Discusión preliminar sobre neoliberalismo

El liberalismo, en su versión moderna de neoliberalismo, nos envuelve, tanto en el ámbito propiamente económico como en el terreno personal. Cualquiera habrá oído decir a algún divorciado que “está de nuevo en el mercado“, porque se supone que previamente era propiedad de alguien; qué decir de un deportista que habla de sí mismo como mercancía: “Espero que el Chelsea me venda“, decía recientemente un futbolista. Por tanto, se puede decir que la sociedad ha aceptado las propuestas de fondo del neoliberalismo, que no se conforman con pedir un espacio para el mercado, sino que exige que todo acto humano sea mercantil.

El liberalismo es hijo del empirismo y utilitarismo inglés y del pragmatismo norteamericano. Constituyentes de una forma de ver la vida que todavía se manifiesta hoy en la sorda hostilidad del conservadurismo británico en su relación con Europa. Una hostilidad que tenía fundamento cuando Europa se regía por los postulados de la ilustración pero que, hoy en día, no tiene fundamento dado que las premisas del liberalismo en su versión moderna se han impuesto también en la actual Unión Europea entre los que sostienen la visión trágica de la vida.

El neoliberalismo tiene origen en la reacción de algunos intelectuales a los horrores de la aplicación de teorías políticas colectivistas por Estados criminales, como el comunismo soviético, chino o el camboyano.  Entre ellos, Isaiah Berlin, Robert Nozick y Ludwig Von Mises, un profesor vienés de economía que teorizó sobre el liberalismo en relación con la actividad humana. Su alumno Friedrich Hayek tuvo una gran influencia en la llamada Escuela de Chicago con Milton Friedman como el más conocido representante de la misma. Todo ellos contribuyeron al estado de cosas que trajo a la presidencia de Estados Unidos al actor Ronald Reagan y convirtió a Margaret Thatcher en Primera Ministra del Reino Unido. De hecho, el libro de cabecera de ésta última era “The Constitution of Liberty” de Hayek. En un brochazo grueso se puede decir que, tanto los teóricos del liberalismo como los políticos que aceptaron regir sus países y, más allá la economía mundial, con su postulados han tenido un rotundo éxito. Con más o menos rigor se dice hoy que gobierne quien gobierne el ministro de economía no es necesario sustituirlo porque no introducirá unos criterios distintos a los de su predecesor, al margen de algún gesto para la galería de votantes.

El neoliberalismo teórico postula la privatización de toda acción actualmente gubernamental. Algunos, como el filósofo Nozick propone reducir el Estado al llamado “monopolio de la fuerza”. Un estado mínimo para no caer en el anarquismo que, aún siendo la culminación lógica de su enfoque, es rechazado por la perturbación que la delincuencia desatada produciría en el mercado. El neoliberalismo niega la existencia de colectivos supraindividuales. Existe el individuo y nada más. Y, además, no el individuo complejo atravesado por patrones éticos, esperanzas fundadas, sentido de la cooperación y sentimientos compasivos, sino el homus economicus que toma sus decisiones vitales con los mismo criterios que compra un coche: el balance entre lo que gana y pierde con esa decisión.

De esta forma el neoliberalismo va más allá de las meras propuestas de mercado libre para intoxicar todas las relaciones humanas. Parte de la negación de todo colectivo, poniendo el énfasis en la libertad absoluta del individuo sobre cualquier otra consideración. La sociedad deja de ser percibida como algo mayor que uno mismo y que obliga a ciertas concesiones al bien común. Se desmonta el pacto social implícito a los planteamientos de Hobbes, Rousseau y los enciclopedistas . Al cambiar el punto de vista se convierte, con un sólo gesto, a la progresista ilustración en fuente de todos los males por su énfasis en el contrato social, la importancia del Estado distribuidor y el papel primordial de la razón en la gobernanza. Con una propuesta teórica disolvente propone convertir al egoísmo en la pauta.

El neoliberalismo teórico tiene razón en su crítica a los monstruos de la razón que vieron la luz en el siglo XX, trayendo un espesa oscuridad a la humanidad. Tanto el comunismo como el nazismo son la misma cosa para el neoliberalismo, porque ambos ponen el énfasis en el Estado. Un estado Leviatán que se cobra demasiado por su supuesta protección a los individuos. Un Estado que para los neoliberales está incipiente también en las democracias occidentales, por su proteccionismo heredero de las teorías de Keynes aplicadas en los años 30 del siglo XX. Por supuesto que en esta crítica neoliberal figura como argumento fundamental el hecho de que los planteamiento teóricos se traducen en la práctica en acciones políticas abyectas. Unas consecuencias que se quieren evitar preventivamente en las democracias llevando los postulados liberales, más allá del terreno económico, a todos los órdenes de la vida como hicieron sus rivales comunistas o fascistas.

