Los Reyes Magos son unas figuras literarias sublimadas en nuestra cultura que han sufrido, como casi todo, con su utilización por el comercio universal. ¿Cómo podían ellos saber que su gesto de hacer unos presentes teológicos (cada regalo tiene un significado) a un niño palestino (los judíos son de Palestina) iba a tener tales consecuencias mercantiles?, pero, mucho más allá ¿cómo podrían ellos haber sabido que la tierra que visitaron iba a sufrir tan terribles y duraderos conflictos y que la tierra de la que procedían iba a tener petróleo?. El caso es que el ser humano recorta de la realidad una irrealidad y a ella se atiene como verdad incontestable mientras no sea contestada. Momento en que una parte se levantará indignada al grito de ¡Tradición! y la otra al grito de ¡Progreso!. No sabemos muy bien qué es una y que es el otro, pero son nuestras consignas y, como decía aquel ciudadano despistado cuando se le reprochaba votar a un partido que toleraba políticos corruptos: “… pero, ¡son mis corruptos!“.

Que las emociones nos nublan la vista no es nuevo. Tampoco debe ser tomado como un indicador de degradación, pues venía con nuestro paquete de utilidades. Las emociones son nuestro más íntimo goce o dolor y  cuando se adhieren a una idea o a un peluche, es muy difícil de despegarlas de nuestras entrañas mentales. Dicen los sabios que nuestra razón, la de todos, antes que para hacer cálculos está para construir argumentos propios y evaluar argumentos ajenos. No hay más que escuchar discusiones, políticas, sociales o domésticas entre niños y entre adultos para comprobar que gran parte de nuestra vida nos la pasamos tratando de tener razón y evaluando (negativamente) los argumentos del otro.

Añadamos que al ser humano, si le va bien, tiende a vivir en su círculo de confort y si le va mal tiende al resentimiento. Que nos gusta poseer cosas y que nadie nos las arrebate por la fuerza. Que ese apetito de posesión no es limitado ni por la ley de la satisfacción marginal, debido, entre otras cosas, a la inmensa variedad que toman, hoy en día, objetos con la misma función. A los seres humanos nos gusta ejercer el poder, ya sea en la máxima magistratura de una nación o en el hogar, donde, a veces se libran batallas cruentas donde, en general, es la mujer y son los hijos los perdedores. Nos gusta el sexo por imperativo natural, pero lo llevamos más allá de la fertilidad y más allá de la voluntad del otro. Nos gusta la seguridad y, por ello, evitamos el riesgo hasta hacer de la aventura humana una secuencia ficticia cuya perfección sólo estropean las enfermedades y los accidentes. Nos gusta el éxito como expresión de poseer una imagen perfecta ante los demás. Por eso, se persigue sin moderación matando en el camino lo que tiene valor y poniéndonos nosotros mismos una etiqueta con nuestro precio.

Bueno pues todo eso, es nuestra naturaleza. Y nosotros somos expresiones mitigadas o exacerbadas de ella. La distribución de los grados parece hacer posible la vida civilizada, pero siempre alerta porque un rasgo muy peligroso de esa nuestra materia prima es el hartazgo de los demás. Que es el momento en que el diálogo se rompe y con él la comunicación, que es la última esperanza de civilidad. Y todo eso sabiendo que al terminar el ciclo violento, los únicos que habrán perdido serán los muertos y sus dolientes, pues varias vueltas alrededor de sol después, las cosas vuelven al mismo sitio o, incluso más atrás, pero los corazones habrán quedado llenos de rencor. Un rencor que se transmite de generación en generación y parece inmortal y siempre dispuesto a saltar sobre la garganta de los herederos de los agravios reales o ficticios.

En fin, queridos Reyes Magos, voy a mi carta:

  1. Quiero un Yo-yo para que los que están a una orilla u otra de la división ideológica comprendan que no habrá ganadores ni perdedores en un mundo en el que cada uno se encierre en sí mismo. El yo-yo es juego de suma cero: si la rueda está más cerca de un palo, el otro palo reclama hasta que esté cerca del él, pero la cuerda siempre mide lo mismo.
  2. Quiero una pelota con la que comprobar que si le doy una patada todo lo fuerte que pueda la pierdo. Lo que me hará comprender que todos los desahogos excesivos me perjudican y que, sean cuales sean mis llamadas a nuestra naturaleza salvaje, sólo de la contención cabe esperar que no vayamos, en materia moral, más allá de nuestro verdadero interés.
  3. Quiero unas gafas de bucear que me permitan sumergirme en mí y ver con claridad que debo hacer un uso humano de mis emociones por mucho que se hayan pegado a la tierra o a los objetos de mi entorno y, así, poder disfrutar de ellas sin que se conviertan en un infierno para los demás.
  4. Quiero una diccionario para poder entender mejor a los demás.
  5. Quiero un altavoz para poderme hacer entender mejor cuando hablo.
  6. Quiero una pluma mágica para poderme hacer entender mejor cuando escribo.
  7. Quiero una cama elástica que me permita soñar que vuelo, pero que me recoja amorosa cerca de la tierra donde pisar firme tras el éxtasis del amor y el arte.

Quiero gozar con la nostalgia de lo que hice bien y con la promesa de lo que haré bien. Quiero que todo esto lo quiera más gente. Incluidos vosotros, queridos Reyes Magos, que estáis últimamente un tanto despistados recogiendo cartas en los grandes almacenes, en vez de en los barrios, aunque, claro, la cabalgata, con o sin diferentes, tiene que recorrer todas las calles de la ciudad para que todos sepamos, incluso los políticos, que no hay salvación sin los demás.

Esperaré estos regalos dormido como debe ser. Recibid el afecto de un niño de 67 años, que no teme resultar un tanto cursi.

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