La gran transformación. Karl Polanyi. Reseña (26)

Estoy leyendo al mismo tiempo este libro de Polanyi y uno del liberal Axel Kaiser como prueba de mi capacidad de resistir fuego por los dos flancos cognitivos. He acabado antes el de Polanyi, que es una especie de libro vaca para múltiples referencias a otros autores relacionados con la cuestión. Y la cuestión es la pareja indisoluble que forman el socialismo o lo social como yo prefiero decir a estas alturas y lo liberal. Es decir dos formas antagónicas de economía política que están condenadas a entenderse. Ya anticipo que el libro de Axel describe una opción descarnada de la economía como una máquina muy bien engrasada con un ruido de BMW de inyección que deja caer personas por su tubo de escape. El libro de Polanyi, por el contrario es una descripción del ascenso y caída (según él) del liberalismo más salvaje imperante en el siglo XIX y la llegada de un socialismo capaz de ejercer el poder, planificar la economía y, al tiempo, mantener la libertad jurídica y generalizar la libertad efectiva, aquella que Berlin llama positiva.

Polanyi escribe el libro en 1944 cuando aún no se conocen los horrores del estalinismo. Cuidadosamente describe las razones del liberalismo económico para poner a punto su maquinaria productiva con la consecuencia de ser frenado en sus pretensiones por la respuesta de la sociedad. Obviamente Polanyi no podía saber que el sistema que él daba por muerto iba a renacer tras treinta años de socialdemocracia triunfante y treinta más de porfía de los liberales por recuperar el terreno perdido hasta el momento actual en que de nuevo parece que están cerca de sus fines. Al menos hacen mucho ruido mediático y están aprovechando bien la debilidad de su contrario que, confiado durante muchas décadas, ha perdido nervio teórico y práctico en su acción política.

Polanyi dedica una buena parte del libro a describir la situación política y económica de Occidente en el siglo XIX, pero hace excursiones al siglo XVII y XVIII para presentar a los precursores del liberalismo y sus pretensiones. Así partiendo de un sistema basado en la explotación de la tierra (léase la naturaleza), describe como la lógica del sistema capitalista lleva a convertir en mercancía también al trabajo y al dinero. Para ello, en la precursora Inglaterra, una vez desatada la capacidad de transformar energía e instaladas las fábricas productoras de tejidos, la aristocracia se apodera de la tierra comunales y las cerca provocando el éxodo a las ciudades a trabajar en las fábricas. Una vez allí el trabajador desarraigado de su cultura tradicional es obligado a un régimen de salario regular con la alternativa del paro. Este salario se reduce al mínimo de subsistencia porque, como dice el cruel Joseph Townsend (1739-1816) pretendiendo ser científico:

El hambre domesticará a los animales más feroces, enseñará a los más perversos la decencia y la civilidad, la obediencia y la sujeción. En general, únicamente el hambre puede espolear y aguijonear a los pobres para obligarlos a trabajar…

Naturalmente Townsend era un vicario muy religioso que creía estar haciendo lo correcto, como se desprende de este descarnado razonamiento:

Las leyes, hay que reconocerlo, han dispuesto también que hay que obligarlos a trabajar. Pero la fuerza de la ley encuentra numerosos obstáculos, violencia y alboroto; … (mientras que) el hambre no es sólo un medio de presión pacífico, silencioso e incesante, sino también el móvil más natural para la asiduidad al trabajo.

Por eso Townsend y Bentham consideran que toda asistencia a los pobres debe ser abolida. Sin embargo no faltaban almas caritativas que trataban de prolongar los efectos las leyes para pobres del medievo aunque erraran en los enfoques. Así en 1794 se establece en Speenhamland un complemento a los salarios para alcanzar el nivel de subsistencia. Un método que rápidamente es absorbido por los patronos reduciendo los salarios proporcionalmente. Un método éste que todavía hoy es propuesto por algunos economistas a pesar de los antecedentes. Sólo las molestas leyes de salarios mínimos neutraliza los defectos de estas propuestas. Tampoco Edmund Burke (1629-1797) se queda corto en la búsqueda de justificaciones a la situación:

Cuando aparentamos mostrar piedad por esos pobres, por esas personas que deben trabajar – ya que de otro modo el mundo no podría subsistir-, nos burlamos de la condición humana.

Una vez que ha convertido en mercancía al ser humano y a la tierra, es decir, una vez creado un mercado para el hombre y la naturaleza, el naciente capitalismo, orientado fundamentalmente a la exportación, necesita crear también un mercado del dinero y para eso establece un patrón de referencia (el oro) al objeto de poder intercambiar mercancías con este respaldo. De esa forma fue posible el librecambismo y, con él, la internacionalización del comercio. El mecanismo permitía corregir los desequilibrios de la balanza comercial entre países con transferencias de oro entre ellos produciéndose en teoría un fenómeno de reequilibrio de precios, puen en los países emisores de oro bajaban los precios por falta de liquidez y en los países receptores del oro subían los precios por el exceso de liquidez. Un buen ejemplo de esto último era la inflación en la España del siglo XVI y XVII con las remesas de oro y plata proveniente de América. Por cierto una oportunidad que nuestro país perdió de avanzar, al derrochar todo esa riqueza en mantener la influencia del catolicismo en Europa frente al desafío luterano.

El patrón oro facilitó el comercio internacional pero ponía en peligro el llamado dinero crediticio, es decir, la capacidad de crédito en el interior de los países. A Polanyi le parece que la conversión del dinero en mercancía era un ficción como lo había sido considerar a la naturaleza o al ser humano igualmente como mercancías. Este problema que ponía en peligro a las empresas se mitigó con la creación de los Bancos Centrales, que se ocuparían de mitigar los problemas de deflación que podría generar la carencia de oro como respaldo del dinero circulante.

De esta forma, el liberalismo, una vez generalizado su concepto de mercancía a todos los elementos que contribuyen a la producción, creyó ver en el mecanismo económico la perfección de la laboriosidad humana. Un mecanismo que no había que tocar permitiendo su desenvolvimiento sin estorbos. Pero la sociedad reaccionó una vez que la revolución industrial la dejaba la margen. Por eso la mejora de las condiciones de los trabajadores se debía más a la reacción social espontánea ante la dureza del planteamiento de proceso espontáneo y libre de la economía capitalista. Así los movimiento ideológicos socialistas, los ideológicamente neutrales sindicatos y, sobre todo, la lucha por el voto que no se alcanza hasta el siglo XX con escasas excepciones. Una resistencia a donar el voto a las clases populares que hoy, de nuevo, empieza a ser barajada por los liberales que sospechan de la democracia cuando la población evoluciona hacia posiciones menos concurrentes con sus posiciones. No en vano el ejemplo de Chile con Pinochet les hace dudar de los defectos de cierto autoritarismo si se muestra proclive a una sociedad liberal en lo económico y sujeta en lo social y político. De esta forma se sigue la tradición que inauguraron figuras como Macaulay, Mises, Spencer o Sumner, que pensaban que una democracia generalizada ponía en peligro el capitalismo. Aunque confiaba en que la exigencias de los trabajadore nacionales fueran controlada por el conocimiento de que el comercio internacional ponía límites al hacer perder competitividad a las exportaciones. Este problema con el trabajo como mercancía se daba también en el ámbito del dinero, pues ya Bentham advirtió que la propiedad sufría con la inflación y con la deflación. En un caso porque el capital perdía capacidad adquisitiva y en el otro porque el interés del capital desciende.

El caso es que los defectos de la maquinaria del mercado dejada a su albur crearon las condiciones para dificultar las pretensiones liberales. Estos movimientos tendrían su fundamento, según Polanyi, en el hecho constatado por los antropólogos de la época, de que el hombre tienen intereses que preceden al del lucro y en la propia experiencia de sufrimiento en las factorías de la época, en las que se fuerza el establecimiento de medidas de seguridad, edad mínima para trabajar, etc… porque, como dice Polanyi:

La protección social es el complemento obligado de un mercado autorregulado.

Otro efecto de la ideología liberal extrema era la disolución del concepto de nación deslumbrados por la imagen de una maquinaria económica casi automática que superaría cualquier barrera nacional. Aunque para vencer resistencia y cobrar deudas no duda en usar las cañoneras. De este modo, se creía poder crear un sistema planetario con el respaldo del oro para las diferencias monetarias entre países.

El caso es que durante el siglo XIX y principio del XX el capitalismo se expande a todas las dimensiones materiales y humanas, generando, dialécticamente, la reacción social que Polanyi llama La Gran Transformación. Una transformación que Polanyi considera se encuentra en el socialismo que es capaz de trascender el mercado autorregulado “subordinándolo conscientemente a una sociedad democrática“.

Pero antes de esa transformación Polanyi analiza las razones del gran trauma que supuso el fascismo. Nuestro autor piensa que los inicios de la influencia de los partidos populares en los parlamentos despertaron temores por “intervenciones brutales” en la industria de la que dependía la subsistencia social. El fascismo tiene sus propios objetivos, pero se presenta como una solución de firmeza y clarificación cuando los contendientes, liberales (defensores de la economía autónoma) y socialistas (defensores de los intereses de la sociedad trabajadora de la época), llevan al país a una parálisis. Una situación que permite que pequeños grupos muy violentos se hagan con el poder para aplicar un programa propio. El fascismo lleva su enfoque más allá de los intereses reaccionarios de los conservadores y, desde luego, contra las posiciones socialistas a los que ven como rivales en la conquista de la voluntad popular. El programa fascista es imperialista, trascendiendo el nacionalismo que le ayuda a conseguir el poder desplazando a las masas de los problemas económicos a las emociones identitarias. En las dos guerras del siglo XX ninguna de las propuestas internacionalistas (comunismo, liberalismo) consiguieron impedir que la defensa de la patria ocupara un lugar preferente en el alma de cada combatiente. Así los trabajadores con supuestos intereses comunes, según la ideología socialista, se enfrentaron con fiereza a uno y otro lado de las trincheras.

Sean cuales sean los rasgos del fascismo (liderazgo fuerte, racismo, imperialismo), Polanyi establece una clara correlación entre la situación económica y la emergencia del fascismo. Así considera que en el período europeo de 1917-1923, los gobiernos llamaron a los fascistas para que le ayudaran a mantener el orden social y así restablecer la confianza en la economía. En el período 1924-1929, la recuperación de un aparente buen funcionamiento de la economía liberal, diluye el fascismo que prácticamente desaparece y, finalmente, a partir de 1930 la crisis económica mundial, lleva el fascismo al poder en prácticamente todo el mundo. En el primer período aparece el fascismo con un programa que reacciona ante la amenaza de adanismo por parte de las propuesta socialista: internacionalista, atea y haciendo tabla rasa de los mitos fundacionales de las naciones. Programa con el que inquietan a los conservadores y facilita el ascenso del fascismo. Un fascismo nacionalista, racista, con visión económica orgánica estatalista y totalitaria además del culto a la personalidad del líder, que se opone al capitalismo (por judío) y al socialismo (por internacionalista). Por eso Alemania corta todos los lazos con el sistema económico internacional con el acceso de Hitler al poder, pues consideraba que la economía mundial estaba en una crisis irrecuperable, además de que necesitaban dirigir todos los esfuerzos a la producción militar dada su condición de tercer imperio.

Y aquí es donde Polanyi sitúa su Gran Transformación, pues considera que la Alemania Nazi es el primer país en aprovechar el hundimiento de la economía de mercado. Y, para más preocupación (por mi parte) por la posición de Polanyi, éste considera que Rusia a partir de 1930 implanta el socialismo y se erige como representante privilegiado de un nuevo sistema que reemplazaría a la economía de mercado, culminando la gran transformación. Y remata:

El socialismo en un sólo país fue producto de la incapacidad de la economía de mercado para proporcionar un lazo de unión entre todos los países, y lo que apareció como la autarquía rusa no era sino la desaparición del internacionalismo capitalista. El fracaso del sistema internacional liberó las energías: los raíles habían sido colocados por la fuerza de las tendencias inherentes a una sociedad de mercado.

Y parece oportuna también esta cita:

Tras un siglo de “mejoras ciegas”, el hombre restauró su “hábitat”. Si no se quería dejar que el industrialismo pusiese en peligro a la especie humana, había que subordinarlo a las exigencias de la naturaleza del hombre.

Y el caso es que Polanyi piensa que la economía de mercado necesitó, paradójicamente, de la intervención del Estado para su implantación. Cita a Knight que dice que:

Ningún móvil específicamente humanos es económico

Y, ya animado, concluye:

La civilización industrial continuará existiendo cuando la experiencia utópica de un mercado autorregulado no sea más que un recuerdo.

Una civilización en la que ni el trabajo, ni la tierra, ni el dinero serán objeto de la economía de mercado. Una visión, está sí, ciertamente utópica que espera que, de la desintegración de la economía de mercado, resulten nuevas formas sociales en las que el mercado seguirá siendo la pauta para que se fijen los precios y el ámbito para que se disfrute la libertad del consumidor, sin que se pierdan los rasgos específicos de cada cultura. Un aspecto este último digno de una reflexión cuidadosa.

Polanyi antes de acabar hace unas reflexiones sobre la libertad. Considera que los propios medios destinado a posibilitar la libertad la obstaculizan y la destruyen. Cree que la reglamentación que extiende la libertad la restringe al mismo tiempo. Distingue entre libertades jurídicas y libertades efectivas. La primeras tiene que ver con los derechos y los segundos con la capacidad de elección. Ésta última la tienen garantizada las clases altas que puede disfrutar el ocio con seguridad, pero están poco interesadas en extenderla a otros niveles con una mejor distribución de la renta. Su cuenta es que un país tiene una cantidad determinada de libertad que puede ser concentrada en unos pocos o distribuida, sin que Polanyi sugiera la igualación. Por otra parte, considera que es necesario preservar algunas libertades como las de expresión e intelectuales aunque “se hunda” la economía del mercado autorregulado, como él diagnostica. Por eso espera que la libertad, y la paz que la haga posible, deben ser las metas de la nueva sociedad que “sustituya” a la que se retira. Exige el mantenimiento de la libertad de disentir, pero le preocupa que la burocracia de la nueva sociedad pueda atentar contra la libertad, por lo que sugiere la creación de leyes intocables al respecto que protejan la libertad de la inevitable concentración de poder que se generará en una sociedad en la que economía y política estén de nuevo unidas. Resulta muy ingenuo por su parte considerar que:

La quiebra de la economía de mercado puede suponer el comienzo de una nueva era de libertades sin precedentes. La libertad jurídica y la libertad efectiva pueden ser mayores y más amplias de lo que nunca han sido.

Aún reconociendo que en 1944 no se conocían los crímenes de Stalin, la historia de la humanidad es pródiga en ejemplos sobre las consecuencias de una alta concentración de poder, sea cual sea el pretexto. El mismo fascismo reinante en Europa y Asia mostraban los rasgos arbitrarios y beligerantes de estos regímenes. Su pretensión de conciliar libertad con una sociedad que restringe la espontaneidad de la actividad económica y pretende planificarla se ha demostrado imposible. Otra cosa muy distinta es una tensión civilizada para que las pretensiones de una economía autorregulada sin control sean reducidas para corregir sus disfunciones y para una mejor distribución de sus resultados, de modo que toda la sociedad sea cohesionada por un espíritu de cooperación no necesariamente igualitaria, como corresponde al hecho de que sus logros son consecuencia de la acción coordinada de muchos.

Polanyi se resiste y acusa a los conservadores, que en su época se opusieron a toda reglamentación y planificación, de favorecer que fueran los fascistas los que utilizaran estos métodos y abolieran toda libertad. Tal parece que Polanyi no ve relación entre una economía planificada y el riesgo para las libertades. Por eso insiste que los liberales deben aceptar que la economía se someta a una política democrática que pueda evitar las desigualdades excesivas en las libertades efectivas (las de elección), sin considerar que las consecuencias sean la pérdida de todas las libertades. Es decir cree en un socialismo dirigista pero democrático. Una ecuación complicada, pues si se mantiene la democracia habrá alternancia en el poder de ideas muy distintas sobre cómo organizar el mundo económico creando graves disfunciones. En todo caso, le parece que la pretensión liberal había fracasado y que los liberales debían aceptar que la sociedad no puede quedar al margen del proceso económico hasta el extremo de aceptar regulaciones que eviten que las personas no sean dañadas. Para eso, dice Polanyi es necesario poder y coacción porque la libertad absoluta que proponen los liberales es una utopía dañina.

Por otra parte Polanyi reconoce que entre el fascismo y el socialismo se da la coincidencia del rechazo de la economía liberal porque reconocen la necesidad del ejercicio del poder en la sociedad, pero que se diferencias en que el socialismo considera innegociable el mantenimiento de la libertad. Una libertad restringida en su dimensión económica y sin coacción en su dimensión efectiva (elección). Este es sin duda una peligrosa posición pues no se conocen sociedades con estas características, pues cuando el poder se concentra la salida que parece natural es la fijación de fines forzadamente unánimes y concebidos por políticos que no pueden anticipar todas las complicaciones de una sociedad moderna. También considera que el carácter universal con el que el cristianismo revistió a todos los seres humanos es rechazado por el fascismo que se muestra claramente racista.

Polanyi considera que el conocimiento de la muerte dota al ser humano de la energía para eliminar toda injusticia y no renunciar a la libertad. Su último párrafo es significativo:

Mientras (el ser humano) se mantenga fiel a su ingente tarea de conseguir más libertad para todos, no existe razón para que el poder o la planificación se opongan al él y destruyan la libertad que está en vías de conseguirse por su mediación. Tal es el sentido de la libertad en una sociedad compleja: nos proporciona toda la certeza que necesitamos para vivir.

Es decir, Polanyi cree que ha llegado el momento (en su época) de que, del mismo modo que fueron sacrificadas muchas generaciones de trabajadores para que la maquinaria industrial se pusiera en marcha, ahora sean la clases altas a las que se agradezcan los servicios prestados para crear una sociedad más igualitaria.

Desde la altura de 2019, se puede comprobar que el ensayo socialista ortodoxo, el que ejercía el poder y planificaba que describe Polanyi, tanto en su versión dura (URSS) como en su versión débil (Occidente), acabaron su recorrido en los primeros años ochenta del siglo XX a pesar de que éstas últimas sí cumplieron con sus expectativas, como hasta el mismísimo Friedrich Hayek acabó admitiendo. Momento éste en el que los liberales volvieron a la carga hasta conseguir poderosos cambios en las reglas de juego para desembarazarse de la reglamentación que le impedía volver a conectar con los principios originarios. Logro que ha tenido como consecuencia una terrible crisis en el principio del siglo XXI que ha desequilibrado de nuevo la distribución de la renta y, con ella, la distribución de la libertad efectiva. Pero lo ha hecho con un poderoso paliativo: los dispositivos electrónicos y la industria del entretenimiento. Tal parece que la sociedad no encuentra el modo de tener una política híbrida y prefiere escorar el barco hasta hacer crujir todas las cuadernas, unas veces a babor (izquierda) y otras a estribor (derechas).

Capitalismo, socialismo y democracia . Joseph Schumpeter. Reseña (25)

INTRODUCCIÓN

Joseph Alois Schumpeter fue un economista nacido en lo que actualmente es la República Checa en 1883 y muerto en 1950 en EE.UU. Forma parte del grupo de grandes economistas del siglo XX, como Keynes del lado que podríamos llamar social, o como Hayek o Mises, del lado liberal. Es conocido, como a casi todos aquellos autores poco leídos fuera de sus ámbitos de especialización, por algún tópico. En su caso es un tópico muy potente: el de la “destrucción creativa“.

Schumpeter no necesitó situarse en un bando u otro, sino que utilizó su inteligencia para entender las distintas opciones y aportar ideas frescas al universo intelectual de la economía. Pero no se conformó con eso y trató de ir más allá y combatir con el, entonces, sólido sistema político, económico y social que representaba el comunismo, que él llama socialismo. Y lo hace con limpieza intelectual llegando a conclusiones sorprendentes.

En el prólogo al libro, el premio Nobel Joseph Stiglitz llama la atención sobre el énfasis puesto por Schumpeter en la innovación y el monopolio como alternativas a la pretensión de una economía en equilibro en base a la competencia perfecta. También destaca los factores desestabilizadores de las acciones oportunistas de las empresas financieras que generan burbujas en colusión con políticos arribistas condicionados por las ayudas a sus campañas electorales.

Este libro no es sólo un libro en el que la economía juega un papel específico, sino donde es utilizada como criterio para especular sobre la evolución social y política moderna. Está escrito en 1942, sumándose a otros textos célebres, como “Las sociedades abiertas y sus enemigos” del filósofo Karl Popper, escritos en plena guerra mundial. Una época en la que el sufrimiento social es tan evidente que estimula las reflexiones explicativas a la búsqueda de soluciones.

