Apuntes para una filosofía

Deber Ser

La falacia naturalista afirma que el deber ser se deduce del ser. Esto es, que de una determinada propiedad identificada en un ser se infiere que éste ser es un referente moral. Así, si algo es bueno, deducir de este algo que es “lo bueno” en general, aquello que debe ser hecho.

Sin embargo todo juicio práctico sobre una situación implica una comparación entre el ser de esa situación y un deber ser establecido por el que juzga “a partir de las diferencias que observa entre un ser que llamamos primario y el ideal imaginado“. Hegel lo llama a todo aquello que, más tarde se muestre como la presuposiciones de un nuevo presente “el no ser del presente ser”. Es decir, el deber ser no podría darse si no hay un ser previo ni un ideal imaginado permanentemente reconstruido a partir de sus propias condiciones. Es por las carencias reales o ficticias del ser respecto del ideal sugerido para el observador por el propio ser que se definen las correcciones y acciones a llevar a cabo. El deber ser niega al ser primario y opta por crear un estado de conciencia para su transformación en un ser secundario. Una vez llevada a cabo (con una reforma o una provolución) esta transformación, un tiempo de experiencia con la nueva situación permite percibir en el nuevo ser defectos que generan un nuevo deber ser, impulsando a una nueva acción para constituir un ser nuevo. Esta nueva acción considerará las ventajas del ser primario y del secundario y procurará rechazar los defectos de ambos para soñar un nuevo deber ser, pero también el ser secundario hizo lo propio porque cuando el régimen que destruyó tenía un antecedente que provocó el nacimiento del ser primario y nutrió de experiencia al ser secundario. Cada estadio tiene su deber ser asociado. Un deber ser que es extraído del ser porque el propio ser se presenta como defectuoso. Un derecho de extracción que asiste al que se siente perjudicado por la situación que poco le importa si la deducción tiene o no fundamento, que obviamente lo tiene, o al menos lo tiene en mayor medida que el que sea enarbolado por el beneficiario del status quo. En definitiva, si la historia tiene un ritmo es de dos tiempos (diédrica); es más una polka que un vals, tanto en el nivel fáctico, como en el de los propósitos.

Cada realidad genera sus conflictos y su resolución genera otra sociedad que incluye tanto soluciones como problemas del tipo de nuevas formas de explotación, nuevas formas de tiranía o injusticia que obliga a un deber ser renovado cuya aplicación nunca destruye totalmente lo anterior, sino que se funde con él. La nuevas sociedades conllevan con cierta rapidez defectos debido a que la desigualdad de riqueza producida por la desigualdad de capacidades, no es disfrutada “deportivamente” durante la propia vida, sino que se pretende mantener la acumulación más allá. De esta forma la desigualdad de capacidades se convierte en desigualdad de oportunidades, se tengan o no las capacidades.

Es absurdo creer que cada estado de cosas es síntesis de dos estados previos porque la conciencia abstracta (compuesta de muchas concretas) que diseña la síntesis no sólo cuenta con experiencias que no están contenidas en el ser primario, sino que puede tener una cosmovisión que le invite a volver, aún de forma caricaturesca, a formas anteriores de vida o, inteligentemente, a recuperar aspectos que fueron eliminados en épocas anteriores, como ocurre con los procesos en cualquier orden de la vida e, incluso en la evolución biológica (nuestro cerebro es un palimpsesto). Cada estado de cosas genera un deber ser, una reflexión diferencial respecto de un ideal construído en cada caso, pero el ideal no procede solamente de los dos estadios anteriores.. No hay tres estados, uno previo, otro que lo niega en la práctica y un tercero que sintetiza ambos. Tampoco se da la triada en el plano del discurso, pues no siempre hay síntesis, sino elaboración de discursos independientes. Hegel llama al futuro “el no ser implícito en el presente”. Cierto, pero la dificultad de adivinarlo reside en que hay mucho futuros posible a partir de las mismas condiciones del presente por el carácter combinatorio de la multiplicidad y sus relaciones complejas.

Es más interesante la relación entre un determinado estado de cosas y el deber ser asociado. Es decir, cada estado de cosas es negado por un discurso que contribuirá, o no, a implantar otro estado de cosas que genera otro deber ser que lo negará, puede sublimarse en formas sociales como una religión. El deber ser surge de experimentar y registrar los males del ser vigente y todos los que le precedieron y tiene como expresión un plan alternativo que incluirá aspectos de lo que se quiere destruir y de otras experiencias previas mejor interpretadas a la luz de las recientes frustraciones, pero puede ser un deber ser cercenado por las fuerzas en juego. De modo que en la cadena de estados es arbitrario recortar tres, puesto que cada uno genera su propia negación en un plano teórico y en un plano práctico con su aplicación. Este ritmo dual no cesa nunca y su consecuencia es un nuevo ser que no es síntesis de los dos anteriores, sino aplicación de su deber ser. Es decir, lo que hace posible el paso de uno a otro es el deber ser generado por la intersección del ser previo con la conciencia.

