Dolores, ciclos y exageraciones

En mi experiencia como jubilado los dolores, los ciclos y las exageraciones son parámetros dignos de análisis. En primer lugar los dolores. Me refiero a dolores articulares que son los más característicos de la edad, pues envejecer es “secarse”. Poco a poco se pierde la lubricia, y no es una metáfora, y aumenta la fricción entre “piezas”, especialmente del esqueleto. Por eso es muy importante el ejercicio para que la musculatura esté flexible y mantenga el “mástil” enhiesto. Bueno esto último es una redundancia, pues “histos” es “mástil” en griego y de ahí, por ejemplo, histograma que es una serie de mástiles gráficos. Esa fricción produce dolores, supongo que porque afecta a nervios colocados ahí para avisarnos de que algo va mal. Una vez instalado en estos dolores, que son soportables, la primera opción es tomar medidas reales de mantenimiento en el plano físico, pero, muy importante es, además adoptar una determinada actitud en el plano mental. Y es la de no prestar atención a ese dolor molesto. Hacer como que no está presente. Los dolores también se molestan, tienen sentimientos y, por eso, cuando notan nuestro desprecio nos dan la espalda (¡uf!, la espalda). El problema real no ha desaparecido, pero, ahora, no molesta. En este momento de éxito, lo que hay que hacer es mantener los ejercicios (yo estoy ahora girando el cuello) aunque no duela o, mejor, porque no duele. Si alguien no quiere herir los sentimientos de un dolor es que no sirve para viejo. Otra cuestión importante es que si uno no consigue ofender a un dolor, el remedio es tener otro más agudo, porque la mente deja de sufrir por el que ha quedado relegado. A continuación hay que ofender, despreciar, insultar no, porque no funciona, al dolor principal, para luego ocuparse del subordinado. Dicho esto hablemos de los ciclos.

Un ciclo es un proceso que se repite. En realidad un ciclo es una circunferencia. El círculo es la imagen que a todos nos viene a la cabeza cuando nos queremos representar un proceso repetitivo. También sirve un senoide. Cada uno según los que haya avanzado en eso de la tecnología. A mi me gusta el símil de un cometa. Cada 75,32 años el cometa Halley es visible desde la Tierra, es decir que da una vuelta completa a su órbita cada vez que pasan esos años. Con la edad media de un español, puede verlo una vez, porque si lo ve con 75 es improbable que se enterara recién nacido la vez anterior. Pero sirve para la idea que quiero transmitir porque es un caso extremo y un tanto deprimente, porque si los ves con treinta años ya puedes decir que no lo verás nunca jamás y al ser humano no le hace gracia los “nuncas” y si te cuentan que ya habías nacido cuando pasó la última vez aspiras a verlo, es decir a cumplir 75 años más de los que tenías entonces. Los ciclo marcan el ritmo de la vida con más o menos intensidad. Por ejemplo la ITV es una pejiguera porque tiene la “virtud” de hacerte pensar “¿ya ha pasado un año?” Y fijémonos en la cantidad de acontecimientos que pasan en un año, pero la ITV tiene esa maldita condición de tragárselo en un instante, ese en el que nos llega el aviso. Igual ocurre cuando llega el viernes y nos decimos alegres “¡ya pasó la semana!“,por aquello de la maldición bíblica al ser expulsados del paraíso. Como si el ser humano fuera capaz de vivir sin trabajar. Cuando digo vivir, no me refiero a respirar. La prueba está en que los ricos hacen deporte y, algunos se juegan la vida con estrafalarios retos como viajar por la estratosfera en globo. No es muy honesto que diga esto porque yo estoy jubilado, pero puedo prometer y prometo (Suárez dixit) que trabajo todos los días en mi blog (en el que están leyendo este artículo) y, para empezar a dar una receta, no me alegro de que llegue el viernes porque he logrado romper con el hechizo de los ciclos. La semana es un ciclo que lleva a algunos al extremo, no de resolver problemas en su trabajo, sino resolver mañanas y tardes. Es decir, espero a estar camino del sofá para decir, “¡qué día más bien resuelto!”. Es el síndrome Serrano (de Gregorio Serrano el Director General de Tráfico), ese señor que resuelve las crisis desde su casa echando por tierra todos los intentos del gobierno de desacreditar la idea de que se puede presidir una comunidad autónoma desde Bruselas. Es el síndrome del sofá. Cuidado pues con los ciclos. Porque si reducimos las semanas a los viernes, los meses a la paga y los años a la ITV, acabaremos reduciendo la vida a cuatro acontecimientos, “¡Anda, ya he acabado la carrera!“; “¡Anda ya me he casado!”; “¡Anda, ya me he jubilado!” y “¡Anda, ya me he muerto!“. Lo que es una pena porque la vida está llena de sorpresas y vivencias cada día, de modo que cuando tengas la tentación de decir “¡Otra vez está aquí el cometa Halley!” rechaza la idea y céntrate en lo que ha pasado en estos 75 años y verás, si no has hecho el piernas, qué cantidad de bellísimos, emocionantes e interesantes acontecimientos han llenado tu vida.

Finalmente, las exageraciones. Cuando uno es un adolescente se suele echar años y cuando es mayor se los suele quitar. Al menos eso es lo que yo había oído decir. Pero cuando he llegado a mayor me doy cuenta que no. Si estoy haciendo deporte y un muchacho de estos al que todavía le quedan muchas ITVs me echa 50 años porque corro detrás de la pelota, le digo rápidamente que tengo 68. Lo que no es verdad, pues tengo 67. Y, además, pienso aumentar la apuesta y pronto me echaré un par de años más. Especialmente el año que viene que al sumar dos podré decir que tengo 70. De este modo consigo varios efectos, todos benéficos. El primero, escuchar su asombro, que es una pomadita para mi ego. El segundo estimular su propósito de cuidar su salud, pues yo no digo “modestamente”: “Es que tengo buenos genes“, que probablemente sea lo cierto, sino que digo, como hombre de izquierdas que creo ser: “Es que he hecho mucho deporte“. Ya saben, cargo el mérito a la cultura en vez de a la naturaleza, lo que probablemente sea falso como exageración que es. ¿Pero exagerar es una falsedad? yo creo que es sólo un juego. Un juego inocente de los muchos que hay que jugar para que la vida se desprenda de la gravedad que la vuelve funesta. Creo que el humor debe ser como el vapor en una olla a presión que debe empujar queriendo salir para resolver todas las miserias en una carcajada universal. Pero el humor hay que practicarlo mientras uno se remanga y echa una mano.

Conversaciones con muertos

La conversación continua con los muertos, proporciona una sofisticada oportunidad de reflexión. No me refiero a Los Muertos del cuento excepcional de James Joyce o muertos particulares que reposan en sus tumbas y en los corazones de los que los amaron. Son los muertos intelectuales, cuyos escritos aún llaman a nuestra puerta, para que pongamos en contraste sus propuestas para una sociedad mejor y sus resultados, siempre decepcionantes y siempre estimulantes para empezar la tarea de nuevo. Cuando en la película de Huston el protagonista Gabriel Conroy descubre que toda su pasión por su mujer Greta está fundada en una fantasía, puesto que ella, esa noche estaba sobrecogida por el recuerdo de su platónico amante Michael Furey, evocado por una canción, está en una situación parecida a la de un filósofo que construye un sistema coherente, creyendo que está describiendo la realidad y, sin embargo, ésta en-sí-mismada se ríe de su pretensión y reacciona de forma que lo desconcierta y entristece.

