Corren tiempos de mudanzas. Y de las tribulaciones no se libra nadie. Ni siquiera las grandes ingenierías surgidas de las dos revoluciones industriales. Época en la que en nuestro país, mientras que las ciudades crecían con desgana y de acuerdo con técnicas tradicionales, eran las comunicaciones, los puentes, las estaciones de tren y los puertos los que desafiaban la capacidad del hombre de superar las dificultades que a su escala ofrecía la naturaleza. A esos desafíos se enfrentaron los ingenieros durante los siglos XVIII, XIX y la primera mitad del siglo XX con tecnología y materiales limitados, pero con gran conocimiento de tales límites y gran capacidad de movilizar energía transformadora. A esa estirpe de ingenieros pertenecen los Agustín de Betancourt, Leonardo Torres Quevedo o José Agustín de Larramendi. Aunque no faltaron aquellos para los que la ingeniería era una ocupación pasajera pues pasaron pronto a la política, como a Práxedes Sagasta. Otros tenían la potencia renacentista como José Echegaray que fue un ingeniero, político y escritor de éxito, pues fue profesor de la escuela, ministro de fomento y premio Nóbel de literatura nada menos.

Todavía en los primeros setenta años del siglo XX se mantiene la tradición y la necesidad de ingenieros ocupados en las grandes infraestructuras, introductores de sistemas de cálculo innovadores o grandes profesores  como Carlos Casado, Eduardo Torroja o poco más tarde José Antonio Fernández Ordóñez. También se mantiene la tradición de los ingenieros políticos, como López Bravo, López de Letona o Leopoldo Calvo Sotelo. Tampoco cesa el interés por la literatura, como ocurre con Juan Benet o Marcial La Fuente Estefanía, que se ocupan de trasladar la literatura norteamericana a España con propósitos bien distintos, pues el primero se inspira en Faulkner para su Volverás a región mientras que el segundo sorprende con una avalancha de literatura de entretenimiento donde un cuchillo podía cortar una bala en dos provocando la muerte de los contrincantes del invencible protagonista. Quizá es el aviso de la caída en la banalidad que ha sufrido la vida en general. Hoy, en época de profusión en tecnología,  automatización, potencia de cálculo y generación de reglamentación ágil y bien adaptada, no faltan grandes ingenieros en sus especialidades como Javier Rui Wamba, José Calavera, Álvaro García Meseguer (que mantiene la antorcha de la literatura con sus ensayos sobre lingüística), Fernando Rodríguez García, Manuel Martín Antón, Juan Carlos López Agüí, Juan Carlos Arroyo, Hugo Corres, Toni Marí, Antonio Aguado o Julio Martínez Calzón, pero las cosas han cambiado. Y lo han hecho desde muy distintos fuentes de cambio. De una parte, se reconoce que estas grandes figuras se labran no sólo en los años universitarios sino en el talento y el estudio continuo durante toda su vida. Son hombres que profesan la ingeniería más que la ejercen. Por tanto, no representan al ingeniero medio que busca su destino con menos ambición. Esto ha ocurrido siempre y se reconoce ahora.

De otra parte, la gran complejidad de las empresas de ingeniería, tanto si se dedican al cálculo, como si lo hacen en la construcción obliga a basar la eficacia no tanto en el genio individual como en la organización de recursos tecnológicos avanzados y de recursos humanos muy bien adaptados a las necesidades operativas y competitivas. Esta nueva concepción requiere del gran gestor y del gran calculista en unas pocas y sofisticadas empresas de construcción y cálculo de estructuras o instalaciones industriales, cuya dirección e inspiración se basa, no en una imposible mayoría de talentos, sino en aquellos pocos a los que su capacidad de trabajo e inteligencia les hará llegar tan lejos como la sociedad y su ambición requieran. Vocación de conocimiento y acción a la que la universidad debe inteligentemente ofrecer todas las  posibilidades, pero sin condenar a la mayoría a largos años de estudio sobredimensionados.

José Ortega y Gasset no era un hombre sospechoso de connivencia con un pensamiento complaciente con la avalancha de las masas o la vulgaridad, sino que fue un hombre pleno de distinción e inteligencia que tenía serías dudas sobre ciertas tendencias modernas. En la segunda parte de La rebelión de las masas (1930) se refiere al hombre-masa como aquel que «sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él». Por tanto, las palabras sobre la universidad y su destino que se citan a continuación no son las de un sectario populista precisamente. En La misión de la universidad, escrita en el mismo año que se editó su célebre ensayo sobre las masas, establecía principios que parecen sacados de los textos actuales relacionados con la convergencia europea en materia de educación superior. Dice el filósofo: (1) «…en la organización de la enseñanza superior…hay que partir del estudiante, no del saber ni del profesor»; (2) «la universidad consiste, primero y por lo pronto, en la enseñanza superior que debe recibir el hombre medio»; y (3) «Hay que hacer del hombre medio un buen profesional… por los procedimientos más sobrios, inmediatos y eficaces»(los subrayados son añadidos, obviamente).

Sin caer en la precursitis está claro que Ortega ya vio claro, casi ochenta años antes, que la sociedad puede y debe dar a la voraz máquina productiva ingenieros eficaces, lo que en la propuesta europea se llamará grado y, al mismo tiempo, ofrecerse para la más completa y sofisticada biografía tecno-científica y cultural que un joven ingeniero pueda ambicionar y realizar con la nueva propuesta que llamamos postgrado. Cualquier postura reaccionaria para retrasar este enfoque otros setenta años (los transcurridos desde la visión orteguiana) necesita una justificación bien fundada y defendida públicamente, más allá de llamadas confusas a la pérdida de creatividad, que como se sabe es un bien escaso.

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