Todo ello sin olvidar que a pesar de todos los indicios con que pueda contar, la conciencia tiene más tendencia a creer que las cosas van a seguir siendo en una dirección inercial a creer en un cambio brusco, un acontecimiento que cuando se produce hace girar el eje sobre el que se reflexiona obligando, entre otras cosas, a buscar en el pasado su explicación no advertida. Lo que Hegel llamas sus presuposiciones. Al tiempo, el pasado se justifica a partir de la clarificación que el presente y sus eventos proporcionan.

La cosa en-sí

Desde que se tiene registro del uso de la razón por parte del ser humano se ha presentado la polaridad entre apariencia y realidad. Es decir se ha considerado que los que percibimos en el mundo físico es la manifestación de una realidad profunda que no está a nuestro alcance y que lo que percibimos en el mundo de la vidad es puro cotilleo frente a una esencia de lo humano que no terminamos de captar. Los hitos de esa preocupación perenne han sido Parménides, Platón, Aristóteles, Berkeley Kant y Hegel. Desde el último y tras el paso por el positivismo la cuestión parece haber perdido interés, pero un filósofo francés (Quentin Meillassoux) la ha traído de nuevo a la palestra. En parménides el pensamiento se confunde con la realidad y de un sólo principio (el de identidad) se deriva toda la estructura del ser que es dada por real y, por tanto, se decreta que nuestra experiencia cotidiana es solo apariencia fantasmal. Platón consideró que la realidad se daba en el mundo de la ideas y que nuestra experiencia es una sombra proyectada por las ideas. Aristóteles unió apariencia y realidad profunda en una unidad que llamó sustancia. Berkeley de nuevo hizo temblar el realismo al considerar que la realidad tenía que ser sostenida por una conciencia observadora. Kant puso límite a la pretensiones de los racionalistas de conocer en un ejercicio autónomo de la razón sin contar con la experiencia y de los empiristas de prescindir de cualquier estructura a priori aportada por la mente. Así, estableció los límites para el conocimiento estableciendo que todo conocimiento legítimo procede de la experiencia, pero que para constituirse como conocimiento debe ser estructurado por las categorías que el entendimiento tienen de antemano. Por eso le negó legitimidad a la pretensión de la razón de concederle el estatuto de realidad a sus elucubraciones sin fundamento empírico. Pero, con este planteamiento, se le quedaba fuera la realidad tal y como es antes de que sobre ella caiga el manto de los conceptos de la mente humana. Se le quedaba lo que llamó “la cosa en-sí”. De nuevo, aunque ahora sin connotaciones peyorativas, la realidad quedaba separada de las apariencias o fenómenos. Nuestras experiencias son reales pero “no son la realidad” tal y como es sin nuestra intervención. Hegel trata de resolver el problema asimilando razón y realidad. Pero no la razón de un niño o de un adulto iletrado, sino la de una humanidad que absorbe toda la experiencia de la historia y capta la esencia de la realidad humana mostrando la identidad entre ambas completando su concepto. Tras la ducha de agua fría del positivismo hemos vivido varios intentos de transformar la realidad desde el pensamiento con resultados catastróficos y hemos vividos varias décadas de silencio metafísico mecidos por ya exclusivamente por la realidad económica. Pero dado el carácter diédrico de la evolución humana, tras un tiempo vuelve el interés por explicar el profundo misterio de la existencia más allá de la simplificación de remitir todo a un ser divino y más acá de los límites que la ciencia ha ido construyendo a las especulaciones sin fundamento. Pero, ¿qué es el fundamento? para Meillassoux es el pensamiento matemático. Si esto es así, se habría encontrado el camino hacia la cosa en-sí en esta poderosa herramienta científica. Pero en esta idea se da la paradoja de que la realidad tal y como es sin la intervención del ser humano sería descrita por el más poderos producto de la mente humana. Además, esto implicaría que la realidad es mental, lo que no la hace menos real, pero mental, es decir, de la misma naturaleza que nuestro pensamiento. Si no fuera así, con la matemáticas no estaríamos saliendo, como Meillassoux pretende de lo que él llama la “catástrofe kantiana” pues conoceríamos la realidad posando sobre ella sustancia mental. Sin embargo, este autor sostiene que su porfía es salir de la trampa kantiana de que sólo es posible conocer ordenando desde la mente el material que nos entra por los sentidos. Aporta como argumento que si no hay una realidad ajena a nuestra mente, ¿cómo podemos afirmar que hubo un universo antes de la aparición del sapiens?. Argumento que se muestra banal, pues del mismo modo ¿cómo podríamos demostrar que hubo una realidad ayer mismo o hace una hora? Se responderá que con la memoria. Pero, en ese caso, ¿no son los fósiles precisamente la memoria de una realidad remota?. Es decir Meillassoux no ha resuelto el problema nos deja ante la alternativa hegeliana de hacer de la realidad una entidad mental para que podamos conocerla “tal y como es” con nuestra razón (matemática) porque sería un encuentro entre iguales.

