Este fin de semana han muerto tres mujeres en España asesinadas por su pareja. Desde 1999 a 2015 la media es de 61,6 mujeres cada año. Esto son 1048 mujeres muertas en 17 años tras el terror de vivir con su asesino. Para ver el alcance de este crimen con origen en patológicas relaciones sentimentales, se debe recordar que ETA mató 829 personal desde 1975 hasta 2011. Es decir, menos muertes en el doble de tiempo. Sirva esa inútil comparación para destacar la diferencia en el horror social percibido en un caso y el otro a pesar del carácter mucho más mortífero de la violencia de género. Pero es sabido que no es lo mismo un asesino en serie que una serie de asesinos. Han sido necesarias muchas campañas con éxito relativo y el constante recuerdo en los medios cada vez que se produce una muerte más para mantener una cierta sensibilidad con este horroroso crimen sistemático. Si todo acto de amor se simboliza con la entrega de flores, no debe haber más muertes bajo las flores.

No podemos confundir la actitud de un contador de chistes machistas y su coro de complacientes compañeros con los asesinos, pero sí debemos dejar claro que este trasfondo psicológico y social de desprecio por la mujer que llamamos machismo es participado y exacerbado por el que comete el crimen porque ese clima contribuye a eliminar los frenos de la ira del que pierde el control maltratando sistemáticamente o en un único acto de violencia letal. Esa complacencia desata nudos que los hombres no podemos desatar en nuestras mentes. Nudos que mantienen a raya la suma ingobernable de dos impulsos ciegos: la pulsión sexual y la humillación por el desprecio. La pulsión sexual que lleva a determinados hombres a abusar o violar niñas y mujeres produce tal culpa personal y vergüenza social que el mejor sistema que se ha inventado para neutralizarlas es el consenso social más o menos explícito sobre causas inabordables. Si la ley, los jueces, y cada uno de los hombres adoptamos una postura benévola con ese supuesto deseo irrefrenable de poseerlas a todas, como ocurrió no hace mucho en nuestro país y ocurre hoy mismo en determinados países, se está invitando a la más sórdida violencia en el hogar y a la más violenta sordidez en la calle. El que cada hombre tenga que convivir con formas mitigadas del deseo sexual toda su vida es probablemente la razón de esa connivencia que busca en el comportamiento de la mujer la razón de la violencia. Por su parte, el odio al desprecio, a una supuesta humillación que cualquiera experimenta ante quien no lo trata con respeto real o imaginario, se vuelve ciega violencia cuando procede de una mujer con la que el hombre vive una relación próxima. Ya sea por una explícita creencia en la inferioridad de la mujer, ya por una creencia en el derecho al dominio sobre la mujer, que es un sintona claro de carencias personales no resueltas. No sé si los especialistas han discriminado estas dos fuentes de violencia criminal, pero su combinación, desde mi punto de vista es explosiva. Un hombre civilizado y amante debe evitar toda emergencia de una de estas pulsiones. Hoy en día cualquiera de las dos pueden ser resuelta con la separación. Separación en la que hay que evitar el bucle de desearla y al tiempo reclamar venganza por los supuestos agravios. La mujer es un ser distinto del hombre, lo que las convierte en una fuente de goce físico, y sentimental mutuo. Es posible que el hombre tenga impreso un mandato biológico que no termina con la madurez o incluso la vejez. Mandato que psicológicamente puede prolongarse más allá de la potencia física, como Horacio lamenta en una de sus odas.  Por su parte la mujer es posible que tenga un mandato biológico con caducidad más precisa y, desde luego con una fuerza mitigada en la madurez que explique la asimetría de actitudes que, al menos en términos generales, se observa en la realidad y en el arte literario y escénico. Pero todo esto es conocido y el modo de que no sea generador de violencia es el que siguen la inmensa mayoría de los hombres y que consiste en comprender, respetar y actuar en consecuencia con actitudes de fidelidad, amor o amistad, según los casos. Actitudes que son correspondidas por la inmensa mayoría de las mujeres haciendo posible, con origen en cualquiera de los cónyuges, o matrimonios largos o divorcios cortos. En cualquier caso soluciones humanas y pacíficas. En el caso de la prostitución, se pueden dar todas las causas juntas en los casos más extremos, pero, en mi opinión, las más habituales son el sexo sin cortejo, unido a presencia mitigada de carencias personales cubiertas con relaciones ficticias.