Schumpeter no rehuyó el encontronazo con el marxismo, como fuente de la mayoría de las tensiones geoestratégica del período previo a la II Guerra Mundial y las que se mantuvieron hasta 1989 entre los dos grandes bloques socio-económicos: el capitalismo y el comunismo. Como hombre inteligente no se limitó a despreciar al adversario, sino que lo estudió y retuvo algunas de sus propuestas una vez desbastadas de sus aspectos más controvertidos, si no falsos. Quizá los más llamativo de las reflexiones de Schumpeter sea su convicción de que el capitalismo se desliza paulatinamente hacia el socialismo como consecuencia de determinados factores, aceptando así una atrevida tesis a la que ni el propio Marx, ni el activismo comunista fueron leales: la inevitabilidad del socialismo por movimientos internos del capitalismo.

RESEÑA*

(*) Los comentarios a las ideas de Schumpeter están en tipo 15

Empieza su texto con un repaso a su visión de Marx en varias facetas. La primera la del Marx profeta, pues considera que gran parte del éxito del marxismo reside en que es una religión que promete el paraíso en la tierra. Marx dotó de terminología y munición política a sus correligionarios, pero fue mucho más que eso, pues, según Schumpeter, en caso contrario habrías corrido el destino al que la sociedad somete a aquellos que “escriben los libretos de sus operetas políticas“; que no es otro que el olvido.

El éxito del Marx profeta lo estriba Schumpeter en que fue una fe nueva en una época utilitaria y positivista que no ofrecía nada al desesperado. Marx dotó a millones de personas de un sentido para sus vidas. Un detalle que no debe olvidar ningún aspirante a reformador social. Aspecto éste que el capitalismo no necesita utilizar, dado que cree que basta con dotar a la gente de comodidad material para garantizarse el éxito, lo que tampoco es verdad, pues el ser humano no es unidimensional. Se nota en el propio Schumpeter el hechizo de la obra de Marx, lo que no le impide atacarlo sin piedad en sus graves errores económicos, aún sin conocer los crímenes que estalinismo estaba cometiendo mientras él escribía su libro. Probablemente a Schumpeter no le sorprendería que todavía treinta años después del derrumbe estrepitoso del estado que Lenin estableció en 1917 halla jóvenes que se sientan atraídos por el marxismo, e intelectuales adultos que presenten arteras tesis pretendidamente modernas y teñidas de hegelianismo para manipularlos en su natural ansia de destruir creativamente la herencia de sus padres.

Al analizar al Marx sociólogo, no le acusa de demagogo, pues siempre basó sus argumentos en hecho sociales. Otra cosa es lo certero de su interpretación que, según Schumpeter, estaba siempre teñida por su formación filosófica de aspectos ajenos a tales hechos confundiendo “a amigos y enemigos”. Le reconoce un mirada aguda para los acontecimientos históricos en los que sabía trascender la superficies para penetrar al núcleo causal de lo sucedido. Schumpeter resume la teoría de la historia de Marx en 1) “las condiciones de producción son el factor fundamental determinante de las estructuras sociales , las cuales, a su vez, engendran actitudes, acciones y civilizaciones” y 2) “las mismas formas de producción tienen una lógica propia, es decir, cambian de acuerdo con sus necesidades inherentes, de forma que crean a sus sucesoras simplemente con su propio funcionamiento“. Schumpeter acepta la mayor y critica a quienes piensan que son más influyentes los factores éticos y religiosos. Pero a continuación objeta que la tozudez con la que las formas sociales se mantienen contra toda innovación material hace sospechar de una fundamental desvinculación mutua, o, mejor aún, su mutua influencia.

Por lo que respecta a las clases sociales y la pretensión de que la historia se interpreta a partir de su enfrentamiento, Schumpeter de nuevo adopta una actitud crítica, pero atenta a lo que le parezca verdad en su formulación. En este caso, considera que del abusivo planteamiento marxista puede quedar la constatación de que los intereses sociales entran en conflicto y condicionan las acciones de los seres humanos. Pero, en ningún caso, acepta la simplificación de que siempre se han dado dos frentes y sólo dos frentes en conflicto: los detentadores de los medios de producción y el resto. Una visión simplificadora y tan discutible como es la pretensión de interpretar la historia como la lucha de razas, como Gobineau proponía. Schumpeter le reprocha a Marx que no acepte la idea de que la “acumulación primitiva” tiene origen en el ahorro y la inteligencia para usarlo.

Se podría añadir que tampoco hay que descartar el despojo por la violencia, pero eso no se da siempre entre el fuerte y el débil, sino entre fuertes más a menudo, a lo que hay que sumar que no todos saben usar el ahorro para crear riqueza. Ahorros que, por otra parte, no tienen porque provenir del mismo que los aplica, sino de esa institución fundamental que es el préstamo. Se pone aquí de manifiesto las dificultades de interpretación de unos mismo hechos históricos que, aportada una tesis, puede ser puesta boca abajo provocando la perplejidad en el lector. Hay muchas formas de tener relevancia social, aunque vayan acompañadas de su premio económico, distintas de la explotación. Y añado, que siempre existirá la sospecha de que el reparto generalizado de los beneficios, en la mayoría de los casos, hace colapsar el sistema por falta de recursos financieros para emprender los procesos innovadores. El capitalista, una vez satisfechas sus necesidades o sus caprichos dedica la mayor parte de su fortuna a las inversiones productivas. Otra cosa son sus herederos no forjados en el trabajo, sino en el hedonismo.

Así Schumpeter considera a las clases más una consecuencia que la causa de los procesos económicos. Pero la dinámica social y económica hace y deshace clases con más facilidad de la que la teoría marxista pronostica. Lo que no se puede negar es el carácter causal de la idea de la lucha de clases sobre el activismo comunista. Pero no más allá, pues, en realidad, es la lucha sindicalista la que realmente es activa, pero, ésta, no es una lucha para cambiar el sistema, sino para mejorar las condiciones de cada momento. Marx considera que su definición sociológica requiere comprender su relación con parámetros económicos del proceso que acabará con las divisiones de clase.

En el capítulo sobre Marx economista, Schumpeter destila admiración por el personaje y su forma de trabajar. Aunque cree que su prosa ardiente facilitaba el desprecio de sus enemigos a la almendra de su pensamiento económico. Marx parte de la teoría del valor de las mercancías que sostenía, con algunas diferencias, el célebre economista y maestro de Marx, David Ricardo (1772-1823), que asociaba el valor a la cantidad de trabajo necesaria para su producción. Schumpeter la rechaza por ideológica con propósitos de lucha social y sin capacidad de explicación de los fenómenos económicos. En efecto, no funciona fuera de una competencia perfecta y, aún así, si el único factor de producción es el trabajo. Fue pronto sustituida por la teoría de la utilidad marginal. Según Schumpeter, las masas no siempre se han sentido explotadas, aunque esa sea la percepción de los intelectuales que han querido interpretarlas. Pero Marx no se limitaba a ese lamento, sino que buscó una causa impersonal, casi física de la explotación. Esta es la plusvalía que, en la interpretación de Schumpeter, se compone de horas utilizadas y no pagadas por el capitalista que exceden del coste que para el obrero supone estar en condiciones para el trabajo. Horas que, en el marco de la teoría del valor de Marx depende del número de horas empleadas en dotar al obrero de su “fuerza de trabajo”. Por tanto, si el obrero aporta unas horas de “puesta a punto” (comida, descanso), pero el empleador lo usa “más horas” y no se las paga, como en proporción, vende la mercancía más cara, está “robando” la diferencia al obrero. De modo que, bajo el hecho de que el empleador no paga al obrero menos de lo que vale su fuerza de trabajo y el hecho de que no cobra al consumidor más de lo que vale la mercancía en términos de valor aportado por sus trabajadores, se esconde la explotación en forma de horas de más aportadas por el obrero que, en vez de revertir a él, es retenida por el capitalista. A Schumpeter no le queda más remedio que rechazar la teoría, pues, en su opinión, ni en una economía de competencia perfecta es posible que, como se desprende de la teoría de la plusvalía, todos los capitalistas ganen dinero, pues eso llevaría a desequilibrios inmediatamente por su interés en aumentar ilimitadamente la producción.

Marx cree que el capitalismo no es estacionario, sino que está en constante evolución. Pero Schumpeter cree que esto no salva la teoría, aunque sí proporciona interesantes ideas. Por ejemplo, si el valor procede solamente del capital variable (los trabajadores) y no del capital constante (equipos, instalaciones), la evolución del sistema hacia empresas con menos trabajadores implica la caída de la tasa de beneficio. Una teoría que que Schumpeter rechaza, pero lo hace admirando a su autor por su ingenio y coherencia, aunque contraste con la realidad. Marx sostiene que la plusvalía acumulada (ahorrada) es empleada para la transformación en capital real que se aumenta por su parte variable (empleados), donde reside la plusvalía, antes que por su parte constante (equipamiento). Así se plantea la interesante cuestión de que en una supuesta situación de equilibrio llevaría a los capitalistas a aumentar la producción para aumentar el beneficio, para lo que necesitan acumular plusvalía, provocando el aumento de los sueldos (por exceso de demanda) y, por tanto, una paradójica reducción de la plusvalía. Situación que seguiría hasta la eliminación de la plusvalía y, con ella, a la eliminación del capitalismo mismo.

Este proceso evolutivo y autodestructivo no se da, en opinión de Schumpeter, debido a que el progreso capitalista tiene origen en la innovación, que destruye empresas y crea otras nuevas cambiando totalmente las condiciones de competencia y la distribución de salarios y beneficios mediante coacciones como las patentes y acumulaciones asimétricas por prácticas monopolísticas basadas en el conocimiento. Un mecanismo que obliga a la acumulación de beneficios para financiar la capacidad de competir ante nuevos productos y nuevas formas de producción. Para Schumpeter, Marx vio con claridad este proceso, pero no sacó las conclusiones adecuadas por su necesidad de fundamentar una revolución inevitable del capitalismo hacia su destrucción inexorable. Por eso no vió que los beneficios en estas circunstancias no provienen de la plusvalía, sino del conocimiento. Así, la destrucción de un empresa no estaría en la disminución de su plusvalía, sino en su incapacidad de competir con las innovaciones de sus rivales. Además el progreso del capitalismo no produce aumento del capital variable, sino, muy al contrario, del constante.

Una situación que lleva camino de su máximo con la creciente automatización robótica. Un proceso que, en la terminología de Marx, sería la inversión de la plusvalía acumulada en capital constante. También se podría decir que los científicos vierten al seno del capitalismo conocimientos por los que no son compensados. Véase, en contraste, la riqueza que puede acompañar a un cantante mediocre pero popular a base de honorarios y derechos de autor. La explicación obvia está en el valor que millones de personas con criterio más o menos discutible le da a las creaciones de ese artista. Un vía de enriquecimiento que el científico no tiene por ser su aportación apreciada en ámbitos restringidos.

Sin embargo, Schumpeter admira en Marx su capacidad de anticipar el desarrollo de acumulación del capitalismo, la aparición de los grandes grupos empresariales y sus implicaciones sociales. También la realidad ha desmentido, según Schumpeter, la tendencia a la baja de los salarios de las masas trabajadoras debido a la competencia del ejército de reserva compuesto por los trabajadores en paro resultado de la creciente mecanización. El retraso de esta “inmiseración” (depauperación) de la clase obrera, que traería la última fase del capitalismo con la expropiación de los expropiadores, no se ha dado.

Se puede añadir que, ni siquiera ahora, con la amenaza cierta de una decisiva automatización los salarios bajan, sino que aquellos países incapaces de seguir la deriva innovadora de otros, sólo saben competir bajando los salarios y, por tanto, poniendo en riesgo los equilibrios sociales. Pero dado que la industria moderna se basa, en gran medida, en el autoconsumo esta situación tiene un límite, pues el trabajador hace tiemp que se transformó en un consumidor antes que un “factor de producción”. Así la depauperación o inmiseración tenía un límite temporal y estructural: el del capitalismo basado en la colonización y la exportación. Una vez alcanzado el límite, la salida eran los mercados internos y éstos han traído una distribución de las rentas muy confortable para los trabajadores. Situación que también ha cumplido su ciclo para dejar paso a la sociedad de los inútiles que nos trae la inteligencia artificial y la sociedad ecológica que nos trae las señales de agotamiento del planeta. Una nueva situación que generará nuevas soluciones De momento, dada la novedad, los monopolios tecnológicos están produciendo verdaderos agujeros fiscales en las naciones en las que actúan por el triple efecto de 1) bajar los salarios aprovechando el low cost de los productos impidiendo que sus trabajadores coticen a la seguridad social; 2) destruir a las clases medias al sustituir el know how de las personas por la inteligencia artificial, eliminado el aporte fundamental de estas a la fiscalidad del estado y 3) no pagar impuestos en los países en los que actúan al situar su sede en otro país tras una subasta para obtener una posición de ventaja fiscal extraordinaria.

Es claro que Marx pronostica la depauperación porque no tiene la visión del aumento exponencial de la productividad debido a la tecnología. Sin embargo, según nuestro autor en el análisis de los ciclos es de las pocas ocasiones en las que Marx mira la realidad como es sin violentarla para su ajuste a su teoría. Para Schumpeter se adelantó a su tiempo con el mero hecho de percibir la secuencia cíclica de la actividad económica capitalista. También comparte con Marx que la evolución del capitalismo destruirá las bases de la sociedad surgida con él. Por último, le reconoce la originalidad de haber combinado “químicamente” la historia y la economía más allá de que aquella fuera usada como ilustración anecdótica de conclusiones. En definitiva, concluye que el fracaso de Marx ha resultado muy fecundo.

En cuanto al Marx maestro, Schumpeter considera que su interacción entre la economía y la sociología llena de contenido a las abstracciones de la economía. Las guerras, la revoluciones, los cambios de legislación, que en la economía son vista como perturbaciones, en Marx son componentes esenciales de su análisis holista de la realidad (acierte o no en sus análisis).

SUPERVIVENCIA DEL CAPITALISMO

Schumpeter arranca esta parte de su libro con un rotundo no como respuesta a la pregunta de si sobrevivirá el capitalismo. Su posición no es que se vaya a producir una quiebra económica, sino que su desarrollo exitoso mina las instituciones sociales que le dan soporte. El éxito del capitalismo lo mide con el crecimiento en equipamientos (capital) y rentas para el consumo puesta a disposición de la gente. Considera que el ritmo de este crecimiento es del 2% anual como media y que no se producen desequilibrios relevantes en la desigualdad entre pobres y ricos en términos monetarios, aunque no tanto en términos de objetos duraderos, cuya calidad es proporcional a su precio . De este modo la renta se dobla en cincuenta años. Con este crecimiento, Schumpeter cree que el capitalismo acabará con la pobreza, entendida como incapacidad para alimentarse, vestirse y tener cobijo. Por otra parte cree que los grandes beneficiarios del crecimiento acompañado de cambios tecnológicos son para las masas, puesto que los equipamientos industriales se amortizan en la medida que producen masivamente. Pone el ejemplo de Luis XIV que no necesitaba iluminación eléctrica puesto que tenía suficientes velas y sirvientes para que se ocupasen de su reposición y limpieza. La reina Isabel I de Inglaterra ya tenía medias de seda, pero ha habido que esperar al siglo XX para que hasta las obreras de las factorías las puedan usar. El capitalismo va haciendo crecer la riqueza general a golpes de cambios tecnológicos cualitativos que siguen un modelo ondulatorio de comienzo, desarrollo y saturación de mercados que provoca cíclicos procesos de renovación que incluyen la caída de empresas con instalaciones obsoletas. De este modo un mismo dólar aplicado al consumo multiplica su valor a obtener bienes más depurados y eficientes. Schumpeter no deja de lado, además, los bienes culturales que, no formando parte de la idea original de producción material, sí la acompañan. También suma al éxito capitalista las luchas sindicales que no tendrían objeto de no haber una riqueza a la que se aspira previamente producida. En definitiva, que Schumpeter cree que el capitalismo, dejado solo, da satisfacción a las aspiraciones de todos los reformadores sociales que el mundo ha dado. En cuanto al paro, considera que su picos se deben a los períodos de adaptación a las nuevas tecnologías y que el nivel de rentas alcanzado permite subsidiar esta situación temporal de los trabajadores. Por lo que rechaza alguna tendencia subterránea que llevarían al capitalismo a generar ejércitos de parados.

Se puede decir que en 2030 se someterá el capitalismo a un prueba de fuego al respecto cuando la automatización de la producción llegue a los niveles que se anuncian con el desarrollo de las tecnologías digitales. Una situación en la que la salida que pronóstico será la generación de sofisticados servicios inter-personas como muestra el grado de calidad alcanzado por los servicios públicos al cuidado de la salud y la ancianidad o la economía colaborativa de las aplicaciones digitales. Lo que se lleva a cabo, obviamente, con rentas restadas a la distribución original.

¿CAPITALISMO DE RAPIÑA?

Schumpeter considera que la recompensa hipertrofiada a algunos empresarios proporciona un impulso más potente que el que supondría un reparto “más justo” entre industriales. La dureza del sistema de selección del que accede a la condición de “hombre de negocios” lleva a que algunos muy competentes sean excluidos enviando un mensaje de dureza que pone alerta a los demás en la gestión de sus empresas. Pero, en general, el competente asciende hasta donde su capacidad le permite.

Por mi parte añado la sospecha de que quien decide hacer una carrera en los negocios cruzará, sobre todo en la fase ascendente, las fronteras de la legalidad, ya por la vía del pago mermado de salarios o por la de involucrarse en operaciones de soborno para la consecución de mercados. El hecho de que estos combates entre empresarios tengan como objetivo la consecución de fortunas contrasta con el hecho de que los efectos son beneficiosos para la generalidad de la gente. Un argumento que se vuelve crecientemente eficaz cuando el proceso de enriquecimiento individual – beneficio general, se combina con el aumento de la productividad basado, no en la explotación de masas, sino en la tecnología.

Los economistas clásicos (de Smith a Ricardo) refutaron la idea de que el lucro iba en contra del bien general. Pero, Schumpeter ataca este aspecto de las teorías de los economistas clásicos. Primero acepta la tesis de que el beneficio del productor se maximiza cuando se alcanza, en un régimen de competencia perfecta, la producción máxima. Producción máxima que es cifrada en el momento en que el incremento del coste por la producción de una unidad adicional (coste marginal) iguala al precio con el que puede venderlo. Una producción que considera socialmente deseable. Pero, aunque los clásicos advirtieron que la competencia perfecta no se daba en casos de monopolio, consideraban que era una cuestión de tiempo su desaparición. El monopolio se caracteriza por crear situaciones en las que las empresas no aceptan el precio impuesto por la competencia, sino que lo imponen. Pero, nuestro autor, cree que, por el contrario, las situaciones de competencia perfecta son las excepción y son los monopolios, es decir, los mercados especiales lo normal para muchas empresas. Logro que consiguen mediante estrategias de calidad y publicidad, unidas a estrategias agresivas como compra de patentes para no usarlas o los costos del ejercicio de lobby antes órganos legislativos.

Este análisis parece darle la razón a la creencia de que el afán de lucro aleja a la maquinaria capitalista de sus fines sociales y la convierte en una máquina ineficiente con demasiadas pérdidas en las luchas por el dominio de los beneficios. Schumpeter presenta al respecto dos teorías alternativas: 1) se podría decir que la máquina funciona a pesar de los sabotajes a que la somete la ambición burguesa y 2) que, si bien hubo un tiempo en que la producción máxima era la norma, en la actualidad los monopolios de las grandes empresas han invertido la tendencia. Schumpeter sostiene provocadoramente que ni hubo una edad de oro de la competencia perfecta, ni los monopolios han parado el crecimiento del beneficio general de cada individuo procedente de la producción generada. Para ello examina el número de horas empleadas por el trabajador para obtener los recursos que le permitan comprar los mismos productos a lo largo del tiempo. Schumpeter considera que la pista de los productos que más se han abaratado conduce a las puertas de las grandes empresas, sospechosas de monopolio.

Ha llegado el momento de que nuestro autor exponga su tesis principal: el dinamismo del capitalismo no procede del medio social en el que se ejerce o de sus propios procesos internos, sino de la innovación de ideas, organización, materiales… Antes que Kuhn, Schumpeter alude en su campo a los cambios cualitativos que la ciencia y la tecnología supone a efectos de productividad y calidad de los productos, cuando no de la generación de productos para necesidades nuevas, que estando latentes, el mercado hace explícitas. Habla pues de mutación industrial, de destrucción creativa, las dos expresiones acuñadas por él que han trascendido de su obra.

Este enfoque tiene un efecto demoledor sobre el precio que estaba sacralizado, tanto en las teorías de competencia perfecta (como referencia para la optimización de la producción), como, añado yo, en las del valor del producto expresado en el precio (escuela austríaca), que siendo verdad en su formulación, ya no está reducida a la espontaneidad del consumidor, sino al efecto sobre éste de la novedad, publicidad y la manipulación de la psicología humana. En este punto hace el pronóstico, en fecha tan temprana como 1942, de que los problemas del pequeño comercio no le llegarán de la competencia con sus iguales, sino de los grandes almacenes. Schumpeter concluye, respecto de los monopolios, que la competencia perfecta es imposible e inferior, en todo caso, y que la gran empresa tiene el mérito de haber garantizado el progreso en términos de la expansión de la producción total.

