Es habitual decir que los independentistas tienen un relato y España no. ¿Cuál es el relato del independentista catalán?

“Somos un país pequeño, pero culto, tolerante, pacífico que sufre un despojo por parte de España que nos envidia porque somos mejores, nos humilla porque somos indomables, y nos ha estado oprimiendo políticamente y explotando económicamente desde hace siglos”

¡Vaya!, si esto es verdad, ya es tarde para la independencia. Pero, no es verdad desde “que sufre” en adelante y los historiadores aportan datos suficientes para comprender que, el presente es muy diferente al pasado. Un pasado en que se usó la violencia en Cataluña al tiempo que se usaba en todo el mundo, con todo el mundo. El bombardeo de Barcelona en 1843 se produce en la tregua entre dos guerras, en las que otros españoles se mataban por la legitimidad de la hija de Fernando VII para reinar o para sofocar el motín de Cartagena. Y cuando en 1640, los ejércitos imperiales cometían estropicios en las poblaciones, lo hacían allí donde ponían el campamento, ya fueran los austrias, los borbones o los napoleónicos; ya fueran las fuerzas carlistas o isabelinas; ya los pelotones fascistas o anarquistas, más tarde. Si alguna lección deberíamos aprender de la historia es que el enfrentamiento añade agravios al catálogo de los habitantes del futuro, pero los sufren los ciudadanos en el presente. Y el sufrimiento que se adivina en la historia tiene el aroma de los heróico, pero el que se sufre en nuestros cuerpos es acre y acerbo, humillante e infrahumano.

Pero, ¿tiene España relato? Pues si lo tiene, no está declarado, porque está en la naturaleza poliédrica de nuestro país una timidez (eufemismo de miedo) conformada a golpe de experiencias patrióticas excluyentes. Nuestra trágica historia nos dice que fuimos los últimos entre los grandes países europeos en llegar a nuestra propia autodeterminación sin tutelas autoritarias. Los grandes pensadores de nuestra idiosincrasia no han terminado nunca de darnos un argumento que todos podamos compartir. La España de cada siglo está conformada por los sucesos del precedente y llevamos cinco siglos y un pico de combate íntimo por encontrar nuestro ser, sin aparente éxito, por la mera razón de que no existe tal cosa en abstracto. Pero, no porque España sea una anomalía, pues cualquiera de los países con los que compartimos geografía les pasa lo mismo. Han sufrido desgarros terribles, pero su sufrimiento es percibido por ellos y no es percibido desde la distancia. Todos tienen grupos irredentos que creen que les va a ir mejor cambiando la escala de su organización social. Como si los procesos de independencia llevaran consigo la desaparición de los polos de divergencia entre los seres humanos. Ya sea entre ricos y pobres; ya sea entre cosmopolitas y parroquianos; ya sea entre devotos e irreverentes.

PATRIOTISMO

El conflicto es inevitable porque la ruleta de nuestra herencia genética y de nuestro entorno inmediato nos conforma de tal manera que, en todos los grupos, se dan todas las opciones, constituyendo un abigarrado conjunto de difícil manejo, si no fuera por la superposición de ideas generales que compartimos la mayoría. Así el patriotismo griego se basaba en el respeto a la ley y la apertura al extranjero; el patriotismo prusiano en la ferocidad de una estructura maquinal; el patriotismo norteamericano y británico en la grandeza imperial. Todos ellos, patriotismos que ocultaban, en el caso griego, la institución de la esclavitud; en el prusiano, la vergüenza del racismo; en el americano, la explotación de medio mundo y, en el británico, del otro medio. Pero ese orgullo se instila en cada individuo que se siente partícipe de la supuesta grandeza y la asocia en su cerebelo a una imagen (la bandera) y una vibración (el himno). Y en esa cesta se ponen todos los huevos, hasta el punto que de producirse alguna ofensa a uno de ellos, se disparan los mecanismos homicidas sin ningún problema, olvidando las afrentas cotidianas de cada situación social. De ahí la ingenuidad de los internacionalistas sociales o religiosos, que vieron en 1914 cómo los obreros se alistaron con entusiasmo en cada uno de los países, para destrozarse mutuamente, mientras sus armas eran bendecidas por representantes de la misma religión pacifista.

