Igualdad, natalidad, inmigración, paro, fiscalidad, pensiones, educación, modelo productivo, conflictos…

El título oarece una macedonia de conceptos económicos y sociales sin relación entre sí (en la octava acepción del diccionario, macedonia es una ensalada de frutas). Pero sí, si tienen relación entre ellos. La manifestación de las mujeres el pasado día 8 ha traído la última pieza al puzzle de nuestras preocupaciones. Veamos:

  1. La igualdad de hombres y mujeres facilita la natalidad
  2. La inmigración trae a jóvenes de otros países
  3. La natalidad facilita la aportación de jóvenes a largo plazo al mercado de trabajo
  4. La inmigración facilita la aportación de jóvenes a corto plazo al mercado de trabajo
  5. Los jóvenes trabajando mejoran el crecimiento general y la recaudación de la fiscalidad
  6. La mejora de la fiscalidad sostiene las pensiones y los servicios públicos

Sin embargo, este optimista proceso se derrumba:

  1. Si la distribución del crecimiento disminuye la igualdad
  2. Si el sistema productivo se basa exclusivamente en servicios sin valor añadido

Una situación que llevará al resto de males:

  1. No educar a los jóvenes en tecnologías con futuro
  2. No educar a los jóvenes en disciplinas que aumente la cohesión de la sociedad
  3. No incorporar a los jóvenes al trabajo enviándolos al paro y el desaliento, mientras irracionalmente prolongamos la vida laboral de los mayores.
  4. Con los jóvenes en el paro las pensiones y los servicios públicos colapsan y
  5. El conjunto de la sociedad se altera comenzando los conflictos

¿Es esta secuencia correcta? Si lo es, ¿Por qué andan tan despistados los políticos?, ¿Por qué no proponen un plan constructivo e integrado a medio y largo plazo?. Un plan que requiere la participación de todos, ricos, pobres y aquellos que están en camino de ser pobres. El plan ha de tener dos columnas:

  1. Claridad y publicidad de las cuentas del Estado en forma de balance, así como los presupuestos y su liquidación
  2. Calidad y publicidad de la distribución de la renta del trabajo y el capital

Con la primera condición sabríamos el verdadero Estado de la Nación (ruina, saneamiento o riqueza) y con la segunda podríamos hace cooperar a todos en los planes generales, en vez de que cada grupo de interés tire de la manta para su rincón hasta rasgarla.

Soy consciente que los políticos trabajan a corto plazo y que, por tanto, están inhabilitados para planificar mirando al horizonte. Pero quizá cada uno de nosotros con la papeleta en la mano para votar y con nuestras voces para manifestarnos entre elecciones podamos enviarles un mensaje claro. Porque, el hecho es que, en estos momentos, después de haber rescatado a bancos y grandes empresas constructoras en cada una de las inversiones en infraestructuras (plataformas marinas, autopistas) que se han llevado a cabo con mentalidad megalómana, nadie está por rescatar a la gente.

Rescatar a la gente no quiere decir poner a sueldo desde el Estado a 40 millones de adultos, sino sanear el país económicamente y repartir lo que haya con justicia. ¿Puede este país funcionar sin sus empresarios?, no. Pero ¿Puede este país funcionar sin su gente?, tampoco. Entonces ¿por qué se da la malsana tendencia de los políticos a estar más del lado de unos que de otros?. Pues, probablemente, porque, en positivo, piensan que es su iniciativa la que pone en marcha negocios prósperos y, en negativo, esperan que los acojan en su jubilación del servicio público. Pero una comunidad del tamaño de la nuestra no puede funcionar si no se generaliza un estado mental de confianza en que todos cooperamos en el esfuerzo común. Esa sensación no se da si no se conocen las cifras de cómo se reparte tal esfuerzo. Porque esto aumenta la sospecha de que el reparto no es justo. Pero si, a eso, se añade que no se trabaja para que tengamos un sistema productivo basado en el conocimiento, que haga atractivos nuestros productos para el resto de mundo, sino que seguimos instalados en explotar solamente lo que la naturaleza nos ha dado (suelo y hospitalidad), nos quedaremos descolgados de un mundo que es, cada vez, más artificial. Si a esto añadimos que, de los dones de la naturaleza, sólo explotamos los aspectos más primitivos (agricultura y turismo) y dejamos de lado aquellos que, debidamente conocidos y transformados, representan la base de un desarrollo futuro, como es el aprovechamiento de generoso soleamiento de nuestra tierra para obtener energía, tenemos que concluir que estamos en manos incompetentes.

Propuesta tópica

Cualquier partido que quiera prosperar puede optar por dos líneas de acción:

  1. Exaltar las emociones del nacionalismo o del resentimiento, o
  2. Fijar metas productivas modernas y hacernos cómplices a todos de su logro y socios de su disfrute

En el primer caso, ya se sabe, voces fatuas que llevarán a gritos dolorosos. En el segundo un país socialmente comprometido en el trabajo y el disfrute de sus resultados. La elección es de ellos, pero también nuestra. El plan es sencillo:

  1. Cambiar la forma de la “pirámide” de población aumentando la natalidad a largo plazo y aceptando a jóvenes de otros países a corto.
  2. Cambiar el modelo productivo, pues qué sentido tiene aumentar la formación sofisticada y cara de jóvenes mientras se prolonga la edad laboral de los mayores, si no hay trabajo para todos.
  3. Repartir la riqueza y la pobreza.
  4. Mantener la fortaleza del Estado moderno. Sin Estado la divisa es el ¡sálvese quien pueda! y el conflicto social.

Para rematar, la deuda

Vivimos en unos tiempos en los que las deudas de los países parecen preocupar más que en otras épocas. Lo cierto es que un país no debe endeudarse para gastar, sino, en todo caso, para invertir. La población debemos tener una cierta capacidad de consumo en una escala que, en el nivel más bajo, garantice dignidad, salud, educación y pensión y, en el nivel más alto se evite la grosería del lujo. De este modo, se activa el premio al esfuerzo, pero no se impulsa la frivolidad. Ese reparto tiene que ser proporcional a los frutos del esfuerzo colectivo, sin dejarse tentar por el consumo financiado por dinero ajeno, pues, como puso de manifiesto la primera década del siglo XXI, es un camino que lleva a dos décadas de decadencia y a proporcionar un pretexto para el expolio. Una década en la que el dinero ajeno, en vez de emplearse en inversiones cuyos frutos estaríamos disfrutando ahora, se empleó en construir casas en la costa y en los lugares más inverosímiles siempre que fueran asociadas a un campo de golf.

La deuda hay que pagarla, si no estamos lastrados y le dejamos la púa a nuestros hijos. Por tanto, ni un euro de deuda pública para ostentación de políticos, pero es necesario un cambio radical en la fiscalidad tan ineficiente que tenemos y una mejor distribución del dinero público recaudado. No digamos en dureza con la corrupción. ¡Qué espectáculo fúnebre el de los políticos protegiendo hasta el último auto judicial a los suyos!.

Final

Nuestro país sufre una curiosa paradoja: los pobres son partidarios de la oferta y la demanda cuando les va bien (véase con qué naturalidad aceptan los sueldos de sus futbolistas) y los ricos no son partidarios de la oferta y la demanda, sino de las subvenciones, cuando les va mal (véase su alegría con los rescates con dinero público de empresas privadas). Por eso hay pobres que votan a la derecha y ricos que también. Por eso, el apoyo a la derecha tiene una estabilidad de la que carecen los partidos de la izquierda, que sufren altibajos notables. A nosotros nos da igual siempre que el partido o la coalición gobernante trabaje convencidos para que:

  1. El sistema productivos esté basado en el conocimiento
  2. La fiscalidad sea progresivamente enérgica
  3. Haya total transparencia y publicidad en el balance, los ingresos y gastos públicos (que lo sepan los partidos no es suficiente, pues se guardan la información para sus intrigas)
  4. La red de seguridad incluya sanidad, educación y pensiones convincentemente

Si los partidos políticos, sobre todo el del gobierno de turno, dijeran la verdad, probablemente se evitaría mucha de las protesta sociales que ha generado su opacidad, fintas oportunistas y falta de proyecto social basado en la información y el reparto del sufrimiento o el goce.

 

 

Entre el optimismo y el pesimismo

Esteven Pinker lleva tiempo proclamando que hay razones para ser optimistas. Razones relativas a las guerras, la pena de muerte, la mortalidad infantil, el PIB per cápita, la esperanza de vida, la violencia civil, etc. Y en todos los indicadores encuentra razones para considerar que todo va mejor. No digamos quien vive acomodadamente, que disfruta de placeres inimaginables entre los mismos reyes de hace doscientos años: viajes cómodos, excitantes deportes en directo, comidas sofisticadas, amores embriagadores, residencias en localizaciones de privilegio, juguetes tecnológicos sofisticados, etc. De otra parte, hay una conciencia de pesadumbre porque “el ser humano no progresa”, los políticos son un desastre, no hay liderazgo, por todas partes surgen tendencias a la división, al rechazo del otro, a la aporofobia u odio a la pobreza, al descaro político que se sincera cuando de perjudicar a minorías vulnerables se trata, agobiante presencia de malas noticias en los medios diarios de comunicación, etc.

¿En qué quedamos? Creo que cada época tiene sus pesimistas y sus optimistas. Por eso hay que trascender los estados de ánimo para analizar datos, pero no sólo los datos positivos, sino también los negativos, como la trata de personas, el tráfico de armas, el tráfico y consumo de drogas, el descaro de las trapacerías de los gobiernos que ya no las ocultan, el desprestigio de las instituciones, el desvelado del monstruo del machismo dominante y depredador sexual, la creciente desigualdad económica, la concentración de riqueza en pocas manos, el abandono de los proyectos humanitarios, la crueldad con las poblaciones civiles en las guerras. En este caso los datos los proporciona la ONG Oxfam-Intermón.

Hay que reconocer que Pinker tiene razón, incluso cuando dice que la carnicería de la II Guerra Mundial es relativamente inferior a las que se practicaban entre pueblos indígenas que, en ocasiones, llegaban al total exterminio del rival. También es observable cómo extensas zonas del planeta han utilizado los avances de Occidente en las herramientas económicas y, en ocasiones, las herramientas políticas de democracia y transparencia con el resultado magnífico de que millones de personas han salido de situaciones de hambrunas cíclicas hasta una cierta comodidad. Qué decir de los avances de la medicina o de la capacidad de aceptar socialmente modos de vida minoritarios pero igualmente respetables.

Hay que reconocer que Oxfam-Intermon tiene razón cuando denuncia la obscena concentración de riqueza en pocas manos. Riqueza que podría financiar proyectos que atacaran el corazón de los problemas más acuciantes relativos al hambre, la sequía o los refugiados. A nadie se les escapa que gran parte de esa riqueza está en papel, es decir, en forma de valores inmateriales con los que se financian proyectos imprescindibles, pero, que, no pocas veces, financian proyectos absolutamente frívolos o el gasto personal con trenes de vida absurdos. No ha sucedido nunca, pero nada impide que se creen empresas de ayuda a los necesitados que entraran en bolsa, donde sus acciones tendrían precios enormes porque dieran beneficios humanitarios. Los accionistas estarían satisfechos con las memorias que describieran las cifras de vidas salvadas y economías activadas entre los desheredados. Es obvio que cuando se pusieran las acciones a la venta se las quitarían de las manos. El cuadro de partida para una operación semejante de fantasía sería el siguiente:

Riqueza 5

Despiertos del sueño, hagamos otro tipo de ficción. El PIB español fue de un 1 billón de euros en 2014. De él, el 54 % fue a manos de personas. A las que se les restó en forma de impuestos el 17 % y en forma de pago de pensiones el 13 %. En total quedan en manos de los hogares el 24 %. Pero no de forma igualitaria, como se puede ver en el cuadro siguiente:

RENTA 2015

Un cuadro que es explícito respecto a la desigualdad en el interior de los países, que es obvio que no llega a la generalizada en el mundo, pero se puede ver que la media de la franja con menos ingresos se parece a la que resulta del cálculo que sigue.

Si esta estructura de reparto se aplicara al PIB mundial que es de 75 billones de dólares, equivalente a 60 billones de euros, resultarían unos ingresos anuales de 14 billones de euros para las personas. Teniendo en cuenta que según el informa Oxfam-Intermón, hay 4000 millones de adultos en el mundo, el PIB per cápita resultaría 3.500 euros (300 euros al mes), lo que se traduciría en una pobreza de ingresos generalizada. Esto explica que las élites, a la espera de crecimientos extraordinarios de la productividad, que probablemente traigan los robots, prefieran acumular bajo el argumento de que el reparto no resuelve el problema de todos, pero si la de ellos que tienen necesidades más sofisticadas. También es un argumento la necesidad de contar con grandes capitales para emprender la resolución de problemas graves de la estructura económica y humana mundial, pero es absurdo no considerar un proyecto de interés conseguir salvar de la miseria a la mayor parte de la irremplazable riqueza humana que hoy se pudre en pozos infames.

Oxfam dice que con 100.000 millones de euros se acaba con toda la pobreza extrema. Esto supone el 1 % (4x100x100.000/40.000.000) de la renta anuales de los hogares del mundo rico. Si estamos pagando el 0,7 %, y sólo en algunos países, evidentemente falta dinero para cubrir la necesidades mínimas.

En fin, optimista, pesimista. Creo que hay que ser las dos cosas para que el contraste dentro del alma de cada uno sea un motor de cambio personal cuando nos quejamos de los impuestos y político cuando votamos. La aventura humana tiene varios factores contradictorios, pero sobre todo dos: la tecnología que favorece que la población crezca por los avances  médicos, pero que no ha alcanzado la capacidad productiva para dar una vida material digna a todos y la conciencia humana que se acongoja con el sufrimiento humano, pero que se adormece con la codicia con la misma facilidad. Creo que los grandes capitales deberían aplicarse, también, a los grandes problemas humanos. Si el mecanismo tiene que ser el mercado, hay que dotar a la mayor parte de la humanidad de los ingresos que les permita dirigir el interés empresarial hacia sus necesidades por la sencilla vía del consumo. Ahí está el reto, en cómo conseguir que los ingresos, que no son otra cosa que los títulos de propiedad anticipada de las producción del sistema industrial, estén más repartidos. Creo que pasa por la generalización de la actividad económica en áreas del mundo que no consiguen la acumulación de capital que le permita el arranque. En esas inversiones pendientes estaría la clave. Aunque creo que se camina en un sentido contrario cuando grandes potencias se están haciendo a precios baratos con la tierra y los recursos de los desheredados. Ellos verán, por qué están convirtiendo un problema de naciones pobres en otros de naciones ricas con los pobres dentro de casa. El panorama es dramático para las personas concretas e interesante para los observadores protegidos. Las grandes transformaciones tecnológicas que se esperan, ya veremos si se aplican a nuevos juegos virtuales o a la subsistencia de este ser que presume de espiritualidad y ejerce una voraz materialidad.

PD.- En este enlace de Gapminder hay interesantes gráficos interactivos que proporcionan dinámicamente información sobre la evolución del ser humano en distintos aspectos. Se acompaña de un vídeo explicativo del autor Hans Rosing:

 

 

 

 

¡Austeridad para todos!

Ya en siglo XVIII, el escocés Adam Smith había tratado rigurosamente la cuestión económica en su “Origen de la Riqueza de las Naciones”, pero lo hizo en el estricto campo de esa especialidad. Fue en la mitad del siglo XIX cuando Marx puso a la economía en el centro de la reflexión filosófica aunque, más allá, convirtió esa reflexión en un programa político con el que violentó la realidad de tal forma con su utópica dictadura del proletariado (no hay dictadura buena), que todavía sentimos las consecuencias. Hoy en día esa operación de sacar los asuntos económicos de la academia, de la plaza de abastos o de la fábrica para ponerlos en el centro de la vida ha tenido pleno éxito. Tan es así que, tras la penúltima crisis económica en 2007, se propugna una educación financiera en el ámbito de la OCDE, no se sabe bien si para mejorar la capacidad de defensa del ciudadano ante propuestas maliciosas o para mejorar la defensa de los maliciosos ante los ciudadanos, cuando se acabe en los tribunales. El caso es que la economía lo permea todo, hasta el punto de que sus términos específicos ha pasado al lenguaje popular y se emplea donde procede y donde no. Como consecuencia de esta emergencia de los económico, hay un nuevo reparto de la responsabilidad en las decisiones que los individuos y las familias han de tomar.

Así, habrá que aprender la diferencia entre balance y presupuesto para la propia economía familiar para, como dicen los expertos, no “apalancarse”. También habrá que saber algo sobre cálculos actuariales, para que se tomen decisiones sensatas a la hora de contratar un plan de pensiones o un hipoteca. Bastará con una aplicación en la que meter cuota e interés y ver que pasa a tantos años, esperando que tu fondo no quiebre. También cabe, mirando el caso chileno, evitar que un Piñera español acabe con el sistema de pensiones. No menos interés habrá que poner en las noticias sobre la economías y las finanzas al objeto de hacer previsiones de gasto o reivindicaciones de actualización de ingresos. Una tarea diaria que sólo se podrá llevar a cabo con toda la eficacia cuando se libere tiempo libre porque los robots se ocupen que servirnos el café. Pero entre tanto podemos ir adquiriendo cierta capacidad cognitiva de interpretación.

Si todo esto es importante en el plano familiar, también lo es en el plano de la nación a la que uno pertenezca fiscalmente. Es decir, se impone la transparencia para que los ciudadanos sepan cómo están gestionando la riqueza común los políticos al cargo. Desde este punto de vista, es necesario que se publique de forma normalizada y sistemática no sólo el presupuesto de la nación que se aprueba en el Parlamento, sino la liquidación del mismo para saber las transferencia entre partidas o los presupuestos no ejecutados. Información que ha de estar al alcance de todos a un distancia máxima de dos golpes al ratón del ordenador. Y, muy importante, con la misma claridad debe publicarse el balance del país, en el que figuren sus activos y pasivos para ver el estado de salud o quiebra de la nación para fundamento de las políticas generales. Por tanto queda sentada la importancia de la economía como sustrato de nuestras vidas, un sustrato que hay que sacar del sótano para que luzca a la luz, pero sin corromper otro tipo de valores específicamente humanos. Por supuesto que a esta transparencia hay que añadir una gran dureza en el castigo de la corrupción de funcionarios y la evasión de impuestos de las grandes fortunas.

Como hace poco que he leído los puntos de vista de Niall Ferguson que cree que es más importante la deuda de los países que la desigualdad, todo lo anterior no es más que un preámbulo para dar un salto a otro plano: el de la economía global desde el punto de vista de la desigualdad en la riqueza, que se denuncia que es creciente en el interior de los países y entre países. Vamos a hablar de riqueza que no es lo mismo que ingresos periódicos.

Riqueza es la suma de lo que se posee. Así, la suma de los valores inmuebles (viviendas o tierras) y muebles (dinero o acciones). La riqueza de incrementa o disminuye cada año con los ingresos, compra-ventas de inmuebles o apreciación-depreciación de valores financieros.

