Nuestra civilización está en una encrucijada. No me refiero a los cambios que las redes sociales ya han introducido o a los que la robótica va a introducir en nuestras vidas. Me refiero a los que, de verdad, definen a las civilizaciones, que es su salud espiritual. Grecia fue su filosofía, Roma su derecho, la Europa medieval el cristianismo, la Europa moderna la ciencia. Naturalmente no son hallazgos incompatibles, sino que la Europa actual es griega, romana, cristiana y racional. Pero también es sofista, belicosa, pagana e irracional.

Una parte de los europeos vive lujosamente, otra confortablemente y el resto aceptablemente. No voy a repasar las ventajas de ser europeo. Los europeos nos preguntamos porqué cuando mejor nos pueden ir las cosas, aumentan los problemas no previstos. Pues, la explicación es porque una característica de la realidad es que las diferencias tienden a reducirse por las buenas o por las malas. Y en el mundo actual, la bondad de la comunicación les hace saber, a la parte del planeta que no ha podido compatibilizar crecimiento demográfico con avances económicos, que existe un mundo cuyas migajas son mejores que sus vidas cotidianas. Y han decidido venir para probar suerte.

Son millones y pueden desestabilizar Europa. Pero todavía no, pues estamos envejeciendo y se necesita savia nueva para mantener el sistema productivo, que irá cambiando paulatinamente a medida que la robótica vaya haciendo desaparecer los puestos de trabajo convencionales para hacer emerger al cuidado como la gran tarea social, junto con el desarrollo del talento.

Naturalmente es necesario llegar a fijar a los africanos en sus territorios con países cuyo desarrollo permitan vidas decentes a sus habitantes. Aunque algunas noticias sobre la expansión de un nuevo colonialismo propietario de inmensas extensiones de tierra puede crear nuevas modalidades de tensión social. Pero también es necesario que Europa con quinientos millones de habitantes mantenga un cierto equilibrio homeostático, salvo riesgo de colapso. Pero las políticas europeas para parar la migración no son útiles y África se muestra especialmente incompetente en establecer regímenes políticos estables y no depredadores. No poca culpa tenemos los europeos por nuestra acción inmisericorde y rayana en la estupidez por la forma en que administramos aquellos países con nuestra pretendida superioridad intelectual y económica. Pero hace ya demasiado tiempo como para que siga siendo la excusa para que los africanos más inteligentes no encuentren el modo de explotar su riqueza a favor de sus poblaciones, en vez de aceptar élites corruptas en connivencia con corporaciones de ámbito global para el saqueo de materias primas y tierras cultivables.

Los Europeos también olvidamos que somos un queso de mil leches en el que las migraciones han tenido un papel fundamental, por mucho que la sociedad de cada época creyera que era el fin del mundo. En este punto, de toda nuestra herencia, lo que más sufre no es la legalidad o la racionalidad, sino la filosofía y la religión. Nuestro mundo se basa en importantes hallazgos filosóficos sobre la dignidad de cada ser humano y poderosas propuestas religiosas sobre la misericordia y la paz. Pero mientras la regulación legal y la ciencia progresan sin cesar, el problema de la migración masiva nos pone a prueba en materia ética y religiosa. Mientras seguimos con nuestros ritos sofisticados se nos ha endurecido el corazón y volvemos temerosos la espalda a los problemas concretos de personas concretas.

Es un caso curioso que quien espere ser juzgado en otra vida por sus actos, en esta vida rechace con gesto de asco y decidida acción política aceptar refugiados y quienes no creen en otra vida consideren que es un acto debido de mera humanidad. Obviamente también se dan las posturas contrarias, pero son más raras. La herencia cristiana de Europa no puede mantenerse exclusivamente en la lucha contra la presencia de minaretes, sinagogas o templos budistas. Tiene que recuperar sus orígenes basados en la protección del débil.

La tradición ilustrada de Europa tiene, al mismo tiempo, que buscar soluciones al carácter estructural de estas emigraciones distintas de pagar corruptos en los países ribereños para que contengan cruelmente la presión migratoria. ¿Puede el alma cristiana de Europa permitir que el Mediterráneo sea un cementerio? ¿Puede el alma racional de Europa abandonar la búsqueda de una solución? La respuesta en ambos casos es que no. Y, desde luego, hay que rechazar, tanto a los progresistas que no vengan con una carta de aceptación en su casa de refugiados, como a los enemigos de lo que llaman despectivamente “buenismo”, salvo que vengan con el certificado de apostasía firmado por el Vaticano. Es decir, ¡máscaras fuera!.

Estas actitudes individuales tienen su reflejo en las posturas políticas. En necesario también que los partidos busquen un mejor acuerdo entre su doctrinas de fondo y sus acciones políticas. Si unos optan por la religión y otros por la ilustración, que ambos sean coherentes. Es decir del incienso al ejercicio de la caridad y de la revolución al ejercicio de la humanidad.

Como en casi todos los casos, entre los extremos está la solución posible. Hay que dar un paso adelante cuando se presentan casos dramáticos como en estos años y, al tiempo, buscar soluciones en el corazón de la gobernanza europea. Por eso felicito a España y a la ciudad de Valencia por recibir al Aquarius y espero que el gobierno español consiga acciones políticas contundentes con la ayuda del resto de países ribereños del Mediterráneo que no sólo deben esperar turistas en sus playas.

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