Creo que no es importante conocer la cosa en-sí porque eso tiene la ventaja de mostrar que somos parte de ella aunque la consecuencia es que no podemos verla directamente del mismo modo que no podemos mirarnos nuestra nuca si no es usando un espejo (matemático). La explicación tiene que ser fiel a lo que sabemos en un siglo en el que la ciencia nos ha contado tanto acerca de cómo funciona el mundo físico y empieza a hacerlo acerca de cómo funciona nuestro cerebro. Sabemos que la realidad, en efecto, la conocemos a partir de nuestra intersección con lo que la cosa en-sí emite en forma de radiaciones electromagnéticas, mecánicas, gases, líquidos e interacción molecular. Y que nuestro cerebro transforma codificando esa información y que construye con ellas mapas mentales que vacilantemente en cada individuo y con más firmeza en la acción colectiva de los científicos y pensadores sociales. El gran avance desde hace cuatrocientos años (Galileo) es haber aplicado las matemáticas para interpretar las estructuras no evidentes de la naturaleza (la aceleración) y desde hace ciento setenta años (Maxwell) para matematizar realidades fuera de nuestro espectro sensorial (ondas infrarrojas y ultravioletas) para hacer de este conocimiento una poderosa herramienta cuyas consecuencias tecnológicas estamos disfrutando en este momento en que caminamos hacia una disyuntiva entre un mundo de liberación de la necesidad por la automatización o un mundo de tiranía por el abuso de este poder élites, que paradójicamente se impondrían por la ayuda de capas intermedias de cipayos. La prueba de lo dicho es que como no podemos tener experiencia directa de la cosa en-sí (es decir de lo que nos constituye), debido a que la evolución nos ha dotado de un paquete de sentidos suficiente para la supervivencia, pero insuficiente para un conocimiento directo de la realidad. Nuestros sentidos los ha construido la realidad con la materia y energía que pretende conocer lo que hace inevitable disfrutar de ella indirectamente, tanto en lo que se refiere a la transformación de sus ritmos en colores, sonidos, sabores, olores y sensaciones táctiles, como en la copia de sus estructuras y proceso internas mediante las matemáticas.

El tiempo

Es muy habitual hablar del tiempo como un ámbito en el que suceden las cosas. Por eso tenemos la sensación de que hay un mañana y hubo un pasado. De esta forma nos acostamos con la tranquilidad de que por delante nuestra hay “sitio” para que nuestras vidas sigan su curso. Por otra parte, también se nos dice que el tiempo “circula” en un único sentido y que no hay vuelta atrás. Pues a todo esto decimos:

El tiempo es una artificialidad que oculta que el acontecimiento definitivo para el ser es el cambio. El ser está en continuo cambio impulsado por la multiplicidad interna y externa que ofrece diferentes situaciones para cada parte sustantiva que las hace entrar en conflicto. Conflicto del que deviene el cambio que la conciencia, que es en sí misma cambio en su constante aprender para dar respuesta a los desafíos del cambio propio y del resto de la realidad.

El tiempo no es un ámbito “por delante” del presente que “permite” que éste pueda seguir cambiando. Es el cambio continuado el que crea en la conciencia ese espejismo; ese ámbito de esperanza, ese espacio en el que “mañana” el mundo continuará su trajín. Una conciencia consciente de estar en un presente imagina un mañana. En realidad esa conciencia está proyectando hacia el porvenir su experiencia memorizada de un revenir (un pasado). Sin la memoria no habría tal extrapolación, pero tampoco había conciencia, luego lo uno lleva a lo otro: la memoria surge como herramienta práctica, de supervivencia para inmediatamente hacerse fuerte en la conciencia como pasado abstracto. El hecho es que no hay ni pasado, ni futuro, sino una conformación anterior y otra posterior según nuestra memoria y nuestra imaginación. Lo decisivo es comprender que, en realidad, no hay movimiento por un eje temporal, sino, si preferimos pensar en ese eje, una posición estacionaria en la que no se cesa de cambiar por sí mismo y por las relaciones con el resto del ser. Estamos parados “en el tiempo“, si, insisto, se prefiere mantener la idea de un eje temporal, pero sin parar de cambiar. Es nuestra memoria, que registra los estadios anteriores de nuestro ser y nuestra imaginación que reproduce ese no estar hacia una entelequia llamada futuro, las que generan tal “espacialidad” temporal.

