El final de ETA

El Diccionario Oxford le concedió a la palabra “postverdad” la condición de palabra del año 2017. En España, para ese mismo año Fundéu propuso la palabra “aporofobia”, que significa odio a la pobreza. Si se puede proponer una palabra para este año, yo propongo “relato”. Obviamente no porque sea una palabra extraña o nueva, sino porque está siendo muy usada y ese debe ser el mérito para el reconocimiento.

Todo el mundo quiere tener relato. Hay periodistas que pueden llegar a mencionar la palabra cuatro veces en una misma frase. La paladean como un caramelo sabroso y nuevo por el poder que le concede ser portadora de algo realmente nuevo: que es legítimo que cada uno se monte la película que quiera y que, en los tiempos modernos, la lucha no es entre ejércitos, sino entre relatos.

Obviamente, esto no es casualidad, sino el resultado de dos grandes corrientes de pensamiento desde el siglo XIX: una es la relativista que propone que todos los puntos de vista son legítimos y otra la historicista que legitima la construcción a posteriori de la narración de los hechos que mejor se adapte a las necesidades psicológicas de los que emiten y reciben el relato. A estas dos fuerzas malamente asimiladas por las sociedades modernas, se añade la necesidad que cada uno tenemos de tener pensamientos agradables en vez de ser asaltados con la negrura de afrontar la propia responsabilidad.

Todo esto viene a cuento del llamado final de ETA, esa banda de asesinos a los que el combustible ideológico le duró hasta 1978, cuando habiéndose dotado el pueblo español de una constitución a la altura de los tiempos, siguieron matando en nombre ahora, no de una supuesta lucha contra el tardofranquismo, sino de una república socialistas, racialmente pura, geográficamente unida, lingüísticamente uniforme y, ahora nos enteramos, miren qué modernos, no patriarcal. Aquí estamos escuchando un “relato” que justifica sesenta años de crimen como un efecto indeseable, pero inevitable, de una lucha noble para avisar que la película sigue, tras el beso de los protagonistas, por otras formas de acción. Y tienen la santa barra de que ese último comunicado se le encarga a un mamífero (ternera) con las pezuñas llenas de sangre inocente.

Pero, claro, quién soporta cada noche haber apoyado, planeado o ejecutado crímenes tan inhumanos si no cuenta con un “relato” que le permite dormirse pensando “tranquilo, Josu, no se deja de usar el coche por que haya accidentes. Nuestra causa no podía ser sin hacer daño. Además este daño no ha sido inútil. Ahora nos respetan y ya no es necesario disparar, ahora nos haremos, desde la legitimidad de nuestra sacrificio heroico, con la voluntad de la gente para construir la patria desde las instituciones”.

La revolución de un pueblo pletórico de espíritu, que estamos presenciando en nuestros días, puede triunfar o fracasar, puede acumular miserias y atrocidades en tal medida que cualquier hombre sensato nunca se decidiese a repetir un experimento tan costoso, aunque pudiera llevarlo a cabo por segunda vez con fundadas esperanzas de éxito y, sin embargo, esa revolución —a mi modo de ver— encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no están comprometidos en el juego) una simpatía rayana en el entusiasmo, cuya manifestación lleva aparejado un riesgo, que no puede tener otra causa sino la de una disposición moral en el género humano

Esto lo escribió Kant arrebatado por el acontecimiento que supuso la Revolución Francesa. Igual han pensado muchas personas honradas en nuestro país de la Revolución de Octubre de 1917, la cubana de 1959, de la marcha sobre Roma de 1922, la noche de los cristales rotos de 1938 o de la Revolución Cultural de 1960, todo ellos actos que trajeron o ejercieron una enorme violencia para cambiar la situación política en un determinado país.

Este entusiasmo aparecía como más puro y justo a medida que aumentaba la distancia entre el observador y los acontecimientos. Entre otras cosas, porque la distancia amortigua los gritos de horror, el olor acre de los explosivos, la agonía de los heridos y el silencio de los muertos. De este modo, queda aislado el objeto abstracto para la reflexión política más o menos torpe.

Muchos políticos extranjeros y parte de la prensa internacional, incluida la nuestra cuando el acontecimiento ocurre en otro país, mira con curiosidad y con la emoción de un hecho deportivo cualquier horror, siempre que esté suficientemente lejano. Igual que Kant, que fue el primero en manifestarlo con la ingenuidad del primerizo y por eso lo perdonamos, ellos también acuden a certificar la llegada de la paz invitados por el lobo olvidando a todas las víctimas de su ferocidad. Por eso, el acto de ayer en Cambo-Les-Bains es tan anacrónico y actual; tan lamentable y natural al tiempo. Por una parte es la representación de ese espíritu abstracto que cree estar del lado justo que redobla su honestidad al “renunciar a la violencia voluntariamente” a pesar de la “justicia” de sus fines. Por otra, es la terrible constatación de que la distancia siempre permitirá negociar con la muerte, como hizo Kofi Annan con la matanza de los Tutsi.

El expresidente del Sinn Fein Gerry Adams, el exjefe de Gobierno irlandés Bertie Ahern y el ex asesor del primer ministro británico Toni Blair, Jonathan Powell, el fundador del Partido de la Revolución de México, Cuauhtemoc Cárdenas, y el exdirector del Fondo Monetario Internacional Michel Camdessus, a los que se suman Andoni Ortuzar del PNV, Arnaldo Otegi y la representante de Elkarrekin Podemos, Eukene Arana han sido ahora los muñecos que la historia ha puesto en escena para dotar de honorabilidad (sin conseguirlo) a la mutación de una banda de asesinos tóxicos en políticos en el exilio o en un injusto encarcelamiento. Se entiende, pues la ignominia y la infamia es dura, pero ese será el destino de ETA en la historia universal, por mucho que, como tantos movimientos irredentos, dominen el arte de tergiversar los hechos.

Si alguien cree que con el burdo acto de hoy en Cambo-les-Bains se acaba la historia que recuerden que, casi ochenta años después del final de nuestra Guerra Incivil, todavía estamos a vueltas con cosas que deberían haberse resuelto hace treinta. El relato se filtra en nuestra mente, nos intoxica (a cada uno el suyo) y no predispone a sentir nausea cuando escuchamos el relato de otro. Sólo hay una salida a este laberinto y es la paz. Sólo la paz marchita los relatos. La paz civil y la de los cementerios. La primera para obligar a aparcar la propia versión porque estorba a los afanes diarios y la paz de los cementerios que consigue que aquellos más recalcitrantes en violentar la civilidad simplemente desaparezcan pacífica pero ineluctablemente. Un sólo criterio debe prevalecer: no hacernos daño físico a cada uno, ni psíquico a los que sufrieron las pérdidas irreparables ofendiendo la memoria de los suyos. Y ahora ¡a trabajar por una España castellana, catalana, vasca, gallega y andaluza, extremeña, norteña y levantina, continental e isleña; blanca y mestiza, masculina y femenina; educada y civilizada; científica y atenta a los retos auténticos, aquello que configuran el único relato que debía interesarnos. Entre tanto, unos desocupados con dieta se hacen esta foto que parece el reencuentro de ex alumnos de un colegio de pago, tras años de feliz despiste por los foros internacionales sin acercarse donde está grabado a fuego el nombre de 867 personas de todas la edades asesinadas en nombre de una pesadilla.