Lo que habría que preguntarse en 2020 es si es saludable el empeño en seguir incrementando la producción de futilidades en los propios mercados y no serían mejor favorecer la transmisión de cierta capacidad productiva hacia países que han quedado retrasados, pero no para usarlos exclusivamente como mano de obra barata para producir baratijas para occidente, sino para elevar el consumo de productos necesarios en esos países. El problema, probablemente resida en que estos países no tiene capacidad de pagar los sofisticados bienes que la industria occidental puede producir aunque sean básicos como los alimentos, medicamentos o vestidos porque todavía no tienen niveles de renta suficiente. En Occidente, por el contrario, se incrementará la renta per cápita cada año, hasta el agotamiento de la capacidad de absorción o mediante el uso del mecanismo de obsolescencia programada, que tan peligroso es para el tratamiento de los residuos industriales generados por el acortamiento del ciclo producción-uso-desuso. Quizá, sea bueno organizar todo el conocimiento acumulado en occidente en personas jubiladas recientemente y jóvenes formados pero sin empleo, para que fuera utilizado en países atrasados a fin de proyectarlos hacia una producción eficaz, al tiempo que se exploran forma de producción no contaminantes. Operaciones que no parece que “el mercado” esté dispuesto a afrontar sin que los estados establezcan reglas de acción y financiación.

Es interesante el comentario de Schumpeter sobre el impacto de la explotación colonial como una razón para el incumplimiento de la intensificación en la explotación de los propios trabajadores.

Lo que le habría dado una tregua a estos, aunque este proceso de depauperación podría haberse activado en estos años, a partir de la crisis de 2008 en que la precariedad y la desigualdad aumentan al objeto de que los países controlen la deuda generada por el propio sistema, que invitó al consumidor a tener cotas de bienestar a un ritmo desproporcionado con el aumento de la renta. De esta forma se ha producido un despilfarro de los capitales ahorrados, que en vez de utilizarse para investigación (por ejemplo) se ha quemado en burbujas inmobiliarias para dotar a la población de segundas residencias en lugares inverosímiles.

Pero las coyunturas no le preocupan a Schumpeter, que trata de averiguar si el capitalismo podrá sobrevivir a la caída de los tipos de interés de las inversiones privadas. Interés que puede caer, según él, por la saturación de los consumidores, los nuevos territorios, las innovaciones técnicas y la relevancia de las inversiones públicas. La saturación la relaciona con las necesidades de los individuos y la caída de la natalidad. Aunque llama la atención para que no se confunda necesidad con demanda. Se pregunta si las necesidades podrán satisfacerse completamente en algún momento.

Desde 2020 ya podemos decirle que no, pues se generan nuevas necesidades lúdicas incesantemente.

En cuanto a la natalidad, cuya caída ya observa en 1942, está por ver la capacidad de adaptación del capitalismo generando necesidades nuevas o redirigiendo parte de la producción hacia la inmensas poblaciones de los países sin desarrollo mediante el low cost. Es curiosa su observación sobre la motivación de la caída de la natalidad, que asocia con las expectativas de satisfacer necesidades alternativas incompatibles con la crianza. En todo caso, no ve problema para el capitalismo en la caída de la natalidad.

Otra cosa es la absorción de capital para el mantenimiento de grandes masas de jubilados. Un problema que probablemente se arregle sólo en el futuro, por la caída de la población y la simultánea conversión del capital variable en fijo por la robótica.

En lo relativo a las innovaciones tecnológicas, Schumpeter rechaza la idea de que “el gran paso en el adelanto técnico está ya dado y que no quedan por conseguir sino mejoras pequeñas“, pues piensa que, a pesar de todas las maravillas de la electricidad, “somos incapaces de descubrir de dónde vendrán oportunidades de una importancia comparable“. También rechaza la idea de que la técnica ya ha dotado de pertrechos suficientes a la fuerza de trabajo y no cabe esperar otra cosa que mantenimiento y reposición. No menos enérgico es con el rechazo a la idea de que el capital fijo disminuirá. En definitiva rechaza la idea general de que el aumento de la eficiencia del capital aplicado disminuya las oportunidades de inversión o aplicación a otras actividades. Idea que subyace en la intención de que las inversiones públicas sean más importantes aunque produzcan déficit. Admite que a medida que se alcanzan determinados estándar de riqueza generalizada se dedican más fondos al embellecimiento de ciudades, salud pública, etc, pero que esta verdad no condena a la inversión privada a pérdidas estructurales.

Lo cierto es que estos días (2020) el rendimiento del capital es muy bajo y proliferan los financiadores privados estimulando el consumo con intereses mayores que los que, al parecer, cabe esperar de la inversión en proyectos de tipo industrial. Sin embargo, también hay grandes apuestas por el desarrollo de software de optimización de recursos que adquieren con rapidez grandes beneficios por su capacidad de encontrar millones de usuarios.

SOCIOLOGÍA CAPITALISTA

Schumpeter ironiza con Marx y dedica unas páginas a la “superestructura” del capitalismo. Comienza con una comparación entre pueblos primitivos y el actual comportamiento poniendo en duda que la racionalidad “seca” y “crítica” sea la que proporcione los únicos criterios para orientar la acción. El ser humano busca beneficio, coherencia emitiendo teorías en número pequeño y contrastadas por la experiencia. Pone el énfasis sobre la pretendida superioridad de la capacidad crítica que cuestiona la existencia de reyes, impuestos o propiedad. No considera que la opinión de que esta capacidad crítica sea el rasgo de un estadio superior de civilización. Pone el ejemplo de lo que considera el fracaso de la ilustración en relación a la reacción conservadora posterior. La lógica, en su opinión, fue construida por la acción económica, desde la más elemental de buscar el alimento. El carácter práctico y cuantitativo de las decisiones económicas las hace más necesariamente precisas. Una vez convertidas en costumbre extienden su esquema al resto de decisiones.

Esta racionalidad es una característica de la actividad económica que se expande cuando el capitalismo convierte la moneda en unidad de coste-beneficio y genera la contabilidad de partida doble. Para Schumpeter esta mentalidad lo cubre todo, desde la medicina a la belleza. El nacimiento del capitalismo no es ajeno al desarrollo de la matemática y el individualismo rebelde de Galileo es ya el retrato del capitalista moderno. El capitalismo al crear un ámbito opuesto al cerco escolástico perturbando la paz intelectual atrajo a las mentes más vigorosas e inteligentes. Más allá de la iglesia, el señorío y los terratenientes, el capitalismo creó un ámbito nuevo para el desarrollo de carreras individuales. Primero fue prestamista, después minero y finalmente (hasta 1942) industrial. Sin embargo se tardó en que sus principales líderes tuvieran influencia social. Pero, según Schumpeter, el capitalismo ha sido el mayor impulsor del desarrollo de la racionalización del comportamiento humano. Racionalidad que vemos luego aplicada a las instituciones de todo tipo. Se atribuye al capitalismo el desarrollo de la medicina y, por ende, la educación. El arte no escapa a este enfoque. Más allá considera que los hábito creados por la búsqueda del lucro, con todos sus aspectos negativos está detrás de logros tan incontestables como los del dominio de las enfermedades, pero que está presente también en la evolución del arte. En su opinión “la liquidación expresionista de las formas objetivas nos ofrece una conclusión maravillosamente lógica“. Es decir, considera que la abstracción es el remate del proceso de aplicación de la racionalidad espoleada por el capitalismo. Se refiere obviamente al expresionismo abstracto recién llegado a América con los artistas europeos que huyen del régimen nazi. He aquí en toda su pureza la relación infraestructura-superestructura marxiana. Aprovecha esta relación de logros del capitalismo para ironizar con las quejas radicales en contraste con los avances políticos y económicos actuales. Se ríe de sus lamentos de fingidas cadenas y depauperación. En su opinión, nunca el capitalismo ha sido tan generoso con los problemas sociales y nunca la libertad para todos, surgida de la necesidad racional del capitalista de librarse de los abrazos reales, aristocráticos o religiosos, ha sido tan espléndida. Considera que el modelo racionalizador surgido con naturalidad del capitalismo ha disipado todas las atmósferas tóxicas supersticiosas, dejando los objetivos claramente humanos limpiamente a la vista, despojados de los misticismos radicales. Nadie ha hecho más por las masas que el capitalismo que, al crear riqueza, crea el estado de ánimo que admite las reformas sociales sin crispación.

Quizá olvida Schumpeter que los logros sociales has sido siempre consecuencia de la presión interna del sistema, vía el sindicalismo de primera hora, o externa, como las que resultó en su momento el comunismo como un supuesto rival en la conquista de los anhelos de la gente. Es decir, la racionalidad que crea y acompaña el capitalismo tiene su lado oscuro: la resistencia a cumplir su propia tendencia acaparando en pocas manos mucha riqueza. Se podría decir que el capitalismo necesita a los radicales anticapitalistas para ser fiel a sí mismo, dado que los individuos que los materializan no son conscientes de la hegeliana astucia de la naturaleza que los conduce más allá de sus propósitos.

Schumpeter profundiza en su tarea de colocar a la racionalidad capitalista en el fundamento de su propia superestructura. Toda superstición desaparece ante el foco de la razón capitalista, mientras sus críticos pierden el tiempo criticándola. Así dice lúcidamente: “… nuestro sentido heredado del deber, privado de su base tradicional, se concentra en ideas utilitarias sobre la mejora de la humanidad, ideas que de un modo completamente ilógico resisten la crítica racional mejor de lo que lo hace el temor a Dios“. Se atreve a decir que el feminismo es un proceso plenamente capitalista, considerando los movimientos reaccionarios “prueba” de la tesis. Llega al extremo de afirmar que el pacifismo y la moralidad en los tratos internacionales son hijos del capitalismo mirado como una fuente de limpieza de toda superstición y todo antihumanismo. Obviamente, de forma inmediata se defiende de los múltiples contraejemplos de una burguesía militarista, invasora y depredadora que la historia proporciona, pero se refugia en que eso son desviaciones de la idea clave: el capitalista tiene origen y es fundamento de una racionalidad depuradora de todo lo que no sea el bienestar material, primero, y espiritual, después, de la humanidad. Naturalmente se sigue de este razonamiento que las ideas de izquierdas no revolucionarias, mejoradoras de la vida cotidiana de las personas, del feminismo a la permisividad sexual, del ecologismo al pacifismo son hijas de la racionalidad capitalista.

¿Como ha pasado desapercibida esta idea? No había oído hablar de ella nunca. Toda la crítica anticapitalista, desde el Marxismo a la de la Escuela de Frankfurt, del anarquismo a los actuales antisistema creen ser enemigos acérrimos del que Schumpeter desvela como su padre ideológico. Desde luego es una tesis a desarrollar. La tarea parece ser librar al capitalismo de sus enemigos: los capitalistas. Irónica situación. Es algo parecido a librar al marxismo de los marxistas o al cristianismo de la Iglesia.

Todo ello en el marco trágico de una humanidad que no rige su destino, sino que es llevada más allá de sus propósitos por fuerzas que, al menos hasta ahora, no ha conseguido controlar. Por eso, es consciente de que los logros del capitalismo no hacen más certero los pronósticos sobre su futuro.

EL GIRO DRAMÁTICO

Una vez sentada la importancia de la racionalidad capitalista en nuestra civilización, Schumpeter se dedica justificar una idea funesta: el capitalismo está tocado de muerte. Empieza reconociendo que, aunque las necesidades aún tienen un largo recorrido por la transformación del goce frívolo en necesidad (el juego, el ocio…), podrían acabarse las posibilidades de acción empresarial con la saturación de las necesidades humanas. Sin empresarios no hay capitalismo. El empresario transforma los medios de producción en función de las novedades surgidas. Esto requiere audacia y confianza, cualidades que sólo tienen una pequeña fracción de la sociedad. El empresario no inventa, consigue que se hagan las cosas. Pero su intuición está empezando a ser sustituida por cálculos de especialistas. Algo parecido a lo que ocurrió cuando el valor personal del caballero fue sustituido por las armas de fuego que cualquiera podía accionar. No hay que confundir al empresario con el burgués. Clase ésta compuesta por los más ricos que viven de rentas, a la que accederá solamente si tiene éxito. El empresario da sustento a la burguesía renovándola, pero una vez en ella, si se desconecta del negocio, su familia decaerá en no más de dos generaciones.

Por otra parte, la automatización y burocratización convertirá al empresario en un asalariado, lo que anticipa la pérdida de rentas por parte de la burguesía. Este proceso puede acabar con el capitalismo mismo. La tesis de Schumpeter es que el capitalismo morirá por sus propios éxitos sin intervención de radicales anticapitalistas. Destaca nuestro autor lo curioso de la permanencia del prestigio del caballero medieval frente a la atonía de la reputación del empresario. En el caballero y su heredero el aristócrata hay poesía y en el empresario sólo hay prosa. Por eso rehúye la política, pues en ella quedaría desvelado su desamparo retórico, cultural o meramente emocional. El burgués no puede dirigir su país ni, muy a menudo, defender sus intereses de clase. En teoría necesitaría un amo, pero ha prescindido de él y creado las condiciones políticas y sociales para que no se a posible su emergencia. Según Schumpeter, el capitalismo, al eliminar la estructura social del medievo, quitó obstáculos a su desarrollo, pero también protección para evitar su colapso, pues es un sistema que también se autodestruye. Empieza por destruir a los estratos más bajos de sus propia estructura (el pequeño comercio). En el pequeño comercio o empresa productiva están presentes de forma cercana el ejercicio de la competencia y de la libertad de contratación. Valores que desaparecen con ellos para dejar un vacío ocupado por relaciones viciadas basadas en la desconfianza y la precariedad impuesta por los monopolios. En efecto en la gran empresa el propietario desaparece para ser sustituido por gerentes y accionistas. El gerente adopta la actitud del empleado y el pequeño accionista la del pueblo maltratado, volviéndose, unos y otros, contra su empresa con facilidad. La desaparición del propietario y de la efectiva y personal libertad de contratación son resultado del propio desarrollo del capitalismo.

Un proceso que la digitalización está llevando a sus límites posibles (Amazon, Google…). Hoy en día algunas empresas nacen ya sin su equivalente a pequeña escala por las tremendas inversiones necesarias. Es el caso de las llamadas tecnológicas como Samsung o Apple.

Por su parte el accionista no se siente propietario y no defenderá su empresa con el vigor que lo haría éste. Con la autoridad del propietario desaparece la subordinación moral y, con ella, cualquier defensa de la propiedad de los medios de producción.

Todo esto se traduce en hostilidad hacia el capitalismo por razones que van más allá de la crítica de sus enemigos. Por eso, Schumpeter nos propone otra teoría causal. El espíritu crítico del capitalismo que fue utilizado contra sus adversarios precapitalistas, se vuelve ahora contra sí mismo, a atacar, no ya los privilegios de la Iglesia o la monarquía, sino contra su fundamento: la propiedad privada. En su defensa, el capitalismo no tendrá bastante con argumentos, pues con ellos sólo llegará a la superficie racional del adversario dejando incólume su núcleo irracional, pues al librarlos del freno de la tradición sagrada lo deja al descubierto. Para Schumpeter ya se ha dictado sentencia contra el capitalismo, y la defensa basada en sus logros prácticos, no le salvará.

Desgraciadamente para el capitalismo los únicos que ven sus ventajas a largo plazo son los que hoy se benefician. Por el contrario es difícil convencer al parado con el argumento de que sus bisnietos estarán mejor. El capitalismo, por otra parte, es incapaz de generar una adhesión emocional. Sin embargo para Schumpeter todavía no es suficiente con estos hechos para justificar la hostilidad al capitalismo. Para eso hace falta la acción premeditada de los que llama intelectuales, a los que considera agentes del resentimiento. Adversarios surgidos de la misma lógica constituyente del sistema. Les reconoce su capacidad de influir por dominar los mecanismo de la comunicación escrita y hablada. Pero les reprocha que no tienen experiencia directa en los hechos relevantes y que su actitud es siempre crítica. Contradice, él mismo, la tesis del surgimiento del intelectual en el seno de capitalismo cuando advierte que ya existieron en el pasado (qué decir de Sócrates que le costó la vida su visión crítica). Pero sigue viendo en el capitalismo el clima ideal para el intelectual al dotarlo de libertad e imprenta.

El pensamiento racional aparece en la historia de la humanidad mucho antes que el capitalismo, pero éste le da un sentido especial. De hecho, asocia el nacimiento del humanismo al del capitalismo (no está claro quién precede a quién). Pero en su nacimiento, los riesgos, si no se contaba con la protección de un señor eran altos. Es el capitalismo el que los convierte en agentes libres de opinar al convertir sus opiniones en mercancía con valor. Poco a poco el protector individual fue sustituido por el protector colectivo (el público burgués). Un ejemplo del primero fue Aretino y del segundo John Wilkes. El intelectual en el mundo burgués es protegido aunque tenga enemigos (los perjudicados por sus embates).

El burgués sólo autoriza la violencia fuera de la ley cuando está aterrorizado “la libertad que desaprueba no puede ser destruída sin destruir también la libertad que aprueba“. Lo peor para Schumpeter es que la crítica intelectual a las personas y los acontecimientos ha derivado en la crítica a las instituciones. Cree que el origen está en el aumento de la educación provocado por las necesidades industriales que ha traído una especie de persona ilustrada incapaz de participar productivamente en la sociedad, ya sea como trabajador manual, ya sea como profesional liberal. Atribuye al sistema educativo el proporcionar un tipo de egresado incapaz de superar las pruebas de las empresas para la contratación de personal. Este excedente engrosan las filas de los intelectuales resentidos, que siempre que tengan ocasión atacarán a las instituciones a las que hacen responsables. Sin embargo, Schumpeter no atribuye toda la responsabilidad de la hostilidad al capitalismo a los intelectuales, sino que cree que éstos simplemente amplían un malestar más profundo: el que subyace en los movimientos obreros, que no habiendo solicitado nunca el apoyo del intelectual se ha encontrado que se ha puestos al frente haciéndolos más radicales. Schumpeter pronostica que la atmósfera creada pondrá en peligro al capitalismo. Parte de esa atmósfera la crea las burocracias nacionales que están más cerca de los intelectuales por formación y que nunca se han compenetrado con los valores capitalistas.

DESCOMPOSICIÓN NO MARXISTA DEL CAPITALISMO

Entre el resentimiento y la legislación inspirada por él, el capitalismo sufre un grave riesgo… Pasa ahora, Schumpeter a analizar los cambios en las estructura social del los burgueses como consecuencia de estas tendencias. El principal es la desmotivación de los burgueses, que ven ya imposible la creación de dinastías industriales. Desmotivación que va más allá de la teoría de la reducción de las oportunidades de inversión. Las causas que ve son: 1) la pérdida de sustancia de la propiedad que se ha disuelto en sociedades anónimas, 2) la desintegración de la familia burguesa al romperse la fuerza de los vínculos matrimoniales y filiales como consecuencia de la generalización de la búsqueda de la felicidad individual frente a los intereses de clase. Tendencias que ve progresar aunque no se atreve a pronosticar la gravedad que pueden alcanzar.

POSIBILIDADES FUTURAS DEL SOCIALISMO

Una vez que pronostica el final del capitalismo por las razones aducidas, se pregunta Schumpeter si el socialismo tendrá alguna posibilidad. Su respuesta de salida es “sí”. Para razonarlo empieza aclarando que si una sociedad mercantil es aquella en la que existe el derecho a la propiedad y los medios de producción son privados, el capitalismo es una forma de sociedad mercantil, pero no la única. Entre las posibles sociedades mercantiles, el capitalismo se caracteriza adicionalmente por la concesión de créditos. Obviamente, el socialismo no es una sociedad mercantil, pues en ellas los medios de producción y su gestión son de titularidad pública y es ejercida por funcionarios.

Schumpeter, cuando habla de socialismo está pensando en el comunismo. En ningún caso en lo que actualmente se entiende por socialdemocracia, normalmente gestionada por los llamados partidos socialistas.

Además aclara que su gestión pública es centralizada, excluyendo otro tipo de intereses particulares. Reconoce que el socialismo aspira a ser algo más que un proveedor de recursos materiales para la totalidad de la sociedad y enarbola conceptos como libertad, justicia, igualdad, además de acabar con la “explotación del hombre por el hombre” para hacer posible la dignidad individual y colectiva de todos y cada uno de los seres humanos. Pero en el campo contrario se advierte (Von Mises) que la economía socialista no puede actuar racionalmente porque carece del referente esencial de los precios que sólo el mercado puede proporcionar. Referente que controla la pertinencia de la producción. Al faltar esta referencia tiene que ser sustituida por un acto político en el que la distribución está separada de la producción y condicionada por la cultura política y social del régimen, lo que lo convierte en un acto completamente arbitrario desde el punto de vista económico. Con el problema añadido de la decisión de qué producir y cómo hacerlo. De resultas Schumpeter dedica unas páginas a imaginar situaciones a cual más complicada y frustrante para las autoridades planificadoras en la fijación de las normas para controlar aspectos tan complejos como los gustos de los ciudadanos y una demanda ajustada a la oferta de productos para evitar derroches. Concluye que para ejecutar de forma racional una economía socialista es necesario utilizar los conceptos capitalistas con abstracciones más o menos importantes. Quizá la analogía más importante es la de la “competencia perfecta”, aquella en la que el productor no influye en el precio, ni el consumidor distingue entre productores por la homogeneidad de los productos.