Obviamente esta idea es compatible con el concepto de tiempo en la física, pero siempre que se sea consciente que, cuando se habla de tiempo en esta disciplina, en realidad se está hablando de cambio. ¿Qué es hora si no la vigésimo cuarta fracción de una vuelta de la Tierra sobre su eje? Una ventaja de este cambio de perspectiva es que la sorprendente afirmación de la física relativista de que el tiempo de encoge o dilata según la velocidad pasa a ser trivial, pues no escandaliza al sentido común que un cambio pueda ser más o menos rápido.

Una vez aceptado que el tiempo es el cambio, es más fácil entender que sí se encontrara el modo de revertir los procesos físicos a voluntad estaríamos, hablando, en términos convencionales, de invertir la flecha del tiempo, como Einstein les dijo a los familiares de su amigo Michele Besso para consolarlos. Una ambición muy compleja y probablemente imposible por la constatación de la fuerza de la segunda ley de la termodinámica. Pero, en todo caso, no hay contradicción filosófica, una vez que se acepta que el tiempo no es otra cosa que la medida del cambio, como ya dijo Aristóteles, éste puede ser en el sentido de ordenar lo desordenado o en el sentido de desordenar lo ordenado. Por tanto ya no tendría significado hablar de “cambio en el tiempo“, sino, en todo caso de que “el cambio crea el tiempo“. Por otra parte, no hemos tratado sobre las razones filosóficas del cambio, que científicamente residen en las fuerzas de la naturaleza. Afortunadamente, el tiempo como cambio es infinito, ¿qué podría hacer colapsar el cambio sobre sí mismo? También el tiempo como cambio se desvincula de la conciencia, pues nada impide que los cambios sigan produciéndose si una conciencia que los observe. Al fin y al cabo, la naturaleza sin conciencia creó a la conciencia. Otra cosa es que ese cambio no vibre en un corazón.

Hegel dijo que el tiempo es el concepto vacío que se presenta a la conciencia mientras no termina de completarse. Cuánto más coherente es esta opinión si se piensa en el cambio. Este nuevo status del cambio como fuente del dinamismo vital es coherente con la idea de Hegel de que “el ser no puede ser sin ser lo otro de sí mismo“. Lo que es una frase descriptiva de que la realidad es cambio permanente en todos los niveles: mineral, biológico y espiritual. Aventuro que la respuesta filosófica a la causa del cambio puede ser negar el principio de razón suficiente, pero me parece más elegante atribuirlo a la desigualdad, o mejor, a la diferencia. Diferencia que se da siempre porque el ser la lleva como naturaleza en sí mismo. Por tanto, dado que la realidad no sería nunca completamente uniforme, es decir muerta, el cambio estará siempre presente como muestra la manifestación de la desigualdad, la singularidad incluso en la nada, como mostró Paul Dirac. Una diferencia que es consustancial al ser, al que le basta fijar un límite para establecer al mismo tiempo su superación.

Un cambio permanente a la búsqueda infinita de completar el concepto. Concepto que no puede ser otro que la respuesta que la naturaleza perpleja se dé a sí misma, alguna vez, sobre el enigma de sí misma.

El lenguaje

El lenguaje es la forma con la que congelamos el cambio. Ya hemos visto que el tiempo no existe, pero si el cambio (el devenir). Todas las palabras tienen la característica de la universalidad (excepto los nombres propios), lo que no permite utilizarlas en cualquier circunstancia siempre que, para entendernos, tengamos presente el contexto, que no es otra cosa que un conjunto de relaciones. Si decimos “aquí” sabemos que solo funciona si nuestro interlocutor está “allí” o, en todo caso, hay un allí. De este modo conseguimos que nuestra intuición de que todo está cambiando continuamente sea neutralizada con lo que somos capaces de reflexionar usando el lenguaje, mientras las cosas siguen cambiando. Un reflexionar que puede ser filosofía o ciencia. Naturalmente esto solo funciona si los cambios no son tan rápidos que nuestro reflexiona se vuelve inútil. El lenguaje también permite crear nuestro mundo y comunicarlo a otros. Lo que no es nombrable produce desconcierto, pero si no encontramos un nombre, le llamaremos “la cosa”, una especie de super universal. Para que el lenguaje fuera útil era necesario que sus significantes fueran universales, pues no es posible construir un lenguaje con nombres propios exclusivamente. Esa es la ventaja, pero tiene su sombra: la intención del hablante puede dar a las mismas palabras usos muy distintos e irritantes para su interlocutor.