Pues bien, con la misma razón que se acusa a los sistemas colectivistas de que en el corazón de su teoría ya figura el embrión de la tiranía, se puede decir del neoliberalismo que en su plasmación en la vida de las personas ha conseguido la adhesión de la parte más codiciosa de la sociedad, que ha visto en esta teoría de disolución de la sociedad un oportunidad única para eliminar toda traba, no a la creatividad o la espontaneidad individual, sino a la acumulación obscena de riqueza, cuyo mantenimiento provoca prácticas depredadoras insolentes y, en muchos casos, la desgracia generalizada de la gente. Es decir, la visión de unos individuos ocupados solamente de sus intereses, que no pagan impuestos sino que compran servicios de sanidad, educación o infraestructuras, como promesa de total libertad y ausencia total de opresión colectivista, se ha convertido en el dominio del 1% de la población sobre el otro 99% mediante técnicas publicitarias, técnicas de juego y eliminación de leyes protectoras de los abusos. Se podría decir que, en la práctica, se ha reproducido el modo de vida de las grandes mafias en su pretensión de enriquecerse con las debilidades humanas. El neoliberalismo no corrige, sino que alienta en sus seguidores la depredación total del planeta. Sus seguidores más conspicuos destruyen la verdad, cuando conviene a sus ganancias; destruyen el decoro, llamándolo lenguaje políticamente correcto para, a continuación, perder toda vergüenza a la hora de destapar la sentina de sus pensamientos.

Sin embargo, el neoliberalismo acierta en aquello que debía haber sido el campo exclusivo de su teorización: la economía liberal. A pesar de las experiencias de los comunes, no está a la vista una alternativa al capitalismo, como generador de riqueza, pero está completamente equivocado si cree que el liberalismo económico traerá la emancipación del ser humano. El mercado es una herramienta eficaz y tan antigua como la invención del dinero y, aún antes con el trueque. Pero no debe invadir ni el mundo de la cultura, ni el de los sentimientos, ni el de las esperanzas. No es su territorio. La libertad individual gana con la capacidad de elección de mercancías, pero la libertad personal pierde con la generalización del interés egoísta. Nadie niega las pulsiones egoístas del ser humano, resultado de la propia y estructural necesidad de preservación de la vida, pero negar que, incluso el individuo, es consecuencia de un extraordinariamente complejo proceso de cooperación biológica, es negar lo evidente. La sociedad existe, señora Thatcher, y es tan palpable como el cerebro o un riñón. Si se dijera que sólo existen las células de un tejido y se las autorizara para ejecutar cualquier acción al margen del propósito principal del órgano en el que vive y al que sirve, el deterioro sería rápido. Qué acción puede llevar a cabo un individuo sin contar con los demás: ninguna. Desde la elemental relación sexual para la preservación de la especie al 99 % de las acciones que llevamos a cabo cotidianamente, que son imposibles sin que antes de nuestra acción, con el diseño y la planificación, o simultáneamente con la cooperación, alguien participe. Incluso en la satisfacción de necesidades, ni el más misántropo de los individuos puede sobrevivir en su solipsismo. Muy al contrario es necesario perfeccionar la instituciones micro o macro para la solución de los problemas auténticos del ser humano.

De una parte, el colectivismo extremo, que supusieron los regímenes comunistas y fascistas. De otra parte, el liberalismo extremo de los libertarios modernos, que ha supuesto la cooperación con regímenes dictatoriales (Pinochet y Friedman), el endeudamiento de países enteros, la estafa de millones de personas con las burbujas artificiales y el tráfico de activos tóxicos. Además, ninguno de los regímenes ha sabido o querido eliminar la economía subterránea del crimen, con los paraísos fiscales, el tráfico de personas, armas y drogas. Esta constatación nos pone en la situación de eterna búsqueda de ideas para solucionar los gravísimos problemas de la humanidad, entidad que tampoco existe para el neoliberalismo, en su apuesta por enfatizar las diferencias espontáneas. Una prueba de lo falaz de las propuestas extremas que la humanidad ha sufrido es que ninguno de sus defensores aprecia ser víctima de su aplicación (véase el caso de la herencia como contradicción máxima). La experiencia de la humanidad nos dice que ninguna propuesta teórica, que tenga influencia sobre la vida de las personas, debe ser llevada hasta su extremo, si no se quiere caer en la demencia. La coherencia no es un valor. Las propuestas que mantienen al Estado como regulador de la potencia individual para la creación debe contener en su desarrollo patológico un factor fascistoide, pero las propuestas libertarias deben aceptar que su despliegue está haciendo mucho daño. Ambas posiciones tienen aspectos de interés y deben influirse mutuamente. La lucha por la libertad contra el antiguo régimen monárquico, trajo, en nombre del racionalismo, la revolución francesa; el reflujo duró todo el siglo XIX, que fue neo-monárquico y al tiempo un explotador inmisericorde a lomos del capitalismos sin reglas. La reacción comunista y socialista trajo un mecanismo conciliador en el keynesianismo. Pero, al tiempo, creó las condiciones para un nuevo bandazo en el liberalismo extremo que hoy nos gobierna y que casi ha acabado con las fuerzas de compensación de la socialdemocracia. Vaivenes que muestran las carencias de la planificación racional que adora la igualdad y de la liberación de todos los egoísmos que cultiva el fetichismo de la libertad.

La ciencia nos enseña que las teorías son útiles un tiempo porque explican y, sobre todo, favorecen la fabricación de instrumentos de observación que, estando basados en esas teorías, permite su demolición al presentar nuevos hechos contradictorios que favorecen la aparición de nuevas teorías y vuelta a empezar en otro nivel. En el ámbito de los asuntos humanos, las tentativas tienen que ser más prudentes por el efecto letal sobre las personas. Sólo un escéptico entusiasmo permite probar sin dañar. La cooperación es necesaria y la liberación de las capacidades y el talento también. El ser humano necesita un espacio para su maduración, pero si un sistema económico le permite poseer tanto que puede corromper hasta gobiernos enteros (véase el caso de Petrobras en Brasil) o acumular tanta confianza como para engañar a miles de ingenuos accionistas, es que algo va mal en el planteamiento originario.

