Dolores, ciclos y exageraciones

En mi experiencia como jubilado los dolores, los ciclos y las exageraciones son parámetros dignos de análisis. En primer lugar los dolores. Me refiero a dolores articulares que son los más característicos de la edad, pues envejecer es “secarse”. Poco a poco se pierde la lubricia, y no es una metáfora, y aumenta la fricción entre “piezas”, especialmente del esqueleto. Por eso es muy importante el ejercicio para que la musculatura esté flexible y mantenga el “mástil” enhiesto. Bueno esto último es una redundancia, pues “histos” es “mástil” en griego y de ahí, por ejemplo, histograma que es una serie de mástiles gráficos. Esa fricción produce dolores, supongo que porque afecta a nervios colocados ahí para avisarnos de que algo va mal. Una vez instalado en estos dolores, que son soportables, la primera opción es tomar medidas reales de mantenimiento en el plano físico, pero, muy importante es, además adoptar una determinada actitud en el plano mental. Y es la de no prestar atención a ese dolor molesto. Hacer como que no está presente. Los dolores también se molestan, tienen sentimientos y, por eso, cuando notan nuestro desprecio nos dan la espalda (¡uf!, la espalda). El problema real no ha desaparecido, pero, ahora, no molesta. En este momento de éxito, lo que hay que hacer es mantener los ejercicios (yo estoy ahora girando el cuello) aunque no duela o, mejor, porque no duele. Si alguien no quiere herir los sentimientos de un dolor es que no sirve para viejo. Otra cuestión importante es que si uno no consigue ofender a un dolor, el remedio es tener otro más agudo, porque la mente deja de sufrir por el que ha quedado relegado. A continuación hay que ofender, despreciar, insultar no, porque no funciona, al dolor principal, para luego ocuparse del subordinado. Dicho esto hablemos de los ciclos.

Un ciclo es un proceso que se repite. En realidad un ciclo es una circunferencia. El círculo es la imagen que a todos nos viene a la cabeza cuando nos queremos representar un proceso repetitivo. También sirve un senoide. Cada uno según los que haya avanzado en eso de la tecnología. A mi me gusta el símil de un cometa. Cada 75,32 años el cometa Halley es visible desde la Tierra, es decir que da una vuelta completa a su órbita cada vez que pasan esos años. Con la edad media de un español, puede verlo una vez, porque si lo ve con 75 es improbable que se enterara recién nacido la vez anterior. Pero sirve para la idea que quiero transmitir porque es un caso extremo y un tanto deprimente, porque si los ves con treinta años ya puedes decir que no lo verás nunca jamás y al ser humano no le hace gracia los “nuncas” y si te cuentan que ya habías nacido cuando pasó la última vez aspiras a verlo, es decir a cumplir 75 años más de los que tenías entonces. Los ciclo marcan el ritmo de la vida con más o menos intensidad. Por ejemplo la ITV es una pejiguera porque tiene la “virtud” de hacerte pensar “¿ya ha pasado un año?” Y fijémonos en la cantidad de acontecimientos que pasan en un año, pero la ITV tiene esa maldita condición de tragárselo en un instante, ese en el que nos llega el aviso. Igual ocurre cuando llega el viernes y nos decimos alegres “¡ya pasó la semana!“,por aquello de la maldición bíblica al ser expulsados del paraíso. Como si el ser humano fuera capaz de vivir sin trabajar. Cuando digo vivir, no me refiero a respirar. La prueba está en que los ricos hacen deporte y, algunos se juegan la vida con estrafalarios retos como viajar por la estratosfera en globo. No es muy honesto que diga esto porque yo estoy jubilado, pero puedo prometer y prometo (Suárez dixit) que trabajo todos los días en mi blog (en el que están leyendo este artículo) y, para empezar a dar una receta, no me alegro de que llegue el viernes porque he logrado romper con el hechizo de los ciclos. La semana es un ciclo que lleva a algunos al extremo, no de resolver problemas en su trabajo, sino resolver mañanas y tardes. Es decir, espero a estar camino del sofá para decir, “¡qué día más bien resuelto!”. Es el síndrome Serrano (de Gregorio Serrano el Director General de Tráfico), ese señor que resuelve las crisis desde su casa echando por tierra todos los intentos del gobierno de desacreditar la idea de que se puede presidir una comunidad autónoma desde Bruselas. Es el síndrome del sofá. Cuidado pues con los ciclos. Porque si reducimos las semanas a los viernes, los meses a la paga y los años a la ITV, acabaremos reduciendo la vida a cuatro acontecimientos, “¡Anda, ya he acabado la carrera!“; “¡Anda ya me he casado!”; “¡Anda, ya me he jubilado!” y “¡Anda, ya me he muerto!“. Lo que es una pena porque la vida está llena de sorpresas y vivencias cada día, de modo que cuando tengas la tentación de decir “¡Otra vez está aquí el cometa Halley!” rechaza la idea y céntrate en lo que ha pasado en estos 75 años y verás, si no has hecho el piernas, qué cantidad de bellísimos, emocionantes e interesantes acontecimientos han llenado tu vida.