Quizá el caso más extremo de sugestión sea el británico. Es llamativo el entusiasmo con el que los descendientes de los soldados de leva que la oficialidad maltrataba sin piedad en los HMS de la Royal Navy, a los largo de tres siglos, cantan el “Rule Britannia, Britannia rule the waves” (gobierna Britania, Britania gobierna los mares) en el Music Albert Hall de Londres. ¿Cómo lo hicieron? ¿La música de Elgar?¿Quizá la monarquía?, pero… ¡si son alemanes!, incluido el príncipe Alberto. Pues lo hicieron cautivando la memoria y la imaginación de forma incesante, incluyendo una bandera que sintetiza la de todas sus naciones. Piénsese que Escocia se incorpora al Reino Unido en 1707 e Irlanda en 1802 ¡y cambiaron la bandera en cada ocasión para incorporar rasgos de los recién llegados! Eso es mano izquierda.

NUESTROS ANTECEDENTES

¿Y España? Lo tenemos complicado, pero es posible. Fuimos un imperio, lo que debería facilitar el cantar un “rule Hispania, Hispania rule the waves”. Quizá el final de nuestro imperio no fue muy airoso y, además, en el terreno de los símbolos, nuestra bandera es de diseño a petición de Carlos III para que se viera bien en la distancia de barco a barco. Por cierto, fue popularizada en la Guerra de la Independencia. La señera es más antigua y nace en Aragón. La ikurriña es también de diseño, el hermano de Sabino Arana, Luis, era arquitecto y se inspiró en la británica, pero sin el proceso de fusión de emociones de ésta. Y la bandera nacional quedó asociada en sus colores con la dictadura a pesar de la eliminación de los más conspicuos símbolos del franquismo imperial. Pero el tiempo borrará los malos recuerdos que se volverán sepia y dejarán de estorbar al reconocimiento de la marinera enseña. La bandera española es de las pocas que no sigue el ejemplo francés en formato y colores, que fue seguido por muchas nacientes repúblicas por el prestigio mítico de la revolución de 1879. La señera es original y la ikurriña una imitación bien resuelta. Banderas, banderas, magníficos símbolos si no se falsean al frente de los batallones bélicos, pues sus portadores vuelven mutilados. Mejor ponerlas al frente de los batallones deportivos, pues sus portadores siempre tienen un nueva oportunidad de ganar la gloria.

Precisamente, el imperio cayó sin gloria, aunque sí con enormes sacrificios personales, perdiendo, uno a uno, los países que lo constituían, pero además, al contrario que el imperio británico, no dejó detrás una Commonwealth que suavizara la ruptura y mantuviese la cooperación mutua. Una vez que nos quedamos solos con nuestra cuitas, todavía tuvimos que hacernos daño un tiempo con el siniestro Primo de Rivera, el infantilismo republicano que, aunque legítimo, incurrió en sueños de la razón a manos de comunistas y anarquistas, entrando en un juego letal que despertó la furia criminal y reaccionaria. Cuarenta años de paz artificial y forzada no fue suficiente para normalizar nuestro país en torno a símbolos y memorias impostadas. Pero, si al mal sabor de boca de la caída imperial se añadió el amargor de nuestra anomalía de medio siglo adicional de dictadura anacrónica, aún supimos construir una democracia escarmentada.

OPORTUNIDADES PATRIÓTICAS

Un proceso de aplicación de lo aprendido que, cuarenta años después, imitaba, de algún modo, la creación de la Sociedad de Naciones o la Unión Económica Europea en su pretensión de curar las heridas y fundar el futuro en estructuras que superaran la poderosa capacidad de seducción del sentido de pertenencia nacional secesionista. Que pretendía quitarse de encima el lastre de una historia poco lucida en las últimos décadas y tener un nuevo amanecer. Un amanecer rojo de sangre inocente en el País Vasco y bajo la estrella de la discordia en Cataluña. Un bautizo salvífico que produce una seducción tan poderosa que todavía amenaza la estabilidad nacional y europea.

