Los psicólogos recetan para estos días mantener rutinas para que no empiecen la depresiones o los estados de ansiedad por el relativamente largo confinamiento al que la pandemia nos está obligando. No en vano en las cárceles, uno de los castigos más crueles es el aislamiento total en celdas donde ningún estímulo podía mantener el cerebro activo. El célebre neurólogo español Dr. Delgado sostenía que en experimentos con voluntarios a los que se les cortaba todo contacto con el exterior, incluida la eliminación de diferencias de temperatura corporal o sensaciones táctiles, en pocas horas deliraban.

Una de las rutinas es poner en orden las cosas que la entropía general va dispersando mientras nosotros vivimos. Por cierto, no lo intenten con los cables, siempre vuelven a enredarse por la noche, mientras usted descansa satisfecho por haberlos colocados todos paralelos. Otra idea útil puede ser digitalizar las fotos de los álbumes. De esta forma puede subir su historia a la nube e inmortalizar su vida al modo mormón. Ya saben que en Salt Lake City hay tremendos servidores con los nombres de Todos los Santos que se salvarán “los últimos días”. También puede ordenar sus libros por tamaño, creando nuevos “books skylines” en sus estanterías. Si alguno no queda bien, siempre puede cortarlo, pero procure no inutilizarlo cortando por debajo de la “mancha” (zona con contenido literario). También puede ordenar sus amistades, llamándolas interesándose por su salud mental. Cuando haya acabado de llamar por videoconferencia a todos los amigos pillándolos en pijama y con aspecto de náufragos, procure mandarles un whatsapp pidiéndole cita previa. Esto generará una nueva urbanidad. Ayer llamé a un amigo por vídeo conferencia y estuve viendo una confusa imagen de su oreja durante toda la conversación (no me atreví a decirle nada). En caso de desesperación también puede volver a tratar de resolver el cubo de Rubik. Haga cursos por Internet, depílese las orejas, pruebe a ver si la alianza le sale del dedo sin jabón y al final de la escapada, cuando pasando una mirada escrutadora por toda la casa, buscando algo que ordenar, todo esté en una estúpida armonía preestablecida, pregúntese por las ideas. Sí sus ideas. En ese momento habrá hecho cumbre en el proceso de ordenación.

Vamos pues con las ideas, esos extraños objetos que tenemos (o no) debajo del cuero cabelludo en el seno de un paquete húmedo hábilmente plegado para acumular cuanto más tejido neuronal sea posible. Tenemos cien mil millones de neuronas, aunque las últimas investigaciones no restan catorce mil millones, lo que me ha dejado preocupado, por si hemos sido estafados. De todas formas tener neuronas no garantiza tener ideas. La naturaleza de las ideas está todavía en discusión desde el viejo Platón, que las consideraba prototipos de los que luego se copiaban las ideas tontas que todos tenemos, como montar una empresa para proporcionar certificados falsos online para poder ir al partido del atlético sin ser despedidos, o vestir al gato con ropa humana por delante para simular un airoso caminante humano.

Descartes decidió que las ideas buenas eran las claras y distintas. Aquellas que, puestas ante la mente, era imposible dejar de reconocer su verdad. Pero los neurocientíficos nos han bajado al suelo explicándonos que las ideas son procesos dinámicos de neuronas conectadas formando esquemas lógicos o figurativos presentando una versión de la realidad ante el escenario mental. Las ideas se forman y se olvidan. La memoria es clave para mantener la estabilidad, porque la primera idea que nos conviene retener es la de nosotros mismo. No en vano, en la huerta de Murcia, cuando alguien se despierta de una siesta profunda se anuncia que “se ha recordado”. Profunda sabiduría que pone de manifiesto que el yo es un recuerdo. Por eso el maldito Alzheimer acaba con nosotros simplemente provocando nuestro propio olvido.