Finalmente, las exageraciones. Cuando uno es un adolescente se suele echar años y cuando es mayor se los suele quitar. Al menos eso es lo que yo había oído decir. Pero cuando he llegado a mayor me doy cuenta que no. Si estoy haciendo deporte y un muchacho de estos al que todavía le quedan muchas ITVs me echa 50 años porque corro detrás de la pelota, le digo rápidamente que tengo 68. Lo que no es verdad, pues tengo 67. Y, además, pienso aumentar la apuesta y pronto me echaré un par de años más. Especialmente el año que viene que al sumar dos podré decir que tengo 70. De este modo consigo varios efectos, todos benéficos. El primero, escuchar su asombro, que es una pomadita para mi ego. El segundo estimular su propósito de cuidar su salud, pues yo no digo “modestamente”: “Es que tengo buenos genes“, que probablemente sea lo cierto, sino que digo, como hombre de izquierdas que creo ser: “Es que he hecho mucho deporte“. Ya saben, cargo el mérito a la cultura en vez de a la naturaleza, lo que probablemente sea falso como exageración que es. ¿Pero exagerar es una falsedad? yo creo que es sólo un juego. Un juego inocente de los muchos que hay que jugar para que la vida se desprenda de la gravedad que la vuelve funesta. Creo que el humor debe ser como el vapor en una olla a presión que debe empujar queriendo salir para resolver todas las miserias en una carcajada universal. Pero el humor hay que practicarlo mientras uno se remanga y echa una mano.

Carta a los Reyes

Los Reyes Magos son unas figuras literarias sublimadas en nuestra cultura que han sufrido, como casi todo, con su utilización por el comercio universal. ¿Cómo podían ellos saber que su gesto de hacer unos presentes teológicos (cada regalo tiene un significado) a un niño palestino (los judíos son de Palestina) iba a tener tales consecuencias mercantiles?, pero, mucho más allá ¿cómo podrían ellos haber sabido que la tierra que visitaron iba a sufrir tan terribles y duraderos conflictos y que la tierra de la que procedían iba a tener petróleo?. El caso es que el ser humano recorta de la realidad una irrealidad y a ella se atiene como verdad incontestable mientras no sea contestada. Momento en que una parte se levantará indignada al grito de ¡Tradición! y la otra al grito de ¡Progreso!. No sabemos muy bien qué es una y que es el otro, pero son nuestras consignas y, como decía aquel ciudadano despistado cuando se le reprochaba votar a un partido que toleraba políticos corruptos: “… pero, ¡son mis corruptos!“.

Que las emociones nos nublan la vista no es nuevo. Tampoco debe ser tomado como un indicador de degradación, pues venía con nuestro paquete de utilidades. Las emociones son nuestro más íntimo goce o dolor y  cuando se adhieren a una idea o a un peluche, es muy difícil de despegarlas de nuestras entrañas mentales. Dicen los sabios que nuestra razón, la de todos, antes que para hacer cálculos está para construir argumentos propios y evaluar argumentos ajenos. No hay más que escuchar discusiones, políticas, sociales o domésticas entre niños y entre adultos para comprobar que gran parte de nuestra vida nos la pasamos tratando de tener razón y evaluando (negativamente) los argumentos del otro.

Añadamos que al ser humano, si le va bien, tiende a vivir en su círculo de confort y si le va mal tiende al resentimiento. Que nos gusta poseer cosas y que nadie nos las arrebate por la fuerza. Que ese apetito de posesión no es limitado ni por la ley de la satisfacción marginal, debido, entre otras cosas, a la inmensa variedad que toman, hoy en día, objetos con la misma función. A los seres humanos nos gusta ejercer el poder, ya sea en la máxima magistratura de una nación o en el hogar, donde, a veces se libran batallas cruentas donde, en general, es la mujer y son los hijos los perdedores. Nos gusta el sexo por imperativo natural, pero lo llevamos más allá de la fertilidad y más allá de la voluntad del otro. Nos gusta la seguridad y, por ello, evitamos el riesgo hasta hacer de la aventura humana una secuencia ficticia cuya perfección sólo estropean las enfermedades y los accidentes. Nos gusta el éxito como expresión de poseer una imagen perfecta ante los demás. Por eso, se persigue sin moderación matando en el camino lo que tiene valor y poniéndonos nosotros mismos una etiqueta con nuestro precio.

Bueno pues todo eso, es nuestra naturaleza. Y nosotros somos expresiones mitigadas o exacerbadas de ella. La distribución de los grados parece hacer posible la vida civilizada, pero siempre alerta porque un rasgo muy peligroso de esa nuestra materia prima es el hartazgo de los demás. Que es el momento en que el diálogo se rompe y con él la comunicación, que es la última esperanza de civilidad. Y todo eso sabiendo que al terminar el ciclo violento, los únicos que habrán perdido serán los muertos y sus dolientes, pues varias vueltas alrededor de sol después, las cosas vuelven al mismo sitio o, incluso más atrás, pero los corazones habrán quedado llenos de rencor. Un rencor que se transmite de generación en generación y parece inmortal y siempre dispuesto a saltar sobre la garganta de los herederos de los agravios reales o ficticios.

