La verdad es un expediente que debe interesarnos. La resolución de los problemas humanos están esencialmente unidos a nuestra capacidad de orientar nuestra acción con la verdad. Es decir, con información no enmascarada sobre nuestro conocimiento de las sensaciones, la lógica de nuestro pensamiento y los hechos del pasado o el presente que fundamentan el futuro. El mayor enemigo de la verdad no es el poder, sino la apariencia. Los seres humanos experimentamos un fuerte, irresistible necesidad de ser apreciados en sus distintas formas (amor, reconocimiento, fama), por lo que es capaz de las mayores atrocidades por mantener una supuesta reputación. Pero, entre ellas, la mentira destaca porque a las consecuencias físicas de su uso se añade la humillación psicológica de sufrirla, porque el que es objeto de engaño también experimenta el deseo de ser reconocido, y ser tratado de tonto no contribuye. A esto se añade la fuerza de los intereses económicos que puedan sufrir con la emergencia de la verdad. La verdad es escurridiza y requiere ser sostenida o por la fuerza de la lógica matemática o filosófica cuando de cuestiones racionales se trate, o por la fuerza de los hechos, que habiendo podido ser de otra forma, han sido de esta y sólo ésta, moleste a quien moleste, perjudique a quien perjudique. La prueba de la fuerza de la verdad es que, a pesar de las reputaciones afectadas en el ámbito de la ciencia, el conocimiento filosófico o la política, acaba prevaleciendo, pero a un precio en personas y riqueza común, y con un retraso que deberían ser mejorado a medida que se advierte, gracias a la historia, lo demente de la insistencia en estas estrategias. Su ocultación o elusión en el pasado remoto y reciente es escandalosa. Lord Kelvin se murió negando la relatividad física; Bush vive en la creencia de que hizo bien invadiendo Irak; Aznar sigue diciendo que cree que el atentado del 11-M lo perpetró ETA. Afortunadamente, tan fuerte como el sentido de aprecio, es el de conocer la verdad; aunque hay que reconocer que los primeros interesados suelen ser las víctimas, mientras que los victimarios son más propensos al autoengaño.

El asunto de la verdad me es muy querido: ya lo he tratado en una reflexión previa y en otro artículo, pero este no será el último.

En 1967 Hannah Arendt publica un ensayo que titula “Verdad y política” en el que arranca diciendo: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie… ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable no sólo de los demagogos, sino, también, del hombre de estado”.

La autora empieza distinguiendo entre verdad racional y verdad factual. La primera, con distintos grados, que van de poco en el caso de la verdad matemática a alguno en el caso de la verdad física, no es objeto de interés por la clase política porque no afecta a sus interese profesionales. De este paquete racional forma parte las verdades de las ciencias formales y físicas, así como la filosofía. Sin embargo, la verdad factual es su gran enemigo, por lo que los hechos serán las víctimas de la red de mentiras que tratarán de ocultarlos cuando les resulten molestos, usando unas u otras estrategias. Que los ángulos de un triángulo suman el equivalente a dos rectos no hace caer un gabinete, pero los hechos asociados a una matanza de enemigos políticos, aunque sea en el pasado, son primero negados y después, si son demostrados, se les coloca “en los libros de historia” y, por tanto, sin efecto sobre “el presente”.

Vivimos una época en la que la no se considera que exista la Verdad Revelada, muy al contrario, se procura no revelar la verdad. En la Grecia clásica Parménides ya distinguía y Platón convenía en la diferencia entre ciencia (episteme) y opinión (doxa). Naturalmente, la ciencia estaba del lado de la filosofía y la opinión del vulgo. Esta distinción todavía se mantiene en el siglo XVII. Lessing dejó dicho: “Que cada hombre diga lo que cree que es la verdad, y que la verdad misma quede encomendada a Dios“. Es una forma de renuncia por parte del hombre a la verdad, vistas la diferencias sinceras entre las creencias en esa época. Se deriva de este enfoque que hay que disfrutar de esta multiplicidad de verdades que evita que nadie la monopolice. Una verdad que, según Kant, crece en estabilidad cuando es compartida y deliberada con otros. En el momento del nacimiento de la libertad de expresión, que es también la expresión de la libertad de creencias. Pero, tanto las verdades filosóficas, como las religiosas ya no producen efectos en la política real, que deja para su manipulación cuando conviene.

La espléndida libertad de expresión que hoy disfrutamos, y que sólo es objeto de censura cuando roza o alcanza de lleno la ofensa, es la prueba para Arendt que el conflicto original entre la verdad científica, filosófica o religiosa y la libre opinión de la gente ha terminado. Nosotros, casi cuarenta años después, empezamos a comprobar un cierta capacidad de retorno a situaciones más complicadas, cuando todos los países pueden participar en la discusión ideológica global gracias a la tecnología, pero no era el caso en 1967. Zanjada esta cuestión, Arendt considera que queda en el escenario el conflicto entre la verdad factual y la política. En cuanto los hechos parecen molestar los intereses de algún grupo son recibidos con una hostilidad nunca vista. La divulgación de determinados hechos molestos puede ser tan peligroso hoy en día, como mostrarse herético en otras épocas. Arendt, además, observa que determinados hechos son hábilmente transformados en una cuestión de opinión lo que les quita toda fuerza probatoria.