Partimos del informe Oxfam-Intermon de 2017, que nos ha ayudado a construir un cuadro a partir del original que nos permite una análisis más fino. La desigualdad que destila se refiere al planeta, como si fuera un único país, para entendernos.

Riqueza Original
Cuadro 1. Distribución de la riqueña mundial (original)
Riqueza 5
Cuadro 2. Distribución de la riqueza mundial modificado

Las diferencias son las siguientes:

  • He añadido las dos últimas columnas de la derecha para conocer los valores medios de las calificaciones de pobre, clase media baja y alta, millonario y billonario.
  • He desglosado la última fila del cuadro original para distinguir entre millonario y billonario. Los datos de esta última clasificación están tomados de la lista Forbes de 2017, como se indica. Se denominan billonarios porque en el ámbito norteamericano un billón =1000 millones, mientras que en Europa, un billón = millón de millones.

GLOSA DEL CUADRO

  • El 0,7 % de la población posee el nada menos que el 41 % de la riqueza mundial. Son 32 millones de adultos que poseen 99 billones de dólares
    • De esos 32 millones, 2043 personas poseen 9 billones de dólares, con una media de 4.400 millones por cabeza.
    • El resto hasta los 32 millones de millonarios poseen 90 billones de dólares, con una media de 2,8 millones por cabeza.
  • El 91,6 % de la población posee solamente el 16,6 % de la riqueza. Son 4.273 millones de adultos que tiene que repartirse 40 billones de dólares .

Pero el dato de más impacto, en mi opinión, es que entre la clase media alta y los ricos, que constituyen en conjunto el 8,4 % de la población poseen el 83,4 % de la riqueza. Son 393 millones de adultos repartidos por todo el globo constituyendo las élites conservadoras frente a los 4.273 millones de parias que forman parte minoritaria de los países occidentales y mayoritaria en los países africanos y algunos asiáticos. La tendencia a aumentar la desigualdad es resultado del crecimiento de la población en los países donde ésta es mayor medida por la Tasa Gini (ver mapa)

Riqueza GINI desigualdad

Tampoco contribuye la distribución de los ingresos según el mismo criterio:

Riqueza GINI Ingresos 2009

El informe estima en 18,5 billones de dólares los depósitos en paraísos fiscales, aproximadamente el 20 % de la riqueza acumulada de los millonarios y billonarios. El resto es de suponer que está en forma de  posesiones y valores financieros para, en el peor de los casos, neutralizar la tasa de inflación y, en el mejor de lo casos absorber rentas consiguiendo aplicar su dinero en fondos de inversión que les proporcionen intereses mayores que el crecimiento del Producto Interior Bruto o, al menos que la inflación. Para ello necesitan la cooperación de legislaciones que controlen los salarios y graven poco los capitales con impuestos. A pesar del manifiesto desequilibrio en el reparto de la riqueza, los poderosos por un efecto de pobreza psicológica relativa a los más rico de su clase, no pueden parar de buscar el incremento de sus capitales. Este estado de cosas se puede mantener por las siguientes razones:

  • Las alternativas históricas plantean soluciones rudimentarias que históricamente han conducido al crimen político y a la pobreza de las naciones y sus habitantes, incluso contando con los mismos avances tecnológicos.
  • Las alternativas actuales tienen, en el plano táctico, una tendencia cainita, en medio de vacilaciones y divisiones, que disuelve la capacidad de acción y, en el plano estratégico, una tendencia a ofrecer soluciones débiles frente al poder efectivo de la dinámica capitalistas cuando se transforma en política democrática.
  • Las propuestas conservadoras no tiene peor enemigo que la corrupción, pues sus llamadas al sentido común, al cuidado de la economía y los valores tradicionales son muy efectivos para contar con apoyo en toda las capas sociales. Estas opciones siempre han considerado que las opciones de izquierda son derrochadoras y generadoras de huída de capitales inversores.
  • Las clases pobres en los países donde son mayoritarias, por sus circunstancias tan extremas, carecen de cualquier tipo de energía intelectual que les permita protagonizar revoluciones, quedando sus muestra de ira exclusivamente en motines, que pueden ser sangrientos, pero que son sofocados con rapidez por fuerzas pagadas por sus explotadores.
  • En los países occidentales, donde las clases pobres son minoritarias, la industria del entretenimiento a través de dispositivos móviles prácticamente neutraliza cualquier tipo de reivindicación, llegando su desinterés a la abstención electoral. Cualquier reivindicación son protagonizadas, en general, por clases profesionales (profesionales, educadores) que ven reducirse sus ingresos y los recursos con que ejercer. Es decir, por parte de clases medias que en vez de vivir en la esperanza de subir el estatus y el de sus hijos, ven como hay un deterioro manifiesto de su situación. Estas clases, en las que se puede unir irritación con capacidad intelectual de reivindicación inteligente, pueden constituirse en sujetos de cambio por vías parlamentarias. Una fuerza que suele fallar por la mala calidad de su transformación en acción política eficaz.

La parte de la riqueza materializada en en bienes inmuebles, una vez construidos igual da que las posean unos que otros, la cuestión es cómo evitar que se consuman recursos en mansiones megalómanas o en juguetes tecnológicos de lujo como los que ofrece la página del lujo The Billionaire Shop, cuando se necesitan tantos recursos para programas de educación y gestión que lancen economías modestas en países ricos en recursos y potencial talento, pero pobres en instituciones que los gobiernen correctamente; programas que ataquen grandes catástrofes naturales o inducidas por conflictos bélicos o programas de investigación para la búsqueda de soluciones a los viejos y nuevos problemas de la humanidad.

El informe Oxfam-Intermón proporciona sus propias recomendaciones:

Riqueza 3

Es claro que no propone un reparto de la riqueza rudimentaria, porque ya se ha visto que supone una generalización de la pobreza y, probablemente la renuncia de los más osados y necesarios narcisista que gestionan los grandes movimientos económicos del mundo a seguir impulsándolos. Pero sí se pide a las clases ricas que al menos ni eludan sus obligaciones fiscales, ni corrompan gobiernos para que éstas sean reducidas.

En realidad, lo más pro-volucionario que se podría hacer es conseguir fiscalmente que las clases más ricas estuvieran en la franja de la clase media alta del cuadro 2, con lo que la parte de los 99 billones de dólares que están en forma de dinero o valores financieros podrían difundirse hacia las capas menos favorecidas a las que habría que enseñar a invertir cualquier ahorro para que se produzcan las acumulaciones de capitales necesarias para los problemas actuales. Pero no se debe olvidar que algunos de lo que figuran en las dos últimas filas del cuadro 2 han conseguido sus fortunas a partir de la corrupción o el tráfico de estupefacientes, armas o personas. Personas de las que no cabe esperar una renuncia pacífica a sus privilegios. La gran historia ha dado muestras suficientes de los flujos de la ira popular y los reflujos de la frialdad del poderoso para, una y otra vez volver a situaciones injustas, pero con altos costes para las generaciones involucradas en términos de sufrimiento físico y psíquico. Culpar de eso al capitalismo es inútil, porque no hay sistema productivo más eficaz. Expropiar al rico es generar nuevos ricos en los aparatos del estado sin el mérito de, al menos, haber conseguido la fortuna mediante esfuerzos más o menos legales. Lo que hay que inventar es una forma de que la distribución de la riqueza tenga la forma de un trapecio con las pendientes laterales acusadas, de tal modo que los situados en la parte baja tengan cubiertas sus necesidades vitales y educacionales y cuando se llega a las capas que pueden ahorrar, estimular el que estos ahorros sean colocados en fondos, como se dice más arriba, donde se acumule el capital para que se puedan abordar las grandes empresas humanas o socorrer a los grandes damnificados por el azar natural o bélico.

Mostramos ahora como complemento un gráfico de una conferencia de Thomas Piketty en Chile. En él se puede ver con el caso extremo de Italia como el estado tiene riqueza negativa, como consecuencia de que los activos públicos valen menos que la deuda. Al mismo tiempo la riqueza privada ha aumentado porque han sido los propios italianos lo que han acudido a las rebajas del patrimonio del estado. Para reflexionar ¿no?

Riqueza Piketty

También es interesante comprobar en el gráfico que sigue, procedente de la misma fuente, las tasas que se han llegado a pagar en impuestos sobre las grandes fortunas, sin que el sistema se resquebrajara. Esto se acabó con Reagan en los años 80. Por otra parte, se puede comprobar que a principio del siglo XX no se pagaba nada:

Riqueza Piketty II

LA DESIGUALDAD EN ESPAÑA

Para comprobar si este esquema global tiene algún tipo de correspondencia con un país como España vamos a usar, como fundamento, una tabla reciente del Banco de España sobre la riqueza en los hogares.

Riqueza España 2014
Cuadro 3. Distribución de la riqueza (original Banco de España)

De esta tabla sacamos estos datos de riqueza resumidos:

Riqueza resumen España 2014
Cuadro 4. Distribución de la riqueza 2014

Se puede comprobar que la distribución de la riqueza en España, aunque el cuadro 3 indica que se está polarizando y la Tasa Gini es de las peores de Europa, es mucho mejor que en el conjunto mundial. El cuadro 4 muestra, frente al dato mundial de que el 91,6 % de la población posee solamente el 16,6 % de la riqueza, en España el 90 % de los hogares posee el 66 % de la riqueza. En gran medida se debe esto a que, a pesar de que durante un tiempo estuvo en boga criticarlo, el 80 % de los españoles viven en una vivienda de su propiedad. Por otra parte, se ve que el país vale lo que suma la riqueza de sus habitantes, esto es 4,5 billones de euros a los que habrá que sumar la riqueza del Estado que no tengo cifrada.

Naturalmente la riqueza es resultado de la acumulación a través de la herencia de los muertos y la acumulación de la renta de los vivos. Veamos cómo se distribuye la renta en España a partir de la información de la Agencia Tributaria para 2015:

Riqueza 2015 Ingresos
Cuadro 5

En el cuadro 5 se advierte una franja del 40,25 % de la población trabajadora que recibe solamente el 14,92 % de la renta, mientras que una franja del 0,42 % recibe el 3,51 % de la renta. Esto significa 3,51/0,42/14,92/40,25 = 22 veces más renta. Pero, sin embargo, cualquier intento de igualación convirtiendo a la franja más rica en clase media alta, en el tramo de ingresos 60-150, liberaría 13.710.725.350 – 82.069×71.599 = 7.834 millones de euros que divididos entre los 7,8 millones de trabajadores de los tramos por debajo de 12.000 euros supone 1.000 euros al año u 83 euros al mes (antes se diría que para tabaco) con la consecuencia de que gran parte de los impuestos se pierden por cambiar esos ingresos de tramo impositivo.

Riqueza 2015 Impuestos
Cuadro 6

Observando el cuadro 6 se puede comprobar que el peso de la contribución a la Hacienda gravita sobre la clase media que se hace cargo del 84,23 % del total. En cuanto a la progresividad de los impuestos se puede ver que la clase media paga 84,23/59,33/0,79/40,25 = 72 veces más que los trabajadores pobres, lo que era de esperar. Por otra parte, creo que hay algún error en los datos de hacienda para los dos últimos tramos.

Para tener una tasa Gini de la renta igual a 0 (igualdad perfecta), es fácil comprobar que la renta media anual de cada español adulto con trabajo sería de 22.256 euros a lo que se opondría el 35 % de la población trabajadora porque ganan más. Obviamente, dejando al margen las franjas más ricas, supone eliminar el intervalo entre 20.000 y 150.000 euros que es la escalinata que recorre, en teoría, el mérito de los que más se esfuerzan.

Parece que para alentar el esfuerzo en la escala social, la clase media es la clave con una escala que va desde los 12.000 euros a los 150.000 euros anuales que, tras el pago de impuestos se queda para los valores medios entre (18.267 – 1.597) = 16.670 y (71.599 – 23.292) = 48.307 euros con un ratio de 2,9 que parece razonable. Si se amplía la comparación a tramo entre 150.000 y 600.000 euros, que suponemos es el de altos directivos, el nuevo techo salarial neto se convierte en (153.927 – 80.952) = 72.975 euros y el ratio pasa a ser 4,4, que tampoco parece excesivo. El tramo de más de 600.000 euros lo suponemos para propietarios de empresas y rentistas por lo que no lo consideramos en el cálculo por su escaso peso relativo.

De modo que este país para aumentar su igualdad, necesita algo más que los 3.900 millones de euros de renta de los ricos, pues hay unos 5 millones de españoles que trabajan con ingresos anuales por debajo de los 9000 euros. Si sus ingresos se complementan hasta 12000 euros puede suponer 5 millones x 12.000 = 60.000  – 33.500 millones (que ya cobran) = 26500 millones al año que el país no tiene perspectiva de ganar de forma adicional porque al no aparecer en las rentas de los dos tramos más ricos, se supone que no existen. Muy al contrario, el país tiene un déficit de unos 40.000 millones en las cuentas públicas, lo que se agrava con los intereses de la deuda acumulada (unos 35.000 millones), que está ya cercana al 100 % del PIB. Un asunto éste de gran importancia porque, tras el acelerón de gasto de los primeros ochos años del siglo, se les deja a nuestros hijos, en vez de una herencia, una púa. En definitiva que, manteniendo el estatus actual, mejorar la situación de los pobres requiere 66.500 millones de euros, si sumamos la renta que falta al déficit y los intereses de la deuda pública. Y todo ello, sin bajar un euro la propia deuda. Suponemos que parte se compensa con la economías sumergida que genera ingresos pero que no paga impuestos. Si alcanza, como dice la leyenda, el 20 % del PIB, hablamos de 200.000 millones euros que, si pagara impuestos, ayudaría bastante a aclarar la situación, porque conoceríamos mejor en qué hogares no entra una renta razonable que permita una vida que merezca el nombre.

FINAL

Desde luego, si las cosas son como estos datos y cálculos parecen decirnos, hay que buscar salidas muy sofisticadas a los problemas. Pero, si la fórmula es austeridad, debemos sentirla todos. Es decir, que una bajada de sueldos en general del X %, debe implicar un aumento semejante de los impuestos para las grandes fortunas, corrigiendo el hecho de que su disposición de liquidez les permita aumentar su patrimonio en plena crisis aprovechando el hundimiento de los precios y a costa de las clases medias y bajas que, además, perdieron sus hogares o sus ahorros por los manejos financieros. Pero, dos cosas están claras: la primera, que hay que estimular la capacidad de crear valor desatando el talento de nuestros jóvenes investigadores o de aquellos con competencia para comercializar productos o ideas. El modelo es una economía que mejora su balanza comercial produciendo para un consumo razonable y, sobre todo para el resto del mundo. Si no, ya se ve la dificultades para mantener a tantos millones de personas con proyectos razonables de vida en un mundo lleno de tensiones de todo tipo. Y, la segunda, que no conocemos un sistema distinto al de la economía de mercado para producir, pero que algunas cosas se les debe aclarar a los que sostienen su intangibilidad, y es que, los resultados económicos del frenesí mercantil y financiero no deben dejar atrás a nadie que quiera contribuir con su esfuerzo al bien común. También está claro que los enemigos del mercado no han demostrado tener competencia para gestionar de forma planificada la economía, porque, probablemente, nadie tenga la capacidad de gobernar la complejidad de estos procesos. De modo que es mejor dejar las manos quietas y esforzarse en definir los parámetros de una vida digna y tener el coraje de trabajar para que, sin matar la ambición que mueve montañas, cabalgar el tigre para que no mate ni a la gente ni a la naturaleza. Es decir, lo mejor sería convertirse en un país inteligente y trabajador, pero si es necesaria la austeridad para pagar las deudas, digamos bien alto: ¡austeridad para todos!

 

 

 

 

The Great Degeneration. Niall Ferguson. Reseña (15)

Este libro es un intento serio para que el mundo fije su atención sobre lo que es relevante frente a lo que es importante, pero menos decisivo, en opinión del autor. Por ejemplo, considera que hoy se habla de globalización, los cambios en la tecnología, de desigualdad, educación y política fiscal. Los conservadores, en su opinión, tienden a subrayar las dos primeras, mientras que los “liberales” (la izquierda europea) prefieren destacar la desigualdad por falta de inversión pública en educación, lo que se explica por la reducción de impuestos que favorece a los ricos. Pero, para el autor, hay otras fuerzas actuantes que suelen pasar inadvertidas en los debates políticos. La desigualdad es creciente desde 1980 entre el 1 % de la población más rica y el resto. Pero las diferencias entre países en el grado de crecimiento y en la forma de distribuir los resultados no se pueden explicar solamente en términos económicos. Al contrario él cree que fenómenos económicos como que el crecimiento sea más alto que los intereses gracias a la tecnología o la inflación son, fundamentalmente fenómenos políticos. Igualmente piensa que la deuda de los países es consecuencias de errores de gestión. Ferguson sospecha que hay mucho de darwinismo en el funcionamiento de la economía, no tanto con las personas, cuanto en los mecanismos de financiación como “seres” de cuya correcta selección depende el futuro, pues las crisis elimina a los dinosaurios financieros y permite el desarrollo de nuevos enfoques. En su opinión, aplicar el “diseño inteligente” a las finanzas puede estar bien en el principio, pero luego hay que dejar que la realidad pula y depure. Por eso es tan complicado prever una crisis. Tanto como una epidemia o un terremoto.

Acusa a la regulación-desregulación de los años 80 el que los bancos se volvieran más osados al inflar sus balances de forma imprudente respecto a los depósitos, pero, como eso ocurrió también en Alemania o España, la culpa no puede ser de Reagan, como si Europa no hubiera demostrado sobradamente su seguidismo respecto de Estados Unidos en tantas cosas, incluidos los usos financieros.

Al principio de su libro, Niall Ferguson cita a Adams Smith en La riqueza de las naciones, cuando se refiere a un estado que no crece:

“Aunque la riqueza de un país pueda ser muy grande, si ha padecido un estado estacionario, no cabe esperar altos salarios entre los trabajadores… Es en una situación de crecimiento, mientra la sociedad está en fase de avance, mejor que cuando ha alcanzado la máxima riqueza potencial, que la situación de los empleados pobres es más feliz y confortable. En la fase estacionaria, la situación es dura y en la recesión es miserable. La mejor situación para todos los estamentos sociales es la de un estado en crecimiento. El estado estacionario es aburrido y la recesión melancólica.”

“En un país también, donde, aunque el rico o el propietario de grandes capitales disfrute de altos niveles de seguridad, el pobre o el propietario de capitales modestos pasa miedo, y bajo pretexto de hacer justicia, pueda ser saqueado en cualquier momento por funcionarios con poder… (Entonces) en las diferentes ramas productivas, la explotación de los pobres puede asegurar el monopolio de los ricos, que asegurándose el control de los negocios sólo para ellos, se aseguran grandes beneficios.”

El llamado estado estacionario es la peor situación imaginable. La tesis de Ferguson es que estamos instalándonos en una fase del capitalismo en Occidente que podríamos considera así.

