Unos de los experimentos mentales más atractivos es el de imaginar en el futuro sentimientos del presente. Cuando pensamos en el siglo XIX podemos trasladar la situación a nuestros nietos pensando en nuestra época. Qué ecos llegarán a sus mentes de nuestros problemas y gustos. Los edificios construidos en nuestra época no tienen para nosotros ese especial aspecto que le proporciona el paso del tiempo, que no es otra cosa que un nuevo contraste entre patrones estéticos. Cuando uno tiene delante una forma nueva, ya sea en un vehículo, un cuadro o un edificio no tiene referencias por delante, pero las tiene por detrás. Si la propia sensibilidad tiende a acomodarse en formas  que no llamaremos antiguas, sino anteriores, la novedad le resultará incómoda. Obviamente estará sufriendo el espejismo que sufrieron sus iguales de cien años atrás, que rechazaron por poco académico lo que ahora les parece digno de todo encomio. Por otra parte, aquellos a los que su sensibilidad le lleva a una aceptación rápida de la novedad, corren el riesgo de no filtrar adecuadamente lo que no tiene más valor que la osadía de los nuevo. Lo interesante de la época actual es que el siglo XX experimentó tanto que cualquier enfoque estético actual puede parecer más antiguo que las propuestas de principios de ese siglo. El historicismo en arquitectura de los años ochenta aparecen como decorados frente al minimalismo de los comienzos del movimiento moderno. Cualquier escena figurativa, por modernos que sean sus temas, parecerán más antigua que la explosión del expresionismo abstracto de los años cincuenta. Pero qué hacer después de Miró o Pollock, de Kline o Rostock que no resulte recargado. ¿Hacia dónde explorar cuando la suma de la tradición figurativa y la abstracta parece haber llegado al final del espacio pictórico?. Algún genio nos sorprenderá, pero está por llegar.

Este mes la fundación Caja Murcia ha puesto al alcance de los murcianos, tan zarandeados por los escándalos políticos o la infinita espera del AVE, una exposición de pintura de transición entre el siglo XIX y el XX. “Senderos a la Modernidad” expone cuadros de la colección Gerstenmaier. Hans Rudolf Gerstenmaier es un empresario alemán coleccionista de arte basado en su gusto. Dice este afortunado hombre:

“El coleccionismo es algo innato al ser humano… Para mí España es un país que tiene un contacto permanente con la historia y la cultura y esta circunstancia no se encuentra de la misma manera, por ejemplo, en Alemania.”

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Al visitarla se experimentan estos sentimientos a los que aludía más arriba. Tenemos delante pinturas desde 1872 (Los Picos de Europa de Carlos de Haes) a 1925 (La merienda de Ricard Canals Llambí) contemporáneas de la Comuna en París, del imperio austro-húngaro, el pesimismo del 98, la Teoría especial de la Relatividad, la Gran Guerra y la sepia alternancia de conservadores y liberales. Tiempos que no hemos vivido ni los más viejos del lugar en edad adulta. Por tanto, todo lo que experimentamos ante estos testimonios de aquellos tiempos, es una construcción a partir de nuestra mochila cultural (cognitiva, volitiva y estética). Y con esa mochila entré en la sala de exposiciones para ver que veían los ojos de esos barbudos, ninguna mujer como corresponde a época tan misógina en España (el voto para la mujer tuvo que esperar a 1931). Me encuentro con retratos fieles a las enseñanzas de Goya, Delacroix y Renoir y, en contraste Constable. Paisajes pacíficos de campos horizontales o agrestes bloques calizos pidiendo ser escalados, bodegones de flores, esas criaturas que trascienden el tiempo, jardines románticos ocultando amores clandestinos, escenas cotidianas de mujeres en amistad y mares enfadados sacudiendo vidas humanas expertas en vivir y morir. En resumen: naturaleza viva o naturaleza muerta. Pero no de cualquiera, sino de Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Santiago Rusiñol, Mariano Fortuny, Hermenegildo Anglada Camarasa, Emilio Sala, Ricard Canals, Eliseo Meifrén, Carlos de Haes o Martín Rico. Lo mejor de cada casa. Y, a propósito, no hubiera estado mal algún Ramon Casas.

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Pinceladas desaparecidas para que se luzca el rostro, la piedra o la flor y pinceladas insolentes mostrándose por delante del motivo y empujando al espectador hacia atrás si quiere ver más allá de ellas. En todo caso, hay que considerar que cuando nuestros pintores están rompiendo moldes respecto al, pongamos, historicismo de Francisco Pradilla o Madrazo, al soltar su pincel y dejarlo moverse libre por el lienzo están ya retrasados respecto del geometrismo de Paul Cézanne y Picasso que ya no pueden controlar su energía creativa y corren hacia el muro que devolverá el arte de nuevo a la figuración tras un viaje astral lleno de entusiasmo por la novedad. Estos grandísimos pintores, desde otro punto de vista están distraídos respecto de los temas sociales con la excepción de Fortuny con marruecos o Casas y Sorolla con unos pocos ejemplos de problemas laborales.

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Toda la colección es arte figurativo, aunque algunos cuadros ya están disolviendo las formas camino del abstracción. Pero, como mucho, su centro de gravedad está entre el academicismo y el impresionismo romántico sin aproximación alguna al contemporáneo expresionismo. Pero, escritas la letra pequeña de nuestra visita, la carga figurativa que a todos nos embarga me ha permitido disfrutar del arte de nuestros compatriotas inocentemente. Color, soltura de pincelada, buenas perspectivas, buena elección del formato, maravillosos paisajes, rostros vivos, flores eternizadas y, por cierto, majestuosos marcos. España nunca ha tenido prisa para hacerlo bien.

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Una comisión del siglo XIX español nos visita y lo cortés es dejarle entrar en nuestro salón y ofrecerles asiento, ponerles música de Albéniz, prepararles una infusión y a los más viciosillos algo de laudano. Con ellos pasaremos un rato en el que nos podemos imaginar con chistera, levita y monóculo inclinados sobre un lienzo exclamando: “¡Querida! ¡qué atrevido pintor este Mariá Fortuny!” y “querida” respondiendo: “Ilustre ignorancia la tuya, querido. En parís ya no pintan árboles y hay unos pintores a los que llaman ‘las fieras’ que tienen colores en las garras”. 

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