Pero las diferencias son notables nada menos que en la formación de las rentas, las selección de los gerentes, la distribución de la responsabilidad y la definición del éxito y el fracaso. Acciones que en la economía socialista tiene que ser resultado de decisiones planificadas por una autoridad. Lo que implica el reproche desde las filas antisocialistas de que ésta es una tarea imposible por su complejidad alejada de la capacidad del más inteligente de los potenciales dirigentes políticos. No hay semidioses que planifiquen ni arcángeles que dirijan la economía, por lo que habría que pensar que el socialismo es lógicamente posible, pero prácticamente inviable, incluida la falsa esperanza de que el ser humano cambie radicalmente en su comportamiento para adaptarse a esa idealidad. Pero Schumpeter sigue con su experimento mental y afirma que la financiación desde el Estado es posible con más eficacia y que el mecanismo de retribuciones a altos directivos, que ahora escandaliza, puede ser perfeccionado con pagos en especies.

En el orden sociológico se espera una mayor lealtad moral al régimen por razone éticas y de compromiso con los fines. A esto se suma la pérdida de reputación del empresario y el progreso de la democracia en la fábrica. Formas de sostén de un régimen económico que sólo podrá recuperar un régimen socialista, en opinión de Schumpeter, pues la gerencia capitalista ha perdido la fuerza para recuperar la disciplina y la ética del trabajo por la propia naturaleza de su desarrollo. Se añade la ya mencionada desaparición de oportunidades de inversión y préstamo a interés a medida que se colman la necesidades. Finalmente dice provocadoramente, que el desarrollo del capitalismo “configura las cosas y las almas para el socialismo.” Pero no olvida que la aplicación de un igualitarismo radical echaría a perder este proceso. Pero en caso de advenimiento del socialismo, Schumpeter especula sobre cómo se llevarán a cabo las indemnizaciones a los tenedores de títulos de propiedad o accionistas de compañías. En fin, con este pesimismo acaba el primer tomo de la obra de Schumpeter.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA

El segundo volumen enlaza con el primero al plantearse la cuestión de la dictadura del proletariado. Lo que equivale a la implantación de un régimen no querido por la gente, pero supuestamente bueno para ella, en un flagrante desprecio por la democracia. La democracia, en tanto que método político, no es un fin en sí misma, sino una de las formas de conseguir dirigentes para los intereses comunes. Llevando al extremo su aplicación cualquier cosa que el pueblo decidiese, por criminal y estúpida que fuera, debería ser aceptado.

Esto plantea el falso problema de si se debe aceptar que un dictador elegido democráticamente acabe con ella. Falso problema porque, quien elige no tiene por que saber que va a ser suspendida la democracia. Pero en caso de que el candidato incluya en su programa tal suspensión no debe ser admitido en la contienda electoral. Es decir, si su propósito es suspender la democracia no necesita ser legitimado por esta para hacerlo, que se tome la molestia de tomar el poder por la fuerza.

TEORÍA CLÁSICA DE LA DEMOCRACIA

Schumpeter considera que la democracia representativa implica que el electo podrá tomar decisiones conforme a su mejor criterio y no necesita estar consultando continuamente a sus electores. Ya habrá ocasión de que rinda cuentas en las siguientes elecciones. Pero critica el error de aceptar los principios utilitaristas de “la mayor felicidad para la mayor cantidad de gente posible” y el principio roussoniano de educar a la gente para que ejerza en libertad su voluntad configurando la “voluntad general“. Opina que a pesar del descrédito del utilitarismo sus principios se siguen utilizando en política sin más análisis. Según la teoría clásica de la democracia, ésta es el sistema político que obtiene el “bien común” dejando al pueblo decidir por sí mismo las cuestiones planteadas mediante la elección de representantes que apliquen la voluntad popular. También se caracteriza por aceptar la existencia claramente percibida del bien común que se corresponde con la voluntad común que lo desea. Por tanto, las diferencias políticas deberían limitarse al ritmo con que deben aplicarse las políticas para lograr tal bien común.

Schumpeter empieza la crítica de esta visión atacando a la propia idea de bien común. Un desiderata de difícil definición en cuyas redes cayeron los utilitaristas como base de su simplista visión de lo valores humanos. Valores que son tan diferentes que fracturan la felicidad humana haciendo prácticamente imposible la convergencia en qué y cómo obtenerla. Se puede estar de acuerdo en planos muy generales, como la salud, y discrepar en el uso de la vacuna, por ejemplo. Si no hay bien común, difícilmente habrá una voluntad general que lo busque. Añade Schumpeter las sospechas de que el comportamiento humano tiene suficientes componentes irracionales como para sospechar de su influencia y efectos sociales y políticos. También considera las dificultades para que los seres humanos conviertan en una experiencia subjetiva nexos objetivos que se dan “delante de sus ojos“. De este modo tardan en advertir las soluciones a problemas endémicos. Un ejemplo es la relación entre la higiene y las epidemias.

Vivimos tiempos en lo que hábitos saludables adquiridos por las generaciones precedentes se abandonan en base a ideologías sobre la maldad de supuestos dirigentes globales que las recomiendan. Es el caso de las vacunas. Tal parece que un fondo irracional de sospecha facilita el que mucha gente se posicione contra determinadas prácticas recomendadas universalmente, especialmente si sus procesos son difíciles o imposibles de observar organolépticamente (microbios, radiaciones), atribuyendo a la malicia o la codicia su difusión. Ocurre lo mismo con el cambio climático que la mirada profana convierte rápidamente en conspiración de intereses ocultos. La voluntad humana es tozuda y rígida. Está relacionada con sentimientos de autoestima y seguridad que complica el abandono de creencias familiares, la primera de las cuales es sospechar de la buena voluntad o de la acción de azar. Cada individuo tiene a su disposición un ámbito en el que puede ejercer su voluntad, lo que da satisfacción primaria a su pulsión de ejercicio de dominación, pero encalla ante problemas más complejos a los que aplica sus escasos recursos cognitivos. Voluntad que llega confusa al ejercicio del derecho democrático al voto. Hoy en día esa confusión llega a valores extraordinarios debido al empleo, por parte de determinadas opciones políticas, del recurso al sentido común como fuente de acción para el gobierno de complejos tan importantes como los estados modernos.

Siguiendo con su crítica a la teoría clásica de la democracia, Schumpeter recuerda que el ciudadano puede llegar a ser un mal juez hasta de sus propios intereses, si atiende exclusivamente a las ventajas a corto plazo. Aunque cuando los asuntos nacionales tienen un efecto directo sobre sus intereses suele reaccionar con rapidez, pero, en cuanto las cuestiones planteadas se alejan de su círculo de intereses más inmediatos, su forma de razonar se vuelve dudosa. Esta circunstancia debilita su voluntad y lo aleja de un comportamiento responsable. Comportamientos que resultan más sorprendentes en personas educadas. Lo que se explica por la falta de interés en desarrollar un espíritu crítico ante la información que le llega del ámbito político, por muy competente y responsable que sea su desempeño en su ámbito profesional. Su rendimiento mental se reduce cuando abandona el círculo de sus intereses inmediatos y penetra en el de la gestión de los intereses generales. Schumpeter cree que aunque no hubiera políticos que expresamente intentaran intoxicar la opinión de los ciudadanos, estos ya poseen prejuicios suficientes para enturbiar su juicio. Lo que se acompaña de una menor exigencia moral, como consecuencia de la atribución de la responsabilidad a los dirigentes. Esto facilita la fabricación de la voluntad por parte de los profesionales de la política.

Nick Clegg, el político liberal inglés, contaba que en la campaña del Brexit en 2016, un miembro de su demarcación política le decía que iba a votar contra la permanencia en la Unión Europea “sólo por armar un poco de follón“.

Así vemos cómo se usan las mismas técnicas utilizadas en la publicidad, creando asociaciones entre los deseos y las expresiones políticas de medios y fines. Evasivas, reticencias, repeticiones de ideas simples son las armas. Y todo ello sin el freno que supone para un producto material su mala calidad constatada. No por ello cree que sea imposible que a largo plazo, la experiencia negativa permita rechazar propuestas falsarias, pero muy a menudo esta clarividencia de la ciudadanía expresada colectivamente llega tarde.

Esta idea subyace en el comportamiento político de las masas tras una terrible conmoción como fueron las guerras del siglo XX, pero apenas han pasado ochenta años y los estímulos de demagogos producen los mismos efectos nocivos que antaño sobre las voluntades actualmente en ejercicio adulto. La consecuencia es la repetición trágica de los errores.

Esta visión escéptica sobre la democracia se pregunta cómo ha podido permanecer tanto tiempo en el candelero social a pesar de que la teoría utilitaria en la que está basada hace ya tanto tiempo que fue refutada. Schumpeter encuentra explicación en la asociaciones entre el utilitarismo y la religión. Es decir, en el carácter religioso de la pretensión de felicidad para todos que el utilitarismo propuso. Pone como ejemplo el anhelo de igualdad, que no resiste el análisis empírico, pero que es un fin indiscutible de la doctrina de la religión cristiana. La insistencia del redentor en la importancia de cada alma es un aval para la democracia entendida como ejercicio de una voluntad general con fundamento en los anhelos comunes de todos los individuos. Una vez instalada en ese registro, la democracia clásica es inatacable, cometan lo errores que comenta sus dirigentes. Se ha convertido en una religión. Pone el ejemplo de Suiza como un país en el que puede funcionar el antiguo concepto de democracia clásica, basada en las decisiones bien comprendidas de la gente, debido, no a un especial forma de ser del suizo, sino por la simplicidad de los problemas que se plantean a la gestión política del país.

PROPUESTA DE TEORÍA DE LA DEMOCRACIA

Hecha la crítica a la teoría clásica de la democracia, Schumpeter aborda una propuesta mejor adaptada a la naturaleza humana. Parte del hecho de que hay regímenes no democráticos que pueden servir a los intereses del pueblo perfectamente (Quizá estuviera pensando con una antelación de ochenta años en el régimen chino actual). En todo caso, tampoco incluye en el concepto de régimen democrático a las monarquías constitucionales, por no existir competencia en la elección del Jefe del Estado y, al menos formalmente, ser el gabinete un servidor del monarca antes que del pueblo. El criterio que utiliza para definir una democracia es el de colocar la capacidad de decidir de los políticos elegidos por delante de la del pueblo que se limita a elegirlos y destituirlos, pero no interviene en la marcha gubernamental entre elecciones. De ahí se sigue la importancia decisiva del liderazgo y el reconocimiento realista de su intervención en la configuración de la voluntad general. Como se ve es la postura opuesta a la de la teoría clásica, en la que la voluntad general es previa y espontánea. Cuando el pueblo tiene necesidades éstas se incorporan a la acción política cuando un líder se decide a explotarlas y no antes. Entre tanto, se tendrá en sordina con distintos subterfugios. La elección del líder ideal es por el voto, pero entre esta situación y la imposición autoritaria hay numerosos casos de fallos en la competencia por el voto, debido a métodos fraudulentos (como la financiación ilegal de partidos). Queda así establecida, en opinión de nuestros autor, la relación entre la libertad individual y la democracia, pues el individuo goza de un ámbito de dimensiones variables en los que ejercer su voluntad de forma limitada en cualquier sistema político, pero con cotas de expresión y discusión que son propias de la democracia, incluida la libertad de se elegibles y de elección de los líderes.

La posibilidad de que cualquier ciudadano sea elegible en una democracia es un buen ejemplo del concepto de “libertad limitada”. En efecto todo ciudadano puede presentarse a las elecciones, pero ni todos cuentan con los medios, ni todos los que lo pretenden pueden alcanzar la meta. Es de aplicación este concepto al llamado “sueño americano”, expresión de la libertad de cualquier ciudadano americano de hacerse rico. En efecto, ni todos tienen las capacidades, ni las oportunidades, ni hay sitio para tanto rico. Es decir, tanto la política como la riqueza son ámbito limitado a los que no pueden acceder todos, por lo que no debe derivarse del éxito un derecho ilimitado: el de acabar con la competencia, ya sea instaurando un régimen totalitario en el ámbito político o un monopolio absoluto en el económico. Soluciones de las que se derivan tanto patológicas dinastías políticas como económicas. Además de confiar al juicio de uno o pocos hombres la complejidad de las soluciones a tomar.

Schumpeter no duda en afrontar la espinosa cuestión de los sistemas de elección proporcionales o mayoritarios. En un caso las minorías tienen representación, en el otro, los gobiernos son más estables. Él cree que el principio democrático de elección del liderazgo es coherente con el sistema mayoritario, en el que el vencedor gobierna sin lastres. Una libertad de liderazgo que supone el sometimiento de aquellos que los eligen en el parlamento, en el caso de las democracias europeas, o del propio electorado, en el caso de la elección directa del presidente como ocurre en Estados Unidos.

Desde luego la descripción que da Schumpeter de democracia real se ajusta mejor a nuestra experiencia de electorados manejados por la propaganda y diputados sumisos al líder, si quieren conservar su puesto. Suenan en nuestros oídos las impostada frases de halago al líder de los miembros de Consejo de Gobierno y la ausencia total de críticas, mientras no llega una crisis y es obligado elegir entre líderes tras un fracaso electoral sonoro. Por eso se puede decir que los partidos políticos son, de algún modo, empresas de proveedoras de empleo.

Los partidos políticos con sus líderes al frente no tienen otro objetivo que alcanzar o mantener el poder. Del mismo modo que cuando un ejército se empeña en la toma un colina no lo hace por las vistas o la sombra de sus árboles, sino por la victoria final sobre el enemigo, incluso cuando un partido político propone o se oponen a una ley está tratando de minar al contrario según considere que esa ley le va a aumentar su reputación ante el electorado, o se la va a dar al contrario. Pero no hay que olvidar que el liderazgo se ejerce en una democracia con limitaciones que obligan a mantener las formas y a aceptar derrotas parlamentarias tratando de limitar daños con mociones parciales o con sibilinas posturas del tipo “como decíamos nosotros…”. Y esto porque, del mismo modo que la actividad económica se explica antes por el afán de lucro que por la satisfacción de necesidades, la acción política se explica mejor por el deseo de poder que por las promulgación de leyes. Obviamente, ni el lucro, ni el poder obtendrían formas de satisfacción de no existir las necesidades humanas materiales o de organización social.

Finalmente resume sus puntos de vista sobre la democracia diciendo que raramente los electores saben por qué elegir a un candidato y esperan que éste les haga propuestas. También es raro que lleven espontáneamente a un ciudadano al poder y es más habitual que escojan entre los que se proponen. Por otra parte, un partido político no es un grupo de hombres comprometidos con unos principios, que sin duda serán enarbolados continuamente, sino de vigorosos competidores por el poder, al menos por lo que respecta a líderes y camarillas anexas con influencia en los acontecimientos.

SOCIALISMO Y DEMOCRACIA

Con este capítulo acaba la parte más interesante del libro de Schumpeter. En él trata de dilucidar si democracia y socialismo son conceptos inseparables, como afirman la socialdemocracia o, por el contrario, como afirman los enemigos del socialismo, no es posible la democracia en el socialismo. Para nuestro autor, estos dos conceptos no son incompatibles, pero tampoco se siguen el uno del otro.

En la democracia el pueblo no gobierna de forma efectiva, sino que elige a quien ha de hacerlo. Por eso rechaza la idea de que la política ha de ser una actividad amateur. Por el contrario la considera una actividad para profesionales, tal y como se ejerce. El político moderno necesita aplicarse plenamente a su carrera; tanto como tenía que hacerlo un cortesano en las monarquías absolutas.

Schumpeter cree que las condiciones para el éxito de una democracia concebida como lo hace él son: la calidad de los líderes, la calidad de los funcionarios, evitar legislar en caliente sobre delitos y, aunque a los políticos les cuesta mucho, no interferir y mantener a la justicia y al control financiero lo más lejos posible de las decisiones políticas. Por supuesto que la independencia del legislativo respecto del ejecutivo es una batalla perdida, aunque hay sistemas de designación como las “constituency” inglesas que lo favorecen. Por otra parte, recomienda que la oposición resista la tentación de desestabilizar al gobierno a la menor ocasión y que los electores no retiren la confianza a sus elegidos antes de la siguientes elecciones, salvo incumplimientos lesivos graves. Finalmente, sugiere que se debe escuchar al otro sin desorden, por mucho que sus palabras repugnen al que las escucha. Otra cosa será que los electores apoyen a los candidatos que sostengan esas ideas. ***

La democracia moderna nació con el capitalismo (También la democracia griega floreció en un estado comercial). Fue el marco político en el que el comercio dio un salto cualitativo para la riqueza de las naciones. Cuando ha dejado de ser cuidado por la burguesía ha resistido bien los envites de sus adversarios dando acogida y protegiendo incluso a quienes la critican acerbamente. Los burgueses, por los intereses que defienden, han mantenido siempre una atención especial a los acontecimientos políticos, sin embargo, la burguesía ha permitido que individuos nacidos de su seno hayan combatido “su” democracia creando las condiciones para su desequilibrio.

El socialismo democrático ha sabido integrar todos los principios de la democracia burguesa menos el del respeto por la propiedad privada. Dado que, por otra parte, desde el punto de vista económico (cree Schumpeter) que el socialismo es viable, duda de que acabe sabiendo gestionar la democracia que podría heredar o acabaría con ella.

En esa misma época Hayek había dado ya una respuesta negativa a esa pregunta. Aunque luego tuvo que reconocer que el socialismo nórdico lo desmintió al respetar la democracia con altas cotas de igualitarismo social.

Schumpeter cree que la clave reside en el peligro de la extensión del método democrático a todos los ámbitos económicos (por ejemplo a la gestión de una empresa, que para él equivale a introducirlo en el ejército). Es decir, a la intromisión de los político en lo económico. Una situación que se puede resolver distinguiendo entre extensión de la gestión pública y extensión de la gestión política. Acaba concluyendo que en una sociedad socialista nada podrá impedir el imperialismo político entrometiéndose en todos los ámbitos y haciendo fracasar la democracia y, con ella, a la libertad. La intromisión política también corrompe la selección de los gestores públicos de las empresas generando incompetencia. Schumpeter termina con algunas vacilaciones sobre las posibilidades de una economía plenamente socialista y simultáneamente democrática. Curiosamente sus esperanzas residen en que la ética del trabajo relajada en el capitalismo por abandono de la burguesía, se recupere en mano de los gestores socialistas, que una vez elegidos pueden imponerla sin trabas.

Creo que Schumpeter no ve la incompatibilidad entre el poder de elección del obrero y el poder de imposición del gerente. Al menos en el capitalismo actual el mecanismo de disciplina es la amenaza de despido. Pero hay que reconocer a nuestro autor que vió con claridad hace ochenta años que el capitalismo se deslizaría hacía una especie de socialismo por el doble camino de socializar la riqueza con su enorme capacidad productiva y debilitar la defensa de la propiedad privada por su propio desarrollo en grandes conglomerados empresariales. No poco influye el hecho de que la influencia del “pueblo” convertido en consumidor ha crecido exponencialmente al aumentar, también exponencialmente, el peso relativo de la satisfacción de necesidades artificiales. El capitalismo ha contraatacado con sistemas de producción industrial automatizados altamente eficiente que, al abaratar la satisfacción de necesidades primarias, justifican bajos sueldos y con sistemas de prestación de servicios (aplicaciones digitales) que alejan al empleado de los gestores y rompen los vínculos tradicionales entre trabajador y empresa. Esta zanja hace posible el despido a coste cero y una competencia feroz entre desempleados que aumentan sus posibilidades de empleo aceptando condiciones laborales semi esclavistas. Este mismo trabajador en su dimensión de consumidor no puede dejar de consumir el producto barato que él mismo produce perpetuando el círculo en el que ha quedado atrapado. El socialismo moderno trata de paliar la situación aplicando los códigos laborales clásicos a las nuevas situaciones. Cepos de los que las grandes compañías digitales escapan haciendo competir a naciones enteras por la prestación de sus servicios obligándolas a reducir sus impuestos. La situación ha creado dos grandes boquetes en el sistema fiscal. De una parte, la empresa no paga por la razón aducida y el trabajador precario no puede cotizar por sus bajos sueldos. La consecuencia es un decaimiento brusco de los servicios públicos que la demagogia busca compensar con altos impuestos a las grandes fortunas, lo que un poco de aritmética pone de manifiesto que es insuficiente. El sistema en su conjunto se ha convertido en una máquina de general desigualdad, no sólo en la distribución de la renta y su correspondiente estándar de vida, sino en la capacidad de hacer previsiones de futuro para la mayoría de la gente.

Hace unos años los agricultores franceses se oponían violentamente a la globalización comercial (en Francia estas cosas son siempre serias, conforme a la tradición) en base a la falta de protección de sus productos por la competencia de países más baratos (por más pobres). Pero la globalización siguió hasta que ha sido los propios países promotores los que la quieren paralizar con aranceles al ver que la libertad de comercio desequilibra su balanza comercial. Se vuelve así al mercantilismo del siglo XVII de aquellas naciones que sólo quería que exportar sus productos sin comprar los del vecinos.