Matando prejuicios

Esta mañana escuchaba un reportaje sobre el cuidado de personas concretas con carencias físicas o culturales. Se ponderaban los logros con emigrantes que, cuando provenían de países o etnias tradicionalmente enfrentados, alcanzaban en ese marco amigable algo parecido a la amistad. Cuando estaba creado el clima de bonhomía alguien dijo que había que acabar con el capitalismo que era la fuente de todos estos males. A esta alturas de la jugada social, tal parece que ese es un gruñido estéril. No tiene sentido mostrarse anti-sistema, sin un sistema alternativo con menos de 100 años de éxito en alguna parte. No tiene sentido quejarse del capitalismo y la economía de mercado cuando nunca en ninguna parte nadie ha conseguido producir e intercambiar con más eficacia que lo ha hecho este sistema. Tampoco nadie en ninguna parte ha practicado un economía humana en la que, por delante del interés y la persecución de la quimera de ser rico, privaran de forma generalizada los valores de solidaridad y generosidad. Mucho menos que, estos valores, formaran parte de la acción política del Estado a partir de una economía no capitalista. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar aún para que se entienda que el capitalismo es a los valores humanos como nuestro cuerpo a nuestra espíritu? (Que nadie vea dualismo cuerpo-alma en esto, sino dualismo biología-cultura). Es decir, el sistema económico capitalista es el cuerpo de nuestras más sutiles esperanza de una vida humana.
Pero, claro, cuando el cuerpo duele se acude a la corrección mediante diagnóstico y terapia. A veces incluso amputación. El Capitalismo es un cuerpo necesario porque siempre el ser humano ha acudido al mercado a intercambiar y siempre este intercambio ha producido acumulación en algunas manos. Además, cuando esta acumulación alcanza valores extraordinarios se intenta vivir de la especulación por dañina que ésta resulte. Pues bien, cuando esto ocurre la tarea del espíritu es corregir para que, sin prescindir de la turbina propulsora que es la capitalismo, conseguir los objetivos plenamente humanos que perseguimos la mayoría, que son los de libertad, justicia e igualdad simultáneamente. Pero ni la libertad puede ser entendida como pretexto para cometer injusticias, ni la justicia como pretexto para expropiar; la igualdad no puede ser entendida como el cementerio del mérito ni la libertad como el reino de la explotación.
Sabemos demasiado ya y lo sabemos dolorosamente, que para tener un mundo humano digno de ser vivido no cabe esperar una transformación de la naturaleza humana, sino que debe ser construido pacientemente mediante la cooperación de nuestra imperfecta, pero intocable salvo monstruosidad, naturaleza en lo que llamamos instituciones. Que son, siguiendo con el símil naturalista, como las moléculas que hace posible que haya tal variedad y bendición de sustancias, tejidos y organismos, incluido nuestro cerebro. Las instituciones deber ser cambiadas cuando no funcionan, pero mientras funcionan son sagradas y cualquier delincuente que se haya infiltrado en ellas debe ser expulsado con rapidez y ejemplaridad (desde el pedófilo en la iglesia al corrupto en el gobierno, pasando por el corruptor en la empresa). Entre esas instituciones están aquellas que regulan la actividad económica cuyos responsable deben pagar sus errores o malicias con el mismo nivel de sus sueldos. Al capitalismo no se le puede permitir que use a la sociedad, pero la sociedad no puede mutilar su propio cuerpo. El capitalismo es tan feo como nuestros sonidos abdominales y a nadie se le ocurre prescindir de ellos. Por eso debe ser transformado sin ser aniquilado. Hoy en día estamos en plena reacción a una fase de prosperidad generalizada en los países ricos que vivieron a espaldas de la miseria del resto del mundo, cuya mitigación no puede, en un movimiento pendular, llevar a una fase de precariedad generalizada. A la vista está que el crecimiento de la población y la generalización mundial, planetaria de la prosperidad implica un cambio cultural y de propósitos de gran escala. Lo que no hay que permitir es que sea la excusa para aumentar la lista de la revista Forbes.
El programa político no puede ser acabar con el capitalismo, por mucho que esto suene a reacción. Lo que, por otra parte, es un error conceptual, pues la reacción lo es a una acción previa y no se conoce ninguna acción articulada por el bien común en este momento.  El programa político debe ser, más allá de la socialdemocracia, un plan inteligente de conducción de la bestia económica hacia la civilidad social. Es necesario que se instruya para que el planeta entero tenga países capaces de sostenerse con su trabajo sin que otros interfieran malignamente en su prosperidad. Y es necesario que encontremos el modo de que el planeta sobreviva a nuestra irracional capacidad de destrucción sea cual sea el sistema económico. Lo que no implica renunciar a su completa transformación en un hogar habitable para los seres humanos con la ciencia como instrumento.  Los conceptos claves son, ley, educación, democracia y transparencia articulados en un Estado en permanente rendimiento de cuentas. Ninguno de estos valores implica adoctrinamiento. De la dialéctica entre ellos debe resultar el perfeccionamiento de las instituciones. El resto es el coraje, la fuerza de perseguirlos sin dejarse corromper y sin dejar que la sociedad se criminalice abortando cualquier síntoma por débil que parezca. En este programa ¿dónde está la izquierda o la derecha?, pues en su aplicación o en su rechazo. Ni más prejuicios históricos para salvar al mundo destruyéndolo, ni más elogios de la libertad secuestrándola. Obviamente la “naturalidad” de la economía de mercado para la producción y distribución de riqueza queda supeditada al efecto que la robotización producirá sobre la estructura económica en el futuro. Efectos aún no bien vislumbrados, aunque, sin duda serán importantes, pues pueden conducir a un crecimiento exponencial de los servicios mutuos entre ciudadanos, una vez reducida drásticamente la participación en la producción de bienes esenciales de la mayoría de la población. Igualmente habrá cambios en lo relativo a la alternancia en la propiedad de los sistemas automáticos principales y su contribución a la riqueza común.
Hasta aquí la parte común del programa. La parte diversificada es el complemento imprescindible de la libertad de fabulación y su expresión abierta. La mayoría de nuestros problemas actuales provienen o de la debilidad de la instituciones y su cambio a mejor o de la pretensión de tener una única concepción del mundo, cuando una y otra vez observamos que se es plenamente humano, tanto creyendo en un Dios provisor, como creyendo que el mundo es un enigma tan interesante que no tiene solución.