Las estructuras 

La filosofía quiere descubrir los invariantes de la existencia humana, como la ciencia lo quiere hacer del mundo físico. Kant quiso caracterizar nuestro conocimiento y establecer sus límites. Le quedó el residuo de conocer las cosas tal y como son al margen del observador. Hegel hizo un tremendo esfuerzo especulativo para que la conciencia se conociera a sí misma. En un primer momento analiza la certeza sensible de los objetos, la percepción de sus propiedades y el entendimiento de las fuerzas en actúan sobre él. En ese punto, vuelve la conciencia sobre sí misma y analiza la estructura de esa relación reflexiva y con otras autoconciencias. Estudio que le permite descubrir la estructura compleja de las experiencias de sometimiento y liberación basadas en el deseo que la autoconciencia tiene del deseo de otra autoconciencia. Heidegger, por su parte, nos proporciona otra visión de lo mismo: el ser humano. Ahora nos encontramos con una búsqueda del sentido del ser a través de extraer, con gran esfuerzo, del vértigo de la vida cotidiana de los seres humano las estructuras invariante estables que describen nuestro comportamiento.

En todos estos brillantes esfuerzos, cuyos frutos aún no se han obtenido del todo, se observa un carácter descriptivo que pretende respetar la realidad tal y como es pero no se proporciona una explicación, un porqué. Una posición que ha permitido que, hoy en día, se discuta el principio de razón suficiente. Es decir, el hecho de que cada acontecimiento tenga una razón que lo explique. No es de extrañar que por esa fisura entre un sentido absoluto de la prevalencia de la contingencia sobre la necesidad y haya entrado una pretensión de resignación ante los aspectos más dolorosos de las estructuras sociales.

Estas estructuras existenciales permiten comprobar cómo los vaivenes de la Historia encuentran fundamento descriptivo en ellas sólo en el pasado. Las relaciones entre el amo y el siervo que tan sutilmente examina Hegel, pueden describir el proceso de liberación del “siervo” burgués del “amo” aristócrata, pero sólo puede contemplar con estupefacción el fracaso de la liberación que el siervo “proletario” ha intentado respecto del “amo” burgués. Es más, no son capaces de explicar por qué, ni siquiera, cada liberación trae sus propias cadenas. Al primer problema se le puede encontrar explicación en el hecho de que el antiguo siervo se hizo con la propiedad de la energía, mientras que su amo optó por la ociosidad. Sin embargo, en el siguiente ciclo, el amo no suelta la propiedad de la energía, mientras que el siervo apenas posee más energía que la de su cuerpo, que está a punto de ser despreciada por el desarrollo de la automatización haciendo muy complicado ningún tipo de liberación…

© Antonio Garrido Hernández. 2019. Todos los derechos reservados. All right reserved. 

¡Qué vértigo! Un partido marxista que se sorprende de llevar la contradicción en sí mismo. ¡Fuerza Errejón!. Una prueba más de la habilidad de Aznar para designar. ¡Váyase señor González, Francisco obviamente! y Una demostración de que los griegos no habrían consultado al oráculo de Delfos de haber contado con Villarejo ¡Qué pena que en vez de gorra no llevara túnica!

¡Menos quejas!

Vivimos años turbios porque determinados oportunista aprovechan un ley psicológica ineluctable. Esto es, la de que la felicidad es relativa. Ya lo dijo Cristiano Ronaldo cuando vio que Messi le habían subido el sueldo un poco más que a él: “no soy felisssh”. La sociedades nórdicas se hicieron de derechas cuando la socialdemocracia los llevó a la prosperidad. Ahora ya van camino de la extrema derecha para, desde allí, luchar hasta la última cigala. Tampoco son felices los inversores, pues en cuanto la Bolsa oscila un poquito se van a un banco de Belice.