¿En qué momento perdió Occidente el camino del crecimiento? ¿Cómo se ha llegado a este punto de estancamiento?. Desde luego, Ferguson, no piensa que sea por que falten estímulos.  Niall Ferguson es un historiador de la economía que considera que preocuparse de la desigualdad entre ciudadanos de un mismo país es perder el tiempo, porque lo que realmente interesa es la caída del poderío económico de los Estados Unidos respecto de China y la deuda que la actual generación va a dejar a la siguiente. Y no lo hace tanto porque considere que la desigualdad no es importante, sino porque considera que no es “lo más importante”, como piensa Thomas Piketty, el economista francés. Niall es escocés, (algo tendrá que ver en su posición vital). Nació en 1964 y ha tenido un éxito extraordinario como escritor y conferenciante. Sus tesis son duras y, en el libro que se reseña, se explican en su naturaleza y en sus consecuencias. El libro es duro ya desde el título. La gran degeneración se refiere al hecho de que países (generalmente occidentales) con instituciones que ha funcionado bien están degradándose, principalmente, porque sus instituciones lo están haciendo por un fenómeno entrópico que tiene los siguientes factores principales, que el llama cuatro cajas negras:

  • Democracia
  • Capitalismo
  • Estado de Derecho
  • Sociedad civil

El buen funcionamiento de cada uno de estos aspectos de la sociedad humana están involucradas instituciones. En el caso de la democracia, son los partidos políticos y todo aquellos agentes (jueces, Juntas Electorales, Ombudsmen)  que trabajan para que las elecciones sean limpias; por supuesto, el Parlamento como sostén de la legislatura y el Gobierno como ejecutor de las políticas. Considera que el Estado de Bienestar no debe confundirse con la democracia y hace una broma sin gracia sobre su nacimiento: según él, usando la metáfora de un panal de abejas, el estado de bienestar es un invento de los zánganos para que las obreras trabajen para ellos. Zánganos que reclaman servicios que hay que financiar endeudándose y comprometiendo a las generaciones siguientes. Todo el mundo reclama ser demócrata hoy en día. En cuanto al capitalismo, pone en juego la idea de hasta qué punto las regulaciones que los gobiernos y parlamentos disponen lastra el buen funcionamiento del sistema.

En cuanto al Estado de Derecho considera que ni la democracia, ni el capitalismo pueden funcionar sin un sistema efectivo de justicia. donde las leyes puedan ser impuestas si hay infractores; los derechos individuales puedan ser respetados y las disputas resueltas en forma pacífica y racional. Considera que el Estado de Derecho generado en los países angloparlantes ha resultado el más efectivo, pero cree que está en peligro porque está derivando en una especie de sistema gobernado por los abogados antes que por las leyes. En cuanto a la sociedad civil, el mundo del voluntariado que trabaja para fines sociales sin ánimo de lucro, en clubes y organizaciones, cree que es un mundo que declina quitando uno de sus principales pilares a la estructura de una civilización. Se pregunta si las relaciones que se crean a través de las redes sociales son la forma moderna de hacerlo y se responde que no. En definitiva, estos cuatro aspectos de la vida civilizada se encarnan en instituciones y, por tanto, de éstas depende su éxito. Cada individuo pertenece o está involucrado en un gran número de instituciones, ya sea por obligación, ya sea por afición. Algún conjunto de instituciones favorecen la vida libre y creativa y otras son nocivas, como las violentas asociaciones de hooligans.

Son mucho los autores que han llegado a conclusiones parecidas, pero ninguno pone el énfasis donde lo pone Ferguson. Él cree que las instituciones fallan porque existe una especie de entropía de las instituciones buenas que devienen malas porque se quiere destruir el estado de derecho o el libre mercado. Ferguson se pregunta qué se está haciendo mal en Occidente en estos momentos. En su opinión se está actuando sobre los síntomas mientras está instalándose el estado estacionario y paralizante que Adam Smith denunció. Un estado de cosas en el que las élites se corrompen y los pobres sufren extraordinariamente.

Se está produciendo un proceso de traslación de la eficacia de las instituciones de Occidente a Oriente con espectaculares efectos económicos. Empieza su análisis con la decadencia relativa de USA que muestran las siguientes dos imagenes:

(Todas las imágenes provienen de la conferencia de Ferguson en Chile. https://www.youtube.com/watch?v=S_VIF_l4Ulc

Ferguson 19

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Por eso discute la pretensión de Piketty de que es la desigualdad interna de los países la clave de los problemas actuales. Ferguson cree que ni las diferencias genéticas, ni las diferencias climáticas, ni la distribución en las materias primas, ni siquiera la práctica del imperialismo es el origen del problema. El cree que la mejor explicación de por qué Occidente desarrolló una civilización más rica que Oriente, lo que se llamó “la gran divergencia”, está en el funcionamiento de las respectivas instituciones. En un caso, el de Oriente, instituciones basadas en dinastías consumidoras de recursos, bajo crecimiento y, en el de Occidente, una economía de rápido crecimiento, una sociedad civil muy activa organizándose, un gobierno meno interventor y unas relaciones impersonales reguladas por la ley incluyendo los derecho de propiedad, la justicia y, al menos en teoría, la igualdad. De este modo se pasaba de un estado natural de cosas muy frágil a uno más maduro y abierto para las relaciones entre elites. Era un paso intermedio hacia una sociedad completamente abierta como la que disfrutamos ahora, que son resultado de las dos conmociones del siglo XVIII: la revolución americana y la francesa, que abrieron las posibilidades a todos.

Fukuyama establece que las tres condiciones para esta sociedad son: un estado fuerte, la subordinación del Estado a la ley y la responsabilidad del estado con todos los ciudadanos. Acemoglu y Robinson consideran que la clave entre países fallidos y países con éxito reside en contar con derechos políticos activos que permiten el acceso de todos a las oportunidades de económicas, pasando de tener instituciones extractivas (parasitarias) a tener instituciones inclusivas (proactivas). Ferguson cita a Hernando de Soto y a su experimento relatado en el libro The Mystery of the Capital acerca de cuánto tiempo se necesita en Perú para montar un negocio o construir un edificio. Estas dificultades obligan a que los pobres sobrevivan fuera de la ley. Lo que genera propiedades ilegales que se pueden considerar capital muerto, por no entrar en el juego financiero que posibilita la actividad económica. Energía financiera que no es utilizada condenando al país a la pobreza crónica. Ferguson, también utiliza el caso de Tarek Bouazizi, el joven tunecino al que se le expropió su carrito con viandas que era su única forma de vida. Tarek se quemó enfrente de la comisaría y fue el fulminante de la revolución de Túnez que expulsó al presidente Zine Ben Alí y a su régimen. Tarek tampoco podía usar su casa como garantía para emprender un negocio mayor porque no tenía escritura. Si el estancamiento de las instituciones de estos países provoca el estancamiento económico, es razonable pensar que la revolución inglesa de 1688 fuera clave para romper con las restricciones de la actividad económica en Inglaterra que imponían élites ociosas dedicadas a parasitar a la población comerciante y trabajadora. La liberación trajo la mejora de la agricultura, la expansión del imperio y la revolución industrial.

Si todo esto es cierto, Ferguson cree hay que convenir con Adam Smith que el actual estancamiento de Occidente debe tener explicación en una degeneración de sus instituciones. Y que el éxito de Oriente reside en haber copiado con provecho el funcionamiento de las instituciones occidentales. El primer país fue Japón nada más acabada la II Guerra Mundial y, aún, bajo el control político de los Estados Unidos. Así, bromea Ferguson, los países orientales se “han bajado” las siguientes aplicaciones:

  1. Competencia económica
  2. Revolución científica
  3. Los derechos de propiedad
  4. Medicina moderna
  5. Sociedad de consumo
  6. Ética del trabajo

Han añadido una burocracia eficiente y cuentan con una enorme fuerza de trabajo bien formada. Véase la impactante diapositiva que sigue:

Ferguson 13

Como se puede ver por el informe PISA, los hijos de la clase trabajadora china tiene mejor puntuación en matemáticas que los hijos de las elites profesionales de Estados Unidos.

Ferguson rechaza el argumento de que la crisis de 2007 se deba a la desregulación que empezó con Ronald Reagan y remató Bill Clinton anulando la Glass-Steagall Act de 1933 (surgida de la Gran Crisis de 1929), dejando las manos libres para que los bancos comerciales se dedicaran a la fantasía financiera provocando y favoreciendo el endeudamiento público y privado al salir al mercado a la aventura gran parte de los depósitos de los contribuyentes. Así se acabó con la era de los bancos aburridos para pasar a la de los bancos temerarios, según afirma Paul Krugman el economista Premio Nobel.

Ferguson, aunque declara no querer lavar la cara de los bancos, considera que esta historia de la desregulación está muy equivocada. El primer argumento es que la caída de los bancos Lehman Brothers y Bear Stearns se habría producido igual con la Ley Glass-Steagall, porque eran bancos financieros. También rechaza que el crecimiento de la productividad en la posguerra se debiera a que los bancos comerciales estaban bien atados. Reconoce que hubo un gran crecimiento, pero que la mayor velocidad se alcanzó tras la llegada al poder de Reagan. En lo que, seguramente, algo tuvo que ver la mejora en la educación y la innovación tecnológica, además de la incipiente globalización. Ferguson rechaza la relación control bancario-crecimiento y la relación descontrol bancario-crisis. Él cree que la desregulación no es mala, pero la mala desregulación sí, especialmente si va acompañada de malas decisiones monetarias y fiscales, como demostró la crisis de los años 70 y la de los años 2000. Ferguson, sorprendentemente piensa que la crisis de 2007 se debe a un exceso de regulación y decisiones perniciosas y da tres razones:

  1. se incentivó con participaciones a los ejecutivos de grandes bancos de propiedad pública para que aumentaran el valor de las acciones de sus instituciones. Naturalmente, el camino que utilizaron fue el de maximizar el tamaño de las actividades de los bancos en relación a su capital.
  2. Se autorizó desde 1996 a fijar los requisitos de sus capitales sobre la base la estimación de sus riesgos internos. Evaluación que se confió a agencias privadas de rating.
  3. Los bancos centrales, liderados por la Reserva Federal, desarrollaron una peculiar doctrina monetaria, según la cual debían intervenir bajando los intereses si los precios de los activos bajaban con rapidez, pero que no debían intervenir si subían bruscamente, siempre que no afectara a la inflación. De este modo los bancos centrales se auto-excluían de un brusco calentamiento de la economía que llevara a una burbuja. Se suponía que sólo había que preocuparse de los precios del consumo, pero, por alguna oscura razón, no de la inflación de los precios de las viviendas.
  4. El Congreso de los Estados Unidos aprobó una legislación para incrementar el porcentaje de ciudadanos de bajos ingresos que eran propietarios de sus viviendas,. Con ello, produjo una distorsión del mercado de las hipotecas con la intervención de las agencias inmobiliarias oficiales (Fannie Mae y Freddie Mac). Un impulso por razones sociales y políticas para que familias de bajos ingresos se comprometieran al pago de créditos a largo plazo.
  5. El gobierno chino que gastó billones de dólares para prevenir la apreciación relativa de su moneda respecto del dólar. Lo que hizo para que los productos chinos fueran altamente competitivos en los mercados occidentales. La consecuencia no prevista fue proporcionar a los Estados Unidos de una línea de crédito enorme que favoreció una burbuja en el mercado inmobiliario.

De todo este proceso solamente es atribuible a la desregulación, según Ferguson, el mercado de derivados como los Swaps, que la agencia de seguros AIG, a través de su oficina de Londres, vendió en enormes cantidades. Pero, Ferguson no considera a esta iniciativa la primera causa de la crisis, porque los bancos son la clave de la crisis y los bancos, según nuestro autor, estaban regulados.

En su opinión, el daño hecho por los derivados no debe llevar a la eliminación de los inventos financieros, del mismo modo que no se debe eliminar a Amazon por las consecuencias que tiene sobre las pequeñas librerías. Ferguson cree que la innovación financiera no debe ser parada por la regulación financiera. Los legisladores y reguladores actuaron con indiferencia provocando consecuencias inesperadas. Tiene razón Ferguson en hacer reproches a los legisladores, porque en las audiencias que se celebraron en el Congreso de los Estados Unidos los ejecutivos involucrados pudieron aguantar el fuego graneado de los comisionados con rostro de cemento con la única frase de “no será ético, pero es legal“. Puede uno imaginarse las risotadas en privado desde cualquier resort caribeño. Pero insiste en que no es una cuestión de regulación financiera, pues ya Adam Smith en 1772 la propuso. Por eso, cree que la cuestión no es si se necesita más regulación, sino “Qué tipo de regulación financiera funcionará mejor“. Citando a Karl Kraus en su irónica definición del psicoanálisis, dice que “la regulación financiera es la enfermedad que pretende ser el remedio“. También cita John Mark, ex-jefe ejecutivo de Morgan Stanley que dijo a los legisladores: “No podemos controlarnos a nosotros mismos. Ustedes deben entrar y tomar el control en Wall Street“.

Esta pasión por la regulación la atribuye Ferguson a los enemigos del Estado de Derecho y uno de ellos es una mala ley y, Ferguson cree, la sobreactuación legislativa después de la crisis es la prueba. Páginas y páginas, reguladores y reguladores en una intrincada trama que no garantiza que se pueda evitar la próxima crisis. Ferguson no entiende cómo se compatibiliza limitar los préstamos que dan los bancos con la recuperación económica.

Si Darwin extrajo su teoría de la selección natural de la lectura de Malthus está por ver, pero, como dijo Bagehot: “La ruda y vulgar estructura del comercio inglés es el secreto de su vida; porque contiene la tendencia a la variación, que, tanto en el reino social como en el reino animal, es el fundamento del progreso“. La innovación es una mutación y no puede ser impedida, si no la vida social se paralizará y pronto acudirán las élites extractivas a vivir en la holgazanería a costa de los demás, como Smith pronosticó. La regulación post-crisis no puede abarcar toda la complejidad del sistema financiero moderno para atarlo de pies y manos. Ni siquiera es deseable. La solución que da Ferguson la basa en las reflexiones de Walter Bagehot en 1873, según las cuales la complejidad del sistema financiero de Londres era tal que iba acompañado de una gran fragilidad, porque se basaba y,  todavía se basa exclusivamente, en la confianza de un ser humano sobre otro. Confianza que cuando desaparece bruscamente por razones desconocidas, un pequeño incidente puede dañar al sistema y uno grande destruirlo. Un sistema que no tenía más paracaídas que el Banco de Inglaterra, una entidad con la mayor cantidad de capital ocioso del país. Hoy en día, ocurre del mismo modo. Todo los actores económicos están comprometidos y su fortuna va y viene. En caso de catástrofe ninguno puede ocuparse del conjunto. Por eso Bagehot propone que, en caso de crisis, el banco central debe poner liquidez a disposición de los actores económicos pero a un alto interés, para que sólo lo tomen los que realmente lo necesitan. Justamente lo contrario que se ha hecho en la crisis del 2007, que se optó por dinero barato casi a cero interés. También se ha despreciado lo que Bagehot dijo acerca de que al frente de los bancos haya gente con gran experiencia en tratar con los mercados de valores. Y en especial al frente del Banco Central, donde debe haber alguien experimentado y “aprehensivo” para que intervenga cuando vea que crece el crédito demasiado o sube en exceso el precio de los valores. También debe contar con suficiente libertad (latitude) para fijar requisitos de las reservas, tasas de interés y flujos de las compras y ventas de valores en un mercado abierto. Todo ello sazonado un buen conocimiento de la historia de las finanzas para prender del pasado. Sin olvidar, añade Ferguson, que quien transgreda las normas debe pagarlo caro. Los que ponen el énfasis en las desregulación como causa de la crisis, deben tener en cuenta, también, el clima de impunidad reinante, que procedía, no de la desregulación, sino de la ausencia de castigo.

Siempre habrá codiciosos alrededor de las actividades bancarias. Pero cometerán fraude si saben que no hay ni vigilancia, ni castigo. El fallo en aplicar la regulación, es decir, la ley, es uno de los aspectos más perturbadores desde 2007. El número de los que han pagado con cárcel sus tropelías es ridículamente bajo. He aquí de nuevo las cuestión de las instituciones que, si funcionan mal, todo va mal. Ferguson cita a Voltaire cuando dijo que “Los británicos ejecutan, de vez en cuando, a un almirante para que los demás tomen nota“. Si los banqueros pueden impunemente transgredir las leyes delante de los ojos de los reguladores, no hay esperanza. Pone el ejemplo de Angelo Mozilo que fue penalizado con 67,5 millones de dólares por fraude en las hipotecas cuando había recibido 522 millones durante su gestión como CEO de su empresa (Countrywide Financial). Y esto no puede consentirse. De modo que ni exceso de regulación, ni impunidad. El mundo financiero funcionará mejor y será menos frágil con reglas sencillas y dureza en su aplicación.

Las pistas de la degradación de las instituciones que denuncia Ferguson son:

  • La ruptura del pacto intergeneracional expresado por la deuda pública y privada de los países. En azul el incremento en impuestos para corregir la situación y en rojo el recorte en gastos necesarios para el mismo fin.

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  • Excesiva complejidad y reglamentación de la actividad, que se traduce en lentitud de la activación de iniciativas.
  • La complicación del entramado legal por la acción de los abogados. Rule of lawyers vs. Rule of law. Adviértase en la figura inferior el incremento en el número de páginas legales en los últimos 100 años.

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  • Declinación de la sociedad civil, en forma de menor interés en el apoyo del voluntariado. Este es un punto muy relevante, pues como dijo Raúl Guerra Garrido, “Hay más trabajo que puestos de trabajo“. Como se ve en la figura inferior hay una caída importante de la contribución del voluntariado en tareas sociales.

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Todos estos parámetros están en su peor momento y, por eso, sufren las instituciones y si sufren, sufre toda la sociedad. En particular discute el reproche de elitista que se hace a la existencia de clubes privados y a la existencia de colegios privados. Está de acuerdo en la existencia y proliferación de colegios públicos, pero considera que ésto tiene un límite, especialmente en sociedades donde la formación general es universal. Pero cree que el monopolio de la educación tiene los mismos problemas de cualquier monopolio: la caída de la calidad debido a la seguridad que proporciona y la ausencia de competencia. No debe costar trabajo, incluso cuando se perjudica a las propias coordenadas ideológicas, reconocer la contribución de instituciones educativas privadas al elevar los niveles de calidad. Ferguson no pone al sistema público frente a la existencia de instituciones privadas. Cree que deben existir ambas.

En la figura inferior hay una medida subjetiva de la percepción de la confianza en las instituciones norteamericanas.

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Ferguson concluye con una matriz interesante, que propuso el, afortunadamente, olvidado Secretario de Estado de George W. Bush Donald Rumsfeld. Ferguson aportó una más. Se trata de formas de información con que se cuenta o se puede contar:

  • Conocimiento que se sabe que se tiene (known knowns)
  • Conocimiento que se sabe que no se tiene (known unknowns)
  • Conocimiento que no se sabe que no se tiene (unknown unknowns)
  • Conocimiento que no se sabe que se tiene (unknown knowns) (aportación de Ferguson)

LO QUE SABEMOS QUE SABEMOS

Somos conscientes de saber, porque no va a cambiar en un futuro razonables:

  • La distribución de la inteligencia de los seres humanos
  • Los sesgos de la mente de las personas
  • El crecimiento de la población
  • Las reservas de metales y tierras raras
  • La difusión de la tecnologías
  • El aumento de la población urbana por la ventaja de su economía de escala

LO QUE SABEMOS QUE NO SABEMOS

Aquí, Ferguson, sitúa las reservas de minerales y recursos en el planeta, así como la nueva tecnología que ha de llegar en el ámbito de lo que sabemos que no sabemos. También sabemos que no podemos conocer el impacto de las crisis sobre los precios de las materias primas en el futuro. Del mismo modo, también sabemos que no sabemos los desastres naturales que pueden llegarnos en cada momento. Sin embargo, sí sabemos que el número de víctimas crece con la concentración urbana.