En red(os) sociales

Estos días está sobre la mesa el peligro de las redes sociales debido a la denuncia del uso maligno y ventajista que se hizo en las campañas de USA y el BREXIT de los datos de 90 millones de usurarios de Facebook. La preocupación estriba en que se ha acabado el misterio del desconocimiento de las tendencias políticas porque se sabe todo sobre la posición de cada ciudadano y porque “nuestra intimidad” es venteada.

La esclavitud en Norteamérica se acabó cuando se necesitaron obreros para la industria, sin la obligación de mantenerlos alojados. El ejército del Norte representaba los intereses de los estados industriales (estamos en los años sesenta del siglo XIX). Los estados del Sur era agrícolas y necesitaban mano de obra gratuita para sus enormes plantaciones. Es curioso como las necesidades materiales y, sobre todo, los beneficios que proporcionan a los que han llegado de una forma u otra a tener sus resortes en las manos, quedan asociados a costumbres, cultura y emociones hasta el punto de poder engañar a millones para que mueran por unos pocos. Sólo basta con ofender.

Por otra parte, la democracia llegó cuando no fue necesario controlar a los ciudadanos desde fuera. Es decir, cuando ellos se controlaban a sí mismos mediante mecanismos poderosos, como la conciencia civil del que comparte los beneficios de la actividad social. La democracia llegó gradualmente: primero, a los propietarios, luego, a los trabajadores y, finalmente, a las mujeres. Todo entrelazado con la defensa de valores que van desde la primacía del varón libre frente al esclavo; del varón libre y asalariado, frente al siervo; de la mujer libre frente al patriarcado. Primero es la posibilidad material, luego los valores que crecen como la hiedra en sus vacíos y, finalmente, la defensa del status quo en base, no a la necesidad, sino a “lo que nos hace especiales”.

Los sindicatos se permitieron cuando se necesitó a los obreros como consumidores. El agotamiento de una economía basada en la exportación, que tiene sus clientes en otros países, hizo necesario pasar de una clase obrera depauperada a una clase obrera consumidora en el mercado interno.  Algo parecido a lo que ocurre hoy en día, que la industria del turismo, que es una forma de exportación, permite volver a dejar a amplias capas de la población con baja capacidad de consumo, porque no es necesario. A esto se añade que la industria del low-cost ha venido a propiciar una cierta paz social que se hará efectiva cuando la población afectada compruebe que su bajos sueldos dan, por lo menos, para una ficción de goce material. Aunque, entre tanto, lo que sufrirá será la democracia, pues en la transición, habrá la sensación de despojo y, por tanto, de lanzamiento injusto a los márgenes sociales. Por eso, la mayoría de los conflictos se dan cuando hay una dislocación entre la “participación en beneficios” y las promesas aún vigentes en los discursos.

Si los grandes cambios se dan cuando las condiciones materiales lo exigen y la tecnología lo hace posible, ¿por qué escandalizarse de que llegue la gobernanza a la carta debido a la mirada concupiscente de los partidos políticos a las redes sociales? Dicho en positivo, la renuncia a la intimidad tiene como premio el control de la oferta política. Es la paradójica oportunidad del poder popular. La tecnología de la llamada economía cooperativa ha traído la optimización de los recursos ociosos (dos coches, dos casas, dos plazas de garaje, viajes en solitario en vehículos de cinco plazas…)y las redes sociales han traído la creación de inmensas bases de datos con la ideologías, los sentimientos y los deseos de cientos de millones de personas. Un tesoro en tiempos de consumo masivo que tiene la virtud de orientar la producción casi más que la moda artificialmente impuesta. Aunque ambos mecanismos se complementan pues la moda ofrece al consumidor las alternativas, y las redes sociales señala las preferencias, desde las más abyectas a las más “elevadoas”. Hay para todos.

Si esto ocurre con el consumo de productos materiales, ¿que ocurrirá con el consumo de opciones políticas? Pues algo malo y bueno, como siempre. Lo malo es que la información es utilizada por sus poseedores para sesgar las campañas electorales y ofrecer la satisfacción de nuestros más poderosas y peligrosas tendencias sociales, que, muy a menudo están relacionadas, paradójicamente, con la pureza (el racismo) y la protección (la xenofobia). Lo bueno es que también hay en esta acumulación de información una extraordinaria arma de poder para el ciudadano. Para ello es necesario, no que esta información sea protegida (no es posible), sino puesta a disposición de todas las instituciones con aspiración de poder, de modo que, compitan en igualdad de condiciones por satisfacer nuestros deseos. Ahora ya “sólo falta que tengamos buenos deseos“. Sería el anti-Matrix, pues en vez de que el gobernante mítico nos imponga un vida desde un algoritmo, es nuestra vida la que se impone al gobernante que mejor nos interprete. En vez de una distopía basada en el mito de la caverna de Platón, estaríamos ante la capacidad de disfrutar el ciclo de la vida procurando que no sea controlado desde arriba, ni desde un software, sino desde las necesidades sociales. Si, como consecuencia se vota a los que encarcelan voluntarios que salvan vidas en el Mediterráneo, tendremos lo que nos merecemos. De modo que como Groucho gritemos: ¡Timber, timber! (¡traed madera!) o, en la versión castiza: ¡más redes sociales!.

Hechos y derechos

Cuando pintan bastos, aquellos a los que les va bien las cosas hablan de hechos y a los que les va mal hablan de derechos. Un hecho es una circunstancia que se está dando en el mismo momento en que se habla de ello y tiene la fuerza de lo ineludible. Por ejemplo, que el Sistema de Pensiones es deficitario. Un derecho es la facultad de exigir aquello que corresponde por estar legítimamente pactado. Un ejemplo de derecho es cobrar la pensión que ha sido financiada por el trabajo propio durante toda la vida. ¿Cómo conciliar hechos y derechos cuando los primeros contradicen a los segundos? con PREVISIÓN. ¿Cómo es posible que se haya dejado degradar el círculo virtuoso que empieza en la natalidad y la inmigración, sigue con un sistema productivo que dé trabajo a la propia población, continua con las cotizaciones correspondientes y acaba con el cobro sin sobresalto de las pensiones y la prestación de los servicios públicos básicos?. Es decir, ¿Por qué no tenemos noticias de una política de igualdad de la mujer que haga atractivo tener hijos antes de los treinta años? ¿Por qué recibimos continuamente malas noticias acerca de las inversiones en investigación, que es la única salida para ser un país rentable para sí mismo y con productos atractivos para el resto del mundo? ¿Por qué se dicen tonterías como que lo jóvenes ahorren para pagarse un plan de pensiones privado con sueldos de supervivencia? ¿Por qué se siguen arrastrando lo pies para una reforma fiscal acorde con la situación financiera del país, que tiene el mayor déficit europeo y una deuda en torno a la producción de un año entero? ¿Por qué se mira con indolencia la degradación de la clase media que soporta el 85 % de los impuestos directos?