Tanta experiencia vital acumulada nos da una oportunidad de favorecer mecanismos de creación de riqueza eficaces, basados en la espontaneidad, pero no se puede caer en la ingenuidad de que puedan actuar hasta las últimas consecuencias. Es necesaria la modulación en virtud de los intereses de los seres humanos. El capitalismo es una herramienta, no un modo de ser. La pretensión de eliminación de toda creación humana distinta de las instituciones económicas, no sólo es perjudicial, sino que es vana. No se va a permitir.

La planificación de la compleja sociedad moderna no es posible ni deseable, pero soltar la jauría formada por la ambición, la codicia sin límite, el ejercicio del poder económico a gran escala, que si es posible, tampoco es deseable. Sólo queda la acción intermedia que libera la creatividad pero limita la acumulación irracional de beneficios. De este modo, hay incentivo para la lucha diaria por arriba y una protección humana por debajo. La prevalencia universal del mercado trae sumisión por el lado de la concentración de poder en pocas manos y la prevalencia universal del Estado trae sumisión por la concentración de poder sin mérito en manos de funcionarios. Es claro que la libertad corre tanto peligro en manos de los estatalistas como de los libertarios.

Creo que el colectivismo está ya abandonado y, por tanto, no es un enemigo a batir, pero tengo la impresión de que el neoliberalismo llega tarde, puesto que la enorme eficiencia que ha traído la tecnología y el daño infligido al planeta  hace necesario, no un sistema económico sin bridas que pone gran parte de la riqueza en manos sin mérito (véanse las indemnizaciones a ejecutivos de empresas quebradas), sino una política al servicio del bien común que intervenga a posteriori con firmeza sobre los resultados. Hay que dejar indemne la eficacia del mercado, pero hay que reconducir la riqueza a un lugar seguro para el doble propósito de garantizar una vida digna y las inversiones en conocimiento y tecnología que aborde los problemas que siempre acuciarán a la humanidad.

Los vaivenes ideológicos sobre la producción y reparto de la riqueza han oscilado ostensiblemente. Desde la publicación del Manifiesto Comunista en 1848 (11 años antes del Origen de las Especies de Darwin), los detentadores de los medios de producción han buscado una teoría con potencia suficiente para neutralizar el aroma romántico de este documento. Cuando Hayek publica el Fundamento de la Libertad en 1960 ya llegaba tarde para este combate, porque la economía soviética estaba tocada de muerte por su crueldad y su propio fracaso en atender las necesidades de su población manteniendo, al tiempo, una lunática competencia geoestratégica con el mundo occidental. Hayek llega tarde para combatir el comunismo, pero a tiempo de combatir el Estado del Bienestar cuya razón de ser no era tanto la justicia social, como el escaparate de la vida occidental frente al fracaso económico de la URSS. Por eso el enemigo ya no era el comunismo, sino la socialdemocracia. Es decir, la pretensión de repartir la riqueza en proporciones que los dueños del capital encontraban escandalosa. Hasta los años 80 se gestó el ataque al Estado del Bienestar y desde entonces el proceso desregulador ha sido constante hasta llegar la crisis de 2008, de la que Hayek, ya muerto, ha salido victorioso y Trump es la prueba. Una victoria que llega tarde porque el planeta y la paciencia son los límites de las pretensiones de haber captado la esencia humana en su condición de ser económico.

La socialdemocracia ha dormido estas décadas y ahora se pregunta: qué ha pasado. Claramente, el exceso neoliberal que no ha traído libertad, sino abuso requiere un nuevo viaje del péndulo pero no en el plano en que llegó hasta aquí, sino en otro que tendrá que conformarse a partir de los retos de todo tipo que las muestras de agotamiento ecológico, el crecimiento de la población y la tecnología plantean como un desafío formidable.

Auream quisquis mediocritatem / diligit, tutus caret obsoleti / sordibus tecti, caret invidenda / sobrius aula. (Horacio)

El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia.

