Aniversarios de una crisis: a diestro y siniestro

Este año se cumplen veinte años de la planificación de la burbuja inmobiliaria y diez años del inicio de la crisis económica española consiguiente, de la que el hundimiento del banco Lehman Brothers fue el icono internacional. España tuvo su propia crisis, pero no se libró de lo efectos de la crisis mundial. Es decir, nuestro país sufrió los efectos combinado de la irresponsabilidad de los mercados internacionales, especialmente el norteamericano y de su propio mercado financiero. Un proceso del que fueron cómplices la clase política y todos aquellas instituciones dependientes de la política cuya misión (incumplida) era evitar lo que pasó. ¿Y qué fue lo que pasó?:

EN EL EXTRANJERO:

  • El empaquetamiento de activos tóxicos formados por hipotecas sin respaldo sensato de los prestatarios, seguros de estudios, seguros de vida, etc… en conjunto complejos llamados derivados que fueron distribuidos por todo el mundo con la garantía formal de empresas de rating completamente corrompidas.

EN ESPAÑA

  • Promulgación de una Ley del Suelo (Ley 6/1998) que lo liberó con la pretensión (fallida) de que se abaratara su precio, dado que una sentencia del Supremo de un año antes trasladaba la competencia a las autonomías, creando las condiciones para la corrupción posterior.
  • Abaratamiento artificial de la energía en base a un pacto con las empresas energéticas que se reservaban el derecho a ser compensadas por el Estado en base a costes no transparentes.
  • Apertura de las entidades financieras, especialmente, las cajas de ahorro al crédito extranjero masivo.
  • Expansión del mercado hipotecario sin control de la solvencia de los prestatarios.
  • Intereses al alza que agravaban la deuda
  • Mala legislación hipotecaria que protegía al prestamista hasta en detalles como el pago del impuesto sobre la documentación notarial y registro de hipotecas.
  • Negligencia de las entidades de control, como el Banco de España y la Agencia Nacional del Mercado de Valores, que no atendieron informes sensatos sobre lo que podía ocurrir ni evitaron abusos como que se fijaran umbrales inferiores para los intereses a cobrar (cláusula suelo).

Estas son las cifras del periodo que va desde 1996 a 2017, es decir, precrisis, gestación, crisis y postcrisis:

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Tras la irrupción de la crisis las consecuencias fueron:

EN EL FOCO DE LA CRISIS (USA)

  • Incapacidad del sistema capitalista para mantener sus principios y dejar caer a todos aquellos bancos que quebraran por insolvencia.
  • Necesidad del Estado de inundar de dinero el sistema y salvar a las entidades financieras. La primera entrega fue de 700.000 millones de dólares.

EN ESPAÑA

  • En positivo, crecimiento del PIB hasta doblarse respecto de la situación de partida en 1996. Un crecimiento impulsado por la hipertrofia del sector Construcción.
  • En negativo, crecimiento de la deuda pública del mismo orden del crecimiento del PIB; de la deuda de la empresas hasta seis veces el valor de referencia en 1996 y de la deuda de las familias del mismo orden. Es decir el crecimiento no fue resultado de la laboriosidad o del ahorro bien invertido, sino de un endeudamiento demento alentado por la clase política y financiera. Unos para su lucro político (corrupción aparte) y los otros directamente para su lucro económico.
  • Autorización a las entidades financieras de capitalizarse fraudulentamente a costa de los depósitos de los ciudadanos con las llamadas “preferentes”.
  • Endeudamiento público masivo (hasta 60.000 millones de euros) para el rescate de los bancos intoxicados por hipotecas insolventes,

EL PAPEL DE LOS GOBIERNOS

El presidente José María Aznar dijo  en 2004 a la revista Newsweek que el milagro de la bonanza económica de España era él. No seré yo quien le quite el mérito del crecimiento de esta época, sobre todo si no hubiera habido que devolver lo prestado desde el extranjero. En efecto, Con los datos de la tabla se puede concluir que sus planes para sus dos mandatos sólo podían resultar en una burbuja económica, al liberalizar el suelo, limitar el precio de la energía comprometiéndose a pagar la diferencia y jalear el endeudamiento alardeando de que es España se construían “más viviendas que en Francia y Alemania juntas” (ABC, 27/10/2003). Endeudamiento que se vió agravado por la llegada de casi cinco millones de emigrantes atraídos por el círculo perverso de que el endeudamiento favorecía el crecimiento y su entrega insensata al proceso de deuda encarecía el proceso hasta valores irracionales. Obviamente, el endeudamiento no influía en el déficit público, pues los impuestos sobre la actividad inmobiliaria y las rentas producía enormes ingresos a las arcas públicas, hasta el punto de que crecía más que el PIB. Debo reconocer su inteligencia para auto limitar su presidencia a dos mandatos, pues creo que sabía las consecuencias de las políticas que activó.

El presidente José Luis Rodríguez en su programa electoral para la elecciones de 2004 (que no pensaba ganar) decía:

“Los objetivos de las propuestas que presentamos se pueden resumir en dos. El primero, favorecer el acceso a la vivienda, a un precio asequible, en particular a los jóvenes y a otros colectivos vulnerables. El segundo, es frenar la burbuja inmobiliaria.”

Dado que frenar la burbuja inmobiliaria suponía cortar de raíz los ingresos estatales y hacer frente a un déficit monstruoso, decidió seguir montado en el tigre del endeudamiento privado sin buscar una alternativa productiva que sustituyera al artificialmente hinchado mercado de la vivienda.

Con su temeridad disfrutó de un período con superávit público con el que dotó a la Seguridad Social de una reserva financiera de 60.000 millones de euros, pero cuando se presentó la crisis multiplicó por 300 el déficit público. Agobiado por su fracaso autorizó la emisión de acciones preferentes para sustraer el ahorro de los particulares y pasarlos del pasivo al activo de las entidades financieras. No fue capaz de detectar ni impedir el fraude del dinero público en Andalucía que afectaba a dos presidentes de su partido que  lo toleraron o gestionaron. Así, facilitó que el gobierno que le sucediera tuviera razones para aplicar medida drástica que hicieron imposible promesas como:

“Elaboraremos un Plan que permita equiparar la edad media de emancipación de los jóvenes españoles a la de los jóvenes de la Unión Europea, incidiendo especialmente en las dos condiciones materiales de emancipación que hoy resultan imposibles para los jóvenes: el precio de la vivienda y la precariedad del empleo.”

Ocurrió precisamente lo contrario a manos del siguiente gobierno.

El presidente Mariano Rajoy se encontró con un panorama muy complicado que abordó con una reforma laboral que ha hundido los ingresos de los trabajadores y de la clase media; con unos recortes masivos a las partidas presupuestarias fundamentales; con un plan de rescate de las entidades financieras que incluía dinero directo a las entidades que no ha sido devuelto y con la creación de un llamado “banco malo”, que se hizo cargo de los activos menos rentables;  manteniendo el mecanismo de los desahucios sin que devolver la vivienda eliminara la deuda, a pesar de que era la garantía del pago del préstamo. Unas políticas que más que perseguir corregir la situación, parece que buscaban un cambio de modelo en las relaciones laborales y del reparto de la renta a tenor de los resultados. Sin embargo, a pesar de todas estas duras políticas, la deuda ha crecido un 50 % respecto a la que heredó en el peor momento de los efectos de la crisis. Por otra parte ha sido muy poco diligente en la gestión de la corrupción que afectaba a su partido,  desde su propia sede hasta los niveles autonómicos y municipales.

CONCLUSIONES

De todo lo visto, y en la medida en que, a grandes rasgos, los datos sean verdaderos y mi recuerdo de las actuaciones fiable, se deduce los siguiente:

  • No hay diferencia entre la llamada izquierda y la llamada derecha en la forma en que cebaron la bomba económica que explotó en 2008. Lo que quita relevancia al hecho de que el terrible atentado del 11-M en Madrid influyera en que el candidato señalado por Aznar perdiera las elecciones.
    • Rodríguez culminó la obra económica de Aznar y negó la crisis cuando se presentó para ganar las elecciones de 2008, lo que consiguió porque la gente todavía no experimentaba en sus vidas lo que vendría después.
    • Los dos partidos reformaron la Constitución con nocturnidad en Septiembre de 2011, cuando Rodríguez recibió la amonestación internacional por haber puesto en peligro los grandes capitales prestados a España.
    • Ambos partidos se aprestaron a transferir deuda privada al Estado a base de ridículos programas para cambiar pavimentos en aceras que no lo necesitaban o endeudarse gravemente para apuntalar entidades financieras llenas de agujeros.
  • Tras un período de purga no se ha vuelto a normalizar ni las garantías ni los ingresos de la gente. Muy al contrario se ha deteriorado el llamado mercado laboral hasta el punto de favorecer la salida precipitada de jóvenes formados a costa del Estado para servir a otros países y llevar al subempleo a los que se quedaron en España.
  • Han aumentado las diferencias entre ricos y pobres, porque los ricos están cerca de los sectores por los que ha pasado el dinero masivo con el que Estado ha estabilizado el sistema y, además, dotados de liquidez han podido acudir al mercado inmobiliario de la desesperación en el que se ofrecen viviendas, locales e infraestructuras a precios de saldo.
  • Se ha impuesto un criterio selectivo de austeridad sin hacer corrección alguna mediante el mecanismo fiscal. Muy al contrario, la clase política ha amparado a los defraudadores con amnistías que ha supuesto cuotas por debajo del 10 %, ninguna sanción y el silencio sobre la nómina de delincuentes fiscales. Tampoco se ha hecho un sólo movimiento en el camino hacia un Estado más austero en la pompa y circunstancia, pero sí se ha reducido las inversiones en los tres pilares de un estado social: Educación, sanidad y pensiones. Además de que las inversiones en investigación son tan magras que los jóvenes investigadores españoles tiene que emigrar a instituciones extranjeras, sin que, en el otro extremo, se tenga una política clara de formación profesional que evite la gestación de bolsas de marginación juvenil.
  • No se ha avanzado un milímetro en trascender el modelo basado en el turismo para dar el salto a competir en los sectores con futuro basados en la inteligencia artificial, la biotecnología o las energías renovables, ese escándalo permanente para un país dotado por la naturaleza del mayor número de horas de sol de toda Europa.
  • Y para remate, a pesar de haber dañado algunos pilares del Estado social como las pensiones o la sanidad, no se ha conseguido reducir la deuda que alcanza valores máximos históricos comprometiendo el futuro del país.