Abajo el vídeo de la magnífica película que John Huston hizo sobre este cuento. La escena clave empieza en 1 hora 8 minutos:

Para explicar las dificultades de los pensadores para interpretar la realidad o, más modestamente, su época no hay que despreciar el fenómeno de la reflexividad que implica que el efecto de una teoría pretendidamente descriptiva modifica la realidad frustrando la intención su intención. Tampoco el hecho de que la sociedad por reacción intelectual o, simplemente porque algunos ven peligrar sus intereses reacciona irracionalmente contra una propuesta que parezca atentar contra ellos. Ni siquiera la posibilidad de que una propuesta verdadera sólo puede acertar si no se conoce, evitando así producir los efectos de reacción mencionados. Finalmente, siempre cabe la posibilidad de que, al no conocer con suficiente profundidad la estructura de la realidad, la propuesta active acciones, entre los que la creen de forma acrítica, que la hacen fracasar. Como no es posible improvisar revisiones completas de la teoría de referencia, los convencidos suelen diferir el éxito final a otra época en el futuro, además de introducir correcciones que expliquen las discrepancias, al modo que Ptolomeo introdujo los epiciclos para explicar los movimientos de los planetas cuando aún se pensaba que la Tierra era el centro del Universo.

En el caso de Hegel, es claro que seriamente creyó que habia descubierto la dinámica de la realidad humana, realidad que él visualizaba como un proceso histórico de aumento creciente de la autoconciencia que debía producir el efecto de liberación del individuo en el marco de una organización social en la que los esfuerzos particulares se integraran en un comunidad universal. Pero, al tiempo, si esa promesa no se cumplía, dejaba el legado de una visión según la cual la realidad percibida no tiene las características que puede tener según su concepto por lo que era necesaria su “negación”, es decir, intervenir para cambiarla, pero no en cualquier dirección, sino hacia el cumplimiento de sus posibilidades descubiertas por la razón. Hoy en día, incluso en zonas templadas de la sociedad es ya una idea indiscutible la “mejora continua” de los procesos. Una expresión ésta que procede del mundo de la calidad, donde su éxito ha llevado a un control tal que se ha neutralizado mediante el concepto de “obsolescencia programada” que permite determinar cuánto ha de durar un producto para que un exceso de duración no comprometa la producción por falta de compradores. La mejora continua es un proceso dialéctico en el que la producción industrial comprende que el modo de mejorar implica un círculo que va de la idea a su aplicación, pasando por las fases de control y toma de conciencia de las desviaciones. Un proceso muy hegeliano.

En el ámbito social, la conversación con los muertos que supone la lectura de sus textos, permite tener una visión panorámica del combate de ideas que se libra, incluso en estos momentos, pues, a pesar del prejuicio de que la historia es cosa que nunca tiene que ver con el presente, ahora, con más o menos entusiasmo, estamos haciendo historia. Desde la época de Hegel hemos visto como ha habido un intento fallido de aplicación de la dialéctica hegeliana en su pretensión de negar el capitalismo, que produjo enorme dolor. También hemos visto como el fascismo italiano usó la teoría del estado de Hegel para concentrar poder de forma ilegítima y como el nazismo rechazó el hegelianismo precisamente por su énfasis en el poder de un tipo de estado que debía proteger los derechos individuales. Pero, sobre todo, hemos visto que el revisionismo del marxismo, que fue la socialdemocracia, ha reinado con éxito transfiriendo renta hacia extraordinarios servicios públicos mientra el marxismo ha sido una amenaza verosímil. Una vez que el marxismo oficial colapsó, hemos visto, finalmente, como el liberalismo se ha ido apoderando de rentas y pensamientos hasta convertirse en una fuerzas hegemónica. Sin embargo, el balance, hasta el final del siglo XX, fue de un triunfo de las propuestas que podríamos llamar hegelianas, es decir, de la idea de que las estructuras sociales no están congeladas, sino que son susceptibles de modificaciones. Así prácticamente, en una primera fase, se construyó el llamado Estado del Bienestar y, en una segunda fase, se han implantado casi todos los derechos individuales derribando las barreras de la libertad individual distinta de la económica. Tal pareció durante estos años que la izquierda se ocupaba de distribuir los beneficios de la eficacia del sistema capitalista y de abrir los espacios de las libertades individuales, mientras que la derecha se ocupaba de impedir cualquier obstáculo al aumento de la productividad del sistema. Sin embargo, desde la caída del muro de Berlín como símbolo de la caída del sistema comunista en su fracaso absoluto, la derecha ha considerado que ya no necesita exhibir  su capacidad de distribución universal de rentas y servicios , además de considerar que se ha ido demasiado lejos en los derechos individuales a minorías, por lo que se combate en todos los terrenos, incluido el del lenguaje con el desprecio de lo políticamente correcto.

Es decir, estamos en una fase de reacción a los avances logrados en los últimos setenta años del siglo XX, tanto en el terreno económico como en el de los derechos. Una reacción basada, no en el descenso de la productividad o los perjuicios sociales de una mayor libertad, sino en la ludopatía financiera y el insaciable hedonismo de unas élites seducidas por los productos de la industria del lujo y, en casos extremos, por la pretensión de inversiones lunáticas en la búsqueda de la inmortalidad. Entre tanto, la perspectiva global que hoy tenemos del mundo, nos permite comprobar la enorme tarea que espera para conseguir que las zonas más castigadas por enfermedades, desastres naturales, hambrunas o guerras se reduzcan al mínimo.

Esto es la mera constatación de lo que ocurre, pero la labor filosófica consiste en establecer los argumentos que fundamenten la idea de que no debe proseguir la degradación socioeconómica, ni conviene que ocurra, so pena de catástrofe universal. Y no por un castigo extrahumano, sino por la propia naturaleza de las cosas. Entiendo que quien afronte esta tarea debe partir de Hegel y toda la historia de la filosofía posterior, además de contar con una visión amplia del estado epistemológico de la ciencia y los avances en sociología, psicología evolutiva y neurociencia. Una tarea densa sólo para titanes, pero no titanes muertos, sino titanes vivos, muy vivos.

 

 

 

 

 

 

 

Fenomenología del Espíritu. Alexandre Kojeve. Reseña (19)

Este libro es una extraordinaria ayuda para comprender las propuestas de uno de los filósofos más complicados de la historia. En general los filósofos británicos son claros en su prosa y los continentales (alemanes y franceses) muy artificialmente complejos. Empezó con Kant, que se puede leer prestando mucha atención, pero remató Hegel que es un jeroglífico. La prueba es que su renacer en el siglo XX se debe a la extraordinaria labor de divulgación que llevó a cabo Alexandre Kojeve, un filósofo ruso que se formó en alemania y ejerció en Francia. Su versión de la Fenomenología del Espíritu de Hegel es extraordinariamente clara e invita a leer el original con las gafas con cristales de aumento que te proporciona. Experiencia con la que he podido interpretar su principal texto y poder hacer un viaje a la mente de un filósofo que pensó que con él se había acabado la historia del espíritu humano, porque había llegado a su condición de absoluto tras un viaje extraordinario por los avatares humanos.

Obviamente, el siglo XXI, tras los últimos coqueteos con la alta metafísica que llegaron hasta Sartre y, quizá Deleuze, está curado de espantos y todo el mundo es más claro expresándose y más cuidadoso proponiendo interpretaciones del misterio humano. Hoy estamos en días en los que se espera pacientemente a que la ciencia proporcione datos sobre el cerebro para enhebrar un discurso filosófico de vuelo raso, como se hace desde la filosofía analítica. Probablemente eso sea lo prudente, pero, quizá, se podría encontrar un término medio entre esa frialdad metacientífica y los delirios metafísicos.

Hablábamos del misterio humano, que ha retado a los grandes filósofos y, en ellos, encontramos la respuesta secular que, una y otra vez, es corregida por pensadores posteriores. El caso de Hegel es especialmente interesante por sus hallazgos existenciales que todavía hoy se siguen reconociendo como verdaderos a pesar de que se fundan en intuiciones fenomenológicas, es decir, basada en la observación de los demás y la introspección. Es la mirada de un filósofo realmente asombrado por lo que al común, entretenido en lo cotidiano, le parece lo más normal del mundo: la capacidad de construir conceptos. Capacidad que es el arma con el que Hegel afronta la interpretación de los acontecimientos históricos de su época. Acontecimientos tan relevantes como la Revolución Francesa y la expansión de sus principios (en teoría) a hombros de Napoleón.

