Agosto


NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

AGOSTO 2021

El mes de agosto recibe su nombre de César Augusto, el primer gran emperador romano que murió en su cama. Fue él mismo el que cambió el antiguo nombre ordinal del mes (sixtilio) por el suyo propio sin saber que moriría precisamente en agosto del año 14. El nombre fue respetado cuando el papa Gregorio XIII decidió reformar el calendario para establecer ciertas fechas litúrgicas que tenían problemas de ubicación, por el erróneo cómputo del calendario Juliano. Este calendario se empezó a implantar en 1582, pero algunos países no lo adoptaron hasta el siglo XX. Los franceses tan suyos, hicieron un buen intento entre 1792 y 1806 basado, no en dioses griegos, celebridades políticas, los ancianos (mayo) o los ordinales, sino en las características climáticas de cada período. Por eso, el mes del calor tenía que llamarse “Termidor” del griego “thermos”, calor. De modo que, en resumen, este mes se llama como un César venerado por su majestad y excelencia. Pero “augusto” también es el nombre que damos al compañero de “clown”, el payaso serio, es decir, augusto es el payaso dicharachero al que su compañero quiere aleccionar afectadamente. He aquí, pues un mes que se mueve entre la majestad y la payasada. Un carácter que nos deja bastante libertad para pasarlo leyendo a Heidegger o, casi en pelotas, dando saltos por las playas con mascarilla en las partes pudendas: las que Sancho no le quiso ver a don Quijote en Sierra Morena.

Agosto para nuestra juventud era el mes en que nos quemábamos imprudentemente viendo, tras el mal rato del vinagre sobre nuestra piel irritada, como nos quedaban los hombros policromados entre restos de piel quemada pidiendo ser expulsada de nuestra dermis y piel nueva y rosada que lucíamos como ahora se hace con los tatuajes. Una piel que vibraba con nuestros corazones en los guateques al aire libre en el porche de un chalé vigilados por la dueña de la casa, mientras rozábamos otras pieles morenas, tan atractivas y brillantes que nos permitieron más tarde entender qué eran las diosas. Torpes besos, quemantes toques, explosivas miradas, mientras Roberta Flack musitaba: “killing me softly with his song” y nosotros experimentábamos como la inocencia, afortunadamente, pasaba del estado sólido al líquido para acabar evaporándose sin que nadie lo notara, ni nosotros mismos, que éramos presa de una sensación poderosa por haber traspasado un umbral de la vida dejando atrás para siempre la infancia. Así, surgían en nosotros sentimientos violentos ante los avances de un rival con nuestro objeto de deseo o, simétricamente, de paz universal en la victoria. Sólo una mujer podría relatar que ocurría en sus cabezas y corazones ante nuestros inarmónicos movimientos.

Pero agosto ha sido también el mes de la despreocupación del adulto afortunado que podía disiparse durante un mes. Mes de ropa ligera, estrafalaria durante el día y afectadamente elegante de noche, blanca y holgada a juego con el pescado a la plancha, el vino blanco y el gin tónic que desata feromonas, distendiendo el músculo y la lengua para disfrutar de la amistad, volar con pensamientos poco castos y otros francamente pecaminosos, mientras se simula hablando con la lengua zompa de política o del cielo estrellado. Es el afán eterno que nos hace oscilar entre la filosofía y el amor, entre la razón y el deseo. Flujos de vida que solamente agosto es capaz de hacer correr por nuestras venas con la intensidad que requiere el caso. Una experiencia que nos hace contemporáneos de los sabios griegos de antaño y los sofisticados franceses de hogaño. Costas de Lesbos tan encanalladas hoy, costas de la Niza atacada por la locura o de la atormentada laguna del Mar Menor ofendida por tanta irresponsabilidad política. Menos mal que agosto nos redime con su salada dulzura de todas las tonterías que hacemos el resto del año.

Honor a este mes que en el hemisferio norte tanta prosperidad trajo a los países del sur antes del año 2020 después de Cristo. Año calamitoso que sólo va a tener una virtud: habernos despertado del sueño de un progreso automático para situarnos ante la soledad de la especie y el deber que ha de guiarnos hacia una sociedad más segura basada en el conocimiento no supersticioso, la justicia y la libertad de ser responsables.

La luna, ya hollada por nosotros, nos perdona desde su divertida órbita. Este año brillará con su cara iluminada el 22 de agosto y no pedirá nada a cambio por alumbrar la noche para que, en cualquier colina, creamos en la promesa de que podemos salvar el abismo de nuestra finitud hacia el colmo de nuestras posibilidades. Promesa de que, en ese bendito día, nacerá mi tercera nieta.

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