Todas las mañanas cuando salimos de casa no vemos reflejados en espejos. Espejos físicos para que el pelo esté en su sitio y la camisa no esté abrochada al tresbolillo. Pero también los espejos figurados que son los demás. A lo largo de nuestro trayecto hay miradas de aprobación, indiferentes o de desaprobación de conocidos y miradas de soslayo de desconocidos que no sabemos si son por que les atrae nuestro aspecto, o porque llevamos calcetines de color distinto.

Un debate es el super espejo de la mirada de millones de personas que se concentran en el ojo oscuro de la cámara. ¡Qué agobio!. El cuerpo se envara, la mente se bloquea, hay que tirar de frases hechas o nuevas pero memorizadas. Controlar los gestos, los vaivenes de las ideas y, sobre todo, las emociones. Es peligroso tanto transmitir sensaciones depresivas como mostrar ira. Aunque no se puede evitar que se te ponga blanco el labio superior en señal de incomodidad o sonreír sin ganas, mostrando las contradicciones que te azoran. En fin, en un debate un ser humano no es él mismo. Es su entrenamiento falsario, es sus asesores, es sus miedos y, si le falta algo, es su maquillaje para la televisión.

En el debate para las elecciones del 28 de abril de 2019, hemos visto a cuatro aspirantes al éxito político, cuya alegría tenía más relación con el hecho de que se hubiera acabado su tortura que con una victoria imaginada.

Lo pasaron mal todos, porque incluso Pablo Iglesias, estaba fuera de su ser, con esa actitud pastoral impropia de un revolucionario. Nunca fue más socialista y menos comunista que ayer. Si sigue por ahí cogerá el camino de Errejón pronto.

En el otro extremo de la escala de la calma tenemos a Albert Rivera que tenía la mesilla de noche llena de artilugios incluido un enternecedora fotografía enmarcada para que pareciese un recuerdo familiar en la repisa de la chimenea. Este MacGyver de la política exhibió un nerviosismo extraño lleno de gestos y tics nerviosos que espero que sean resultado de su adiestramiento para el debate, porque si el hombre es así, lo siento realmente. Políticamente este chico es un transformer que exhibía liberalismo cuando es un recién llegado a estas coordenadas, como le recordó Casado. Aunque, Casado, le hacía el reproche desde un liberalismo económico que no social. Casado es un conservador que tiembla (personalmente o profesionalmente) ante las novedades sociales, mientras que el pinturero Roberto (y Pedrín) que parece Albert, se mueve con comodidad entre eutanasias y abortos.

Pedro Sánchez, por su parte, pone de manifiesto todos los defectos de la artificial situación en la que te coloca un debate de estos, con su enorme cuerpo sufriendo para parecer sereno, sus arrugas de la cara tensándose como cuerdas de un violín mientras recordaba el consejo de reirse y lo fingia patéticamente. Bien vestido y también con papeles, cartas y… libros con los que reaccionar al ingenio de Rivera presentándole sus tesis doctoral como un texto “que no había leído“. Yo de los asesores le hubiera metido una rosa en el bolsillo de la chaqueta para responder al gesto de su contrincante en el día de San Jordi.

Todo lo que he dicho hasta ahora me importa un comino, porque un debate político no es una pasarela de la moda primavera-verano y, desde luego al contrario de lo que piensan los expertos, no es un casting para elegir presidente del gobierno porque muchos ya se han mostrado cómo son en muchas ocasiones. Es la ocasión, desde luego, de mostrarse como un ser humano digno de confianza, pero, sobre todo, como alguien que representa a una organización que conoce qué problemas tiene el conjunto de la sociedad y cómo va a afrontar su solución. Y para ello dirá mejor “eso no es cierto” que “es usted un mentiroso“; no le preguntará al contrario qué haría en un escenario hipotético. No, lo que debe hacer es explicar pedagógicamente sus soluciones y comprometer a su partido con ellas, además de estar dispuesto a volver para dar cuenta de sus resultados. Cuando el debate se anima, el intercambio debe ser, no superponiendo su voz a la del otro, sino intercalando la propia con resolución en una pausa que el adversario se tome para respirar. En el caso de que el que esté hablando sea Rivera, hay que aprovechar la explosión de un foco o quizá dejar caer algo al suelo para distraerlo.

El señor Iglesias defiende, en lo económico, una acción de gobierno basada en el gasto social y el aumento de la presión fiscal; En lo social la mayor permisividad en el goce que no dañe a otros (incluidos los animales y el planeta) y la mayor represión en aquello que produce daño (incluso a los animales y al planeta). En lo territorial, es capaz de cualquier aventura posmoderna, olvidando los riesgos de catástrofe que estos movimientos de aprendices de brujo suelen provocar si no hay un desdén mutuo como ocurrió en Checoslovaquia. El señor Sánchez defiende, en lo económico lo mismo que Iglesias, pero con menos convicción pues es consciente del riesgo de que el país se desacredite ante los inversores nacionales e internacionales. En lo social ha sido (su partido), el más avanzado. En lo territorial es un nacionalista español que jugará con los independentistas mientras los necesite, pero que será incapaz de traspasar el umbral de la segregación. El Señor Rivera es un ambicioso que no puede ocultar su hambre de poder y notoriedad. Será todo aquello que sea necesario para figurar en los libros de historia: socialdemócrata o liberal, clerical o secular. Es joven y, quizá, tenga su oportunidad, si la impaciencia de sus compañeros profesionales de la política no lo “arriman” a un lado. El señor Casado, sin embargo, representa una posición conservadora clásica, como lo hacía Rajoy, pero con la novedad, impelido por la afilada vox de su derecha extrema y por la incesante egolatría de su mentor Aznar, de tender hacia cotas reaccionarias que lo alejan de la moderación. Su liberalismo económico es sincero, pero está contaminado por la tendencia al rescate público de las catástrofes privadas. Si se le deja limpiara todo el estado del bienestar y hará del Estado un financiador para las emergencias.

En definitiva, lo importante no son ellos, sino lo que representan, que es sumariamente: la impaciencia de la izquierda radical; el equilibrio inestable de la socialdemocracia; la veleidad de los advenedizos oportunistas que entran y salen de la políticas y, finalmente, el miedo al cambio unido al ventajismo financiero. En cuanto al quinto contendiente (Vox) reúne lo peor de cada uno: impaciencia, inestabilidad, oportunismo y ventajismo, tanto ideológico como económico. Estamos listos ¿no?. Pues atentos. A ver si somos capaces de hacer un cóctel del que salga un país civilizado, sea eso lo que sea.

© Antonio Garrido Hernández. 2019. Todos los derechos reservados. All right reserved.

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