Filosofía de la Arquitectura


Contrastes urbanos camino de Victoria Station.
Contrastes urbanos camino de Victoria Station.

Cada vez que veo un consejo publicitario que utiliza música clásica o imágenes imperecederas del arte (el primero o el séptimo) me temo un nuevo mestizaje entre un significante sublime (la marcha nupcial de Mendelssohn) y un significado vulgar (un detergente). El mismo riesgo se corre con la filosofía o la arquitectura dos productos de la actividad intelectual del ser humano que inspiran fáciles metáforas cotidianas. Así, no es extraño escuchar que «la filosofía de este negocio es conquistar mercados» o que «la arquitectura de esta ley favorecerá su éxito» buscando la luz reflejada de su prestigio. Se habla incluso de Arquitectura Naval en ciertos ámbitos académicos. Esto no es ni malo ni bueno. Es, sobre todo, inevitable por la enorme potencia metafórica de la mente humana, que apenas captada la esencia formal de un concepto se divierte aplicándolo a otros campos. De esta forma obtiene nuevos y chispeantes nexos entre las palabras y sus referencias; entre el significante y el significado, de lo que son ejemplos luminosos llamar patología a una fisura; escenario al lugar en que se ha cometido un crimen; esperanza a la media aritmética; electrizante a una película, quijotesco a un comportamiento o brillante a una inteligencia.

Pero la arquitectura es algo más que la mera estructura formal de algo. Es, tanto en su alma estética, como en la técnica la oportunidad que le damos a la materia para mutar en sorpresa y hábitat seguro. Su alma estética ha sorprendido al observador de todos los tiempos con momentos de lucidez tal que aún perduran en formas que llamamos Partenón, Notre Dame, El Domo (domus Dei) de Santa María del Fiori, Imafronte barroco de la catedral de Murcia, Saint Paul o mezclas de materiales que llamamos Casa de la cascada, Pabellón de Barcelona, Ópera de Sydney o Museo Guggenheim. En su alma técnica soporta la labor cotidiana de tejer paciente y peligrosamente cimientos y estructuras; vigas y pilares; estructuras y fachadas; paredes y estucos o, en fin, tejados y cielos en una lucha tenaz por hacer durable lo que tiene fecha de caducidad. Naturalmente salvo en sus mejores expresiones que son indultadas por el tiempo y nuestra nostalgia.

La filosofía, por su parte, también es algo más que un aval de profundidad. Es, sobre todo, el modo en que el ser humano busca anhelante un sentido para su vida. En la filosofía convergen los conocimientos particulares para alimentar una síntesis que, si no es necesaria para el progreso de la ciencia, es imprescindible para que la humanidad no sea arrollada por su propia y vertiginosa actividad. La filosofía se dispersa a ratos y converge al regreso de sus viajes más erráticos. A veces es retorcida por los malevos hasta el punto de que los nazis pretendían aplicar en sus abyectos crímenes el imperativo categórico de Kant, supremo mandato moral. No siempre llega a tiempo y, como decía Hegel, puede ser como la lechuza de Minerva, que levantaba el vuelo al ocaso. Pero siempre se ofrece de forma incansable para sacarnos del atolladero al que nos conduce lo peor de la naturaleza humana.

Por eso, cuando hablemos de la arquitectura de una estrategia empresarial o de la filosofía de un club de fútbol no olvidemos que corremos el peligro de banalizar dos monumentos de la producción intelectual humana. Dos fuentes copiosas de vida y felicidad verdaderas y genuinamente humanas: el cobijo  y el pensamiento. Dicho esto confío en que les haya parecido correcta la arquitectura de este artículo y su filosofía de fondo.

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