Bueno, sean las ideas lo que sean, ligeras o pesadas, emergentes o sedientes, tontas o listas, malvadas o santas, previsoras o… políticas es lo más importante que tenemos. Incluso las propiedades materiales son resultado de nuestra ideas. Por eso es interesantes aprovechar este parón en la actividad de supervivencia para identificar la cantidad de ideas que tenemos, mirarlas por arriba y por abajo, comprobar su calidad, pulirlas y salir del encierro con las ideas ordenadas. Es un proceso delicado porque si todos cambiamos de ideas, cuando salgamos a la calle nada habrá cambiado porque habrá las mismas ideas, aunque estén en cerebros distintos.

Hay muchos tipos de ideas, pero ahora solamente una nos obsesiona a los casi cinco mil millones de adultos que hay en el mundo: un virus esférico de 0,10 micrómetros de diámetro. Es decir, caben 10.000 en un milímetro. La gente corriente no tenemos una idea clara del asunto, excepto la muy genérica de que siendo tan pequeñitos penetran en nuestras células. Y eso porque nuestras células tienen un tamaño que puede ir desde 7 a 150 micrómetros. O sea, que son de 70 a 1500 veces más grandes que los virus, por lo que caben bastante virus en una sola célula. Por eso tiene espacio para reproducirse dentro de ellas.

Pero más allá de “virus malo” ¿a quién le interesan los detalles morbosos de la vida de mister COVID-19?. Vamos pues a otra ideas más sanadoras. Propongo tener preparados tres cajones

1) Ideas morales
2) Ideas estéticas
3) Ideas científicas

Vaya echando ahí las ideas que tenga, según su naturaleza. En el primer cajón puede echar ideas sobre la religión, sobre la moral, su propia ética, si la tiene y también ideas políticas. En el segundo cajón deje caer ideas del tipo “me gusta la Pantoja” o “qué bonita es mi Giralda encima de la tele”. Finalmente en el cajón de ideas científicas, cabe desde “Viva Darwin” a “la Tierra es bastante plana”.

Ahora se trata de quitarles el polvo o, si es el caso, dejarlas como las encuentre. Vaya sacando del cajón las que considere después de meditar que ya no le sirven. Un sistema es ponerles un post-it para cuando las use. Así aquellas que al cabo del confinamiento no tengan el papelito amarillo, las tira. Otro método, muy recomendable, es compararlas con las ideas de otro. Así, coje su idea la levanta con una mano y la pone al lado de la de su vecino y ve si la suya es más pequeña, más grande o igual. De este modo podrá saber si es una persona de ideas pequeñas o de ideas grandes. Si su vecino no es de fiar, busque otra referencia, en los libros. Quizá un filósofo, un crítico de arte y un científico divulgador. Los hay muy buenos. Le recomiendo a Adela Cortina, para la cosa moral, a Ernst Gombrich para la cosa estética y Steven Pinker para la cosa científica. Aunque no debe fiarse de mis recomendaciones porque, como habrá ya adivinado, yo mismo también soy preso de mis ideas, por muy brillantes que crea tenerlas a base de practicar este juego a menudo. En cuestión de ideas lea mucho y luego haga libre examen. Pero esté muy atento a las erupciones de sus emociones que, a veces, proceden de sótanos oscuros de su mente.

Entrando en detalles vamos a fijar algunos hitos del universo que forma cada tipo de ideas:

“Ideas religiosas”
Son las que más tiempo llevan con nosotros. En las versiones actuales incluyen a un dios creador y un alma que disfrutará o padecerá una vida eterna tras la muerte. El grado cero de religiosidad es negar ambas cosas. En medio hay creencias en la reencarnación sucesiva del alma, que vuelve una y otra vez al mundo y creencias vagas en entidades espirituales animadoras del mundo. Las ideas extremas están muy arraigadas. El ateísmo se adquiere y la religión se abandona, pues todas las culturas forman a su hijos en alguna creencia religiosa. Aunque se ha dado el caso de quien cambia de religión, es extraño que el ateo vuelva a la religión de su infancia. Hay países muy religiosos (Estados Unidos) y otros más tibios (España o el Reino Unido). Las religiones, en general, son una propuesta de amor y compasión universal. Por eso sus fieles tienen tantos problemas cuando alguien se exige a sí mismo coherencia ante los grandes problemas asociados al sufrimiento humano. Por eso otros prefieren una versión teológica, fría, distante que celebra los aspectos más formales de la religión evitando involucrarse en el mundo, lo que dejan para las ideologías políticas, en un ejercicio de separación mental muy complicado de manejar cuando se quiere entrar en modo espiritual con sinceridad. Hay quien no quiere reflexionar sobre su fé cuando ha vivido más tiempo con ella que lo que le queda de vida. Un ateo puede vivir su vida con un sentido de responsabilidad con la razón mientras sus emociones trepidan con el rumor subterráneo de la disolución en la nada.

“Ideas morales”
Kant se asombraba ante el firmamento sobre nuestras cabezas y la ley moral en nuestro interior. Los filósofos han sido explícitamente creyentes hasta el siglo XVIII. Desde entonces, poco a poco, se han ido deslizando hacia las discusiones morales y raro es que alguno trate ya de la existencia de Dios, si no es para discutir los argumentos a su favor. De modo que hoy se habla de valores como fundamento de un sentido moral estudiado por la disciplina llamada ética. Yo prefiero hablar de códigos éticos, morales y legales. El primero es propio de cada uno y su violación nos produce culpa. El segundo está generalizado en la sociedad y cuando somos descubiertos sentimos vergüenza, pero no necesariamente culpa, que depende de nuestro personal código ético. Finalmente el código legal es impuesto por la sociedad, pero no por razones morales, sino de gestión práctica del conjunto social. Si lo violamos pagamos con la libertad o el patrimonio, pero no es seguro que sintamos vergüenza o culpa, que, como he dicho, depende de otros códigos. En esta revisión a las propias ideas, lo primero que hay que hacer es revisar el propio código. Qué cosas nos producen culpa, esa dolorosa sensación, que salvo en casos leves, prolonga su acción durante muchos años. A mi las molestias por pequeñeces me duran tres días, al cabo de los cuales el olvido hace su poderosa labor. El criterio para acotar nuestro código ético es preguntarnos qué acciones claramente rechazadas por el código moral, llevaríamos a cabo si nadie nos mirase. Esas claramente no son de nuestro código ético. En general la lista de prohibiciones del código personal es corta, mucho más corta que la lista del código moral impuesto por la sociedad. Aunque, poco a poco. el código moral va perdiendo unidades al comprobarse que pasarlo bien sin perjudicar a otro es una buena idea. El código ético es la mayor fuente de conflicto. Por ejemplo para un joven ingeniero el fabricar minas antipersonal o a un arquitecto hacerle el palacio a un dictador. Estos días de encierro el cuerpo nos pide disfrutar del parque vacío, pero el sentido moral nos advierte del reproche de nuestros vecinos. De ser sorprendido sentiríamos vergüenza. Pero si inadvertidamente, en ese mismo acto inmoral, contagiamos a alguien con consecuencias graves, si esta falta está en nuestro código ético, sentiríamos además culpa, esa mentalización del dolor físico.

“Ideas políticas”
En este apartado tratamos de ordenar nuestras ideas políticas. Parecerá un ejercicio inútil porque cada uno tiene las suyas y ya está, como cada uno tiene su religión. Pues mi propuestas para estos días es que miremos con detalle nuestras ideas políticas porque no tiene influencia sólo sobre nuestras vidas, sino sobre las de los demás. La primera reflexión que debemos hacer es porqué la sociedad está dividida en dos mitades aproximadamente con ideas opuestas que empaquetamos de forma un tanto grosera como de “izquierda” o “derecha”. Añado que la prueba de que esta división está muy arraigada es que todos los intentos de exterminio del contrario por tiranos criminales de uno y otro bando han fracasado. Una vez pasado el duelo, el bando masacrado se recupera porque parece que cada día nacen izquierdistas y conservadores a partes iguales. Los vemos ahí tan monos y sonrosados, pero ya alienta en ellos vagamente una posición política.