Arendt no niega el inevitable perspectivismo en la inclusión de unos hechos en un relato histórico, pero este riesgo no autoriza a borrar la línea entre el hecho y la opinión. La realidad política de nuestros días es un buen ejemplo de la gravedad de esta deriva. A la pregunta de un representante de la república de Weimar acerca de su opinión sobre la interpretación de los historiadores del futuro sobre el comienzo de la Gran Guerra, Clemenceau respondió “No lo sé, pero estoy seguro que no dirán que Bélgica invadió Alemania”. Arendt reconoce el derecho de cada generación a incluir los hechos en un relato construido a partir de la perspectiva propia, pero, en ningún caso, a falsear tales hechos.

Para que un político, que representa a muchos, pueda formar opinión, debe olvidar sus propios intereses y usar su mente para construirla a partir de la opinión de esos muchos. Se podría pensar que este enfoque desnaturaliza al político y lo hace incapaz de responder a la pregunta “¿Qué opina personalmente de tal o cual?”. Pero en la mayoría de los casos lo que ocurre es que se tiene la opinión del grupo al que se pertenece y se repiten las consignas acordadas o impuestas. Y ello, a pesar de que la estructura reflexiva del ser humano se asemeja a un diálogo interior en el que se requiere la armonía de opiniones, para que el sujeto no quede desgarrado.

Los hechos en su fuerza tienen también una gran debilidad: su contingencia. Sospechamos que habiendo ocurrido de una determinada manera, podían haberlo hecho de otra. Esto explica que a quien le molesten los hechos encuentre la forma de minar su verdad, ya sea desacreditando testigos documentales o personales, como se puede ver, tan a menudo, en los juicios civiles o penales.

En la verdad factual hay coacción, pues no se puede cambiar arbitrariamente. Un fuerza coactiva que es odiada con fuerza por los tiranos por que resiste a su voluntad narcisista. Pero, igualmente, es molesta para los políticos demócratas acostumbrado a establecer las cosas por consenso. Dado que los hechos son tozudos, se ha llegado a un comportamiento irresponsable de políticos hasta el punto de hablar de “hechos alternativos”, cuando se están defendiendo de unos hechos ocurrido delante de toda la sociedad. Es decir combatir los hechos con mentiras y no con argumentos, dado que es imposible.

Por otra parte, no han sido pocas las ocasiones en las que la verdad filosófica ha sugestionado al político por su carácter de “evidente” con la consiguiente coacción intelectual. Así los casos del marxismo en la historia política de Rusia o China, que se sentían autorizados a reducir a la nada los intereses individuales en nombre de una verdad abstracta. Por otra parte, la frase de Sócrates “Es mejor sufrir una injusticia que cometerla”, un caso de verdad filosófica clara, ha tenido nula influencia en la política, pero mucha en los ámbitos religiosos orientales y occidentales. La manifestación más interesante es la de la aparición de figuras ejemplares capaces de llevar hasta las últimas consecuencias esta verdad, como hicieron el mismo Sócrates o Jesucristo. Hoy en día, ese valor de ejemplaridad ha desaparecido, pues ningún filósofo se pone en peligro cuando encuentra y difunde una verdad racional.

La verdad factual no tiene como contrario el error o la ilusión, sino directamente la mentira, la falsedad deliberada. Es patético ver como el embustero manifiesto se defiende exigiendo que su opinión sea respetada. De este modo, ante un público inocente, borra la línea que separa el hecho de la opinión. Arendt ironiza llamando la atención sobre la extraña cualidad del ser humano de decir “brilla el sol”, cuando está lloviendo. Se lo toma como una prueba de la libertad humana.

La mentira política tradicional tenía relación con los secretos, cuya divulgación se consideraba un peligro para la seguridad nacional. Sin embargo, en la actualidad, con la potencia de las técnicas de creación de imágenes y argumentos, el mentiroso profesional se ocupa de lo que todos conocemos. Pone el ejemplo de Adenauer que afirmaba que sólo unos pocos alemanes fueron seguidores de Hitler y de De Gaulle, que afirmaba que Francia era una gran potencia, por el modo en que había contribuido a la derrota del nazismo.

Se sugiere que en las democracias no es posible el engaño por la relativa transparencia, por lo que sólo el autoengaño funciona. Para ello se utilizan los potentes aparatos de la propaganda partidista, cada vez más eficaz por los descubrimientos en el funcionamiento del cerebro. Pero la verdad emerge tozuda haciendo fracasar la pretensión de hacer comulgar con ruedas de molino. Continuamente se tiene que cambiar la historia falsa cuando emergen fragmentos de la historia factual. Pero un peligro amenaza la salud racional con las oleadas de mentiras técnicamente servidas: que se pervierta el sentido que no hace vivir con eficacia distinguiendo entre verdad y mentira, o sea, entre realidad y fantasía interesada.