La ley del suelo de Aznar se promulgó en 1998. Veinte años después españa tiene cinco millones de viviendas más que no necesitaba (véase el ratio personas/vivienda), muchas de las cuales están vacías situadas en lugares frívolos distantes de centros urbanos como símbolo de una fantasía, según la cual el español medio estaría el resto de su vida ocioso jugando al golf. Esas viviendas ha supuesto un valor al costo de medio billón  y un billón a la venta y, por tanto, un billón de deuda privada. Un charco en el que han chapoteado especuladores, oportunistas y, lo más escandaloso, las entidades financieras que entraron en una hiperactividad demente, extrayendo, no de las rentas de la gente, sino de sus deudas  dineros para que sus directivos se pagaran sueldos obscenos y los políticos autonómicos y municipales emprendieran una competencia por ver quién era más capaz de crear ficciones de alto costo. Todo ello adobado con la corrupción que se gesta en la mente de los políticos venales de ambos partidos, que no podían soportar que con su firma se enriqueciera cualquier advenedizo que se acercara a las contratas públicas.

Ponemos dos series de velas para este aniversario: veinte para celebrar la promulgación de la Ley del Suelo de Aznar y diez para celebrar el comienzo del desvelamiento de la gran mentira en la que nuestros políticos metieron y mantuvieron al país. En vez de que el país hubiera crecido a su propio ritmo sin endeudarse de forma suicida, se le invitó a una bacanal cuyo resultado ha sido el olvido de cualquier plan sensato de adaptación inteligente al mundo moderno y la voladura de las expectativas de dos generaciones enteras de jóvenes.

A la vista del cuadro que proporciona los datos para este artículo, está claro que la reducción de la deuda sólo es posible con austeridad, pero no, como siempre, aplicada a la gente que viven en el sótano o en el primero, sino, también a los que viven en el ático del edificio nacional. Que no nos distraigan movimientos conexos como el de independencia de Cataluña, en el que los habitantes del ático catalán han intoxicado a los del sótano para que les libren “de Madrid”, aprovechando con alguna mentira el descontento por la crisis. No se debe olvidar que los mismos que ahora cortan carreteras por la independencia, acosaron a los parlamentarios catalanes por la crisis provocando el cambio de estrategia de la burguesía catalana desde la prudencia a la demencia. Ahora, una vez el asunto está en mano de los jueces, a esperar y ver.

La tarea del país es encontrar la senda del ahorro para reducir la deuda de la juerga inmobiliaria y de consumo sin dañar la cohesión social, ni las inversiones inteligentes para dotarnos de nuevos sectores productivos acordes con los tiempos. La clase política tiene tendencia a la autocomplacencia, por eso debe ser sometida a un escrutinio inteligente por parte de la ciudadanía. Una ciudadanía que debe librarse de intoxicaciones ideológicas para juzgar por los hechos. El político es una persona que se debe a su carrera y beneficio, por lo que no deben esperarse milagros. Su rostro de cemento para decir en la oposición y desdecir en el gobierno es proverbial. Su boca mendaz para excitar las pasiones con cuestiones relativas a las opiniones individuales (religión, símbolos) es peligrosa, pero los políticos no van a cambiar; tenemos que cambiar nosotros. Pero tendremos que hacerlo sin dejarnos arrastrar por el peor tipo de político, aquel que dice que lo va a solucionar todo: tanto aquello que nos da miedo (como la emigración), como lo que nos impacienta (como el derroche público), porque no cumplirá. En un caso nos puede envilecer como nación y, en el otro, nos defraudará porque ellos no vienen a la política a sufrir.

Nadie debe atentar contra la relación mérito-renta, pero nadie debe  hacerlo contra el estado social. El argumento de que cada uno cuide de sí mismo, es una invitación a la violencia, pues en la cumbre, tal y como ocurre hasta ahora, sólo hay sitio para unos pocos. Es decir, no basta con el esfuerzo ni la inteligencia, pues al final habrá pocos arriba y no siempre los mejores. Mucho menos nadie debe creer que nos tragamos la rueda de molino de que hay méritos que justifican determinados beneficios sin que el Estado les toque el bolsillo para recabar su contribución al esfuerzo común y les toque el hombro cuando se transformen en delincuentes sacando el dinero del flujo productivo para ocultarlo de la Hacienda. Austeridad sí, pero para todos.

Más arriba he afirmado que en la gestación y gestión de la crisis no hay diferencias notables entre los partidos que representan las opciones vitales de izquierdas y derechas para sorpresa general, pues se espera de la derecha que favorezca a los económicamente poderosos, pero no de la izquierda que prolongue, como hizo, una situación que conducía al abismo y la desgracia de sus propios electores. Un papel, el de casandra, que Rodríguez adoptó con su famosa frase “cueste lo que cueste, me cueste lo que me cueste“.

Pero seguramente que, una vez olvidada la crisis, que no superada, el o los partidos de izquierdas adoptarán, en nombre de la igualdad, posturas económicas que los conservadores considerarán ruinosas y los partidos conservadores adoptarán, en nombre de la libertad, políticas económicas que los socialistas considerarán explotadoras. Pero, obviamente, eso no quita para que las diferencias se acentúen en otras dimensiones. Así el partido conservador siempre comparte valores con la iglesia católica, lo que implica determinadas posiciones en relación con el aborto, el divorcio o el matrimonio homosexual y, por su cuenta, la dureza en las penas de delincuentes, la emigración o la repugnancia a todo colectivismo, incluida la lucha contra el cambio climático que atenta al bussiness. Aunque sorprendentemente, algunos de estos avances sociales son asumidos (y disfrutados), siempre que queden asociados a la acción legisladora de los opositores. Por su parte, el partido socialista apoya aquello que el conservador rechaza porque aumenta las libertades individuales y, con cierta temeridad, exhibe un cierto gusto por la provocación innecesaria y disolvente sin causa. La izquierda tiene la dura tarea de presentarse como una opción a favor de la gente que, en el actual contexto mundial, no endeuda al país hasta hacerlo inviable como ocurrió en el pasado. De ahí la necesidad de aceptar la moderación que permita reducir la deuda, pero involucrando en esa moderación a todos mediante mecanismos fiscales.

En definitiva, que, al margen de otras cuestiones, los ciudadano debemos aprender de esta crisis, que, dado que los datos están a nuestra disposición, tomemos decisiones políticas acorde con los hechos y no con el gas tóxico que se expele en las campañas electorales. Sea dicho todo esto sin pretender subvertir el modo en que está organizada nuestra nación, pues no tenemos alternativa razonable a la vista. Los experimentos que se ha llevado a cabo en nuestro país con la pócima conservadora extrema (el franquismo) y en otros países con la pócima totalitaria extrema (el comunismo), deberían curarnos de aventuras. Una sociedad moderna necesita en la política tanto el espíritu conservador como el progresista, sea cual sea el partido que adopte una u otra postura. Lo que no se necesitan son histrionismos de uno u otro sentido, sino cordura y transparencia para que los ciudadanos puedan opinar y elegir con fundamento.

Día de muertos

La tradición de recordar a los muertos sigue viva . El ser humano se mueve, respecto de la muerte entre el respeto, el morbo y la risa. El respeto por el recuerdo de familiares y amigos que lo merecieron; el morbo por el escalofrío de la experiencia de la muerte real o imaginada, como en el espectáculo sangriento del circo romano a costa de personas o el más soportable de la tauromaquia a costa de animales y, por fin, la risa como convulsión del cuerpo al vencer la muerte despreciándola como si fuera una caricatura. El teatro y el cine están llenos de obras tétricas que al menor descuido son cómicas. Tampoco faltan obras premeditadamente cómicas con la muerte como protagonista. Con Bergman la muerte era cosa seria. Con Beetlejuice una mascarada musical. Con Shakespeare una forma profunda y sangrienta de prosperar. Con Enrique VIII, una forma rápida de divorciarse sin pagar. Con los Papas del siglo XV una forma de bendecir acelerando el disfrute del paraíso. Con el terrorismo actual, una forma de incultura cruel. Con las guerras una forma de hacer negocio y aliviar la presión demográfica. Con la enfermedad una crueldad que sólo nuestro carácter irrefutablemente natural puede explicar, que no justificar.

