En estos días de deambular espiritual, de mirada al horizonte desde las altas cumbres de euforia que a nuestras vidas amables todavía nos proporciona diciembre; en estos días en los que, todavía, puedo percibir los perfiles de las diferencias que convencionalmente nos damos para la vida práctica, horas del día, días de la semana o semanas del mes, la Navidad se me presenta como una de las convenciones más potentes, sea como solsticio de invierno o como nacimiento de un hombre que propuso a Occidente, viniendo de Oriente, un modo de actuar que violenta las tendencias de los que, a  veces, con más entusiasmo se proclaman sus seguidores.

El ser humano necesita estar organizado incluso en sus sentimientos. Por eso se programa o acepta que se programe un período en el que suspender la agresividad cotidiana y practicar la bonhomía general. Una pena, porque lo que se necesita es una buena disposición todo el año, pero algo es algo. Y ese algo lo proporciona la Navidad en nuestros lares occidentales sin duda. Es un período complejo porque ya no sólo nos predisponemos a repartir felicitaciones a izquierdas y derechas (bueno estos no, que siguen repartiéndose goyescos estacazos unos a otros e, incluso, unos a unos u otros a otros), sino que buscamos la riqueza esquiva de la lotería, nos reímos de los inocentes, hacemos prestidigitación con nuestros niños y miramos al futuro con promesas de cambio y perfección. Esta última actividad, que obviamente es mental, es muy interesante porque nos obliga a reflexionar sobre nuestros fracaso y logros, lo que puede ser muy útil si superamos la tendencias natural a mentirnos sobre unos y otros.

Se puede fracasar pero no se puede soportar la evidencia de que así ha sido. Por eso generamos complejas maniobras de distracción y retorcimiento de la realidad para que siempre haya un responsable de lo sucedido. Aceptar los propios errores es como entrar en una poza de agua helada y resistir  los pinchazos sobre la piel del incómodo sentimiento de culpa. Un higiénico sentimiento que si no lo experimentamos evolucionamos hacia un estado de insensibilidad que nos hace cada vez peores. La culpa probablemente sea una mentalización del dolor, ese estado de alteración tan molesto pero tan necesario para no incurrir en prácticas físicas o nutricias peligrosas.

La culpa es el instrumento de la ética. Si no se experimenta y se corrige no habrá injusticia que nos aflija. Pero la ética no es suficiente, porque es un patrón de conducta individual que necesita ser socializada, es decir, moralizada. La sociedad nos conforma con sus reglas morales, resultado de la propia experiencia del grupo. De la lucha entre los patrones particulares de nuestra biografía como personas y los sociales emergen los movimientos que cambian la sociedad. Esa lucha eterna alcanza hoy en día unos niveles que no dejan ver con claridad. La evolución de la ciencia y su hija la tecnología ha eliminado mucho sufrimiento, pero la inmediatez de las malas noticias de estos mismos avances proporciona un enorme sentido de culpa por el sufrimiento aún presente en forma de atroces prácticas políticas, bélicas o medioambientales.

El rápido progreso de las carencias de recursos exacerba luchas subterráneas camufladas, por lo menos hasta ahora, por la corrección política. Unas luchas que parecen trazar un futuro lleno de conflictos en el que en nombre de la felicidad local se practique la infelicidad ajena sin remordimiento alguno al primitivo grito de ¡ellos o nosotros!. Una explosión de egoísmo basada fundamentalmente en la ignorancia del asombroso proceso de socialización que nos ha traído hasta nuestra realidad pensante actual. Somos resultado de la unión estructurada permanente y, sin embargo, desde el más glamuroso anuncio publicitario al más casposo discurso político se nos hace una llamada a la individualidad rabiosa en vez de a la unión poderosa que practicaron inconscientemente nuestros antecedentes atómicos, celulares o tisulares. Y aquí es donde la Navidad que nos hemos dado tiene que cumplir su genuino papel depurador de errores y promotor de promesas.

La Navidad no puede quedarse en una mera exhibición de capacidad económica para el goce hedonista con productos genuinos para unos pocos y con productos vicarios para unos muchos. La sociedad, quizá en una Navidad de algún año, aprenda a no escuchar los sermones vacíos de los agentes paliativos de la moralina, sino al discurso abrupto de la realidad doliente y sin aspavientos tomando la decisión de dirigir el consumo de mercancías y de ideas hacia rumbos en los que no tenga cabida lo preconcebido, sino lo presente, lo ejemplar, lo que llama a la puerta con fuerza por la profundidad de su verdad. La vida es una apuesta de alto riesgo. Cuanto más quieras asegurar la propia posición más allá de un determinado umbral más desestabilizas la posición general poniendo en peligro a todos.

Por eso es tan inquietante que, precisamente esta navidad, nuestros deseos de paz se vean perturbados por las nuevas iras y los viejos rencores de nuevos y viejos líderes que no aprenden, a pesar de la importancia de sus misión ejemplar y ejemplarizante. Que la sociedad como conjunto de individuos es portadora de formas eternas de maldad y bondad es un hecho que la letra hasta ahora y la imagen en los sucesivo nos recuerdan una y otra vez hasta el punto de dar marchamo de calidad a aquellas obras que se ocupan de mostrar en seres concretos los sentimientos de siempre. Pero si solamente se toca la tecla de la emoción individual sólo podemos conseguir estimular hasta el agotamiento nuestra capacidad de sentir congoja, pero no cambiaremos nada. Es necesario complementar este ciclo eterno de las emociones personales con la espiral potencialmente mejorable del comportamiento de las instituciones. Es necesario conectar nuestras emociones con el buen o mal funcionamiento de todo aquello que hacemos juntos: el trabajo, la solidaridad organizada, las leyes, la gobernanza, la defensa del medioambiente. Las instituciones no están encerradas, como nuestras emociones, en ninguna cárcel genética. Evolucionan si las hacemos evolucionar o se estancan si hacemos prevalecer los intereses de los individuos. Si el aire, el agua o los minerales bajo los polos son comunes a defender con energía, el común por excelencia es la institución. Universidades, Ayuntamientos, ONGs, formas de gobierno u hospitales deben ser defendidos en su funcionamiento evolutivo con toda la energía que nuestra capacidad de comprender esta verdad nos proporcione.

Quizá sea en una Navidad cuando caigamos del guindo egoísta, mandemos a paseo a los neoliberales tóxicos y hagamos sentir la fuerza de unión benefactora que tanto necesitamos. Una Navidad en la que comprendamos que la seguridad de cada uno sólo la garantiza la de todos. Que el respeto a cada uno sólo llega del respeto al otro. Que la división entre egoístas y altruistas, aún si tiene un profundo y oscuro origen telúrico, puede ser salvada controlando en las instituciones la mitigación del uno y la emergencia del otro. Quizá sea en una Navidad…

Foto Arsviajandi-Asun Ayuso

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