Margin Call o el darwinismo golfo

07 Ene 2012

Hernández vió ayer la película Margin Call, una de las secuelas cinematográfica de la crisis de 2008. En ella se relata las tribulaciones nocturnas de una empresa financiera “demasiado grande para caer” cuando un mando intermedio despedido y un empleado temporal descubren los que sofisticados mecanismos de control de la empresa no habían captado. El descubrimiento desencadena reuniones al más alto nivel, donde, además de despellejarse unos a otros, no prevalecen los mejores, sino los más golfos. Darwinismo golfo, se podría decir. Los senior muestran su ignorancia pidiendo continuamente a los junior que hable en el lenguaje del pueblo para que ellos puedan entender los que sucede. Es decir ganan 70 millones de euros al año aparentando saber. Son estatuas de yeso. Ojos vacíos. Estupidez vestida de alpaca. Por aquí tenemos a algunos de estos. En uno de ellos, que llora por la muerte de su perra, se despierta de este noble sentimiento, algunas sospechas que la decisión tomada de salvar a la empresa hundiendo a los clientes (lo que recordaba los manejos de Kenneth lay en Enron) no es ética. Pero su necesidad de dinero lo convence de que debe aceptar la oferta para que lidere la venta en pocas horas de todos los activos tóxicos de la empresa. El líder supremo mantiene un corto discurso tomando un desayuno con vino gran reserva en la planta príncipe del edificio en el que muestra su confusión moral y casi comercial. Confusión que en sus ojos se convertía en claridad cuando, de vez en cuando, mencionaba la palabra dinero. Más o menos, viene a decir que hay en marcha un mecanismo incontrolable, que siempre ha sido así y que hay que estar donde se reparten caramelos para coger alguno sin protestar. Los jóvenes tampoco quedan muy bien parados. Uno se pasa toda la película preguntando cuánto ganaba este o aquel y, finalmente monta el espectáculo llorando ante un impasible superior que se afeita poniendo cara de estupefacción ante el lloriqueo del empleado. El otro joven, el listo que descubre el peligro pone cara de sorpresa ante todo lo que pasa delante de él a lo largo de la noche y acepta sin reparo incorporarse al staff directivo disponiéndos, suponemos a olvidar su habilidades financiera para aprender pronto las habilidades depredadoras. Tampoco hay que dejar de prestar atención al hecho de que es ingeniero aeronáutico, es decir, una inteligencia destinada a hacer cosas concretas captada para hacer felonías. Una muestra más del carácter corruptor que han tomado las finanzas en la actualidad. En fin, pensó Hernández, -no hay nada que hacer. Inmediatamente reaccionó con su visión hegeliana de que todo lo racional es real y se animó hasta la siguiente decepción.

Los Reyes de Hernández

06 Ene 2012

 

Hernández reposó su cabeza en el sillón, miró la cara de su nieto corriendo hacia los paquetes y cayó en un éxtasis que lo transportó a aquel día en que, en una aldea perdida del norte de Marrueco llamada Jemis, encontró un 6 de enero de 1957 aquel coche. Cuando le dijeron que podía encender sus faros, estuvo todo el día empujándole al tiempo, que para él era el enorme reloj despertador de la mesilla de noche de sus padres. Movió sus manecillas para que se hiciera de noche en una acto supersticioso. Se fue al columpio a calmar su ansiedad, comió de prisa, se olvidó de hacer pipí (y lo pagó). Preparó un carretera con árboles a los lados y se entretuvo en pisarla para que estuviera lisa. Por fin, se hizo de noche, corrió a coger el coche y salió de su casa con un salto. Puso el coche en el suelo y empezó a arrancarlo con el ruido de su boca. Lo tenía la ralentí cuando activó la palanca que encendía las luces, pero no pasó nada. Sorprendido llamó a su padre y le preguntó llorando que qué pasaba y su padre le dijo que necesitaba la batería. ¿Batería? a él le sonó a un montón de bates como el que tenía en su habitación. Su padre le explicó que en la tienda de juguetes no les quedaba baterías y que tendría que esperar al día siguiente para poder jugar con las luces de su coche. El mundo se le vino encima. Ahora sí que se le hizo de noche. Llorando mansamente guardó el coche y se metió en la cama debajo de la colcha inconsolable. Hasta él sabía que mover las agujas del despertador cinco minutos había ayudado a adelantar el tiempo, pero que un día entero era imposible. Hernández salió de su sopor y miró a su nieto que hábilmente había puesto en marcha el coche con luces y mando a distancia que él le había comprado. Su nieto, más práctico, bajo la persiana de la sala estar y se puso a jugar. Todo fue bien y sonriendo miró el cajón en el que estaban los diez paquetes de pilas que había traído, por si acaso.

 

Balance versus Presupuesto

05 Ene 2012

Hernández recordaba de sus tiempos de director de una organización el impacto que le supuso descubrir, como profano, la diferencia entre presupuesto y balance. Fue una iluminación. Se prometió que si alguna vez llegaba a ser consejero de alguna sociedad (lo que nunca ocurrió) exigiría siempre tener el balance de tal sociedad para que el consejero delegado no se lo llevara al huerto. El Balance es como el currículum vitae de una empresa. Allí está todo. Con el balance, salvo que lo haya auditado el representante de AA en Enron, no te pueden engañar. Sabemos lo que la sociedad tiene y lo que debe. Sabemos a cada edición cómo ha evolucionado para bien o para mal en el último ejercicio. Podemos preguntar con agudeza sobre la valoración de algunos activos si nos suenan altos para los tiempos que corre y se pretende camuflar una situación de pérdidas. Sabemos si la empresa tiene viabilidad y si se puede confiar en ella. Se pueden tomar decisiones. Vaya, un gran invento.

Hernández sabe que todos los años se publica en el BOE el presupuesto nacional una vez aprobado en la Cortes. Pero con esto sabe los propósitos que hay. Pero cuando acaba el año, ¿dónde se publica la liquidación de ese presupuesto? Después el resultado se traslada a un balance que el común no conoce. Estos días, con los intentos de todo español de saber qué demonios nos ha traído a esta situación de zozobra y debilidad antes determinadas fuerzas empeñadas en salvar la patria, es decir su patrimonio, uno echa de menos instrumentos de la claridad de un balance empresarial para saber cómo está siendo gestionado este país nuestro como empresa común. Se echa de menos un cuadro de macroeconomía que no sólo nos cuente lo que ha pasado este año, si no que nos informe de qué activo tenemos, qué grupos lo poseen, cuál es nuestro pasivo, cuánto debemos y a quién; cómo se distribuye los beneficios anuales y, en definitiva, hacia dónde vamos. Aprovechemos en esto al menos el hecho de que este país está educado ya para leer un balance y no ser tratado como un niño impertinente. El viejo sueño ilustrado del conocimiento puede empezar a dar frutos si una ciudadanía informada toma decisiones democráticas en base a información y no con la bazofia verbal de los políticos durante las campañas electorales. Hernández se sentó a esperar este cuadro que se publicaría en todos los periódicos en anuncio pagado por el Ministerio de la Realidad cada mes de enero. Noticia de última hora: encontrado un tal Hernández congelado enfrente de un kiosko. Al ser despertado lo primero que dijo fue: ¡el balance! Pensaron que deliraba.