Todos los indicadores de verdadera prosperidad de la especie humana son positivos. En España: la mortalidad infantil pasó de 200 por cada mil en 1900 a 3 en 2017; la esperanza de vida de 40 años a 80; el 84 % de los españoles son propietarios de su vivienda y el 16 % de dos; en 2018 el 90 % de los españoles ha gozado de vacaciones fuera de su lugar habitual; el parque de vehículos es moderno y no hay un español capacitado que no tenga un medio de transporte autónomo con abundancia de marcas consideradas hace unos años de lujo; las grandes celebraciones se llevan a cabo con viandas que en Viridiana hubieran merecido la expresión de Lola Gaos de “lujo de riqueza”. Añadamos nuestra fortaleza política para haber acabado con el terrorismo de ETA y nuestra sensibilidad para establecer leyes especiales contra el asesinato inaceptable de mujeres a manos de sus ardientes asesinos. En fin… un país con salud y fuerza que está en condiciones de luchar para que sus hijos puedan tomar el relevo de sus afortunados padres sin ser presa de los buitres del fondo del averno de la codicia.

A pesar de todo esto estamos enfadados, tan enfadados que queremos incendiar nuestra propia casa dando entrada en nuestra acción política a partidos de extrema-unción para el país. A la izquierda y a la derecha se trafica con las emociones para socavar las bases de una vida civilizada y amable (la única que disfrutaremos cada uno de nosotros). Unos queriendo destruir el sistema que teje su palestina y los otros azuzando el odio a emigrante que lo hace rico bajo el plástico y el sol. Para aumentar el disparate una región de España finge estar oprimida y pone cara de duelo ante la terrible humillación que sufre teniendo que llamar “sahib” al opresor extranjero. Todavía en el siglo XX, en la puerta de los clubes británicos de la India había un cartel que decía “no se admiten ni indios ni perros”. Qué vergüenza produce que los relativamente agraviados dirigentes independentistas pretendan ser émulos de Gandhi.

Lo dicho: infelicidad relativa que impide una vuelta a una visión moderada del progreso que nos permita pagar la enorme deuda pública y privada que hemos contraído con las veleidades del principio de siglo y salir de este atasco mental tóxico. Hay que recuperar el gusto por los datos y su evolución para comprender que hay mucho de capricho indulgente con nosotros mismo en nuestro artificioso enfado y no darle el mando a aventureros que nos llevarán al desastre que ellos llaman purificador.

Vuelve el hombre

Hoy mismo el secretario general del Partido Popular de España tiene el infame encargo de tratar de engañar al líder del partido de extrema derecha recién llegado a la arena política española con una propuesta de ley para defender a los hombres, se supone que de las mujeres. ¡Vaya papelón!. Supongo que si le da detalles le propondrá sanciones a las mujeres que les duela la cabeza, casas de acogida a maridos obligados a vaciar el lavavajillas y teléfonos que no deja registro en la factura para poder quejarse de que “mi mujer no me entiende”. Naturalmente que hay hombres que mueren en refriegas domésticas, pero la mayoría lo son por la acción de un macho herido que no sólo se lleva por delante a su compañera, si no, ya de paso a su nueva pareja. La estadística habla de unos diez al año. Es decir la paradoja es que el machismo ciego, cuando se vuelve criminal mata a la mujer, al rival y a los hijos también. Pero lo hace diez veces más con la mujer porque, además de cerril es una violencia ejercida por un cobarde.

Si esto es así, si el origen de esta irracionalidad es el daño directo o indirecto a la mujer ¿qué significado tiene una ley especial para proteger a los hombres de los hombres cuando el origen de la violencia y la razón de toda pedagogía o reacción civilizada es el machismo más oscuro? Otra cuestión sería la de los hombres asesinados por sus compañeras. Según Vox, estos datos se ocultan ¿Cómo es posible, si los juicios y las memorias judiciales son públicos? Qué sandez es ésta y que tipo de inocencia anida en aquellos que se lo creen?. El crimen neto, cristalino ejercido por una mujer sobre su pareja varón está en el orden de dos o tres al año, después de deducir los casos en los que el hombre es víctima de su pareja igualmente varón.

No es ideológica la prepotencia del hombre respecto de la mujer. Es incurrir en anacronismo mencionar las quejas de Sócrates sobre su mujer, o que San Pablo mandase callar a las mujeres. También mencionar que Hegel encerraba a la mujer en la familia como si no fueran posible su contribución al progreso de la especie. Pero no lo es en absoluto rechazar hoy día, esa perversa ideología supuestamente anti-ideológica de la extrema derecha que, como punta del iceberg machista, se empeña en imitar a su odiado islam con un gruñido gutural del tipo: “todos sobre ellas, el líder sobre todos”. Está claro que por la grieta dejada por el decir humanamente correcto, está saliendo la lava de los instintos que la civilización trata de domar. Instintos que no pueden desaparecer pero que habíamos convenido canalizar hasta que una nueva ola de desenvoltura política ha decidido quitarse unos supuestos complejos y gritar, golpeándose el pecho y mostrando los colmillos, un elocuente: ¡el hombre ha vuelto!