LO QUE NO SABEMOS QUE SABEMOS

Lo que no sabemos que no sabemos es un ámbito que por su propia naturaleza impide cualquier pronóstico, pero lo no sabemos que sabemos tiene que ver con la ignorancia de los que toman decisiones sobre lo que la historia nos enseña. Por ejemplo, acerca de las burbujas de los precios de los valores, la corrupción política, la desigualdad de ingresos o la indecisión para abordar la inflación para prevenir una crisis económica. En el ámbito político se sabe que la subida de los precios de los alimentos básicos, la existencia de un amplio segmento de jóvenes, la existencia de una clase medias emergente, una ideología destructiva, un régimen antiguo y corrupto y la debilidad del orden internacional producen disturbios como los que se pueden observar en Oriente Medio.

LA DEUDA, LOS VIEJOS Y LOS JÓVENES

La situación actual de falta de perspectiva ha derivado en un aumento de las deudas de los países occidentales, pues piden dinero prestado para gastar lo que no han ganado previamente en capacidad productiva. Parece claro que un problema como el de la desigualdad dentro de un mismo país, salvo que se traduzca en disturbios, pasa a ocupar un lugar secundario en los problemas de nuestra área geoestratégica, en opinión de Ferguson. También cree que ni la austeridad, ni los estímulos monetarios son la solución, pues las razones son más profundas. El enfoque institucional tiene la ventaja de que no deja la solución en la mano invisible del mercado, sino que apela a acciones voluntarias de carácter educativo, axiológico y político que pueden cambiar el signo de la actual decadencia.

Deuda 2016

Ferguson interpreta la deuda dramáticamente como que las actuales generaciones de votantes viven a expensas de aquellos que, son demasiado jóvenes o incluso no han nacido. Él estima que a precios actuales, la diferencia entre las obligaciones actuales y los ingresos del futuro homogeneizados es de 200 billones de dólares (unidades europeas), lo que tendrá dramáticas consecuencias sobre los impuestos y los gastos públicos del futuro. Para corregir la situación se ha estimado que se necesitaría un incremento de los ingresos por impuestos del 64 % o un corte del 40 % de los gastos del estado. Esta idea ya la había anticipado Edmund Burke en su libro Reflections on the Revolution in France de 1790:

“La sociedad es, desde luego, un contrato… no sólo entre aquellos que están vivos, sino entre los vivos, los que han muerto y aquellos que todavía han de nacer”

Ferguson cree que el gran desafío actual de las democracias maduras es cómo restaurar el contrato social entre generaciones. Un contrato, por cierto, que nunca fue explícito cuando la explotación de la población era groseramente insoportable. Es decir cuando los grandes capitales se acumularon en el siglo XIX y principios del XX. Después la productividad generada por la tecnología ha pacificado las tensiones aunque no haya paliado la desigualdad. En su opinión la igualdad económica no es una meta realista. La ambición humana es un motor del que todavía no se puede prescindir. Haciendo una caricatura, si todo el mundo quiere ser funcionario, el estancamiento y retroceso están garantizados.

Los países europeos están padeciendo déficits a largo plazo que no pueden ser eliminados por la oposición de los votantes a los recortes que supondría. Sería muy raro que el crecimiento de los países occidentales no sufra el efecto de deudas públicas por encima del 90 %. ¿Qué salidas hay? Una es de improbable aplicación. Serían los políticos convenciendo a la población de jóvenes y especialmente mayores de una política fiscal más responsable. En opinión de Ferguson se oculta o disimula este tipo de información sobre el pasivo de las naciones, por lo que no se toman las decisiones adecuadas. Propone la publicación del balance de la nación. Una hoja en la que se compruebe el pasivo y el activo del país. De esa forma, nuestro autor cree que quedaría claro cuando un déficit es para la inversión y cuando es para el consumo. Esta transparencia permitiría comprobar el estado de la cuestión intergeneracional. De no pararse la actual situación pronostica que se producirá una espiral en la que se empieza perdiendo la credibilidad, continua con el aumento del costo de los préstamos y se acaba obligados a imponer unos recortes salvajes y altos impuestos en el peor de los momentos, consiguiendo al mismo tiempo entrar en bancarrota con alta inflación. Una tercera opción es el caso de japón que tiene bajo costes de interés para su enorme deuda por el miedo de los acreedores a perderlo todo. Pero esto tiene un precio y es la ausencia de crecimiento en largos períodos. Es el estado estacionario que describió Adam Smith. Ferguson cree que la democracia no puede salvar a Occidente de la decadencia por el egoísmo y la ignorancia financiera de los votantes que culpan a los bancos y exigen más regulaciones sin moderarse ello mismo cuando corre el dinero fácil.

Decir deuda es decir que se deja para el futuro el pago de lo que se ha consumido hoy. Por tanto, Ferguson considera que Occidente está en plena decadencia económica porque está altamente endeudado, lo que para él significa decadencia política y social. Cree que incluso con cortes radicales de gastos de los estados es difícil parar los déficit. En estos momentos la deuda global de los países endeudados es de 50 billones de dólares. lo que equivale al 65 % del PIB mundial. La deuda Externa (tanto pública como privada) de Estados unidos es de 18,6 billones de dólares y la de china de 1,6 billones de dólares. La española es de 2 billones de dólares. Cada americano debe 57.000 dólares; cada chino 1100 y cada español 44.000 mil dólares.

FINAL Y RESUMEN

Ferguson cree que no hay que esperar un milagro de la tecnología y manifiesta su pesimismo por el mal uso que de ella pueden hacer los que son radicales, si no directamente locos. Los imperios retroceden cuando la violencia alcanza un determinado punto y no faltan pronósticos al respecto en el mismo corazón de los Estados Unidos. Pero sobre todo concluye que la decadencia tiene que ver con el estado estacionario de los países como Adam Smith pronosticó. Y ese estancamiento tiene que ver con la degeneración de las leyes e instituciones hasta el punto de que la elites extractivas se imponen a los procesos económicos y políticos. La deuda pública es una expresión de la forma de que los vivos explotan a los que han de vivir y los viejos a los jóvenes. La regulación de la economía es disfuncional. Los abogados se han convertido, de dinamizadores, en parásitos y, finalmente la sociedad civil se ha retraído por los intereses de las grandes corporaciones. Estos son los parámetros de la Gran Degeneración.

Este vídeo es una conferencia de Ferguson en Chile en la que guión es el libro que aquí se glosa.

 

 

 

Meditaciones sobre el dinero y la confianza.

Después de la lectura del magnífico libro de Niall Ferguson The ascent of money no se puede evitar hacer algunas reflexiones que espero sean de interés. Es el resultado de la asimilación y transformación que cualquier contenido sufre, una vez que entra en la trama de patrones mentales de cualquiera de nosotros. Vamos allá.

Los nacidos en 1950 hemos vivido, que sepamos, tres crisis económicas con entidad suficiente para que la prensa no especializada las incluyera en el menú. Una fue la del petróleo en los años setenta, otra la de las tecnológicas en los años noventa y la de las hipotecas subprime en los 2000. Crisis que llenaban los medios de información de terminología sofisticada y oscura para el común. De ahí el interés del libro de Ferguson, porque hace un esfuerzo con éxito para que comprendamos las distintas herramientas con las que la imaginación de los hombres de negocios ha ido complicando, pero, al tiempo, favoreciendo el flujo de dinero de unas actividades a otras, pasando por los bolsillo de los más avispados. La mayoría de ellas se inventaron antes de que las ideologías, que son un asunto del siglo XIX, valorasen en positivo o negativo su existencia. Las más sofisticadas herramientas han surgido en las últimas décadas y juegan un papel más dudoso en el universo de las inversiones con sentido práctico, salvo que se considere que son formas de hacer dinero para, luego, aplicarlo de forma más directa.

Para entender el proceso haré la siguiente clasificación:

  1. Procedimientos para dar crédito (financiación)
    • Bancos
    • Bonos
    • Acciones
    • Ampliación de capital
    • Hipotecas
    • Impuestos
  2. Procedimientos para asegurar riesgos
    • Seguros
    • Reaseguros
    • Bonos de catástrofes
    • Fondos de cobertura
    • Opciones
  3. Patologías financieras
    1. Estafas piramidales
    2. Burbujas
    3. Acciones Preferentes
    4. Derivados
    5. Mercados secundarios

Hay que decir que los inventos financieros, en general, son acumulativos, pues se van superponiendo cubriendo antiguas y nuevas necesidades de financiación o de cobertura de riesgos. La actividad económica se dinamizó extraordinariamente en el siglo XV con la apertura de vías comerciales con Asia y la llegada masiva de oro y plata tras el descubrimiento de América. En una primera fase, la falta de dinero en metálico favoreció la existencia de préstamos y, para ello, se necesitaba quien previamente lo hubiera acumulado. Una acumulación que requería de la violencia para la apropiación. Así, los Medici, antes que políticos fueron, primero, gansters, criminales y, después, prestamistas evolucionados a banqueros. Los prejuicios religiosos favorecieron que los judíos se especializaran en el préstamo con interés, haciendo posible el mito de su poder y miseria. El siguiente invento financiero fueron los bonos, que surgieron de las necesidades de financiación de los estados. Con este método los gobernantes financiaban su actividad a cambio de una renta a los tenedores de los bonos. La complejidad creciente de las actividades navieras llevó a la creación de grandes compañías cuyo mantenimiento requería de grandes capitales y dieron lugar al invento de las participaciones o acciones que repartían la propiedad de la empresa. Después llegaron en cadena nuevas formas que aumentan las posibilidades y los riesgos que cuenta magistralmente Ferguson en su libro.

El préstamo presupone acumulación, primero, e interés en incrementar el capital mediante el cobro de intereses a prestatarios en los que se confía, después. Prestatarios que, en general, busca el préstamo para emprender con ideas nuevas o consumir. En cualquier caso, el préstamo es un mecanismo que, desde el momento en que la primera revolución industrial abrió la puerta de la innovación, aparentemente sin límites, puso a las inteligencias más notables a abrir camino en las matemáticas, física y sus aplicaciones tecnológicas, un proceso que aún continúa. Además, los servicios públicos hacen necesario que los estados emitan bonos como formas de financiar sus proyectos pacíficos y bélicos. Con las acciones el accionista presta dinero a la empresa y se encuentra en condiciones de recibir a cambio dividendos; con la ampliación de capital, otros socios entran en la empresa reforzando su capacidad de inversión y, finalmente, con las hipotecas se hace posible el rasgo más potente del estado de bienestar: que gente ordinaria tenga acceso a la propiedad. Los impuestos son, bien que forzosos, un sistema para financiar a los estados. Es complementario de los bonos, pues los estados financian su deuda (déficit acumulado) con éstos.

El seguro, es una forma muy inteligente de mutualizar los costos de los imprevistos de la vida. Todos estamos familiarizados con ellos, aunque algunos están más alejados del interés del ciudadano común. Así conocemos cómo funciona el seguro de un vehículo o nuestra casa contra riesgos de robo, incendio, inundación, etc. Nos parece sensato que entre todos los clientes de una aseguradora paguemos por adelantado los costos de las indemnizaciones de los pocos que sufran algún daño en sus personas o en sus bienes. Pero también las compañías de seguros temen verse desbordadas por las obligaciones de indemnización cuando el riesgo se hace realidad. Por eso, suscriben seguros con grupos aseguradores llamados reaseguradoras que no tiene como clientes a individuos, sino a compañías. Pero, además, cuentan con otro invento para cubrir su potenciales pérdidas. Es un mecanismo sofisticado que nace para cubrir las pérdidas en el casos de catástrofes climáticas. Son los los bonos de catástrofes (cat-fund). Funciona del siguiente modo: la compañía emite bonos con vencimiento establecido. El inversor compra estos bonos y cobra un interés durante un plazo prefijado. Si la catástrofe potencial ocurre en el plazo establecido la compañía se queda con el dinero adelantado y, si no ocurre, el inversor recibe de vuelta el capital entregado y se queda con los intereses cobrados. El mecanismo es como un seguro de un particular a la propia compañía que es “indemnizada” en un cierto sentido por el inversor.  El último modo de asegurarse surge en el ámbito de la agricultura. Son los fondos de cobertura (hedge fund) y permiten al agricultor asegurarse de que cobrará por su cosecha, ocurra lo que ocurra, a precios establecidos en el momento de la siembra. Si la catástrofe no ocurre el titular del fondo cobertura se queda con la cosecha al precio convenido y puede obtener beneficio en el mercado alimentario vendiéndola al precio actual. La opciones son el resultado de la búsqueda de nuevas formas de aseguramiento. En este caso el tenedor de unas acciones se asegura un precio futuro de las mismas y, al tiempo, cobra por ceder el derecho de venderlas al precios de mercado en un determinado momento. Derecho que es transferido al comprador de la opción. En esto se parecen a los fondos cobertura en la agricultura. El proponente le compra al tenedor de unas determinadas acciones el derecho (la opción) a quedárselas transcurrido un determinado plazo, a un precio establecido en el momento del pacto. De este modo si al final de plazo las acciones valen más que el precio pactado, el titular de la opción ganará la diferencia. Hay otras variaciones en las que está en juego no un precio del valor, sino los intereses a pagar por un determinado préstamo. Son un mecanismo inclasificables como financiador o asegurador. Por eso, podrían estar en el apartado de patologías financieras, pues es un juego alejado del funcionamiento material de la economía, que persigue exclusivamente el traspaso de dinero de unos inversores a otros.

Como vemos entre sistemas de financiación y de aseguramiento la actividad humana se proyecta hacia lo nuevo y se protege de los riesgos potenciales. Las compañías y los individuos buscan su beneficio al tiempo que cumplen estas fundamentales funciones económicas. El factor riesgo es fundamental para justificar los beneficios, parte de los cuales van al disfrute de sus propietarios y parte, de nuevo, al flujo de capitales activos puestos en riesgo. Los más certeros hacen fortunas que los llevan a los primeros puestos de la clasificación de la revista Forbes.

Patologías financieras son actuaciones que se pueden considerar usos desviados y, en casos, delictivos de los mecanismos de financiación y aseguramiento. Tres de ellos son conocidos por sus repercusiones sociales cuando salen a la luz o maduran como proceso enfermizo. La estafa piramidal consiste en que una vez convencidos los inversores, generalmente ciudadanos desprevenidos y con poca formación financiera, de que un determinado valor, por ejemplo sellos de correos o un conjunto de valores gestionados por el promotor de la estafa, subirán de precio con el paso del tiempo mientras los inversores cobran intereses por el capital colocado. La estafa se manifiesta cuando el gestor paga los intereses a los socios, no con los beneficios obtenidos en inversiones, sino con el dinero aportado por nuevos socios. Un mecanismo que falla cuando el ritmo de incorporaciones se reduce o la imprudencia de los gestores les lleva a aventuras de difícil salida. Las burbujas son fenómenos de encantamiento en el que inversores veteranos (Bear) e inversores aficionados (Bull) se dejan sugestionar por una atmósfera de subida de precios de determinado valor, financiero o material, y estimulan la producción del mismo hasta que, por unas razones u otras, se desconfía del siguiente escalón de subida y todo el mundo se tira escalera abajo tratando de desprenderse de los valores y retorna su dinero, con o sin beneficios. El problema viene cuando la burbuja es inducida y alimentada con valores dudosos a conciencia por promotores que están atentos a retirarse en el momento adecuado rematando su iniciativa de estímulo con otra de depresión. No sin antes haber asegurado apuestas altamente lucrativas a favor de la caída del valor en cuestión. El caso de la crisis de 2007 es un ejemplo de burbuja inducida, al financiar a insolventes para vender las hipotecas (bien que camufladas en con otros valores) a los supuestos inversores expertos del mundo entero. La acciones preferentes son unos supuestos derechos que adquiere el inversor a cambio de un interés fijo con carácter perpetuo. Fueron emitidas en España para traspasar a los bancos los depósitos de sus clientes más ignorantes de la complejidad del producto. Los derivados son productos financieros complejos que incluyen varios tipos de valores tales como distintos tipos de seguros, hipotecas, etc., cuyo valor complejo depende del valor de sus integrantes. Fue el vehículo utilizado por los promotores de la burbuja inmobiliaria para camuflar las hipotecas sin respaldo que contaminaron todo el universo bancario y financiero mundial. Todos las actuaciones de financiación y aseguramiento dejan un rastro documental que permite la creación de un mercado secundario en el que ya no venden seguros o bonos emitidos por compañías o estados y se hacen hipotecas con un banco que la retendrá hasta su liquidación, sino que se venden una y otra vez los documentos que acreditan tales operaciones en la confianza de su revalorización misteriosa. Así un propietario de vivienda no sabe si su hipoteca está en la sucursal bajo su casa o en un banco japonés, al que el primero se la vendió. Sin embargo, un inversor profesional si sabe que puede negociar con acciones o bonos de estado porque hay un mercado donde comprar y vender estos valores. Esta actividad de segundo nivel está alejada de las necesidades de financiación que ya quedan satisfechas con las operaciones desencadenantes. Son juegos especulativos en los que los factores coadyuvantes son altamente inseguros y que sólo juegan aquellos que manejan grandes fondos (normalmente ajenos). Su propósito es buscar beneficio a base de crear o sufrir expectativas de revalorización.

FINAL

La mayoría de los disgustos económicos que se producen entre la gente que se dedica a trabajar cada día le vienen de aquellos que dedican, ese mismo día, a la especulación con mecanismos sofisticados de manejo de valores que, cuando caen, arrastran a la economía real. El tráfico de capitales y valores es consustancial a la actividad económica por su capacidad de dinamizar y cubrir riesgos. Pero, en cuanto los responsables de ordenar ese tráfico (legisladores y controladores como los bancos centrales) dejan de controlar y pasan a pensar en el fin de semana, se ponen las bases para que los tiburones salga a la caza de incautos. Siempre sorprende que en un momento determinado la cadena de confianza se rompa porque alguno de los actores filtra valores tóxicos en la corriente del tráfico financiero y, además, se aseguran contra el hundimientos de esos mismos valores,  para ganar dinero a la entrada y a la salida. A pesar de estas catástrofes, el mundo financiero se ha interesado por apoderarse de los depósitos de ahorro de la gente normal, pues les debe parecer que están ociosos, incluso, en poder de los propios bancos que son agentes financieros torpes en relación con los gestores de fondos temerarios. Actores que se mueven en el límite de la probabilidad de fracaso. Por eso, continuamente, nos atosigan con preferentes, con suelos de hipotecas o con seguros de mascotas.