La muerte es el nombre de un proceso lamentable y un estado: el de muerto. La condición de muerto no me preocupa, pero el proceso de transición de ser todo a no ser nada, sí. Espero protagonizarlo en medio de un sueño agradable, aunque lo siento por el soponcio de mi compañera por la mañana. Pero la forma definitiva sería volviéndose transparente poco a poco hasta desvanecerse. Es limpio, te da tiempo a despedirte, no es doloroso, no deja residuos y puedes presumir de ser más transparente que tu vecino. Pero, para eso, se necesita estar reconciliado con la muerte, considerarlo un episodio de tu vida natural, lo que requiere que antes aceptes la naturalidad de tu ser. Que eres el privilegiado que surgió de una lotería vital fantástica en el seno de tu madre con la cooperación de tu padre. Que es una estupidez quejarse por encima de determinados niveles de vida buena. Si todo eso no lo tienes claro, si crees que eres hijo de un dios, lo que me parece muy bien, la cosa se complica. Si crees que una parte de ti, distinta de la información genética, es inmortal, no tengo nada que decir. Solo silencio y admiración.

Espero que en mi funeral no sea de esos con un acartonados responsos con fórmulas tópica repetidas todos los días en todas partes que tanta veces he oído en mi larga nómina de funerales. A ver si, además de la celebración del miedo a la muerte del Halloween, nos llega de Estados Unidos la costumbre de la elegía civil, sin fórmulas preestablecidas. Es un reto, pero siempre habrá un familiar o un amigo dispuesto a excavar en tu vida para encontrar algo bueno que decir ese día. A ser posible que sea alguien con gracia para que pueda hacer reír en el funeral. No por que estén contentos por que el alma del finado esté ya en estado gaseoso paseándose por los cielos, sino porque en el peor de los casos fue la elogiada una vida decente.

Tengo entendido que los jóvenes millonarios de Silicon Valley están impulsando el llamado proyecto “Gilgamesh” por el protagonista de un poema de la antigua mesopotamia. Un héroe desolado por la muerte de un joven amigo que va en busca de un método para acabar con la Parca. No lo consiguió, pero ha inspirado a aquellos que tiene tanto que, además, quieren la amortalidad. Se llama así a la prolongación de la vida que sólo evita la muerte por enfermedad o envejecimiento, porque no puede evitar que si te cae un piano desde un quinto piso suene para tí la pavana para una infanta difunta. Supongo que el método será caro y para pocos, primero, y un buen negocio, después, cuando su producción baje los precios. De lo que no estoy tan seguro es de qué tipo de ser humano resultará de la prolongación de la vida si no se acompañada de una mejor visión de qué debe ser la humanidad. Si sólo se trata de que las misma personas con el alma más seca, más dura nos lleven por los mismos trillados caminos de la injusticia y la muerte de la libertad, estamos listos.

En todo caso, ha estado bien. Lo de vivir, digo. Es bastante mejor que no haber vivido. Soy consciente de que son todavía muchas las personas a las que la enfermedad o maldad les hace vivir vidas miserables.  La existencia en general es un misterio extraordinario, incluso estupendo; de hecho, es el gran misterio. El que debería ocuparnos antes que banales formas de entretenimiento. Pero lo gracioso es que entre celebraciones y guerras, el ser humano no hace otra cosa que estudiar ese misterio. De hecho hay dos ondas que son lo realmente permanente en esta aventura: la onda del material genético, cuya información portadora del talento, el genio, la gracia o la desgracia de los individuos se traslada de un ser concreto a otros dejándolos en el camino. Algo así como el método que usan las langosta para cruzar el océano. Cuando las primeras caen agotadas al mar las siguientes oleadas descansan en sus cuerpos flotantes para poder seguir. La otra gran ola es el conocimiento acumulado que pasa de un individuo a otro como el testigo pasa de la mano de un atleta a otro en las carreras de relevos. La ola genética mantiene la vida de la especie y la ola informativa genera nuevas formas sociales de vivir y de generar nuevos avances en el conocimiento del gran misterio. Este es el juego. Pretender ser una langosta que cruza olímpicamente el océano entero parece un poco egoísta, porque las que vienen detrás caerán agotadas al mar sin haber servido ni para ayudar a sus congéneres a disfrutar su vuelo. Cada individuo tiene derecho a su tramo y después ponemos el cuerpo para que otros, nuestros hijos, tengan el suyo.

¿Dónde acabará este viaje de la especie? Pues lo más épico que se me ocurre es que hasta que la naturaleza, que “abre los ojos en nosotros“, encuentre el equilibrio entre su sustrato físico y su faz inteligente y sensible. Una sensibilidad e inteligencia capaz de las más estupefacientes teorías científicas, las más bellas composiciones musicales, las más extraordinarias obras plásticas, la más emocionante poesía, las más dramáticas obras escénicas, la más justas instituciones culturales y políticas, la más profunda capacidad de vivir en el amor y la esperanza.

 

 

Suprema perplejidad ciudadana

El concepto de tributo se refiere a todo los tipos de pagos que el ciudadano paga para hacer posible los gastos e inversiones del Estado. Hay tres tipos de tributos: las tasas, las contribuciones y los impuestos.

Las TASAS son tributos voluntarios realizados para beneficio del contribuyente. Un ejemplo de tasas es el pago por disfrutar de una vado para entrar y salir de un garaje particular invadiendo la acera pública.

Las CONTRIBUCIONES son tributos obligatorios realizados para compensar los beneficios que recibe un ciudadano por actuaciones de la administración pública. Por ejemplo el IBI, en el que se paga por el beneficio que la realización de aceras, viales o saneamiento produce en los propietarios de una urbanización.

Finalmente los IMPUESTOS son tributos obligatorios que los ciudadanos realizan al Estado en función de sus ingresos sin que reciban ninguna contraprestación directa, como son por ejemplo, la construcción de presas, autovías, hospitales, universidades. Servicios que el ciudadano utilizará o no, según sus necesidades. El ejemplo paradigmático es el Impuesto sobre las Rentas de las Personas Físicas (IRPF).

Todos los tributos tienen en común que se paga por el beneficio directo o indirecto que se recibe del Estado por parte del sujeto del tributo. Véase el caso del IVA. Todos los que intervienen en el proceso de producción de un bien de consumo, pongamos un coche, reciben el IVA de sus compradores y se descuentan el IVA pagado a sus proveedores, por lo que pagan el impuesto sobre la diferencia entre lo cobrado y lo pagado (el valor añadido). Sólo queda explicar porqué el comprador final paga IVA y no se descuenta nada. Pues muy sencillo, porque consume el producto y no lo traslada a un tercero.

El Impuesto de Actos Jurídicos Documentados se llama impuesto porque es obligatorio y por que crea obligaciones para el Estado de, por ejemplo, prestar los tribunales para resolver los conflictos entre las partes. En estos días este impuesto es el busilis de la estupefaciente reacción del presidente de la Sala tercera del Tribunal Supremo de reunir al plenario para repensar el criterio empleado en una sentencia firme de una de las secciones de la sala. Sentencia que contradice a otra de la Sala primera de hace unos seis meses. En ésta se establecía que los ciudadanos (el prestatario) son los sujetos del Impuesto del impuesto en los casos de préstamos para la compra de viviendas y en la última, redactada por los magistrados expertos en tributos, que son los bancos (el prestador o acreedor) los sujetos del impuesto.

En las discusiones sobre la procedencia de una postura u otra se ha dicho que para discutir de esta cuestión hay que ser como mínimo abogado, sino catedrático o magistrado. Sin embargo, hace dos mil quinientos años que ya se dijo que no todo el mundo puede elaborar una ley, pero que todos puede juzgar si es justa o no. Lo mismo ocurre con un tributo, que será más o menos complejo en su diseño, pero que puede ser objeto de discusión legítimamente por los profanos que han de pagarlo. También se argumenta que este comportamiento del Supremo es normal porque sólo hace uso de la capacidad de casación (dirimir las diferencias entre criterios discrepantes plasmados en sentencias). Pues no es verdad, el Supremo casa sentencias de tribunales inferiores, pero sus sentencias no se casan, pues son firmes y prevalece el criterio empleado la última para las sucesivas hasta que otra sentencia lo cambie. Por eso. no se ha anulado la sentencia que preocupa al presidente de la Sala, sino que se pretende cambiar el criterio para que haya “otra última sentencia” que “vuelva las cosas a su cauce”. Por tanto, ayudemos al Supremo en sus tribulaciones, que para nuestra preocupación, no parecen tener que ver con una violación de la razón jurídica.