En fin, queridos Reyes Magos, voy a mi carta:

  1. Quiero un Yo-yo para que los que están a una orilla u otra de la división ideológica comprendan que no habrá ganadores ni perdedores en un mundo en el que cada uno se encierre en sí mismo. El yo-yo es juego de suma cero: si la rueda está más cerca de un palo, el otro palo reclama hasta que esté cerca del él, pero la cuerda siempre mide lo mismo.
  2. Quiero una pelota con la que comprobar que si le doy una patada todo lo fuerte que pueda la pierdo. Lo que me hará comprender que todos los desahogos excesivos me perjudican y que, sean cuales sean mis llamadas a nuestra naturaleza salvaje, sólo de la contención cabe esperar que no vayamos, en materia moral, más allá de nuestro verdadero interés.
  3. Quiero unas gafas de bucear que me permitan sumergirme en mí y ver con claridad que debo hacer un uso humano de mis emociones por mucho que se hayan pegado a la tierra o a los objetos de mi entorno y, así, poder disfrutar de ellas sin que se conviertan en un infierno para los demás.
  4. Quiero una diccionario para poder entender mejor a los demás.
  5. Quiero un altavoz para poderme hacer entender mejor cuando hablo.
  6. Quiero una pluma mágica para poderme hacer entender mejor cuando escribo.
  7. Quiero una cama elástica que me permita soñar que vuelo, pero que me recoja amorosa cerca de la tierra donde pisar firme tras el éxtasis del amor y el arte.

Quiero gozar con la nostalgia de lo que hice bien y con la promesa de lo que haré bien. Quiero que todo esto lo quiera más gente. Incluidos vosotros, queridos Reyes Magos, que estáis últimamente un tanto despistados recogiendo cartas en los grandes almacenes, en vez de en los barrios, aunque, claro, la cabalgata, con o sin diferentes, tiene que recorrer todas las calles de la ciudad para que todos sepamos, incluso los políticos, que no hay salvación sin los demás.

Esperaré estos regalos dormido como debe ser. Recibid el afecto de un niño de 67 años, que no teme resultar un tanto cursi.

Olivia, un año

Hace tres días, Olivia, cumpliste un año y ésta es la crónica. Te bautizaron, ya sabrás lo que eso significa y, sobre todo, que significa para tí. En la ceremonia leí un texto que he incorporado al final. Espero que te guste. En este año tu rostro se tornasola entre la herencia materna y paterna. Habrá más cambios, pero, hasta ahora, si hay que pronunciarse, la fuente paterna se impone. Es una mezcla que produce extrañeza por su perfección. Aún no andas, pero gateas con gran competencia y ensayas con ayuda los primeros pasos. Unos dientes incipientes en la parte inferior calman la ansiedad de los que esperamos tu progreso biológico y tus manifestaciones de personalidad aumentan la esperanza de hablar contigo. Dices ya “mamá” y “papá”, aunque no “abuelito” o “abuelita”. En venganza les he dicho a tus padres cómo se dicen ambos nombres en japonés o árabe, para que vean que la “ma” y la “pa” son universales y que, por tanto, no es de ellos, sino del bebé y sus circunstancias fonéticas que con sus primeros balbuceos los bautizan. Pero, como los padres están más cerca, se apoderan “abusivamente” de estos primeros balbuceos. Si no, ya hace tiempo (un año) que yo, al oír “pa” habría levantado el dedo.

Ya sabes decir que no (con la cabeza). No es no. Es un gran avance, pues en la vida hay que decir muchas veces no, incluso a uno mismo. También sabes decir adiós (con la mano), lo que es fundamental, pues si uno se equivoca debe saber decir adiós a los errores. Has adquirido un cierto aire meditativo, lo que es promesa de interés por las cosas y capacidad de diferir los placeres y tomar las decisiones correctas. Estamos a la espera de tu pelo y sobre todo de tu voz articulando palabras con las que buscarle un sentido a las cosas.

Con ellos, quizá vendrán las preguntas, esa forma tan humana de satisfacer la curiosidad, esa forma, a su vez, tan poderosa y llena de peligros que hace posible el progreso. Ya das disgustos al decidir si acepta unos brazos que se te ofrecen o los rechazas por razones misteriosas. Te gusta el juego y, poderosamente, el baile. Basta  con esbozar unas notas con ritmo e inmediatamente te cimbreas como un junco. Has salido ya al extranjero con tus padres. Has ido a Roma, una ciudad que la fundaron unos bebés. La has encontrado decadente, claro. Supongo que no has interpretado bien la razón de tanta ruina. Ya te lo aclararemos. Tu respuesta al desafío que supone el primer vuelo ha sido extraordinaria. Las nuevas sensaciones, en vez de inquietarte, te han abierto un mundo de posibilidades que, seguramente, explorarás cuando tenga más de un año.