La lectura directa de Hegel es realmente difícil, por eso muchos de los intelectuales franceses que renovaron la filosofía continental en la segunda mitad del siglo XX acudieron a los cursos que Kojeve dió en París entre 1933 y 1939, un período de la historia de Europa en el que todo se aceleraba camino del precipicio. La historia palpitaba y no es extraño que los jóvenes George Bataille (36), Maurice Blanchot (26), Maurice Merleau-Ponty (25), André Bretón (37), Jacques Lacan (32), Raymond Aron (28), Jean Hyppolite (26) escucharan al joven y brillante Kojeve (31) que les traía una versión renovada y fresca del Hegel decisivo de la Fenomenología del Espíritu. Estos cursos transformaron a los alumnos  e iniciaron una secreta conexión con la generación que treinta años después daría respaldo intelectual a la revuelta de mayo de 1968 encabezados por la influencia de Michel Foucault, Jacques Derrida o Gille Deleuze. También se puede hablar de la influencia sobre Jean Paul Sartre a través de sus compañeros de generación Aron e Hyppolite. Francia gracias a Kojeve vivía una época de neo hegelianismo entre guerras. Lacan tuvo gran influencia sobre la siguientes generación lo que establece una cadena de propuestas intelectuales que llega hasta la actualidad cuando todavía filósofos como Badiou o Zizek complementan o combaten con la tradición hegeliana mediada por el marxismo. Una tradición criticada duramente por el filósofo inglés Roger Scruton, crítica glosada ampliamente en este blog.  Todo esto justifica que sea una lectura (la de Hegel) que merece estar en el currículum de quien esté interesado por la cuestión. Ni que decir que la lectura directa de Hegel no es recomendable para alguien no experto. Pero la de Kojeve es una lectura introductoria imprescindible. También añadir que algunos de los temas propuestos por Hegel, sin perjuicio del cuestionamiento de su metafísica del absoluto y su aceptación del terror, son de interés por su vigencia, basada en la intuición de fenómenos humanos de carácter estructural y de difícil remoción mientras podamos seguir llamándonos humanos. La filosofía de Hegel está etiquetada justamente como idealista, lo que supone una hipertrofia de la fe en la razón y sus conclusiones a pesar del genial intento de Kant por limitar las ideas metafísicas a su función reguladora, a su función de horizontes hacia los que caminar y no realidades efectivas.

Toda nuestra perplejidad moderna motivada por la velocidad de los cambios tecnológico, económicos, sociales y, en consecuencia, personales están ya prefigurados en Hegel. Con él la filosofía moderna abandona la metafísica estática e inaugura la metafísica dinámica. Las perpetuas transiciones que él describe están ya con nosotros y se ha dado en llamarlas líquidas gaseosas, pero son el resultado de un continuo crear y perecer que ahora se nos hace visible, porque ha aumentado su velocidad relativa a nuestra percepción. Añadamos que todos esos cambios son consecuencia de conceptos humanos, tanto en el ciencia, como en la tecnología y, como consecuencia, en la economía, en la política y en nuestras vidas ya estaban anticipados por Hegel como la pulsión de autoconciencia que el ser humano sigue sin cesar. No digamos el ateísmo asociado a su concepto de finitud que remató Nietzsche cincuenta años después. También algunos abusos de su pensamiento relacionados con su concepción de absoluto y del estado que lo materializaría políticamente, como fueron los estados fascista y nazi del siglo XX.

RESEÑA

A partir de ahora hago un resumen de lo que Kojeve desarrolló en sus cursos de interpretación del libro fundamental de Hegel Fenomenología del Espíritu. Hegel consideraba que la filosofía anterior a él cometió el error de pensar al ser humano y sus avatares del mismo modo que lo hacía con el resto de las cosas del mundo. Esto suponía no captar la esencia del ser humano, que es la temporalidad. Es decir la radical naturaleza en tránsito de la condición humana desde el futuro, reclamado por el deseo, hasta el presente, pasando por el pasado (la memoria) que es el contenedor de los conceptos.

Hegel identifica al ser humano con el concepto y al concepto con el tiempo. Es decir el único ser capaz de separar las características esenciales (su esencia) de un ser cualquier  (un animal por ejemplo) es el ser humano con su capacidad de crear conceptos. Al crear conceptos se inmortaliza a ese animal y a todos los de su especie. Mediante el concepto se abarca el mundo preservándolo de la aniquilación que produce el tiempo y la acción laboriosa del ser hombre . Un mundo traspasado por la temporalidad que afecta especialmente al ser humano revelando su finitud. Porque es finito, porque ha de morir, el ser humano trabaja para combatir la aniquilación del tiempo con el concepto. Su condición temporal esta marcada por el impulso que genera en él deseo. Pero no cualquier deseo, como el de alimentarse  que tiene un animal o el propio hombre, sino el deseo de un deseo. Es decir, el deseo de ser deseado por sus iguales. El ser humano necesita ser reconocido y esta pulsión es tan fuerte que lo lleva a arriesgar su vida por ello. En esa lucha, que es a muerte, el hombre se hace verdaderamente humano por el riesgo que acepta consciente de que puede perder la vida. En esa lucha hay un vencedor que se convierte en el Amo y un vencido que será el Siervo. Para Hegel la historia se construye por el desarrollo de esta lucha. Pero el Amo ocioso prescinde de una actividad, el trabajo, que es generadora de la historia porque es generadora de conceptos. El ser humano progresa porque la resolución de los problemas de la vida, que es un proceso de aniquilación de la naturaleza, cuyos componentes, transitan hacia el pasado, quedan retenidos esencialmente en su concepto. Así es posible, no solamente vivir la historia, sino registrarla conceptualmente, después de haberla destruido realmente. Hegel considera que la Revolución Francesa fue el momento clave de aniquilación del Amo por el Siervo, que había atesorado el conocimiento durante siglos para hacerle ver a aquél, su condición de parásito que vivía en la contradicción de haber conquistado el deseo del esclavo vicariamente, pues su sumisión era por preservar su vida y no por la admiración pretendida. En el hombre el carácter universal de la muerte como negatividad suprema le permite anticiparla y vivir condicionado por ella, además de aceptarla como un riesgo cuando merece la pena hacerlo. En Hegel el concepto de negatividad es decisivo, pues es la condición de la temporalidad, el mundo es negado sistemáticamente y pasaría al olvido de no ser por el ser humano que lo retiene en el concepto. Así pues hay un proceso continuo de aniquilación, de negación, de lo real, que se recrea continuamente. Una negatividad que afecta y es comprendida por el ser humano, lo que hace su vida trágica y digna de ser vivida al tiempo. Un dinamismo dialéctico en el que la Universalidad es negada por la Particularidad en una síntesis de la que resulta la Individualidad, que es el ser humano concreto.

Hegel, que murió en 1831 no reconoce sino tangencialmente que la naturaleza previa al hombre también está “temporalizada” por la evolución. Un concepto que los biólogos de su época estaban madurando hasta la publicación de las conclusiones de Darwin en 1859. Lo que impedía que Hegel visualizara los evos previos a la aparición del homo sapiens y considerase que naturaleza y ser humano han sido siempre contemporáneos.  De haberlo hecho habría incluido a la naturaleza en el devenir, bien que mediada por los conceptos humanos, que son los únicos seres capaces de producirlos y retenerlos para hacer balance histórico. Un balance resultado del conocimiento de toda la historia del proceso de conceptualización de la civilización y del conocimiento de este conocimiento del que Hegel es sujeto. Una perspectiva que le permite asumir la tarea de mostrar el proceso completo en su desarrollo y culminación.