Así pues, tal parece que el sujeto de un tributo es aquel que se beneficia de la actividad que se grava. Si esto es así, en el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados que grava el acto de elevar a documento público en una notaría un contrato privado para un préstamo hipotecario ¿Quién es el beneficiado de este compromiso público? pues sólo se puede saber atendiendo al detalle de cuál de las partes exige este acto. ¿Han visto alguna vez a un ciudadano en ese trance exigiendo al banco pasar por la notaría?, pues no, porque el interesado en llevar a cabo la documentación pública (escritura) es el banco, que no debe fiarse de la otra parte contratante, que diría Groucho. Por tanto, si el Supremo establece en una nueva finta que el sujeto del impuesto es, de nuevo, el ciudadano, habrá que analizar con lupa los argumentos empleados que, desde luego, no pueden estar basados en criterios extrajurídicos. Algo que no debería ser necesario recordarle a un magistrado.

POST SCRIPTUM

El Tribunal Supremo ha convocado una reunión plenaria de la Sala Tercera para el 5 de noviembre de 2018 al objeto de que sus 31 magistrados reflexionen sobre la postura definitiva con la que fijar una doctrina para esta asunto. Mi pronóstico es que concluirán que la versión según la cual el impuesto lo debe pagar el interesado en la elevación a documento público del préstamo y posterior registro de la obligación de responder con la propiedad inmobiliaria del préstamo recibido por el adquirente. El interesado normalmente es el banco acreedor.

Madrid subjetivo

Si no ha visto este vídeo , se lo recomiendo. En él un despachado monologuista norteamericano llamado Padre Sarducci nos habla de la U5M (La universidad de los cinco minutos).

Como se ha visto, en esta universidad no hay que esforzarse en aprender complicados temas de distintas especialidades como economía, religión o idiomas, basta con estudiar “lo que un graduado medio recuerda después de cinco años  de haber acabado la carrera“. Recuerdos que según el ponente se pueden recitar en cinco minutos. Los cinco minutos incluyen los trámites administrativos y el acto de graduación. Todo por 20 dólares. También, alguna vez en su vida, alguien le habrá dicho algo así como que “cultura es aquello que uno recuerda y retiene tras muchos años de lecturas y estudio“. En base a esta idea escribo este artículo. En vez de redactar un texto artificialmente construido rodeado de libros y referencias, lo que voy a hacer es escribir sobre mis recuerdos, lo que queda de veinticinco años de visitas a Madrid y que podría recitar en cinco minutos cinco años después de haber obtenido mi título de Graduado en Madrid; minutos más o menos confusos sobre el Madrid de mi conciencia, el Madrid recordado, el Madrid subjetivo.

Mi primer viaje a Madrid se remonta a septiembre de 1966 cuando estuve en él unas horas entre mi llegada en tren desde Murcia y mi salida en autobús para Burgos desde la calle Alenza. Un autobús que tomé muchas veces en los tres años que pasé en Burgos estudiando la carrera. En esas horas, me fuí a la Plaza de España y me hice una foto delante del monumento a Cervantes y con el Edificio España de decorado. La foto la hizo un fotógrafo profesional con un trípode y blusa negra para meter la cabeza. En el trípode había un cartel que decía “tres veinticinco”. Cuando acabamos me dió un sobre con las fotos y yo le dí cuatro pesetas para que se cobrara. Aún recuerdo su cara de indignación sospechando que aquel jovenzuelo de dieciséis años le estaba tomando el pelo. Sospecha bien fundada porque lo que aquella escueta frase quería decir para él era “tres fotos veinticinco pesetas”. Pagué y me fui a dejarme impresionar por la Gran Vía y, sobre todo, con los enormes carteles de los cines. Cines en los que un tiempo después vi en riguroso estreno “2001 una odisea del espacio” y la primera “Guerra de las galaxias”. En los siguientes años Madrid fue una ciudad de paso de Chamartín a Atocha para ir en un vagón de tercera a Murcia con maletas llenas de libros para preparar exámenes. En una ocasión hubo un ínterin con parada en la casa de una prima de mi Madre que vivía en la calle Bailén, de la que recuerdo el ruido del tráfico, muchos años antes del soterramiento actual. La rutina de viajes en tren o autobús fue rota dos veces. Una cuando murió mi madre que el viaje lo hice con otro primo materno en su Seat Ochocientos, con parada nocturna antes de proseguir a Burgos en el hotel Mayorazgo. Fue mi primera estancia en un hotel y primera cena en restaurante. Otro viaje digno de memoria a Burgos vía Madrid fue cuando acepté el ofrecimiento de una tía abuela para ir en un camión de su empresa de transportes. Como ya era obligatorio que viajaran el chófer y un sustituto, tuve que hacer prácticamente todo el viaje en la litera, salvo cuando el acompañante o el conductor se acostaban. El viaje duró unas 22 horas (hablamos de 1967) y, desde entonces, tengo un gran respeto a los camioneros, tanto que no les pienso molestar más.

Cuando acabé la carrera en 1969 me compré una insignia para dársela a una medio novia que tenía y que, casualmente, estaba pasando unos días en Madrid. No recuerdo la plaza en la que sufrí mi primera decepción sentimental al recibir, como agradecimiento a mi presente, la sinceridad de la chica que me confesó que acababa de reconciliarse con un ex (tenía 18 años) al que conocía desde la niñez. Me devolvió la insignia y me fui para Atocha y se la dí a mi abuela (que no la rechazó). Así pues, ese Madrid de mis años en Burgos se componía de la estación de Atocha, la plaza de España, la calle Alenza, el ruido de la calle Bailén, el hotel Mayorazgo y la estación de Chamartín.

En los años setenta al limitado cuadro de Madrid se sumó el aeropuerto de Barajas en el que comí por el asombroso precio de 500 pesetas de 1973. Casi me vuelvo a Murcia desplumado. Después incorporé a mi conocimiento de Madrid la M-30. Fue al regresar de un viaje a Burgos en mi reluciente Mini a recoger el título. El recuerdo es indeleble porque el cinturón viario no estaba terminado y me pase una hora viendo carteles que me indicaban que iba para el Sur que, de repente, se convertían en carteles que me indicaban que iba para el Norte. Una experiencia generadora de ansiedad, pero menos que la que experimenté años después cuando sumé al catálogo subjetivo de Madrid el conocimiento del carril bus hacia Villalba. Acaba de terminar cuatro horas de clase en un máster en la Escuela de Arquitectura de Madrid, eran las nueve y media de la noche y un poco aturdido pasé por Moncloa con la intención de bajar por Princesa camino de la A-3, cuando en medio del atasco de coches me vi bajando por una rampa hacia un subterráneo. Pronto me dí cuenta que era el intercambiador de Moncloa. Al llegar al final de la rampa de bajada dejé pasar a un autobús que salía bajo la mirada atónita del conductor y me colé detrás de él bajo la pitada indignada del conductor del autobús que venía a continuación. Y así salí del subterráneo con un autobús delante y otros detrás dándome luces, mientras entrábamos los tres en el carril bus entre medianas de hormigón camino de La Coruña. Me costó media hora encontrar una salida para cambiar en sentido, mientras desolado veía como pasaba el precioso tiempo que necesitaba para llegar a una hora razonable a mi casa.

Después Madrid fue un lugar de hoteles (especialmente el Meliá Castilla) con reuniones y reuniones en la zona de Azca y Rosario Pino durante años. Reuniones que empezaban (con el estudio de los papeles) en el tren o el avión y acababan con el repaso o la lectura en el tren o avión de regreso. Y así hasta que una serie de circunstancias profesionales me llevaron de regreso al Madrid austríaco. Fue una caída del caballo paulina, pues mi mirada había cambiado y de repente cobré un interés nuevo y fresco por saber de aquel otro Madrid del que tenía sospechas y sólo habías sido una decorado para mis idas y venidas en taxi.