Estás estudiando inglés en la guardería. Quizá, por eso ya dices “ta”. Entre las costumbres que has adquirido está la de hacer experimentos con la gravedad. Por ejemplo, te den lo que le den, lo tiras al suelo. Como ya llevas un mes haciéndolo, creo que será conveniente decirte, en su momento, que, en la práctica científica, la repetición tiene sentido sólo cuando las variables se relacionan estadísticamente en sus variaciones. Por ejemplo, creo que comprenderás, a la primera, que basta con meter la lengua en sopa caliente una vez para que aprendas que te la vas a quemar. Eso te lo explicará tu abuelita, que sólo piensa en tí y lamenta que ya desde tan pequeñita el mundo te estén ofreciendo celebrar fiestas ajenas como el Halloween o el Black Friday (te llevaron de compras). Pero así es, Olivia, este mundo en el que ya llevas un año, que es el tiempo que tu suelo da una vuelta completa a una bola ardiente allá a lo lejos. Ha sido el año más fotografiado de un bebé, lo que podrás comprobar con las miles de fotos que tus admiradores te hemos hecho. Fotos en las que cristaliza una mirada que nos tiene cautivados. Una mirada en la que te preguntas ¿de qué va esto del mundo? y te respondes: no sé, pero me gusta.

LO PROMETIDO

Queridas familias y amigos:

De la interpretación teológica de esta ceremonia dará cuenta competentemente nuestro querido cura Ginés. Un cura que hemos heredado y compartimos con nuestros queridos amigos Loli y Rafael. Lo que yo debo hacer es tan sentido como superficial aun que inspirado por esta niña que es hoy el centro de nuestra atención.

Bueno, aquí estamos todos en torno a esta personita. Empiezo por su nombre, Olivia que ya la muestra como una amante de la paz, lo que no es poco, ya que contribuirá seguro nada menos que hasta el siglo XXII a hacer de este mundo de los humanos un lugar mejor. Una paloma llevará en el pico, mientras ella quiera, una ramita de este olivo que hoy regamos. Porque hoy es bautizada y todos lo hacemos en inocencia por ella.

Tener una nieta ha sido una experiencia muy especial porque tener en brazos, tantos años después, 3500 gramos trémulos es la señal de que se ha cerrado el ciclo virtuoso de la vida. Como abuelos ya no habrá nada más nuevo, original y emocionante que Olivia, que nos ha permitido ser, por última vez, verdaderamente novatos en una experiencia importante. Gracias Moisés y Valentina por esta obra de arte.

El vértigo de la paternidad y sus obligaciones no deja reflexionar en exceso, pero en la abuelidad no hay vértigo, si trascendemos la molestam senectutem, y dejamos de pensar en nosotros. De este modo, el maravilloso espectáculo de la vida se presenta sin velos. Y el espectáculo es esa carita tan expresiva y llena de promesas. Una expresividad que mostró desde el primer segundo de su vida rodeada del asombro de todos los que tenemos la fortuna de ser su familia: sus padres, sus tíos, sus abuelos… Pero Olivia es, sobre todo, una promesa que, si la vida lo permite, los abuelos tendremos la fortuna de ver cumplida hasta un cierto momento en que haremos mutis. Personalmente quiero durar mucho, hasta los 100. No es por mí, sino para que no tenga un trauma prematuro.

Mirando a Olivia ves qué quiere decir la palabra inocencia, pero también serenidad y belleza. La miras y vives el espejismo de que ya quiere hablar contigo y escuchar tus historias. Su sonrisa te cautiva y estás deseando escuchar su voz de niña. Estoy seguro que será curiosa y, a fe, que no le faltaran respuestas; de que será inteligente y no le faltarán oportunidades de dejarlo patente; de que será fuerte y no faltarán resistencia que vencer y de que será buena persona y ejercerá, pues la vida siempre da oportunidades para la bondad y el perdón; seguro que nos sacará con su frescura de algunos atascos propios de la sequedad de corazón que traen a veces los años.

Se supone que una nueva vida es consecuencia del amor de sus padres. Así es, pero sólo hasta el nacimiento, pues a partir de ver la luz, los papeles se invierten. Sus padres, tíos y abuelos seremos una consecuencia del amor que ella nos tenga. Tanto valdremos cuanto ella nos quiera. En sus manos estamos. Estoy seguro que tendrá para todos pues el amor es inagotable. Pero la mayor parte será, querámoslo o no, para sus padres. Cuando la miréis, Moisés y Valentina, podréis decir con el poeta José Martí:

“… Y yo besaba sus pies pequeños/ Dos pies que caben en un solo beso”