Agradezco al libro de Ferguson haberme proporcionado la visión global del complejo proceso que va desde la primaria concepción del dinero como metal precioso a las vaporosas formas que, hoy en día, toma en un mundo globalizado. Porque, en esa cultura general económica, se puede basar una actitud más justa con ese mundo, cuando cumple con su función, y más irritada, cuando se quiebra el fundamento de su existencia: la confianza. La confianza en la cultura judía es equivalente a la verdad como promesa de cumplimiento. Etimológicamente es una “fe compartida”. Es la base de la sociedad y de todo compromiso, económico o sentimental. La traición de esa fe es la herramienta del defraudador. Pero para que su delito se consume, es necesaria una época cargada de fe. La lección es que cuando se perciba, en el ámbito económico, un exceso de fe materializada en el ofrecimiento de dinero sin muchas garantías, es que se está preparando la crisis. En esta fase los gobiernos son felices porque todo “va bien” (¿se acuerda?) y colaboran con el disparate . Colectivamente es el momento de llamar a la cordura si no se tiene poder y de ejercerlo si se tiene. Desde luego es el momento de que cada individuo amortice los préstamos en vez de usarlos para comprar y quedarse apalancado (es el término técnico). La fe, la confianza, como casi todo es una cuestión de medida. El exceso de fe atrae a los codiciosos y la carencia atrae a la miseria.

PD.- No se me escapa que hay una economía golfa asentada en lugares, llamados paraísos fiscales, donde se reúnen los traficantes de droga, armas y personas con “pacíficos” evasores de impuestos y blanqueadores de dinero. Otro día.

 

El ascenso del dinero. Niall Ferguson. Reseña (14)

Este libro es un magnífico resumen de los avatares del mundo financiero. Un mundo que llega donde no llega el dinero o, mejor, un mundo que inventa otras formas de dinero. Es el mundo del crédito en el doble sentido de préstamo y reputación. Desde el descubrimiento de américa en el siglo XV, el comercio se multiplicó de tal forma, que no bastaba con el dinero circulante en forma de monedas y se inventó el crédito. Un paso fundamental para el mundo porque así las sucesivas acumulaciones de dinero que el vértigo comercial producía no eran inútiles, sino que permitían prestar el dinero con la esperanza de su devolución. Durante el préstamo el prestatario pagaba un interés y todo el mundo féliz. Pero no sólo los préstamos, sino las seguros, los bonos, las acciones, la opciones, los derivados, las hipotecas fueron sumándose al catálogo de mecanismos, algunos de los cuales ya no eran mecanismos para dinamizar el mundo, sino juegos de azar para enriquecerse en base a la necesidad de los capitalistas de obtener renta que neutralicen el efecto de corrosión de la inflación (subida de precios) y, al tiempo el miedo a perder completamente los capitales invertidos. Es una cuestión muy importante porque este ir y venir del dinero directamente o representado por las distintas imágenes que se han inventado para representarlo, es el modo en que empresas abordan innovaciones o las ideas se materializan. Tampoco falta en este libro una historia de las burbujas y las depresiones que suelen seguirlas, sin dejar en el análisis la más reciente y dolorosa para nuestra época.

Niall Ferguson es un historiador escocés de proyección internacional. Ha escrito numerosos libros sobre el poder político y una biografía de Kissinger, el Secretario de Estado norteamericano que se ocupó de las políticas más siniestras de su país en tiempos de guerra fría en los años setenta. Ferguson es un conferenciante brillante normalmente patrocinado por Think Tank neoliberales. Aunque votó por la permanencia del Reino Unido de la Unión Europea, pronto pasó a decir que se había equivocado y que los correcto era el llamado brexit. Considera que el mundo se ha vuelto muy peligroso y que la políticas liberales no se han extendido tanto como deberían. Quizá piense que queda “mucho socialismo”, como herencia del siglo de prevalencia de las políticas sociales. Es un tipo curioso que se ha divorciado de su mujer, la periodista británica Susan Douglas,  con la que tuvo dos hijos, y se ha casado con la conocida abogada y activista somalí Ayaan Hirsi Alí que está amenazada por algunos islamistas radicales por las campañas realizadas en Holanda. De hecho, tras su película contra el Islam fue asesinado el director, Theo Van Gogh, y ella amenazada gravemente, teniendo que dejar el país.

RESEÑA

El libro está bien escrito y adopta una curiosa estructura. Consiste en poner en orden cronológico el comienzo de cada uno de los instrumentos financieros que identifica, pero desarrollando temporalmente la historia hasta la época actual si aún pervive. Es inteligible para profanos y lo recomiendo por su carácter de realidad subyacente a todos los acontecimientos de la vida práctica con una excepción que nos conviene hacer. Es decir, procuremos mantener todavía el invento romántico del siglo XIX y dejemos a los sentimientos al margen del vértigo económico mientras sea posible.

EL DINERO INGENUO

EL DINERO NO ES METAL

Ferguson comienza recordando que el imperio Inca no usaba el dinero aunque apreciaba los metales preciosas. Así el oro era “el sudor del Sol” y la plata “las lágrimas de la Luna”. Pero estos metales para los españoles de Pizarro era la materia prima para el dinero en forma de monedas. El dinero fue un gran invento que sustituyó la ineficiente permuta de bienes. Las monedas más antiguas fueron encontradas 600 años a.C. en el Templo de Artemisa en Éfeso (actual Turquía). Los romanos contaban con monedas de oro (aureus), de plata (denarios) y de bronce (sestertius). Todavía en el años 800 d.C. se hablaba de las monedas en los términos de denarios. Pero eran tan escasas que la piel o la tierra eran casi sus sustitutos. Buscando y plata se comercializaba con los árabes en madera y esclavos y, finalmente con la guerra. Las cruzadas no fueron un buen negocio. La carencia de oro llevó al problema de las relaciones entre los tamaños de las monedas por la tendencia dividir las monedas para tener submúltiplos en pagos pequeños. Por eso el Descubrimiento acompañado de la búsqueda de oro y plata pareció acabar con la escasez tradicional. Convoyes de hasta 100 barcos con plata llegaban continuamente a Sevilla. Un quinto era para la Corona, pero el flujo proveyó de monedas a toda Europa. El “peso de ocho” o dólar español fue la primera moneda global. Servía tanto para financiar las guerras españolas en Europa como las transacciones con Asia. La abundancia de monedas hizo bajar su valor y facilitó la decadencia del Imperio Español. La inflación hizo que en Inglaterra se multiplicará por siete la forma media de vida. Los españoles no terminan de comprender que el valor del dinero no era absoluto y que la profusión de monedas no hacía un país más rico, sino las mismas cosas mas caras. De hecho hasta el siglo XX en que las monedas se desvincularon del patrón oro, no acabó esta superstición del valor absoluto de alguna forma. Hoy en la época de los bitcoins se entiende mucho mejor. El dinero vale lo que otros quiera dar a cambio.

DINERO ES CERÁMICA O PAPEL

Cuando los hombres quisieron dejar registro escrito de su asuntos, no fue la filosofía, ni la ciencia lo que daba contenido a las tablillas cerámicas de Mesopotamia (1700 años a.C), sino las deudas que surgían en los negocios. Estas notas no se diferencian notablemente de las notas en los billetes de los bancos emisores modernos. En opinión de Ferguson los que el dinero materializa (hoy en día ni eso) es la relación entre deudores y acreedores. Las tablillas cerámicas son libros de registro de préstamos hechos, incluyendo la fecha de devolución. Servían también como pagos al portador y los prestatarios estaban obligados a pagar intereses. En todo caso era un sistema basado (como ahora mismo) en la confianza de que el prestatario acabará pagando. De hecho, en muchos países el término “crédito” proviene del latín “credo”. Y ahí, en el comienzo registrado de los préstamos está ya la clave del dinamismo de la humanidad. El que tiene y presta está dando a otro la oportunidad de crear.

EL DINERO HAY QUE CONTARLO

En un salto que sólo en la fantasía se puede dar, Ferguson pasa al siglo XV en la Italia de los principados en que el Imperio por antonomasia (el romano) se fragmentó, aparece un genio: Leonardo de Pisa, conocido por Fibonacci, quien todavía en el siglo XX “contribuyó” al Modulor de Le Corbusier. Su observación sobre la serie numérica en la que cada número es resultado de la suma de los dos anteriores y su razón un número “mágico” (1,618) que aparece en múltiples formas y relaciones en la naturaleza.  Pero en el mundo práctico Fibonacci acabó con el negocio de los abaquistas que se ganaban la vida haciendo operaciones con números romanos, al introducir los número árabes y el sistema decimal implícito, con los que favoreció todo tipo de cálculos en los intercambios de mercancías y dinero.

LA USURA

La iglesia católica prohibía la usura, por eso Dante crea un infierno literario para los usureros. Se consideraba usura prestar dinero con interés, porque probablemente no se tenía conciencia de limado que el dinero sufre cuando los precios se elevan. El caso es que, como ya se hacía en Mesopotamia, era necesario financiar negocios o consumo y no se aceptaba que una cristiano prestara a otros cristiano, sin embargo en el Deuteronomio del Viejo Testamento, una frase permite prestar a extraños. Por eso Venecia vió en las comunidades de judíos expulsados de España y Portugal una ocasión de para dinamizar su economía y los aceptó a partir de 1516. Asentó a los judíos en una de las islas de Venecia llamada Ghetto (literalmente fundición), porque en ella hubo una antigua fundición. Allí quedaban confinados de noche y en las fiestas cristianas. Eran marcados por una letra amarilla o debían portar un sombrero amarillo. Se les restringieron las actividades a realizar que se redujeron en gran medida a la labor de prestamistas. Dadas las angustias asociadas a la condición de prestatario no es difícil de entender la contribución de estas transacciones al odio al judío (además de la piadosa inquina por la atribución de la muerte de Cristo). Todavía hoy, los prestamistas particulares acuden a suplir la ausencia de dinero en periodos de crisis con altos intereses y fuertes castigos para el moroso.

EL DINERO MADURO

LOS BANCOS

Los Médici fueron el epítome del poder en el Renacimiento y Maquiavelo su biógrafo. Época de guerras con alto grado de ficción encargadas a mercenarios (condotieros) que no siempre tenían ganas de matarse. Pero que había que financiarlas. El origen de su riqueza está en ser prestamistas, que traficaban con dinero literalmente sentados en bancos en las calles detrás de una mesa. De ahí que fueran considerados “banchieris”. Tomaban dinero de la gente a cambio de un interés y prestaban dinero, igualmente con el compromiso de pago de un interés (mayor). Crearon sucursales en Roma y Venecia, Londres y Avignon. También generalizaron un vieja herramienta de pago como eran los pagarés, ante las carencias de dinero metálico. Un sistema que podía burlar la prohibición de cobrar intereses por préstamos de dinero “en metálico”. La acumulación de dinero les permitió no sin dificultad hacerse con el poder de la república florentina. El resto es otra historia. Pronto se extendió la idea de una entidad que se ocupara de normalizar la complicada situación que las transacciones internacionales provocaban con el flujo de muchos tipos de monedas. Uno de los métodos eran el uso de los cheques para realizar pagos respaldados por los depósitos en el Banco. El primero de ellos se creó en Amsterdam en 1609. En estos experimentos iniciales la relación entre el valor de los depósitos y su reservas de oro y monedas, limitando la circulación de dinero mediante la concesión de créditos. El primer banco sueco rompió esa barrera empezando a prestar parte de sus reservas aunque eso le impidiera atender la reclamación de los depositantes, si estos se presentaban todos a la vez, lo que era, siempre que el banco mantuviese su reputación, muy improbable. El paso de reducir la reservas que respaldan los depósitos permitía a los bancos prestar con más facilidad y hacer que el dinero. Ferguson propone un ejemplo basado en una tasa mínima del 10 % de reservas o dinero en los bancos:

Un banco tiene depósitos por valor de 100 unidades dinerarias (UD). Con la tasa del 10 % puede prestar 90 y así procede. El prestatario coge los 90 y los deposita en otro banco provisionalmente. Este otro banco con la misa tasa de reservas presta hasta el 90 % de 90 UD, es decir 81. Ahora se puede ver el efecto. En vez de una cantidad de 100 UD inmovilizada en el primer banco, tenemos una dinámica dineraria de 100 + 90 + 81 =271 unidades dinerarias. Una situación tan interesante para la dinámica económica como frágil en cuanto alguien pierda la confianza. Si se acude al primer banco a pedir las 100 UD, éste tendrá que pedir las 90 UD a su prestatario que, a su vez, tendrá que pedirselos al segundo banco en una cadena de miedo que arruina la cadena dineraria. 

En el ejemplo la primera fase expansiva genera riqueza y en la segunda depresión. Ferguson piensa que los españoles nunca comprendieron cuando las naves llegaban plenas de oro y plata que el dinero no es el metal, sino a la cadena de crédito que surgió en Florencia, Amsterdam y se perfeccionó en Estocolmo.

LOS BONOS

Después de la invención de los bancos, el siguiente avance financiero fue el nacimiento de los bonos. En españa los conocemos como Letras del Tesoro y Bonos del Tesoro, un documento que proporciona al poseedor un interés anual modesto, pero la garantía del estado. Su aparición se sitúa en el norte de Italia hace unos ochocientos años. Hoy en día suponen globalmente unos 18 billones (europeos) de dólares. Todos estamos relacionados con los bonos de un modo u otro. Así el ciudadano que tiene un plan de pensiones debe saber que la financiera o banco donde lo haya suscrito colocará parte del dinero en bonos de un estado. También porque siendo los países grandes una garantía para los compradores, los capitales puestos a disposición de los países proporciona grandes beneficios a todos sus ciudadanos. Si como dijo Heráclito “La guerra es el padre de todas las cosas”, lo es de los bonos. Las ciudades-estado del norte de Italia estaban en continuo conflicto para lo que usaban ejércitos mercenarios que tenían que pagar, por lo que necesitaban financiación. Uno de los más conocidos mercenarios o condotieros fue un inglés llamado John Hawkwood. En Florencia se creó el Monte Común (Monte Commune) en el que obligatoriamente los ciudadanos de Florencia debían colocar dinero para la libre disposición del príncipe de la ciudad. Se pagaba un interés que, para evitar el reproche de la Iglesia, se camuflaba como compensación por los daños en las economías particulares. El resto del capítulo muestra los avatares históricos de los bonos y las guerras que financiaron, destacando la guerra contra Napoleón, que fue financiada por el emergente financiero Nathan Rothschild que con sucursales dirigidas por sus hermanos en las más importantes capitales europeas dominaba la información y, por tanto, las más atrevidas apuestas en el mercado secundario de bonos. Los mercados secundarios son otro invento que multiplicaba la potencia de los bonos. Se activaba cuando el tenedor de bonos los vendía a un tercero, puestos que eran documentos al portador. Una operaciones que permitían grandes ganancias y grandes bancarrotas. No menos interesante es la historia de la financiación de los confederados en la Guerra de Secesión norteamericana y su importancia decisiva en el curso de los acontecimientos. Sudamérica las recién independizadas repúblicas pronto entraron en el mercado de bonos para financiar sus estados, una vez rotas las relaciones con la metrópoli española. Pero pronto aprendieron el escaso coste que en las primeras ocasiones llegaba a tener el declararse insolventes. Lo que obligó a los países de los tenedores de bonos tan importantes como Gran Bretaña, Alemania, Italia a operaciones tan contundentes como bloquear los puertos de Venezuela en 1902. No menos enérgicos se mostraron los norteamericanos con sus cañoneras para defender los intereses de sus inversores los países del Caribe. La segunda parte del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX generalizó la figura del rentista que con grandes fondos en bonos del tesoro cobraban de forma periódica los intereses. Una bonanza que financió la Belle Epoque y se desplomó con la Gran Guerra en 1914.

Según Ferguson lo que ocurrió durante y después de la guerra (además de matarse unos a otros) fue un fenómeno de inflación por exceso de dinero producido por la necesidad de los estados de acudir a los bancos centrales para que le compraran bonos del tesoro, lo que aumentó el capital circulante y el precio de las mercancías. No lo hizo por igual en todos los países, pues en Alemania fue mucho peor, pues no tuvo acceso a los mercados internacionales de bonos para colocar los suyos y en cuanto consumió el dinero de los inversores propios empezó a tener problemas de financiación de las actividades bélicas. Ferguson le discute a Keynes que los problemas financieros de Alemania tuvieran origen en las condiciones impuestas en Versalles y se acoge a la explicación monetaria de Friedman. La inflación es el modo más innoble que tienen los gobiernos de quitarle riqueza a sus ciudadanos. Como es un fenómeno monetario, basta con inundar de dinero el mercado para que las mercancías se encarezcan, el dinero vale menos y pagar las deudas públicas es más barato cuando vencen los plazos de los bonos del tesoro. En Argentina llegó a agotarse el papel para seguir fabricando billetes en 1989.

ACCIONES Y BURBUJAS

El siguiente invento para el progreso del dinero, lo fija Ferguson en la aparición de las empresas que unían a inversores para limitar la responsabilidad. Estas empresas emitían acciones que eran compartidas por los socios, cuya responsabilidad se limitaba al valor de esas participaciones. Los problemas empiezan en el mercado secundario es esas participaciones que son compradas y vendidas todos los días generando expectativas que pueden pasar de la normalidad a la euforia y la manía a la depresión. Es un mercado volátil en el que, de vez en cuando, aparece el fenómeno de las burbujas. Los compradores de un trozo de una compañía están apostando por la expectativa de que la empresa y sus acciones valdrán más en el futuro. Para que se den las burbujas tiene que fluir el dinero de país a país y debe haber crédito fácil, lo que involucra en este fenómeno a los bancos centrales. Las burbujas son el mejor ejemplo de que el ser humano no aprende de sus errores. Burbujas famosas citadas y descritas con todo detalles es la de la Compañía de Indias Holandesa (VOC) en 1598 y la que dirigió hasta su fracaso John Law. La primera tuvo tanto éxito al principio que favoreció la relación entre la tenencia de acciones de la empresa como garantía para realizar préstamos. El siguiente paso fue prestar dinero para comprar acciones creando otro tipo de economía en el que las mercancías y la tecnología asociada pasaba a un segundo plano, pues el tráfico de acciones se convertía en una cuestión de supersticiosas intuiciones e ilegales transmisiones de información privilegiada para las operaciones de compra y venta de valores. Había aparecido una economía que seguía sus propias reglas y lógicas. Entre ellas la guerra como herramienta. Jan Pieterszoon Coen llegó a decir ” no podemos hacer la guerra sin negocios ni negocios sin guerra”. En 1650 las acciones de VOC valían siete veces el valor original. En 1794 se hundió. Fue una burbuja gradual al contrario que la de los tulipanes en 1636. John Law creó una burbuja perfecta (casi una estafa piramidal) en su afán de enriquecerse y financiar a la corona francesa de Louis XV. De hecho se considera como la primera burbuja basada en expectativas no bien fundadas, sino creadas como ficción desde el principio. Creó la Compañía del Mississippi y la envolvió (en tiempos donde la información no fluía) en un emporio ficticio que llevó a los inversores de todos tipo a pelear por poseer acciones subiendo su precio espectacularmente. El hundimiento fue en 1720 y Law tuvo que huir. Francia cayó en una depresión que creó las condiciones de la Revolución en 1789. Después han habido sucesivas burbujas de la Bolsa que se manifiestan con caídas bruscas cuando nadie las espera, debido a que un día es suficiente para que tirando de un hilo se deshaga todo el pullover. Las dos más recientes fueron el crash de 1929 y la burbuja de las tecnológicas en los años 90. Otras han sido verdaderas estafas localizadas en empresas que son capaces como John Law de hacer creer a los inversores que su ascenso es imparable y eterno. Un caso ejemplar fue el de la compañía Enron en 2001.