Creo que sólo desde un mayor grado de globalización planetaria será posible ir equilibrando la desigualdad entre países y dentro de los países. Igualación que tiene un límite por debajo del cual el ser humano se deshinibe cayendo en la pobreza generalizada y en la tiranía. Si hay una desigualdad tolerable debe ser compensada con una generalización de los recursos que hacen posible una vida digna (saludable, educada y previsora). No puede predicarse que cada uno se ocupe de los suyo como ideal político y económico, del mismo modo que no puede proponerse que todos dependan de un super estado. Lo primero porque desde el rico al funcionario o el político todos buscan situaciones confortables desde las que opinar sobre los males y defectos de los demás. Pero lo hacen a costa de estos precisamente, ya como consumidores, ya como contribuyentes. Lo segundo porque el mundo necesita del esfuerzo de todos o, en un mundo improbable de producción ilimitada, del consumo de todos. Tampoco puede proponerse como modelo el “sueño americano”, pues en el olimpo de la riqueza ocurre como con las loterías que sólo unos pocos pueden ganar aunque todos crean que la suerte o el mérito será con ellos. Si esto es así estructuralmente, las diferencias no racionales deben ser corregidas, pues no será pobre el indolente, sino también el que no muestre suficiente ferocidad para hacerse con uno de los pocos puestos disponibles. También es cierto que, a medida que el sistema produce más riqueza, la tendencia del sistema a acumular la renta y la riqueza, el número de puestos aumenta. En los últimos años los millonarios del mundo han aumentado en cinco millones de personas. Una de las fuentes del aumento de los “puestos de trabajo” para ricos ha sido, en mi opinión la explotación del low cost (viajes, alimentos, vestidos…)

Los liberales consideran una falacia socialista decir que la riqueza de unos pocos es consecuencia del expolio de los muchos. Creo que la palabra “expolio” que significa “despojar a alguien con violencia o con iniquidad” es inadecuada, pues el rico que alcanza su riqueza utilizando con habilidad el sistema capitalista no tiene nada que reprocharse (obviamente no entran en esta categoría traficantes y delincuentes). Pero, si el uso hábil y legal de esos mecanismos acumula renta y riqueza en proporciones tales que hace disfuncional el sistema, es necesario introducir mecanismo correctores. El mecanismo tradicional es la fiscalidad. El rico decente a la ida puede incurrir en indecencia a la vuelta evadiendo impuestos. Estos mecanismo correctores no pueden tener la pretensión del reparto modelo Robin Hood, sino la concentración de recursos para invertir en los problemas de las complejas sociedades modernas. Item más si esos mismos mecanismos han quebrado las fuentes tradicionales de fiscalidad.

Los socialistas consideran una falacia liberal decir que el Estado tiene que ser lo más pequeño posible para que el dinero circule y todos los servicios que presta estén privatizados. Aquí “pequeño” se refiere a conservar para el estado prácticamente y en exclusiva el uso de la fuerza “para preservar la propiedad privada”. Obviamente que la propiedad privada debe ser protegida (el más pobre de los seres humanos luchará por ello). Un estado que sólo tenga esa función principal y no se ocupe de la sanidad, la educación y las pensiones de aquellos a los que el sistema no les deje sitio generará enfermedad, irracionalidad e inhumanidad. Factores éstos que degradan al ser humano y ponen en peligro la paz social. Grandes masas de enfermos, iletrados y ancianos abandonados a su suerte sólo necesitan un cabecilla elocuente para que las mayores pesadillas se hagan realidad. Pesadillas inevitables aún cuando el sistema coercitivo sea capaz de neutralizarlos con prodigiosos sistemas de “contención”.

Estos últimos párrafos se redactan bajo el influjo de Schumpeter y su extraordinaria facilidad para razonar sobre cuestiones tan trascendentales para el buen gobierno de una sociedad.

Igualdad, natalidad, inmigración, paro, fiscalidad, pensiones, educación, modelo productivo, conflictos…

El título parece una macedonia de conceptos económicos y sociales sin relación entre sí (en la octava acepción del diccionario, macedonia es una ensalada de frutas). Pero sí, si tienen relación entre ellos. La manifestación de las mujeres el pasado día 8 ha traído la última pieza al puzzle de nuestras preocupaciones. Veamos:

  1. La igualdad de hombres y mujeres facilita la natalidad
  2. La inmigración trae a jóvenes de otros países
  3. La natalidad facilita la aportación de jóvenes a largo plazo al mercado de trabajo
  4. La inmigración facilita la aportación de jóvenes a corto plazo al mercado de trabajo
  5. Los jóvenes trabajando mejoran el crecimiento general y la recaudación de la fiscalidad
  6. La mejora de la fiscalidad sostiene las pensiones y los servicios públicos

Sin embargo, este optimista proceso se derrumba:

  1. Si la distribución del crecimiento disminuye la igualdad
  2. Si el sistema productivo se basa exclusivamente en servicios sin valor añadido

Una situación que llevará al resto de males:

  1. No educar a los jóvenes en tecnologías con futuro
  2. No educar a los jóvenes en disciplinas que aumente la cohesión de la sociedad
  3. No incorporar a los jóvenes al trabajo enviándolos al paro y el desaliento, mientras irracionalmente prolongamos la vida laboral de los mayores.
  4. Con los jóvenes en el paro las pensiones y los servicios públicos colapsan y
  5. El conjunto de la sociedad se altera comenzando los conflictos

¿Es esta secuencia correcta? Si lo es, ¿Por qué andan tan despistados los políticos?, ¿Por qué no proponen un plan constructivo e integrado a medio y largo plazo?. Un plan que requiere la participación de todos, ricos, pobres y aquellos que están en camino de ser pobres. El plan ha de tener dos columnas:

  1. Claridad y publicidad de las cuentas del Estado en forma de balance, así como los presupuestos y su liquidación
  2. Calidad y publicidad de la distribución de la renta del trabajo y el capital

Con la primera condición sabríamos el verdadero Estado de la Nación (ruina, saneamiento o riqueza) y con la segunda podríamos hace cooperar a todos en los planes generales, en vez de que cada grupo de interés tire de la manta para su rincón hasta rasgarla.

Soy consciente que los políticos trabajan a corto plazo y que, por tanto, están inhabilitados para planificar mirando al horizonte. Pero quizá cada uno de nosotros con la papeleta en la mano para votar y con nuestras voces para manifestarnos entre elecciones podamos enviarles un mensaje claro. Porque, el hecho es que, en estos momentos, después de haber rescatado a bancos y grandes empresas constructoras en cada una de las inversiones en infraestructuras (plataformas marinas, autopistas) que se han llevado a cabo con mentalidad megalómana, nadie está por rescatar a la gente.

Rescatar a la gente no quiere decir poner a sueldo desde el Estado a 40 millones de adultos, sino sanear el país económicamente y repartir lo que haya con justicia. ¿Puede este país funcionar sin sus empresarios?, no. Pero ¿Puede este país funcionar sin su gente?, tampoco. Entonces ¿por qué se da la malsana tendencia de los políticos a estar más del lado de unos que de otros?. Pues, probablemente, porque, en positivo, piensan que es su iniciativa la que pone en marcha negocios prósperos y, en negativo, esperan que los acojan en su jubilación del servicio público. Pero una comunidad del tamaño de la nuestra no puede funcionar si no se generaliza un estado mental de confianza en que todos cooperamos en el esfuerzo común. Esa sensación no se da si no se conocen las cifras de cómo se reparte tal esfuerzo. Porque esto aumenta la sospecha de que el reparto no es justo. Pero si, a eso, se añade que no se trabaja para que tengamos un sistema productivo basado en el conocimiento, que haga atractivos nuestros productos para el resto de mundo, sino que seguimos instalados en explotar solamente lo que la naturaleza nos ha dado (suelo y hospitalidad), nos quedaremos descolgados de un mundo que es, cada vez, más artificial. Si a esto añadimos que, de los dones de la naturaleza, sólo explotamos los aspectos más primitivos (agricultura y turismo) y dejamos de lado aquellos que, debidamente conocidos y transformados, representan la base de un desarrollo futuro, como es el aprovechamiento de generoso soleamiento de nuestra tierra para obtener energía, tenemos que concluir que estamos en manos incompetentes.

Propuesta tópica

Cualquier partido que quiera prosperar puede optar por dos líneas de acción:

  1. Exaltar las emociones del nacionalismo o del resentimiento, o
  2. Fijar metas productivas modernas y hacernos cómplices a todos de su logro y socios de su disfrute

En el primer caso, ya se sabe, voces fatuas que llevarán a gritos dolorosos. En el segundo un país socialmente comprometido en el trabajo y el disfrute de sus resultados. La elección es de ellos, pero también nuestra. El plan es sencillo:

  1. Cambiar la forma de la “pirámide” de población aumentando la natalidad a largo plazo y aceptando a jóvenes de otros países a corto.
  2. Cambiar el modelo productivo, pues qué sentido tiene aumentar la formación sofisticada y cara de jóvenes mientras se prolonga la edad laboral de los mayores, si no hay trabajo para todos.
  3. Repartir la riqueza y la pobreza.
  4. Mantener la fortaleza del Estado moderno. Sin Estado la divisa es el ¡sálvese quien pueda! y el conflicto social.

Para rematar, la deuda

Vivimos en unos tiempos en los que las deudas de los países parecen preocupar más que en otras épocas. Lo cierto es que un país no debe endeudarse para gastar, sino, en todo caso, para invertir. La población debemos tener una cierta capacidad de consumo en una escala que, en el nivel más bajo, garantice dignidad, salud, educación y pensión y, en el nivel más alto se evite la grosería del lujo. De este modo, se activa el premio al esfuerzo, pero no se impulsa la frivolidad. Ese reparto tiene que ser proporcional a los frutos del esfuerzo colectivo, sin dejarse tentar por el consumo financiado por dinero ajeno, pues, como puso de manifiesto la primera década del siglo XXI, es un camino que lleva a dos décadas de decadencia y a proporcionar un pretexto para el expolio. Una década en la que el dinero ajeno, en vez de emplearse en inversiones cuyos frutos estaríamos disfrutando ahora, se empleó en construir casas en la costa y en los lugares más inverosímiles siempre que fueran asociadas a un campo de golf.

La deuda hay que pagarla, si no estamos lastrados y le dejamos la púa a nuestros hijos. Por tanto, ni un euro de deuda pública para ostentación de políticos, pero es necesario un cambio radical en la fiscalidad tan ineficiente que tenemos y una mejor distribución del dinero público recaudado. No digamos en dureza con la corrupción. ¡Qué espectáculo fúnebre el de los políticos protegiendo hasta el último auto judicial a los suyos!.

Final

Nuestro país sufre una curiosa paradoja: los pobres son partidarios de la oferta y la demanda cuando les va bien (véase con qué naturalidad aceptan los sueldos de sus futbolistas) y los ricos no son partidarios de la oferta y la demanda, sino de las subvenciones, cuando les va mal (véase su alegría con los rescates con dinero público de empresas privadas). Por eso hay pobres que votan a la derecha y ricos que también. Por eso, el apoyo a la derecha tiene una estabilidad de la que carecen los partidos de la izquierda, que sufren altibajos notables. A nosotros nos da igual siempre que el partido o la coalición gobernante trabaje convencidos para que:

  1. El sistema productivos esté basado en el conocimiento
  2. La fiscalidad sea progresivamente enérgica
  3. Haya total transparencia y publicidad en el balance, los ingresos y gastos públicos (que lo sepan los partidos no es suficiente, pues se guardan la información para sus intrigas)
  4. La red de seguridad incluya sanidad, educación y pensiones convincentemente

Si los partidos políticos, sobre todo el del gobierno de turno, dijeran la verdad, probablemente se evitaría mucha de las protesta sociales que ha generado su opacidad, fintas oportunistas y falta de proyecto social basado en la información y el reparto del sufrimiento o el goce.

Entre el optimismo y el pesimismo

Esteven Pinker lleva tiempo proclamando que hay razones para ser optimistas. Razones relativas a las guerras, la pena de muerte, la mortalidad infantil, el PIB per cápita, la esperanza de vida, la violencia civil, etc. Y en todos los indicadores encuentra razones para considerar que todo va mejor. No digamos quien vive acomodadamente, que disfruta de placeres inimaginables entre los mismos reyes de hace doscientos años: viajes cómodos, excitantes deportes en directo, comidas sofisticadas, amores embriagadores, residencias en localizaciones de privilegio, juguetes tecnológicos sofisticados, etc. De otra parte, hay una conciencia de pesadumbre porque “el ser humano no progresa”, los políticos son un desastre, no hay liderazgo, por todas partes surgen tendencias a la división, al rechazo del otro, a la aporofobia u odio a la pobreza, al descaro político que se sincera cuando de perjudicar a minorías vulnerables se trata, agobiante presencia de malas noticias en los medios diarios de comunicación, etc.

¿En qué quedamos? Creo que cada época tiene sus pesimistas y sus optimistas. Por eso hay que trascender los estados de ánimo para analizar datos, pero no sólo los datos positivos, sino también los negativos, como la trata de personas, el tráfico de armas, el tráfico y consumo de drogas, el descaro de las trapacerías de los gobiernos que ya no las ocultan, el desprestigio de las instituciones, el desvelado del monstruo del machismo dominante y depredador sexual, la creciente desigualdad económica, la concentración de riqueza en pocas manos, el abandono de los proyectos humanitarios, la crueldad con las poblaciones civiles en las guerras. En este caso los datos los proporciona la ONG Oxfam-Intermón.

Hay que reconocer que Pinker tiene razón, incluso cuando dice que la carnicería de la II Guerra Mundial es relativamente inferior a las que se practicaban entre pueblos indígenas que, en ocasiones, llegaban al total exterminio del rival. También es observable cómo extensas zonas del planeta han utilizado los avances de Occidente en las herramientas económicas y, en ocasiones, las herramientas políticas de democracia y transparencia con el resultado magnífico de que millones de personas han salido de situaciones de hambrunas cíclicas hasta una cierta comodidad. Qué decir de los avances de la medicina o de la capacidad de aceptar socialmente modos de vida minoritarios pero igualmente respetables.

Hay que reconocer que Oxfam-Intermon tiene razón cuando denuncia la obscena concentración de riqueza en pocas manos. Riqueza que podría financiar proyectos que atacaran el corazón de los problemas más acuciantes relativos al hambre, la sequía o los refugiados. A nadie se les escapa que gran parte de esa riqueza está en papel, es decir, en forma de valores inmateriales con los que se financian proyectos imprescindibles, pero, que, no pocas veces, financian proyectos absolutamente frívolos o el gasto personal con trenes de vida absurdos. No ha sucedido nunca, pero nada impide que se creen empresas de ayuda a los necesitados que entraran en bolsa, donde sus acciones tendrían precios enormes porque dieran beneficios humanitarios. Los accionistas estarían satisfechos con las memorias que describieran las cifras de vidas salvadas y economías activadas entre los desheredados. Es obvio que cuando se pusieran las acciones a la venta se las quitarían de las manos. El cuadro de partida para una operación semejante de fantasía sería el siguiente:

Riqueza 5

Despiertos del sueño, hagamos otro tipo de ficción. El PIB español fue de un 1 billón de euros en 2014. De él, el 54 % fue a manos de personas. A las que se les restó en forma de impuestos el 17 % y en forma de pago de pensiones el 13 %. En total quedan en manos de los hogares el 24 %. Pero no de forma igualitaria, como se puede ver en el cuadro siguiente:

RENTA 2015

Un cuadro que es explícito respecto a la desigualdad en el interior de los países, que es obvio que no llega a la generalizada en el mundo, pero se puede ver que la media de la franja con menos ingresos se parece a la que resulta del cálculo que sigue.

Si esta estructura de reparto se aplicara al PIB mundial que es de 75 billones de dólares, equivalente a 60 billones de euros, resultarían unos ingresos anuales de 14 billones de euros para las personas. Teniendo en cuenta que según el informa Oxfam-Intermón, hay 4000 millones de adultos en el mundo, el PIB per cápita resultaría 3.500 euros (300 euros al mes), lo que se traduciría en una pobreza de ingresos generalizada. Esto explica que las élites, a la espera de crecimientos extraordinarios de la productividad, que probablemente traigan los robots, prefieran acumular bajo el argumento de que el reparto no resuelve el problema de todos, pero si la de ellos que tienen necesidades más sofisticadas. También es un argumento la necesidad de contar con grandes capitales para emprender la resolución de problemas graves de la estructura económica y humana mundial, pero es absurdo no considerar un proyecto de interés conseguir salvar de la miseria a la mayor parte de la irremplazable riqueza humana que hoy se pudre en pozos infames.

Oxfam dice que con 100.000 millones de euros se acaba con toda la pobreza extrema. Esto supone el 1 % (4x100x100.000/40.000.000) de la renta anuales de los hogares del mundo rico. Si estamos pagando el 0,7 %, y sólo en algunos países, evidentemente falta dinero para cubrir la necesidades mínimas.

En fin, optimista, pesimista. Creo que hay que ser las dos cosas para que el contraste dentro del alma de cada uno sea un motor de cambio personal cuando nos quejamos de los impuestos y político cuando votamos. La aventura humana tiene varios factores contradictorios, pero sobre todo dos: la tecnología que favorece que la población crezca por los avances  médicos, pero que no ha alcanzado la capacidad productiva para dar una vida material digna a todos y la conciencia humana que se acongoja con el sufrimiento humano, pero que se adormece con la codicia con la misma facilidad. Creo que los grandes capitales deberían aplicarse, también, a los grandes problemas humanos. Si el mecanismo tiene que ser el mercado, hay que dotar a la mayor parte de la humanidad de los ingresos que les permita dirigir el interés empresarial hacia sus necesidades por la sencilla vía del consumo. Ahí está el reto, en cómo conseguir que los ingresos, que no son otra cosa que los títulos de propiedad anticipada de las producción del sistema industrial, estén más repartidos. Creo que pasa por la generalización de la actividad económica en áreas del mundo que no consiguen la acumulación de capital que le permita el arranque. En esas inversiones pendientes estaría la clave. Aunque creo que se camina en un sentido contrario cuando grandes potencias se están haciendo a precios baratos con la tierra y los recursos de los desheredados. Ellos verán, por qué están convirtiendo un problema de naciones pobres en otros de naciones ricas con los pobres dentro de casa. El panorama es dramático para las personas concretas e interesante para los observadores protegidos. Las grandes transformaciones tecnológicas que se esperan, ya veremos si se aplican a nuevos juegos virtuales o a la subsistencia de este ser que presume de espiritualidad y ejerce una voraz materialidad.

PD.- En este enlace de Gapminder hay interesantes gráficos interactivos que proporcionan dinámicamente información sobre la evolución del ser humano en distintos aspectos. Se acompaña de un vídeo explicativo del autor Hans Rosing:

 

 

 

 

¡Austeridad para todos!

Ya en siglo XVIII, el escocés Adam Smith había tratado rigurosamente la cuestión económica en su “Origen de la Riqueza de las Naciones”, pero lo hizo en el estricto campo de esa especialidad. Fue en la mitad del siglo XIX cuando Marx puso a la economía en el centro de la reflexión filosófica aunque, más allá, convirtió esa reflexión en un programa político con el que violentó la realidad de tal forma con su utópica dictadura del proletariado (no hay dictadura buena), que todavía sentimos las consecuencias. Hoy en día esa operación de sacar los asuntos económicos de la academia, de la plaza de abastos o de la fábrica para ponerlos en el centro de la vida ha tenido pleno éxito. Tan es así que, tras la penúltima crisis económica en 2007, se propugna una educación financiera en el ámbito de la OCDE, no se sabe bien si para mejorar la capacidad de defensa del ciudadano ante propuestas maliciosas o para mejorar la defensa de los maliciosos ante los ciudadanos, cuando se acabe en los tribunales. El caso es que la economía lo permea todo, hasta el punto de que sus términos específicos ha pasado al lenguaje popular y se emplea donde procede y donde no. Como consecuencia de esta emergencia de los económico, hay un nuevo reparto de la responsabilidad en las decisiones que los individuos y las familias han de tomar.

Así, habrá que aprender la diferencia entre balance y presupuesto para la propia economía familiar para, como dicen los expertos, no “apalancarse”. También habrá que saber algo sobre cálculos actuariales, para que se tomen decisiones sensatas a la hora de contratar un plan de pensiones o un hipoteca. Bastará con una aplicación en la que meter cuota e interés y ver que pasa a tantos años, esperando que tu fondo no quiebre. También cabe, mirando el caso chileno, evitar que un Piñera español acabe con el sistema de pensiones. No menos interés habrá que poner en las noticias sobre la economías y las finanzas al objeto de hacer previsiones de gasto o reivindicaciones de actualización de ingresos. Una tarea diaria que sólo se podrá llevar a cabo con toda la eficacia cuando se libere tiempo libre porque los robots se ocupen que servirnos el café. Pero entre tanto podemos ir adquiriendo cierta capacidad cognitiva de interpretación.

