencia y nuestro trato a los científicos son deleznables. No en vano nuestros premios Nobel son expertos en ficción —y no me quejo— , pero, al único que fue premiado habiendo desarrollado su ciencia en España (Ramón y Cajal), se lo reconocemos dándole su nombre a una “beca”.

Raro no sólo significa extravagante, sino, también, escaso. Tratándose de un país, sería un vagar por fuera de lo que los países de nuestro entorno cultural estaban haciendo y, además, hacerlo por escasez de élites solventes. Así, mientras se levantaba el velo de la energía en la primera revolución industrial, nuestra cátedra principal era la de teología. Así salimos del siglo XIX prácticamente sin patentes, cuando se extendía toda la potencia del electromagnetismo por Europa y América. Espero que nadie me recuerde nuestras aportaciones a la fregaza y a que el gran Cruyff dejara de fumar.

Llegados estos tiempos, hay que comprobar cuánto de raro queda en nosotros después de cuarenta años de puesta al día. No debía parecer que aún seamos raros después de entrar en la OTAN, en la Unión Europea y hasta, para favorecer las ventas de libros de los conspiranoicos, haber entrado en el club Bilderberg. Añádase que hasta ya tenemos extrema derecha, la última moda política; que estamos rodeados de “globalistas” y de gente que se quiere vacunar. Tal parece que hemos dejado el territorio “friki”.

Sin embargo, no nos podemos desprender de la sensación de que algo falla y, en efecto, algo falla cuando comprobamos que en nuestro parlamento no tiene un escaño la razón, pero lo tiene la destemplanza. Qué pensar del rechazo del PP a la regulación de los fondos europeos que pueden paliar tanta calamidad sanitaria y económica. Ni la más sutil argucia política puede explicar esta deserción de la responsabilidad. ¿Podrían los partidos políticos, cuando pierden las elecciones, actuar durante tres años como corresponsables de la gobernanza y dejar para el último año el tronar de cañones? Pues no, esta generación de políticos ha decidido torturarnos con la campaña incesante.

Faltaba hacer cumbre en la rareza, pero se ha logrado. No han llegado de Europa casos de violación de los protocolos de vacunación, con la excepción de otro país raro: Polonia. Pues bien, no sólo no inventamos el motor eléctrico, sino que añadimos a nuestros inventos banales, la novedad del “¡sálvese quien pueda!” de nuestras élites de baja estofa. No quiero generalizar, pues creo que hay muchos responsables políticos que no han caído en el error de creerse imprescindibles por su sentido del bien y del mal. Pero a otros les ha librado el escarnio sufrido por los que fueron cazados, sin querer, por las agujas traicioneras que volaron clavándose en sus brazos en el momento en que, casualmente, tenían la camisa subida.

Volviendo a la perspectiva de Ortega, digamos que esta generación tiene la obligación de definir un destino para la nación conforme a las circunstancias heredadas. Destino que ya no pasa por una confianza ciega en lo que él llama la “aristocracia”, sino en la masa, que ya no se presenta como una amenaza, como una ola arrasadora de vulgaridad, sino como muchos millones de individuos bien informados que han escogido una orilla en el mar menor de la política y que son capaces de ser la base de una convivencia próspera. Pero siempre que los líderes no exciten los instintos con su retórica belicista. La masa debe transformarse en musa para los políticos que debían seguir el ejemplo de su trabajo, sacrificio y mesura, una cualidad ésta que hace años que han perdido porque creen, equivocadamente, que el español no es capaz de entender que otro piense de forma distinta sobre como conducir la nación.

Metáforas y Realidad

En plena temporada de caza de responsables políticos, religiosos y militares por haberse vacunado antes de tiempo, cabe preguntarse qué está pasando con nuestros “capitanes” en medio de la tormenta. El término “capitán” procede del latín “capitanus” que deriva de “caput” que todos sabemos que significa cabeza. De repente nos hemos encontrado con que un número significativo de significados capitanes, cabezas de instituciones relevantes, han tenido un ataque de pánico y, como aquel legendario Francesco Schiattino, epítome del cobarde, que al grito “los capitanes y los comodoros primero” huyó del escenario sin esperar a que la orquesta tocara, “Más cerca, oh Dios, de ti”.

Incluso en el habla normal, al comunicarnos empleamos metáforas, que están muertas de tanto usarlas. Son palabras minerales que nos sirven para una transmisión perezosa de ideas. Las metáforas son necesarias porque aumenta el vocabulario de una región de la realidad tomando prestadas palabras de zonas vecinas o lejanas. En la frase precedente he empleado los términos “región” y “mineral” que han reforzado —creo— lo que quería decir: que usamos sin advertirlo un lenguaje metafórico, como se puede comprobar si se presta un poco de atención.