Un año

Hoy, uno de octubre de 2017, se cumple un año de mi jubilación. La casualidad hizo que coincidiera el comienzo de mi nueva vida con el tormentoso comité federal del PSOE y, además, me pilló en Madrid, porque este día es el cumpleaños de mi hijo Carlos (por supuesto, antes del referéndum y los líos de los socialistas). Al estar allí, tuve la oportunidad de “cubrir” el acontecimiento (milagros de las redes sociales). Pero, además, como si fuerzas telúricas se hubieran activado, también hoy, con mi aniversario jubilar viene un acontecimientos de trascendencia nacional muy relevantes en Cataluña, sobre el que no es necesario que me extienda aquí, pues ya me he pronunciado repetidamente hablando de la leche derramada, el nuevo medievo y la tensa espera. Hay días en los que los acontecimientos dignos de ser recordados se acumulan. Y para mi biografía, se reúnen hoy un acontecimiento con connotaciones universales con uno personal. Como consecuencia escribo con un sólo ojo en el ordenador, pues el otro está en una pequeña pantalla en la que sigo el evento.

Superada la fase de desorientación provocada por la caída brusca de responsabilidades profesionales, un precipicio abismal se abre ante el jubilado novato. Ahora veo que pude mitigar el vértigo con mi estrategia de seis meses de “sólo profesor”, dejando con antelación y de forma ordenada la dirección de la escuela después de cuatro años. Así, pasé de una obsesión porque todo estuviera en orden a otra por dejar al “sucesor” las cosas lo mejor posible (y siempre hay flecos) para, finalmente, cruzar el umbral a una nueva vida en la que vivir en un proceso de desplazamiento de los antiguo por lo nuevo.

Lo primero que hice fue dedicar unos días a agradecer a todos los compañeros de la universidad, un conjunto de profesoras y profesores, alumnas y alumnos, las despedidas llenas de afecto que me habían ofrecido a lo largo del mes de septiembre.  Lo segundo fue dar un ritmo a mi vida que completara las labores más específicas de un jubilado varón de mi generación: hacer con alegría y diligencia los recados domésticos en formato 7/24. Todo ello al margen de lo excepcional que, de repente, podía convertirse en habitual. Por ejemplo, viajar en cualquier momento a cualquier lugar. Una libertad de la que he hecho un uso moderado este primer año. El ritmo debía tener un contenido que colmara los huecos que las obligaciones y vocaciones profesionales habían dejado en el goce espiritual al que tan proclive soy. Así, sin dogmatismos, por la mañana escribir y música clásica; por la tarde siesta y deporte; por la noche leer y música de jazz.

… bip, bip, bip… disonancias argumentales en la tele. Parón en la celebración de la jubilación. Un contertulio habla ya que lo mejor es “… tener un buen follón de una vez, pidiéndole a los mossos que defiendan al pueblo catalán”. ¿Estamos locos? … ya hay quien está dejando de cubrir sus emociones con argumentos y la expone a la luz sin matices… 

¿Pero escribir de qué? Cuando tenía 27 años me encontré una revista manoseada en el edificio del antiguo hospital de San Carlos de Murcia, mientras velaba a un enfermo. En ella había un artículo sobre Teilhard de Chardin, un jesuita y antropólogo francés que tenía unas originales ideas sobre cómo conciliar la teoría de la evolución, que era una evidencia para él como científico, y la doctrina de la Iglesia Católica. Tuvo graves problemas al respecto, pero dejó una obra escrita muy sugerente. Me compré todos su libros y, tras leerlos decidí estudiar filosofía. Fue muy complicado porque vivía en Cartagena y la facultad estaba en Murcia, pero pude acabar el primer ciclo, para, años más tarde, acabarla y doctorarme.  Y sobre esa piedra construí un modesto edificio intelectual desde el que contemplar un mundo finito, pero inabarcable, de creencias cuya comprensión requiere llevar a cabo operaciones de interpretación y abstracción poderosas.

Miles de libros por leer es un problema cuando sólo podré leer unos 300, si los ojos me son leales hasta el final. Un mundo infinito de conjeturas, si el cerebro me es, también, fiel hasta el final. Una misión autoimpuesta de seguir construyendo todavía, cuando al mirar hacia arriba no se ve la meta. Una pulsión por entender el barro humano mientras las noticias que te llegan anuncian un época negra de la que, por supuesto, los jóvenes saldrán rompiendo las cadenas de lo digital y transformándolo en nuevas formas de vida en las que, también será necesario mantener la lucha contra los que lastran por conservadores y los que acumulan por liberales.

… bip, bip, bip… las conclusiones de la jornada dicen que las va a dar Soraya Sáenz de Santamaría desde Moncloa… ¿dónde está el presidente?

El mundo es apasionante, pero también cruel. Apasionante porque el ser humano es el mayor espectáculo del mundo, tanto en la individualidad radical que disfrutamos en nuestro entorno, como en la visión de conjunto que nos ofrecen todos los días el ir y venir de los bits y los bytes.  Pero también cruel porque, entre las torpezas de los utópicos que quieren las cosas aquí y ahora, además de sólo para los de su tribu, y las habilidades de los poderosos para ir a la tumba con el ataúd lleno de oro la gente sufre. Torpezas y habilidades para manipular todas las vidas, todos los días, provocando el naufragio físico y metafórico, húmedo y asfixiante de cientos de miles de titilantes llamas humanas.