MECANISMOS DE ASEGURAMIENTO

SEGUROS

La vida está ofreciendo continuamente circunstancias en las que individuos aislados o colectividades enteras sufren catástrofes que los enferman o arruinan. Si ahorrar para estar preparado para un eventual desastre es prudente, no siempre es posible alcanzar las cantidades que se requieren por sí solo. De ahí la necesidad de mutualizar los costos de una desgracia, pagando mucho y recibiendo sólo los que padecen. Aunque en el siglo XIV ya aparecen en algunos documentos menciones a operaciones de aseguramiento de mercancías, el invento de las pensiones en el sentido moderno fue de dos clérigos escoceses que quisieron que las viudas de los religiosos, que quedaban a su muerte en la miseria más absoluta, contaran con un pensión. Para ello crearon un sistema de pagos periódicos en vida de todos los clérigos acumulando un capital que permitía ocuparse de las familias a la muerte de los padres. En el siglo XVII el incendio de Londres, que destruyó 13000 viviendas puso en la pista a Nicolás Barbon de los seguros contra incendios y en la cafetería de Edward Lloyd se empezó entorno a 1670 a generar un mercado de seguros de navegación. Lloyd alcanzó tal nivel que en filo de la I Guerra Mundial tenía asegurados a la marina mercante de su enemigo. Los seguros de vida existen desde el medievo. Pero el desarrollo del concepto de riesgo y el uso de las probabilidades y la expectativas de vida en los cálculos actuariales pusieron las bases científicas del establecimiento de las primas. La expansión en la segunda mitad del siglo XIX de las ideas filantrópicas y la amenaza que el socialismo suponía para el régimen de imperios y monarquías con fundamento económico liberal, activó en 1880 de la mano del padre de la Alemania unida Bismarck, el primer mecanismo de aseguramiento de riesgos relacionado con la enfermedad y la vejez que alcanzó la escala del llamado Estado de Bienestar en el siglo XX y que hoy se está tratando de minar. Bismarck era coherente con sus ideas pensaba que si en las democracias también votan los pobres, se necesitan estímulos tangibles para obtenerlos. Los británicos siguieron el ejemplo en 1908. El economista socialistas Beveridge preparó el esquema que se aplicó en la posguerra de la II Guerra Mundial. Un sistema que, según, Churchill cubría “de la cuna a la tumba”. Los estados se hicieron cargo porque en los períodos de guerr el mundo era demasiado peligroso para que las compañías privadas se hicieran cargo de asegurarlo. Pero el sentido de asegurar todo tipo de riesgos se había extendido tanto que con un equilibrado reparto, estados y compañías privadas cubren hoy en día todo tipo de riesgos. Un concepto que no se discute en sus objetivos, pero sí en los términos del reparto público-privado. Los partidos conservadores creen que lo que empezó como un sistema de aseguramiento a cargo del estado ha degenerado en una apropiación vía impuestos de capitales que le quitan dinamismo a la economía e, incluso, podría llegar a paralizarla. El experimento que a mayor escala ha intentado acabar con el estado de bienestar ocurrió durante la dictadura de Pinochet de la mano de José Piñera y los Chicago Boys educados con Milton Friedman. El cambio fundamental consistió en sustituir el sistema de pensiones, basado en que los trabajadores activos pagan las pensiones de los inactivos, por uno de capitalización en el que cada trabajador suscribe un plan de pensiones privado. El libro cuenta los detalles del experimento y las crónicas actuales el estado de satisfacción de los trabajadores que con el dinero en el bolsillo decidieron auto asegurarse. La economía de Chile se benefició de esa acumulación de capital en manos privadas. Está por ver la calidad de las pensiones  de los que suscribieron aquellos seguros.

DERIVADOS

LOS FONDOS DE COBERTURA (Hedge funds)

No acaba aquí los tipos de coberturas que la imaginación ha activado, más allá de los seguros y el estado del bienestar, para cubrir los golpes que nos esperan en el futuro. El último en llegar a este catálogo son los Fondos de Cobertura (Hedge Funds). Su origen conceptual llega de la agricultura en la que la incertidumbre sobre el trato que el clima puede dar a la cosecha, creó un mecanismo de aseguramiento que consiste en comprometer con un distribuidor, en el momento de la siembra, el precio al que se comprará la cosecha en el futuro cuando esté lista para el mercado. Es el invento del mercado de “futuros”. Como este tipo de cobertura está relacionado directamente con un bien tangible, es una forma de derivado.

OPCIONES (Options)

Las opciones funcionan con el mismo concepto que los fondos de cobertura, pero en vez de fijarse de antemano el precio de una mercancía, en este caso lo que se anticipa es el precio de unas acciones. Hay de tres tipos: la call option, la put option y las swap. En la primera, el mecanismo es el siguiente: Al día de hoy, en el que unas acciones tienen un precio de 100 Unidades Monetarias (UD), se paga una cantidad por tener la seguridad de que, en un determinado tiempo, esas acciones puedan ser compradas por 150 UD, en la esperanza de que puedan llegar a tener un valor de, pongamos, 200 UD. El que paga por la opción no está obligado a comprar mañana, pero el que recibe el precio de la opción sí está obligado a vender. En la segunda el que compra la opción tiene el derecho, pero no la obligación de venderle las acciones al precio pactado al que ha cobrado por esa obligación. En el caso de las swap (intercambio) se aseguran las pérdidas por la caída de las tasas de interés de un determinado capital y, en su caso, las pérdidas por las caídas de interés de unos bonos.

BONOS CAT(ástrofes) (cat bonds)

Tradicionalmente las compañías de seguros se han cubierto de las grandes catástrofes mediante el mecanismo del reasegurar o mutualizar el riesgo entre muchas compañías del ramo. Pero una alternativa son los Cat Bonds. Estos bonos son emitidos por las compañías de seguros para evitar indemnizaciones que superen las primas cobradas de los asegurados cuando ocurre una catástrofe en un plazo pactado de antemano. Si la catástrofe ocurre, el comprador de los bonos paga a la compañía de seguros una cantidad fijada de antemano. Y, en compensación, durante el tiempo establecido, la compañía de seguros paga intereses al titular de los bonos sobre la cantidad acordada. De hecho el comprador de los bonos está “vendiendo” un seguro a la compañía de seguros.

LA SEGURIDAD DE UN HOGAR

Los mecanismos para financiar actividades o para asegurar bienes o valores no están siempre a disposición de los ciudadanos corrientes. Por eso es tan atractiva la idea de asegurarse el futuro siendo propietario de una casa, que es un valor en el que, además, se puede vivir mientras no llegan los problemas. Esa aspiración de las familias ha sido aprovechada en distintas épocas para operaciones financieras que no siempre han acabado bien. Ferguson cuenta la historia del juego del Monopoly como trasunto de la vida real, en la que, según el autor, no está claro que ser propietario de una casa sea una inversión segura. Para ello repasa la historia de las políticas para generalizar la propiedad de la vivienda en el Reino Unido y en Estados Unidos. Políticas que, cuando cuentan con la voluntad explícita de los gobiernos, despierta ambiciones de aventureros que aprovechan las facilidades de financiación propiciadas por las autoridades para movilizar a aspirantes que no siempre están en condiciones de hacerse cargo de las obligaciones asociadas a la devolución de los préstamos. En los años 80, el protagonista del desastre fue Danny Faulkner con su Save & Loan y, en los años 2000, Goldman Sach y sus hipotecas subprime. Si la crisis de S&L la pagaron los que la perpetraron con cárcel e indemnizaciones, pero los contribuyentes tuvieron que pagar 124.000 millones de dólares. Fueron encarceladas 326 personas. Unas consecuencias personales muy diferentes de las de la burbuja de los años 2000, que no tuvieron consecuencias personales, pues el desregulamiento previo de este tipo de operaciones, dejó impunes a los que diseñaron y llevaron a cabo el gran desastre. Es muy interesante también la historia que cuenta Ferguson acerca de cómo se aprovecharon algunos comprando a precios tirados las viviendas para futuras conversión en beneficios. En la crisis de los años 2000, la administración Bush impulsó la burbuja reduciendo los trámites para obtener la hipoteca y forzando a las agencias inmobiliarias (Fannie Mae y Freddie Mac) para que contribuyeran a la explosión crediticia para que insolventes compraran. El resto es una historia conocida.

EN RESUMEN

En el tramo final del libro, se hacen interesantes reflexiones sobre las consecuencias no previstas de la crisis de 2007, que casi atascó a la economía mundial por falta de confianza. Ferguson acaba su libro con interesantes detalles sobre las relaciones simbióticas entre China y Estados Unidos, pareja a la que llama irónicamente “Chimerica”. Una relación en la que China, por su capacidad de ahorro y su explosión productiva y USA con su capacidad de compra y sus necesidades de financiación para sus aventuras bélicas, han formado un tándem de gigantes en las que parece que USA lleva las de perder.

Pero, además, Ferguson concluye que todos los mecanismos inventados desde la Edad Media para llevar al dinero más allá de su primera percepción como metal precioso y convertirlo en bonos, seguros, futuros o hipotecas, funcionan eficazmente para distribuir recursos. Por eso, el sistema de financiación occidental se ha extendido por el mundo, primero en forma de imperialismo y, después, en forma de globalización. Pero no es un camino de rosas, pues desde 1870 se han registrado 148 crisis de mayor o menor impacto. Crisis que tienen origen, en su opinión, en la mezcla de errores y sesgos de las decisiones de los individuos, a los que se suma la oscuridad que las emociones conllevan cuando la ambición de tener más o el temor de perderlo todo. Entre la euforia y la depresión caben todo tipo de reacciones que hacen tremar los gráficos económicos. Unas reflexiones que culminan en la idea de que la economía muestra rasgos propios de los procesos de la evolución biológica. Así la destrucción sistemática de empresas siguiendo una lógica evolutiva de selección natural elevada a selección con criterios económicos. Pero también analogías más fuertes como el carácter genético de los procesos de conformación de organismos desde la “genética empresarial” y la transmisión del conocimiento y formas corporativas, competición entre individuos, mutaciones, especificación y extinción.

Ferguson concluye que se piensa que la historia de las finanzas es el resultado de mutaciones institucionales y la selección natural. Pero también hay diferencias dignas de destacarse, como la asimilación de unas empresas por otras, o la inutilidad de la analogía sexual y su consecuencia reproductiva. Es decir, el parece potente la analogía, pero sin caer en la ingenuidad de creer en se puede pasar de la analogía a la identidad. Le preocupa la intervención del estado en la economía que, inevitablemente, ha producido la última crisis con sus extraordinaria importancia de los capitales afectados.

 

 

 

 

Keynes vs. Hayek. Nicholas Wapshott. Reseña (9)

La economía como disciplina ha sido un asunto de especialistas, de la que no supe nada hasta 2007. En el verano de ese año, empezaron a llegar noticias de una crisis en Estados Unidos asociadas a las llamadas “hipotecas subprime”. Se dió el caso, ese verano, de que asistí a un funeral en un tanatorio y coincidí con un alto responsable de una caja de ahorros y pronto estábamos hablando de ese neologismo. Me explicó la temeridad premeditada que habían cometido algunos bancos norteamericanos poniendo en circulación activos, compuestos de distintos tipos de deuda, incluyendo hipotecas de dudoso cobro. Durante años, y una vez que el presidente Clinton eliminó las últimas barreras para la “creatividad financiera”, se había buscado, irresponsablemente, a ciudadanos que firmaran hipotecas cuyo pago mensual era más que dudoso por la precariedad económica de los titulares. Se crearon unos novedosos activos de diseño, a los que pusieron el nombre de CDO (collateralized debt obligations), incluyeron todo tipo de títulos: seguros de estudios, seguros de vida e, intercaladas, la llamadas “hipotecas basura”. Unos activos complejos que los bancos del mundo entero compraron poniendo cara de saber lo que hacían. Para ello los emisores contaban con la complicidad de las agencias de Rating que avalaron con la máxima categoría estos valores. El resultado es que, después,  a estos activos se les tuvo que cambiar el nombre a activos tóxicos, cuya definición es:

“Los activos tóxicos son fondos de inversión de muy baja calidad que se crean a partir de hipotecas a personas con solvencia económica baja (respaldados por una vivienda cuyo precio real difiere bastante del especulativo). El valor de estos fondos de inversión es prácticamente cero o negativo”

Con estas prácticas se estaban creando las condiciones para un nuevo Crack financiero, pero al contrario que en el año 1929, fue consecuencia de una acción premeditada de ciertos bancos financieros que vieron una oportunidad de gran negocio a costa de la ingenuidad del infeliz que quería una casa que no podía pagar y la de los supuestos expertos de la banca mundial. La oportunidad estaba basada en la derogación de la ley Glass-Steagall que tras la crisis de 1929 prohibió que los bancos comerciales pudieran tener actividades con los banco de inversión. Eliminada esta barrera y otras muchas a lo largo de treinta años, estaban puestas las condiciones para llevar a cabo acciones, poco éticas pero legales, de la crisis. Esto permitió que los presidente de los bancos involucrados declararan, cuando el castillo en el aire se desplomó, conteniendo la risa ante las comisiones que se crearon. El buen humor procedía de que la crisis los dejaba a ellos en la más obscena riqueza imaginable en sus resort tropicales. Lo efectos fueron globales y las haciendas públicas pagaron los platos rotos con inyecciones de liquidez a bancos al borde de la ruina por su estulticia de acumulación de valores tóxicos.

Esto es historia reciente. Si alguien no tiene claro qué pasó, seguro que sí ha padecido alguna de las secuelas de esta “estafa” consentida por los no menos estúpidos poderes públicos que la hicieron posible a gran escala. Pero lo más estupefaciente es que, tras comprobar qué ocurre cuando se deja al mercado las manos sueltas, se haya impuesto urbi et orbe la versión más liberal posible del capitalismo, a pesar de las proclamas de refundación del sistema por parte de algunos políticos y empresarios en aquellos años. La amarga experiencia es que los Estados, a despecho de quien los gobernara: conservadores, liberales o socialdemócratas, abrazaron con entusiasmo la gestión de las burbujas financieras. Pero, el recuerdo de los buenos tiempo aparentes, en los que se estaban creando las condiciones para el hundimiento financiero de sus políticas, les impide ver la necesidad de actuar controlando las estrategias privadas que puedan desestabilizar las economías nacionales y se entregan a prácticas en las que le aprietan el cinturón a la ciudadanía mientras crecen los beneficios privados. Así se olvida, de nuevo, que toda actividad económica sólo tiene como fin mantener física y moralmente al conjunto de las sociedades y no la práctica de un juego perverso de listos y tontos.

Quizá, el curioso fenómeno de apoyo electoral de los ciudadanos a opciones liberales o conservadoras sea, todavía, el resultado del recuerdo de que estas opciones gobernaban cuando las burbujas financieras cautivaron la imaginación haciendo posible que el común pudiera disfrutar de un tipo de vida que sólo era posible financiar con dinero ajeno. Un espejismo del que se despierta con 800 euros de salario al mes y la amenaza del desempleo siempre sobrevolando sus esperanzas. En el caso español la irresponsabilidad alcanzó al partido socialista que no quiso parar la burbuja y pagó los platos políticos rotos cuando todo estalló irreversible y tardíamente  en 2010.

Todo esto me pareció que debía tener sus antecedentes intelectuales que permitieran entender algo desde el punto de vista de un ciudadano corriente. En mi búsqueda naif he dado con el libro que es objeto de esta reseña: Keynes versus Hayek de Nicholas Wapshott. Su iluminadora lectura me ha llevado a trabajar en los textos de estos autores claves en la comprensión del fundamento económico de nuestras vidas, lo que será objeto de otros artículos.

Nunca como ahora la economía ha estado tan a la vista de cualquiera que se interese por ella, dado que ha salido de la penumbra para estar en los telediarios y las tertulias tratando de explicar lo que nos pasa. Desde luego hay dos cuestiones claves a la vista:

  1. Para evitar una nueva catástrofe económica, el ciudadano debe salir de su modorra y actuar como un actor económico inteligente y responsable para evitar que los expertos, ya sea por codicia o estulticia, vuelvan a comprometer el patrimonio de todos.
  2. Las sociedades modernas tiene que resolver qué estándar de vida se pueden permitir para: evitar el colapso del planeta y garantizar a toda la población mundial su subsistencia.

El segundo punto tiene dos corolarios:

  • La conservaciónCalico del planeta requiere contención consumista. Pero este propósito requiere ejemplaridad, por lo que la riqueza individual debe ser limitada con el doble propósito de que la mayor parte de la riqueza vaya a la resolución de los graves problemas que nos acucian, pero sin matar la meritocracia que activa las ambiciones. Si no, la enorme riqueza acumulada lleva a sus tenedores a emplear el dinero en proyectos tan delirantes como la inmortalidad (Véase la provocadora portada de Time)
  • La igualdad de oportunidades es la base de la optimización del talento individual. Por tanto, la educación debe alcanzar las más altas cotas de excelencia para todos, aunque no todos sean capaces de aprovechar la oportunidad. En consecuencia la herencia, que coloca con gran ventaja económica a los hijos de los más ricos, que no tiene porqué ser los más listos, será, con mucha probabilidad, revisada en el futuro.

RESEÑA

KeynesJohn Maynard Keynes (1883-1946) fue un economista británico cuya influencia aún tiene vigor y fue decisiva a lo largo del siglo XX y, aún la tuvo en la crisis de 2008. De algún modo es el inventor de la macroeconomía a partir de su obra: Teoría General sobre el Empleo, el Interés y el dinero (1936) . A grandes rasgos, es partidario de la planificación económica por parte de los Estados para controlar los principales factores de su funcionamiento. Tuvo el acierto de profetizar la II Guerra Mundial a la vista de las condiciones del Tratado de Versalles.