Etimologías y mayores

En el mundo anglosajón hay un modo de formar palabras que sigue el siguiente método: se toma una palabra previa compacta, por ejemplo, “hamburger”, que proviene de la ciudad alemana de Hamburgo, y creyendo, o no, que el “ham” viene de jamón, llamar “cheeseburger, a un relleno compuesto de queso picado. Otro ejemplo estupendo es “autobús” que proviene del antiguo coche colectivo tirado por caballos llamado “omnibus” en el que iban “todos”, pues eso es lo que significa este término latino. A partir de ahí, cuando se inventó el omnibus a motor, no se les ocurrió otra forma de llamarlo que “autobús” que, como se ve proviene del carácter auto-nomo de la tracción y el “bus”, que recordaba al omnibus tanto como el “burger” al picadillo de carne. Hay otras formas de hacerlo más ortodoxas. Por ejemplo yo inventé hace quince años la palabra “algosfera” que significa (algo=dolor + sfera=esfera). Se refiere a que por encima (espiritualmente) de la hidrosfera, la litosfera y la atmósfera, hay un ámbito de dolor permanentemente alimentada por los horrores del mundo. En alguna parte hay ahora, en este mismo instante, mucha gente sufriendo de la que emana ese vapor que la constituye.

Pues bien, estos días anda por las ondas electromagnéticas una palabra nueva “mayorescencia”, queriendo unir la condición de persona de edad con un trozo de la palabra “adolescencia”. El destrozo es el mismo que con autobús, pues “scente” como “escencia” procede de “scere” que es la forma verbal que indica “en proceso”. Por lo que con “adolescente”, se quiere decir “el que está en proceso de crecimiento” y, por tanto, el adulto (participio pasado) es “el que ya ha crecido”. Así se cumple esa función en luminiscencia o fluorescencia. Resumiendo: la mayorescencia sería estar en el proceso de hacerse mayor, lo que es la condición, precisamente, no del que ya es mayor, sino la del adulto, aunque sólo lo note a partir de los 50.

Todo esto viene a cuento de la observación, trivial por otra parte, de que los “mayores” de ahora estamos en muy buen estado de salud mental y física. Yo, sin ir más lejos, juego al padel con adultos a los que doblo la edad y mentalmente todavía me acuerdo de mi nombre :-). Esa condición de mayores en plena forma se compara, equivocadamente, con una nueva etapa de crecimiento que, que al contrario de lo que ocurre en la adolescencia, cursa sin hormonas perturbando nuestras vidas, ni con problemas de identidad. Muy al contrario, es una etapa en la que, dándose las condiciones mencionadas de salud, la hormonas están domadas y la identidad identificada. No es pues una etapa de búsqueda, sino de goce de hallazgos, de posesión del cuarto ojo 🙂 que se abre al significado del misterio de la vida y a la alquimia de la elusión de los errores fundamentales. Es, en definitiva, una etapa de travieso disfrute, en la que el tiempo desaparece para ser sustituido por los acontecimientos. Cada estupidez de un político te perturba porque sabes las consecuencias que en su soberbia desprecia y cada sonrisa de tu nieta te estremece por lo que es: un evento telúrico resultado de su misteriosa pertenencia al secreto de la vida.

Conclusión etimológica: si el “mayor” es el que está en el misterio o en el secreto, su etapa debería llamarse “Paleomistancia” (Paleo=antiguo + místicó=secreto + sto=estar en) que significa “antiguo que está en el secreto” en griego clásico que es la fuente, junto con el latín, de la mayoría de los neologismo, si no tenemos en cuenta al picadillo de carne y los buses. Esta palabra estaría emparentada con prestancia y constancia. Lo siento mucho, pero somos unos paleomistantes, como somos constantes. Con “paleo” he eludido la palabra griega para viejo que es “geronta” que daría una palabra todavía más extraña. Soy, por cierto, consciente de que la batalla está perdida, pues todo el mundo encontrará brillante el término “mayorescencia” porque rejuvenece, pero no es juventud lo que nos constituye, sino sabiduría, que no es una cualidad de la juventud, sino el fruto de un lento, lentísimo proceso de maduración a poco que se esté atento a lo que ocurre alrededor y en el interior de uno mismo.

Supongo que este artículo habría estado mejor el día de los inocentes, pero se me ha ocurrido hoy. Por ello en su primer día de los 365, ¡Feliz Año 2019 amigos paleomistantes!