Es decir, la PASIVIDAD de los políticos de hoy son los HECHOS de mañana que llevarán a la violación de los derechos adquiridos hoy. Hechos que serán mucho más graves y, quizá por ello, se alienta su empeoramiento para poder decir: “señores y señoras, ¡esto es lo que hay!” A cualquiera que argumente con hechos hay que preguntarle dónde estaba cuando se gestaron las condiciones que los crearon y, desde luego, si estaba en su origen, inhabilitarlo para buscar la solución.

Hace treinta años, en una comida protocolaria con un célebre amigo, compañero de conferencias técnicas y un concejal del ayuntamiento de la ciudad anfitriona, salió el tema de los cambios de chaqueta política cuando estaban caliente la transición. Yo dije que un político franquista, sincero enemigo de la democracia, no debía deslizarse astutamente para aparecer como miembro de un partido demócrata. El concejal, que por su reacción debía entrar de lleno en la categoría, dio imprudentemente un puñetazo en la mesa, diciendo: ¿Entonces qué? ¿ME tengo que ir a mi casa? y yo le dije, llevándome el café a los labios: SÍ.

Las élites económicas y políticas sólo tiene derecho a una parte extra de la tarta productiva, resultado del trabajo de todos, si se dedican con diligencia a la tarea de cuidar del conjunto de los intereses nacionales. Si no, no hay pacto y se exigirá austeridad para todos. No vale querer estar en la cumbre sólo para esperar a que llegue el viernes y disfrutar del sobresueldo que corresponde a verdaderos responsables. Si no lo son, si han contribuido con su desgana o incompetencia a crear los hechos que hoy nos amargan, deben, como el concejal franquista, tanto si son políticos como altos dirigentes de la cosa pública, Irse a casa.

Igualdad, natalidad, inmigración, paro, fiscalidad, pensiones, educación, modelo productivo, conflictos…

El título oarece una macedonia de conceptos económicos y sociales sin relación entre sí (en la octava acepción del diccionario, macedonia es una ensalada de frutas). Pero sí, si tienen relación entre ellos. La manifestación de las mujeres el pasado día 8 ha traído la última pieza al puzzle de nuestras preocupaciones. Veamos:

  1. La igualdad de hombres y mujeres facilita la natalidad
  2. La inmigración trae a jóvenes de otros países
  3. La natalidad facilita la aportación de jóvenes a largo plazo al mercado de trabajo
  4. La inmigración facilita la aportación de jóvenes a corto plazo al mercado de trabajo
  5. Los jóvenes trabajando mejoran el crecimiento general y la recaudación de la fiscalidad
  6. La mejora de la fiscalidad sostiene las pensiones y los servicios públicos

Sin embargo, este optimista proceso se derrumba:

  1. Si la distribución del crecimiento disminuye la igualdad
  2. Si el sistema productivo se basa exclusivamente en servicios sin valor añadido

Una situación que llevará al resto de males:

  1. No educar a los jóvenes en tecnologías con futuro
  2. No educar a los jóvenes en disciplinas que aumente la cohesión de la sociedad
  3. No incorporar a los jóvenes al trabajo enviándolos al paro y el desaliento, mientras irracionalmente prolongamos la vida laboral de los mayores.
  4. Con los jóvenes en el paro las pensiones y los servicios públicos colapsan y
  5. El conjunto de la sociedad se altera comenzando los conflictos

¿Es esta secuencia correcta? Si lo es, ¿Por qué andan tan despistados los políticos?, ¿Por qué no proponen un plan constructivo e integrado a medio y largo plazo?. Un plan que requiere la participación de todos, ricos, pobres y aquellos que están en camino de ser pobres. El plan ha de tener dos columnas:

  1. Claridad y publicidad de las cuentas del Estado en forma de balance, así como los presupuestos y su liquidación
  2. Calidad y publicidad de la distribución de la renta del trabajo y el capital

Con la primera condición sabríamos el verdadero Estado de la Nación (ruina, saneamiento o riqueza) y con la segunda podríamos hace cooperar a todos en los planes generales, en vez de que cada grupo de interés tire de la manta para su rincón hasta rasgarla.

Soy consciente que los políticos trabajan a corto plazo y que, por tanto, están inhabilitados para planificar mirando al horizonte. Pero quizá cada uno de nosotros con la papeleta en la mano para votar y con nuestras voces para manifestarnos entre elecciones podamos enviarles un mensaje claro. Porque, el hecho es que, en estos momentos, después de haber rescatado a bancos y grandes empresas constructoras en cada una de las inversiones en infraestructuras (plataformas marinas, autopistas) que se han llevado a cabo con mentalidad megalómana, nadie está por rescatar a la gente.

Rescatar a la gente no quiere decir poner a sueldo desde el Estado a 40 millones de adultos, sino sanear el país económicamente y repartir lo que haya con justicia. ¿Puede este país funcionar sin sus empresarios?, no. Pero ¿Puede este país funcionar sin su gente?, tampoco. Entonces ¿por qué se da la malsana tendencia de los políticos a estar más del lado de unos que de otros?. Pues, probablemente, porque, en positivo, piensan que es su iniciativa la que pone en marcha negocios prósperos y, en negativo, esperan que los acojan en su jubilación del servicio público. Pero una comunidad del tamaño de la nuestra no puede funcionar si no se generaliza un estado mental de confianza en que todos cooperamos en el esfuerzo común. Esa sensación no se da si no se conocen las cifras de cómo se reparte tal esfuerzo. Porque esto aumenta la sospecha de que el reparto no es justo. Pero si, a eso, se añade que no se trabaja para que tengamos un sistema productivo basado en el conocimiento, que haga atractivos nuestros productos para el resto de mundo, sino que seguimos instalados en explotar solamente lo que la naturaleza nos ha dado (suelo y hospitalidad), nos quedaremos descolgados de un mundo que es, cada vez, más artificial. Si a esto añadimos que, de los dones de la naturaleza, sólo explotamos los aspectos más primitivos (agricultura y turismo) y dejamos de lado aquellos que, debidamente conocidos y transformados, representan la base de un desarrollo futuro, como es el aprovechamiento de generoso soleamiento de nuestra tierra para obtener energía, tenemos que concluir que estamos en manos incompetentes.

