Small is wonderful


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Escrito en Bilbao el 19 de agosto de 2010

Legazpi con Zumárraga o Bergara están en un valle y como ellas ha sido testigo de la pelea durante un siglo entre la naturaleza y la industria. Una lucha que la naturaleza siempre pierde a corto plazo, pero siempre gana al final de los ciclos económicos. En este caso, como siempre, la irresponsabilidad de los que las explotaron los lleva a abandonar en manos del común el cadáver de su tropelía. Así estos valles hermosos del interior de Guipúzcoa muestran curiosos casos de anticipación al Beaubourg parisino con musculosas toberas y majestuosas estructuras que como paradójicos intestinos reivindican su importancia en el sistema. Esta disciplina industrial y la supervivencia familiar acostumbraron los ojos de los vecinos a ese maridaje morganático entre cachivaches industriales y laderas de un verde poderoso y cautivador. Costumbre que hace posible que ningún habitante del valle se escandalice cuando los tableros de hormigón pretensado cruzan insolentes a muchos metros por encima de sus cabezas. Resignación estética que se une a la decadencia de un mundo de humo y pesadez metálica que nació en la verde Inglaterra doscientos años antes y que está siendo sustituido por otro nacido en un valle californiano hace tres décadas que trae aires de transparencia y virtualidad. Pero ese nuevo mundo solo ha llegado a algunos hogares de Legazpi, porque en la ciudad solo se percibe la nostalgia de un pasado querido por inevitable. Hurgando en la ambigüedad de un periodo de transición se encuentran actuaciones oficiales destinadas a conservar las ruinas de nuestro tiempo, transformando los espacios industriales en mágicos espacios de función travestida En esto no hay originalidad respecto de lo que ocurre con estaciones de tren o naves industriales obsoletas en otras ciudades. La originalidad está en conservar, aún cristalizado, el aspecto original. Y ese es el logro del Chillida Lantoki, una sorpresa doble por discreta y provocadora, por local y universal al tiempo.

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Chillida Lantoki (el taller de Chillida) es el ejemplo máximo de la potencia de sublimación en arte que esconde cualquier actividad humana. Donde los que se beneficiaban veían una fuente de riqueza y los que no un trabajo embrutecedor, Chillida vio arte. Un arte que redime y transfigura la propia desgracia. El mismo acero al que el destino podía conducir hacia una modesta viga en la que se apoyarían nuestras vidas experimentó con gozo que se doblaba a la voz de un hombre alto y enjuto para adoptar formas dinámicas surgiendo de un núcleo macizo y firme. De repente la fealdad práctica se convertía en belleza para siempre. El impacto de la inconfundible familia de formas extraída por Eduardo Chillida del universo de donde se ofrecen a la creatividad de cualquiera, es tal, que funde en uno a los antagónicos: naturaleza e industria. En ningún sitio está mejor una obra de Chillida que en diálogo con la arboleda o la campa. Y todo ello, no como resultado de un acto mágico, sino del esfuerzo inteligente, el que Chillida llevó a cabo en las naves de la papelera de Legazpi, allí donde el empresario Patricio Echevarría facilitaba la forja de sus obras.

Esta historia se cuenta ahora en el mismo lugar donde ocurrió, en Legazpi, en el local de la antigua papelera donde estaban (y están) las máquinas de forja. Un espacio que conserva sus paredes con las huellas del trabajo y el tiempo. Al entrar a la izquierda el recepcionista invita a mirar una pantalla que presenta la historia de amor de un hombre, el mar y el viento. Cuando se vuelve la mirada hacia el interior de la nave, lo primero que llama la atención es un cortinaje de acero en gris que marca el territorio y nos indica que no estamos antes un espacio funcional surgido de la mezcla de altura necesaria, anchura posible y ausencia de sentido estético premeditado alguno. No, estamos ante un espacio sutilmente  transformado por lo que nos parece un solo gesto: el de poner en pié planchas de acero que creen estar a la espera de ser utilizadas para algún propósito industrial. Tal parece que los autores de la audacia pensaran que el mejor modo de permanencia del acero de su obra en un lugar destinado a su fusión y forjado fuera simular la provisionalidad. El efecto es genial, porque las planchas son materia prima, estructura y separación matizada a la vez. La separación crea un pasillo transparente en el que se almacenan utillajes y la nostalgia. Allí un anciano mira hipnotizado una pantalla en la que aparece un hombre maduro hablando de su experiencia con Chillida, del orgullo de haber pertenecido al grupo de elegidos que doblaron el junco de acero que ahora se ofrece al final de la playa de Ondarreta marcando a fuego el cielo de San Sebastián/Donostia. Además del vídeo mencionado una serie de fotografías de Catalá Roca de gran formato (como todo en su entorno) captan el ojo por su fuerza expresiva. Cuentan un historia en silencio: allí en medio del fragor se gestó una gesta cuando la voluntad se impuso a la aparente rigidez de los natural mediante el intermediario universal de todas las formas: el fuego.