 

Por encima de las posibilidades

04 Ene 2012

En estos tiempos, cuando uno habla con sus amigos, conocidos y desconocidos rápidamente se toman posiciones polares en torno a las cuestiones más candentes. Los dos argumentos más utilizado en las discusiones actuales son el de “la gente necesita al papá Estado” dicho con retintín y el de que “en estos años hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Para curarse el primero es recomendable la lectura de Isaiah Berlin en los referente a la libertad negativa y positiva. Respecto del segundo hay cosas que aclarar. Para ello proponemos tres tipos de comportamientos a estos efectos y, por tanto, tres tipos de ciudadanos:

1) el que se ha gastado en el peor de los casos lo que ganaba, que no era mucho, como pensionista, funcionarios o mileuristas 2) quién en 2008 ganara prácticamente lo mismo que en 2001 (euro arriba o abajo) y ahora despierta con un crédito que no puede soportar como víctima de una mezcla endógena de hedonismo, codicia o imprudencia y exógena de seducción, propaganda e imprudencia de los canalizadores del ahorro ajeno y 3) el que estaba en la orilla del río de dinero que llegó desde el exterior para financiar cualquier cosa con tal de no parar el flujo.

Si se acepta esta clasificación, se estará de acuerdo que no todos tienen la misma responsabilidad ni todos han vivido por encima de sus posibilidades. Aparentemente son los segundos a los que se aplica el reproche, porque a los primeros no, por reunir falta de dinero y prudencia, y a los terceros porque al ganar mucho dinero podían pagarse los excesos. Pues para sorpresa general se puede afirmar que se da la circunstancia perversa de que, incluso cuando alguien en estos años pagaba al contado, sin endeudarse, “estaba también viviendo por encima de sus posibilidades”. Esta paradójica afirmación se funda en que, dado que el país en su conjunto estaba “viviendo por encima de sus posibilidades”, incluso el que pagaba al contado y el pobre de solemnidad estaba también endeudándose. El que ganaba mucho porque ese dinero se había pedido prestado para pagárselo y el que ganaba poco porque, en otras circunstancias no habría tenido empleo. Este sorprendente razonamiento permite hacer una análisis crítico de lo que ha sucedido, lo que está sucediendo y lo que va a suceder.

Lo que ha sucedido: nuestros dirigentes han sido responsables ignorantes o cómplices de una operación de aprovechamiento de que hubiera liquidez mundial ociosa para dar un bocado sustantivo poniendo como garantía al país entero. Lo que está sucediendo: que dada la necesidad de equilibrar la situación nuestros ignorantes o cómplices dirigentes han decidido que sólo los ciudadanos del grupo primero y segundo se hagan cargo de la factura. Porque el tercer grupo está formado por los que ya estaban o se ha incorporado ahora a la casta de los “protegibles” de aquellos que amenazan con descapitalizar al país si se les pide un euro.

De modo que, en efecto, “nos han vivido por encima de nuestras posibilidades”. Otros que han endeudado al país, otros que “han ganado por encima de sus capacidades” como cualquiera puede comprobar cuando abren la boca. Esos otros, ahora, contemplan como vomitamos los excesos cometidos por ellos. La culpa se la alivian consumiendo productos de lujo (las ventas han aumentado un 25 %), cuya contemplación o disfrute es una justificación en sí misma de cualquier tropelía. Una prueba más de cómo el dinero te convierte en un aristo, alguien especial que lo merece todo, al contrario que los muchos, los pringados que forman ese fondo sobre el que ellos viven sus vidas excelentes respetadas por los políticos y glosadas en las revistas de papel cuché que ya ofrecen hasta los periódicos que se consideran a sí mismo serios.

 

Caer del Cerezo

02 Ene 2012

El nuevo ministro, pensó Hernández, es, además de economista, tautólogo. Es decir especialista en decir cosas del tipo “el todo es mayor que parte” o “la causa de la contracción es la reducción de la actividad”. Como se temía, estas personas de rostro grave y estólido, saben mandar, pero no saben dar explicaciones ¿para qué? Por eso se lían en frases vacías y términos cursis del tipo “a futuro” o “contractiva” creyendo que mientras las desciframos él se escurre. Hernández lamentó escuchar a Del Cerezo que la reforma no puede consistir solamente en “despedir eventuales” (debía estar pensando en los fijos). De esta manera el niño de Serrano de aquel genial chiste gráfico de Forges (hoy oscurecido por el cáustico Roto) que le reprochaba a su padre que “hacía tiempo que no lo llevaba a la empresa a despedir eventuales” se iba a quedar sin entretenimiento (fijo). En cuanto al reparto del sacrificio el truco es claro “ya se ha pedido 20.000 euros a los de más de 400.000 euros” ¿y a los de más de 2 millones de euros, que hemos conocido estos días, gracias a un movimiento tardío y desganado de MAFO?, dijo Hernández. -No haga usted demagogia, respondió Del Cerezo al advertir que Hernández estaba al lado de locutor, -Eso es el chocolate del loro. Hernández salto a la lámpara del estudio impulsado por la indignación y desde allí dijo: -Ya está bien de chocolates, también mi pensión es comida de loro, ¿por qué no me la dobla? -Porque ustedes son muchos, replicó Del Cerezo, con agilidad quitándose las manos de la boca. -¿Entonces su argumento es que hay que pertenecer a un grupo minoritario para esta a resguardo de cualquier compromiso con la sociedad que te enriquece?. Pues sí, pensó el ministro, pero dijo: -No hay que agobiarlos, son delicados. La prueba es que para quitarse la ansiedad están comprando más coches de lujo de los que necesitan. Y remató: -Ya padecen demasiados estrés con el diferencias entre intereses e inflación. Y continuó para sí: “y si apretamos se van de viaje”. Hernández, que había desarrollado el punto de vista omnisciente le respondió también pensando “a Belice”, pero dijo: -A Belice.