De modo que primera conclusión: no es posible hacer desaparecer del mundo la opción contraria, como si la naturaleza pusiera ya las bases de un equilibrio de puntos de vista necesario para la supervivencia. Siendo así, la segunda propuesta es renunciar al odio aunque no pueda uno evitar la repugnancia. Es decir, escuchar a un adversario y sus argumentos y actitudes produce un efecto de rechazo percibido físicamente, lo que lleva al insulto a veces. Como eso sólo es un desahogo, hay que ir más allá y tratar de entender porque los otros piensan sinceramente así.

A la izquierda ya no le debe valer, por ejemplo, la milonga de la “falsa conciencia”, ni a la derecha el argumento de la “envidia” del pobre. Llegados a este punto, el paso siguiente es conocer los argumentos del contrario seriamente, meditar sobre ellos, entender sin justificar por qué piensa así y, finamente, tratar de incorporar aquello que nos convenza aunque emocionalmente aún nos afecte. Desde este punto de vista es muy importante examinar la coherencia de nuestras posiciones. Es decir, si propugnamos reparto de riqueza, cuánta estamos dispuestos a ceder de la nuestra y, si propugnamos libre mercado y poco Estado, por qué pedimos subvenciones cuando le va mal a nuestra empresa.

De forma muy sumaria diré que el individuo de izquierda cree ser compasivo en lo económico y liberal en lo social (usos costumbres), y el individuo de derecha cree ser justo en lo económico y conservador en lo social. Por otra parte, el de izquierda cree que la naturaleza humana cambia con los patrones sociales, con lo que “todo es posible”, mientras que el derechas cree que el ser humano no cambia y que, por tanto debe ser “disciplinado”. De estos fundamentos ideológico se derivan coherentes posturas sobre la vida, la muerte, las relaciones sociales,las relaciones interpersonales, la guerra y la paz. Pues aquí hay tarea. Hay que responder a la pregunta básica ¿Por qué la mitad de mis compatriotas piensan tan distinto a mí sin que puedan, al parecer, evitarlo?.

“Ideas estéticas”
En este punto ya tengo en marcha el reciclado de ideas religiosas, morales y políticas. Vamos ahora a ver que tenemos en el cajón de la ideas estéticas. El arte para la mayoría de la gente es una respuesta directa a la visión, audición o lectura de algo. Si ese algo es la naturaleza, no hay intermediarios: nos quedamos sobrecogidos por el “Salto del Ángel”, un desierto o la feracidad de una selva, la acción del agua sobre la roca, la erupción de un volcán o la belleza de un ser humano. Si se trata de una obra “artificial” casi todo el mundo se deja arrebatar por una fidelísima imitación de del cuerpo humano de la naturaleza, con el añadido de la intención del artista al escoger este paisaje o aquel gesto del retratado, esculpido o representado en una obra escénica. También apreciamos la imaginación de un artista que evoca cuerpos o paisajes no conocidos y producto exclusivamente de su imaginación (normalmente como combinación atinada de cosas conocidas). La tensión que el arte produce en nosotros se pone en manifiesto con el arte moderno que rechazó ser bello en el sentido que le damos al término antes de su llegada a final del siglo XIX, cuando el sentido común saltó por los aires con la nueva física. Entonces, por la puerta que abrieron Cézanne y Picasso, entró otro arte plástico y, con la atmósfera general creada, otro arte musical y escénico buscando una nueva actitud, ya no ante la belleza, sino ante las formas de expresar el mundo más allá de edulcoradas formas ajenas al sufrimiento o la explotación.

