Cuento de Navidad


El ser humano protege su vulnerabilidad con cuentos y ningunos más amables que los de Navidad. Tiempo cordial en el que, a despecho de la atmósfera de consumo, nos obligamos a un grado de humanidad que suele estar ausente el resto del año. Este cuento es una metáfora del irritante desencuentro político que nos abruma. Es decir, de buscar sin encontrar.

El cartel de Di Caprio mostraba su cara más excitante en la pared de la habitación. Sus ojos de gato y sus mofletes eran perfectos para reunir en una sola imagen al niño con el que Laura soñaba y al atractivo varón que colmara su instinto. En el suelo dos bragas, unas zapatillas, seis calcetines, una mochila y papel de aluminio de un bocadillo a medio comer. Un sostén colgaba de la lámpara y cuatro pantalones en la misma percha luchaban por ser el más arrugado. Laura con un teléfono pegado a su piel hablaba y hablaba con su amiga Carmen del ideal de chico. Su cara se reflejaba en el espejo del armario y mostraba el extraño contraste de la piel morena, el pelo negro y los ojos azul-violeta de la Taylor. Todo su rostro era un ejemplo de eso que llamamos juventud y que no sabemos exactamente qué es.

«Uno ochenta, moreno, inteligente, musculoso pero no un obsesivo body builder. Cariñoso, atento, con sentido del humor y clase, que sepa estar, ya sabes. Que tenga una carrera y sea un activista romántico, pero sin pedantería; deportista, y si es gorrino como mi hermano, ya lo corregiré yo, que seré gruñona», decía Laura con un calcetín en la mano. Sus ojos azules chispeaban; sus senos descubiertos para placer del espacio se negaban a atender la llamada de la gravedad y señalaban al techo.

«Soy Guillermo, tengo veinticuatro años, he terminado la carrera y busco a la mujer de mi vida». Hablando solo, un muchacho fuerte se miraba delante del espejo mientras se ajustaba el pendiente en el lóbulo de su oreja izquierda. «Esta tarde será, de esta tarde no pasa, lo presiento». «Tendrá que ser morena, con ojos azul violeta, con miel en vez de pechos, como quería Salomón, estudiante de ciencias —quiero que tenga conciencia ecológica pero con conocimientos científicos—. Pasearemos, discutiremos sobre política, nos besaremos, nos amaremos y volveremos a discutir sobre el color que debe tener una puesta de sol». Echó la cabeza hacia atrás en un gesto de repugnancia tras su intento de saber si podría ponerse una camiseta usada. No se atrevió a oler los tenis por si necesitaba respiración asistida. 

Refocilón era el macro-mega-centro de diversión de Murcia. Laura entró por la puerta sur y Guillermo por la norte, dos mil cuerpos los separaban. Cada uno vio una película diferente. Noventa minutos después Guillermo se dirigió a la librería y buscó entre las novedades. Se quedó con el último libro de Moyano y Sanz. Pidió que se los envolvieran con papel de regalo con elefantes; le gustaba ligar con algún libro en las manos.

Laura compró los últimos libros de Moyano y Sanz; se los hizo envolver en papel de regalo para su hermana. El papel  era marrón con elefantes indios sobrepuestos. Con los libros entre las manos se dirigió con Carmen a la planta primera, entró en el café y al pasar tropezó en la banqueta de un chico alto que había en la barra con otro compañero, se cogió a él para no caerse, se disculpó, cogió el paquete que él le recogió del suelo y siguió riéndose con Carmen hacia una mesa vacía.

Guillermo estaba a punto de irse cuando notó un golpe y una mano que se posaba en su hombro. Sujetó a la chica que había tropezado con su taburete, admitió sus disculpas y le recogió el paquete que se le había caído. Pidió la cuenta, se despidió de su amigo y se volvió a casa con malas sensaciones.

Laura, un rato después, creyó ver los libros para su hermana en la barra. Extrañada comprobó que, en realidad, los llevaba en el bolso. «Debe ser del chico del tropiezo». Preguntó al camarero si lo conocía, que respondió «no, es la primera vez que lo veo». Cogió el paquete y decidió llevárselo para buscar una solución más tarde.

En su casa, ante el envoltorio abierto de los elefantes, comprobó que se trataba de  ejemplares de los mismos libros que ella había comprado. Se dejó caer sobre la cama y un extraño sentimiento, mezcla de desilusión y enfado por su falta de atención, le hizo pensar que, como una rama de hipérbola, se había acercado hasta su alma gemela, el amor de su vida, sin llegar a poseerlo.

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