 

Verdad y mentira en la política. Hannah Arendt. Reseña (8)

La verdad es un expediente que debe interesarnos. La resolución de los problemas humanos están esencialmente unidos a nuestra capacidad de orientar nuestra acción con la verdad. Es decir, con información no enmascarada sobre nuestro conocimiento de las sensaciones, la lógica de nuestro pensamiento y los hechos del pasado o el presente que fundamentan el futuro. El mayor enemigo de la verdad no es el poder, sino la apariencia. Los seres humanos experimentamos un fuerte, irresistible necesidad de ser apreciados en sus distintas formas (amor, reconocimiento, fama), por lo que es capaz de las mayores atrocidades por mantener una supuesta reputación. Pero, entre ellas, la mentira destaca porque a las consecuencias físicas de su uso se añade la humillación psicológica de sufrirla, porque el que es objeto de engaño también experimenta el deseo de ser reconocido, y ser tratado de tonto no contribuye. A esto se añade la fuerza de los intereses económicos que puedan sufrir con la emergencia de la verdad. La verdad es escurridiza y requiere ser sostenida o por la fuerza de la lógica matemática o filosófica cuando de cuestiones racionales se trate, o por la fuerza de los hechos, que habiendo podido ser de otra forma, han sido de esta y sólo ésta, moleste a quien moleste, perjudique a quien perjudique. La prueba de la fuerza de la verdad es que, a pesar de las reputaciones afectadas en el ámbito de la ciencia, el conocimiento filosófico o la política, acaba prevaleciendo, pero a un precio en personas y riqueza común, y con un retraso que deberían ser mejorado a medida que se advierte, gracias a la historia, lo demente de la insistencia en estas estrategias. Su ocultación o elusión en el pasado remoto y reciente es escandalosa. Lord Kelvin se murió negando la relatividad física; Bush vive en la creencia de que hizo bien invadiendo Irak; Aznar sigue diciendo que cree que el atentado del 11-M lo perpetró ETA. Afortunadamente, tan fuerte como el sentido de aprecio, es el de conocer la verdad; aunque hay que reconocer que los primeros interesados suelen ser las víctimas, mientras que los victimarios son más propensos al autoengaño.

El asunto de la verdad me es muy querido: ya lo he tratado en una reflexión previa y en otro artículo, pero este no será el último.

En 1967 Hannah Arendt publica un ensayo que titula “Verdad y política” en el que arranca diciendo: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie… ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable no sólo de los demagogos, sino, también, del hombre de estado”.

La autora empieza distinguiendo entre verdad racional y verdad factual. La primera, con distintos grados, que van de poco en el caso de la verdad matemática a alguno en el caso de la verdad física, no es objeto de interés por la clase política porque no afecta a sus interese profesionales. De este paquete racional forma parte las verdades de las ciencias formales y físicas, así como la filosofía. Sin embargo, la verdad factual es su gran enemigo, por lo que los hechos serán las víctimas de la red de mentiras que tratarán de ocultarlos cuando les resulten molestos, usando unas u otras estrategias. Que los ángulos de un triángulo suman el equivalente a dos rectos no hace caer un gabinete, pero los hechos asociados a una matanza de enemigos políticos, aunque sea en el pasado, son primero negados y después, si son demostrados, se les coloca “en los libros de historia” y, por tanto, sin efecto sobre “el presente”.

Vivimos una época en la que la no se considera que exista la Verdad Revelada, muy al contrario, se procura no revelar la verdad. En la Grecia clásica Parménides ya distinguía y Platón convenía en la diferencia entre ciencia (episteme) y opinión (doxa). Naturalmente, la ciencia estaba del lado de la filosofía y la opinión del vulgo. Esta distinción todavía se mantiene en el siglo XVII. Lessing dejó dicho: “Que cada hombre diga lo que cree que es la verdad, y que la verdad misma quede encomendada a Dios“. Es una forma de renuncia por parte del hombre a la verdad, vistas la diferencias sinceras entre las creencias en esa época. Se deriva de este enfoque que hay que disfrutar de esta multiplicidad de verdades que evita que nadie la monopolice. Una verdad que, según Kant, crece en estabilidad cuando es compartida y deliberada con otros. En el momento del nacimiento de la libertad de expresión, que es también la expresión de la libertad de creencias. Pero, tanto las verdades filosóficas, como las religiosas ya no producen efectos en la política real, que deja para su manipulación cuando conviene.