 

Hayek

Friedrich Hayek (1899-1992) fue un economista austríaco cuya influencia está de plena actualidad, puesto que inspira a las escuelas más radicalmente liberales de los países más influyentes. Tuvo el acierto de relacionar el sustrato económico con sus efectos políticos. Su posición fundamental es dejar que el mercado establezca los precios sin interferencia alguna, evitando todo tipo de planificación centralizada por su efectos perversos conducentes, en su opinión, al totalitarismo. En este sentido su gran obras es: Fundamentos de la Libertad (1960) 

Hayek era 16 años más joven que Keynes y le sobrevivió en 46 años. Sus vidas se cruzaron con mayor o menor intensidad desde que en 1927, un joven Hayek le pidió al ya célebre Keynes un libro, petición que fue resuelta de forma irónica por éste, además de no enviarle el libro. Hayek ya sabía que se dirigía a una celebridad, que en su libro de 1919: Las Consecuencias Económicas de la Paz profetizaba una segunda guerra mundial, dado el irresponsable trato económico que los aliados dieron a la vencida Alemania. Hayek, que estaba sufriendo en sus propias carnes estos efectos en su Viena natal, devoró el libro y empezó a pensar en relacionarse con el ya célebre economista inglés. En 1928, Hayek fue invitado a una conferencia en Londres y se produjo el primer encuentro entre estos dos altísimos personajes (medían más de 1,90 cada uno). A partir de ahí pronto se pusieron de manifiesto las diferencias entre la escuela de Cambridge, liderada por Keynes, y la London School of Economic, a la que Hayek dotaba de munición contra la creciente influencia de Keynes y sus propuestas de intervención en el mercado.

El libro del que hacemos la reseña cuenta con detalle la evolución de la confrontación hasta llegar al presente, tratando de determinar si la economía moderna se rige por los puntos de vista de uno u otro o por mezclas más o menos pertinentes de ambas. Veamos ahora la posición de cada uno en dos planos: el económico y el político

Plano político:

  • Keynes pensaba que la economía tenía como último fin que todo el mundo tuviera trabajo, lo que hacía necesario que los gobiernos planificaran e intervinieran en el mercado. Keynes no temía que la planificación en democracia derivara a estados totalitarios. Al contrario pensaba que sin control el capitalismo produce crisis que traen gran sufrimiento a las poblaciones. En todo caso, no era socialista en el sentido europeo, sino liberal. El capitalismo era la materia prima con la que trabajaba. Un sistema que él no dudaba que producía gran riqueza pero que no garantizaba un reparto equitativo.
  • Hayek creía que lo principal es la libertad y, en consecuencia había que evitar, a toda costa, que los gobiernos planificaran e intervinieran en el funcionamiento del mercado.  Lo que sostiene por su temor al socialismo como umbral hacia regímenes totalitarios. El éxito de la socialdemocracia en los países nórdicos le quitó fuerza a este argumento. Sin embargo sostenía que los perdedores de esa libertad mercantil (desempleados y pobres) debían recibir un subsidio que les garantizara asistencia médica y subsistencia física. Paradójicamente, sus discípulos chilenos, formados en la Escuela de Chicago asesoraron sin problemas al dictador Pinochet. También su seguidora más pertinaz, Margaret Thatcher colaboró con el dictador sin grandes problemas de conciencia. En la actualidad el régimen chino compatibiliza el mercado libre con una dictadura firme en lo político.

Plano económico:

Se parte de que nuestros protagonistas tienen, ambos, buenas intenciones que quieren llevar a cabo mediante el conocimiento y la aplicación de técnicas a gran escala para encontrar los equilibrios económicos de una sociedad. Obviamente, todo esto ocurre en una época determinada con unos acontecimientos históricos determinados. En todo caso, la enseñanza de este libro es comprobar hasta qué punto la economía (avanzada) influye en las decisiones de la política (atrasada) a partir de las propuestas de nuestros dos protagonistas, a lo que se puede añadir la influencia de un alumno de ambos: Milton Friedman, líder de la, así llamada, Escuela de Chicago.

Los acontecimientos históricos aludidos son los siguientes:

  • I Guerra Mundial (1914-1918)
  • Tratado de Versalles (1919)
  • I Gran depresión (1929)
  • Ascenso del nazismo (1933)
  • II Guerra mundial (1939 – 1945)
  • Plan Marshall (1948)
  • Guerra fría (1945 – 1989)
  • Despliegue de la economía capitalista (1945 – 2008)
  • Reunión de Bretton Woods (1945)
  • Elección de Ronald Reagan (1981-1989) y Margaret Thatcher (1979 – 1989)
  • II Guerra de Irak
  • II Gran depresión (2008)

Para entender las diferencia es conveniente saber qué parámetros relevantes se manejan tratando de que la economía cumpla con su propósito. Estos son, a grandes rasgos: tasa de desempleo – salario – interés de los préstamos – tasa de inflación – devaluación de la moneda – precios de las mercancías y servicios – impuestos – aranceles – producto interior bruto (PIB), demanda agregada, oferta agregada.

Keynes tenía tendencia a la visión global de la economía, mientras que Hayek prefería el estudio de detalle de determinados procesos económicos. Con distintos enfoques, ambos, abordan el estudio del capitalismo como sistema indiscutible para la creación de riqueza y el equilibrio social. Keynes pone más énfasis en intervenir desde el Estado sobre los parámetros de la economía y Hayek rechaza de plano toda intervención, incluida la emisión de dinero. En el siglo transcurrido desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial ha dado tiempo a que ambos puntos de vista hayan sido aplicados con más o menos energía por la clase política, aunque, raramente, dados los ciclos electorales en las democracias, se han aplicado con suficiente paciencia para observar los resultados.

En general, Los criterios de Keynes fueron universalmente aplicados durante décadas, pero su aviso sobre las consecuencias de la sanciones a la derrotada Alemania en la Pacto de Versalles, expuestos en su publicación Las Consecuencias Económicas de la Paz, no fueron atendidos y lo que se preveía sucedió: la llegada de la mayor explosión de demagogia jamás vista para aprovechar el hundimiento moral y económico de la población alemana. La consecuencia terrible fue una segunda guerra mundial sobre el suelo europeo.

El libro de Wapshott explica con mucha claridad el proceso de acople entre los puntos de vista de Keynes y las políticas de las dos posguerras. Primero con la salida de la crisis de 1929 por parte del presidente Roosevelt y, tras la segunda guerra, en las políticas de los sucesivos gobiernos. Se identifican cuatro fases fundamentalmente:

  1. Desde 1914 hasta 1939, periodo que incluye el hundimiento económico de Alemania en 1918 y la Gran Depresión en 1929
  2. Desde 1939 hasta 1945, año en que finaliza la II Guerra Mundial.
  3. Desde 1946 hasta 1989, año en que finaliza el mandato de Ronald Reagan
  4. Desde 1990 hasta 2008, año de la crisis financiera simbolizada por la quiebra del Lehman Brothers

FASE 1 Desde 1914 hasta 1939

Hasta 1914 el capitalismo había funcionado sin ningún tipo de cortapisas, por lo que Keynes y sus propuestas macroeconómicas para el control de los ciclos de la economía resultaron muy novedosas. La Gran Guerra tuvo origen en el plano político de los nacionalismos y el respeto por los pactos de defensa entre estados. El crimen de Sarajevo produjo la amenaza de Alemania a Serbia porque ésta pertenecía al imperio Austro-Húngaro y había un pacto con Alemania. La agresión a Serbia provoca la intervención de Francia y Gran Bretaña fundamentalmente. Nada de economía en la toma de decisiones. Pero al final de la guerra, el deseo de venganza de Francia, que aún sangraba por la herida de la derrota infligida por los alemanes en 1871, provocó con la cooperación de Inglaterra y Estados Unidos unas condiciones de reparación para Alemania que la hundieron en la más absoluta miseria. Una situación que provocó el ascenso de Hitler al poder con las consecuencias ya anticipadas por Keynes en su análisis económico del tratado de Versalles. Para los detalles hay que leer su libro Las consecuencias económicas de la paz, publicado en 1919. Como aperitivo este párrafo:

“Alemania debe una gran suma a los aliados; los aliados deben una gran suma a Gran Bretaña, y Gran Bretaña debe una gran suma a los Estados Unidos. A los tenedores de préstamos de guerra de cada país les debe una gran suma el Estado, y al Estado, a su vez, le deben una gran suma éstos y los demás contribuyentes… Una hoguera general es una necesidad tan grande, que si no hacemos de ella un asunto ordenado y sereno, en el que no se cometa ninguna injusticia grave con nadie, cuando llegue al final se convertirá en una conflagración que puede destruir otras muchas cosas.

Pero mientras se gestaba esta nueva catástrofe, en Estados Unidos, a pesar de la victoria de los revolucionarios comunistas en Rusia, vivió una época de expansión económica típica de los pueblos vencedores que aprovechan la energía humana tras la guerra para aumentar la productividad. Además los Estados Unidos encontraban en Europa un cliente a su merced, dadas las consecuencias de la guerra en las infraestructuras económicas. Para mantener esta euforia había grandes inyecciones de capital a la economía por la euforia que provocó la subida incesante de la bolsa, lo que como descubrió Milton Friedman más tarde, provocó una gran inflación que trajo consigo depresión y desempleo.  Se había producido un hundimiento desde el cénit de las cotizaciones por un brusco cambio de los tenedores de acciones más avisados, que sospechaban de una subida aparentemente imparable. El resto entró en pánico y este pánico se propagó al mundo entero, dadas las implicaciones mutuas. Una muestra de hasta qué punto la economía se basa, antes que en cualquier defecto humano, en la confianza que dota de valor a simples papeles (dinero, escrituras o pagarés).

Keynes emerge como un visionario que proporciona las claves para acabar con la depresión atribuyendo al Estado, contra toda la ortodoxia liberal, la responsabilidad de intervenir corrigiendo con gasto público la debilidad de la economía, aunque aumentara el déficit público. Y lo hace a lo grande, enviando una carta al presidente Roosevelt, que lo recibió a continuación. En ella trató de convencerle de la potencia del gasto público, que se convertía en inversión en base al multiplicador de Kahn. Un índice que mostraba cómo se multiplicaban los efectos de la inversión pública al activarse la cadena de gasto de los nuevos contratados, generando nuevos empleos y, por tanto, incrementando la demanda agregada. El caso es que el New Deal de Roosevelt parecía haber acabado con el laissez-faire reinante hasta la Gran Depresión. Por cierto, en ese viaje Keynes se asombró de la ignorancia de los empresarios y banqueros estadounidenses. Cualidad que aún parecen mantener a la vista del engaño masivo perpetrado durante la primera década del siglo XXI.

FASE 2 Desde 1939 hasta 1945

La Segunda Guerra Mundial devastó Europa, pero reforzó a Estados Unidos que desarrolló un poder industrial desconocido hasta ahora en su esfuerzo bélico. Al acabar la contienda el Estado se encontraba en condiciones de reforzar las políticas de intervención en la economía buscando el pleno empleo que ya había puesto en marcha, inspirado por Keynes, para dar salida a la crisis de 1929.

En la sombra de la celebridad económica, Hayek provoca un impacto ideológico con su obra de 1944  Camino a la Servidumbre y reúne en Mont Pelerin (Suiza) a 39 economistas adversarios del keynesianismo en 1947. La sociedad activa las relaciones entre neoliberales y el libro sembró sus bases ideológicas. Mientras, las teorías de Keynes influyen en todos los gobiernos generando el llamado Estado del Bienestar.  Hayek pierde como economista, pero articula una resistencia ideológica con su fundación. Un joven Milton Friedman se suma a la sociedad con sólo 35 años. Lionel Robbins, el mentor de Hayek en el Reino Unido, resumió la reunión fundadora de la Sociedad de Mont Pelerin como una llamada de atención porque “los valores fundamentales de la civilización están en peligro… (una amenaza) incrementada por el auge de una visión de la historia que niega todas las normas morales… y el Estado de Derecho… con pérdida de confianza en la propiedad privada y en el mercado competitivo”.

FASE 3 Desde 1946 hasta 1981

Keynes muere en 1946 en pleno éxito de sus ideas. Con Rusia en Berlín y una Europa destrozada, Estados Unidos no quiere cometer el error de los aliados en 1919, que con tanta elocuencia explicó Keynes. Por eso, esta segunda guerra, aunque fue devastadora para Europa, no tuvo la misma salida tras el armisticio. Seguro que Hoover, el presidente de la bomba atómica sobre Hiroshima, había leído el libro de Keynes y pensó que era mejor recuperar cuanto antes al vencido que vengarse provocando una nueva catástrofe humana que trajera una respuesta demente, como ocurrió a partir de 1918. El Plan Marshall fue la respuesta. Una respuesta de la que se esperaba, no sólo evitar el populismo, sino competir en éxito económico con el sistema implantado en Rusia tras la revolución de 1917.

En estos años de culpa colectiva por la atrocidad de la guerra recién acabada se establece el deber de “promover y mantener un alto nivel de producción y consumo nacional por todos los medios apropiados”. Uno de los derechos establecidos es el de pleno empleo. Ha nacido, para escándalo de Hayek, el Estado del Bienestar, que Europa empieza disfrutar en los años sesenta y España en los ochenta. Esta explosión es vista de forma crítica. Así Haberler consideró que

si los desempleados se concentran en ciertas áreas e industrias deprimidas, mientra que en los otros sectores hay pleno empleo, el aumento general del gasto sólo servirá para provocar un aumento de los precios en el área de pleno empleo, y no tendrá mucho efecto sobre las industrias deprimidas. Luego, en plena inflación, se experimentaría la paradoja de la depresión y el desempleo”.

Harry Truman (1945-1953) fue un presidente keynesiano, pero cuidó el déficit. Sin embargo la guerra de Corea al aumentar los gastos militares provocó el aumento de la inflación. Se propuso cortar estos gastos y subir los tipos de interés por parte de la Reserva Federal para parar la inflación. Sin embargo, ganaron los que sostenían que era mejor incrementar el gasto público. En 1948 se publica “El Samuelson”, como se conoce al libro del premio Nobel Paul Samuelson: Economía. Un análisis introductorio. Un texto célebre en apoyo de las teorías de Keynes en el que no se menciona a Hayek y cuyo magisterio ha llegado hasta años recientes.

Ike Eisenhower (1953-1961) temía más la inflación que el desempleo, pero no pudo parar la inercia de responsabilidad de intervención del gobierno en los desequilibrios económicos. Por eso, al acabar la guerra de Corea, hizo un recorte de impuestos de 7.000 millones de dólares que provocó un déficit en el presupuesto federal. Además hizo correcciones económicas con los llamados “estabilizadores fiscales automáticos” como subsidio de desempleo y ayudas sociales a costa del gobierno o reducción de impuestos. Además se atrevió a la financiación con déficit para crear la red de autopistas e incrementar los gastos de defensa por la guerra fría. En su mandato Ike gastó más en defensa que lo que necesitó Roosevelt para ganar la Segunda Guerra Mundial. Fue el primer presidente en asociar la gestión gubernamental de la economía y los ciclos electorales. Antes de irse quiso dejar como legado un déficit reducido, pero, además, los demócratas pensando que una recesión les ayudaría a vencer al candidato republicano Nixon con su candidato Kennedy, llevaron a cabo desde el Congreso unos recortes aún mayores.

Mientras esto ocurría en el mundo oficial, entre 1956 y 1969 Milton Friedman publica su libro The Quantity of Money y su artículo A Monetary History of the United States: 1867-1960 en los que muestra que todas las depresiones han sido precedidas de una explosión en la oferta de dinero. Friedman propone el control estricto de la oferta de dinero. Ha nacido el monetarismo. Por su parte, en 1960, Hayek refuerza la posición ideológica del neoliberalismo con su texto: Los Fundamentos de la Libertad, que inspirará la acción política de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Mientras el keynesianismo triunfaba en cualquiera de sus formas, pero siempre como acción gubernamental, Hayek insistía en su argumento principal: la planificación mata la libertad. Estas ideas y su difusión desde la Sociedad Mont Pelerin se mantienen aún veinte años en el congelador, pues las políticas gubernamentales siguen siendo keynesianas, es decir expansionistas a la búsqueda del pleno empleo, aumentando el tamaño de los gobiernos. Es de destacar que la teoría monetarista de Friedman no nace de la tradición austriaca de Hayek. En realidad, ellos coincidían en la ideología de la libertad del mercado, pero con diferencias importantes, pues el monetarismo necesita intervenciones del Estado y Hayek prefiere que el mercado se regule por sí mismo. Desde luego coincidían en que cuanto más pequeño el Estado mejor y que la inflación era más peligrosa que el desempleo.

John Fitzgerald Kennedy (1961-1963) se encontró con la depresión inducida por el recorte del déficit de la anterior administración que fue responsabilizada de la situación, por no haber utilizado los recursos a su disposición: recorte de los tipos de interés y reducción de impuestos. Nixon le echó la culpa de haber perdido a la inacción de Eisenhower, pero los dos partidos mayoritarios aprendieron la lección de que la economía, manejada desde el Estado, podía ser una poderosa arma electoral. Con Kennedy el “keynesianismo instrumental” se incorporó a la política general del gobierno. La meta era el pleno empleo (4 % estructural) sin inflación. Políticamente Kennedy tenía el propósito de encontrar el “crecimiento perdido” si se dejaba a la economía a la iniciativa privada exclusivamente. Pensaba que si la economía funcionaba a pleno rendimiento, el aumento de los impuestos sobre la renta cubriría la deuda nacional. Pero a pesar de las enormes sumas empleadas en defensa e investigación espacial, el desempleo siguió creciendo en otros sectores. Por eso en diciembre de 1962 se dirigió a Wall Street para decir que

“para incrementar la demanda y animar al economía, lo mejor que puede hacer el Gobierno Federal no es volcarse rápidamente en un programa de incrementos excesivos del gasto público, sino ampliar los incentivos y las oportunidades de gasto privado. Resulta paradójicamente cierto que los tipos impositivos sean demasiado altos y que los ingresos por recaudación sean demasiado bajos y que la mejor manera de aumentar los ingresos a largo plazo sea recortando los tipos ahora”

Era el plan B de Keynes de 1933, siendo el plan A el gasto público. Le pidió al congreso una reducción de impuestos sobre la renta a pesar del déficit y los riesgos de inflación de la aportación de dinero al bolsillo privado. Era la aplicación de la “curva de Phillips” que correlacionaba el desempleo con la inflación. Se buscaba empleo sin inflación, cuando Kennedy fue asesinado en 1963.

Phillips Curve

Keynes Time

Lyndon Johnson (1963-1969) empezó continuando con el plan de Kennedy y consiguió que se aprobara una reducción del impuesto máximo de la renta del 91 al 65 % (sic) y todo le salió bien: aumentaron los ingresos del Estado, aumentó el PIB, disminuyó el paro y se contuvo la inflación. Time nombró a Keynes “hombre del año” en su número de diciembre de 1965. El empresariado aceptaba ya como natural la intervención del Estado para controlar la inflación y evitar las recesiones cíclicas. Parecía que los economistas keynesianos habían encontrado el modo de estabilizar a voluntad la economía del país. Animado por el éxito Johnson libró y ganó la batalla de los derechos civiles y creó la seguridad social pública Medicare para los mayores y Medicaid para los que no tenían seguro médico. La sensación de riqueza era generalizada y el Estado cuidaba de los menos favorecidos. La planificación se ejercía sin que hubiera signo alguno de caminar hacia el autoritarismo, como había predicho Hayek en 1944. Muy al contrario, los afroamericanos, las mujeres y los jóvenes amplían los espacios de libertad en una innovación cultural extraordinaria que marcaron la década como prodigiosa. Una libertad que se ejerció contra la Guerra de Vietnam mantenida por la tozudez norteamericana. Una guerra que requirió 90.000 millones de dólares sin que afectara a la economía nacional que, aún con esa enorme suma, contaba con superávit. A pesar de todo el éxito económico, cultural y social, la guerra le costó a Johnson la salida del gobierno.

