Objetores


NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

OCTUBRE 2021

Hace unas semanas, entre la conmoción de la isla de La Palma, tan perturbadora, y la reaparición del martirio impostado del “heroico” Puigdemont, tan tedioso, se discutió sobre el escándalo de que las mujeres que quieren abortar no pueden hacerlo en los hospitales públicos, ante la llamada objeción de conciencia. Mi generación, que hizo la mili estándar, la guerrera, supo de los objetores por los chicos que estaban en los calabozos cuarteleros por negarse al servicio de armas.

Pero, ahora, emerge un tipo de objeción muy curioso, a la vista de cuadros médicos completos que se declaran objetores en bloque —lo que es estadísticamente imposible. Probablemente, lo hagan unos por convicciones y otros por precaución ante el riesgo de ver su carrera profesional malograda. Unas actitudes con el aborto que ahora parecen amagar con repetirse con la eutanasia. Objeciones basadas en falacias del tipo “yo soy médico para curar, no para matar”. Curar, precisamente, es lo que hace un médico que practica un aborto terapéutico ante un feto con deformidades irreversibles; curar es lo que hace un médico que aplica la eutanasia a quien el dolor no le permite ni maldecir su suerte. El mundo moderno ya no acepta la muerte cruel como redención, ni considerar a la mujer un medio involuntario para la procreación. Estas objeciones en equipo tienen los días contados si los medios de comunicación mantienen vivo el escándalo de que instituciones públicas incumplan la ley y si la justicia no mira, indiferente, para otro lado.

Entre el principio (el nacimiento) y el final (la muerte), la medicina se dedica sin objeciones a curar a los enfermos. Donde todo se emborrona es en los márgenes. Desde hace siglos la humanidad ha practicado abortos por muy diversas razones y, en eso, la religión no fue obstáculo para esa actividad dolorosa para la madre. Sin embargo. desde 1864, en que la doctrina de Tomás de Aquino decayó, la influencia moral sobre la legislación ha contribuido a que se produzcan muertes por las condiciones insanas en las que se producían los abortos. Hoy, las leyes vienen a dotar de seguridad sanitaria a esta práctica. Sólo cuando la ciencia separe la concepción de la gestación permitiendo encapsular la sexualidad en sus coordenadas hedonistas, será posible, probablemente, evitar los abortos.

Por otra parte, quien haya leído la novela “La acabadora” de Michela Murgia o haya visto la película “La montaña de Narayama” de Shohei Imamura puede imaginar que la eutanasia es, también, un rito cultural practicado por el ser humano desde un pasado remoto, ya por necesidad, ya por piedad. En España, esta semana hemos tenido noticia de un suicidio cuando una mujer encontró barreras morales a su propósito. Y, ello, a pesar de que había pedido la eutanasia estando en vigor la ley desde el 25 de junio.

Hablando de la vida, todo el mundo tiene derecho a tener una concepción propia de su misterio. Hay quien cree legítimamente que tras la muerte habrá resurrección y vida eterna. No seré yo quien les desvele que los reyes son los padres. Pero, sería óptimo ofrecer lo mejor de cada uno mientras se está vivo y, después esperar la vida espectral o dejar llegar la desaparición que nuestra condición exige: “de la nada a la nada”, que dijo el poeta. Las sociedades modernas tienen que advertir su propia estructura relativa en vez de negarla propugnando valores “para los demás”. Hay que propiciar un encuentro consensuado en valores de convergencia, que eso es la ley. Hay que hacer saltar la pretensión de imponer verdades absolutas al otro, por la sencilla razón de que la convicción no es el fundamento de la verdad. Sin confundir, claro, este rasgo de la verdad con la mentira, que es puro simulacro interesado.

Yo no soy feliz ante el aborto hedonista ni si un amigo me informa de su deseo de morir, pero a nadie se obliga a abortar, a nadie se obliga a pedir la muerte. Pero, a muchos se pide legítimamente que cumplan con su deber ayudando a estos propósitos en el marco de la ley. Los contrarios al aborto y a la eutanasia que se pregunten qué harán cuando la dureza de la vida los ponga en situación con familiares o consigo mismos. Los doctores no pueden confundir su misión, curar, en efecto, con sus convicciones metafísicas. El mismo temple que muestran en tantas y tantas ocasiones para nuestra suerte, deben mostrarlo en esta en que la sociedad les reclama profesionalidad para evitar que jóvenes embarazadas y ancianos lacerados sufran. Los pacientes deben ser asistidos en su hospital público natural y las autoridades, si han de derivar algo hacia centros privados, que sea a los objetores.

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