Cine, series y vida

Cuando uno se adentra en una plataforma moderna a través de Internet necesita una cierta guía ante la profusión de la oferta. Generalmente, salvo que tenga uno una recomendación, se busca entre los géneros que se ofrecen en un índice. La primera opción es “cine” o “serie”. Es decir se nos pide que decidamos si queremos un ritmo “alegro” o “andante”. En el cine todo tiene que estar muy bien urdido para que en 90 minutos todo encaje en unas horas (Estación Termini) o en varios años (Leyendas de Pasión). En las series la duración real es tan enorme en comparación con el cine que, en tiempos ficticios cortos, la trama no puede dejar escapar ni un detalle y, en tiempos largos, da tiempo a saborear los matices de las actitudes de los personajes que se pueden permitir largos soliloquios o miradas al horizonte. La series enseñan la virtud de la paciencia para paladear las interpretaciones.

Después de haber elegido entre cine o serie, hay que elegir el género, que siendo una elección aparentemente fácil, el buen aficionado sabe que caben muchas combinaciones entre ellos, pues el terror puede estar trufado de humor y la ciencia ficción de situaciones más que realistas. De hecho hay géneros mixtos como el melodrama o el drama bélico (raro sería que en una guerra no haya dramatismo). Pero nos orientan con los géneros habituales que son en su mestizaje: Drama, Comedia, Suspense, Acción, Catástrofes, Bélicas, Ciencia ficción, Western, Terror, Románticas, Religiosas e Históricas.

Una vez elegido el género, se le ofrece a uno numerosos producciones que de forma directa o tangencial tocan el tema. Aquí la ayuda viene del título que no siempre es certero, bien por una mala traducción o por falta de de capacidad de síntesis de la productora. Pulsado el botón de “play” se repantiga uno con la mala conciencia de que ya no es como antes, que raramente se salía uno de la sala por no poder soportar la película. Ahora dos toques en la pantalla o en el mando y empieza uno frívolamente a cambiar de título olvidando los enormes esfuerzos creativos (a veces) y económicos (siempre) que hay detrás de eso que con tanta ligereza despreciamos. Así el paladar se nos satura y pocas cosas nos satisfacen. Somos ya como romanos en el siglo III d.C ahítos y listos para ser arrollados por los bárbaros. También es un indicador si huímos del guiones densos como el de Ida para preferir la ligereza de las cabriolas de Misión Imposible. Obviamente cada estado de ánimo tiene su género, pero no podemos excusarnos si ante una película dramática la propia plataforma nos dice que “la coincidencia es del 5%”. Es decir, que estamos más interesados en el cine de efectos especiales que en el de reflexión. Al fin y al cabo ya reflexionan por nosotros los “tanques de pensamiento”.

Lo interesante de los géneros es que nos hablan del espectro en el que se mueve nuestras acciones y pasiones: nos interesa cómo vivían nuestros antepasados, amamos románticamente un tiempo y después no vamos de cabeza al drama, vamos a la guerra, nos reímos, nos burlamos, queremos y odiamos el miedo en una combinación inexplicable; disfrutamos de la violencia y de las catástrofes si las cuchilladas no nos dejan marca o si el fuego ni siquiera nos chamusca un pelo; nos gusta la incertidumbre y su desvelamiento, las aventuras en las praderas o en el espacio; sentimos morbo por las vidas ejemplares y nos regocijamos con las travesuras de los sinverguenzas, cuando el roto económico no afecta a nuestra cuenta; nos elevamos en fervor patriótico o sentimos el coraje del héroe capaz de exponer su vida o su felicidad por amor. Bailamos y cantamos en silencio en los musicales, ese género no mencionado en el que la ficción es doble pues los personajes también fingen vidas triviales para explotar en cualquier momento en danza y canciones fantásticas.

Esta paleta de sensaciones que la ficción nos ofrece, ahora en forma visual, da en la clave de la cultura: es decir, su capacidad de que vivamos miles de vidas con todos sus matices de miseria y valor para, si somos inteligentes, tomar buena nota y no cometer los errores que les hicieron merecer ser personajes de ficción. Lo dicho es extensible, obviamente a la literatura, el teatro, la ópera y, modestamente, a las letras de las canciones, tantas veces verdaderos guiones condensados en unas pocas estrofas. La cultura es una oportunidad de aprender sin acabar mal como Otelo, Anna Karenina o Douglas Stamper; al tiempo que se puede encontrar el camino de la bravura humana como June Offred, Forrest Gump, Oskar Schindler o Rick Blaine.

Como este artículo ha tomado la extensión de una serie, si has llegado hasta aquí, como premio no te desvelaré el final de House of Card.