Propuesta tópica

Cualquier partido que quiera prosperar puede optar por dos líneas de acción:

  1. Exaltar las emociones del nacionalismo o del resentimiento, o
  2. Fijar metas productivas modernas y hacernos cómplices a todos de su logro y socios de su disfrute

En el primer caso, ya se sabe, voces fatuas que llevarán a gritos dolorosos. En el segundo un país socialmente comprometido en el trabajo y el disfrute de sus resultados. La elección es de ellos, pero también nuestra. El plan es sencillo:

  1. Cambiar la forma de la “pirámide” de población aumentando la natalidad a largo plazo y aceptando a jóvenes de otros países a corto.
  2. Cambiar el modelo productivo, pues qué sentido tiene aumentar la formación sofisticada y cara de jóvenes mientras se prolonga la edad laboral de los mayores, si no hay trabajo para todos.
  3. Repartir la riqueza y la pobreza.
  4. Mantener la fortaleza del Estado moderno. Sin Estado la divisa es el ¡sálvese quien pueda! y el conflicto social.

Para rematar, la deuda

Vivimos en unos tiempos en los que las deudas de los países parecen preocupar más que en otras épocas. Lo cierto es que un país no debe endeudarse para gastar, sino, en todo caso, para invertir. La población debemos tener una cierta capacidad de consumo en una escala que, en el nivel más bajo, garantice dignidad, salud, educación y pensión y, en el nivel más alto se evite la grosería del lujo. De este modo, se activa el premio al esfuerzo, pero no se impulsa la frivolidad. Ese reparto tiene que ser proporcional a los frutos del esfuerzo colectivo, sin dejarse tentar por el consumo financiado por dinero ajeno, pues, como puso de manifiesto la primera década del siglo XXI, es un camino que lleva a dos décadas de decadencia y a proporcionar un pretexto para el expolio. Una década en la que el dinero ajeno, en vez de emplearse en inversiones cuyos frutos estaríamos disfrutando ahora, se empleó en construir casas en la costa y en los lugares más inverosímiles siempre que fueran asociadas a un campo de golf.

La deuda hay que pagarla, si no estamos lastrados y le dejamos la púa a nuestros hijos. Por tanto, ni un euro de deuda pública para ostentación de políticos, pero es necesario un cambio radical en la fiscalidad tan ineficiente que tenemos y una mejor distribución del dinero público recaudado. No digamos en dureza con la corrupción. ¡Qué espectáculo fúnebre el de los políticos protegiendo hasta el último auto judicial a los suyos!.

Final

Nuestro país sufre una curiosa paradoja: los pobres son partidarios de la oferta y la demanda cuando les va bien (véase con qué naturalidad aceptan los sueldos de sus futbolistas) y los ricos no son partidarios de la oferta y la demanda, sino de las subvenciones, cuando les va mal (véase su alegría con los rescates con dinero público de empresas privadas). Por eso hay pobres que votan a la derecha y ricos que también. Por eso, el apoyo a la derecha tiene una estabilidad de la que carecen los partidos de la izquierda, que sufren altibajos notables. A nosotros nos da igual siempre que el partido o la coalición gobernante trabaje convencidos para que:

  1. El sistema productivos esté basado en el conocimiento
  2. La fiscalidad sea progresivamente enérgica
  3. Haya total transparencia y publicidad en el balance, los ingresos y gastos públicos (que lo sepan los partidos no es suficiente, pues se guardan la información para sus intrigas)
  4. La red de seguridad incluya sanidad, educación y pensiones convincentemente

Si los partidos políticos, sobre todo el del gobierno de turno, dijeran la verdad, probablemente se evitaría mucha de las protesta sociales que ha generado su opacidad, fintas oportunistas y falta de proyecto social basado en la información y el reparto del sufrimiento o el goce.

 

 

La mujer

Mañana día 8 de marzo de 2018 se ha convocado una huelga universal de mujeres en la lucha de trescientos años por librarse del dominio del machismo. Se trata de registrar públicamente los avances y de denunciar los restos de abusos que aún permanecen, incluso en las sociedades más avanzadas. Hay dos ritmos en la dinámica feminista. Uno tiene que ver con los aspectos formales, las razones ineludibles que se plasman en leyes y, el otro, tiene que ver con los hechos diarios que obstaculizan seriamente estos progresos. Hechos que van desde las diferencias de ingresos a las muertes por razones de género, desde la presión sexista continua que el varón ejerce sobre la mujer por falta de control de sus pulsiones hasta la todavía existente tolerancia social que simpatiza con comportamientos absolutamente rechazables. El caso es que, entre la violencia y la seducción como ceremonia de acercamiento voluntario entre sexos, hay un trecho que no se ha terminado aún de recorrer.

Todavía hay quien no entiende la diferencia entre sexo y género. Obviamente éste último es el más desconocido por su carácter de nombre de unos rasgos atribuidos a las mujeres, que se han mantenido tanto tiempo, que es muy difícil erradicar la idea de que son naturales y no artificialmente impuestos. Un repaso superficial nos hablaría de la mujer en casa, cuidando a los niños y a los viejos, sometida a la fuerza e inteligencia del hombre por su menor conocimiento y decisión para ocuparse de tareas de dirección o resolución de problemas técnicos.  Prejuicios que llegan al extremo de que, cuándo de obligaciones profesionales se trata y estas obligaciones tienen alguna semejanza con las tareas del hogar, deben ocuparse de ellas las mujeres, como es el caso de hacer habitaciones en hoteles, por ejemplo, o, como ocurre con el cuidado de ancianos. Todos ellos roles y atributos artificiales del llamado género femenino. Se trataría, pues, de un papel atribuido, probablemente con justificación, en tiempos primitivos, pero absolutamente insostenibles desde hace ya algún siglo. Papeles que pueden ser derogados por su condición de convencionales. Y nunca, como hoy, se han dado las circunstancias para su eliminación consiguiendo la plena igualdad a la hora de proyectar la propia vida. Así será posible que una pareja decidan colaborar en los aspectos duros y en los felices de una vida en común, si es el caso. Pero, también, que no haya diferencias en los roles profesionales que no estén fundadas en las competencia individual. Si hay ginecólogos, ¿Por qué no va a haber enfermeros que se ocupen del cuidado de personas ancianas, aunque sean de sexo femenino?.

Mary Astell (1688-1731) fue una feminista pionera, si descartamos en Hipatia (350-415) un “feminismo” ejerciente en tiempos realmente negros para la mujer. Unos tiempos en los que la alianza negra entre religión y machismo resultaba cruel y homicida. Todavía ayer tuvimos que escuchar de boca de otro obispo “Cirilo”, admoniciones que relacionan la huelga universal de mujeres de mañana con el diablo.

