En año 800 Carlo Magno hincó su rodilla ante el Papa y fue coronado emperador por el Papa León III. En la entrada de la actual basílica de San Pedro en el Vaticano un punto rojo marca el lugar del suceso. Después de la caída del Imperio Romano esta fue la siguiente ocasión en que el continente europeo experimentó la pulsión de unidad. El monarca Maximiliano se coronó emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con la venia del enérgico Papa Julio II (el comitente de la capilla Sixtina) en 1508. El siguiente en experimentar la unidad europea fue Carlos V, nieto de Maximiliano y padre del siguiente emperador Felipe II. La reforma de Lutero fragmentó el imperio y dió paso a la emergencia en el siglo XVI de los estados nación. Fundamentalmente España, Francia e Inglaterra. Alemania e Italia no existían como naciones. Eran archipiélagos de principados. La división religiosa mezclada con los intereses políticos mantuvieron el continente en guerra hasta 1648. Y a partir de 1789 la Francia revolucionaria se transformó en imperio en 1804 y generalizó la guerra en todo el continente en una versión cruenta a gran escala. Los conflictos bélicos continuaron con conflictos regionales como la unificación de Italia en 1860 o enfrentamientos internacionales por razones de dominio, como en 1871 entre Alemania, convertida ya en un Reich, y Francia. En 1914 la emergencia de Alemania como potencia se ejerce ejecutando el ultimátum a Serbia provocando la Gran Guerra y en el terrible período 1936 – 1945 con la guerra civil española y la devastadora II Guerra Mundial, un conflicto conducido por un demente, cuyos horrores provocaron, por reacción probablemente, el período de paz y convergencia más esperanzador que ha conocido la humanidad en las sociedades occidentales. Una paz occidental destacando entre conflictos orientales en Corea, Palestina, Vietnam, Irak y Siria, además de una violencia post bélica soterrada y axfisiante con la URSS y guerras “anónimas” en Somalia o Sudán. Y europa en paz porque parecía haberse encontrado la fórmula en la creación de los E.E.U.U. de Europa. Aquello europeos amantes de la paz imponían sus tesis conciliadoras y un largo proceso de construcción civilizada comenzaba incluso con los indómitos british del norte (Britannia rule the waves) que, a pesar de mantener las distancias, contribuyó con su dinamismo a la construcción de una Unión Europea más que prometedora hasta las primera década del siglo XXI.

Como tantas veces ha ocurrido en la historia, lo establecido es minado por corrientes opositoras y por la propia indolencia que el éxito provoca. En este caso el proyecto de Unión Europea ha padecido, de parte de los propios, con el egoísmo de las naciones miembros que no han querido llevar la unión más allá de contar con una única moneda y se han empeñado en modelos de reparto de la riqueza rayanos con la ruptura de la paz social y, de parte de los descontentos, de una persistente propaganda sobre la burocracia comunitaria y los riesgos supuestos de la inmigración. Lo países que lideran la Unión no se deciden a mutualizar las finanzas como si fueran una gran nación. Los residuos de pertenencia a una nación trabajadora y ahorradora que sospecha de unirse a los pobres y holgazanes del sur es un lastre que no permite comprender que estos son minucias respecto a los errores y horrores de las políticas neoliberales y de la desunión. Una acción concertada evitaría las burbujas y racionalizaría las inversiones. Una legislación común y coercitiva permitiría que el Norte que ahorra pueda invertir con prudencia en el Sur evitando las burbujas por préstamos mal usados. Pero nada será posible sin una unión política y aquí no hay medias tintas. Hay que romper el techo de hormigón que impide que las mentes acepten unas elecciones generales en el conjunto europeo con un gobierno único como en otras áreas del mundo. Nada perturba mi ánimo si el presidente de la Unión Europea fuera un holandés y el jefe de gobierno un húngaro. Aquellos que los votos de todos los europeos eligieran. Y ese gobierno debería establecer las grandes estrategias del continente con el correspondiente control parlamentario. España sería como Francia o Eslovaquia una región autónoma de ese conjunto. Hoy en día es perfectamente posible una gestión a esa escala gracias a la tecnología. Que un francés le quite un puesto de trabajo a un español en España no debería crear más problemas que el hecho de que un gaditano lo haga con un vallisoletano.

Los enemigos de estas utopía son un grupo diverso formado por intereses políticos teóricamente contrapuestos. De una parte, las posturas más oscuras de la política de extrema derecha de cada país, herederas, generación tras generación, de las aspiraciones de que una nación se comporte como un individuo xenófobo, racista, egoísta y homófobo cuando sólo una minoría padece estos terribles defectos. De otra parte, las posturas más despistadas de la política de extrema izquierda de cada país, herederas, generación, tras generación, de las aspiraciones de que una nación se homogenice en torno a determinados valores mediante métodos que la historias ha descartado por inaceptables, cuando la mayoría de la población los rechaza. Es especialmente dolorosa su incapacidad de pacto pragmático con otras versiones de la izquierda perdiendo oportunidad valiosísimas de poder llevar a cabo cambios reales. Y ambas posturas coinciden en rechazar la globalización y el cosmopolitismo por la versión que de ellas han dado los actuales gobernantes nacionales y comunitarios. El grupo de extrema derecha fundamentalmente por el odio al extraño y el grupo de extrema izquierda por la elemental reivindicación de justicia social. Es lamentable que siendo ese el objetivo gestionen políticamente tan torpemente dando la sensación de que, dada lo complejo de progresar luchando civilizadamente con los intereses creados, se opta por un “cuanto peor mejor“.  O al menos, eso se desprende de la actitud del candidato de Francia Insumisa y Podemos en España.

Es históricamente un error volver a una Europa con las fronteras de 1945 y las actitudes de 1914. Naturalmente es posible, pero cómo explicarse esta reacción y que tanto horror no haya escarmentado a los ciudadano europeos de seguir los impulsos del bolsillo por fuera y las tripas por dentro. Quizá se enseña a los jóvenes la historia viva como si fuera historia muerta. Es decir, lo ocurrido hace sesenta años  como lo ocurrido hace seiscientos años. No es extraño que sea así, cuando en la política cotidiana se considera que lo ocurrido hace dos meses es ya el pasado, sobre todo si es un asunto enojoso para el interpelado.

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