La Navidad cristiana es una fiesta coherente porque reconcilia dos incoherencias. La primera que, por una parte, se celebran los valores más apreciados de nuestra civilización, como la caridad y la esperanza, pero de otra, se desmiente todo eso, al convertirlas en una orgía de consumo de banalidades produciendo dos efectos: el aumento de la agresión al planeta, matando la esperanza y el olvido estupefaciente de la necesidades reales de los seres humanos, matando la caridad. Y la segunda incoherencia es que esta fiesta está asociada al nacimiento de una figura única (Cristo), la de un ser concreto o de un símbolo, según pareceres, que representa el conflicto, pero también la reconciliación entre nuestra imperfecta forma de ser y la perfección suprema. Cuestión ésta que está en el fondo de toda la historia de nuestra civilización en sus formas sociales, políticas y culturales.

La mencionada fiesta del consumo y sus consecuencias lleva a pensar en dónde puede estar la solución a determinados problemas estructurales enquistados que, más allá si cabe, de sus implicaciones morales, nos conducen a un desastre previsible, según nos informa la ciencia y nos desmiente la estupidez. En este momento entra en juego la ley de oferta y demanda según la cual el precio de los bienes y servicios se fijan con oscilaciones a partir de las preferencias de los compradores y los costes de los productores. Obviamente, ésto necesita aclaración porque, ni todo el mundo compra lo que desea, ni todo productor vende siempre cubriendo costos. Es decir hay que introducir detalles complementarios, pero éste no es el sitio. En términos simples esta ley nos dice que cuando la demanda aumenta porque el dinero circula con facilidad  o se trata de un bien muy apreciado y escaso, los precios suben y, simétricamente, cuando los precios suben, por razones internas de las empresas, la demanda se retrae. Por la primera razón, en Navidad suben el precio de productos a los que no les prestamos atención a lo largo del año, provocando, tras el cénit de compras, las rebajas, que buscan excitar la demanda ya casi agotada bajando el precio, dado que ya no pueden elevar el aprecio.

En términos más generales, esta ley podría enunciarse como que los seres humanos no valoramos lo que abunda y sí lo que escasea. Así definida, esta ley extiende su aplicación a ámbitos tan, aparentemente, alejados de la economía como las relaciones personales y sociales. No hay sorpresa en ello, porque, al fin y al cabo, la ley económica refleja nuestra forma de ser, que es el fundamento de nuestras decisiones en todos los aspectos. Esta importancia de la naturaleza de la demanda sirve para enfocar la solución a los problemas y establece una llamada a la responsabilidad que no hemos explorado suficientemente. Es habitual que echemos la culpa de la contaminación sobre las grandes compañías, de la subida del precio del petróleo sobre los países árabes, de las estafas piramidales a los estafadores y tenemos razón. Pero, si no queremos que se contamine, ni que los precios se disparen, ni que nos arruine un aventurero, en gran medida esto depende de nosotros. Y, más allá, si queremos política de calidad, se necesita un elector exigente y bien informado que no caiga, una y otra vez, en el error de votar al que no cumple, al menos sin explicar por qué lo ha hecho y después de pedir perdón. Si la extraordinaria arma que es la publicidad y la propaganda encuentra un consumidor inerte, carente de criterio e información hay poco que hacer e iremos indefectiblemente a un desastre ecológico y político. Ya me sorprendió hace tiempo que hubiera congresos de neuromarketing, pero su explicación parece clara: estar en posesión del conocimiento sobre los avances en neurociencia para influir de forma más eficaz en nuestras necesidades. Véase:

Este uso de la capacidad y potencia de la demanda es intuitiva, como ponen de manifiesto los intentos irracionales de usarla para boicotear a regiones del propio país por razones ideológicas. Pero siendo intuitiva, no está desarrollada. Piénsese que los materiales que mayor influencia tienen en la generación de CO2 son conocidos por su papel como combustibles universales, pero, además, y muy importante, gran parte de los productos cotidianos son transformados del petróleo, muchos de ellos no reciclables. Tampoco se olvide la importancia de los derrames de petróleo originados por la monstruosa demanda de este producto. Por otra parte, el asociacionismo de consumidores se ha centrado, por el mismo mecanismo de oferta y demanda en la defensa de los intereses económicos del consumidor. Por su parte, el ecologismo ataca a la oferta (las grandes compañías) consiguiendo escenas efectistas, pero no efectivas. Creo que sería bueno que unas y otras enfocaran parte de sus esfuerzos en que el ciudadano supiera hasta qué punto sus decisiones son importantes, sino decisivas. De ese modo se dejaría de perder el tiempo en esperar que las decisiones políticas, que persiguen siempre resultados a corto plazo, resuelvan el problema, como alguna vez creímos. Otra cosa es cómo conseguir cierta coordinación espontánea (pues la premeditada es ilegal) cuando se trata de miles de decisiones que pueden cambiar el rumbo de los barcos de contenedores en el océano o hacer caer o subir las bolsas.

No es fácil que los ciudadanos hagan de sus decisiones de compra una tesis doctoral, entre otras razones porque hace relativamente poco tiempo que la preocupación por la ecología y la economía ha llegado a la vida cotidiana. Y ello, por la evidencia de las consecuencias nocivas y por la insistencia de los medios de comunicación, que de nuevo bajo la influencia de la oferta y la demanda, han encontrado en esto áridos asuntos un contenido muy demandado y bien pagado por la publicidad. Lo que ocurre, creo, es que se añade a la gravedad de los problemas una ciudadanía mejor formada y más atenta a sus verdaderos intereses. Pero no se ha producido el acontecimiento crucial que ponga de manifiesto que las decisiones de compra sean coherentes con la información que se recibe sobre las consecuencias negativas de algunas de ellas. Parece difícil, pero, del mismo modo que encontramos natural que la publicidad dirija el gusto y, por tanto, las decisiones, ¿Por qué desesperar de que desde el consumo (la demanda) se organice la producción (la oferta), sin necesidad de cambios políticos radicales? Es decir, mejorar la vida usando el propio sistema que, por falta de control, ahora la ahoga. La política ya ha mostrado su esterilidad al respecto. ¿Qué sentido tiene que España haya sido superada por otros países en materia de energías renovables y especialmente en lo relativo a la energía solar?

Naturalmente, no estoy proponiendo un auto boicot a gran escala que hundiera la producción mundial, sino un cambio inteligente en las preferencias en función de nuestros intereses colectivos. No es una propuesta revolucionaria, sino provolucionaria, (vuelta hacia adelante) una palabra a la que le sale un subrayado rojo indicando que no está registrada en el diccionario del editor, pero, es una palabra que tiene las mismas credenciales que “progreso”. Es decir, se trata de encontrar la fuerza psíquica necesaria para dirigir el mercado desde la demanda, lo que no es nada fácil visto el share de las televisiones privadas que emiten contenidos de baja calidad y reciben el premio de una gran audiencia. En todo caso, parece una acción mejor que la alternativa conocida hasta ahora de un economía planificada de almacenes vacíos mientras se contamina produciendo armamento y se está dirigido por una gerontocracia corrupta (¡qué escena!). Ya saben el viejo chiste comunista:

Una señora entra en un almacén y pide mantequilla. El dependiente la mira asombrado y le dice: “- Perdone, camarada, el almacén en el que no tienen mantequilla está allí enfrente. Este es en el que no tenemos papel higiénico” (ni mantequilla, claro, añado yo).

Mientras llega esa capacidad de acción racional de los ciudadanos, no está de más que, al menos, no nos degrademos trasladando a lo más sagrado para nosotros los conceptos mercantiles, como ocurre cuando en las relaciones personales se habla de estar, o no, “en el mercado” sentimental. ¡Feliz Navidad!

 

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