Las lecciones de 2020


NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

ENERO DE 2021

El año 2020 ha sido un padrastro para nosotros. Ya desde enero prendió el fuego de la pandemia que todavía nos aflige, fuego que ha dejado muchas cenizas en forma de muertos, enfermos y una monstruosa deudas en los estados, cierre empresarial, paro individual y pobreza familiar. No menos inquietante ha resultado la materialización de algunos proyectos populistas, como la separación del Reino Unido de la Unión Europea, la insolencia de Hungría o Polonia tratando de evitar las sanciones a su deriva reaccionaria o el drama diario de la desaparición del Amazonas, perpetrado por el más irracional de los mandatarios. Y en nuestras proximidades, quizá, la más evidente consecuencia del desorden generado haya sido el espectáculo de nuestra clase política exhibiendo su mezquindad sin pudor, incluso cuando la esperanza emerge con la vacuna. Todo un cuadro desolador que empuja hacia el olvido del año bajo sospecha.

Sin embargo, sería absurdo no extraer ninguna lección de un año tan denso en males. Pues hay un cierto carácter iluminador en el mal al exacerbar las consecuencias de los errores. Y con ese principio explorador se pueden encontrar razones que alivien la desesperanza. En primer lugar, celebrar la fuerza de la democracia expulsando al nocivo Trump —un mal innecesario— y su estela de gravísimos asaltos a la convivencia. También la agilidad de la ciencia para proporcionar una vacuna, lo que debería resultar en un apoyo financiero del que ahora está huérfana. Aguzando la vista podemos advertir el enorme valor de la actitud mancomunada de la Unión Europea que, por fin, ha mostrado su unidad por encima de egoísmos impertinentes; con los grandes países de la región trascendiendo su pasado altivo para ir más allá de la perturbadora división norte-sur. Tal parece que 2020 ha provocado un salto hacia una Europa orgánica capaz de reaccionar a sus propios problemas; y esperemos que no tarde en poder actuar eficazmente ante los problemas del mundo con menos especulación y temor. Por otra parte, 2020 nos ha traído una mirada distinta hacia la naturaleza, que ha mostrado su capacidad de reaccionar haciendo daño, lo que debe activar nuevos mecanismos de anticipación.

Otra lección obligada es la precariedad social y, por tanto, la necesidad de evitar que las generaciones presentes paguen el precio del empobrecimiento porque no se comprenda la importancia de un reparto más equilibrado de la renta, y la necesidad de evitar que las futuras generaciones encuentren su progreso tapiado al afrontar el pago de una deuda inalcanzable. Este año también ha demostrado la madurez de Internet para transformar las relaciones laborales. Potencia ante la que habrá que estar alerta porque revolucionará la vida en positivo, con el teletrabajo y su influencia en la casi eliminación del transporte contaminante de millones de personas de casa a sus puestos laborales, y, en negativo, con la precarización del empleo, que obligará a que el derecho laboral afile sus dientes para morder tan áspera fruta. También el derecho fiscal tendrá que afilar los suyos para abordar la complicada cuestión de los impuestos a los monopolizadores del flujo internacional de servicios en las redes telemáticas.

Sin pretender ser exhaustivo, también es una lección que aprender de este infame año, nuestra perniciosa relación con la verdad, que se ha deteriorado extraordinariamente con la competencia que reciben los medios profesionales de comunicación del caos emotivo y tóxico consecuencia del mal uso de las redes sociales. Una deriva que se ha moderado por el deber de combatir la pandemia con información veraz. Pero se ha abierto una fisura por la que están saliendo a la luz capas subterráneas de carácter inculto y feroz que puede destruir nuestra civilización.

Finalmente, habría que mencionar el efecto subrepticio que haya podido ejercer en las almas fieles la impotencia de las religiones para ser algo más que consuelo. Una impotencia que, paradójicamente, se transforma en acciones dementes de pretendido dominio mundial a manos de quintacolumnistas del espíritu, como la situación de Francia pone de manifiesto, en su lucha por parar la influencia de imanes subversivos. Un aspecto éste, el espiritual, que se ha visto rehabilitado por la entereza mostrada por la sociedad ante tanta calamidad.

Estas lecciones deberían servir para mejorar nuestra condición de náufragos en un universo enigmático. Una situación precaria que debería llevarnos a creer con firmeza, tanto en la necesidad de cooperación entre grandes regiones geopolíticas como, a otra escala, a creer en el país de nuestras convicciones e ingenuidades. Si convenimos en que los errores son una riquísima fuente de información, veamos en los males, y 2020 ha sido pródigo en ellos, la oportunidad de una esperanza nueva basada en la alquimia de una razón emotiva capaz de transformar el plomo en oro.

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