… bip, bip, bip… es impresionante la capacidad telemática de retransmitir en lo que está ocurriendo en carne viva… golpes, empujones, un herido de bala de goma… contertulios animando a la gente a resistir para que la imagen de martirio de un pueblo sea más nítida. Declaraciones gubernamentales desde Moncloa hieráticas, sin empatía alguna; padres con niños a horcajadas en los hombros junto a la policía en plena acción con una irresponsabilidad estupefaciente… ¿era necesario golpear a la gente?

Ya mayor, luchando con la memoria y la capacidad cognitiva, leo sin descanso a clásicos y modernos, a cínicos y compasivos buscando una pista antes de que las sombras me cubran. Aunque muchas veces, cuando la fuerza de las cosas, la sinrazón y el hartazgo producen acontecimientos repugnantes emerge la luz de la vida deslumbrandote en forma del rostro de tu nieta. Ahora que los avances médicos nos permiten a la mayoría seguir vivos cuando tus hijos tienen hijos, descubrimos lo que estuvo vedado para generaciones enteras por la brevedad de la vida de antaño. Es el placer del contraste entre tu decadencia y su emergencia. Un contraste del que surge un sentimiento de cumplimiento del deber con la vida, como fondo energético de nuestra realidad más trivial; una sensación de haber tenido el privilegio de ser el continente de una fuerza invencible encarnada en nosotros. Una fuerza que es progresiva cuando apunta al beneficio del común, y es regresiva cuando busca la emergencia violenta de la individualidad personal o colectiva.

Tenía preparada una referencia musical impresionante de Arvo Pärt como símbolo de mi necesidad espiritual de paz, pero con el regalo de cumpleaños que me han hecho los políticos, lo dejo como un apéndice para que se disfrute cuando sea posible una situación más propicia.

… bip, bip, bip… en facebook se discute, en twitter también, en mi casa, en la del vecino… De repente, los grandes problemas sociales se disipan y estamos en la épica… y los españoles entendemos de épica. De hecho somos epicómanos. ¿Era necesario golpear a la gente?

APÉNDICE PARA CUANDO ESTEMOS DE BUEN ÁNIMO

Cartas de amor

Ya no se escriben cartas de amor. Ya no se escriben cartas. Ya no se escribe. Empiezo este texto sin estar seguro de que acabe siendo una carta. Hasta ahora había amado, pero nunca lo había expresado por escrito. Naturalmente esta carta no se escribe sobre papel y no podrá ser mojada con lágrimas como antaño. Tampoco es necesario que se la envíe en privado a la destinataria, pues muy poca gente, y normalmente de mi entorno más próximo, lee estos post. Lo que tiene sus ventajas, pues te puedes sentir global sin salir de tu parroquia.

Amor, decía amor. En efecto, pero ¿a qué me refiero con esta eterna palabra? pues, en mi caso, a un sentimiento complejo pero muy cargado de sentido tras tantos años de amar a la misma persona sin que cambie la intensidad media aunque cambie el color a lo largo del tiempo y los acontecimientos transcurridos. Hablo, por deformación profesional, de intensidad media porque han sido mucho los ciclos de fases altas y bajas como para no haberlo percibido. Oscilaciones que tienen una ventaja: la de tener en las peores fases la esperanza de que volverá el brillo luminoso de las fases perfectas.

He leído en la Divina Comedia que se dice de Beatriz y me puedo apuntar a ello que:

Yo era un esclavo / tú me has liberado / y me has puesto en la vía que me ayude / para alcanzar el término anhelado/ que tu magnificencia mi alma escude / de todo mal para que torne sana / cuando del cuerpo humano de desnude

Tiernas e ingenuas palabras para quien no cree en el alma ni espera desnudarse del cuerpo, sino que, al contrario, espera descansar en el polvo enamorado de Quevedo. Pero ¡qué más da! así hablaba un amante en el siglo XVI y ahora diríamos con Salinas en el siglo XX:

“Eres tan antigua mía / te conozco tan de tiempo / que en tu amor cierro los ojos / y camino sin errar / a ciegas, sin pedir nada”

Los poetas no son más leídos porque a muchas personas nadie las ha dirigido hacia ese vasto continente de contenidas o explosivas emociones de las que servirse para encontrar la expresión adecuada. Incluso se experimenta un gran embarazo cuando de poesía se trata, como si fuera afición de gente débil. ¡Qué pena! cuanto ambrosía despreciada para la desgracia de los despreciadores.

Pues bien yo he tenido la suerte de resistir la tentación de todos los errores irreversibles que un esposo puede cometer y la lista es larga. Aunque no han sido pocos los errores reversibles (o al menos han sido piadosamente olvidados). El amor no es una cuestión racional. Lo racional es no tirarlo por el barranco. Es algo que concierne a todo tu cuerpo y toda tu mente. Cuando consigues que una de las personas entre los 4ooo millones de potenciales candidatas tropiece contigo un día ya ha tenido éxito casi toda tu vida (tan llena de fracasos). Si a mi edad todavía un acercamiento me estremece (de “trémulo”, “trepidar”, “temblar” en definitiva) es que todo va bien, que todo ha ido bien.