Mary Astell publicó en 1696 un libro con el título de Seria propuesta a las mujeres para el avance de su verdad y mayor interés. Libro publicado anónimamente como correspondía al papel que se le asignaba a la mujer en esa época. También lo hacía Jane Austen. Astell decía:

“Si la soberanía absoluta no es necesaria en un Estado, ¿Cómo va a serlo en una familia? O, si lo es en una familia ¿por qué no en un Estado? Pues no se puede alegar razón alguna para lo uno que no rija con mayor fuerza para lo otro. Si todos los hombres nacen libres, ¿Cómo es que todas las mujeres nacen esclavas?”

Los varones dejaron de ser esclavizados en España en 1837 y, en la colonias, aún hasta final de siglo XIX se practicó por presiones de latifundistas de Cuba y Puerto Rico que amenazaron con unirse a los Estado Unidos. La iniciativa de la abolición era de aquellos países donde la revolución industrial hacia necesaria mano de obra que no  tuviera que depender del propietario de la industria. Este ejemplo de la importancia de la tecnología en la liberación de los hombres es un anticipo de su carácter fundamental para la liberación de la mujer en sus posiciones subalternas. Pero, una vez que se dan las condiciones materiales, aún queda un obstáculo mayor: los prejuicios machistas. Prejuicios que todavía están activos de forma ignorante en muchos hombres y de forma estupefaciente en demasiadas mujeres. Estos días vemos las excusas que se dan para desacreditar a la huelga aludida, por parte de hombres ofendidos por el protagonismo femenino y mujeres influyentes en la política o las artes que afirman sus posturas con sorprendentes argumentos falaces y con un fuerte aroma a pretextos para mantener sus posiciones de privilegio personal.

El ser humano tiene la tendencia a establecer su posición en base a sus emociones, para luego buscar con ansiedad argumentos que le den prestigio en ámbitos fundamentalmente de la ciencia, para que ésta le preste su reputación. Qué mejor defensa ante un reproche de mantener privilegios que poder “demostrar” que éstos tiene fundamento en la “inmutable” naturaleza humana. En este sentido se buscan diferencias en el cerebro o en los instintos con la esperanza de que se den y, así, basar, en esas diferencias naturales, la diferencias sociales. Es un caso claro de falacia “naturalista”, pues, aún si se dieran esas diferencias, y todo apunta a que es así, serían diferencias genéricas en la distribución de las capacidades que no evitaría que millones de mujeres, como es evidente, resulten ser más inteligentes y capaces en abordar los problemas de la sociedad actual que millones de hombres, supuestamente “superiores” por el mero hecho de serlo. Si hay incompatibilidad entre la condición de maternidad y el trabajo, habrá que cambiar el trabajo, porque no se puede considerar decisiva la natalidad y relegar a las mujeres en edad de procrear. Si hay diferencias en las capacidades de hombres y mujeres en habilidades concretas no puede seguir la preponderancia de los hombres en todo tipo de trabajo. Por el contrario, si hay diferencia en las preferencias, aunque no tuvieran fundamento psicológico, no se deberán imponer cuotas artificialmente. No hay incompatibilidad entre lo que persigue el feminismo y el hecho de que nuestra respectiva naturaleza tenga diferencias, porque, no deben tener influencia en el reparto de papeles sociales. Sin embargo, estas diferencias sí tienen relevancia donde importa: que es la preservación de la especie como consecuencia de la atracción mutua, que hace posible lo que el ser humano entiende por felicidad. Una atracción que hoy sabemos que también se da entre personas del mismo sexo completando el panorama de separación entre la naturaleza como excusa y la elección de formas de vida humana satisfactorias.

Si hay diferencias en la psicología o las posturas morales de las mujeres respecto de los hombres o no, es una cuestión difusa, que hoy sólo se basa en nuestra percepción de comportamientos e intereses que pueden caer en una petición de principio. En efecto, si en las salidas de parejas las mujeres se reúnen por una parte a hablar de frivolidades supuestamente femeninas y los hombres, por su parte, se reúnen (en una misma sala) para hablar de frivolidades supuestamente masculinas, pronto veremos como eso va desapareciendo a medida que las profesiones y el ocio estén al alcance de cualquiera de los sexos. La ciencia nos dirá qué aspectos de nuestra naturaleza difieren estadísticamente, pero nuestro fino olfato de sociólogos aficionados, nos dice que eso ni debe, ni puede, ni, de hecho influirá sobre la igualdad de oportunidad y resultados entre unas y otros.

La ciencia nos dirá quizá cosas sorprendentes en el futuro, pero ninguna servirá para convencernos que las mujeres no pueden contribuir en plano de igualdad con los hombres en todas las tareas sociales y que las tareas que tradicionalmente han llevado a cabo las mujeres no puedan ser ejecutadas por hombres. Tareas que si son consecuencia de una vida en común elegida voluntariamente, serán repartida con naturalidad entre ambos componentes de la pareja. Esta nueva situación tampoco podrá fundar una depresión generalizada de los varones por haber perdido supuestamente el dominio sobre la mujer, pues dependerá de las complejas relaciones que hayan establecido que, aunque partan desde posiciones genéricas de igualdad, pueden derivar legítimamente en situaciones particulares de dominio de uno u otro por la propia libertad de ambos. E, incluso, sin que se de una situación de dominio, sino de perfecta colaboración, no es descartable que una mujer elija la crianza plena de los hijos, como no lo es que lo haga un hombre. Cabe esperar que la aceptación social no tenga un movimiento pendular y la mujeres que prefieran el rol tradicional les esté prohibido o las mujeres que no tengan interés por determinadas profesiones no les quede más remedio que ejercerlas.

El dominio en el hogar no puede ser una espita para que el hombre alivie la presión del sometimiento en el trabajo. Millones de hombres soportan la insolencia de sus jefes y, sin embargo, ejercen un ridículo orgullo de amos en sus hogares. Un viejo chiste relata que un hombre llega a su casa desnudo, la mujer sorprendida le preguntan qué ha pasado y éste responde que ha sido atracado en la misma puerta a punta de navaja. Cuando advierte que aún lleva la boina, el marido dice orgulloso: “¡bueno soy yo, para que me quiten la boina!”. Esa boina es todavía el dominio doméstico cuando se está desnudo de dignidad por el trato recibido y aceptado en ambientes profesionales. No hay gran diferencia entre la reivindicación de las mujeres en este sentido con la que todos llevamos a cabo, en su momento, para conseguir la igualdad ante la ley de amos y siervos.