Empecé por averiguar qué cosa era aquella torre (campanile) neo renacentista que asomaba por encima de los tejados cuando la llegada en el talgo a la estación de Atocha era inminente. Lo resolví andando hasta llegar la sitio y encontrarme con que la entrada era gratis, pero el viaje tenía premio, pues dentro estaba la sorpresa: con el rimbombante nombre de Panteón de los Hombres Ilustres se encuentra uno, en un edificio neo bizantino de 1899, con la única parte que se construyó de acuerdo al proyecto para Basílica de Nuestra Señora de Atocha del arquitecto Fernando Arbós. La propia basílica se construyó finalmente en 1951, pero ya si mirar ni de soslayo el proyecto del arquitecto y, por eso, es un edificio sin interés imitador del estilo del Escorial con los característicos chapiteles. Este proyecto de enterramiento de los hombres ilustres respondía a un intento de las Cortes de 1834 de enterrar allí desde Cervantes a Quevedo, desde Jovellanos a Goya, añadiendo cada cincuenta años a aquellos para los que se considerase que cumplían las condiciones para ser ilustres de la patria. Se desistió porque no archivamos bien ni los huesos ilustres. Primero se pensó en la Basílica de San Francisco el Grande, pero se desistió al no encontrar los restos del primer contingente aprobado. El pabellón actual es un claustro mágico en cuya galería hay una verdadera exhibición de escultura española de alto nivel. Desde la magnífica tumba de Mariano Benlliure para el malogrado Eduardo Dato, que muestra al presidente de la nación caído bajo los veinte disparos de los tres sicarios que lo mataron en 1921, a las magníficas alegorías de Agustín Querol en el monumento funerario de Cánovas del Castillo. Y digo tumbas y monumentos funerarios porque el Panteón están o estuvieron los restos del Marqués del Duero, Ríos Rosas, Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato, Prim, Martínez de la Rosa, Sagasta, Palafox y otros nombres decisivos en la historia de España, como el tantas veces mencionado Mendizabal, por aquello de la amortización de los bienes de la iglesia de la que últimamente se está resarciendo inmatriculando hasta plazas de garaje. Es decir, fundamentalmente, los más relevantes políticos de la Restauración borbónica más algún otro como Palafox. No es fácil salir de esta atmósfera feérica sin experimentar la sensación de cosa inacabada. Tal parece que los españoles vamos por espasmos. A alguien se le ocurre que hay que rendir honores a los hombres claves de nuestra historia y el impulso dura unos pocos años. Se puede decir que estos hombres protagonizaron el período de transición desde las monarquías absolutas a la actual constitucional, pues en su tiempo la política burguesa se hizo hueco para dirigir la política nacional y arrumbar a los reyes a las mascaradas de los salones, los hipódromos y los desfiles; aunque no sin sufrir los embates de la reacción normalmente encabezada por un militar y del llamado entonces nihilismo anarquista. En todo caso historia viva, pues pocas diferencias formales han habido en la práctica entre el bipartidismo de la derecha e izquierdas moderadas y aquellos turnos entre liberales y conservadores de los años entre valses, mazurcas, polcas y el charlestón que dotaron a España de luz artificial, redes ferroviarias y ciudades espléndidas de las que todavía gozamos. También era una españa en la que la mayoría de la población era analfabeta y fuera de las ciudades el caciquismo era la forma de controlar la desolación.

La ciudad de Madrid refleja todo eso y más, pues reúne la acción política y la acción artística. Por eso, la ciudad de Madrid, con la excepción del modernismo (aunque no le falten algunos ejemplos), reúne los más interesantes edificios de los estilos que caracterizan a las grandes capitales europeas. Pero “pongamos que hablo de Madrid“, la ciudad polar por la que la historia ha pasado tantas veces como la hemos cruzado sus habitantes trazando diagonales por toda la península de un extremo a otro. Y la historia ha dejado su eco para quien quiera escucharlo (que es mi caso). Desde que descubrí el Pabellón de los Hombres Ilustres (ahora a los ilustres los dispersamos), me tracé mentalmente dos ejes a recorrer para entender el mensaje en la botella que sus edificios, como cristalización de los afanes, nos envían hasta el presente. Uno va desde la Puerta de Alcalá hasta el Palacio Real, incluyendo a la Gran Vía y el otro desde la estación de Atocha y su entorno hasta los nuevos ministerios, pero sumando el Instituto Eduardo Torroja por ser uno de los polos de atracción profesional y de amistad de mis años por Madrid, como lo fue el CEDEX. De otra parte, y de forma arbitraria, prolongo el eje a la avenida de América por la “pagoda” de Fisac. El resto es contemporaneidad rabiosa a la que juzgarán nuestros bisnietos como relación entre el espíritu (la mente si nos ponemos naturalistas) y esa construcción humanamente artificial que son la ciudades que nos acogen. Tras veinte años de visitarla prácticamente todas las semanas se hizo un lugar en mi memoria y en mi imaginación, pues una vez recuperada (para mí) con sus historias me ha ayudado a comprender mejor mi propia profesión y mi propio país y, si me apuran, a mí mismo como parte de ese flujo complejo inextricable que componemos sin advertirlo los humanos en nuestra lucha diaria. En todo caso, sólo voy a mencionar los edificios que están frescos en mi memoria, no tanto por la reiteración de su vista, siempre en escorzo y dinámica por mis pasos o por ir en coche, como por el impacto que me produjeron desde el principio.

El primer eje empieza en Atocha porque era mi punto tradicional de llegada. Conocí la nave primaria como estación terminal, mucho antes de que se abriera el túnel de la risa y llegaran las locomotoras diesel, pues la locomotoras a vapor no se retiraron hasta 1975. El edificio se terminó en 1892 y la estructura (lo siento) se hizo en Bélgica. De esta maravillosa obra del Ingeniero Alberto del Palacio, que se había formado en las estructuras metálicas con Eiffel, de esta nave convertida hoy en una selva tropical, me gustan los magníficos detalles de encuentro entre la fábrica de ladrillo murciano y la estructura metálica roblonada. Quien quiera saber de qué hablo que se fije al llegar en taxi a La Puerta de Atocha para coger el AVE, pues dado que la cota es alta está casi al nivel de coronación y cuando pasee por lo que fueron los andenes piense que puede estar pisando una huella de Pío Baroja o Joaquín Sorolla.

Cuando sales de la Estación los ojos se van al original y brillante Ministerio de Fomento (actual de agricultura), en mi opinión uno de los mejores edificios del Madrid romántico, si no el mejor. Obra del arquitecto Velázquez Bosco que en 1896 explota perfectamente el vigente eclecticismo con exactas proporciones en zócalo y ático. Está coronado por una etéreas esculturas lanzadas al aire representando a la Gloria y a dos Pegasos que realizó el escultor Joaquín Querol. Este edificio dice a qué ciudad ha llegado el viajero al verlo brillar con el sol de poniente exhibiendo su ladrillo, su piedra y sus cerámicas esmaltadas rodeando a las cariátides colosales de su puerta. Tampoco es despreciable la verja metálica de Francisco López con las estípites coronadas por el busto de la diosa Minerva. La estructura metálica de este edificio fue diseñada por el mismo Alberto del Palacio que después se pasó enfrente a construir la Estación de Atocha que ahora conocemos. Siempre me paro a verlo en los múltiples aspectos que el clima o la época le proporciona. Fue testigo de la perplejidad de Madrid cuando la ciudad se vió sorprendida por los atentados sangrientos de 2004 y, tambíen, se ve obligado a mirar el triste monumento (físicamente hablando) que conmemora (quién lo diría) aquel crimen fanático. Me gusta verlo de frente y de costado, incluso cuando no es protagonista, como en ese cuadro de la esquina con Doctor Velasco, en una escena contingente de nuestra pintora realista Amalia Avia en un día cualquiera de lluvia.

Del paseo del Prado menciono el edificio de la Real Academia de la Lengua con proyecto de Churriguera y que se acabó en 1984 porque una tarde tuve la suerte de conocer a Mingote de la mano de José Manuel Sánchez Ron (el historiador de la ciencia y académico). También el Museo del Prado de Villanueva, porque encierra mil vibraciones de asombro y entusiasmo en largas horas en sus galerías. Es el más vibrante eco de ese siglo prodigioso (el XVIII) en el que Carlos III ilustró Madrid mientras administraba todavía un vasto imperio, de cuya nostalgia nos curó el siglo XIX a base de pasar un largo periodo febril. Pero, mi memoria selectiva elige por su austeridad y monotonía premeditada, casis estupefaciente, el edificio de Asís Cabrero que se edificó en pleno franquismo (1951). Es una sorpresa porque bajo el camuflaje de la austeridad se plantó desafiante entre el neoclasicismo del Marqués de Cubas, el romanticismo de los hoteles afrancesados en la belle epoque y la pesada herencia de los chapiteles de los austrias. Un edificio tan moderno, que inspira al Moneo del Bankinter y ofrece, a pesar de su escala, escorzos organicistas. Un edificio que enamoró a las almas minimalistas avant la garde. A su lado ha crecido, desde la electricidad, el museo de Caixa Forum con su engañoso voladizo infinito que es sostenido por todo el edificio que parece destinado a volcarse por su culpa.

Más allá, en este eje figurado el Palacio de Linares con sus historias de desdicha incestuosas; el Palacio del Marqués de Salamanca que, en una de sus aventuras financieras tuvo que huir de los acreedores en un tren de Atocha. Sigue el magnífico y burgués barrio que impulsó siguiendo el ciclo de la especulación que compraba y construía allí donde los planes urbanísticos no lo permitían. Tiempos de capitalismo salvaje para pobres y ricos. Tiempos de asimilación de la pérdida del imperio y de aprendizaje de la dureza de construir un país carente de recursos hasta la llegada de la célula fotovoltaica. Eje éste que hasta el final del paseo de Recoletos muestra las casas palacios que los latifundistas y los advenedizos industriales construían para presentarse ante la sociedad madrileña. Tiempos sin ascensor en que las familias propietarias vivían el la planta principal del barrio de los jerónimos, mientras la servidumbre lo hacía en las buhardillas. Tiempos en que se alimentaba con carbón las chimeneas y los pulmones sin sentido alguno de culpa. Y así, tras un tramo de modernidad constructiva, que apreciarán nuestros descendientes, pasamos junto a la cajita de cristal de Rafael de la Oz y la sirena varada de Chillida bajo un puente de José Antonio Fernández Ordóñez. Enseguida llegamos hasta los nuevos ministerios de Secundino Suazo, que fueron nuevos cuando se pensaron en 1933, impulsados por ese señor gordo de la estatua de la esquina de Castellana con Ríos Rosas (Indalecio Prieto), y se acabaron en 1942 en pleno franquismo triunfante; lo que no tiene otra explicación que el estilo austero y casi cuartelario le pareciera bien al nuevo dueño del destino de la nación. Muy cerca, el anodino edificio que ha sustituido al magnífico edificio Windsor que fue pasto de las llamas y la desidia; vecino de una obra maestra de la arquitectura de Sáenz De Oíza en 1981 (el Banco Bilbao Vizcaya); una mole cobriza en la que hasta las barandillas de las galerías de mantenimiento contribuyen a su belleza funcional. Antes del remate del eje de Castellana me paro en los edificios grises del ministerio de Economía e Industria. Uno enhiesto y el otro tumbado para rememorar el tráfico de embutidos murcianos con mi entrañable amigo Álvaro García Meseguer del que recibía el encargo con precisión ingenieril de dónde comprar los pasteles de carne y la longaniza. Él me proporcionó el facsímil del testamento manuscrito de Eduardo Torroja, otro facedor de estructuras que se valían por sí mismas y dejó un enorme agujero en mi tejido fraternal.