Hegel es el primer filósofo en identificar el Concepto con el Tiempo. Pues, en su opinión, el tiempo aparece con el concepto, es decir, con el ser humano que enuncia un discurso, que habla. El ser (lo que existe) es revelado por el discurso del ser humano. Sin el hombre, la naturaleza sería espacio y sólo espacio. No habría tiempo, puesto que no habría concepto que lo captara. Sólo habrá tiempo mientras el hombre construya la historia transformando el mundo mientras persigue el reconocimiento de los otros. Deseo este es que, también, el fundamento de la negación del mundo al que se destruye en el propósito de asimilarlo y someterlo. En su lucha el hombre transforma la esencia del mundo convirtiéndolo en otra cosa. El hombre es concepto y temporalidad. El concepto va ligado a la condición de finitud. Lo infinito no es objeto de concepto y, por tanto, de comprensión. Sólo lo que ha de morir es comprendido. Por eso la historia es el progreso del concepto.

Como resumen hay que decir que los conceptos fundamentales de Hegel son: Tiempo, Concepto, Deseo, Trabajo, Finitud o Muerte y, por supuesto el ser humano. La articulación sería la siguiente: El hombre crea el concepto empujado por el deseo y se hace consciente del tiempo que implica la muerte. Por tanto, el hombre que es tiempo, es el concepto que existe en la experiencia y transforma el mundo creando nuevas esencias mediante el trabajo. Hegel se ocupa de la mente del hombre, pero no niega su condición animal. Hegel considera que lo específicamente humano es el concepto originado por el deseo que transforma el mundo por su acción aniquiladora y creadora a la vez. Sin esta acción el mundo estaría, como pensaba Aristóteles, cristalizado en esencias eternas que no generarían conceptos, lo que implicaría la no existencia del hombre ni de la historia. Esto implica que, según Hegel, la naturaleza no puede ser comprendida mientras no la transforma el hombre. Por eso afirma que sólo la historia es realmente comprendida. Kojeve lo confirma diciendo que la naturaleza se revela por algoritmos matemáticos y no por conceptos que constituyen un discurso. El hombre tiene además la tarea de perfeccionar el concepto de sí mismo en su desarrollo histórico.

Es muy interesante la propuesta de Hegel que nos dice que el ser es revelado por el discurso del ser humano. Algo así como que no conocemos realmente hasta que ponemos la mirada sobre algo con nuestros conceptos. Y a esa revelación la llama Verdad. Como el propio ser que es capaz de crear conceptos revela el ser, debe revelarse a sí mismo, lo que implica que el discurso y la correspondiente revelación de la totalidad no puede realizarse hasta el final de los tiempos. Un proceso que Hegel llama circular porque el ser a ser revelado incluye al que lo revela. Una complejidad espesa que no puede ser eludida porque constituye la paradójica situación del ser humano que debe explicar una realidad de la que él mismo forma parte. Una explicación que por ser temporal no puede acabar hasta que tal temporalidad no cese. Por eso Hegel considera que la Historia debe acabar en un momento dado. Momento en que cesa la producción de conceptos porque se habrá alcanzado el concepto absoluto o sea, la revelación de la Totalidad del Ser.

FINAL

Como se ve un relato genérico de la historia del ser humano contado por alguien (Hegel) que alcanzó, según pensaba, una posición que le permitía ser testigo privilegiado de la misma. Un relato que cautivó a su autor y a parte de la intelectualidad europea haciéndoles creer que era posible realizar el concepto absoluto. Hegel pensaba que el Estado era ya el Absoluto que cancelaba la historia y eliminaba la confrontación entre el Amo y el Esclavo. Marx invirtió el sistema hegeliano bajándolo, en su opinión, del cielo para ponerle los piés en el suelo. Cambió el motor de la historia, que dejó de ser el deseo, y puso en su lugar la lucha de clases, que no deja de ser un trasunto de la lucha de Amo y Esclavo.

Tras la muerte de Hegel hubo una reacción intelectual que reclamaba la sensatez de volver a Kant y otra de carácter cientifista que se convirtió en filosofía positiva y pragmática. Pero Hegel siguió manteniendo su influencia a través de la fenomenología de Husserl y del que se considera el libro filosófico más importante del siglo XX, Ser y Tiempo del filósofo alemán Martin Heidegger, que con su propia versión del ser humano, menos cataclísmica, también buceó en el mar de la metafísica a la búsqueda de verdades estructurales. Hoy en día, el mundo intelectual todavía tiene nostalgia de la visión transformadora del mundo y, por tanto, revolucionaria, entre aquellos que se asfixian si piensan en que no hay esperanza de cambiar nada.

De Hegel, en mi opinión, quedan como hallazgos perdurables, el relato, aunque se le descabalgue de su mítica pretensión de realidad última. Un relato que nos presenta al ser humano como un asombroso ente que tiene la titánica misión de revelar el mundo a través de sus conceptos, lo que le incluye a él. Un relato en el que se inaugura la presencia del tiempo tras Heráclito como etiqueta para referirse al flujo imparable de la realidad que continuamente pasa a ser aniquilada por el carácter finito de todo lo que existe. Un relato en el que el amor por el conocimiento que identificaba Aristóteles, deja de ser una opción personal, para convertirse en un agente esencial del proceso de humanización del mundo, al retener la esencia de los entes en forma que la memoria (el pasado) puede retenerlo, aunque haya desaparecido por la acción del hombre. Un relato en el que se revela el motor de la historia, que es el reconocimiento. Una pulsión que había pasado desapercibida y que todos los individuos experimentamos en nuestra vida cotidiana cuando queremos que los demás nos respeten. Una pulsión que Hegel llama Deseo y que nos llama desde el futuro para ser satisfecho. Un deseo que lo es, no de cosas, sino del deseo de los otros. Un relato en el que el Trabajo aparece, no como una obligación penosa cotidiana, que no llevaríamos a cabo de poder estar ociosos (la condición del amo), sino como la fuente de la dignidad humana que asume que le va la vida en ello (la condición del esclavo). Aunque, también es un relato en el que Hegel muestra la fe que tiene en la potencia del concepto, en coherencia con su creencia de que es el gran cómplice del tiempo y de la acción humana para transformar (negar) el mundo. Pero esta fe lo lleva tan lejos como para considerar que, sin la muerte de todo, su sistema no tiene fundamento porque enervaría cualquier deseo. Un relato coherente, compatible con los que sabemos si desactivamos su atmósfera metafísica y la pretensión de que el final de la historia “sucedió” en el siglo XIX y antes sus ojos.

Pero no podemos negar que somos sujetos de pulsiones que nos moviliza para su satisfacción y que, entre ellas, el reconocimiento está en la base de conflictos que van desde las más graves disputas entre naciones a los más banales conflictos entre personas. No podemos negar la capacidad transformadora del concepto, en el sentido más genérico de conocimiento teórico-práctico, sobre el mundo, hasta el punto de que estamos poniendo en peligro al propio mundo natural y, con él, a la propia especie humana. Y, finalmente, no podemos negar que, con aceleraciones más o menos evidentes, la realidad es una fuga permanente, en la que se nos escapa la realidad física y nuestra propia vida. Fuga que sólo podemos mitigar mediante el recuerdo, que no es otra cosa que la sustitución de la realidad por su esencia conceptual. Por tanto, hemos de reconocer la gran altura de este filósofo que tuvo una vida de éxito y la oportunidad de Alexandre Kojeve, que hizo una versión de su libro más importante con el resultado de afectar poderosamente las mentes de toda una generación de intelectuales franceses y alemanes. Su eco todavía llega a nuestro tiempo.

