Una noche no merecida


Este texto fue escrito un día después de la presentación del libro de poesía de Miguel Espinosa, que había editado el COAATMU.

«Lo inesperado no nos está prohibido». Esta frase de Borges es apropiada para empezar este texto por dos razones: porque Borges va a ser mencionado más veces y porque viene a cuento. No era inesperado que conociera los «espinosianos» (en expresión de Javier Marín), suerte de personas enamoradas. Así, Mercedes Rodríguez, Pepe López y Eloy Sánchez. Inesperado era que Mercedes fuera así, como resultó ser; que Pepe mostrara los rasgos de la fascinación controlada o Eloy (el protobiógrafo) sea hijo de aparejador. El pasado día 14 de mayo conocí a Mercedes Rodríguez, la mujer de Otro (hombre, tiempo y lugar). El acto programado transcurrió sin que nada anunciara lo que luego llegó. En el recuerdo todo ha perdido color y nitidez excepto la escena prolongada toda la cena de Mercedes en diálogo con Pepe. Un diálogo natural, fluido en el que se alimentaban mutuamente los recuerdos. La palabra Espinosa no se pronunció en toda la noche (pobre padre) porque Miguel era la categoría. De lo dicho se desprendía que Miguel estaba «en permanente estado de literatura» (se decía de Borges); que daba la vida por una buena idea vital y que no dudaba en expresarla; que es un clásico porque el tiempo sólo lo desgasta nada más que para aumentar su nobleza; que Mercedes era ella misma o Azenaia según como la percibía; que sus cartas son una promesa no cumplida de fruición; que Mercedes leía La muerte de Virgilio, y al él no le gustaba; que… Pero, esa noche, la auténtica verdad era Mercedes.

Una mujer cuya frescura espiritual permitía vislumbrar qué la hizo convertirse en la inagotable amiga de Miguel Espinosa. Mercedes tenía 21 años cuando conoció a un Miguel de 26. Debía ser 1952. Una España cerrada en sí misma y en sus verdades oficiales daba cobijo a la más palpitante y prolongada amistad de la que yo he tenido noticia próxima. Seguro que fue la gacela de Miguel entonces y en un luego largo de amistad polimorfa. Una amistad atada a base de literatura hablada y escrita. Escuché que Miguel no sabía hablar de modo vulgar ni para lo banal; que conversar con él era fascinante porque las ideas venían engarzadas en construcciones sintácticas siempre nuevas, incluso cuando reñía para provocarla. Mercedes es ahora una mujer cuyo atractivo no deja ver su edad, que cuenta con un aire distraído que desaparece cuando sonríe recordando. Un misterio quedó para ella cuando, en medio de la memoria, se quedó en silencio sonriendo. No dijo qué le producía el éxtasis momentáneo. Silencio y sonrisa, nada más. Sin duda estaba viendo a Miguel porque algo de lo dicho actuó como magdalena de Proust. Dicen sus amigos que Mercedes tiene buena pluma, pero ella replica que Miguel no lo creía así, lo que bastó para que se inhibiera. Solo la posibilidad hace desear que cuanto antes podamos leer el epistolario entre Miguel y Mercedes. El tono sereno se rompió por hilarante con una anécdota que recordó Pepe. El protagonista involuntario fue Linares, destinatario sorprendido de una declaración de satirismo de Miguel. Tamaño caudal de memoria invocó a un hombre vivo que apareció entero para ellos (Mercedes y Pepe) y fragmentario para mí en justo castigo por no haber notado en los años setenta que alguien muy especial, tan especial como irrepetible, había coincidido conmigo en el mismo universo, el mismo planeta, el mismo país, la misma ciudad y, quizá, la misma calle el mismo día, a la misma hora.

 

La noche se desvaneció lentamente, porque el regreso al hotel añadió bondad a lo bueno, con un paseo lento y disfrutado con Pepe cuyo hectómetro de oro fue la plaza de Belluga. Un paseo en el que ciertos detalles no conocidos destellaron. Finalmente, dos comentarios más sobre los mindangos y ya está. Despedida y cierre de una noche que, a ratos, mostró los rasgos de lo inmutable (amor sin condiciones y memoria incontaminada) que hizo pensar al Borges (última mención) que había tenido una experiencia de eternidad. Gracias.

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