Es muy interesante la observación de que la mentira es plausible por el carácter contingente de los hechos. En efecto, un hecho puede ser sustituido por cualquiera de las formas posible en que, alternativamente, podría haber sucedido. Pero avisa Harendt del riesgo de traer el pasado al futuro como si hubiera recuperado su capacidad contingente de haber sucedido de otra forma. Al hacer esto se entra en un bucle de reconstrucción del pasado completamente estéril. Concluye que los hechos no están seguros en mano del poder. Pero el poder no tiene la capacidad de cambiar lo hechos, que tozudos vuelven una y otra vez. La persuasión (propagandista) y la violencia pueden destruir la verdad, pero no sustituirla. El hombre veraz queda desplazado del plano político y se queda solo.

El peligro que la verdad corre en manos de poder obliga a proteger otros poderes del Estado para que, al menos allí, brille. Se trata del Parlamento y el Sistema Judicial. Pero no menos importancia le da Arendt a la prensa, que la considera una referencia absolutamente necesaria. Finalmente encuentra en el narrador y el poeta los que nos permiten reconciliarnos con la realidad a través de la palabra que mueve el corazón. Sitúa el origen en Homero cuando canta tanto a los Troyanos como de los Aqueos, de Héctor y de Aquiles. Amigos y enemigos juntos en un mismo relato a la búsqueda de la poliédrica verdad. La importancia de encontrar la realidad a través de las miradas de todas las partes atraviesa la historia de Occidente llegando hasta la energía con la que la ciencia encontró su camino a partir del siglo XVI.

A pesar de todo lo dicho, Arendt no quiere dejar la sensación de que la política está viciada, pues ella considera el ámbito político el de la acción del ser humano, allí donde puede ejercer la libertad con sus congéneres. Pero la verdad es, precisamente, aquello que no se puede cambiar, el suelo y el cielo metafórico que pisamos.

El texto se completa con el análisis de la situación creada por los llamados “Documentos del Pentágono”, publicados en 1971 por el New York Time. En ellos se pone de manifiesto el grado de mentira alcanzado para lograr los objetivos políticos durante la guerra de Indochina y Vietnam, por parte de los Estados Unidos. Ello le permite decir que el ser humano se caracteriza a través de la imaginación por la capacidad de cambio de la realidad futura, pues puede con la mente “separarse” de la realidad presente y planificar un objetivo. Porque el ser humano es capaz de acción, es capaz de mentir. Si imagina una realidad futura puede imaginar una realidad alternativa en el pasado. Una capacidad de recrear el pasado que sólo puede afectar a la verdad de los hechos porque son contingente “pudieron ser de otra forma”. Por el contrario no puede afectar a la verdad racional porque “es como es” en una determinada mente o en muchas. La indignación no acabará con la mentira en política, aunque pueda provocar, en un caso determinado, un desvelamiento concreto. Una verdad formal, matemática o lógica, puede ser inatacable, pero los hechos están expuestos a la necesidad política. Descubre Arendt que la política ha atraído a profesionales de la mentira (publicistas) para que ayuden a destruir la verdad de forma sistemática. Este caso es ejemplar al mostrar cómo una nación se engaña a sí misma para preservar una imagen autoimpuesta. Desangrándose en Asia para no aceptar la humillación de una derrota que fue inevitable. En esa estrategia de mentira oficial, amordazar a la prensa es prioritario. Arendt no vivió el caso de Irak, pero le habría gustado ver que las mentiras de Vietnam se quedaban pequeñas al lado de las que siguieron tras el atentado del 11-S creando el ambiente que diera legitimidad a la invasión de Irak. Quizá la lección sea que, aunque nadie se creyó el embuste, no se pudo evitar el disparate. Es importante destacar que en esas mentiras participan asesores captados en las universidades y en la publicidad que se ocupan de establecer las estrategias de la mentira en la creencia de que sus manejos engañarán al mundo. Los Documentos del Pentágono muestran que el gobierno no introducía a la realidad en sus deliberaciones, sino que proyectaba sus fantasías de dominio sobre la sociedad.

Es muy sugestiva la observación de que las potencias vencidas en las guerras del siglo XX, no tardaron en poder competir e incluso adelantar a las potencias ganadoras por el simple hecho de que “las obligaron a no mantener ejércitos”. Los Estados Unidos han mantenido guerras tan onerosas que han puesto en peligro su propia prosperidad. Un ambiente tóxico en el que “la derrota es menos temida que la admisión de dicha derrota“. Una derrota, por otra parte, que es un mal final de una acción que no debía haberse emprendido de haber atendido a las señales de la realidad sobre el terreno.

Dado que la ciencia ha conseguido liberarse, en gran medida, de la superchería, hay que centrar la lucha contra la mentira en el ámbito político, donde, hoy por hoy, la verdad no es bien recibida. Sabemos que la mentira es posible por la misma razón que la acción es posible. Podemos elegir hacer esto o aquello, pero cuando no nos gusta el resultado, también, podemos dar una versión falsa. En ese momento empieza la labor de resistencia.

 

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