Se dice que hay hegelianos de izquierdas y de derechas. Los primeros sería aquellos que utilizaron la filosofía de Hegel para transformar el mundo y, los segundos, serían aquellos que la utilizan para sacralizar las estructuras políticas y sociales, lo que sería la prueba de la complejidad de sus propuestas. Los hegelianos conservadores derivaron hacia el positivismo de apoyar al régimen prusiano cuando vieron que en la filosofía de Hegel había un germen subversivo. Pero fueron los hegelianos de izquierdas, los revolucionarios, los que creen en el poder de transformación social, los que han traído explícitamente a Hegel hasta nuestros días vía el marxismo y más allá. Aunque hay que reconocer que su influencia es ya pálida y queda como un material que seguramente será utilizado por el siguiente filósofo que intente construir un relato coherente sobre la aventura humana o, como diría el propio Hegel, un filósofo que termine la tarea de revelar el ser.

Al sistema de Hegel le pasó como a sus herederos lo que ocurre cuando se anuncia un final, que tienen que empezar a introducir metafóricos “epiciclos” (ajustes para corregir las diferencias entre la profecía y la realidad). Pero los grandes filósofos siempre dejan un herencia aprovechable y, desde luego, este es el caso de Hegel. Paradójicamente, cuando pasó, tras un siglo de crecimiento y victoria transitoria del hegelianismo de izquierdas que representaba el marxismo, silenciosamente se ha impuesto el hegelianismo de derechas, pues la razón ha desaparecido del horizonte, los hechos son la referencia del más chato economicismo actual. Una situación de riesgo que se traduce en la desorientación actual, en la que toda clase de ismos disparatados encuentran su sitio al sol de la democracia, que es invocada por todos aquellos que desde la irracionalidad de la raza, la identidad o el miedo reclaman el apoyo popular para ponerlo a continuación al servicio de la versión más descarnada de economicismo. Si el idealismo sin contrapesos es un riesgo, el positivismo dejado a su acción ciega, es la destrucción. Tal parece que estamos en una época que requiere la búsqueda de una filosofía capaz de reconocer el carácter rector de la razón para fijar metas y el carácter reactor de la naturaleza (física y humana) para evitar desvaríos. Una paradójica relación dialogante entre lo que aspiramos a ser y lo que somos. Una diálogo entre lo universal y lo particular que nos saque del atasco deletéreo en el que estamos desde el punto de vista del planeta y la totalidad de sus habitantes de todas las especies.

Amazon go como pretexto

Ya está aquí. Ya ha llegado el prototipo de producción sin personas. Técnicamente no es producción, sino distribución, pero ya es sólo cuestión de tiempo. Se trata de la tienda sin empleados de la compañía Amazon, la asombrosa propietaria del Washington Post. El prototipo se ha instalado en Seattle en Estados Unidos.

DISPARATANDO CON LOS RIESGOS:

En otros artículos trataba el asunto de la distopía de la robótica y sus implicaciones, ¡pero ya está aquí!. ¿Y ahora qué? Pues sólo hay dos posibilidades. Una es pagar a la gente para que puedan comprar, como ahora, todas las mercancías producidas por los robots en función de necesidades reales o inducidas por la publicidad. Y otra, producir dos clases de mercancías: alimentos, medicinas, viviendas y ropa barata para ser pagada por una paga mínima de subsistencia entregada a la mayoría de la gente sin sitio en el sistema y mercancías caras para una élite formado por los propietarios de los sistemas robóticos. La clase media estaría formada por una pequeña cantidad de científicos y técnicos necesarios para el mantenimiento y perfeccionamiento del la Gran Máquina. Esta segunda solución podría estar basada en la necesidad de reducir la producción por razones ecológicas.

En ambos casos se necesita justificar los pagos no relacionados con la producción. En el primer caso, habría que desarrollar una economía basada en los servicios personales de todo tipo que se pueda imaginar. De este modo se cobraría en el seno de una economía de mercado en función del éxito de la propuesta de servicio. Esta economía permitiría mantener la estructura social actual en lo referente al gobierno de los miles de millones de personas sin propiedad de sistemas robóticos. Pues los propietarios se regirían por sus propias leyes.

En el segundo caso, para no violar el principio de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” habría que buscar para la inmensa mayoría de la gente que cobra la paga de subsistencia una tarea. Parte de esta gente estaría al servicio de las élites propietarias y la clase media técnica, con especial atención a la seguridad personal. Aunque sin olvidar que hay también una línea de desarrollo de robots de servicios. El resto de la población prestarían servicios unos a otros en un bajo nivel, aunque a nadie se le escapa que, incluso en niveles de subsistencia, pronto aparecerían grupos que acapararían capital mediante técnicas más o menos ortodoxas y tratarían de ocupar un lugar entre las élites comprando sistemas robóticos. Para el mantenimiento de las élites contra toda eventualidad económica o judicial, la política sería sustituida por un gobierno corporativo no elegido, que promulgaría las leyes necesarias para mantener bajo control a varios miles de millones de personas, cuyos hijos serían examinados para comprobar si reunían las condiciones para ser formados como científicos y técnicos del sistema de mantenimiento. Aquellos que lo lograran se incorporarían para ocupar el puesto dejado por la familia de un científico o técnico desaparecido, que volvería al nivel de subsistencia sin heredar.

Estos disparates pueden llegar a ocurrir, si no se está alerta. En todo caso, si alguien está pensando en llevarlo a cabo, debe saber, que hasta ahora, tardando más o menos milenios, la gente oprimida encuentra el modo de liberarse. En el ser humano anida un mandato de libertad que no es posible sofocar sin coste. Es verdad que la tecnología va a hacer posible sistema de control muy sofisticados y que no faltarán quien esté dispuesto a ser el cancerbero de las élites. Pero tampoco debe olvidarse que el Can Cerbero del mito era el guardián del infierno.

FANTASEANDO CON SOLUCIONES:

Se argumenta a menudo que todas las revoluciones tecnológicas han aumentado la productividad y simultáneamente los puestos de trabajo. No debe olvidarse que las anteriores revoluciones tenían todavía mercados que conquistar con sus producciones masivas. Además, los incrementos de empleos afectaban a los países líderes en la producción de esa tecnología. Ya no está tan claro con esta cuarta revolución tecnológica, la de la inteligencia artificial, pues la esfera mercantil está saturada sincrónicamente, y cuando hablamos de falta de puestos trabajo afecta a toda la población mundial y sólo inventado nuevas necesidades se podría tener nuevos mercados en otra dimensión. Pero, incluso, en este caso, la robótica puede dar respuesta sin emplear a la gente en muchos de las actuales líneas productivas.

Davos 2018 acaba de empezar y ya veremos si trata la cuestión y qué conclusiones alcanza. Es sabido que uno de los temas estrella es cómo resolver la desigualdad. Pero el avance de la robotización envuelve este problema porque, una vez que las empresas se puedan desentender de los trabajadores, se tardará tiempo en comprender que no es posible un mundo sin contar con todos los seres humanos. Pero la tentación será fuerte. Algunos comportamiento en el terreno sexual de élites de países tan antiguos en el desarrollo y asentamiento de la democracia y el imperio de la ley resulta descorazonadora (el último ejemplo estos días con las “fiestas” del empresariado británico). Y qué decir de la facilidad con la que el mundo empresarial se corrompe cuando las élites políticas trabajan para su perpetuación y, en todo caso, preparan su salida del oficio público con antelación suficiente acumulando el resultado de su pillaje. Todos estos síntomas avisan de que los placeres que ofrece hoy la tecnología y siempre ofreció la posición de poder sobre las personas con pocos recursos alienta una deriva preocupante cuando las personas no puedan desarrollar sus proyectos de vida, porque sólo sean considerados cuerpos que alimentar, vestir o violar.