Más allá exhibición del músculo tecnológico en las cuatro torres elevadas hasta 220 metros por la fuerza de dinero acumulado en bancos y grandes corporaciones, dejando enanas a las “torres de pisa”  de Philip Johnson, cuya inclinación es falsaria y al “Picasso” de piedra de Minoru Yamasaki, cuya estructura fue la primera hecha con árido ligero. Antes, un giro a la derecha conduce hacia la Plaza de los Delfines (República Argentina) en las proximidades del espíritu de la ciencia con el Centro Español de Investigaciones Científicas (quizá con telarañas en este país pagador de royalties) y la Residencia de Estudiantes en la que resuenan los ecos de las vanguardias que luego la locura dispersó. Ese sitio en el que Dalí y Buñuel se reían de Lorca y coqueteaban con Sara Montiel. Ese Lugar que visitó Le Corbusier de la mano de Mercadal (hay una foto de ambos que al pié se aclara que Corbu es el de la derecha). Una ruta ésta más interesante que seguir Castellana arriba, porque nos encontramos con Torres Blancas, también de Oíza, ese misterioso edificio organicista desde el que Antonio López pintó su cuadro “Madrid“. Abajo, en la calle, comienza un camino que a la mayoría de la gente la lleva al Aeropuerto de Barajas y a mí a la fugaz visión del edificio de los laboratorios Jorba de Miguel Fisac. La entrañable “Pagoda” que mostraba sus picos resultado de un ingenioso giro de 45º en plantas alternativas. Un mal día, durante la hégira de un alcalde casposo (Álvarez del Manzano), la pagoda cayó víctima del odio a lo moderno, del odio a Fisac y del amor al dinero. Cuando paso por la Avenida de América, cierro los ojos, pero sigo hacia la T4 a sentirme abrumado por la exhibición de tecnología y buen gusto de Richard Rogers al diseñar esa arboleda de hormigón y acero en la que los árboles se tornasolan en el colorista espectro visible. Una catedral de la comunicación con bóvedas ondulantes y continuas invitaciones a mirar hacia arriba.

El otro eje de este Madrid Subjetivo empieza en la Puerta de Alcalá, el monumento neoclásico encargado por Carlos III a Sabatini en 1774, y espiritualmente se prolonga hasta la calle Hilarión Eslava, donde en el número 49 está el estudio de mi amigo Antonio Fernández De Alba, que fue objeto de mi tesina de pre doctorado, académico de la lengua con la “o micrón” y sujeto del interés de la historia de la arquitectura para siempre. Un estudio pequeño, orgánico, rezumando arquitectura reposada, bien horneada, escrupulosamente pensada, representada y ejecutada. La vida da sorpresas desagradables y, de vez en cuando, un regalo. Uno de ellos es este.

La Puerta de Alcalá ha sido malograda, en su vista de puerta al cielo por un edificio, por otra parte magnífico: la Torre Valencia de Javier Carvajal. Quizá habría que quitar la Puerta para que la torre se viera bien. Fue construida en tiempos de desprecio total hacia cualquier cosa que no produjera beneficio. Se dice que los obstáculos a su construcción fueron removidos por Carrero Blanco al que le gustaban los edificios en altura (veraneaba en una torre en Campo Amor). La Puerta de Alcalá impasible resiste el paso del tiempo y las canciones que le dedican y ya que le han tapado la vista de Alcalá, mira hacia la fuente de Cibeles diseñada por Ventura Rodríguez, el Banco de España de Adaro, el Círculo de Bellas Artes de Antonio Palacios con su recientemente abierta terraza, donde una cerveza es un goce estético pues incluso a través de su espuma se ve la grandeza de esta ciudad extraordinaria que es Madrid. Cuando recorres el Círculo crees que llevas esmoquin por su elegancia decadente. Enfrente, el Instituto Cervantes, que antes fue la sede del Banco del Río de la Plata, otra obra de Antonio Palacios, que, en su versatilidad ecléctica, fue capaz de añadir a su catálogo el Edificio de Correos (hoy Ayuntamiento) culminando tres edificios tan distintos como próximos. Uno indescriptible, otro muy moderno y un tercero brutal en su despliegue sobredimensionado de elementos colosales. Pero si algo conmociona a la Puerta de Alcalá, todos los días, a todas horas, es  la hermosa bifurcación de su calle y la Gran Vía. Bifurcación adornada por el edificio afrancesado llamado Metrópolis. Fue diseñado por los hermanos y arquitectos Février y, aunque originalmente fue la sede la compañías de seguros Unión y el Fénix, hoy es propiedad de Seguros Metrópolis. El anterior dueño se llevó la estatura que coronaba el edificio a su nueva sede y los nuevos dueños la sustituyeron por una estatua de la Victoria Alada de Federico Coullaut. Estaba ya acabado cuando Alfonso XIII inauguró con un golpe de pico el derribo del primer edificio que permitiría la apertura de la Gran Vía en abril de 2010.

Por la izquierda uno va mirando edificios corporativos impresionantes construidos cuando aún la madera y el ingenio eran los recursos auxiliares fundamentales de la construcción, como siglos atrás, pero con la novedad del acero estructural y la fundición decorable. Un ejemplo es el impresionante edificio del Banco de Bilbao de Ricardo Bastida con sus columnas sin muros inspirado por el Banco del Río de la Plata y la impresionante cuadriga en su coronación, así como el edificio, perfectamente acoplado a la bifurcación de la calles Alcalá y Sevilla, llamado de La Equitativa, del arquitecto José Grases, y que fue la sede del Banco Español de Credito (Banesto).

En veinte años (1900-1929 la Calle de Alcalá y la Gran Vía tomaron la forma de arquitectura cataclismática (en palabras de Josep Plá), en una exhibición de riqueza explicada por las inversiones extranjeras que implicaba beneficios para las entidades bancarias a pesar de los períodos de autarquismo que la economía española, como la francesa, alemana y norteamericana, practicaban. También contribuyeron en esta época los beneficios de la neutralidad durante la Gran Guerra. En la Gran Vía destaca el edificio de Telefónica, por ser uno de los faros de Madrid (así se decía de los edificios en altura antes de los rascacielos), junto con las torres de los edificios de Telecomunicaciones (actual ayuntamiento) y el Círculo de Bellas Artes. De la torre del edificio de Telefónica se decía que hacía de mango de la sartén que era Madrid. Además, al haber estado en una boda en el Casino de Madrid, no podía sustraerme a su encanto. Es digno de ver por dentro por su despliegue de fantasía modernista en la mejor tradición de Víctor Horta, debida a la intervención de López Sallaberry. Un poco más allá, en la plaza de Callao, me quedo con la boca abierta siempre mirando el edificio Carrión o edificio Capitol, construido en 1933 con el proyecto de Martínez Feduchi ,que se atrevió con formas de un racionalismo muy expresivo y dota de una gran personalidad a esa esquina aguda.

Caminando hacia el Palacio Real paso por edificios interesantes, pero no siempre por edificios fascinantes, de modo que me voy directo al palacio, mirando de soslayo los edificios de los tiempos de Felipe III, como el Palacio de Santa Cruz. Un palacio Real para el que hubo que quemar por descuido de palafreneros el Alcázar que le precedió en el sitio, disipándose el aire medieval de Madrid. Total, sólo se perdieron obras de Tiziano, Velázquez, el Greco y otros. Pero no hay mal que por bien no venga… el resultado que presenta el nuevo (a la sazón) palacio barroco es realmente brillante en la dirección de Sachetti, que conservó el patio de armas del Alcázar, pero que desplegó su talento impulsado por los deseos de Isabel de Farnesio, que a la muerte de Felipe V, quedó relegada y ni siquiera figura entre los personajes inmortalizados en la estatuaria de la cornisa del palacio, hasta que su hijo, Carlos III tomó medidas. El granito se usó con profusión en los muros del palacio; muchos arquitectos, aparejadores, pintores y miles de artesanos trabajaron en su construcción. La labra se hizo sobre piedra caliza de Colmenar. Las obras fueron una academia en sí misma en la que se formaron los especialistas que después construyeron el Madrid de Carlos III.  Cuenta con un estupendo balcón desde el que Franco se bañaba en multitudes y la Reina Sofía le dió un beso a Juan Carlos, no por amor, sino por haber abdicado en su hijo.