La espléndida libertad de expresión que hoy disfrutamos, y que sólo es objeto de censura cuando roza o alcanza de lleno la ofensa, es la prueba para Arendt que el conflicto original entre la verdad científica, filosófica o religiosa y la libre opinión de la gente ha terminado. Nosotros, casi cuarenta años después, empezamos a comprobar un cierta capacidad de retorno a situaciones más complicadas, cuando todos los países pueden participar en la discusión ideológica global gracias a la tecnología, pero no era el caso en 1967. Zanjada esta cuestión, Arendt considera que queda en el escenario el conflicto entre la verdad factual y la política. En cuanto los hechos parecen molestar los intereses de algún grupo son recibidos con una hostilidad nunca vista. La divulgación de determinados hechos molestos puede ser tan peligroso hoy en día, como mostrarse herético en otras épocas. Arendt, además, observa que determinados hechos son hábilmente transformados en una cuestión de opinión lo que les quita toda fuerza probatoria.

Arendt no niega el inevitable perspectivismo en la inclusión de unos hechos en un relato histórico, pero este riesgo no autoriza a borrar la línea entre el hecho y la opinión. La realidad política de nuestros días es un buen ejemplo de la gravedad de esta deriva. A la pregunta de un representante de la república de Weimar acerca de su opinión sobre la interpretación de los historiadores del futuro sobre el comienzo de la Gran Guerra, Clemenceau respondió “No lo sé, pero estoy seguro que no dirán que Bélgica invadió Alemania”. Arendt reconoce el derecho de cada generación a incluir los hechos en un relato construido a partir de la perspectiva propia, pero, en ningún caso, a falsear tales hechos.

Para que un político, que representa a muchos, pueda formar opinión, debe olvidar sus propios intereses y usar su mente para construirla a partir de la opinión de esos muchos. Se podría pensar que este enfoque desnaturaliza al político y lo hace incapaz de responder a la pregunta “¿Qué opina personalmente de tal o cual?”. Pero en la mayoría de los casos lo que ocurre es que se tiene la opinión del grupo al que se pertenece y se repiten las consignas acordadas o impuestas. Y ello, a pesar de que la estructura reflexiva del ser humano se asemeja a un diálogo interior en el que se requiere la armonía de opiniones, para que el sujeto no quede desgarrado.

Los hechos en su fuerza tienen también una gran debilidad: su contingencia. Sospechamos que habiendo ocurrido de una determinada manera, podían haberlo hecho de otra. Esto explica que a quien le molesten los hechos encuentre la forma de minar su verdad, ya sea desacreditando testigos documentales o personales, como se puede ver, tan a menudo, en los juicios civiles o penales.

En la verdad factual hay coacción, pues no se puede cambiar arbitrariamente. Un fuerza coactiva que es odiada con fuerza por los tiranos por que resiste a su voluntad narcisista. Pero, igualmente, es molesta para los políticos demócratas acostumbrado a establecer las cosas por consenso. Dado que los hechos son tozudos, se ha llegado a un comportamiento irresponsable de políticos hasta el punto de hablar de “hechos alternativos”, cuando se están defendiendo de unos hechos ocurrido delante de toda la sociedad. Es decir combatir los hechos con mentiras y no con argumentos, dado que es imposible.

Por otra parte, no han sido pocas las ocasiones en las que la verdad filosófica ha sugestionado al político por su carácter de “evidente” con la consiguiente coacción intelectual. Así los casos del marxismo en la historia política de Rusia o China, que se sentían autorizados a reducir a la nada los intereses individuales en nombre de una verdad abstracta. Por otra parte, la frase de Sócrates “Es mejor sufrir una injusticia que cometerla”, un caso de verdad filosófica clara, ha tenido nula influencia en la política, pero mucha en los ámbitos religiosos orientales y occidentales. La manifestación más interesante es la de la aparición de figuras ejemplares capaces de llevar hasta las últimas consecuencias esta verdad, como hicieron el mismo Sócrates o Jesucristo. Hoy en día, ese valor de ejemplaridad ha desaparecido, pues ningún filósofo se pone en peligro cuando encuentra y difunde una verdad racional.

La verdad factual no tiene como contrario el error o la ilusión, sino directamente la mentira, la falsedad deliberada. Es patético ver como el embustero manifiesto se defiende exigiendo que su opinión sea respetada. De este modo, ante un público inocente, borra la línea que separa el hecho de la opinión. Arendt ironiza llamando la atención sobre la extraña cualidad del ser humano de decir “brilla el sol”, cuando está lloviendo. Se lo toma como una prueba de la libertad humana.

La mentira política tradicional tenía relación con los secretos, cuya divulgación se consideraba un peligro para la seguridad nacional. Sin embargo, en la actualidad, con la potencia de las técnicas de creación de imágenes y argumentos, el mentiroso profesional se ocupa de lo que todos conocemos. Pone el ejemplo de Adenauer que afirmaba que sólo unos pocos alemanes fueron seguidores de Hitler y de De Gaulle, que afirmaba que Francia era una gran potencia, por el modo en que había contribuido a la derrota del nazismo.

