Progresistas y conservadores

Una de las ironías más potentes de la actualidad en Occidente es que, los que se ven como progresistas tienen que ir pensando en volverse conservadores para proteger los logros durante la fase de avances sociales, y los conservadores en volverse progresistas para crear un nuevo tipo de vida puesto que no les gustan la “tradiciones” creadas desde la mitad del siglo XX para acá. Así, de una parte, los que hasta ahora se han considerado progresistas debe prepararse para defender sus enormes logros, en vez de perder energías en inventarse “progresos” supuestos como que se retire de las librerías el cuento de Blancanieves porque el príncipe la besa sin permiso. Es decir, es necesario que se conserven los éxitos en materia de costumbres, sanidad, educación y pensiones públicas, tras largos años de lucha social.Por su parte el conservador, vistos los logros sociales evidentes y poderosos conseguidos con el estado social y las leyes establecidas en el mundo entero en materia sexual, económica, educativa y sanitaria, deben volverse “progresistas” para ir hacia otro tipo de sociedad más libertaria y “emocionante” en la que cada individuo se busque la vida y cargue con las consecuencias de sus decisiones. Un mundo progresista con lazaretos y arcas de Noé en los que almacenar a los perdedores de la lucha por la vida. Todo esto es una prueba de la relatividad de los calificativos políticos, como queríamos demostrar (c.q.d).

Peor que una guerra

Se ha dado en establecer un símil entre la pandemia y la guerra. Lo curioso es que quienes rechazan el símil, sospechando que ayuda a un clima en el que los gobernantes pueden aprovechar para imponer restricciones ilegítimas a las libertades, consideran que la comparación es desproporcionada porque una guerra es un asunto más grave. Creo que esto es verdad solamente en las guerras civiles por la doble razón de que la población también es sacrificada y por el sufrimiento de ver el frente pasar por la propia calle, haciendo difícil sustraerse al temor y la desesperación por la muerte a manos de compatriotas. En el resto, claramente, una pandemia es peor que una guerra.

La razón de esa primacía estriba en el mayor número de muertes por año y en creer por error que, como en la guerra, el frente de lucha de la pandemia está lejano — en contenedores de sufrimiento llamados residencias u hospitales—. Este error provoca situaciones de peligrosa indiferencia, pues la población no advierte que aquí, las metafóricas balas son invisibles y pasan cerca de nuestros cuerpos sin silbar procedentes, incluso, del compañero de trinchera.

En efecto, en comparación con las guerras extraterritoriales modernas se manifiesta con claridad la mayor gravedad de una pandemia. Así, véase el caso de las libradas por Estados Unidos en Europa, Corea y Vietnam cuyas bajas totales ya han sido desbordadas la cifra de fallecidos por la Covid-19 en un solo año, que alcanza, en  este momento, la monstruosa cifra de 575.000 muertos. Y si consideramos la de Irak, que tuvo 4.500 bajas, las diferencias son definitivas. Añádase nuestras propias guerras africanas o cubanas en las que las muertes tenían más que ver con las infecciones que con la coincidencia en el espacio-tiempo del cuerpo con una bala. De hecho, en Marruecos cayeron 25.000 soldados y en Cuba murieron 3.000 españoles en combate y 40.000 por enfermedades; pero compárese con nuestras mismas cifras oficiosas del coronavirus, que ya van por los 90.000 fallecidos. De este modo se puede tener una idea de hasta qué punto la realidad puede llegar a contradecir nuestras intuiciones. En el plano económico, de nuevo se impone la enfermedad contagiosa, pues, por ejemplo, la guerra de Irak le costó a Estados Unidos dos billones de dólares, mientras, en el año transcurrido bajo el cetro del coronavirus, se estima ya en el doble. En España no podemos, afortunadamente, hacer comparaciones con episodios bélicos tan recientes, salvo que se quiera incluir “la guerra de Trillo” en Perejil.

Sin embargo, las autoridades de todo el mundo, desde las grandes potencias a las de la región en la que uno vive, han llevado a cabo políticas “poco bélicas” que van, desde el suicidio colectivo impuesto por el irresponsable Bolsonaro —equivalente a ir a la guerra desarmado—, a la ejemplaridad de Corea del Sur, que, para pasmo universal, ha tenido 1.300 fallecidos con 51 millones de habitantes en tres olas de contagios —que es ir a la guerra armado proporcionalmente a su gravedad—. Naturalmente, pasando por todas las situaciones imaginables de decisiones o indecisiones de los políticos al cargo, con sus jueguecitos publicitarios en las instituciones, que, en realidad, dan manotazos despistados en el aire, justo ante de perder el control.

Pero si a estos comportamientos se añade el desconocimiento de la psicología del ciudadano actual —confiado, consumista, desenfadado— con tendencia a pensar supersticiosamente que una buena tarde entre amigos, o con la familia, no puede tener como castigo una infección, es fácil entender porque no se encuentra el coraje político para tomar medidas realmente claras y eficaces como un confinamiento total; que, aunque sea intermitente, permite explotar económicamente los rellanos finales de las olas pandémicas y, así, dar cuartel a la economía y a la ansiedad. Un confinamiento que, cuando la psicosis se extiende, gran parte de la población desea para librarse de la “dura” decisión diaria de renunciar al placer. De ahí los vaivenes verbales de los políticos que oscilan entre “Las medidas están funcionando”, un mantra para cuando la suerte visita al político y “vienen semanas muy duras”, otro mantra que sirve para cuando se ha sido débil. En ambos casos se muestra una actitud a beneficio de inventario.