Me deslizo hacia el norte, hacia la cuesta de San Vicente y antes de terminar en la Casa de las Flores en el distrito de Chamberí. proyectada por Secundino Suazo en 1931, tropiezo con un edificio de 1911 que es una verdader joya. Se trata del palacio Gallardo en el nº 2 de la calle Ferraz. Siempre que paso por ahí, echo una mirada de admiración a las obra que ese burgués se puedo permitir y que, esos arquitectos, maestros en el desarrollo decorativo de las fachadas, como era el caso de Federico Arias Rey,  pudieron llevar a cabo. Para lo que contaba con una desarrollada industria del ornamento prefabricado que no temía a ninguna sucesión de superficies onduladas.

Este paseo del Madrid que tengo en la retina cubre edificios que van desde el siglo XVII al siglo XXI, pasando por períodos extraordinarios como el del Carlos III en el XVIII, el de la burguesía emergente en la época de la Restauración y en el siglo XX con la industrialización, con grandes inversiones extranjeras y la expansión contemporánea desde los años setenta.

Pero Madrid es también su gente de aluvión y su gente genuina. Técnicos amigables, rigurosos, de primera fila nacional e, incluso, internacional. Hacedores de normas y resolutivos en empresas privadas; bien documentados y sostén de nuestras infraestructuras, edificaciones y urbanismo. Empresas solventes, que van y ganan concursos internacionales. Taxistas amables y taxistas hoscos, como en todas partes, gente amable por doquier y un cielo azul inigualable. El Madrid subjetivo es además pasillos oficiales donde las cosas, como en todas partes, van tan bien o mal como buenas o perezosas son las personas con responsabilidad. En los bares las llamadas “raciones” no responden al concepto de “tapa” del Levante. Si te despistas y pides una ración de calamares, no te advierten de que puedes acabar vomitando trozos de cefalópodo. Se come muy bien, si se sabes donde. No es cómo en el Norte que se come bien en cualquier sitio. Mis restaurantes favoritos fueron en los buenos tiempos, La Albufera para creer que estabas en Valencia, Portobello para creer que estabas en Coruña, Ansorena para creer que estabas en San Sebastián o Pamplona y Botín para creer que estabas en Madrid. Un Madrid que también se pasea sin agobio (al menos el día que estuve por allí) por el milagro que la tozudez consiguió en el manzanares con el soterramiento de la M30. Uno de esos logros que ni el endeudamiento consigue amargar. Ese paseo me permitió descubrir una de la obras con los “huesitos” de Miguel Fisac (unos laboratorios). Un Miguel Fisac al que conocí personalmente en unas jornadas en el Salón de Actos del Instituto Eduardo Torroja sentado en aquellos sillones con tapicería de clan escocés. Un Instituto con planta en letra “pi” en cuyo hall he esperado muchas veces la bajada por la escalera espiral a Álvaro, Demetrio o Carmen y me he cruzado antes de una reunión a Pepe, Enrique, Manuel y Manuel, Fernando, Hugo, Javier, Jesús o Juan Carlos y Juan Carlos. Todo esto pensaba antes de levantar la mirada hacia el muro barroco por el palacio Real y clásico por la obra elegantemente complementaria de Tuñón y Mansilla, Mansilla y Tuñón. Un farallón refulgente al sol de poniente con una bufanda verde y geométrica  que llega hasta el río.

Tampoco ha faltado un Madrid artístico en el que ver musicales como los Miserables, reir con Concha Velasco, reflexionar con Flotats y Pou en “Arte” de Yasmina Reza o experimentar una fuerte sensación de vergüenza ajena en aquella obra a olvidar de la época del destape, con música de Juan Pardo, en la que había en el escenario más gente desnuda que vestida en la platea. Nunca conseguí entradas para el Teatro Real, pero he disfrutado mucho en sucesivas visitas al Prado (La Meninas, Tiziano, Durero, Goya…), al Thyssen (esa lección de arte de 500 años), a la fundación March (aquel Friedrich) o Caixa Forum (aquellas maquetas de Richard Rogers o de la Viena de Adolf Loos), a la casa de Sorolla (esa Clotilde entre sábanas de lienzo blanco) y al Reina Sofía (el Guernica sobre todo).

Sus librerías me ha dado tardes gloriosas en las que compraba más libros de los que podía acarrear. Desde La Casa del Libro en Gran vía (un festín para el bibliófilo) a la Librería Técnica en la calle Lagasca (donde se oyó el estruendo del atentado de Carrero) esquina a Juan Bravo, junto al palacete de la Embajada de Italia y la Asociación de la Prensa. Una librería de la que nunca conseguí salir con las manos vacías. En un ocasión pre-amazon, perdí el norte y tuve que reclamar ayuda del servicio de atención al cliente de Renfe para poder llegar al tren. Ese tren que cogía tan a menudo, que casi saco el número negro de la lotería negra de Chinchilla. En fín, un Madrid en el que he alimentado el alma y el cuerpo a plena satisfacción. Hablando del cuerpo, un desmayo extemporáneo me llevó al Hospital de la Princesa para saber de buena mano que no tenía nada, excepto un exceso de trabajo. Por eso al día siguiente me fui para Canarias. Pero desde Canarias o desde Bilbao, desde Coruña o desde mi tierra, nunca me pareció una servidumbre pasar por Madrid, pues había demasiadas cosas interesantes que disfrutar entre obligaciones. Hoy tengo un hijo casi madrileño y quizá mañana un nieto o una nieta que se taturará un pequeño oso en alguna parte. Que, por cierto, no sé hasta qué punto es una ventaja ser de la ciudad de Madrid, agobiado por el trabajo, para disfrutar su carácter de palimpsesto cultural, pues creo que nuestros ojos, los ojos de los de fuera, tal vez estén más abiertos para ella.

 

 

 

 

La desdicha

Los ocultamientos de la Iglesia acerca del comportamiento de su algunos de sus sacerdotes requiere un análisis que aún no se ha llevado a cabo. Los papas, tanto Benedicto XVI como Francisco, ha acabado escudando la falta de reacción de la institución en que la pedofilia es una práctica aceptada hasta hace relativamente poco. Algo así como “no es tan malo y, en todo caso, no es pecado”, como si hubiera una maldad no pecaminosa hecha a medida de la desmesura de estos varones incontinentes con el juicio confundido hasta el punto de perdonarse benévolamente sus atrocidades con niños a su cargo. Ni en el plano humano, ni el plano religioso tiene excusa esta siniestra práctica que tanto dolor ha causado en generaciones enteras de niños en todo el mundo. En ningún caso estas excusas parecen el resultado de una consigna generalizada, pues allí donde surge una denuncia, siempre habrá una autoridad eclesiástica que proferirá alguna excusa. Quizá las declaraciones más torpes las realizó el Obispo de Tenerife que dijo, en una especie de acto fallido: “Puede haber menores que sí lo consientan -refiriéndose a los abusos y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan

Esta vergüenza individual e institucional, que es semejantes a los más grandes actos de mendacidad política, tiene su origen en un instinto de protección corporativa y, me temo, en una convicción del carácter inofensivo de la práctica pedofílica. Como estudiante en un colegio religioso, recuerdo los comentarios que mis compañeros hacían de las acciones de abusos hacia los alumnos internos por parte de algunos religiosos. Nunca supe cuánto de malicia había en aquellos comentarios, pero las repetidas denuncias de jóvenes en las últimas décadas y las sentencias de tribunales en Estados Unidos e Irlanda, además del reconocimiento de la propia iglesia de aquellos casos que ya no se pueden negar, parecen dar la razón a aquellos chascarrillos de mis compañeros. Mi propio hermano me contó del apuro que pasó cuando tuvo que huir de su cama, durante un periodo de internado al sufrir el acoso de un anciano sacerdote.

La pulsión sexual de los varones que está en el origen de la reproducción de la especie no siempre es bien conducida, como muestran los numerosos casos de violaciones que sufren las mujeres, pero si además se suma el mecanismo perverso del celibato, no es de extrañar la situación. Una desdicha que parece probar el hecho de que no se den estos casos en el sacerdocio de versiones del cristianismo en las que no está prohibido el matrimonio. Ha sido tradicionalmente la Iglesia católica la que ha padecido esta epidemia de abusos sexuales a la sombra de los gruesos muros de sus consagrados edificios. Un abuso repetido y lleno de cobardía que hace años que debería haber tenido como resultado una revolución interna de la Iglesia Católica.