Si todo esto es importante en el plano familiar, también lo es en el plano de la nación a la que uno pertenezca fiscalmente. Es decir, se impone la transparencia para que los ciudadanos sepan cómo están gestionando la riqueza común los políticos al cargo. Desde este punto de vista, es necesario que se publique de forma normalizada y sistemática no sólo el presupuesto de la nación que se aprueba en el Parlamento, sino la liquidación del mismo para saber las transferencia entre partidas o los presupuestos no ejecutados. Información que ha de estar al alcance de todos a un distancia máxima de dos golpes al ratón del ordenador. Y, muy importante, con la misma claridad debe publicarse el balance del país, en el que figuren sus activos y pasivos para ver el estado de salud o quiebra de la nación para fundamento de las políticas generales. Por tanto queda sentada la importancia de la economía como sustrato de nuestras vidas, un sustrato que hay que sacar del sótano para que luzca a la luz, pero sin corromper otro tipo de valores específicamente humanos. Por supuesto que a esta transparencia hay que añadir una gran dureza en el castigo de la corrupción de funcionarios y la evasión de impuestos de las grandes fortunas.

Como hace poco que he leído los puntos de vista de Niall Ferguson que cree que es más importante la deuda de los países que la desigualdad, todo lo anterior no es más que un preámbulo para dar un salto a otro plano: el de la economía global desde el punto de vista de la desigualdad en la riqueza, que se denuncia que es creciente en el interior de los países y entre países. Vamos a hablar de riqueza que no es lo mismo que ingresos periódicos.

Riqueza es la suma de lo que se posee. Así, la suma de los valores inmuebles (viviendas o tierras) y muebles (dinero o acciones). La riqueza de incrementa o disminuye cada año con los ingresos, compra-ventas de inmuebles o apreciación-depreciación de valores financieros.

Partimos del informe Oxfam-Intermon de 2017, que nos ha ayudado a construir un cuadro a partir del original que nos permite una análisis más fino. La desigualdad que destila se refiere al planeta, como si fuera un único país, para entendernos.

Riqueza Original
Cuadro 1. Distribución de la riqueña mundial (original)
Cuadro 2. Modificación del cuadro 1

Las diferencias son las siguientes:

  • He añadido las dos últimas columnas de la derecha para conocer los valores medios de las calificaciones de pobre, clase media baja y alta, millonario y billonario.
  • He desglosado la última fila del cuadro original para distinguir entre millonario y billonario. Los datos de esta última clasificación están tomados de la lista Forbes de 2017, como se indica. Se denominan billonarios porque en el ámbito norteamericano un billón =1000 millones, mientras que en Europa, un billón = millón de millones.

GLOSA DEL CUADRO

  • El 0,7 % de la población posee el nada menos que el 41 % de la riqueza mundial. Son 32 millones de adultos que poseen 99 billones de dólares
    • De esos 32 millones, 2043 personas poseen 9 billones de dólares ello solos, con una media de 4.400 millones por cabeza.
    • El resto hasta los 32 millones de millonarios poseen 90 billones de dólares, con una media de 2,8 millones por cabeza.
  • El 91,6 % de la población posee solamente el 16,6 % de la riqueza. Son 4.273 millones de adultos que tiene que repartirse 40 billones de dólares .

Pero el dato de más impacto, en mi opinión, es que entre la clase media, que constituyen en conjunto el 8,4 % de la población poseen el 83,4 % de la riqueza. Son 393 millones de adultos repartidos por todo el globo constituyendo las clases medias-bajas y media alta de la sociedad, frente a los 4.273 millones de parias que forman parte minoritaria de los países occidentales y mayoritaria en los países africanos y algunos asiáticos. La tendencia a aumentar la desigualdad es resultado del crecimiento de la población en los países donde ésta es mayor medida por la Tasa Gini (ver mapa) y a la capacidad tecnológica junto con el dominio de las áreas del mundo con mayores recursos. Lo que pone de manifiesto esta distribución es que una mayor igualdad reclama de las clases medias un sacrificio al que creo que se resistirán tanto como las élites, siendo como sería su contribución cuantitativamente mucho mayor. Con la renta media de la Unión europea, sólo podría haber en el mundo 2000 millones de adultos (la mitad de los que hay) por lo que, contando con la resistencia aludida, la desigualdad entre países no se resolverá hasta que la capacidad productiva del mundo se duplique al menos, lo que sólo podrá ocurrir con la automatización masiva de la producción y un cambio cualitativo en el tipo de consumo para que el planeta lo soporte. Probablemente el consumo del futuro tendrá más que ver con la realidad virtual que con la material para cumplir las dos condiciones. Aunque puede haber adelantos con nuevas formas de consumo más austeras.

La cifra de cuántos adultos podrían contar con una renta semejante a la de la Unión Europea nos informa de que hay un “excedente” de 2000 millones de personal que con los actuales ritmos de crecimiento y desequilibrio nunca lo alcanzarían, lo que explica la enorme e inexorable presión migratoria. También explica la inhibición de los dirigentes económicos y políticos en políticas reales para abordar el problema social de la desigualdad. Inhibición que se hace evidente en los foros internacionales. Tal parece que consideran que ni cediendo sus fortunas a la causa común se lograría. En efecto toda la fortuna de los billonarios (los 2000 de la lista Forbes) repartida entre los 4.273 millones de adultos proporcionaría a estos una riqueza de 2.106 dólares y una renta mensual de 68 dólares. Lo cierto es que ignoro el impacto que esta cantidad produciría sobre las vidas de estos millones de adultos y sus familias, pero no parece que mucho. En todo caso, seguramente ese dinero estaría mejor aplicado en programas que cubrieran los casos de desesperación absoluta.

Riqueza GINI desigualdad

Tampoco contribuye la distribución de los ingresos según el mismo criterio:

Riqueza GINI Ingresos 2009

El informe estima en 18,5 billones de dólares los depósitos en paraísos fiscales, aproximadamente el 20 % de la riqueza acumulada de los millonarios y billonarios. El resto es de suponer que está en forma de  posesiones y valores financieros para, en el peor de los casos, neutralizar la tasa de inflación y, en el mejor de lo casos absorber rentas consiguiendo aplicar su dinero en fondos de inversión que les proporcionen intereses mayores que el crecimiento del Producto Interior Bruto o, al menos que la inflación. Para ello necesitan la cooperación de legislaciones que controlen los salarios y graven poco los capitales con impuestos. A pesar del manifiesto desequilibrio en el reparto de la riqueza, los poderosos por un efecto de pobreza psicológica relativa a los más rico de su clase, no pueden parar de buscar el incremento de sus capitales. Este estado de cosas se puede mantener por las siguientes razones:

  • Las alternativas históricas plantean soluciones rudimentarias que históricamente han conducido al crimen político y a la pobreza de las naciones y sus habitantes, incluso contando con los mismos avances tecnológicos.
  • Las alternativas actuales tienen, en el plano táctico, una tendencia cainita, en medio de vacilaciones y divisiones, que disuelve la capacidad de acción y, en el plano estratégico, una tendencia a ofrecer soluciones débiles frente al poder efectivo de la dinámica capitalistas cuando se transforma en política democrática.
  • Las propuestas conservadoras no tiene peor enemigo que la corrupción, pues sus llamadas al sentido común, al cuidado de la economía y los valores tradicionales son muy efectivos para contar con apoyo en toda las capas sociales. Estas opciones siempre han considerado que las opciones de izquierda son derrochadoras y generadoras de huída de capitales inversores.
  • Las clases pobres en los países donde son mayoritarias, por sus circunstancias tan extremas, carecen de cualquier tipo de energía intelectual que les permita protagonizar revoluciones, quedando sus muestra de ira exclusivamente en motines, que pueden ser sangrientos, pero que son sofocados con rapidez por fuerzas pagadas por sus explotadores.
  • En los países occidentales, donde las clases pobres son minoritarias, la industria del entretenimiento a través de dispositivos móviles prácticamente neutraliza cualquier tipo de reivindicación, llegando su desinterés a la abstención electoral. Cualquier reivindicación son protagonizadas, en general, por clases profesionales (profesionales, educadores) que ven reducirse sus ingresos y los recursos con que ejercer. Es decir, por parte de clases medias que en vez de vivir en la esperanza de subir el estatus y el de sus hijos, ven como hay un deterioro manifiesto de su situación. Estas clases, en las que se puede unir irritación con capacidad intelectual de reivindicación inteligente, pueden constituirse en sujetos de cambio por vías parlamentarias. Una fuerza que suele fallar por la mala calidad de su transformación en acción política eficaz.

La parte de la riqueza materializada en en bienes inmuebles, una vez construidos igual da que las posean unos que otros, la cuestión es cómo evitar que se consuman recursos en mansiones megalómanas o en juguetes tecnológicos de lujo como los que ofrece la página del lujo The Billionaire Shop, cuando se necesitan tantos recursos para programas de educación y gestión que lancen economías modestas en países ricos en recursos y potencial talento, pero pobres en instituciones que los gobiernen correctamente; programas que ataquen grandes catástrofes naturales o inducidas por conflictos bélicos o programas de investigación para la búsqueda de soluciones a los viejos y nuevos problemas de la humanidad.

El informe Oxfam-Intermón proporciona sus propias recomendaciones:

Riqueza 3

Es claro que no propone un reparto de la riqueza rudimentaria, porque ya se ha visto que supone una generalización de la pobreza y, probablemente la renuncia de los más osados y necesarios narcisista que gestionan los grandes movimientos económicos del mundo a seguir impulsándolos. Pero sí se pide a las clases ricas que al menos ni eludan sus obligaciones fiscales, ni corrompan gobiernos para que éstas sean reducidas.

En realidad, lo más pro-volucionario que se podría hacer es conseguir fiscalmente que las clases más ricas estuvieran en la franja de la clase media alta del cuadro 2, con lo que la parte de los 99 billones de dólares que están en forma de dinero o valores financieros podrían difundirse hacia las capas menos favorecidas a las que habría que enseñar a invertir cualquier ahorro para que se produzcan las acumulaciones de capitales necesarias para los problemas actuales. Pero no se debe olvidar que algunos de lo que figuran en las dos últimas filas del cuadro 2 han conseguido sus fortunas a partir de la corrupción o el tráfico de estupefacientes, armas o personas. Personas de las que no cabe esperar una renuncia pacífica a sus privilegios. La gran historia ha dado muestras suficientes de los flujos de la ira popular y los reflujos de la frialdad del poderoso para, una y otra vez volver a situaciones injustas, pero con altos costes para las generaciones involucradas en términos de sufrimiento físico y psíquico. Culpar de eso al capitalismo es inútil, porque no hay sistema productivo más eficaz. Expropiar al rico es generar nuevos ricos en los aparatos del estado sin el mérito de, al menos, haber conseguido la fortuna mediante esfuerzos más o menos legales. Lo que hay que inventar es una forma de que la distribución de la riqueza tenga la forma de un trapecio con las pendientes laterales acusadas, de tal modo que los situados en la parte baja tengan cubiertas sus necesidades vitales y educacionales y cuando se llega a las capas que pueden ahorrar, estimular el que estos ahorros sean colocados en fondos, como se dice más arriba, donde se acumule el capital para que se puedan abordar las grandes empresas humanas o socorrer a los grandes damnificados por el azar natural o bélico.

Mostramos ahora como complemento un gráfico de una conferencia de Thomas Piketty en Chile. En él se puede ver con el caso extremo de Italia como el estado tiene riqueza negativa, como consecuencia de que los activos públicos valen menos que la deuda. Al mismo tiempo la riqueza privada ha aumentado porque han sido los propios italianos lo que han acudido a las rebajas del patrimonio del estado. Para reflexionar ¿no?

Riqueza Piketty

También es interesante comprobar en el gráfico que sigue, procedente de la misma fuente, las tasas que se han llegado a pagar en impuestos sobre las grandes fortunas, sin que el sistema se resquebrajara. Esto se acabó con Reagan en los años 80. Por otra parte, se puede comprobar que a principio del siglo XX no se pagaba nada:

Riqueza Piketty II

LA DESIGUALDAD EN ESPAÑA

Para comprobar si este esquema global tiene algún tipo de correspondencia con un país como España vamos a usar, como fundamento, una tabla reciente del Banco de España sobre la riqueza en los hogares.

Riqueza España 2014
Cuadro 3. Distribución de la riqueza (original Banco de España)

De esta tabla sacamos estos datos de riqueza resumidos:

Riqueza resumen España 2014
Cuadro 4. Distribución de la riqueza 2014

Se puede comprobar que la distribución de la riqueza en España, aunque el cuadro 3 indica que se está polarizando y la Tasa Gini es de las peores de Europa, es mucho mejor que en el conjunto mundial. El cuadro 4 muestra, frente al dato mundial de que el 91,6 % de la población posee solamente el 16,6 % de la riqueza, en España el 90 % de los hogares posee el 66 % de la riqueza. En gran medida se debe esto a que, a pesar de que durante un tiempo estuvo en boga criticarlo, el 80 % de los españoles viven en una vivienda de su propiedad. Por otra parte, se ve que el país vale lo que suma la riqueza de sus habitantes, esto es 4,5 billones de euros a los que habrá que sumar la riqueza del Estado que no tengo cifrada.

Naturalmente la riqueza es resultado de la acumulación a través de la herencia de los muertos y la acumulación de la renta de los vivos. Veamos cómo se distribuye la renta en España a partir de la información de la Agencia Tributaria para 2015:

Riqueza 2015 Ingresos
Cuadro 5

En el cuadro 5 se advierte una franja del 40,25 % de la población trabajadora que recibe solamente el 14,92 % de la renta, mientras que una franja del 0,42 % recibe el 3,51 % de la renta. Esto significa 3,51/0,42/14,92/40,25 = 22 veces más renta. Pero, sin embargo, cualquier intento de igualación convirtiendo a la franja más rica en clase media alta, en el tramo de ingresos 60-150, liberaría 13.710.725.350 – 82.069×71.599 = 7.834 millones de euros que divididos entre los 7,8 millones de trabajadores de los tramos por debajo de 12.000 euros supone 1.000 euros al año u 83 euros al mes (antes se diría que para tabaco) con la consecuencia de que gran parte de los impuestos se pierden por cambiar esos ingresos de tramo impositivo.

Riqueza 2015 Impuestos
Cuadro 6

Observando el cuadro 6 se puede comprobar que el peso de la contribución a la Hacienda gravita sobre la clase media que se hace cargo del 84,23 % del total. En cuanto a la progresividad de los impuestos se puede ver que la clase media paga 84,23/59,33/0,79/40,25 = 72 veces más que los trabajadores pobres, lo que era de esperar. Por otra parte, creo que hay algún error en los datos de hacienda para los dos últimos tramos.

Para tener una tasa Gini de la renta igual a 0 (igualdad perfecta), es fácil comprobar que la renta media anual de cada español adulto con trabajo sería de 22.256 euros a lo que se opondría el 35 % de la población trabajadora porque ganan más. Obviamente, dejando al margen las franjas más ricas, supone eliminar el intervalo entre 20.000 y 150.000 euros que es la escalinata que recorre, en teoría, el mérito de los que más se esfuerzan.

Parece que para alentar el esfuerzo en la escala social, la clase media es la clave con una escala que va desde los 12.000 euros a los 150.000 euros anuales que, tras el pago de impuestos se queda para los valores medios entre (18.267 – 1.597) = 16.670 y (71.599 – 23.292) = 48.307 euros con un ratio de 2,9 que parece razonable. Si se amplía la comparación a tramo entre 150.000 y 600.000 euros, que suponemos es el de altos directivos, el nuevo techo salarial neto se convierte en (153.927 – 80.952) = 72.975 euros y el ratio pasa a ser 4,4, que tampoco parece excesivo. El tramo de más de 600.000 euros lo suponemos para propietarios de empresas y rentistas por lo que no lo consideramos en el cálculo por su escaso peso relativo.

De modo que este país para aumentar su igualdad, necesita algo más que los 3.900 millones de euros de renta de los ricos, pues hay unos 5 millones de españoles que trabajan con ingresos anuales por debajo de los 9000 euros. Si sus ingresos se complementan hasta 12000 euros puede suponer 5 millones x 12.000 = 60.000  – 33.500 millones (que ya cobran) = 26500 millones al año que el país no tiene perspectiva de ganar de forma adicional porque al no aparecer en las rentas de los dos tramos más ricos, se supone que no existen. Muy al contrario, el país tiene un déficit de unos 40.000 millones en las cuentas públicas, lo que se agrava con los intereses de la deuda acumulada (unos 35.000 millones), que está ya cercana al 100 % del PIB. Un asunto éste de gran importancia porque, tras el acelerón de gasto de los primeros ochos años del siglo, se les deja a nuestros hijos, en vez de una herencia, una púa. En definitiva que, manteniendo el estatus actual, mejorar la situación de los pobres requiere 66.500 millones de euros, si sumamos la renta que falta al déficit y los intereses de la deuda pública. Y todo ello, sin bajar un euro la propia deuda. Suponemos que parte se compensa con la economías sumergida que genera ingresos pero que no paga impuestos. Si alcanza, como dice la leyenda, el 20 % del PIB, hablamos de 200.000 millones euros que, si pagara impuestos, ayudaría bastante a aclarar la situación, porque conoceríamos mejor en qué hogares no entra una renta razonable que permita una vida que merezca el nombre.

FINAL

Desde luego, si las cosas son como estos datos y cálculos parecen decirnos, hay que buscar salidas muy sofisticadas a los problemas. Pero, si la fórmula es austeridad, debemos sentirla todos. Es decir, que una bajada de sueldos en general del X %, debe implicar un aumento semejante de los impuestos para las grandes fortunas, corrigiendo el hecho de que su disposición de liquidez les permita aumentar su patrimonio en plena crisis aprovechando el hundimiento de los precios y a costa de las clases medias y bajas que, además, perdieron sus hogares o sus ahorros por los manejos financieros. Pero, dos cosas están claras: la primera, que hay que estimular la capacidad de crear valor desatando el talento de nuestros jóvenes investigadores o de aquellos con competencia para comercializar productos o ideas. El modelo es una economía que mejora su balanza comercial produciendo para un consumo razonable y, sobre todo para el resto del mundo. Si no, ya se ve la dificultades para mantener a tantos millones de personas con proyectos razonables de vida en un mundo lleno de tensiones de todo tipo. Y, la segunda, que no conocemos un sistema distinto al de la economía de mercado para producir, pero que algunas cosas se les debe aclarar a los que sostienen su intangibilidad, y es que, los resultados económicos del frenesí mercantil y financiero no deben dejar atrás a nadie que quiera contribuir con su esfuerzo al bien común. También está claro que los enemigos del mercado no han demostrado tener competencia para gestionar de forma planificada la economía, porque, probablemente, nadie tenga la capacidad de gobernar la complejidad de estos procesos. De modo que es mejor dejar las manos quietas y esforzarse en definir los parámetros de una vida digna y tener el coraje de trabajar para que, sin matar la ambición que mueve montañas, cabalgar el tigre para que no mate ni a la gente ni a la naturaleza.

Por otra parte, se deduce de las cifras globales del mundo que las clases medias no están, ni mucho menos, al margen de las soluciones, pues el 80 % de la riqueza y de las rentas están en sus manos, siendo el grupo de los multimillonarios más una oportunidad para la ejemplaridad con la financiación de grandes programas de apoyo a tragedias humanitarias o inversiones en soluciones imaginativas para la generalización de una vida digna. Conclusión:  como país, deberíamos irnos preparando culturalmente para convertirnos en un país sin bolsas de pobreza a base de compartir de forma generalizada al tiempo que presionamos nuestra inteligencia y esfuerzo para participar en el gran reto mundial. Lo que implica también  cierta austeridad para pagar las deudas acumuladas. Una y otra cosa nos lleva a un estado mental en el que se puede y debe decir bien alto: ¡austeridad, sí, pero para todos!

The Great Degeneration. Niall Ferguson. Reseña (15)

Este libro es un intento serio para que el mundo fije su atención sobre lo que es relevante frente a lo que es importante, pero menos decisivo, en opinión del autor. Por ejemplo, considera que hoy se habla de globalización, los cambios en la tecnología, de desigualdad, educación y política fiscal. Los conservadores, en su opinión, tienden a subrayar las dos primeras, mientras que los “liberales” (la izquierda europea) prefieren destacar la desigualdad por falta de inversión pública en educación, lo que se explica por la reducción de impuestos que favorece a los ricos. Pero, para el autor, hay otras fuerzas actuantes que suelen pasar inadvertidas en los debates políticos. La desigualdad es creciente desde 1980 entre el 1 % de la población más rica y el resto. Pero las diferencias entre países en el grado de crecimiento y en la forma de distribuir los resultados no se pueden explicar solamente en términos económicos. Al contrario él cree que fenómenos económicos como que el crecimiento sea más alto que los intereses gracias a la tecnología o la inflación son, fundamentalmente fenómenos políticos. Igualmente piensa que la deuda de los países es consecuencias de errores de gestión. Ferguson sospecha que hay mucho de darwinismo en el funcionamiento de la economía, no tanto con las personas, cuanto en los mecanismos de financiación como “seres” de cuya correcta selección depende el futuro, pues las crisis elimina a los dinosaurios financieros y permite el desarrollo de nuevos enfoques. En su opinión, aplicar el “diseño inteligente” a las finanzas puede estar bien en el principio, pero luego hay que dejar que la realidad pula y depure. Por eso es tan complicado prever una crisis. Tanto como una epidemia o un terremoto.