Johnson le había ganado las elecciones al senador de Arizona Barry Goldwater, quien contó en su equipo con Friedman. Este político fue el primero que afirmaba estar convencido de que el gobierno federal debía reducir su influencia sobre la economía y la vida de los individuos (típica preocupación del que no necesita nada). Declaró expresamente que le preocupaba poco una buena organización del gobierno, pues su objetivo era la reducción radical de su tamaño. Específicamente rechazaba los impuestos progresivos porque suponía que el Estado no trataba por igual a todo el mundo. En su opinión, corroborada por Friedman, “el control gubernamental centralizado de la economía… nunca ha sido capaz de proporcionar libertad ni un nivel de vida decente a la gente“.

Richard Nixon (1969-1974) llega con la intención de acabar con el éxito keynesiano por el gasto público que suponía y, a pesar del superávit prometió contarlo. Consideraba que el pleno empleo provocaba aumento de salarios e inflación, por lo que había que cortar los gastos de raíz. La “preocupación” por el pleno empleo debe estar basada en la necesidad de contar con el marxiano “ejército de reserva” con el que el empresario pueda presionar al trabajador.  Pero a Nixon, un oportunista como pocos, le duró poco su propósito y temiendo por la reelección propuso unos presupuestos expansivo para que el paro no bajase. Asumió que los programas de gasto ayudaban en los años electorales y actuó en consecuencia, una vez vista la capacidad de gobernar la economía desde el Estado. El mismo Friedman dijo que “Nixon ha sido el más socialista de todos los presidentes de Estados Unidos”.  Pero llegó la crisis del petróleo de la OPEP y todo cambió. De repente los precios subieron por la subida del crudo, sin que fuera consecuencia de una política de empleo con aumento de demanda. Muy al contrario hubo retracción de la demanda y desempleo sin que bajara la inflación. Un factor externo ponía en compromiso la ley keynesiana de que esto no era posible. Había llegado la “estanflación”. A pesar de ello, ganó la elecciones para ser echado por su paranoicas escuchas de los rivales demócratas. Dejó el legado de la creación de la Agencia Medio Ambiental, introduciendo en opinión de Friedman más gastos y regulaciones a la economía de los que se podrían esperar de un presidente republicano.

Gerald Ford (1974-1977) tuvo que sufrir la estanflación que le dejó como herencia Nixon. Solamente cuando el Congreso demócrata le permitió recortar impuestos y reducir el gasto del Estado, empezaron las cifras de la macroeconomía a moderarse. Friedman pensó que el keynesianismo se había acabado, al constatarse que la inflación y el desempleo podían crecer simultáneamente. Esta idea acabó conduciendo al monetarismo que pone a la inflación en la diana de cualquier acción de gobierno.

Jimmy Carter (1977-1981) llega a la presidencia con la promesa de pleno empleo con una ley que contradictoriamente requería equilibrar el presupuesto y la balanza comercial.  Esto lo obligó a medidas antiinflacionarias con la austeridad asociada. Solicitó a la Reserva Federal la subida de tipos para frenar la inflación y llegar en buena posición a las elecciones, pero las dificultades políticas en Irán pusieron en bandeja al candidato republicano Ronald Reagan la victoria.

El neoliberalismo progresa en el terreno simbólico con la concesión del Premio Nobel a Hayek en 1974, lo que no era una victoria moral sobre su rival Keynes, pues este premio se da desde 1960, catorce años después de su muerte. También lo recibe Milton Friedman en 1976.

Ronald Reagan (1981-1989) como Teacher llegaron a gobernar con dos ideas y poco más. Si Teacher pensaba que la sociedad no existe, sino los individuos, Reagan pensaba que las ayudas del Estado y los impuestos altos deshiniben el dinamismo económico. El llegó a pagar hasta el 92 % en 1943, obviamente eran tiempos de guerra y todos los recursos eran reclamados para la producción de armamento. Por otra parte, su padre le contaba que cuando le conseguía trabajo a alguien en los programas gubernamentales de Roosevelt cobraba una cantidad menor al subsidio del gobierno. De modo que, armado de una “tan compleja teoría”, se consideraba incompatible con el keynesianismo. Reagan no apareción de la nada. Interesado por la economía y las ideas de Hayek ya había colaborado intensamente en la campaña de Goldwater contra Johnson. Tenía pensado cambiar la Constitución para limitar el gasto del gobierno y los impuestos que podría recaudar. Reagan era un buen comunicador y fue la vía de difusión universal de los puntos de vista de Hayek y Friedman. En definitiva oficialmente el keynesianismo se retiraba de la escena y el neoliberalismo se estrenaba en el poder de una forma explícita.

Dos años antes de la elección de Reagan para la presidencia de los Estados Unidos sube la poder Margaret Thatcher en el Reino Unido. Y venía armada de los libro más ideológicos de Hayek: Camino de servidumbre Fundamentos de la Libertad que recomendaba a todos sus correligionarios. En el Reino Unido el Estado de Bienestar iba asociado a la propiedad por parte del Estado de los grandes servicios: astilleros, puertos, aeropuertos, British Airways, British Petroleum, correos, ferrocarriles, telefónica, electricidad, gas y agua. Thatcher estaba decidida a acabar con todo esto iniciando un proceso de privatización. Buscó la relación directa con Hayek y Friedman. En su opinión el espíritu de empresa estaba reprimido por “el socialismo” con sus impuestos demasiado elevados y la regulación de las empresas.

Reagan, llega dos años después con el propósito de “quitarnos el gobierno de la espalda y de los bolsillos“. El presidente de la Reserva Federal Paul Volcker había minado la etapa de Carter con una subida brusca de intereses que arruinó a toda empresa que dependiera de los créditos. Ahora con Reagan, Friedman consideraba que para salir de la estanflación se necesitaba ahondar la depresión heredada, idea que compartía Volcker, pero, como suele ocurrir tan a menudo a político Reagan le flaqueo la convicción y no vio interesante la impopularidad que supondría no sacar al país de la recesión de Carter. A pesar de que Reagan había dicho: “Si no es ahora ¿entonces cuándo? Y si no somos nosotros, ¿entonces quién“, refiriéndose a la necesidad de mantenerse en las convicciones previas a la asunción de responsabilidades. Reagan quería reducir los impuestos y Arthur Laffer le dio la clave con su teoría de que hay un impuesto sobre la renta óptimo que permite la máxima recaudación. Laffer, siguiendo el esquema del multiplicador del discípulo de Keynes, Richard Khan, pensaba que habría una cascada de beneficios al reducir los impuestos. Una idea keynesiana que ya había aplicado Kennedy.

Laffer Curve

La independencia del presidente de la Reserva Federal le permitió a Volcker mantener los intereses altos profundizando la recesión, pero logrando que la inflación cediera, en una típica operación monetarista. Naturalmente el desempleo llegó casi al 10 % actualizando la correlación de la curva de Phillips. Reagan también redujo el tipo máximo de la renta, ahondando la bajada de Kennedy del 90 al 70 % para llegar al 28 %. Controlada la inflación y reducidos los tipos de impuestos, el paro también cedió hasta el 5 %. Lo que no funcionó fue la propuesta de Laffer, pues la reducción de impuestos no debía haber alcanzado el óptimo, pues la caída de ingresos llevó al Estado a un déficit que asustó a Reagan que eliminó exenciones a los más ricos y aumentó los impuestos de forma espectacular.

Pero los monetarista estaban de enhorabuena, pues habían controlado la inflación y habían desatado las fuerzas potenciales del capitalismo. Una euforia que ocultaba que, si bien se habían eliminado programa de ayuda a los más pobres el gasto en defensa llevó al presupuesto del Estado a un déficit desconocido hasta ese momento: más del 50 %. No hubo más remedio que emitir deuda pública convirtiendo a los Estados Unidos del mayor acreedor mundial en el mayor deudor, debiendo a prestamistas extranjero 400.000 millones de dólares. En fin, los juegos monetaristas, al final, eran financiados por el Estado, al más puro estilo keynesiano. Parecía claro que el crecimiento era más el efecto de las inmensas cantidades de dinero invertidas en defensa que “la liberación de las fuerzas del capitalismo“. Galbraith bromeaba diciendo que la etapa de Reagan había sido un keynesianismo involuntario. Pero, eso sí, envuelto en la retórica del liberalismo.

FASE 4 Desde 1990 hasta 2008

George Herbert Bush (1989-1993) llega a la presidencia con la promesa de reducción de impuesto y del propio gobierno. Cuando llevaba un año en la presidencia se le disparó la inflación y el desempleo. En vez de seguir la pauta neoliberal, aumentó los impuestos para corregir el déficit en vez de recortar los gastos. No estaba en su mano acoplar el ciclo económico al electoral. El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, no quiso bajar los tipos de interés favoreciendo la derrota de Bush padre ante Clinton. Eso sí, le dio tiempo a meterse en una guerra contra Irak.

En esta época, la curva de Taylor que mostraba la relación entre el tipo de interés y el tipo de inflación sustituyó a la curva de Phillips que mostraba la relación entre empleo e inflación.

Bill Clinton (1993-2001) llega a la presidencia de Estados Unidos en una época en que ya habían sido probadas tanto las propuestas de Keynes como las de Friedman y tanto en el Reino Unido, como en USA. Eso le llevó a una tercer vía, huyendo de la deuda pública, que había alcanzado los tres billones de dólares, en la que pretendía mezclar las medidas económicas liberales con políticas sociales progresistas. Bajó impuestos a las clases medias y se los subió a los más ricos. Contribuyó a la globalización con acuerdos comerciales con Canadá y México heredados de Bush. Para reducir el déficit eliminó exenciones fiscales a los más ricos. Recortó programas sociales por valor de 255.000 millones de dólares. El congresista republicano Newt Gingrich quería una reducción más radical del tamaño del Estado en educación, salud y medioambiente. Había que poner a dieta al Estado y provocó una parón de la administración no autorizando, desde su mayoría en el Congreso y el Senado, los pagos a 800.000 funcionarios públicos. En otra oleada provocó la salida de 260.000 funcionarios, lo que no gustó a los candidatos republicanos a la presidencia que sospechaban de la reacción de los electores ante la operación de desmontaje del Estado. Clinton tenía que devolver el dinero que Reagan había tomado prestado para su mandato. Le ayudó el final de la guerra fría con menos gastos de defensa y la llegada de los ordenadores aumentando la eficiencia empresarial. A Clinton se le presionaba para que dedicara el dinero a la reducción de impuestos en vez de a la reducción de la deuda. Para compensar asumió el discurso de Hayek sobre la incapacidad del gobierno para controlarlo todo. En la práctica eliminó regulaciones a las empresas y, sobre todo, cometió el error de anular la ley Leach-Bliley que eliminaba las restricciones de Roosevelt a bancos y compañías de seguros durante la Gran Depresión. En concreto los bancos de inversión se pudieron fusionar con los de depósitos. Así, puso en marcha la máquina de producir derivados crediticios que estuvo en el origen de la depresión de 2008. Clinton, que había heredado un déficit federal de 290.000 millones de dólares, dejó el gobierno con un superávit de 120.000 millones de dólares. Greenspan dijo que Reagan había tomado prestado del futuro lo que Clinton tenía, en su mandato, que devolver. Pero la euforia sobre las supuestas capacidades del mercado ocultaban los riesgos del abuso de los prestidigitadores de las finanzas con la complicidad de las empresas de rating que avalaban todo tipo de activos con apariencia de solvencia.

George Walker Bush (2001-2009) heredó una economía en expansión que generaba un enorme superávit camino de cifras récord. Pero pronto comprobó que otras variables entraban en juego. De una parte, el pinchazo de la burbuja de las compañías de Internet y, de otra parte, la reducción de precios provocada por la competencia internacional en la creciente influencia de la globalización. La Reserva Federal bajó los tipos de interés para compensar, pero los impuestos sobre ventas de títulos financieros colapsaron. El superávit desaparecía y, en estas, llegó el atentado de las Torres Gemelas. Bush reaccionó de forma keynesiana con un gasto abrumador en seguridad. Greenspan bajó los intereses del dinero a 1 % para activar la economía sin preocuparle la inflación, dado que se consideraba más grave una recesión con origen en el terrorismo. La medicina no funcionó y la economía se paró. Deflación y alto gasto público (una nueva combinación). El superávit se acabó por lo que intentó otra medida: bajar los impuestos sobre dividendos de las acciones en un 50 %. Dick Cheney, su vicepresidente con intereses en empresas bélicas, pidió su eliminación. El secretario del Tesoro O’Neill dimitió. La situación se resolvió a la antigua usanza: con una guerra. Los ideales Hayekianos se tambaleaban, el gasto público se disparaba y emergía una nueva calamidad: la falta de honradez corporativa con las quiebras de Enron y Worldcom. Los ideólogos de la reducción del gobierno se desesperaban, pues, una vez que los conservadores llegan al gobierno, se olvidan de sus proclamas liberales previos. Las pretensión del “Contract with America” de 1990 para la reducción del gobierno se desplomaba. La única pregunta pertinente era: ¿Cómo podemos conservar el poder?. La mística, la utopía liberal que Hayek reclamaba para cautivar a los intelectuales, como hacía la izquierda socialista, no había conseguido sus fines. Por si faltaba algo, la capacidad del mercado para resolver los problemas sin la intervención del Estado fue completamente desmentida en el verano de 2007… El propio Greenspan reconoció ante el congreso que “la totalidad del edificio intelectual ha colapsado” aceptando la incapacidad de los bancos para proteger a su accionistas y al capital de sus empresas.

De repente Keynes resucitaba para sacar del apuro a la economía. Bush dejó caer, en pura ortodoxia liberal, a banco Lehmann Brothers, pero ahí se le acabó el coraje. Empleó 700.000 millones de dólares del común en comprar activos tóxicos de los bancos. Los muy liberales acudían corriendo al maná público. La Reserva Federal compró deuda mala. El secretario del Tesoro Henry Paulson (uno de los promotores del desastre en Goldman Sach) empezó a rescatar compañías en quiebra, entre otras cosas para indemnizar a los apostadores al hundimiento de los títulos subprime. Los intereses llegaron a cero. Keynes volvía a toque de trompeta. Los mercados temblaban y el Estado se ocupaba de todo incluido el colapso de la demanda, provocado por colapso del crédito. Los liberales declaran que, “en el fondo, todos somos keynesianos“. Bush empezó con el hundimiento de la Torres Gemelas y terminó con el de Lehman Brothers.

Barack Obama (2009-2017) hereda el desastre, pero no duda en seguir recetas keynesianas. Solicitas 787.000 millones de dólares que emplea en exenciones fiscales, obra pública y subsidios de desempleo. Los republicanos, sin embargo, atrapados en sus trampas ideológicas votan en contra. Los keynesianos protestan porque creen que la exenciones fiscales no se gastan, sino que se ahorran (la Ley de Say: toda oferta genera su demanda, no se cumple). Así, los que tenían miedo de perder el empleo no se compraban un coche. Las compañías de coches tuvieron que recibir ayudas del gobierno.

En 2008 el G-20 le pierde el miedo al déficit para evitar la recesión, pero, en 2010, antes de que las soluciones keynesianas empezaran a surtir efecto, los líderes mundiales ya estaban preocupados por la deuda generalizada de los países, generada por los rescates de la banca. Los especuladores atacaron los países más débiles de la Unión Europea y las primas de riesgos se dispararon. El problema estaba a otra escala, pues los países se desestabilizan por los intereses de la deuda que llegaron a alcanzar el 7 %. Ahora la consigna era Hayekiana: Había que acabar con el déficit y reducir los gastos gubernamentales. En el mundo entero, los bancos ejecutaban las hipotecas con una mano, mientras con la otra se recibía dinero barato, si no regalado. Paul Krugman advertía que si se retiraban los estímulos de forma prematura, volviendo a reducir impuestos y gastos, se caería en una segunda recesión, como ocurrió en los años treinta. Sin embargo, desde el bando republicano, al ganar las elecciones a las dos cámaras, se complicó la gestión económica de Obama y se pedía la eliminación de las ayudas sanitarias a los más pobres.

FINAL

El libro de Wapshott termina con un balance de las ideas de Keynes y Hayek  y el éxito de su recepción. Cree que Keynes sigue estando presente en su propuestas macroeconómicas. Incluso el monetarismo de Friedman necesita de un Estado con Banco Central que lo implemente. Hayek, por su parte, ha dotado de retórica libertaria al conservadurismo mundial, que reclama un Estado pequeño, pero corre a reclamar el rescate con fondos públicos cuando tiene dificultades. El radicalismo de Hayek le lleva a proponer que, incluso la emisión de moneda, se lleve a cabo por las empresas.  No cabe duda de que Hayek ha generado una utopía libertaria de la que muchos conservadores son seguidores ahora, al considerar que han encontrado un arma ideológica tan poderosa como la de el bien común enarbolada por la izquierda desde el siglo XIX. Aunque, sin embargo y para su disgusto, Hayek, dado que su radicalidad es bien intencionada, cree que tiene que haber seguridad social y subsidios que amortiguen los efectos sobre parte de la población que cíclicamente pueda sufrir los efectos de su liberalismo extremo. No creía en el gobierno, pero no vivió lo efectos que la eliminación de regulaciones produjo por la codicia corporativa. Hubiera sido interesante saber su opinión.

El mercado dejado a su libre albedrío ha provocado una crisis en cada siglo. Después ha esperado a que el dinero público lo rescatara creando deudas estatales que han llegado a desestabilizar países enteros. Una vez encontrado el equilibrio de nuevo se olvida la crisis y se reclama más libertad económica. Europa ha sido ambigua en su respuesta a la crisis: ha aportado enormes cantidades de dinero público al rescate de los bancos privados, pero inmediatamente ha obligado a que sus países miembros reduzcan radicalmente sus gastos públicos, al tiempo que imponían una política de bajos salarios que ha precarizado a las clases medias y bajas. Pero, ¿hay algo más keynesiano que el Banco Central Europeo que fija el interés y pone dinero a disposición de Bancos y Estados? y ¿habrá algo más hayekiano que tratar de reducir bruscamente los servicios que prestan los Estados a sus ciudadanos? Los dos fenómenos se están dando en la Unión Europea simultáneamente. El libro acaba con una irónica cita de Galbraith, que aunque no vivió para ver como Keynes salvaba al capitalismo por segunda vez, supo escribir de que:

Keynes se sentía extremadamente cómodo con el sistema económico que tan brillantemente había explorado… la mayor parte de sus esfuerzos, como los de Roosevelt, eran conservadores; querían ayudar a asegurar la supervivencia del sistema. Pero este conservadurismo de los países anglófonos no es atractivo para el conservador realmente comprometido… Es mejor (para aquél) aceptar el desempleo, las plantas inutilizadas, y la desesperación masiva provocada por la Gran Depresión, con todo el daño que puede hacer a la reputación del sistema capitalista resultante, que retractarse del verdadero principio… Cuando el capitalismo finalmente sucumba, lo hará por los estrepitosos brindis de los que estén celebrando su victoria final sobre personas como Keynes”

El mercantilismo también tiene su fanatismo.