Tal parece que la superestructura más amplia que un individuo acepta es la comunidad que habla su propio idioma. En cuanto un otro, que es considerado formalmente compatriota, habla en otra lengua, el patriota, en el estado de evolución psicológica en el que nos encontramos, es víctima de un bloqueo emotivo que se traduce en rechazo (el caso de los flamencos y valones es dramático). Otros países no padecen este síndrome porque la cultura común basada en una koiné nacional, cubre y convive con otras lenguas. El ejemplo británico es claro, pues aunque no sabemos qué tipos de tensiones y con qué intensidad se pueden estar larvando en Gales, si sabemos qué tensiones hay en Escocia o Irlanda.

Nadie duda en que históricamente el proceso de construcción de las grandes naciones heterogéneas empezó en el siglo XV y acabó en el XIX, mientras que el de las naciones homogéneas empezó en el romántico siglo XIX y  todavía no ha terminado en el siglo XXI. Tal parece que hay en el mundo occidental un status quo de naciones heterogéneas y homogéneas que es el punto de partida de cualquier solución. Ahora ya no se unen o separan países mediante matrimonios o guerras, al menos en Occidente. Desgraciadamente Oriente está en otra fase y queda mucha sangre que derramar, por lo visto, para alcanzar un estadio en el que los problemas se resuelven pacíficamente.

Ni el patriotismo heterogéneo ni el homogéneo tiene porvenir, si uno se entiende como la sumisión de lo diferente a los criterios de una de las partes del todo; y si el otro se entiende como el cierre a todo los diferente en una cápsula fetal. En un caso se busca la homogeneización imponiendo un esquema particular y en el otro por el rechazo del diferente. En un caso la diferencia se elimina a posteriori y en el otro a priori. Todo ello en un mundo en el que la diferencia es la clave y la mezcla es imparable, por lo que las emociones patrióticas hay que fundarlas en otros valores distintos de la homogeneidad. Pero ese es un proceso lento y la historia no admite acelerones sin desgarros, porque los tejidos sociales no tiene elasticidad. Su capacidad de cambio es más lenta que la velocidad de los acontecimientos.

Tenemos, ¿padecemos?, dos tipos de patriotismos homogéneos en conflicto, uno por sumisión y el otro por exclusión, por lo que se necesita un patriotismo heterogéneo. No sabemos lo que es eso, aunque se ha explorado con éxito en un país como Estados Unidos en una versión incompleta, pues hay un único idioma, una sola bandera y un sólo himno.  Nuestro caso, es más complicado, y el reto más fascinante, porque en el caso catalán, vasco o gallego el origen de la lengua es antiguo como un blasón, aunque haya pasado por épocas menos brillantes en las que era considerada una despreciable lengua campesina. Hoy en día, de forma premeditada se han convertido en lenguas urbanas y, por tanto, políticas. Estos son los mimbres con los que tenemos que tejer el cesto nacional, sino queremos provocar una catástrofe sufriendo la teoría del dominó de Kissinger en nuestra tierra.

EL RELATO

Acabo, ¿hay un relato nacional? pues, en mi opinión, sí, si cumplimos determinadas condiciones.

  • La primera condición es dejar de considerar la historia como un arma. La historia de un país es una fuente de enseñanza pero no se puede incurrir en anacronismo ni utilizarla para adoctrinar falseándola. Los métodos de la política del pasado corresponden a la sensibilidad de ese pasado. Ellos tuvieron sus horrores y nosotros los nuestros, que, si somos razonables, son bastante más soportables. Si miramos con inteligencia la historia, vemos que hemos sido durante quinientos años un país complejo y con tensiones, pero  que ha soportado todas las tensiones y así debe seguir siendo. Este pasado común ha creado unos vínculos que sólo el delirio racionalista puede pedir que se deshagan.
  • Otra condición para construir el relato, de este gran y complejo país, es escuchar los agravios de los separatistas para que sus reivindicaciones, por desconocidas, no se vuelvan místicas y misteriosas. Las que sean absurdas (España nos roba) deber ser desacreditadas y las que tengan fundamento (el cambio felón de un estatuto) atendidas.
  • Otra condición es cambiar ciertas actitudes sobre la supuesta arbitrariedad de las respectivas lenguas maternas. Un español culto debería considerar un valor, del que sentirse orgulloso, el hablar los otros idiomas del país, sin torcer el gesto, no ya con estas lenguas, sino, ni siquiera, con el acento cuando hablan español.
  • Otra condición es que los nacionalistas de cada parte del país tengan en cuenta que no sólo ellos experimentan sentimientos o sufren supuestos agravios. Por tanto, deben, una vez asumido el peso de la historia y los riesgos de perseverar en acercarse a determinados abismos, renunciar a la creencia de que determinados fines justifican el martirio.
  • Finalmente, es necesario favorecer el cumplimiento de estas condiciones con una nueva estructura nacional de carácter federal, gestada con cuidado y lentamente para llegar a un pacto que cierre el paso a los sueños que prometen arcadias que nunca existieron.