Una fuente de metáforas muy rica es el mundo militar porque está asociado a la vida y la muerte; y porque esa asociación se produce en circunstancias que nos ponen a prueba ante la inminencia del peligro. Por eso el presidente del gobierno gusta de hablar de la lucha contra la pandemia como si de una guerra se tratase. Una vez aceptado el juego, se libran “batallas” y se ganan o pierden “escaramuzas”; hay “víctimas colaterales”, “armas”, heridos y muertos. Qué duda cabe que una guerra, a pesar de que las víctimas son premeditadas, es lo más parecido a una pandemia. El símil es facilón y por eso se abusa.

Durante estas semanas hemos sufrido un shock porque los responsables de un número preocupante de instituciones, al frente de las estrategias de lucha contra el coronavirus, se han saltado el orden protocolario y se han vacunado antes que quienes más lo necesitaban. Una vez que, a través de los medios periodísticos profesionales (apúntese un tanto a La Verdad) se ha conocido el atropello político de mayor rango en forma del Consejero de Sanidad de la Región de Murcia, la indignación sorda y la sonora expresada a través de las redes sociales obligó, primero, a una rueda de excusas y, después, al cese enmascarado de una dimisión anunciada, por un presidente de la comunidad que, por los elogios vertidos, más parecía que estaba procediendo a un nombramiento que a un despido. Una comparecencia en la que la mentira se dibujaba en las comisuras de las mascarillas. Pero un asunto al que cabía aplicar la metáfora militar con plenitud de sentido. Al fin y al cabo, el “capitán” se había vacunado antes que la “tropa” en un acto reflejo carente de gallardía.

Pero la catástrofe metafórica estaba por llegar, pues qué sentido tiene usar metáforas militares cuando son los propios militares los que perpetran el abuso. Aquí ya desaparecen las comillas; el lenguaje pierde su supuesta brillantez metafórica y se vuelve plano, seco, certero, insoportablemente real. Resulta que el más alto de los capitanes, el cargo de más rango de la estructura militar española y toda su cohorte de mandos complementarios se han vacunado antes que toda su tropa estuviera fuera de peligro. Un comportamiento que habla de la relajación del guerrero en la paz, que se vuelve un ciudadano más con las mismas tentaciones de egoísmo y autoestima desbordada. Recuerden aquello que dijo —si la memoria no me falla— el ministro Enrique Barón: “Un ministro es un patrimonio del Estado”. ¿Qué diría Aquiles de estos actos de “prudencia”? ¡Perdón, Aquiles estaba vacunado desde su nacimiento!; vacuna con una eficacia del 99 %, pues sólo el talón estaba expuesto al peligro. Igual resulta que esto del valor es una ficción y que sólo aceptan el peligro para sus vidas los insensatos que se creen los cuentos patrióticos de líderes que no han hecho la mili, no han trabajado nunca, pero se engañan a sí mismos, jurando bandera de mayores o sintiendo los efluvios letales de un arma que no saben usar. Quizá tengamos que concluir que el valor es un privilegio azaroso, —aquel chico que entró a salvar personas en un incendio y no volvió a salir—; que el valor sea una virtud ajena al empleo o responsabilidad. Si es así, de nuevo tenemos que renovar nuestra fe en las instituciones —la prensa libre, la ley, el buen gobierno— que por su estatuto lógico nos obligan al valor y al honor o, en caso contrario, a la dimisión o al cese vergonzoso

La verdad como desafío

El sentido de la realidad de los seres humanos está siendo desafiado por el hecho de que algunos centros de poder han descubierto la inmensa influencia a su favor de la mentira y de sus correlatos las medias verdades y la negación directa de la verdad. Por eso, quizá, merece la pena, aunque sea una cierta aproximación a la complejidad que encierra esta palabra y su concepto. Lo primero que hay que decir, es que el concepto de verdad que manejamos habitualmente es sólo uno de los posibles. Este concepto de verdad, que podríamos llamar política, se refiere a la descripción de hechos de carácter público ocurridos. Por eso, cuando la gente se echa a la calle reclamando la verdad, está pidiendo que una determinada intervención del poder sea desvelada. Todos recordamos las manifestaciones del 12 y 13 de marzo de 2011 cuando el gobierno de Aznar se empeñaba en sostener la tesis de que los atentados de Atocha tenían como autores a ETA y trabajó arduamente, desde el presidente al último funcionario, por hacernos creer aquella mentira. Cuando los historiadores o las ONGs, como Amnistía Internacional actúan, están buscando este mismo tipo de verdad.