Décadas de contacto diario cruzando todas las trincheras, saltando todas las alambradas, gozando todos los goces crean unos vínculos entrelazados, orgánicos, inextricables, cruzados como cables dejados a su suerte, como raíces bien alimentadas de un gran árbol de sombra benigna. Si a eso añadimos que no esperamos trascender nuestra muerte, la emoción compartida se convierte en densa, profunda y tenaz sabiendo que un día nos separamos sin retorno, pero sabiendo que cada uno ha contribuido a que esta extraña propuesta que nos hace la naturaleza haya merecido la pena.

El amor prolongado de un verde terso al principio, sepia entre obligaciones y gualdo al final es siempre amor en todas sus versiones. Hoy es manifiesto que no todo el mundo acierta. Antes tampoco, pero ahora se advierte en las combinaciones vitales que unos y otras hacen a medida que, o bien se dan cuenta de que no han acertado, o bien no quieren acertar debido a  la promesa de una permanente excitación. Una actitud respetable pero que creo que traiciona algunos de los registros más sutiles de nuestra psique. Y luego está la soledad que corroe. Haber prolongado nuestro confort emocional tantos años es una mutua bendición.

He disfrutado el arrebol de tu cara y he tenido que cerrar los ojos ante el rielar de tu mirada. Si algo me pasara, me despediría con cursilería premeditada tirando de poesía para decir lo que Horacio a la nave que conducía a su amigo Virgilio por el mediterráneo:

“Navis, quae tibi creditum 
debes Vergilium; finibus Atticis
reddas incolumem precor
et serves animae dimidium meae”

Que en versión libérrima traduzco por:

“¡Vida!, que me debes a mi esposa confiada a tu custodia; te ruego que la conduzcas sana a los confines de Ática y guardes esa preciosa mitad de mi alma”

(A Asunción el día de su jubilación, uno de febrero de 2017)

Bienvenida Olivia, querida princesa.

Una carta que te envié ayer ha confundido a algunas personas que han creído que estaba escrita después de nacer tú. Ellos no saben que ya nos inspirabas antes de nacer y que por eso se pudo escribir mientras aún estabas calentita dentro de tu madre. Pero ayer 23 de diciembre a las 16:09 (según tu padre) naciste, niña que vivirás también en el siglo XXII. Todavía estamos bajo el impacto de ver tu cara sólo diez minutos después de asomar tu cabecita entre las piernas de tu mamá (lo que sólo vió tu papá). Es asombrosa la bondad de la institución que no sabemos si existirá dentro de unos años y que llamamos ahora sanidad pública. Lucharemos para que muchos niños como tú puedan disfrutar de un nacimiento en las mejores manos curativas en vez de dejados caer sobre un trozo de plástico en la estepa perdida del exilio forzado que provoca el corazón helado de algunos hombres, como descubrirás desolada antes o después. Pero tú lo harás recubierta del amor y el respeto por tu persona del que te van a rodear tus padres y el coro de mirones que formamos todos los demás. Coro que hará las cosas más raras para que tu nos prestes una atención que podamos exhibir como de cada uno y sólo de cada uno. Oirás hablar en un extraño idioma lleno de “bu, bu, bú” y “ka, ki, kú”. Ni caso. Tu tienes que hablar bien, pero si me miras a mí un poco más, mejor.

Todos estamos embobados por la viveza con la que tus ojos nos buscaban, atenta a cada susurro, moviendo tu rostro ya perfecto aquí y allá. Mirando en azul sin pestañear a unos y otros preguntándote “¿Habré tenido suerte con mis parientes? ¿habré nacido en un buen sitio? “El mejor. respondimos todos sin abrir la boca“.  Tus orejitas bien pegadas para cortar el aire cuando te apetezca sin planear te servirán para escuchar palabras hermosas y saborearlas dándole empujones y caricias de la frente a la nuca, del parietal al occipital, de la A a la Z. Tu boquita, que sonríe incluso cerrada, hablará en siete idiomas y dirá cosas bonitas sin ofender a nadie. Tu naricita es maternal y tu aire general es galante a la espera de mutaciones futuras. Cada uno pensaba que tu sonrisa, princesa, era para él o ella. Pero tu estabas generosas y había para todos.

Sí, he dicho princesa, porque, descubrirás que ahora, afortunadamente, las princesas  son republicanas y abundan para que cada uno tenga la suya y no como antes que sólo unos tontos podía tener princesas. Ahora no, y tú eres la princesa del Futuro Joven. Reino de tus padres, los Reyes (lo que tiene sus ventajas). En ese reino habitan tus abuelos los marqueses de La Seda y El Carmen y tus tíos los condes de Turquía y Chamberí. Con los Reyes ya advertirás la suerte que has tenido cuando crezcas en palacio.