Acusa a la regulación-desregulación de los años 80 el que los bancos se volvieran más osados al inflar sus balances de forma imprudente respecto a los depósitos, pero, como eso ocurrió también en Alemania o España, la culpa no puede ser de Reagan, como si Europa no hubiera demostrado sobradamente su seguidismo respecto de Estados Unidos en tantas cosas, incluidos los usos financieros.

Al principio de su libro, Niall Ferguson cita a Adams Smith en La riqueza de las naciones, cuando se refiere a un estado que no crece:

“Aunque la riqueza de un país pueda ser muy grande, si ha padecido un estado estacionario, no cabe esperar altos salarios entre los trabajadores… Es en una situación de crecimiento, mientra la sociedad está en fase de avance, mejor que cuando ha alcanzado la máxima riqueza potencial, que la situación de los empleados pobres es más feliz y confortable. En la fase estacionaria, la situación es dura y en la recesión es miserable. La mejor situación para todos los estamentos sociales es la de un estado en crecimiento. El estado estacionario es aburrido y la recesión melancólica.”

“En un país también, donde, aunque el rico o el propietario de grandes capitales disfrute de altos niveles de seguridad, el pobre o el propietario de capitales modestos pasa miedo, y bajo pretexto de hacer justicia, pueda ser saqueado en cualquier momento por funcionarios con poder… (Entonces) en las diferentes ramas productivas, la explotación de los pobres puede asegurar el monopolio de los ricos, que asegurándose el control de los negocios sólo para ellos, se aseguran grandes beneficios.”

El llamado estado estacionario es la peor situación imaginable. La tesis de Ferguson es que estamos instalándonos en una fase del capitalismo en Occidente que podríamos considera así.

¿En qué momento perdió Occidente el camino del crecimiento? ¿Cómo se ha llegado a este punto de estancamiento?. Desde luego, Ferguson, no piensa que sea por que falten estímulos.  Niall Ferguson es un historiador de la economía que considera que preocuparse de la desigualdad entre ciudadanos de un mismo país es perder el tiempo, porque lo que realmente interesa es la caída del poderío económico de los Estados Unidos respecto de China y la deuda que la actual generación va a dejar a la siguiente. Y no lo hace tanto porque considere que la desigualdad no es importante, sino porque considera que no es “lo más importante”, como piensa Thomas Piketty, el economista francés. Niall es escocés, (algo tendrá que ver en su posición vital). Nació en 1964 y ha tenido un éxito extraordinario como escritor y conferenciante. Sus tesis son duras y, en el libro que se reseña, se explican en su naturaleza y en sus consecuencias. El libro es duro ya desde el título. La gran degeneración se refiere al hecho de que países (generalmente occidentales) con instituciones que ha funcionado bien están degradándose, principalmente, porque sus instituciones lo están haciendo por un fenómeno entrópico que tiene los siguientes factores principales, que el llama cuatro cajas negras:

  • Democracia
  • Capitalismo
  • Estado de Derecho
  • Sociedad civil

El buen funcionamiento de cada uno de estos aspectos de la sociedad humana están involucradas instituciones. En el caso de la democracia, son los partidos políticos y todo aquellos agentes (jueces, Juntas Electorales, Ombudsmen)  que trabajan para que las elecciones sean limpias; por supuesto, el Parlamento como sostén de la legislatura y el Gobierno como ejecutor de las políticas. Considera que el Estado de Bienestar no debe confundirse con la democracia y hace una broma sin gracia sobre su nacimiento: según él, usando la metáfora de un panal de abejas, el estado de bienestar es un invento de los zánganos para que las obreras trabajen para ellos. Zánganos que reclaman servicios que hay que financiar endeudándose y comprometiendo a las generaciones siguientes. Todo el mundo reclama ser demócrata hoy en día. En cuanto al capitalismo, pone en juego la idea de hasta qué punto las regulaciones que los gobiernos y parlamentos disponen lastra el buen funcionamiento del sistema.

En cuanto al Estado de Derecho considera que ni la democracia, ni el capitalismo pueden funcionar sin un sistema efectivo de justicia. donde las leyes puedan ser impuestas si hay infractores; los derechos individuales puedan ser respetados y las disputas resueltas en forma pacífica y racional. Considera que el Estado de Derecho generado en los países angloparlantes ha resultado el más efectivo, pero cree que está en peligro porque está derivando en una especie de sistema gobernado por los abogados antes que por las leyes. En cuanto a la sociedad civil, el mundo del voluntariado que trabaja para fines sociales sin ánimo de lucro, en clubes y organizaciones, cree que es un mundo que declina quitando uno de sus principales pilares a la estructura de una civilización. Se pregunta si las relaciones que se crean a través de las redes sociales son la forma moderna de hacerlo y se responde que no. En definitiva, estos cuatro aspectos de la vida civilizada se encarnan en instituciones y, por tanto, de éstas depende su éxito. Cada individuo pertenece o está involucrado en un gran número de instituciones, ya sea por obligación, ya sea por afición. Algún conjunto de instituciones favorecen la vida libre y creativa y otras son nocivas, como las violentas asociaciones de hooligans.

Son mucho los autores que han llegado a conclusiones parecidas, pero ninguno pone el énfasis donde lo pone Ferguson. Él cree que las instituciones fallan porque existe una especie de entropía de las instituciones buenas que devienen malas porque se quiere destruir el estado de derecho o el libre mercado. Ferguson se pregunta qué se está haciendo mal en Occidente en estos momentos. En su opinión se está actuando sobre los síntomas mientras está instalándose el estado estacionario y paralizante que Adam Smith denunció. Un estado de cosas en el que las élites se corrompen y los pobres sufren extraordinariamente.

Se está produciendo un proceso de traslación de la eficacia de las instituciones de Occidente a Oriente con espectaculares efectos económicos. Empieza su análisis con la decadencia relativa de USA que muestran las siguientes dos imagenes:

(Todas las imágenes provienen de la conferencia de Ferguson en Chile. https://www.youtube.com/watch?v=S_VIF_l4Ulc

Ferguson 19

Ferguson 2

Por eso discute la pretensión de Piketty de que es la desigualdad interna de los países la clave de los problemas actuales. Ferguson cree que ni las diferencias genéticas, ni las diferencias climáticas, ni la distribución en las materias primas, ni siquiera la práctica del imperialismo es el origen del problema. El cree que la mejor explicación de por qué Occidente desarrolló una civilización más rica que Oriente, lo que se llamó “la gran divergencia”, está en el funcionamiento de las respectivas instituciones. En un caso, el de Oriente, instituciones basadas en dinastías consumidoras de recursos, bajo crecimiento y, en el de Occidente, una economía de rápido crecimiento, una sociedad civil muy activa organizándose, un gobierno meno interventor y unas relaciones impersonales reguladas por la ley incluyendo los derecho de propiedad, la justicia y, al menos en teoría, la igualdad. De este modo se pasaba de un estado natural de cosas muy frágil a uno más maduro y abierto para las relaciones entre elites. Era un paso intermedio hacia una sociedad completamente abierta como la que disfrutamos ahora, que son resultado de las dos conmociones del siglo XVIII: la revolución americana y la francesa, que abrieron las posibilidades a todos.

Fukuyama establece que las tres condiciones para esta sociedad son: un estado fuerte, la subordinación del Estado a la ley y la responsabilidad del estado con todos los ciudadanos. Acemoglu y Robinson consideran que la clave entre países fallidos y países con éxito reside en contar con derechos políticos activos que permiten el acceso de todos a las oportunidades de económicas, pasando de tener instituciones extractivas (parasitarias) a tener instituciones inclusivas (proactivas). Ferguson cita a Hernando de Soto y a su experimento relatado en el libro The Mystery of the Capital acerca de cuánto tiempo se necesita en Perú para montar un negocio o construir un edificio. Estas dificultades obligan a que los pobres sobrevivan fuera de la ley. Lo que genera propiedades ilegales que se pueden considerar capital muerto, por no entrar en el juego financiero que posibilita la actividad económica. Energía financiera que no es utilizada condenando al país a la pobreza crónica. Ferguson, también utiliza el caso de Tarek Bouazizi, el joven tunecino al que se le expropió su carrito con viandas que era su única forma de vida. Tarek se quemó enfrente de la comisaría y fue el fulminante de la revolución de Túnez que expulsó al presidente Zine Ben Alí y a su régimen. Tarek tampoco podía usar su casa como garantía para emprender un negocio mayor porque no tenía escritura. Si el estancamiento de las instituciones de estos países provoca el estancamiento económico, es razonable pensar que la revolución inglesa de 1688 fuera clave para romper con las restricciones de la actividad económica en Inglaterra que imponían élites ociosas dedicadas a parasitar a la población comerciante y trabajadora. La liberación trajo la mejora de la agricultura, la expansión del imperio y la revolución industrial.

Si todo esto es cierto, Ferguson cree hay que convenir con Adam Smith que el actual estancamiento de Occidente debe tener explicación en una degeneración de sus instituciones. Y que el éxito de Oriente reside en haber copiado con provecho el funcionamiento de las instituciones occidentales. El primer país fue Japón nada más acabada la II Guerra Mundial y, aún, bajo el control político de los Estados Unidos. Así, bromea Ferguson, los países orientales se “han bajado” las siguientes aplicaciones:

  1. Competencia económica
  2. Revolución científica
  3. Los derechos de propiedad
  4. Medicina moderna
  5. Sociedad de consumo
  6. Ética del trabajo

Han añadido una burocracia eficiente y cuentan con una enorme fuerza de trabajo bien formada. Véase la impactante diapositiva que sigue:

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Como se puede ver por el informe PISA, los hijos de la clase trabajadora china tiene mejor puntuación en matemáticas que los hijos de las elites profesionales de Estados Unidos.

Ferguson rechaza el argumento de que la crisis de 2007 se deba a la desregulación que empezó con Ronald Reagan y remató Bill Clinton anulando la Glass-Steagall Act de 1933 (surgida de la Gran Crisis de 1929), dejando las manos libres para que los bancos comerciales se dedicaran a la fantasía financiera provocando y favoreciendo el endeudamiento público y privado al salir al mercado a la aventura gran parte de los depósitos de los contribuyentes. Así se acabó con la era de los bancos aburridos para pasar a la de los bancos temerarios, según afirma Paul Krugman el economista Premio Nobel.

Ferguson, aunque declara no querer lavar la cara de los bancos, considera que esta historia de la desregulación está muy equivocada. El primer argumento es que la caída de los bancos Lehman Brothers y Bear Stearns se habría producido igual con la Ley Glass-Steagall, porque eran bancos financieros. También rechaza que el crecimiento de la productividad en la posguerra se debiera a que los bancos comerciales estaban bien atados. Reconoce que hubo un gran crecimiento, pero que la mayor velocidad se alcanzó tras la llegada al poder de Reagan. En lo que, seguramente, algo tuvo que ver la mejora en la educación y la innovación tecnológica, además de la incipiente globalización. Ferguson rechaza la relación control bancario-crecimiento y la relación descontrol bancario-crisis. Él cree que la desregulación no es mala, pero la mala desregulación sí, especialmente si va acompañada de malas decisiones monetarias y fiscales, como demostró la crisis de los años 70 y la de los años 2000. Ferguson, sorprendentemente piensa que la crisis de 2007 se debe a un exceso de regulación y decisiones perniciosas y da tres razones:

  1. se incentivó con participaciones a los ejecutivos de grandes bancos de propiedad pública para que aumentaran el valor de las acciones de sus instituciones. Naturalmente, el camino que utilizaron fue el de maximizar el tamaño de las actividades de los bancos en relación a su capital.
  2. Se autorizó desde 1996 a fijar los requisitos de sus capitales sobre la base la estimación de sus riesgos internos. Evaluación que se confió a agencias privadas de rating.
  3. Los bancos centrales, liderados por la Reserva Federal, desarrollaron una peculiar doctrina monetaria, según la cual debían intervenir bajando los intereses si los precios de los activos bajaban con rapidez, pero que no debían intervenir si subían bruscamente, siempre que no afectara a la inflación. De este modo los bancos centrales se auto-excluían de un brusco calentamiento de la economía que llevara a una burbuja. Se suponía que sólo había que preocuparse de los precios del consumo, pero, por alguna oscura razón, no de la inflación de los precios de las viviendas.
  4. El Congreso de los Estados Unidos aprobó una legislación para incrementar el porcentaje de ciudadanos de bajos ingresos que eran propietarios de sus viviendas,. Con ello, produjo una distorsión del mercado de las hipotecas con la intervención de las agencias inmobiliarias oficiales (Fannie Mae y Freddie Mac). Un impulso por razones sociales y políticas para que familias de bajos ingresos se comprometieran al pago de créditos a largo plazo.
  5. El gobierno chino que gastó billones de dólares para prevenir la apreciación relativa de su moneda respecto del dólar. Lo que hizo para que los productos chinos fueran altamente competitivos en los mercados occidentales. La consecuencia no prevista fue proporcionar a los Estados Unidos de una línea de crédito enorme que favoreció una burbuja en el mercado inmobiliario.

De todo este proceso solamente es atribuible a la desregulación, según Ferguson, el mercado de derivados como los Swaps, que la agencia de seguros AIG, a través de su oficina de Londres, vendió en enormes cantidades. Pero, Ferguson no considera a esta iniciativa la primera causa de la crisis, porque los bancos son la clave de la crisis y los bancos, según nuestro autor, estaban regulados.

En su opinión, el daño hecho por los derivados no debe llevar a la eliminación de los inventos financieros, del mismo modo que no se debe eliminar a Amazon por las consecuencias que tiene sobre las pequeñas librerías. Ferguson cree que la innovación financiera no debe ser parada por la regulación financiera. Los legisladores y reguladores actuaron con indiferencia provocando consecuencias inesperadas. Tiene razón Ferguson en hacer reproches a los legisladores, porque en las audiencias que se celebraron en el Congreso de los Estados Unidos los ejecutivos involucrados pudieron aguantar el fuego graneado de los comisionados con rostro de cemento con la única frase de “no será ético, pero es legal“. Puede uno imaginarse las risotadas en privado desde cualquier resort caribeño. Pero insiste en que no es una cuestión de regulación financiera, pues ya Adam Smith en 1772 la propuso. Por eso, cree que la cuestión no es si se necesita más regulación, sino “Qué tipo de regulación financiera funcionará mejor“. Citando a Karl Kraus en su irónica definición del psicoanálisis, dice que “la regulación financiera es la enfermedad que pretende ser el remedio“. También cita John Mark, ex-jefe ejecutivo de Morgan Stanley que dijo a los legisladores: “No podemos controlarnos a nosotros mismos. Ustedes deben entrar y tomar el control en Wall Street“.

Esta pasión por la regulación la atribuye Ferguson a los enemigos del Estado de Derecho y uno de ellos es una mala ley y, Ferguson cree, la sobreactuación legislativa después de la crisis es la prueba. Páginas y páginas, reguladores y reguladores en una intrincada trama que no garantiza que se pueda evitar la próxima crisis. Ferguson no entiende cómo se compatibiliza limitar los préstamos que dan los bancos con la recuperación económica.

Si Darwin extrajo su teoría de la selección natural de la lectura de Malthus está por ver, pero, como dijo Bagehot: “La ruda y vulgar estructura del comercio inglés es el secreto de su vida; porque contiene la tendencia a la variación, que, tanto en el reino social como en el reino animal, es el fundamento del progreso“. La innovación es una mutación y no puede ser impedida, si no la vida social se paralizará y pronto acudirán las élites extractivas a vivir en la holgazanería a costa de los demás, como Smith pronosticó. La regulación post-crisis no puede abarcar toda la complejidad del sistema financiero moderno para atarlo de pies y manos. Ni siquiera es deseable. La solución que da Ferguson la basa en las reflexiones de Walter Bagehot en 1873, según las cuales la complejidad del sistema financiero de Londres era tal que iba acompañado de una gran fragilidad, porque se basaba y,  todavía se basa exclusivamente, en la confianza de un ser humano sobre otro. Confianza que cuando desaparece bruscamente por razones desconocidas, un pequeño incidente puede dañar al sistema y uno grande destruirlo. Un sistema que no tenía más paracaídas que el Banco de Inglaterra, una entidad con la mayor cantidad de capital ocioso del país. Hoy en día, ocurre del mismo modo. Todo los actores económicos están comprometidos y su fortuna va y viene. En caso de catástrofe ninguno puede ocuparse del conjunto. Por eso Bagehot propone que, en caso de crisis, el banco central debe poner liquidez a disposición de los actores económicos pero a un alto interés, para que sólo lo tomen los que realmente lo necesitan. Justamente lo contrario que se ha hecho en la crisis del 2007, que se optó por dinero barato casi a cero interés. También se ha despreciado lo que Bagehot dijo acerca de que al frente de los bancos haya gente con gran experiencia en tratar con los mercados de valores. Y en especial al frente del Banco Central, donde debe haber alguien experimentado y “aprehensivo” para que intervenga cuando vea que crece el crédito demasiado o sube en exceso el precio de los valores. También debe contar con suficiente libertad (latitude) para fijar requisitos de las reservas, tasas de interés y flujos de las compras y ventas de valores en un mercado abierto. Todo ello sazonado un buen conocimiento de la historia de las finanzas para prender del pasado. Sin olvidar, añade Ferguson, que quien transgreda las normas debe pagarlo caro. Los que ponen el énfasis en las desregulación como causa de la crisis, deben tener en cuenta, también, el clima de impunidad reinante, que procedía, no de la desregulación, sino de la ausencia de castigo.

Siempre habrá codiciosos alrededor de las actividades bancarias. Pero cometerán fraude si saben que no hay ni vigilancia, ni castigo. El fallo en aplicar la regulación, es decir, la ley, es uno de los aspectos más perturbadores desde 2007. El número de los que han pagado con cárcel sus tropelías es ridículamente bajo. He aquí de nuevo las cuestión de las instituciones que, si funcionan mal, todo va mal. Ferguson cita a Voltaire cuando dijo que “Los británicos ejecutan, de vez en cuando, a un almirante para que los demás tomen nota“. Si los banqueros pueden impunemente transgredir las leyes delante de los ojos de los reguladores, no hay esperanza. Pone el ejemplo de Angelo Mozilo que fue penalizado con 67,5 millones de dólares por fraude en las hipotecas cuando había recibido 522 millones durante su gestión como CEO de su empresa (Countrywide Financial). Y esto no puede consentirse. De modo que ni exceso de regulación, ni impunidad. El mundo financiero funcionará mejor y será menos frágil con reglas sencillas y dureza en su aplicación.

Las pistas de la degradación de las instituciones que denuncia Ferguson son:

  • La ruptura del pacto intergeneracional expresado por la deuda pública y privada de los países. En azul el incremento en impuestos para corregir la situación y en rojo el recorte en gastos necesarios para el mismo fin.

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  • Excesiva complejidad y reglamentación de la actividad, que se traduce en lentitud de la activación de iniciativas.
  • La complicación del entramado legal por la acción de los abogados. Rule of lawyers vs. Rule of law. Adviértase en la figura inferior el incremento en el número de páginas legales en los últimos 100 años.

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  • Declinación de la sociedad civil, en forma de menor interés en el apoyo del voluntariado. Este es un punto muy relevante, pues como dijo Raúl Guerra Garrido, “Hay más trabajo que puestos de trabajo“. Como se ve en la figura inferior hay una caída importante de la contribución del voluntariado en tareas sociales.

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Todos estos parámetros están en su peor momento y, por eso, sufren las instituciones y si sufren, sufre toda la sociedad. En particular discute el reproche de elitista que se hace a la existencia de clubes privados y a la existencia de colegios privados. Está de acuerdo en la existencia y proliferación de colegios públicos, pero considera que ésto tiene un límite, especialmente en sociedades donde la formación general es universal. Pero cree que el monopolio de la educación tiene los mismos problemas de cualquier monopolio: la caída de la calidad debido a la seguridad que proporciona y la ausencia de competencia. No debe costar trabajo, incluso cuando se perjudica a las propias coordenadas ideológicas, reconocer la contribución de instituciones educativas privadas al elevar los niveles de calidad. Ferguson no pone al sistema público frente a la existencia de instituciones privadas. Cree que deben existir ambas.

En la figura inferior hay una medida subjetiva de la percepción de la confianza en las instituciones norteamericanas.