En esa confusión estamos todavía. Por eso, con nuestras ideas estéticas en la mano después de sacarlas de la caja, no sabemos muy bien qué hacer. Lo que yo hago es no despreciar ninguna propuesta, por provocadora que sea, antes de degustarla en su marco de referencia. Por ejemplo, comparto, supongo que con todo el universo, la emoción ante una obra de Miguel Ángel, pero tengo que trabajarme la contemplación de una escultura de Henry Moore o la audición de una obra musical de Alban Berg. En la belleza que imita a la naturalez, como el “Rapto de Proserpina”, no encuentro dificultad, porque allí estoy contemplando una sublimación de la habilidad artística y al tiempo las expresión de prototipos del cuerpo humano animando el frió mármol que, por cierto, pasa desapercibido. Pero ante la escultura contemporánea me dejo atrapar por la síntesis formal de lo que se representa, que no sólo te sugiere una idea o una acción, sino que lo hace mientras te ofrece impúdicamente la materialidad de la piedra cuya presencia no puedes eludir. Para poner a prueba sus ideas, compárese el beso de Rodin con el de Brancusi y que Dios reparta suerte.

La propuesta de pulido de ideas se resume, en este caso, en la propuesta de no rechazar el arte moderno sin considerar previamente que no es un capricho del artista, sino un esfuerzo enorme por expresar lo mismo (como hace Klimt), pero en armonía con nuestra actual percepción del mundo. Un mundo en el que lo material (el soporte de lo espiritual), se ha hecho presente, exigiendo un lugar en nuestra mente, que antes sólo ocupaba la forma. Es decir, ante el subterfugio de esta obra “no me dice nada”, reconozcamos que, en la experiencia estética, pone tanto la obra como nosotros, y nosotros ya no llevamos ni toga ni levita. Haciéndolo abrimos nuestras ideas estéticas a todo un universo de propuestas, que cubren todo el espectro de la evolución de nuestra conciencia a la búsqueda de nosotros mismos.

En este esfuerzo para aprovechar el impulso ordenancista que nos ha dado a todos en el confinavirus, le ha llegado el momento a las ideas científicas.

“Ideas científicas”
Ya nadie discute la importancia que la tecnología tiene para nuestras vidas. Pero, desafortunadamente, sí quedará alguien que discuta los preceptos de la ciencia. Hace unos años, sin redes sociales, no nos enterábamos de los exabruptos que algunos nos tenían reservados acerca de los conocimientos que fundamentan nuestra civilización. La ciencia es consciente del carácter provisional de sus construcciones teóricas, pero sabe que son la mejor y más coherente forma de convertir el conocimiento acumulado y probado experimentalmente en salud, alimento, vestido, educación y cobijo. Otra cosa son las propuestas teórica que se hacen sobre el origen del universo y su destino, cuyas bases son antes que experimentales, es matemáticas.

La ciencia nos dice que vivimos en un universo que tiene 13.000 millones de años; que habitamos un planeta casi esférico que tiene una edad de 4.500 millones de años; que la vida empezó hace 3.500 millones de años; que el ser humano, tal y como lo conocemos, surgió hace 60.000 años como resultado de una lenta evolución de entre 500 mil y dos millones de años procedentes de los chimpancés; que la agricultura se desarrolló desde hace 10.000 años y la escritura hace unos 4000 años y que la ciencia moderna experimental y matematizada emergió hace 500 años. Hace doscientos años se desarrollaron las vacunas y la anestesia y hace ochenta años los antibióticos. Hace 120 años cambiamos radicalmente nuestra concepción de universo y hace 100 nuestra concepción de la materia. Hemos llegado a la luna y cientos de satélites orbitan la Tierra facilitando comunicaciones casi instantáneas.