Pero está la verdad lógica, como cuando decimos “las cosas son como son”; o la verdad episódica, la de nuestros acontecimientos cotidianos. Quién no ha experimentado la sensación de tergiversación de intenciones en las discusiones conyugales y ha echado de menos un público que juzgara hechos tan íntimos. Está también la verdad judicial, tan abstracta, tan fría, tan necesitada de pruebas y, además, pruebas legalmente obtenidas. La sorpresa de algunos fallos judiciales proviene del hecho elemental de que los que tiene que juzgar no estaban en el lugar de los hechos y no pueden sustituir las pruebas por experiencias personales. Todo ello, sin contar con que incluso los testigos oculares cometen errores o pueden estar contaminados por presiones, amenazas o sobornos.

Casi todos pensamos en las verdades a partir de nuestras certezas; certezas que se fundan a menudo en emociones y que nos hacen experimentar el espejismo de que se puede conocer la verdad con el argumento de que las cosas “no pueden haber sucedido de otra forma”. Pero el problema con la verdad en nuestra época es la generalización de la creación de mentiras premeditadamente, sabido que somos vulnerables a la coherencia de la noticia y a su oportunidad para sustituir versiones que nos resultan antipáticas. Añadamos que, en los casos en que la verificación es sencilla, somos perezosos y, en los casos en que la verificación es difícil, somos impotentes. ¿Cuál es la solución?: la creación de redes de confianza basadas en los antecedentes relativos a la verdad de quienes nos informan, la transparencia de los valores e intereses que defienden o que los financian y su capacidad de rectificar cuando suficientes evidencias los contradicen.

Como los murciélagos

La noticia de que los murciélagos “hablan” entre ellos ya es suficientemente llamativa, pues sólo de los humanos sospechamos que intercambian información, aunque no entendamos el idioma. Ahora, al parecer, resulta que el parloteo agudo que escuchamos cuando una bandada de los reyes de la noche nos sobrevuela es nada menos que una conversación. Y el asombro se vuelve abrumador cuando nos informan del contenido de esas conversaciones entre adultos y entre adultos y crías. Contenidos que son fundamentalmente sobre el sueño, la comida y el sexo. Quiero pensar que la investigación no ha terminado y que pronto sabremos más y el pensamiento de los murciélagos será desvelado. Momento en que descubriremos que el murciélago medio también practica la hipocresía respecto de sus congéneres.Los humanos también conversamos y también intercambiamos información en nuestras conversaciones, pero ¿quién ha dicho que sean más relevantes? Muchas de ellas cuando estamos relajados son sobre “caca, culo, pis”; si estamos en modo relaciones sociales es sobre “el tiempo o el peso” y si estamos en un ambiente profesional nuestra conversación oscila entre el dinero y el poder. De modo que somos más o menos como los murciélagos, esos mamíferos a los que les hemos atribuido tantas malas costumbres e intenciones. Ni siquiera las sanguijuelas, que también toman nuestra sangre, como su propio nombre indica, han sido elevadas a reinas del mal vampírico, como lo han sido los murciélagos, cuando en realidad son tiernos seres con sueños, hambre y deseos de amor. Una prueba de nuestra tendencia a la vulgaridad es que la abrumadora producción de clásicos en forma de libros, obras de teatro y arte, no ha traído un ser humano “nuevo” a pesar de las promesas de las utopías. Los proveedores en Internet ofrecen lecturas prácticamente gratis de los clásicos; las redes de vídeos desbordan grandes obras de teatro filmadas y los museos ya hace tiempo que ofrecen visitas virtuales a sus salas, mientras que los grandes auditorios ponen a nuestra disposición las óperas y conciertos inmortales. Sin embargo, nuestras conversaciones siguen siendo como las de los murciélagos, sobre nuestros sueños de lujo, comida y sexo, agravadas con nuestras pulsiones de poder.