Termino con una obviedad: todos hemos tenido madre y la mayoría tenemos hermanas, amigas, esposa, hijas o nietas. En esa experiencia hemos sido testigos de la injusticia de la diferencia impuesta en la mayoría de los casos por las fuerzas sociales externas que crearon las condiciones de trabajo que obligaban a este reparto de papeles. Pero esta situación no puede prolongarse y hay que promover el cambio social y laboral que convierta cualquier pretensión de mantenimiento de la situación, en un determinado hogar, en una anomalía antropológica. Los hombres tenemos que llevar nuestra admiración, amistad y amor por la mujeres, más allá del plano teórico o de mero disfrute, para compartir con ellas toda la complejidad de la vida. No digamos a respetarlas psicológicamente y físicamente cuando los más rancios y peligrosos impulsos de los varones explotan en violencia contra las mujeres. Impulsos homicidas que, tengan origen en el mero ejercicio del poder, o en una explosión de orgullo herido por la rebeldía de su compañera, no pueden ser considerados menos que un crimen de lesa humanidad. Pero junto a estos casos extremos, son igualmente inaceptables comportamientos de bajo nivel, como el acoso continuado, que hace de la vida conyugal o laboral un infierno, del mismo tipo que lo puede ser para un niño sufrir los abusos en el colegio. Es muy interesante vivir una época en la que se desvelan sufrimientos que pesadas capas de convenciones habían contribuido a que parecieran costumbres honorables. Como dejó dicho Mahatma Gandhi:

“Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.” 

PD.- Las mujeres de la foto son de izquierda a derecha, la feminista pionera Mary Astell, la filósofa María Zambrano y la actriz Frances McDormand.

 

 

La verdad del low-cost

Low Cost es la expresión inglesa utilizada para traducir el complejo concepto español de “barato”. Tan complejo, por lo visto, que hemos renunciado a él y nos hemos rendido al inglés, ¡qué vamos a hacer!. Es lógico, pues en nuestro idioma sabemos perfectamente qué significa “barato” y hasta qué punto está relacionado con pobreza, esa odiosa condición. Como no nos gusta la pobreza aceptamos aliviados el eufemismo inglés. Por cierto que una vez en un mostrador había un folleto que anunciaba un low-cost de depilación en estos términos: “depilación de axilas e inglés… tantos euros”. Me sorprendió en principio, pero me pareció barato que mientras te depilaban las axilas te dieran clases de inglés. Lo comenté con la dependienta que me tomó por loco y tenía razón, porque donde yo había visto “inglés” ponía “ingles”. Total una barata tilde imaginaria cambiaba completamente el sentido de la frase y ponía, otra vez, el mundo sobre su axilas, digo, sobre sus pies.

Ayer leía en un artículo de El País El precio de comprar a golpe de clic en el que se resumían las ventajas de la nueva economía de plataformas, en forma de servicios nuevos, rápidos y baratos y las desventajas en forma de empleo precario. En el artículo no se habla del origen de esta economía de precios baratos y sueldos, igualmente baratos. Por eso, voy a comentar algunos aspectos de esta forma de comercio que se ha convertido ya en “la forma de comercio“. Todo es barato, incluso la política, donde ya sólo hay profesionales baratos aunque cobren mucho. Esa forma de comercio ha surgido por la inteligencia codiciosa que ha sabido crear un nuevo mercado donde pescar para aumentar la riqueza de los astutos. Es una revolución semejante a cuando se descubrió el mercado interno como complemento de un saturado mercado exterior. En aquel momento, lo que se hizo fue producir para los compatriotas en vez de tenerlos trabajando en precario para producir mercancias para la exportación. Después, la fórmula fue extraer dinero de los incautos bancos que compraban misteriosos paquetes de activos como pardillos, con el consiguiente costo para los estados. Ahora, la fórmula es prácticamente definitiva y agotará la fuente de millonarios, pues no va a dejar nada por explotar, hasta que haya una nueva revolución tecnológica. El Low-Cost es la nueva máquina de hacer millonarios a un ritmo aproximado de 1 por cada 500 pobres (antiguos y nuevos).  Ahora el invento ha consistido en sustituir la fabricación de productos para clases medias por productos para todos menos para ricos, que tienen sus propios canales hacia los productos de lujo.

Este giro sólo era posible gracias a dos hechos: 1) tecnología que lo hiciera posible y 2) precarización general de las clases medias que estrechaba el intervalo entre rentas bajas y medias bajando el límite superior. Este fenómeno fue visto por avispados gestores de medios de transporte y de fabricantes de ropa, fundamentalmente, aunque, ahora, se ha generalizado a todo tipo servicios, pues el cliente potencial está en precario igualmente. La tecnología del plástico, fundamentalmente, ha proporcionado la base material para la producción masiva de sucedáneos de los productos basados en la piel, la madera o el metal. Además la tecnología digital en Internet ha abierto la puerta a la posibilidad de la prestación de servicios nuevos y la optimización de los recursos varados por acumulación de sus propietarios. No hay más que ver en la calle como el abrigo o la chaqueta de piel ha sido sustituido por otro de fibras plásticas con muy bajo coeficiente de conductividad o cómo de fácil es desprenderse de un útil inútil para el vendedor o se puede convertir una plaza de garaje en el centro de la ciudad4 en un parking público para un único usuario a la vez. También se ha sumado la hostelería ofreciendo cobijo precario en cualquier cuartucho gracias a ese mostrador de recepción en que se han convertido algunas plataformas digitales.Y qué decir del transporte, que mueve masas atónitas de un lado a otro por unos pocos euros, para destrozar, con su desenfadada forma de vivir durante unos días, el modo en que las familias que no son propietarios de sus casas sobreviven. La burbuja del alquiler turístico es un caso escandaloso de destrucción de la convivencia en los centros de las ciudades para convertirlos en casamatas de bajo precio individual y alto beneficio empresarial. Es un mundo que se parece a las loterías y las apuestas, que son un negocio financiado por pobres, que los sigue dejando pobres menos a uno, que sale disparado hacia el grupo de los nuevos millonarios.

La teoría neoliberal, por su parte, con su tramposa propuesta de libertad de empresa (legítima) unida a libertad de toxicidad financiera globalizada (ilegítima), ha completado el panorama al generar los mecanismos para arruinar países enteros mediante la tripleta préstamo para comprar la mercancia del prestamista, incremento de la deuda con los intereses y, finalmente disposición impuesta de las políticas del país endeudado. Así, se ha trasladando la producción y los capitales con gran rapidez de una zonas del globo a otras. Es decir, podemos producir barato y en abundancia porque el material es barato, pero se necesita que la mano de obra también lo sea y, así lo uno lleva a lo otro. Se empezó ofreciendo lo barato producido en zonas del mundo vulnerables y, a continuación, con el pretexto de que no se puede competir con esos precios, se ha bajado los ingresos a todo el planeta. De esta forma se restablece el equilibrio pero el nivel estándar está más abajo.