Las planchas de acero, mientras no sean indultadas en la próxima reencarnación de Chillida, ayudan, además, a soportar una galería que conduce hacia una plataforma que proporciona perspectiva, más información y acceso a la sala de litografías. Allí Chillida disfrutaba con el papel como demiurgo de los materiales. Gran sabiduría de los que no necesitan el límite elástico para susurrar poesía a los oídos del acero, la piedra, la tinta y el papel. A la galería se accede por un tramo de escalera que consigue situarnos temporalmente. Nos dice: estamos en 2010. Pero lo hace de forma amistosa. No pretende reprochar nada. Las formas como el leguaje no tienen más significado que el que nosotros les damos al emparentarlas con nuestras emociones. Pero cada forma tiene un tiempo. La escalera es del nuestro y así lo expresa justo enfrente de la fotografía en la que una púa del peine está naciendo antes los ojos atónitos del operario que la sujeta y obliga. Quizá el mismo que ahora con cuarenta años más escucha a sus compañeros en una pantalla que lo tiene magnéticamente unido a su asiento. Quizá viene todos los días. Quizá muera plácidamente allí, donde vivió experiencia de modelar arte en vez de banales piezas prácticas de acero. Allí donde su nombre se asocia a ese vértice de la acción humana que es el arte.

En conjunto, el lugar transfigurado por la pequeña (small) intervención de alguien, armoniza su piel manchada de industria decimonónica (léase siglo XX español) con la memoria gráfica y la maravillosa (wonderful) modernidad formal. Ese alguien hay que buscarlo. No aparece en su obra, al menos mientras otros testimonios de su forma de ver las cosas no permitan captar alguna pauta de su modo de hacer. Preguntamos y nos dicen que en la puerta hay un cartel. En efecto, un panel a modo de créditos de una película de esa cadena que no se cansa de reconocer los méritos de unos y otros hasta que finaliza el scroll. Un panel con letras pequeñas en blanco sobre negro. Y allí con esfuerzo encontramos confundidos con la geotermia a los autores del proyecto arquitectónico: Jaume Blancafort y Patricia Reus o Jaume Reus y Patricia Blancafort porque se pueden intercambiar los apellidos para enfatizar su simbiosis. Yo sé quiénes son. He hablado con ellos. Mi viaje es premeditado, porque sólo así se puede llegar al corazón del Euskadi industrial braceando entre ruinas metálicas y árboles traumatizados hasta una puerta industrial de una papelera y no pensar que te has equivocado y perseverar hasta entrar por una puerta que podría ser la de cualquier nave en cualquier polígono industrial y respirar al encontrar a un joven encantado por la visita que facilita la entrada y al final me vende la taza que ahora me mira irónica encima de mi mesa.

Yo sé que son un matrimonio y que viven y trabajan en Murcia y que dan clase de proyectos en ARQ&IDE, la escuela de Arquitectura e Ingeniería de Edificación de la Universidad Politécnica de Cartagena. Bueno, eso lo sabía ya, lo que ahora sé es que pueden unir su nombre armoniosamente y sin hacer ruido al genio de Eduardo Chillida. Un conocimiento que voy a compartir. Y con ese conocimiento (crecimiento) me alejo por el pasillo de la papelera, miro al monte, giro con mi coche y vuelvo a Bilbao.

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