Estos días estoy empezando una experiencia de voluntariado nueva para mí actuando como juez en debates reglados entre adolescentes para desarrollar la competencia deliberativa. El esquema es que se enfrentan dos oradores colectivos formados por cuatro personas cada uno. Cada una de las cuatro se ocupa de un aspecto del debate. A saber: Presentación, Argumentación, Refutación y Conclusión. Cada uno de los oradores se ocupa, respectivamente, de defender o atacar una propuesta previa. Posición que es resultado del azar, pues se hace un sorteo previo.

Caminando hacia el lugar de mi estreno iba pensando en cómo contribuir a que las jóvenes personas no cayeran en el relativismo, dado el formato del debate. Quiero decir que si se puede ser capaz de defender o atacar una determinada cuestión, ¿dónde está la verdad?. Se correría el peligro de que se formaran personas escépticas que, puesto que en el objeto no parece estar la verdad, podrían optar por sustituir la verdad por el interés. Con lo que tendríamos almas vacías de convicciones pero hábiles para lograr sus fines. Así se podría trabajar sin problemas éticos igualmente en una fábrica de productos ecológicos o en una fábrica de minas anti personas.

Desde luego, si se define la verdad como el acuerdo entre el concepto o la expresión de cada uno y la cosa misma, enseguida se comprueba que hay problemas para saber qué es la cosa misma y, además, que hay otros que tienen un concepto diferente que reclama igual legitimidad que nosotros. En la ciencia ocurre igual, pero es más difícil que haya discrepancia en los conceptos entre sí de dos científicos si hay evidencias a favor de la propuesta de uno de ellos. Es decir, hasta nuevas evidencias, en la ciencia neutralizan provisionalmente una de las fuentes de discrepancia: la de observador a observador y queda el residuo de la diferencia entre el concepto compartido y la cosa en sí misma. Diferencia que no es una ficción, pues muy a menudo surge una experiencia que obliga a una reconsideración de lo que se pensaba que era definitivo.

La gente común tenemos conceptos incompletos de las cosas, si lo medimos en relación del que pueda tener un especialista. De un mismo objeto uno sabe sobre un aspecto, por ejemplo de los materiales que lo componen y otro de un aspecto diferente, como, por ejemplo, el modo en que funciona o cómo se repara. Cuando de se trata de asuntos relacionados con los intereses humanos, prestamos atención a las instituciones (por ejemplo, el Congreso), a acciones (por ejemplo, la promulgación de una ley) o a características (por ejemplo, ser orador). Cada uno de estos objetos: el Congreso, una determinada ley o la condición de diputado, tienes sus características que juzgadas por alguien se dividen en positivas o negativas. Por ejemplo en el caso del Congreso, estaría el ejercicio de la voluntad popular como positiva y la lentitud o bloqueo de leyes por equilibrios políticos; en el caso de un determinada ley fiscal, sus efectos serán positivos para quien beneficie, pero serán negativos para quien perjudique. En el caso de la condición de diputado tiene la ventaja de contribuir a la labor legislativa, pero puede caerse en la sumisión al jerarca político violentando la separación de poderes. Igual pasa con un cuchillo que puede ser un utensilio de cocina o un arma.

Tantos los aspecto positivos como negativos son el resultado de pasar el conjunto de la características del objeto por el filtro de nuestro intereses que la dividen en positivas y negativas. Esta ambivalencia facilita que sobre cualquier cosa se pueda mantener un debate, pues, de cualquier cosa encontraremos defensores y detractores. Pero nuestro conocimiento sólo es verdadero si nuestro concepto del objeto se corresponde con todas las características del mismo. Por esa razón, en los debates honrados los participantes pueden salir con parte de las ideas del contrario si son convencidos por los argumentos, pero en ningún caso eso modifica la integridad del objeto.

La competencia deliberativa, que es el propósito de estos enfrentamiento dialécticos, parte de que se tiene un conocimiento completo del objeto, pero que se ha adoptado la posición de considerar valioso sólo una parte de ello y despreciables los demás. En función de las proporciones decidiremos aceptar o rechazar el objeto. Una vez posicionados entraremos en conflicto con la opinión de aquellos que consideren mayoritarios las características del objeto que el interlocutor considera negativas. También se dan solapamientos, es decir, características del objeto positivas para ambos, lo que favorece acuerdos aunque no identidad de posiciones. Esta convergencia suele surgir en los debates abiertos a los argumentos de los interlocutores.

Después de dirigir dos debates, he comprobado hasta qué punto las jóvenes personas que intervienen en ellos están comprometidas con esta capacidad de buscar acuerdos desde posiciones de convicción hábilmente defendidas. Los debates tiene cuatro fases:

  1. Presentación
  2. Argumentación
  3. Refutación
  4. Conclusión

La fase más complicada es la refutación porque exige haber prestado mucha atención a los argumentos ajenos y a las réplicas y contrarréplicas que haga el adversario. Las réplicas se emplean para refutar los argumentos presentado por la parte contrario y la contrarréplicas para neutralizar las réplicas, es decir las minas dialécticas que nuestro interlocutor haya puesto bajo nuestro argumentos.

Viendo a estos jóvenes dialogar me viene a la cabeza, inevitablemente, el comportamiento de los adultos, tanto en cuestiones, sin resonancia social como en otras que se convierten en obsesivos temas de discusión, como es el proceso de independencia de Cataluña o los múltiples debates que están surgiendo en el renacimiento afortunado de algunas injusticias en el trato social e individual a la mujer. Asuntos que los adultos debate de forma bastante más negligente a como lo hacen los jóvenes que he escuchado estos días.

Finalmente, creo que lo esencial que puede salir de estos debates es que se comprenda ya desde la juventud que la realidad es compleja y que sus aspectos negativos son valoraciones nuestras que a las cosas no le estorban. Quiero decir que un detergente limpia, pero también envenena o que la confianza en alguien protege o te hace vulnerable. La características de las cosas son neutras hasta que son contempladas desde un punto de vista que inevitablemente estará cargado con los pre-juicios de la experiencia anterior del observador. Un punto de vista que seleccionará parte de las características marcándolas como positivas o negativas. De modo que la verdad es posible y consiste es que nuestro conocimiento, nuestros conceptos, teorías y manifestaciones describan todos los aspectos de aquello que se observa y, después, ponemos en juego nuestros intereses y deseos, pero, ahora, con la prudencia del que sabe que el otro también también tiene intereses, por lo que la lucha tendrá que consistir en rechazar los atributos que no pertenezcan al objeto de discusión y tratar de que el interlocutor vea como positivo aquello que ahora ve como negativo y viceversa. Una actitud que requiere capacidad de argumental y de escucha. Una capacidad que deber acabar allí donde acabe la convicción. Es decir que si los argumentos del otro han cambiado nuestras creencias previas, no debemos dudar en manifestarlo así, en vez de, cómo hace tantos adultos en la vida privada y pública, mantener las posiciones tercamente.

En el fondo de cualquier discusión sobre un asunto controvertido en ningún momento se debe perder de vista, como criterio de verdad para el género humano, que un acuerdo resultado de un debates social o particular pueda acabar en daño para la integridad física, psíquica y moral de nuestros semejantes.

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