Mañana otoñal


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Los parques son simulacros de naturaleza, pero toda la cultura es un simulacro. Es un modo de llenar de color la vida. Un parque también es cultura, por eso los humanos están cerca para disfrutarlos. Por eso emergen los edificios por encima de las copas de las moreras avisando que sin ellos el parque no tendría sentido. Las hojas de las moreras no saben que les falta poco para caer, aunque han notado que ha bajado el flujo de savia. Las moreras representan en este caso concreto la alimentación de los gusanos de la fábrica de seda que se ubicó aquí. De hecho añoran los mordiquitos de los auténtico obreros de la fábrica: los Bombyx Mory, unos gusanos que son trabajadores incansables al contrario que sus homónimos humanos.

Este parque existe porque la convergencia de la existencia tardía de las instalaciones de la fábrica y la emergencia de la conciencia de otro tipo de ciudades en los años ochenta lo hizo posible evitando que el espacio fuera macizado de forma inmisericorde. La seda es una fibra muy resistente y símbolo de la riqueza y la elegancia desde hace al menos 3000 años. En el Reino Unido “taking silk” (literalmente “tomar la seda”) es alcanzar el más alto reconocimiento en el mundo de las leyes. El guante de seda en mano de hierro se reclama para la mejor diplomacia. La seda tejida de una especial manera da lugar a uno de los terciopelos más apreciados. En fín, el parque de la Seda es un tratamiento espiritual y físico para sus vecinos,  una expansión para sus mascotas, un centro de celebración multirracial y un medio de vida para los patos.

Dentro de muy poco veremos los árboles desnudos justo cuando más frío va a hacer (ellos verán). En el centro y a despecho del clima siempre está con el mismo abrigo de ladrillo la chimenea del horno de la fábrica. A pesar de sus esfuerzos el eucalipto vecino no ha conseguido alcanzarla. En su coronación dos anillos con gracia, el segundo de los cuales simula estar apoyado en una serie de canecillos seguramente resultado del buen gusto espontáneo del maestro albañil que la ejecutara jugándose la vida allá arriba. Probablemente cuando pusiera el último ladrillo se habría sentido como Edmund Híllary en la coronación del Everest de no haberse anticipado al alpinista británico en más 100 años.  Lo que es seguro es que sintió la brisa que mueve las copas de los árboles más altos del parque (ver vídeo). En todo caso Chimy (apelativo cariñoso con el que los vecinos la llamarán cuando lean este artículo) permanece hierática viendo pasar a españoles, ecuatorianos, árabes, chinos y africanos porque sabe que esto no ha hecho nada más que empezar. Tampoco hizo ningún comentario cuando vió como se limpiaba con energía solamente el lado de la acera perimetral por la que iba a llegar el alcalde de la ciudad para inaugurar un acto. Bueno, creo que se ha dado cuenta de que estoy hablando de ella y no estoy seguro de que le guste. De modo que voy a disimular, pues aún tenemos que vivir juntos muchos años.

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