Naturalmente todo esto, en las previsiones modernas, aún llevará un tiempo, pues se necesita ver qué trabajos actuales son totalmente automatizables. Pero aún tardará más la adaptación humana, por lo que no debería dejarse mucho tiempo antes de empezar a enfocar adecuadamente la cuestión. Antes he mencionado Davos 2018 y sólo he escuchado una escuchado un comentario sobre este asunto y ¡era una ponencia sobre la cuarta revolución tecnológica! Pero, eso sí, no se le ha escuchado a cualquiera. Ha sido a Marc Benioff el autor del libro “capitalismo compasivo”. De ahí mi preocupación al respecto. Los riesgo son grandes. Kant hablaba del “fuste torcido de la humanidad”. La humanidad es un fuste torcido, lo podemos comprobar todos los días, pero es un fuste muy tenaz.

Nada de lo dicho es un alegato contra el avance de la robótica que nos aleja del mundo de la necesidad y nos puede acercar a una utopía de una humanidad culta y pacífica, aunque también a una distopía de una humanidad que precise estar estupefacta u oprimida para ser feliz.

Los dos resentimientos

Resentimiento es “Tener sentimiento, pesar o enojo por algo” dice el diccionario de la lengua española. Cuando se usa en un contexto político se refiere a un estado de negrura espiritual complementario de la envidia que sería “Tristeza o pesar por el bien ajeno“, o sea, “Resentimiento por el bien ajeno”. Pues bien, en la vida cotidiana hay muchas circunstancias en las que los seres humanos experimentan resentimiento por unas razones u otras. Pero hay dos con gran influencia social, política e, incluso, filosófica. Se trata del resentimiento económico que tiene dos caras: la de los pobres por la riqueza de los ricos y la de ricos por la ociosidad de los pobres. El primero está en el fundamento de la justicia social y la igualdad, en opinión de lo ideólogos de la derecha y el segundo es el fundamento de la destrucción del estado del bienestar, según los ideólogos de la izquierda. Como suele ocurrir en estos casos, se produce, en ambos casos la falacia de evidencia incompleta o de sesgo muestral.

Hay sistema sociales que favorecen que familias enteras tengan ingresos notables que les permiten vivir sin ninguna contribución a la comunidad exprimiendo la letra de las disposiciones legales sobre ayudas sociales. En el mundo hay unos 4.000 millones de pobres, la mayoría de ellos viviendo en países donde no hay sistemas sociales a los que estafar. Y en los países avanzados, por razones obvias es estadísticamente infrecuente, además de comunmente perseguido, la estafa social del pobre. También hay gente que engaña a las compañías de seguros fingiendo enfermedades o quienes provocan accidentes leves para cobrar indemnizaciones por lesiones igualmente fingidas. Estas conductas no fundamentan la idea de que toda ayuda social es una invitación a la holgazanería. Por lo que, cuando desde una posición política se trabaja para eliminar tales ayudas, en muchos casos lo que existe es un resentimiento profundo frente a la posibilidad, siquiera individual y sin representatividad estadística, de que se den casos de holgazanes profesionales. Como en este caso no se soporta la pretensión del pobre por medrar, estariamos hablando de aporofobia u odio al pobre. Quizá porque materializa la amenaza que más puede temer un rico o un acomodado: que le quiten lo que tiene y ser como ellos.

Hay ricos ociosos, cuya riqueza ha sido heredada, que viven de las rentas, sin ningún tipo de contribución inteligente ni esforzada tan siquiera al buen funcionamiento de una empresa o institución. En el mundo hay 30 millones de ricos cuyos hijos, si son pocos pueden vivir de las rentas, es decir unos 60 millones de holgazanes ricos potenciales. Por otra parte, está constatado que la riqueza mundial repartida entre todos los adultos paritariamente sería de 50.000 dólares. No la ganancia anual, sino la riqueza, es decir, la suma de los bienes con que se cuenta, tanto inmuebles como acciones o cantidades en efectivo. También está bien establecido que todos los proyectos que se emprendan hoy en día con el propósito de llevar a cabo mejoras sustantivas en los distintos campos de interés estratégico para la humanidad, como es la medicina, las infraestructuras, la alimentación o la educación requiere de inversiones muy potentes para las que no habría fondos de repartirse toda la riqueza por igual. Sin embargo, muy a menudo se reclama igualdad sin precisar qué se quiere decir con esto. Un posibilidad es que se reclame que no haya ningún tipo de diferencia en las ganancias, sea cual sea la contribución a la comunidad, olvidando la necesidad de estimular al ser humano para la aplicación de su talento y esfuerzo diferencial. Es este caso, esta posición estaría fundada en el resentimiento que no soporta el éxito económico de otros y exige la total igualdad. Como en este caso no se soporta el bien ajeno, estaríamos hablando de envidia.

Al menos lo países avanzados debería trabajar para eliminar los argumentos para el resentimiento, que, por otra parte, al ser un sentimiento subjetivo será difícil de erradicar. Para el resentimiento del pobre, la solución no es repartir el dinero de los ricos. En España convirtiendo a los ricos en clase media y repartiendo la diferencia entre los españoles que ganan menos de 12.000 euros al año, tocarían a 70 euros al mes por familia. No parece que esté aquí la solución. Pero sí en utilizar los 7.000 millones de euros en un programa social relevante del que se serviría los auténticamente necesitados. Pero, antes de crear un techo de hierro para la ambición, es mejor atacar  el fraude fiscal que aportaría una cantidad relevante, teniendo en cuenta que de aflorar esos capitales y sin amnistías benevolentes se contaría con una cantidad en torno a 90.000 millones, que serían recaudados de una sola vez y unos 3.000 millones  al año a partir de ese momento, una vez identificadas las fuentes de ingreso de los defraudadores. Todo esto contando con que el Estado cuesta un 25% del PIB anual por los servicios que presta, de los que se podrían depurar gastos suntuarios e instituciones obsoletas o inútiles.

En definitiva, el resentimiento del pobre al rico puede perder su fundamento con unas pocas operaciones legislativas como no desregular fiscalmente la herencia y no desanteder las verdaderas necesidad sociales. Por su parte, el resentimiento del rico al pobre, puede quedarse sin argumentos, si, primero, se permite cierta riqueza como estímulo que pague el mérito y, no sólo en la actividad empresarial, tan importante, sino, también, en la educativa y científica de cuyo éxito dependemos todos.

 

El último vagón

En un test que el ejército americano hacía a sus soldados para la promoción a cabo se les ponía el siguiente problema: “Está demostrado estadísticamente que el último vagón es el responsable de los descarrilamientos de los trenes, ¿Cree que la solución es quitar éste último vagón de los convoyes?” Al parecer, mucho aspirantes a cabo respondía que sí. Pues si esto mueve a la risa, ¿qué pensar de los sesudos teóricos de la ciencia política que aún siguen creyendo que la eliminación de los dirigentes de un determinado régimen de forma violenta es la forma de acabar con todo tipo de desigualdad e imponer un régimen de justicia?

Hegel en su lectura de la historia universal como desarrollo del espíritu absoluto, presenta a la Revolución Francesa como el momento en el que el Esclavo burgués se decide a derrotar por la violencia al Amo aristocrático. Es el fin de los tiempos porque el esclavo ha acabado con la dialéctica Amo-Esclavo y, con ello, ha eliminado el motor de la historia y el Estado queda como garante de que tal estado de cosas se va a mantener. Poco después ya se ve que la Revolución ha sido, en realidad, una lucha entre amos: los viejos y los nuevos. Así lo interpreta Marx, que cree que el nuevo esclavo es el proletariado y anuncia, ahora sí de verdad, el fin de la historia con la lucha armada (el método Hegel) contra el Amo burgués. En octubre de 1917, al margen de que la revolución se produzca en un país que no reúne las condiciones teóricas para la revuelta, se produce la toma del poder de Lenin y los soviets. Pocos años después, de nuevo tenemos el esquema hegeliano: un amo, que ahora se llama partido comunista, y muchos esclavos, ahora llamados “camaradas”.

