Un “trumpista” es un seguidor de Donald Trump. Visto los visto el día 6 en el asalto al Capitolio, tal parece que todos los votantes de este perturbador presidente de los Estados Unidos sean unos lunáticos y zafios disfrazados como los asistentes al sorteo de Navidad de la Lotería Nacional en España. Pero no, la cosa es más compleja. A esta calamidad de político le han votado prácticamente la mitad de los hombres y las mujeres de Estados Unidos, muchos de ellos educados y pacíficos ciudadanos, a pesar de su misoginia manifiesta y manifestada. Dando más detalles, le han votado casi la mitad de los jóvenes y de los mayores. Las diferencias se notan más cuando se atiende a la cuestión racial. Pero asombra que le hayan votado casi el 20 % de los hombres negros, a pesar de que acoge con simpatías a linchadores y casi el 40 % de los hombres hispanos, a pesar de sus insultos a los emigrantes latinos. Asombra menos que lo hayan hecho el 60 % de los hombres blancos, pero, donde uno se mesa los cabellos es cuando se compruebas que le han votado el 43 % de los universitarios y el 44 % de los que ganan menos de 50.000 dólares al año, que casi igualan a los que ganan más de 100.000 dólares al año. En cuanto a la división religiosa, tampoco la diferencia es notable, pues lo han hecho el 60 % de los protestantes y casi el 50 % de los católicos, que claramente no utilizan el Evangelio para juzgarlo. Quizá la diferencia más notable se encuentra entre el voto en la gran ciudad y la pequeña ciudad, superando el voto en éstas en un 20 % al de aquellas.

Esta abundancia de votos tiene explicación en:

  1. que sus rasgos de su personalidad: misoginia, racismo, homofobia y clasismo no repelen lo suficiente al tradicional espíritu conservador, que se traga el sapo, aunque su inteligencia no le impida ver a quién está apoyando;
  2. la movilización de un plus de electores que se consideran olvidados de las élites, y perjudicados por las políticas del comercio internacional con la consiguiente competencia a sus productos agrícolas o industriales y…
  3. la fidelidad al führer que ha conseguido inocular a toda los violentos machistas, racistas y homófobos que viven una fantasía de depuración violenta de todo lo que se aparte del perfil de hombre blanco armado, inculto y dominador de todo tipo de desviaciones.

Estos últimos son los que se han constituido en el escaparate ominoso del trumpismo por su insolencia y desprecio por todo tipo de instituciones democráticas por débiles e inútiles para sus fines. Simpáticos rasgos que exhibieron en el asalto a las cámaras democráticas de su país. Pero, siendo la fachada y expresión del peligro del trumpismo, ya se ve por las cifras que hay una base sólida que repudia estas formas, pero que preferirá un candidato como Trump, aunque los acerque al abismo, antes que votar a los demócratas o permitir su victoria con una abstención. En realidad, vista la situación, el debate nuclear dentro del partido republicano van a ser éste: aceptar o no candidatos extremistas. Naturalmente va a depender de las posibilidades de éxito de políticos más templados.

Conclusión: los gamberros que entraron en el Capitolio sólo son este último porcentaje de exaltados, ignorantes, vociferantes, impacientes y violentos que toda comunidad tiene, pero no se puede olvidar que el señor Trump y su disparatada concepción del poder ha calado en 73 millones de personas, que no pueden ser confundidos con esta tropa. Este señor partía de los votos naturales del partido republicano, en tanto que representante de la visión conservadora en lo social y libertaria en los económico, que están cifrados en unos 60 millones de electores que nunca votarán al partido demócrata, pero tuvo la genial idea de acudir grupos abstencionistas y decirles lo que querían oír. Los conservadores tradicionales e ilustrados no le abandonaron, a pesar de su zafiedad, por su visión tradicional del patriotismo que tan bien ha resumido Trump en su “América first” o en su “Make América great again” y la seguridad de que, como millonario, tendrá una visión económica conservadora. Además el espíritu conservador comparte con la parte salvaje del electorado de Trump un odio mítico a cualquier enfoque social que tenga mínimamente el aroma del comunismo, aunque sólo sean prudentes medida sociales. Por eso el partido demócrata ha buscado sus votos en la parte de la población más indolente y abstencionista por marginal, como ha demostrado la activista Stacey Abrams en Georgia. De modo que la pelea política en Estados Unidos en el futuro se basará en estos dos movimientos en los períodos electorales, hasta que los marginales de partido republicano o los marginados del partido demócrata se cansen de promesas incumplidas. Entre tanto esperemos a ver qué pasa con las políticas reales que deberían entrar en convergencia, preocupándose los republicanos de la gente desfavorecida cuando les toque y procurando, los demócratas, no desbaratar la economía en su turno.

Lo lamentable será que el deseo de victoria obligará a los republicanos a explotar el invento de Trump acudiendo a darle a los mismos que profanaron el Capitolio lo que desean: un imaginario de lucha permanente; un Armagedón continuo en el que disfrutar de la fantasía de que pronto llegará la hora de que sólo el hombre blanco domine la tierra y los cielos. Por eso, acabar con Trump o con lo que ha sido el trumpismo no será fácil debido a que, uniendo solamente a los conservadores tradicionales y a los intereses económicos es muy difícil ganar a la marea demócrata a poco que se movilice. Y dado que los republicanos, como cualquier partido, necesita del poder, va a ser difícil que renuncie, tras su derrota total en estas elecciones de 2020, a la épica de Trump. Única forma de atraer hacia sí a estas tribus dementes, aunque es de esperar que ensayen fórmulas menos brutales. La consecuencia es que un pequeño porcentaje de extraños ciudadanos habitantes de las cavernas sociales, que antes no votaban, han sido invocados en las redes sociales por los nuevos brujos y ya veremos como se les vuelve al averno.

Post scriptum.- También cabe la posibilidad de que al Partido Republicano (G.O.P.) le pase lo que al Partido Popular español, que una vez que se radicaliza parte de su electorado, se parta en dos, quedando los moderados con la marca y creando los radicales un partido nuevo como Vox.

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