Tu carita fue lo primero que nos iluminó, pero tus manos quedaron para después que advertimos la finura de sus formas. Dedos largos de pianista, pintora y poetisa de la vida. Cada postura de tus manos, princesa, es un aleteo de mariposa que reposa después en tu manta. Ya ha nacido quien merezca tus caricias, pero mientras lo conoces deja alguna para los rostros que te han mirado por primera vez y cuyas formas guardarás sin saberlo en un rincón de tu memoria. Ríe, salta, aprende y mejora nuestras vidas. Disfruta del regalo que una mezcla de sabiduría y suerte te ha hecho haciéndote a ti como eres. No te quejes nunca cuando lo vayas abriendo poco a poco a medida que crezcas. Y cuando te sientas vencida, cuando te parezca que nada merece la pena, coge una mano, acaricia una piel, deja a la brisa rozar tu mejilla, cierra lo ojos (por precaución) y vuelve tu rostro al sol. Verás como la alegría vuelve sin necesidad de argumentos y que siempre habrá alguien a quien prestar atención que te la devolverá en forma de sentido para tu vida.

Bueno de todo esto ya hablaremos pues, como descubrirás, el marqués de La Seda, uno de tus dos abuelos, tiene mucho que contarte si no te aburres y echas a correr. Pero, si ocurre, disfrutaré viendo como corres, porque estoy seguro de que hasta huyendo de mis pesadas historietas serás elegante.

Mi querida Olivia, mi querida princesa, sé bienvenida.

 

Inmortalidad

Hacía tiempo que lo sospechaba pero ahora estoy seguro: la inmortalidad es, mientras el egoísta Peter Thiel no lo remedie con su pretensión de ser inmortal físicamente, la prolongación de nuestro recuerdo en la memoria de los que nos suceden. Gente como Albert Einstein, Cervantes o la Madre Teresa son desde ese punto de vista inmortales absolutamente. Desgraciadamente lo son también gentuza como Hitler o Stalin, pero la memoria en eso no filtra con ningún patrón moral. El resto de nosotros, sólo lo seremos si somos capaces de interesar a nuestro entorno para que nos recuerden y, si es posible, de forma agradable. Esto implica, no sólo vivir vidas completas para nosotros, sino hacerlo también para los demás.

Hay dos ejes por los que uno puede prolongar su vida como persona no física: la vida personal y la vida profesional. A la primera podemos aspirar si somo capaces de que nuestra familia y nuestros amigos sigan diciendo “X, habría dicho o hecho esto o aquello en esta ocasión” o “¿Te acuerdas cuando dijo…? ¡cómo era!” y, el remate, “Cómo lo/la echo de menos“. En el caso de la vida profesional esta prolongación de la vida viene de la mano de la celebridad restringida y, no digamos, si se dejan escritos o actuaciones, que rebotan de una memoria a otra, del libro, a Internet, del Youtube al cineforum… Es la fama, ese ser alado que trompeta en mano difunde las virtudes del famoso por unos años.

Pues, a lo que iba, para los seres que vivimos las vidas buenas y no esos pobres que atrapados por la fama son tratados como guiñapos por representantes y publicistas. Esos juguetes rotos que lo sacrifican todo a ser recordados. Qué difícil es sobrevivir al halago y qué felicidad completa la de quién disfruta de celebridad  en un tipo de talento que le permite vivir vidas personales sin tener que anunciar un laxante, por ejemplo. No se si estoy equivocado pero tengo la impresión que un gran pianista puede hacerlo, pero para un deportista de élite es más complicado por esa enojosas necesidad de evadir impuestos que se imponen para pagarse vidas bastante anodinas a pesar de todo. Insisto, para los que vivimos vidas ordinarias la inmortalidad viene con nuestros familiares más jóvenes, los que van a vivir más que nosotros. Así el que no tiene hijos, ni amigos ni celebridad será olvidado de hecho un par de meses después de su muerte. El que tiene hijos y ha sido un padre o madre firme pero amorosa será recordada por haber educado y por haber perdonado. El que tiene nietos alcanza un poco más allá porque sus nietos, con los que no será necesario ni prudente usar la firmeza, hablarán de nosotros con deleite “Pues mi abuelo era muy rápido. Salía a las 3 del trabajo y a las 2 ya estaba en casa“, por ejemplo o “Mi abuela hacía un bizcocho que todavía echo de menos” o, para casos más puestos al día: “Mi abuelo me hacía unos espagueti fantásticos”  0 “Mi abuela fue directora gerente del La Observadora”.  En todo caso, los nietos hablarán de nosotros y los harán bien si hemos procedido con prudencia. Obviamente es iluso esperar algo de los biznietos que sólo te recordarán como una pasa balbuciente en un rincón de la casa esperando que llegue la hora de que (los nietos) hablen bien de tí sin que tú estés presente. Estos razonamientos me llevan a estar convencido de que los últimos acontecimientos me han garantizado “vivir” hasta el año 2116 al menos.