Hacía tiempo que lo sospechaba pero ahora estoy seguro: la inmortalidad es, mientras el egoísta Peter Thiel no lo remedie con su pretensión de ser inmortal físicamente, la prolongación de nuestro recuerdo en la memoria de los que nos suceden. Gente como Albert Einstein, Cervantes o la Madre Teresa son desde ese punto de vista inmortales absolutamente. Desgraciadamente lo son también gentuza como Hitler o Stalin, pero la memoria en eso no filtra con ningún patrón moral. El resto de nosotros, sólo lo seremos si somos capaces de interesar a nuestro entorno para que nos recuerden y, si es posible, de forma agradable. Esto implica, no sólo vivir vidas completas para nosotros, sino hacerlo también para los demás.

Hay dos ejes por los que uno puede prolongar su vida como persona no física: la vida personal y la vida profesional. A la primera podemos aspirar si somo capaces de que nuestra familia y nuestros amigos sigan diciendo “X, habría dicho o hecho esto o aquello en esta ocasión” o “¿Te acuerdas cuando dijo…? ¡cómo era!” y, el remate, “Cómo lo/la echo de menos“. En el caso de la vida profesional esta prolongación de la vida viene de la mano de la celebridad restringida y, no digamos, si se dejan escritos o actuaciones, que rebotan de una memoria a otra, del libro, a Internet, del Youtube al cineforum… Es la fama, ese ser alado que trompeta en mano difunde las virtudes del famoso por unos años.

Pues, a lo que iba, para los seres que vivimos las vidas buenas y no esos pobres que atrapados por la fama son tratados como guiñapos por representantes y publicistas. Esos juguetes rotos que lo sacrifican todo a ser recordados. Qué difícil es sobrevivir al halago y qué felicidad completa la de quién disfruta de celebridad  en un tipo de talento que le permite vivir vidas personales sin tener que anunciar un laxante, por ejemplo. No se si estoy equivocado pero tengo la impresión que un gran pianista puede hacerlo, pero para un deportista de élite es más complicado por esa enojosas necesidad de evadir impuestos que se imponen para pagarse vidas bastante anodinas a pesar de todo. Insisto, para los que vivimos vidas ordinarias la inmortalidad viene con nuestros familiares más jóvenes, los que van a vivir más que nosotros. Así el que no tiene hijos, ni amigos ni celebridad será olvidado de hecho un par de meses después de su muerte. El que tiene hijos y ha sido un padre o madre firme pero amorosa será recordada por haber educado y por haber perdonado. El que tiene nietos alcanza un poco más allá porque sus nietos, con los que no será necesario ni prudente usar la firmeza, hablarán de nosotros con deleite “Pues mi abuelo era muy rápido. Salía a las 3 del trabajo y a las 2 ya estaba en casa“, por ejemplo o “Mi abuela hacía un bizcocho que todavía echo de menos” o, para casos más puestos al día: “Mi abuelo me hacía unos espagueti fantásticos”  0 “Mi abuela fue directora gerente del La Observadora”.  En todo caso, los nietos hablarán de nosotros y los harán bien si hemos procedido con prudencia. Obviamente es iluso esperar algo de los biznietos que sólo te recordarán como una pasa balbuciente en un rincón de la casa esperando que llegue la hora de que (los nietos) hablen bien de tí sin que tú estés presente. Estos razonamientos me llevan a estar convencido de que los últimos acontecimientos me han garantizado “vivir” hasta el año 2116 al menos.

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