Resentimiento popular

Dejada clara mi postura respecto a las trapacerías del que fue nuestro rey, creo que también debe hablarse del regusto con el que algunos están disfrutando de la situación. Lo cierto es que yo experimento un sentimiento de vergüenza ajena, en la medida que el defraudador es otro, pero también de vergüenza propia, porque sus acciones van asociadas a la historia de nuestro país y, también, se diga lo que se diga, a su reputación. Creo que no se puede sentir lo mismo ante la desgracia de alguien que solamente te ha traído el mal, que ante quien ha llevado a cabo acciones trascendentes para el bienestar general. Y no le puede ser negado a esta hombre su bien hacer objetivo durante muchos y decisivos años. No soy monárquico, porque creo más en las instituciones que en la estirpe. Pero eso no me ciega para comprender que las instituciones fracasan sin personas decentes y competentes. De hecho, los países modernos conceden las monarquías parlamentarias por el profundo temor que se tiene a los cambios radicales, que se saben como empiezan, pero no como acaban. Quizá, confíen en que poco a poco el aprecio popular se vaya desvinculando hasta que con un mero empujón se cambie de régimen en la cúpula constitucional. En todo caso, el criterio debe ser la preservación de la vida y la hacienda de los españoles y no el imperio de las ideas a sangre y fuego. Pero una cosa está clara, heredar la jefatura del Estado implica, hoy en día, un carácter de ejemplaridad tal, que cualquier paso en falso te cuesta la corona. Si todo estos expedientes se hubieran conocido reinando Juan Carlos, estaríamos en un verdadero aprieto. Dicho todo esto, no veo las razones para el regodeo o el resentimiento, pues es mucho lo que está en juego, tanto porque existen monárquicos sinceros, como porque los hay de pacotilla. Por cierto, los que con más fuerza gritan: ¡Viva el rey!

Resentimiento real

Evidentemente este es un ejercicio de psicología-ficción, pero, como pasa con el juicio estético, si mucha gente piensa que esto es verdad, será verdad. Al grano: tengo la impresión de que Juan Carlos de Borbón está dolido. Que considera que, dada la escasa paga que el Estado español destina al servicio de la Jefatura del Estado, era legítimo el cultivar la amistad de quienes, compadecidos, comprendieran su “extraña” situación y le ayudaran con dinero o propiedades o, incluso, con la imaginativa solución de cubrir la cuenta contra la que se hacían cargos desde tarjetas coronadas. El dolor procede, al parecer, de la falta de generosidad de los españoles para permitirle la vida de lujo que se espera que un rey tenga para, entre otras cosas, dar esa sana envidia que produce en el pueblo la fortuna de sangre. No en vano, en contraste, artistas y deportistas, con su talento natural pueden tomar un ascensor meteórico desde la pobreza a la riqueza produciendo admiración, incluso adoración, en mucha gente sin esta ventaja.

Cierto es que la dinastía borbona, que apareció por España un frío día de enero de 1701, cuando comenzaba un siglo que fue etiquetado de ilustrado, trajo poca ilustración a España que perdió el tren en la tecnología, donde reinaba Inglaterra, y en las ciencias formales, donde reinaban los matemáticos franceses. Con la excepción de Carlos III, los borbones pronto se instalaron en lo problemático con sospechosas querencias por las élites económicas y escaso interés por los problemas populares. Por eso resultó tan luminosa la constitución de 1978 que, de una parte, reconciliaba a los españoles consigo mismos y le daba una nueva oportunidad a la dinastía.

Por eso fueron tan admirables y esperanzadores aquellos primeros movimientos en el ajedrez nacional de un rey del que se reían los mismos franquistas que luego lo endiosaron, en medio de una atmósfera expectante y también peligrosa. Movimientos llenos de tacto que permitieron en pocos pasos una histórica y pacífica transición de la negrura de la dictadura al esplendor de una época democrática. Nadie sospechaba entonces que se estaba gestando la vergüenza actual, al crear una jefatura del estado con sueldo de burgués acomodado, cuando Juan Carlos I, por lo visto, había sido educado en el sueño secreto de la riqueza de sus antepasados. No entendió que debía haber sido un rey-padre de la patria, modesto y ejemplar en su vida como exige la morar cívica moderna. Más bien forzó las cuadernas del barco nacional, ahora lo sabemos, con unas prácticas en su conducta personal y económica en la que imitaba a sus ricos, riquísimos amigos. No se podrá demostrar, pero estoy convencido de que se desvió la mirada de los responsables políticos para no enfadar a quien liberó el parlamento un día de febrero de 1981. Y él se creció. Es una pena, para mi generación, que en vez de tener en el padre del actual rey un buen consejero para éste y una figura ejemplar para el pueblo, pues esa es su “profesión, haya comprometido su legado, hasta el punto de mostrarse como un anciano, iletrado, sandunguero y resentido del que hay que salvar a su hijo.