Cumplidas estas condiciones, el relato nacional español se compone a partir de la conciencia de pertenencia a un país complejo, importante, en el pasado y en el presente, que ha cometido muchos errores y, algunos los sigue cometiendo, pero que cuenta ya, hoy en día, con todas las posibilidades de vivir su complejidad como una oportunidad rica, flexible, respetuosa con todos. Un país que ha conseguido equilibrar las tendencias oscuras con cuarenta años de democracia moderna, que debe mantener su unidad en un formato autonómico o federal siempre desde la ley. Todo ello, hasta que futuros cambios estructurales en la gobernanza mundial establezca otra escala más conveniente para lo que deben ser los objetivos comunes, como respuesta a los problemas del ser humano.

Contra todo esto se presentan en la escena, justo ahora, los enemigos de la políticamente correcto. Unos seres que, en nombre de la sinceridad, mienten con gran eficacia. Es un espectro que recorre el mundo y es visto por muchos como una corriente refrescante después de tantos años de construcción artificial, pero eficaz, de discursos humanos para acabar con las discriminaciones en base a la raza, el género, la religión o las ideas pacíficas pero heterodoxas. Estos nuevos sinceros han llevado al poder o a sus proximidades a psicópatas vociferantes como Trump o Farage y lo pretenden ahora en Cataluña y mañana en otras partes de España y Europa. Es una corriente que premia abrir la sentina de los malos sentimientos envueltos en colores y bonhomía, sonrientes, pero excluyentes, pozo negro sobre el que hay que poner un bloque de hormigón de varias toneladas. Empecemos ya:

España es el resultado de siglos de convivencia geográfica, sentimental, cultural, política y económica de gentes mezcladas procedente de otra gente, igualmente mezclada a las que les distinguen lenguas atractivas y nos unen históricamente la lengua común. Gentes que se han unido o dividido políticamente manteniendo feroces luchas, como correspondía a las épocas en que se libraron. Luchas entre polos dinásticos, entre monárquicos y republicanos, entre liberales y reaccionarios, entre afrancesados y patriotas, entre carlistas e isabelinos, entre franquistas y demócratas, entre demócratas y anarquistas o comunistas, entre el terrorismos y la paz, entre esto y aquello, pero que ha sobrevivido como nación a todas esas diferencias y contra todas esas fuerzas centrífugas, demostrando una tenacidad, en el material que nos une, mucho mayor que en el de las pesadillas que nos separan. Esa historia común, desde las diferencias propias de la riqueza de nuestra aventura humana, es la base sobre la que cabe construir un patriotismo sensato, pacífico, culto, moderno y abierto a lo que el futuro depare, participando con nuestra experiencia, talento y resolución a contribuir a un mundo mejor, conscientes de que es una tarea social incesante, puesto que la base biológica tira de todo ser humano hacia el pozo irracional. España puede ser, sin temor, una nación federal en la que todas las aspiraciones de autonomía sean compatibles con la necesaria unidad para un propósito civilizado al servicio de todos sus ciudadanos en un mundo crecientemente complejo
 
También no une el jamón de jabugo y el espetec, las calas de Girona, y las playas de Huelva, los picos de Europa y los del Pirineo, pero eso es secundario frente a la conciencia de tener una historia que asumir y un futuro que construir sin aspavientos, sin fanatismo, sin exclusiones. 
 
La España de este discurso no merece este desgarro perpetrado por compatriotas instalados en una idea antigua, pero todavía peligrosa de superioridad supuesta. Una idea de negación de lo que no cumple determinados criterios artificiales sobre seres humanos. Somo mezcla y en mezcla nos convertiremos. La España de este discurso no se merece esto, precisamente cuando se ha redimido de sus pecados imperiales e intolerantes. Precisamente ahora, no.

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