La paciencia no es una cualidad occidental. Desde que en Grecia se disparó el muelle de la razón, no hemos parado hasta el vértigo actual. Por eso, tematizamos la lentitud como improductiva y la paciencia como un castigo (la espera en la consulta del médico, o el aburrimiento como falta de acción). La paciencia es la cualidad de saber esperar a que las cosas maduren. Pero cómo hacerlo cuando en la tóxica atmósfera actual todo presiona para que seamos impacientes, para que exijamos inmediatez, para que no esperemos a endeudarnos para comprar lo que no necesitamos. Es el “call now” de la teletienda. Yo he probado la paciencia esperando que cayera una hoja de un árbol esta mañana. Como premio me han dejado escribir este artículo. Usted debe esperar también a que caiga la hoja o perderá el enlace a este blog y no podrá disfrutar más.

En el famoso experimento del profesor Mischel en los años 60 con un Malvavisco (golosina-nube irresistible para los niños) se les decía que si se lo comían, bien, pero si eran pacientes y esperaban 20 minutos, tendrían dos golosinas. Dos de cada tres se la comen y a otra cosa. Se hizo un seguimiento de los niños del experimento y se encontró una correlación significativa entre la capacidad de diferir el placer y el éxito universitario. Naturalmente los niños que no esperaron pueden aprender a ser pacientes, pero ¿quién les enseña? el ejemplo de los adultos no es la mejor escuela. Claro, se dirá, porque estos mismos adultos también tiene el problema de la impaciencia. Bueno a partir de este artículo ya no hay excusa. El vídeo figura a continuación. Quien tenga la paciencia de verlo entero tendrá el premio de las encantadoras caras de los niños y podrá seguir leyendo debajo, quien no, será trasladado a otra página de Internet donde verá mil veces la película Torrente IV.

La paciencia tiene su aplicación en la vida social y política. De hecho, los grandes fracasos de los reformadores sociales tienen origen en la impaciencia. Las sociedades humanas tienen muchas inercias, debido a los patrones con los que juzgamos la bondad o maldad (para nosotros) de los cambios desde la infancia. Alguno reformadores de última hora no se dan cuenta de que con provocaciones contra esos patrones (quitarse el sujetador en una iglesia o besarse en la boca dos parlamentarios delante de Montoro) sólo producen el rechazo explícito de los ajenos y el implícito de muchos de los propios. Estrategias icónicas que parecen estar diseñadas por sus adversarios. Entre tanto, otros (muy respetuosos, eso sí) perjudican gravemente la justicia social en silencio. El mundo no se cambia así. El mundo se cambia con paciencia. Observando los detalles con una mirada atenta, el qué, el cómo y el porqué las cosas están ocurriendo de una manera tal que todos el mundo tiene la impresión de que vamos hacia un abismo. Después, sin ruido, uno se hace con los mecanismos que permiten cambios pacientes; se aplican con delicadeza y se está atento a las consecuencia evitando todo dogmatismo. No hay que confundir paciencia con parálisis. Etimológicamente “paciencia” está emparentada con “pasión” que proviene de “pathos” equivalente a sufrimiento. El paciente sufre porque espera (véanse los niños del vídeo). Sufrimiento que tiene origen en el mandato de la naturaleza de alimentarse ya, por si mañana no hay. Pero lo que diferencia al estado de naturaleza del estado humano es justamente la paciencia,  la capacidad de diferir el placer para obtener una satisfacción más duradera.

Lo que observamos en nuestros jóvenes políticos actuales es el mal del impaciente. Que no sólo quiere rapidez, sino que, además, equivoca el placer que busca. Como un niño saliva ante el dulce, el político impaciente lo hace ante el poder. Igual que el niño, no sabe que el placer de la golosina es sólo un medio para que se alimente, el político impaciente no parece saber que el poder es sólo un medio para la justicia social. Por eso el niño tendrá caries y el político impaciente será estéril en su desempeño. A los niños podemos perdonarlos y corregirlos, a los políticos impacientes no.

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