Sean cuales sean las razones de los asesinos: posesión, celos o humillación, ellos representan la cumbre malvada de un valle lleno de colinas de misoginia que no debe ser alentada de ninguna de las maneras. Desde los chistes a las críticas acerbas como mecanismo de desahogo de supuestas injusticias conyugales entre machotes. Ninguna relación es fácil, pero ninguna pervive si las dos partes no ejercen con delicadeza y firmeza la persuasión al otro de qué actitudes no pueden ser permitidas para una feliz convivencia. Acumular agravios es dejarse ir por una pendiente que puede llevar a la ferocidad. Y los números nos dicen que el primero que se desliza por ella es el hombre. No vale acudir a lavarse la conciencia a las escasas muertes de hombres a manos de mujeres o al hecho de que los inmigrantes también matan mujeres. Ni siquiera al hecho de que países supuestamente más civilizados que nosotros tengan estadísticas espeluznantes y más trágicas que las nuestras.

Una mujer es ya mucho pero 60 es insoportable. Quien haya prestado atención al hecho de que es hijo de una mujer, hermano de otra, esposo de una esposa, padre de unas hijas, amigo de otras mujeres colegas o no, tiene que rebelarse ante el mero pensamiento de una tortura psicológica primero y una muerte atroz después a manos de quien debe compartir con ellas la vida mutua y la protección de los hijos, si es el caso. De modo que si los finlandeses matan a más mujeres o si los inmigrantes también matan mujeres no hay motivo de tranquilidad alguno. Ésta sólo llegará cuando no muera ninguna. Cuando ningún hombre experimente el instinto asesino por uno o mil episodios domésticos. Si puede, que los corrija mediante amor y persuasión, sino que utilice la vía legal para que el error sea corregido. Cualquier frustración debe ser puesta en el baúl del realismo humano que todo hombre culto o sabio (que no es lo mismo) debe llevar consigo. No siempre la intenciones de uno son acompañadas de las de su pareja. Pero la ejemplaridad es obligada. Desde este punto de vista es especialmente preocupante que el mandatario de la primera potencia mundial haga explícito su desprecio por las mujeres, incluida su hija. Mala es una situación en las que hay vergüenza por estos comportamientos aunque se sigan produciendo, pero cuando ya no hay ni vergüenza, estamos realmente en una situación de altísimo riesgo. Me resulta inconcebible que haya habido un número tan alto de mujeres que le hayan prestado su apoyo. Una cuestión ésta que no he comprobado que esté bien estudiada.

CIFRAS

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En el periodo considerado han muerto en España asesinadas 1048 mujeres. El 70 % españolas y el 28 % extranjeras. El 2% restante tiene que ver con la columna de No Consta cuya explicación en las estadísticas oficiales no conozco. En España las españolas mueren a manos de españoles y las extranjeras a manos de extranjeros. Lo que nos dice que hablamos de un problema universal. Desde 2012 parece haber una rachas negativa en las muertes de mujeres extranjeras que, como las anteriores, puede que tengan que ver con la evolución de las inmigración provocada por las oscilaciones de nuestra economía. Por lo demás, al menos desde 2007, en mi opinión, no ha habido mejora estadísticamente significativa en el número de muertes de mujeres españolas, por mucho que haya quien quiera atribuir el estado de indignación a una supuesta mayor violencia practicada en el seno de hogares extranjeros con una supuesta cultura inferior.

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Es habitual que España ocupe puestos bajos en las estadísticas europeas. En este caso nos alegramos de que sea así. Lo que no nos debe hacer bajar la presión sobre este tipo de crimen tan odioso. Este gráfico tiene un carácter más general puesto que no se refiere sólamente a las muertes. Algunas cifras son sobrecogedoras. Pensar que entre el 20 % y el 50 % de nuestra mujeres sufren algún tipo de violencia de parte de sus compañeros es un dato que debería discutirse en todas las escuelas y universidades. No hay ciencia ni conocimiento humano que pueda desviar la atención de esta lacra.

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Como se puede comprobar hay países civilizados donde ser mujer es muy peligroso. En nuestro país el 20 % de los crímenes son de mujeres a manos de sus parejas como en el Reino Unido o Italia, mientras que en Alemania es el 23 % y Finlandia es del 34 %. Sin embargo, hay que decir que punto arriba, punto abajo, la quinta parte de las muertes premeditadas de un país sean de mujeres a manos de sus compañeros, dice de nuestros estado de civilidad.

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