Apurando el argumento, creo que no se debe comparar una pandemia desbocada con una guerra, porque es peor, y porque exige un grado de conocimiento y una finura de gobierno que hemos echado de menos en estos largos meses y, francamente, ya no la esperamos antes de vacunarnos. Decepción que empezó con quien se acogió primero al símil, que incurrió en una contradicción flagrante, pues una vez “ganada la batalla” en mayo de 2020, nos invitó a tomar copas para celebrarlo, sin dejar a nadie en la garita.

Muerte Covid

Un tema clásico en las grandes desgracias es si mostrar o no el sufrimiento. Los países en guerra suelen ocultar sus caídos. En el caso de la pandemia no hay testimonios, por eso éste artículo es imaginario. Su sensibilidad puede verse afectada, pero a falta de imágenes, descripción.

Abrí dolorosamente los ojos y vi la cara de la enfermera. Me sentía débil y desdichado. Quince días atrás, confiado, cometí un error. Me quité la mascarilla ofreciéndole el rostro a aquel amigo, mientras decía jocoso “¿Me reconoces?” En ese momento el amigo estornudó y sentí los proyectiles virales dándome en la cara. La andanada fue tan potente que cuatro días después ya tenía síntomas. Y el caso es que había pasado ya varios ciclos de sospechas sin que, en ningún caso, acabara pasando nada preocupante. Al principio las molestias eran suaves. Llamé a mi ambulatorio y a los familiares y amigos con los que había tenido contacto desde aquel día que, ahora sé, ya sólo podrían recordar los demás.

La enfermera me dijo “ha llamado su hija”. El pensamiento de mi hija me llevó a que se hicieran presentes mis nietas. Por el cristalino bailaron unas lágrimas que lo enturbiaron todo. Estaba seguro de que iba a conocerlas veinteañeras. Me moví la mascarilla del oxígeno ajustándomela mejor. Qué mala muerte es la asfixia; qué sufrimiento reserva la naturaleza a los que son privados de ese elemento que garantiza la vida. Yo no sabía muy bien qué era el oxígeno. Un compañero de cama me había contado que un tal Lavoisier lo había aplicado, pero acabó en la guillotina. Ya saben ese instrumento de muerte que separa la cabeza del cuerpo haciendo imposible que el oxígeno pase de la boca a los pulmones. No pude evitar una sonrisa ante el disparate macabro. Ya habían pasado tres personas por la cama de al lado. Dos habían salvado la vida, pero mi informante no.

Llevaba tres semanas en la habitación y tras el susto inicial, echaba de menos mi mundo: mis cariños cotidianos, mi despacho, mis libros, mi serenidad. Nunca había estado en un hospital. Mi vida ha sido saludable sin más molestias que rasguños propios de mi pasión deportiva. Una irrefrenable debilidad del ánimo se iba filtrando en mí. Me iba acosando el espanto de poder morir. Creía que estaba preparado, pero la muerte se me presentaba posible, probable, ineludible. Tenía la impresión de que tendría que pasar por un angosto y claustrofóbico orificio para entrar en un túnel que no tenía salida; que una vez en él, simplemente me apagaría sin oxígeno, sin pensamiento, sin recuerdos, sin imaginación; sólo una pesadumbre insoportable.

Tres días después perdí fuerza y la cara del médico me anunció lo que ya me temía: tendría que ir a la UCI. Busqué calma dentro de mi y no encontré nada. Siempre comentaba mis estados de ánimo a mi mujer, que me cogía la mano y me cargaba la batería con palabras suaves pero llenas de energía. Su mano, eso era lo que echaba de menos. Una mano con la que me llegaba a la imaginación su rostro lleno de verdad. Cuarenta años de compañía, de amor sin interés habían construido unos lazos que ahora veía desatarse. Tantas bromas, que ella rechazaba, sobre mi primacía en la muerte no podría compartirlas con ella cuando iba a ser verdad. Siempre me hizo gracia aquella humorada de Jardiel Poncela que le recordaba a los hombres que, paseando con su mujer por el parque, lo hacían del brazo de su viuda. 

En mi delirio empecé a rendirme, estaba rodeado de artefactos electrónicos, tubos de PVC transparentes y perforado mi sistema venoso para dejar paso a todo tipo de sustancias con la intención de salvarme. El médico me miró con ojos escrutadores y yo lo miré con ojos anhelantes. No pude descifrar sus pensamientos. Seguramente él sí leyó mi desesperación. Cerré los ojos y busqué en mi memoria ratos agradables para fingir felicidad. No me duró mucho: una imparable frialdad se fue apoderando de mi. Busqué la mirada de lo que me pareció una enfermera cuyo rostro llevaba la marca de tantas muertes contempladas. Yo había cerrado los ojos de mi abuela después de ver cómo de ellos había huido la vida hacia dentro, como un líquido que cae por un orificio abierto en el fondo de su retina. Nunca supe hacia dónde habría ido su energía. Ahora sabía que pronto mis ojos se filtrarían por el mismo orificio oscuro conectado con lo desconocido. Mi vida no pasó ante mi, ni vi ninguna luz brillante. Creí ver a mi mujer en aquella joven compasiva que me cogió la mano. Solo, qué solo estaba cuando me llegó la muerte.