Se sugiere que en las democracias no es posible el engaño por la relativa transparencia, por lo que sólo el autoengaño funciona. Para ello se utilizan los potentes aparatos de la propaganda partidista, cada vez más eficaz por los descubrimientos en el funcionamiento del cerebro. Pero la verdad emerge tozuda haciendo fracasar la pretensión de hacer comulgar con ruedas de molino. Continuamente se tiene que cambiar la historia falsa cuando emergen fragmentos de la historia factual. Pero un peligro amenaza la salud racional con las oleadas de mentiras técnicamente servidas: que se pervierta el sentido que no hace vivir con eficacia distinguiendo entre verdad y mentira, o sea, entre realidad y fantasía interesada.

Es muy interesante la observación de que la mentira es plausible por el carácter contingente de los hechos. En efecto, un hecho puede ser sustituido por cualquiera de las formas posible en que, alternativamente, podría haber sucedido. Pero avisa Harendt del riesgo de traer el pasado al futuro como si hubiera recuperado su capacidad contingente de haber sucedido de otra forma. Al hacer esto se entra en un bucle de reconstrucción del pasado completamente estéril. Concluye que los hechos no están seguros en mano del poder. Pero el poder no tiene la capacidad de cambiar lo hechos, que tozudos vuelven una y otra vez. La persuasión (propagandista) y la violencia pueden destruir la verdad, pero no sustituirla. El hombre veraz queda desplazado del plano político y se queda solo.

El peligro que la verdad corre en manos de poder obliga a proteger otros poderes del Estado para que, al menos allí, brille. Se trata del Parlamento y el Sistema Judicial. Pero no menos importancia le da Arendt a la prensa, que la considera una referencia absolutamente necesaria. Finalmente encuentra en el narrador y el poeta los que nos permiten reconciliarnos con la realidad a través de la palabra que mueve el corazón. Sitúa el origen en Homero cuando canta tanto a los Troyanos como de los Aqueos, de Héctor y de Aquiles. Amigos y enemigos juntos en un mismo relato a la búsqueda de la poliédrica verdad. La importancia de encontrar la realidad a través de las miradas de todas las partes atraviesa la historia de Occidente llegando hasta la energía con la que la ciencia encontró su camino a partir del siglo XVI.

A pesar de todo lo dicho, Arendt no quiere dejar la sensación de que la política está viciada, pues ella considera el ámbito político el de la acción del ser humano, allí donde puede ejercer la libertad con sus congéneres. Pero la verdad es, precisamente, aquello que no se puede cambiar, el suelo y el cielo metafórico que pisamos.

El texto se completa con el análisis de la situación creada por los llamados “Documentos del Pentágono”, publicados en 1971 por el New York Time. En ellos se pone de manifiesto el grado de mentira alcanzado para lograr los objetivos políticos durante la guerra de Indochina y Vietnam, por parte de los Estados Unidos. Ello le permite decir que el ser humano se caracteriza a través de la imaginación por la capacidad de cambio de la realidad futura, pues puede con la mente “separarse” de la realidad presente y planificar un objetivo. Porque el ser humano es capaz de acción, es capaz de mentir. Si imagina una realidad futura puede imaginar una realidad alternativa en el pasado. Una capacidad de recrear el pasado que sólo puede afectar a la verdad de los hechos porque son contingente “pudieron ser de otra forma”. Por el contrario no puede afectar a la verdad racional porque “es como es” en una determinada mente o en muchas. La indignación no acabará con la mentira en política, aunque pueda provocar, en un caso determinado, un desvelamiento concreto. Una verdad formal, matemática o lógica, puede ser inatacable, pero los hechos están expuestos a la necesidad política. Descubre Arendt que la política ha atraído a profesionales de la mentira (publicistas) para que ayuden a destruir la verdad de forma sistemática. Este caso es ejemplar al mostrar cómo una nación se engaña a sí misma para preservar una imagen autoimpuesta. Desangrándose en Asia para no aceptar la humillación de una derrota que fue inevitable. En esa estrategia de mentira oficial, amordazar a la prensa es prioritario. Arendt no vivió el caso de Irak, pero le habría gustado ver que las mentiras de Vietnam se quedaban pequeñas al lado de las que siguieron tras el atentado del 11-S creando el ambiente que diera legitimidad a la invasión de Irak. Quizá la lección sea que, aunque nadie se creyó el embuste, no se pudo evitar el disparate. Es importante destacar que en esas mentiras participan asesores captados en las universidades y en la publicidad que se ocupan de establecer las estrategias de la mentira en la creencia de que sus manejos engañarán al mundo. Los Documentos del Pentágono muestran que el gobierno no introducía a la realidad en sus deliberaciones, sino que proyectaba sus fantasías de dominio sobre la sociedad.

Es muy sugestiva la observación de que las potencias vencidas en las guerras del siglo XX, no tardaron en poder competir e incluso adelantar a las potencias ganadoras por el simple hecho de que “las obligaron a no mantener ejércitos”. Los Estados Unidos han mantenido guerras tan onerosas que han puesto en peligro su propia prosperidad. Un ambiente tóxico en el que “la derrota es menos temida que la admisión de dicha derrota“. Una derrota, por otra parte, que es un mal final de una acción que no debía haberse emprendido de haber atendido a las señales de la realidad sobre el terreno.

Dado que la ciencia ha conseguido liberarse, en gran medida, de la superchería, hay que centrar la lucha contra la mentira en el ámbito político, donde, hoy por hoy, la verdad no es bien recibida. Sabemos que la mentira es posible por la misma razón que la acción es posible. Podemos elegir hacer esto o aquello, pero cuando no nos gusta el resultado, también, podemos dar una versión falsa. En ese momento empieza la labor de resistencia.