Hugo Chávez se contrató a sí mismo en la televisión oficial venezolana para dar los domingos un sermón que empezaba a las once de la mañana y podía acabar a las cinco de la tarde. Ya sé que Fidel Castro tiene el récord no filibustero con siete horas de duración con un discurso ante el parlamento cubano en 1998. Cuando digo no filibustero, entiendo que el lector conoce la práctica del llamado filibusterismo para retrasar las votaciones en el Congreso de lo Estados Unidos. Recientemente, el senador Ted Cruz, que cuentan que estuvo 22 horas hablando se ha acercado al récord de más de 24 horas de otros senador republicano Strom Thurmond, en 1957. Este tipo de alardes prostáticos podría formar parte de la historia del disparate, si no fuera porque su intención fue, en ambos casos, de tendencia muy conservadora, pues Ted Cruz se oponía al Obamacare y Thurmond a la ley de derechos civiles de los afroamericanos.

Sea como sea, los discurso largos en realidad baten el récord de desconsideración hacia los colegas y congéneres, en general, a los que castigan con vaciedades oratorias con el propósito aludido de retrasar la mecánica parlamentaria. Los discursos en el Parlamento español no tienen estas duraciones y, desde luego, el reglamento limita a duraciones razonables la intervenciones de nuestros políticos. Lo que preocupa, por tanto, no es la duración, sino el contenido, que cada vez se parece más en su inanidad y pretendida astucia al filibusterismo o a los derrames verbales de los ínclitos Chávez y Castro.

Ya hace tiempo que cuando un periodista pregunta algo que incomoda en un rueda de prensa el compareciente desvía la cuestión diciendo algo así: “Eso no es lo que preocupa a los españoles, sino esto otro…” o eso de “Ahora, no toca”. Es obvio que con este truco, al que el periodista responde tímidamente “No ha contestado a mi pregunta“, el compareciente resuelve cualquier situación y, si el periodista insiste, pues se traslada el derecho a preguntar a otro plumífero. Esta actitud de desprecio a la opinión pública llega al clímax cuando se hace en sede parlamentaria produciendo la irritación de millones de tele-radio-espectoyentes a los que las neuronas se les calientan produciendo cortocircuitos cerebrales que sólo se alivian con otro café.

El “diálogo de sordos” es un clásico de la incomunicación. Yo lo sustituiría por el “diálogo de diputados” porque la incomunicación premeditada es palmaria; la elusión de la cuestión central inhibidora y la inhibición de la presidencia del congreso frustrante. Probablemente, no, seguro que no es posible un moderador en el hemiciclo que interrumpa al parlamentario legítimamente y le conmine a atenerse a lo preguntado o al motivo de la comparecencia. Igualmente, podría obligar al interrogador a preguntar los que es pertinente y no aprovechar para llevar a cabo un acoso verbal para una causa general. No existe ese moderador porque la libertad de expresión exige “expresión de la libertad“. La pertinencia del contenido del discurso, para la salud mental de los que lo escuchan, está encomendada a la honradez parlamentaria del que hace uso de la palabra. Y como tal honradez está sometida a la necesidad de burlar las presiones de la oposición o producir la debilidad de los gobernantes, pues no hay nada que hacer.

De este modo los interesados, en primera instancia, son conducidos al escepticismo y se vuelve resultadistas. O, en todo caso, se queda a la espera de un lapsus para reírse un rato. Pero hay que tener en cuenta que este cinismo parlamentario también corroe a la democracia y aumenta, poco a poco, el número de los que aceptarían gobiernos “técnicos“. Sean cuales sean las palabras pronunciadas, sólo cuenta el número de dóciles diputados que las apoyan o, mejor, que apoyan los intereses políticos en juego. Por eso, frente al filibusterismo cuantitativo, este filibusterismo cualitativo debería dar lugar a un cambio del nombre de la institución que pasaría a llamarse “Aló, diputado“.

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