Además la ciencia nos da una versión del origen del actual universo y nos anticipa que que al sistema solar le quedan unos 5.000 millones de años tal y como lo conocemos. Una duración que, para nosotros puede ser mucho menor debido al alto de grado de contaminación de la atmósfera, la tierra y el agua. Por otra parte, nuestra psicología se formó evolutivamente y algunos de sus rasgos innatos condicionan la resolución de los graves problemas de un planeta muy poblado. Han muerto ya 100.000 millones de humanos a lo largo de la historia. Seres humanos que tras crueles guerras crearon sistemas políticos democráticos y empezaron a crear instituciones supranacionales voluntarias para administrar toda la complejidad de la vida moderna. Pero si hace 60.000 años se produjo la revolución cognitiva que ha creado la ciencia, está por ver que nuestra capacidad de conocimiento esté en condiciones de tomar decisiones democráticas sobre fenómenos no tangibles nada más que a través de modelos matemáticos anticipatorios, como las pandemias o las consecuencias del calentamiento global. Hay que desarrollar una confianza en la ciencia que aún está ausente en grandes capas de la sociedad.

Sabemos que todos estos avances de la ciencia son resultado de siglos de pacientes reflexiones y múltiples experimentos cada vez más finos y reproducibles, luchando contra todo tipo de supersticiones. Pero hay que alertar de que podemos poner en peligro todo esto debido a que hay quien afirma, todavía hoy, que no hay que vacunar a los niños, que un dios creó al hombre tal y como lo conocemos, que el mundo se creó hace 6.000 años, que la Tierra es plana, que no estuvimos en la luna, que Einstein era un payaso, que el planeta no corre peligro y que, como le ha dicho el presidente de Bielorrusia a una periodista que le pregunta por las medidas que va a tomar ante la pandemia de coronavirus: “¿Ve usted virus por aquí?”. Probablemente en esa masa de gente se sitúe el origen de la elección del grupo de ignorantes y aventureros líderes políticos que, por desgracia, gobiernan poderosos países de nuestro planeta poniéndolo en peligro con su trasnochado y grosero sentido común.

Es misión que el sistema educativo forme a la ciudadanía en un un centenar de verdades probadas y moralice su desconocimiento como una especie de falta de urbanidad, para que no se ponga en peligro a la humanidad. La ausencia de una sola vacuna (la del Covid-19) ha matado ya en este momento a más de 20.000 personas con un pronóstico funesto para los próximos meses. La ciencia es una especie de coraza cognitiva de la que nadie puede dudar. Si algunas de sus ideas contradicen la elemental lista dada más arriba, es urgente que repare esta parte de sus viejas ideas. Si no sabe, pregunte. No le van a faltar en su entorno, probablemente en su propia familia, quien pacientemente le dé algunas pistas.

Bueno, se acaba esta letanía. Si alguien ha llegado hasta aquí, tengo que decirle que la intención es buena, pues cada quien es cada quien y, si uno se entretiene aprendiendo a cocinar o a tocar el piano, siempre puede quedar un momento para repasar el material del que está hecho todo lo demás: las ideas. Esto no es una negación de la materia, sino la afirmación de que la gran novedad que trajo al mundo el homo sapiens fueron las ideas. Es decir, la capacidad de, primero, elaborar mapas de la realidad tal y como la recibimos e, incluso, tal y como la deformamos, para después lentamente renovar, combinar y filtrar estos esquemas con la ayuda de su simbolización en el lenguaje y su fijación en la escritura para su transmisión sincrónica y diacrónica. Finalmente hay que empezar humildemente el ciclo de nuevo confrontando con los aspectos invariantes de la realidad.

Como muchas de nuestras ideas las adquirimos acríticamente durante nuestro proceso de socialización y educación formal, es necesario de vez en cuando revisarlas a la luz de nuevas propuestas. Para Platón, ya se sabe, eran la auténtica realidad, para Kant eran ideales reguladores a los que se aspira y para nosotros el modo de conocer y cuidar el mundo físico y humano. Este era pues el ejercicio propuesto entre tablas de gimnasia, visionado de fotografías y vídeos ingeniosos, telediarios pesimistas, y estimulantes videollamadas con amigos y familiares. ¡Buen provecho!

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