Empieza a producir bochorno, tanto a los que “profesamos” la religión católica por tradición cultural, como los que lo hacen por auténtica convicción en sus dogmas y promesas, la cascada de noticias sobre pederastia desvergonzada de los “pastores” de la Iglesia. El asunto tiene ya una envergadura cuantitativa que tiene todos los indicios de haberse convertido en una institución a la que los pedófilos acuden del mismo modo que se infiltran en las actividades deportivas o docentes con jóvenes. Vergüenza que se ha prolongado en el tiempo por la delictiva protección de la jerarquía, que confunde la reputación de la institución con la complicidad. Unos intentos torpes de ocultar la verdad que ha producido un daño tal que han llevado a la proliferación de casos, dada la impunidad reinante. Nunca tanta dignidad impostada ha traicionado principios tan nobles. Si ni siquiera ahora, con los casos de Chile, Estados Unidos e Irlanda, hay una limpieza general de delincuentes con sotana, no sé cuándo ocurrirá. Tampoco sé si los príncipes de la Iglesia son conscientes del daño que hacen con su negligencia culpable a la Fe, a la Esperanza y al papel tan relevante que la Iglesia cumple, en otros órdenes de su actividad, con la Caridad. En fin, una desdicha.

El beso

Barbara Hutton decía que quería estar siempre enamorada, y por eso se casó siete veces. Es evidente, para este observador al menos, que estar casado y estar enamorado no es lo mismo. Mucho menos estar casado siete veces, lo que supone, al menos, seis rupturas previas de un amor que podríamos llamar de baja calidad. El amor tiene su propósito biológico, aunque luego los humanos vivimos estos impulsos primarios en la forma que nos es propia, es decir, como sentimientos, del mismo modo que las ondas lumínicas las vemos como colores. Y los sentimientos son la clave del amor, el tema eterno de todas las obras de ficción que el ser humano ha producido. Qué obra de ficción tiene interés si no hay una línea argumental que nos presente los avatares del amor o el desamor. Sin embargo, el amor volátil no es amor. Esta palabra no debe ser utilizada sin riesgo para nombrar la explosión de hormonas que estallan cuando dos cuerpos, más que dos mentes, se atraen. Esta hermosa palabra debe ser reservada para toda una trayectoria que empieza, en efecto, con esa explosión sensual, pero que acaba con un finísimo sentimiento de amor amistoso en el otoño de la vida. Un sentimiento profundo que encierra muchos años de experiencias comunes en todos las dimensiones que la vida depara. Una suma de capas existenciales que van configurando un conocimiento el uno del otro que para sí quisieran los psiquiatras respecto de sus pacientes. Una relación intensa llena de cumbres y valles de la que se acaba disfrutando cuando se acaba comprendiendo qué es ser humano gracias a la experiencia cotidiana con otro. Nada de esto es posible con un sentido hedonista del amor. El amor es la oportunidad de vivir la vida “de cerca“. La vida tal cual, con su corazón auténtico y su fachada, con los ruidos del cuerpo y los aleteos del alma. ¿Y qué mejor broche para la vida, tanto cuando empieza como cuando acaba, que un beso? Pero, ¿son posibles siete besos como este?

Carlos y Lara se casaron el sábado pasado. Lo hicieron en dos etapas: una contractual ante una jueza y otra emocional ante su familia y sus amigos. La primera etapa con su aire de seriedad y seguridad de que el compromiso de las emociones implica, también, el compromiso de las obligaciones para que la unión no sea una frivolidad. La segunda etapa fue otra cosa. En medio de un bosque, entre hadas y duendes, Carlos y Lara nos hicieron vivir un momento mágico en el que la mera feérica presencia de los novios se complementaba con la brillante acción de los oficiantes con sus declaraciones de amistad. Jana, Rafa y Lalo con su elocuencia, franqueza y ternura contribuyeron a la atmósfera que ya habían creado la naturaleza y los amantes. El resultado fue mágico con detalles de modernidad, como la lectura de votos ayudándose de la pantalla de un móvil. El remate fue un beso, pero qué beso, un beso que no era el primero, como antaño se fingía cuando era más importante el estreno del cuerpo que el amor entre los espíritus, pero un beso que tampoco será el último, sino uno especial en una cadena de oro. Un beso que sella ante todos el compromiso de que se sabe que, más allá del goce epidérmico hay un compromiso, una curiosidad mutua y una certeza telúrica de que esto “no ha hecho más que empezar“. Un beso que empieza en las mucosas, pero que se extiende como una onda benéfica por todo el cuerpo y anida en el recuerdo y en la imaginación. No fue un beso, fue el beso. Un beso que supera el de Alfred Eisenstaedt, el de Klimt y, por supuesto, el de Rodin.

 

 

 

 

Aniversario de una crisis.

Estos días se celebra el décimo aniversario de la crisis conocida oficialmente como la de 2008. Sin embargo, para mí empezó un año antes, pues en el funeral de la madre de una persona muy conocida de Murcia, tuve una conversación con un alto directivo de una caja de ahorros, que ya no existe, que me explicó lo que venía a partir del timo que se había montado en Estados Unidos con las hipotecas subprime concedidas a deudores, que ya se sabía que serían insolventes. Aquella crisis fue consecuencia de la imaginación puesta al servicio de la codicia y de la confianza puesta al servicio de la complicidad. Los imaginativos eran los financieros que diseñaron los productos complejos modelo “Tartufo” que escondían en la brillantez de su envoltura algorítmica un oscuro agujero lleno de nada. Los cómplices fueron todos aquellos que al frente de entidades de garantía (las agencias de rating) o al frente de bancos centrales y de comisiones de control de mercados convirtieron la confianza depositada en ellos en criminal colusión con los estafadores. A los políticos los dejo al margen pues no tienen ni idea. Así, entre los nuestros, mientras uno decía: “el milagro soy yo”, refiriéndose a la burbuja, otro aceptaba su ignorancia, tanto en temas económicos como educativos: “Esto te lo enseño yo en cuatro tardes”.

De aquella crisis se salió con la aceptación “humilde” de los ultra liberales de ingentes cantidades de dinero público. “Viva el comunismo” debieron pensar, pues, cuando la cosa va bien no pagamos impuestos y cuando va mal nos dan el dinero de los impuestos de nuestros empleados para que podamos escapar a las Bahamas con el botín. Una generosidad pública que llega a la inmolación pues los países que no tenían dinero, se endeudaron para poder hacer frente al agujero que habían dejado lo brillantes CEOs del mundo (CEO es un acrónimo aceptado por el papanatismo linguístico que significa Chief Executive Officer. Algo así como “el jefe”). Ahora hay en España CEOS por todas partes. El CEO de verdad, el de una gran compañía, es un jeta que puede cobrar millones de euros al año y que se retira con muchos más millones cuando la lía, porque su contrato ya incluye una cláusula de indemnización con la que premiar su fracaso.

Pero, cuando diez años después, se dice que ya se ha acabado la crisis, es una buena oportunidad para hacer balance: 1) Los estados que sanearon bancos con dinero público están más endeudados que entonces; 2) los creadores de la crisis dan conferencias con sus ganancias a buen recaudo, después de decir ante el Congreso de los Estados Unidos que lo que hicieron fue inmoral, pero legal. Algo así como “se siente, pero sois unos pardillos”. Lo que es de aplicación a las agencia de rating que repartían avales triple A sin mirar los papeles y 3) los ciudadanos de occidente han visto como el modelo de sueldos se ha vuelto asiático con la excusa del ahorro, como preparación para un mundo en el que la robótica va a hacer innecesaria a millones de personas para el gran tejido industrial, lo que generará nuevas formas de economía humilde para sobrevivir en las capas bajas de la sociedad.

Y no se ha aprendido nada, pues de la refundación del capitalismo, que dijo solemnemente Sarkozy, hemos pasado a una nueva juerga en la que el dinero es absorbido por mecanismos nuevos y sutiles y repartidos entre los CEOs de nuevo cuño sin que los estados sean capaces de resistir la presión de los lobbies financieros. Dinero que alcanza ya cifras desestabilizadoras (la mitad de la riqueza mundial y buena parte de la renta generada cada año) y que, en vez de volver al circuito productivo, se estanca en paraísos fiscales o se consume en la industria del lujo. Y a todo esto añádase que las fuerzas que pugnan por extraer rentas de la gente siguen exprimiendo el limón aprovechando las oportunidades de forma diabólica: así A) el low cost que ha producido 5 millones más de millonarios explotando los bajos salarios que la salida de la crisis pareció justificar y B) los nuevos mecanismos de seducción de la codicia del pobre que se ofrecen de forma obscena en las televisiones y radios de todo el mundo. Así, aprovechando la telematización universal, ya se puede apostar o comprar productos financieros en el baño de tu casa (alquilada). Como consecuencia, millones de pobres concentran el poco dinero que tienen individualmente en las manos de los pocos creadores de estos productos, que eluden los mecanismos locales de control (incluso aunque fueran diligentes). Por supuesto que tendremos noticias del 0,1 % de agraciados para que sigamos traspasando los ahorros esperanzados en salir, al menos nosotros, del agujero. Agujero que, hay que reconocerlo, cada vez es más entretenido gracias a las pantallitas de colores. ¡Ah!, mientras tanto, la política en vez de aclarar las cosas se dedica a confundirlas explotando la frustración de la gente en forma de populismos nacionalistas y xenófobos, mientras el contrato leonino de las eléctricas sigue vigente. Lo hacen para que los CEOS les den empleo cuando un vendaval electoral los mande a casa. Obviamente, la solución a todo esto es la virtualidad creciente, el nuevo opio del pueblo, que diría Groucho.