Tal parece que el esquema Amo-Esclavo es inevitable, que la revoluciones no son para manumitir al esclavo, sino para sustituir a un amo cuya estructura social derivada no encaja con la nueva situación político-económica. Ahora son otros los que sabe cómo dirigir la economía y precisan sustituir a los que tomas las decisiones en la política, que están instalados en el antiguo sistema. Por supuesto que, en todos los casos, se reviste la operación de liberación del pueblo, que se suma alegre y acrítico a la revuelta. ¿Hay revolución que contradiga este perjudicial esquema? No. Por tanto es inútil insistir en él. Cuando la tecnología obliga a nuevas formas de dirigir la sociedad, hasta ahora, cuando las estructuras políticas se resisten han sido removidas violentamente. Pero si la eliminación del último amo sólo trae como consecuencia la instalación de un nuevo amo, habrá que ir pensando en otra cosa.

Creo que esa otra cosa es el paulatino y paciente ascenso de las clases populares a la cultura y el control, mediante el conocimiento, de los distintos estamentos de poder político y económico. Un método que siempre dejará un residuo de desigualdad para preservar el motor egoísta que mueve a la ambición. Sin este motor tendríamos una sociedad pasiva e inerte. Es necesaria cierta desigualdad, porque de la diferencia surge la acción y, además si se abole surgirá de un modo u otro. Pero, dada la estructura psicológica del ser humano, esa desigualdad tiene un umbral, por debajo del cual no se advierte, y por encima del cual ya hablamos de explotación, por lo que cada época deberá marcar el suyo. Pero la mayoría de los recursos deberán estar gestionados para el bien común a través de las empresas y de los fondos de ahorro. Nada de esto funciona si no está internalizado en cada persona, pero contamos con el hecho cierto de que todos tenemos tendencia a defender  la igualdad si estamos en desventaja y la desigualdad si estamos en una situación ventajosa.

La satisfacción con la propia situación es relativa. Véase el caso de un deportista que está satisfecho con ganar dos mil veces más que un ciudadano normal, pero que se ha deprimido al enterarse que otro deportista de su misma especialidad gana cuatro mil veces más que el salario normal. Estoy convencido de que este chico tendría el mismo padecimiento si la circunstancia fuera que el ganara cincuenta veces más y el compañero cien veces más, porque el agravio no está en los valores absolutos, sino en los relativos. Basta, pues, con sentirse privilegiado para considerar que la aportación de su talento a la sociedad está bien recompensada. Igualmente ocurriría con los altos directivos de empresas. Esto lleva a sistemas salariales o fiscales que impidan desigualdades obscenas, sin matar el estímulo. Este sistema, como se dice más arriba, no impide la concentración de capitales en las empresas para sucesivas y beneficiosas inversiones, ni los fondos provenientes del ahorro individual, cuya gestión debe ser cuidadosamente vigilada para impedir operaciones de alto riesgo social.

Hay que conseguir que la transparencia en la gestión de la producción nacional permita que todos comprobemos las razones de nuestra posición en la escala social. Es necesario que, junto a la filosofía, se recupere para la formación la economía, para que todos exijamos cuentas claras y no seamos víctimas de la impudicia política basada en las medias verdades o la mentiras completas.

En definitiva, los cambios tecnológicos cambian la estructura económica y, por tanto, social y ésta, a su vez, exige el cambio en la estructura política. Si este proceso es coetáneo con uno de creciente eliminación de la desigualdad no funcional, estaremos en condiciones que estos cambios sean pacíficos porque los nuevos “amos” lleven también la marca de los antiguo “esclavos”. Un sistema en el que la ley, la transparencia y la igualdad de oportunidades estén controlados mediante un sistema legal respetable y respetado en el que es Estado tiene un papel muy relevante como ya anticipó Hegel, aunque sin medir bien su naturaleza democrática. Unas leyes que deberán tanto al pasado, que es como decir a los muertos, como a las aspiraciones de las generaciones vivas. Unas leyes que, también, deben asegurarse que el egoísmo de los vivos no acaba con las expectativas de los no nacidos, como decía Burke.

Naturalmente hay que estar atentos a evitar que los cambios tecnológicos lleven a concentraciones de poder económico que, antes o después, exijan una política, igualmente concentrada en pocas manos. Esto se puede evitar, generalizando el conocimiento o generalizando la propiedad de estas empresas. No me refiero a la estatalización, sino al accionariado. Hay que estar muy atento a que la política no se ponga al servicio de una tendencia concentradora de poder económico, porque, antes o después, traería un cambio político indeseable. Hay que preserva la democracia como mecanismo de control político, pero, sobre todo, es necesario aumentar la educación política de los ciudadanos. No hay liberación, ni violenta, ni pacífica, sin conocimiento. El ser humano es lo que es por el conocimiento, ya fuera el basado en la experiencia hasta el siglo XVI o el basado en la ciencia desde entonces. Si el poder se articula a partir de la explotación del conocimiento en forma de tecnología, es fundamental que sea también el conocimiento el que neutralice cualquier tentación de usarlo para explotar personas.

La historia la han matado ya varias veces, pero se resiste a morir. Hegel descubrió un poderoso mecanismo de disputa entres seres humanos que es la necesidad de reconocimiento que fundamenta a la persona y su dominación. La tentación hecho el diagnóstico es ofrecer la terapia, pero la fuerza de su descubrimiento, debería haberle precavido sobre la dificultad de su eliminación por la vía conceptual. Por eso erró el tiro al creer que la revolución burguesa era el final, ya que sólo fue un traspaso de poder que mantuvo la dominación en otras manos. Marx, puso sobre el tapete el factor económico y también creyó que traspasando la propiedad de los medios de producción al estado, expropiándolos de manos particulares, acabaría con la guerra Amo-Esclavo y también se equivocó, pues surgió un nuevo y cruel amo.

Sabemos ya demasiado para que volvamos a cometer el mismo error. La necesidad de reconocimiento es constitutiva y, por tanto, la necesidad de dominación estructural. No hay que quitar el último vagón, porque, como ya habrán observado, siempre hay un último vagón. Lo que hay que hacer, siguiendo con el símil, es mejorar las vías y los sistemas dinámicos de la estructura del convoy. Y esto quiere decir educación, democracia, ley, transparencia y reducción de la desigualdad a los mínimos que satisfagan las necesidades ya reconocidas como parte ineludible de la naturaleza humana. Condiciones que no debemos rechazar a la ligera, si resulta que, nos guste o no, no podemos existir sin ellas. Todo esto sonará poco épico, pero es más efectivo. Siempre podremos construir polemódromos (espacio para la lucha) donde aquellos que no puedan evitar dar salida a sus instintos de dominación se neutralicen entre sí, sin perjudicar al conjunto social.

 

Hegel y la violencia de género

Este es un asunto muy delicado y complejo. En éste artículo sólo quiero mostrar un aspecto desde la perspectiva del metafísico más grande después de los grandes griegos: Hegel. Este alemán sufrió una alucinación llena de interesantísimas intuiciones y razonamientos relativos a la estructura de la existencia humana. Digo alucinación porque así debe considerarse la pretensión de que con Napoleón y su propósito de expansión de los principios sociales y políticos de la Revolución Francesa por toda Europa, se había acabado la historia. Igualmente su pretensión de que él, el ciudadano Hegel, había visto filosóficamente toda la evolución de la conciencia humana y cancelado su desarrollo. Pero sus razonamientos filosóficos están llenos de extraordinarios hallazgos que, al menos hasta ahora, parecen haber dado en la clave de nuestra especial forma de ser. La secuencia es la siguiente: el ser humano es solamente un animal perplejo cuando se interesa por el mundo exterior; que sale de esa perplejidad porque experimenta deseos; que esos deseos sólo son humanos si tienen por objeto a otro deseo (otro ser humano) y que ese interés por otro deseo es el principio de toda dominación. Una dominación que resulta de una previa lucha a muerte entre deseos que aspiran al reconocimiento. El más profundo deseo del ser humano es ser reconocido por otro ser humano. Sin él, no hay conciencia de sí, no hay yo, sólo un absoluto vacío. Hegel añade que la superación de la relación entre un Amo que vence y un Esclavo que es vencido o que se retira del campo, sólo es posible por la capacidad del esclavo de encontrar su libertad superando la servidumbre a través del trabajo. El amo queda degradado porque de su violencia sólo extrae la sumisión y el esclavo queda dignificado por el trabajo (lo que en la Biblia fue la gran maldición). La historia acaba porque el esclavo no sólo adquiere una libertad secreta por su esfuerzo, sino que la acaba conquistando de hecho con su acción política.