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Ferguson concluye con una matriz interesante, que propuso el, afortunadamente, olvidado Secretario de Estado de George W. Bush Donald Rumsfeld. Ferguson aportó una más. Se trata de formas de información con que se cuenta o se puede contar:

  • Conocimiento que se sabe que se tiene (known knowns)
  • Conocimiento que se sabe que no se tiene (known unknowns)
  • Conocimiento que no se sabe que no se tiene (unknown unknowns)
  • Conocimiento que no se sabe que se tiene (unknown knowns) (aportación de Ferguson)

LO QUE SABEMOS QUE SABEMOS

Somos conscientes de saber, porque no va a cambiar en un futuro razonables:

  • La distribución de la inteligencia de los seres humanos
  • Los sesgos de la mente de las personas
  • El crecimiento de la población
  • Las reservas de metales y tierras raras
  • La difusión de la tecnologías
  • El aumento de la población urbana por la ventaja de su economía de escala

LO QUE SABEMOS QUE NO SABEMOS

Aquí, Ferguson, sitúa las reservas de minerales y recursos en el planeta, así como la nueva tecnología que ha de llegar en el ámbito de lo que sabemos que no sabemos. También sabemos que no podemos conocer el impacto de las crisis sobre los precios de las materias primas en el futuro. Del mismo modo, también sabemos que no sabemos los desastres naturales que pueden llegarnos en cada momento. Sin embargo, sí sabemos que el número de víctimas crece con la concentración urbana.

LO QUE NO SABEMOS QUE SABEMOS

Lo que no sabemos que no sabemos es un ámbito que por su propia naturaleza impide cualquier pronóstico, pero lo no sabemos que sabemos tiene que ver con la ignorancia de los que toman decisiones sobre lo que la historia nos enseña. Por ejemplo, acerca de las burbujas de los precios de los valores, la corrupción política, la desigualdad de ingresos o la indecisión para abordar la inflación para prevenir una crisis económica. En el ámbito político se sabe que la subida de los precios de los alimentos básicos, la existencia de un amplio segmento de jóvenes, la existencia de una clase medias emergente, una ideología destructiva, un régimen antiguo y corrupto y la debilidad del orden internacional producen disturbios como los que se pueden observar en Oriente Medio.

LA DEUDA, LOS VIEJOS Y LOS JÓVENES

La situación actual de falta de perspectiva ha derivado en un aumento de las deudas de los países occidentales, pues piden dinero prestado para gastar lo que no han ganado previamente en capacidad productiva. Parece claro que un problema como el de la desigualdad dentro de un mismo país, salvo que se traduzca en disturbios, pasa a ocupar un lugar secundario en los problemas de nuestra área geoestratégica, en opinión de Ferguson. También cree que ni la austeridad, ni los estímulos monetarios son la solución, pues las razones son más profundas. El enfoque institucional tiene la ventaja de que no deja la solución en la mano invisible del mercado, sino que apela a acciones voluntarias de carácter educativo, axiológico y político que pueden cambiar el signo de la actual decadencia.

Deuda 2016

Ferguson interpreta la deuda dramáticamente como que las actuales generaciones de votantes viven a expensas de aquellos que, son demasiado jóvenes o incluso no han nacido. Él estima que a precios actuales, la diferencia entre las obligaciones actuales y los ingresos del futuro homogeneizados es de 200 billones de dólares (unidades europeas), lo que tendrá dramáticas consecuencias sobre los impuestos y los gastos públicos del futuro. Para corregir la situación se ha estimado que se necesitaría un incremento de los ingresos por impuestos del 64 % o un corte del 40 % de los gastos del estado. Esta idea ya la había anticipado Edmund Burke en su libro Reflections on the Revolution in France de 1790:

“La sociedad es, desde luego, un contrato… no sólo entre aquellos que están vivos, sino entre los vivos, los que han muerto y aquellos que todavía han de nacer”

Ferguson cree que el gran desafío actual de las democracias maduras es cómo restaurar el contrato social entre generaciones. Un contrato, por cierto, que nunca fue explícito cuando la explotación de la población era groseramente insoportable. Es decir cuando los grandes capitales se acumularon en el siglo XIX y principios del XX. Después la productividad generada por la tecnología ha pacificado las tensiones aunque no haya paliado la desigualdad. En su opinión la igualdad económica no es una meta realista. La ambición humana es un motor del que todavía no se puede prescindir. Haciendo una caricatura, si todo el mundo quiere ser funcionario, el estancamiento y retroceso están garantizados.

Los países europeos están padeciendo déficits a largo plazo que no pueden ser eliminados por la oposición de los votantes a los recortes que supondría. Sería muy raro que el crecimiento de los países occidentales no sufra el efecto de deudas públicas por encima del 90 %. ¿Qué salidas hay? Una es de improbable aplicación. Serían los políticos convenciendo a la población de jóvenes y especialmente mayores de una política fiscal más responsable. En opinión de Ferguson se oculta o disimula este tipo de información sobre el pasivo de las naciones, por lo que no se toman las decisiones adecuadas. Propone la publicación del balance de la nación. Una hoja en la que se compruebe el pasivo y el activo del país. De esa forma, nuestro autor cree que quedaría claro cuando un déficit es para la inversión y cuando es para el consumo. Esta transparencia permitiría comprobar el estado de la cuestión intergeneracional. De no pararse la actual situación pronostica que se producirá una espiral en la que se empieza perdiendo la credibilidad, continua con el aumento del costo de los préstamos y se acaba obligados a imponer unos recortes salvajes y altos impuestos en el peor de los momentos, consiguiendo al mismo tiempo entrar en bancarrota con alta inflación. Una tercera opción es el caso de japón que tiene bajo costes de interés para su enorme deuda por el miedo de los acreedores a perderlo todo. Pero esto tiene un precio y es la ausencia de crecimiento en largos períodos. Es el estado estacionario que describió Adam Smith. Ferguson cree que la democracia no puede salvar a Occidente de la decadencia por el egoísmo y la ignorancia financiera de los votantes que culpan a los bancos y exigen más regulaciones sin moderarse ello mismo cuando corre el dinero fácil.

Decir deuda es decir que se deja para el futuro el pago de lo que se ha consumido hoy. Por tanto, Ferguson considera que Occidente está en plena decadencia económica porque está altamente endeudado, lo que para él significa decadencia política y social. Cree que incluso con cortes radicales de gastos de los estados es difícil parar los déficit. En estos momentos la deuda global de los países endeudados es de 50 billones de dólares. lo que equivale al 65 % del PIB mundial. La deuda Externa (tanto pública como privada) de Estados unidos es de 18,6 billones de dólares y la de china de 1,6 billones de dólares. La española es de 2 billones de dólares. Cada americano debe 57.000 dólares; cada chino 1100 y cada español 44.000 mil dólares.

FINAL Y RESUMEN

Ferguson cree que no hay que esperar un milagro de la tecnología y manifiesta su pesimismo por el mal uso que de ella pueden hacer los que son radicales, si no directamente locos. Los imperios retroceden cuando la violencia alcanza un determinado punto y no faltan pronósticos al respecto en el mismo corazón de los Estados Unidos. Pero sobre todo concluye que la decadencia tiene que ver con el estado estacionario de los países como Adam Smith pronosticó. Y ese estancamiento tiene que ver con la degeneración de las leyes e instituciones hasta el punto de que la elites extractivas se imponen a los procesos económicos y políticos. La deuda pública es una expresión de la forma de que los vivos explotan a los que han de vivir y los viejos a los jóvenes. La regulación de la economía es disfuncional. Los abogados se han convertido, de dinamizadores, en parásitos y, finalmente la sociedad civil se ha retraído por los intereses de las grandes corporaciones. Estos son los parámetros de la Gran Degeneración.

Este vídeo es una conferencia de Ferguson en Chile en la que guión es el libro que aquí se glosa.

 

 

 

Meditaciones sobre el dinero y la confianza.

Después de la lectura del magnífico libro de Niall Ferguson The ascent of money no se puede evitar hacer algunas reflexiones que espero sean de interés. Es el resultado de la asimilación y transformación que cualquier contenido sufre, una vez que entra en la trama de patrones mentales de cualquiera de nosotros. Vamos allá.

Los nacidos en 1950 hemos vivido, que sepamos, tres crisis económicas con entidad suficiente para que la prensa no especializada las incluyera en el menú. Una fue la del petróleo en los años setenta, otra la de las tecnológicas en los años noventa y la de las hipotecas subprime en los 2000. Crisis que llenaban los medios de información de terminología sofisticada y oscura para el común. De ahí el interés del libro de Ferguson, porque hace un esfuerzo con éxito para que comprendamos las distintas herramientas con las que la imaginación de los hombres de negocios ha ido complicando, pero, al tiempo, favoreciendo el flujo de dinero de unas actividades a otras, pasando por los bolsillo de los más avispados. La mayoría de ellas se inventaron antes de que las ideologías, que son un asunto del siglo XIX, valorasen en positivo o negativo su existencia. Las más sofisticadas herramientas han surgido en las últimas décadas y juegan un papel más dudoso en el universo de las inversiones con sentido práctico, salvo que se considere que son formas de hacer dinero para, luego, aplicarlo de forma más directa.

Para entender el proceso haré la siguiente clasificación:

  1. Procedimientos para dar crédito (financiación)
    • Bancos
    • Bonos
    • Acciones
    • Ampliación de capital
    • Hipotecas
    • Impuestos
  2. Procedimientos para asegurar riesgos
    • Seguros
    • Reaseguros
    • Bonos de catástrofes
    • Fondos de cobertura
    • Opciones
  3. Patologías financieras
    1. Estafas piramidales
    2. Burbujas
    3. Acciones Preferentes
    4. Derivados
    5. Mercados secundarios

Hay que decir que los inventos financieros, en general, son acumulativos, pues se van superponiendo cubriendo antiguas y nuevas necesidades de financiación o de cobertura de riesgos. La actividad económica se dinamizó extraordinariamente en el siglo XV con la apertura de vías comerciales con Asia y la llegada masiva de oro y plata tras el descubrimiento de América. En una primera fase, la falta de dinero en metálico favoreció la existencia de préstamos y, para ello, se necesitaba quien previamente lo hubiera acumulado. Una acumulación que requería de la violencia para la apropiación. Así, los Medici, antes que políticos fueron, primero, gansters, criminales y, después, prestamistas evolucionados a banqueros. Los prejuicios religiosos favorecieron que los judíos se especializaran en el préstamo con interés, haciendo posible el mito de su poder y miseria. El siguiente invento financiero fueron los bonos, que surgieron de las necesidades de financiación de los estados. Con este método los gobernantes financiaban su actividad a cambio de una renta a los tenedores de los bonos. La complejidad creciente de las actividades navieras llevó a la creación de grandes compañías cuyo mantenimiento requería de grandes capitales y dieron lugar al invento de las participaciones o acciones que repartían la propiedad de la empresa. Después llegaron en cadena nuevas formas que aumentan las posibilidades y los riesgos que cuenta magistralmente Ferguson en su libro.

El préstamo presupone acumulación, primero, e interés en incrementar el capital mediante el cobro de intereses a prestatarios en los que se confía, después. Prestatarios que, en general, busca el préstamo para emprender con ideas nuevas o consumir. En cualquier caso, el préstamo es un mecanismo que, desde el momento en que la primera revolución industrial abrió la puerta de la innovación, aparentemente sin límites, puso a las inteligencias más notables a abrir camino en las matemáticas, física y sus aplicaciones tecnológicas, un proceso que aún continúa. Además, los servicios públicos hacen necesario que los estados emitan bonos como formas de financiar sus proyectos pacíficos y bélicos. Con las acciones el accionista presta dinero a la empresa y se encuentra en condiciones de recibir a cambio dividendos; con la ampliación de capital, otros socios entran en la empresa reforzando su capacidad de inversión y, finalmente, con las hipotecas se hace posible el rasgo más potente del estado de bienestar: que gente ordinaria tenga acceso a la propiedad. Los impuestos son, bien que forzosos, un sistema para financiar a los estados. Es complementario de los bonos, pues los estados financian su deuda (déficit acumulado) con éstos.

El seguro, es una forma muy inteligente de mutualizar los costos de los imprevistos de la vida. Todos estamos familiarizados con ellos, aunque algunos están más alejados del interés del ciudadano común. Así conocemos cómo funciona el seguro de un vehículo o nuestra casa contra riesgos de robo, incendio, inundación, etc. Nos parece sensato que entre todos los clientes de una aseguradora paguemos por adelantado los costos de las indemnizaciones de los pocos que sufran algún daño en sus personas o en sus bienes. Pero también las compañías de seguros temen verse desbordadas por las obligaciones de indemnización cuando el riesgo se hace realidad. Por eso, suscriben seguros con grupos aseguradores llamados reaseguradoras que no tiene como clientes a individuos, sino a compañías. Pero, además, cuentan con otro invento para cubrir su potenciales pérdidas. Es un mecanismo sofisticado que nace para cubrir las pérdidas en el casos de catástrofes climáticas. Son los los bonos de catástrofes (cat-fund). Funciona del siguiente modo: la compañía emite bonos con vencimiento establecido. El inversor compra estos bonos y cobra un interés durante un plazo prefijado. Si la catástrofe potencial ocurre en el plazo establecido la compañía se queda con el dinero adelantado y, si no ocurre, el inversor recibe de vuelta el capital entregado y se queda con los intereses cobrados. El mecanismo es como un seguro de un particular a la propia compañía que es “indemnizada” en un cierto sentido por el inversor.  El último modo de asegurarse surge en el ámbito de la agricultura. Son los fondos de cobertura (hedge fund) y permiten al agricultor asegurarse de que cobrará por su cosecha, ocurra lo que ocurra, a precios establecidos en el momento de la siembra. Si la catástrofe no ocurre el titular del fondo cobertura se queda con la cosecha al precio convenido y puede obtener beneficio en el mercado alimentario vendiéndola al precio actual. La opciones son el resultado de la búsqueda de nuevas formas de aseguramiento. En este caso el tenedor de unas acciones se asegura un precio futuro de las mismas y, al tiempo, cobra por ceder el derecho de venderlas al precios de mercado en un determinado momento. Derecho que es transferido al comprador de la opción. En esto se parecen a los fondos cobertura en la agricultura. El proponente le compra al tenedor de unas determinadas acciones el derecho (la opción) a quedárselas transcurrido un determinado plazo, a un precio establecido en el momento del pacto. De este modo si al final de plazo las acciones valen más que el precio pactado, el titular de la opción ganará la diferencia. Hay otras variaciones en las que está en juego no un precio del valor, sino los intereses a pagar por un determinado préstamo. Son un mecanismo inclasificables como financiador o asegurador. Por eso, podrían estar en el apartado de patologías financieras, pues es un juego alejado del funcionamiento material de la economía, que persigue exclusivamente el traspaso de dinero de unos inversores a otros.

Como vemos entre sistemas de financiación y de aseguramiento la actividad humana se proyecta hacia lo nuevo y se protege de los riesgos potenciales. Las compañías y los individuos buscan su beneficio al tiempo que cumplen estas fundamentales funciones económicas. El factor riesgo es fundamental para justificar los beneficios, parte de los cuales van al disfrute de sus propietarios y parte, de nuevo, al flujo de capitales activos puestos en riesgo. Los más certeros hacen fortunas que los llevan a los primeros puestos de la clasificación de la revista Forbes.

Patologías financieras son actuaciones que se pueden considerar usos desviados y, en casos, delictivos de los mecanismos de financiación y aseguramiento. Tres de ellos son conocidos por sus repercusiones sociales cuando salen a la luz o maduran como proceso enfermizo. La estafa piramidal consiste en que una vez convencidos los inversores, generalmente ciudadanos desprevenidos y con poca formación financiera, de que un determinado valor, por ejemplo sellos de correos o un conjunto de valores gestionados por el promotor de la estafa, subirán de precio con el paso del tiempo mientras los inversores cobran intereses por el capital colocado. La estafa se manifiesta cuando el gestor paga los intereses a los socios, no con los beneficios obtenidos en inversiones, sino con el dinero aportado por nuevos socios. Un mecanismo que falla cuando el ritmo de incorporaciones se reduce o la imprudencia de los gestores les lleva a aventuras de difícil salida. Las burbujas son fenómenos de encantamiento en el que inversores veteranos (Bear) e inversores aficionados (Bull) se dejan sugestionar por una atmósfera de subida de precios de determinado valor, financiero o material, y estimulan la producción del mismo hasta que, por unas razones u otras, se desconfía del siguiente escalón de subida y todo el mundo se tira escalera abajo tratando de desprenderse de los valores y retorna su dinero, con o sin beneficios. El problema viene cuando la burbuja es inducida y alimentada con valores dudosos a conciencia por promotores que están atentos a retirarse en el momento adecuado rematando su iniciativa de estímulo con otra de depresión. No sin antes haber asegurado apuestas altamente lucrativas a favor de la caída del valor en cuestión. El caso de la crisis de 2007 es un ejemplo de burbuja inducida, al financiar a insolventes para vender las hipotecas (bien que camufladas en con otros valores) a los supuestos inversores expertos del mundo entero. La acciones preferentes son unos supuestos derechos que adquiere el inversor a cambio de un interés fijo con carácter perpetuo. Fueron emitidas en España para traspasar a los bancos los depósitos de sus clientes más ignorantes de la complejidad del producto. Los derivados son productos financieros complejos que incluyen varios tipos de valores tales como distintos tipos de seguros, hipotecas, etc., cuyo valor complejo depende del valor de sus integrantes. Fue el vehículo utilizado por los promotores de la burbuja inmobiliaria para camuflar las hipotecas sin respaldo que contaminaron todo el universo bancario y financiero mundial. Todos las actuaciones de financiación y aseguramiento dejan un rastro documental que permite la creación de un mercado secundario en el que ya no venden seguros o bonos emitidos por compañías o estados y se hacen hipotecas con un banco que la retendrá hasta su liquidación, sino que se venden una y otra vez los documentos que acreditan tales operaciones en la confianza de su revalorización misteriosa. Así un propietario de vivienda no sabe si su hipoteca está en la sucursal bajo su casa o en un banco japonés, al que el primero se la vendió. Sin embargo, un inversor profesional si sabe que puede negociar con acciones o bonos de estado porque hay un mercado donde comprar y vender estos valores. Esta actividad de segundo nivel está alejada de las necesidades de financiación que ya quedan satisfechas con las operaciones desencadenantes. Son juegos especulativos en los que los factores coadyuvantes son altamente inseguros y que sólo juegan aquellos que manejan grandes fondos (normalmente ajenos). Su propósito es buscar beneficio a base de crear o sufrir expectativas de revalorización.

FINAL

La mayoría de los disgustos económicos que se producen entre la gente que se dedica a trabajar cada día le vienen de aquellos que dedican, ese mismo día, a la especulación con mecanismos sofisticados de manejo de valores que, cuando caen, arrastran a la economía real. El tráfico de capitales y valores es consustancial a la actividad económica por su capacidad de dinamizar y cubrir riesgos. Pero, en cuanto los responsables de ordenar ese tráfico (legisladores y controladores como los bancos centrales) dejan de controlar y pasan a pensar en el fin de semana, se ponen las bases para que los tiburones salga a la caza de incautos. Siempre sorprende que en un momento determinado la cadena de confianza se rompa porque alguno de los actores filtra valores tóxicos en la corriente del tráfico financiero y, además, se aseguran contra el hundimientos de esos mismos valores,  para ganar dinero a la entrada y a la salida. A pesar de estas catástrofes, el mundo financiero se ha interesado por apoderarse de los depósitos de ahorro de la gente normal, pues les debe parecer que están ociosos, incluso, en poder de los propios bancos que son agentes financieros torpes en relación con los gestores de fondos temerarios. Actores que se mueven en el límite de la probabilidad de fracaso. Por eso, continuamente, nos atosigan con preferentes, con suelos de hipotecas o con seguros de mascotas.

Agradezco al libro de Ferguson haberme proporcionado la visión global del complejo proceso que va desde la primaria concepción del dinero como metal precioso a las vaporosas formas que, hoy en día, toma en un mundo globalizado. Porque, en esa cultura general económica, se puede basar una actitud más justa con ese mundo, cuando cumple con su función, y más irritada, cuando se quiebra el fundamento de su existencia: la confianza. La confianza en la cultura judía es equivalente a la verdad como promesa de cumplimiento. Etimológicamente es una “fe compartida”. Es la base de la sociedad y de todo compromiso, económico o sentimental. La traición de esa fe es la herramienta del defraudador. Pero para que su delito se consume, es necesaria una época cargada de fe. La lección es que cuando se perciba, en el ámbito económico, un exceso de fe materializada en el ofrecimiento de dinero sin muchas garantías, es que se está preparando la crisis. En esta fase los gobiernos son felices porque todo “va bien” (¿se acuerda?) y colaboran con el disparate . Colectivamente es el momento de llamar a la cordura si no se tiene poder y de ejercerlo si se tiene. Desde luego es el momento de que cada individuo amortice los préstamos en vez de usarlos para comprar y quedarse apalancado (es el término técnico). La fe, la confianza, como casi todo es una cuestión de medida. El exceso de fe atrae a los codiciosos y la carencia atrae a la miseria.

PD.- No se me escapa que hay una economía golfa asentada en lugares, llamados paraísos fiscales, donde se reúnen los traficantes de droga, armas y personas con “pacíficos” evasores de impuestos y blanqueadores de dinero. Otro día.