En resumen se ha reorganizado la producción y el consumo llevándolo de un mercado de productos de calidad tangible que se había saturado por haber encontrado el límite de su clientela en las clases medias mundiales, a un mercado de productos de calidad inferior para un mercado en expansión que es el de los consumidores precarios. Naturalmente, en este proceso, el valor absoluto de la “comisión” cobrada por los astutos visionarios de las posibilidades de la tecnología ha aumentado respecto a lo que extraían del anterior formato para clases medias. En definitiva hemos pasado de un mercado dirigido a la clase media a un mercado dirigido a una nueva clases baja a la que se han incorporado las antiguas clases medias, reduciéndose la desigualdad local, al desaparecer la capa social intermedia. Igualdad cínica que no oculta en crecimiento exorbitado de la desigualdad respeto de las clases altas.

Pero, el efecto más dañino es que, al empobrecerse las clases medias, que se hacían cargo de la mayoría de los impuestos, la factura de los servicios públicos tendría que gravitar sobre las clases altas, a lo que, obviamente, no están dispuestas, con lo que se dan las circunstancias para desmontar el estado del bienestar, que “no se puede pagar” y ya sabemos por qué. Todos los días escuchamos que toda propuesta política tiene que venir acompañada de su memoria económica o que se bloquean iniciativas parlamentarias porque no hay dinero para su materialización . Una petición muy razonable a priori, pero que, ahora, sabemos que es consecuencia de una estrategia del nuevo capitalismo de lo barato que crea más pobres, pero enriquece a sus élites. Estamos en un estado de cosas tal que, cuando alguien acierta en una idea con materialización económica, salta directamente a la clase alta sin pasar por la media, como en las apuestas, por la globalización de su mercado potencial. Por eso, aumenta el número de millonarios (16 millones el año 2016), mientras disminuye el de familias de clases media.

En este trajín se ha democratizado la pobreza de nivel “medio”, pues el comercio global barato ha llevado a sacar a parte de la población mundial de la pobreza de nivel “nulo” y al tiempo se ha aumentado la riqueza de nivel máximo. El origen está en que el PIB mundial crece a menos velocidad que la población. De modo que se ha considerado más interesante empobrecer a las clases medias de los países avanzados para extraer ls riqueza extra respecto de pobres. Lo que se ha llevado a cabo en tres fases, dos de las cuales ya conocemos (producción barata allí y, a continuación, producción barata aquí), a lo que se añade, finalmente, la privatización de los grandes servicios públicos de salud, educación y pensiones, para poder empobrecer a los profesionales, único modo de poder ofrecer estos servicios a la nuevas estructura precaria de la mayoría de la población. De este modo se obtiene un doble beneficio para consolidar la situación: se eliminan los impuestos para ofrecer estos servicios y se abre la veda para la sanidad, educación y jubilación gestionada por empresas privadas. Todo este proceso se ha activado cuando se estuvo en condiciones tecnológicas de llevarlo a cabo.

Esta es la verdad del comercio barato, conocido por su alias “low-cost”. Un sistema que ha venido para quedarse hasta que, al menos, el conocimiento materializado en tecnología consiga, sin destruir el planeta, aumentar el PIB mundial para que los ricos pueda estar saciados (si esto es posible) y concedan que el resto de la población tenga vidas dignas. Porque si no, la creciente población mundial combinada con los placeres del lujo moderno, llevará a una desbandada de ricos hacia el Nuevo Arca del próximo diluvio. Un diluvio metafórico que nos inundará, no con agua, sino con desperdicios y pobres. Un Arca en el que seguramente el nuevo Noé meterá, junto a parejas de animales, una pareja de pobres para que las generaciones futuras sepan como eran. Entre tanto, todos seguiremos el señuelo de lo barato, entre otras cosas, porque en ello nos va, no sólo la supervivencia física, sino también la intelectual, pues hay que admirarse de la inmediatez y costo, casi ridículo, de la cultura en su formato virtual.

Los jóvenes en los que perviva el aliento de justicia, tienen que desarrollar una especial astucia que les permita conocer en profundidad los mecanismos tecnológicos, sociales y antropológicos para que, en este crítico momento de la humanidad, no se vayan las fuerzas en luchas secundarias tipo nacionalista, de supremacía racial o, incluso de clase, pues, tras cualquier gesto violento aparecen los nuevos tiranos. No se trata de quitar físicamente a nadie de ningún sitio, como único procedimiento de cambio, sino de tomar el poder para cambiar las estructuras de la nave, sin romper estúpidamente las turbinas que la empujan, que son los rasgos de la naturaleza humana, que no hay que cambiar, sino canalizar. El capitalismo explota perfectamente la ambición y la codicia, pero también el coraje de arriesgar o la pulsión de transformar el mundo. Cualquier alternativa no puede ser considerar estos aspectos secundarios y, mucho menos, reprimirlos para conducir a la humanidad a una condición gregaria sin libertad ni positiva ni negativa. No hay que cambiar al hombre en sus fundamentos constitutivos, sino a sus instituciones.

Paradójicamente, el low-cost, que es resultado de un nicho de mercado que se ha mostrado expansivo, puede ser la solución a la expansión global de una vida decente, pues, de momento, no parece alcanzable un estándar de vida como el europeo para 4000 millones de familias que hay en el mundo. A los habitantes de los países occidentales se nos va a  quedar cara de tontos, pero tal parece que las élites encuentran más beneficioso el low-cost para todos, que el medium-cost para los 300 millones de clase media. La cuestión es que en los aspectos esenciales de sanidad, educación y vejez haya una respuesta de un nivel soportable para quienes hemos disfrutados de unos niveles espléndidos. Añadamos que, como, ante una previsible sanidad, vejez y educación elitista la inasistencia total es peligrosa, por el nivel de protestas previsible,  es necesario contar con sucedáneos low-cost. En educación es Internet claramente y en sanidad ya veremos, pero la industria farmaceútica ya debe estar pensando cómo sustituir las compras masivas y millonarias de los estados y la medicina como abordar la salud, incluso la invasiva, para todos.

Si esto es irreversible, a falta de un salto cualitativo en la tecnología que aumente la productividad mundial no lesiva para el medioambiente, la labor es evitar que la parte que se lleven los instalados en las turbinas productivas y financieras sea obscena. Al fin y al cabo entre los privilegiados de la situación nunca vemos a científicos o educadores. De modo que, ahora que los libros son low-cost, a leer, reflexionar y actuar conforme a la estructura de la tozuda realidad, no de una fantasía bien intencionada, pero ignorante. El caso es que hemos picado, pero la receta parece ser ¡Austeridad para todos!