Según esta interpretación de la naturaleza humana, el amo que lo es por la violencia es humano porque su objeto de deseo no es un objeto exterior (un alimento, por ejemplo) es otro deseo (otro ser humano), pero su humanidad es ociosa y de rango inferior a la del esclavo que, primero acepta la servidumbre, pero transforma el mundo, al servir al amo, con sus ideas y acciones. Una transformación que es la historia misma de la humanidad. Si todo esto es así, y, al margen de explicaciones de la neurociencia o la psicología, se explican muchas de nuestras desgracias. Si repasamos nuestra vida cotidiana se puede comprobar hasta qué punto libramos pequeñas batallas por el honor, por el reconocimiento de estar en la verdad o ser valiosos como personas. Cuántos conflictos tienen origen en el desprecio. Cuántas muertes se produjeron cuando la ética de honor era la que prevalecía en forma de duelos por recuperar la reputación puesta en sospecha por otro.

Todo esto Hegel lo piensa para el varón. Pues de la mujer tiene una visión propia de su época (ahí, no fue muy visionario). Así dice :

“Lo femenino tiene, pues, como hermana el más elevado presentimiento de la esencia ética; mas ella no llega a la conciencia y a la actualidad de esta esencia, porque la ley de la familia es la esencia interior, existente en-sí, que no brilla a la luz de la conciencia, sino que permanece sentimiento interior, algo divino, sustraído de la actualidad.”

Esta sería la prueba de que su complicada prosa es descriptiva de lo que tenía delante en forma de humanisima y perecedera representación. Sin perjuicio de su perspicacia para ver lo que otros en su misma época no vieron. Pero, para el feminismo que “escupe sobre Hegel”, el mejor rechazo es usar sus hallazgos para la lucha contra la violencia de género.

En efecto, se observa que de la discusión filosófica de Hegel podemos extraer, sin forzar su sentido, los dos grandes motores de las agresiones a las mujeres. Primero, el deseo sexual por el cuerpo de la mujer, no por su ser humano como titular de libertad, sino como mero objeto. El varón experimenta un mandato biológico que, si lo sigue sin filtro cultural, lo lleva, en el mejor de los casos, a situaciones cómicas en enredos de vodevil con engaños a la pareja, que, afortunadamente, hoy en día se resuelven con tensión pero sin violencia. Pero, en el peor de los casos, le lleva a la violencia, sexual, la psíquica o, al final del túnel, a la violencia física. ¿Qué mecanismos están actuando aquí?. En la terminología de Hegel, se produce la violación cuando el hombre actúa como un animal (estrictamente hablando), pues desea un objeto exterior (el cuerpo de la mujer). Y se produce la violencia física sin sexo, cuando el hombre actúa como un Amo que persigue el sometimiento de otro ser humano a la esclavitud del reconocimiento de su superioridad y, en un sentido más profundo, el reconocimiento de su yo. En esa violencia se estarían dando todas las violencias del mundo porque se lleva a cabo contra la única oportunidad que tiene el varón de conectar al mismo tiempo con el mundo material y el espiritual en un intercambio de reconocimiento mutuo de la dignidad humana. Oportunidad que no sólo implica un movimiento abstracto de la conciencia sino esa extraordinaria mezcla de animalidad y espiritualidad que es el amor. Una oportunidad que, si se aprovecha, permite al cabo de los años ser feliz cuando el cuerpo se retira de la contienda.

De modo que se identifican dos causas de la violencia que el hombre ejerce sobre la mujer: en primer lugar, la del varón que no supera su animalidad y meramente ejerce de macho biológicamente impelido por la promesa del placer al fecundar sin criterio ni respeto por nada. En ese sentido, es muy gráfica la denominación de “manada” para aquellos que resueltos a llevar a cabo el desahogo de sus instintos, lo hacen en grupo para añadir el placer del reconocimiento de sus iguales en la fechoría. Y, en segundo lugar, la del varón que supera tal estado de animalidad y, sin embargo, no supera, no niega, en términos hegelianos, su deseo de sometimiento de otro ser libre. En consecuencia necesita patológicamente todos los días que ese sometimiento quede evidenciado en la conducta de su mujer y en cada uno de sus comentarios y actitudes, para lo que desarrolla un finísimo instinto de susceptibilidad. Es claro que la conciencia que el varón debe desarrollar en nuestra época es la del control de sus deseos biológicos y sus deseos de sometimiento de otros seres humanos. Y digo control, porque ambos impulsos, que se distribuyen, en su intensidad, de forma no conocida por mí, pero seguramente estudiada en contextos de la psicologías modernas, no van a desaparecer, salvo tratamiento de carácter químico u hormonal que son indeseables, entiendo yo para las mayoría de la población. Otra cosa son los niveles de intensidad patológicos conocidos tanto en el plano sexual, como en el del ego hipertrofiado. Desde la escuela al ejemplo de los adultos pasando por el rechazo social y el castigo penal y político cuando corresponda, hay que hacer un esfuerzo hercúleo para que se forme una conciencia que rechace tanto al violador, como al que pretenda ejercer de amo doméstico o político. No va a ser fácil. El monstruo se esconderá y emergerá una o dos generaciones después de que se cometa el error de abandonar las estrategias educativas y punitivas. También en el seno de las familias se debe educar para evitar que se den estas circunstancias de adultos sobre niñas. Podría ser que la gran mixtificación tras el modelo edípico de Freud, sea el incesto que toleraba regularmente la sociedad vienesa de la época. No menos fraudulento sería el complejo de Electra de Jung, que pasa la carga de la iniciativa sobre las niñas por el atractivo que, en su opinión, experimentan respecto de sus padres.

Afortunadamente, estamos viviendo estos días, en el mundo artístico, el fenómeno de iluminación de las zonas de sombras que cubrían con un velo de impunidad comportamientos del tipo descrito más arriba. Pero a nadie se le escapa que el problema puede estar ocurriendo allí donde no haya una mirada con suficiente coraje para evitar y denunciar. Y, además, ahora se desvela todo esto en el Occidente que lleva en el diván cien años. ¿Qué puede estar pasando, y de hecho pasa, en sociedades que aún no han tenido su período de reconocimiento y superación de la condición salvaje del trato y desprecio de la mujer?.

Esto es lo que hay, pero el objetivo merece la pena. El varón debe poder ejercer su mandato biológico de procrear, pero lo debe hacer en el marco de las reglas que se derivan metafísicamente de la condición de igualdad como ser humano de la mujer. Igualdad que le otorga una dignidad que no puede ser violada por la necedad o la criminalidad. El varón deberá ser capaz de llegar al encuentro en condiciones de consentimiento, cuando sea el caso de disfrute sexual exclusivamente. Y deberá desplegar su inteligencia y prudencia para llegar a ese encuentro cuando se trate de la mayor aventura que el ser humano puede disfrutar: el amor. Ninguna mujer debe correr peligro de sufrir abusos por nimios que sean cuando ejerzan su propio mandato biológico de seducir o su humana libertad de decir que no.