Viaje al infinito

Decir que “vivo mejor que un rey” sería un buen resumen de lo que suponen los avances de la civilización. La nuestra, en el plano físico, cuenta con una medicina que ha reducido la mortalidad infantil, que previene mediante la vacunación enfermedades terribles, que ejerce la vivisección sin dolor y sin riesgo de infección, que implanta órganos, que embellece apéndices y que palía la miseria de la muerte. En el plano pragmático tiene una depurada ética formal a la que acudir ante los desvaríos morales. En la relación con el planeta ya sabe como afrontar el daño realizado por la industria basada en los combustibles carbonados, aunque esté tardando en activarse. En el plano social ha llegado tan lejos en el propio conocimiento que se entretiene con los dilemas de las fronteras entre valores. En el plano político, después de haber probado dolorosamente todos los sistemas de la lista de Aristóteles —Monarquía, Aristocracia y Democracia—, ha establecidos sistemas híbridos, como la monarquía constitucional o las repúblicas federales, capaces de garantizar la convivencia de forma estable.

Sin embargo, la naturaleza humana nunca se conforma y, así, algunos incapaces de sacar lecciones de la historia echan mano de fracasos históricos como el nazismo alemán y el comunismo soviético para frenar el desarrollo de las sociedades democráticas. Ambas posturas, interesadamente, utilizan el grosero procedimiento de resaltar los defectos de la democracia. Ambos proponen la sujeción de la sociedad a una autoridad indiscutible y cada uno pretende utilizar esa autoridad para sus propios fines. En un caso con fines de depuración racial y en el otro de depuración social. Escuchando a una niña fascista echar la culpa a los judíos y a un joven comunista echar la culpa a la burguesía se pregunta uno qué ha fallado para tamaños desvaríos anacrónicos. El inconformismo de la juventud se encarna en comportamientos viejos y dañinos que nos dejan estupefactos. Ambos se comportan con la soberbia de los que ven bajo el velo de las apariencias la verdad, la αληθεια de Heidegger. Una verdad que los demás, al parecer, desconocemos u ocultamos por cobardía o intereses. Instalados en esa privilegiada situación aspiran a dejar su condición marginal para tomar el poder.

En mi opinión estas actitudes no tienen su origen en una mala educación, sino en el hecho invariante de que la sociedad se divide para equilibrar la defensa de la individualidad y la de la especie. Impulso primitivo que en ellos se muestra en sus versiones extremas. La paradoja está en que las dos visiones acaban convirtiendo al individuo en pieza de un mecanismo al servicio de un ultra poder tiránico. En un caso con una economía de mercado y en el otro con una economía centralizada. Cada una de ellas justifica su existencia en la defensa frente a la posición opuesta. Ejemplo de tiranía individualista relativamente reciente fue el régimen de Pinochet y apunta maneras el régimen húngaro de Orbán; y ejemplo de tiranía colectivista fue el epítome soviético y la caricatura venezolana o norcoreana.

La democracia es el ámbito en el que las versiones moderadas y pragmáticas de esta bifurcación social pactan sacrificar su tendencia a la locura de la coherencia con los extremos de su espectro ideológico, para así llevarnos a una trayectoria equilibrada, aunque zigzagueante. Una actitud que permite una mirada atenta a los problemas que se plantean al conjunto de los habitantes de esta balsa esférica en medio de la oscuridad cósmica. Estos hábiles seres que ha sido capaces de descubrir, más allá del fuego, el grial de la convivencia sin odio y un conocimiento científico que permite dirigir las energías hacia los verdaderos problemas, que son aquellos que resultan fundamentalmente del crecimiento poblacional de todos los colores posibles y el daño ecológico, exigiendo compasión e inteligencia. Dado que estos exabruptos de jóvenes que no saben lo que hacen; jóvenes inconformes con la banalidad del bien, que quieren experimentar las emociones de viajes al infinito, es necesario decirles o, en su caso, imponerles la verdad de que, precisamente, no hay verdad completa, pues es un calidoscopio que precisa de todos nosotros para una efímera vida; que no hay valor excelso que justifique sus pretensiones de muerte y fuego. Que vivan sus pasiones en el mundo de la ficción, que beban la sangre del judío o del burgués en sus pesadillas, pero que al despertar comprendan o finjan comprender que no hay viajes al infinito. Que estamos limitados por los demás y por nuestro propio cuerpo; que toda la pasión reaccionaria o revolucionaria han de dirigirla a la ciencia, al cuidado de los demás y al ejercicio inteligente de la acción política en el marco aburrido y pragmático de la finitud

¿Qué es ser mujer?

El género es una vivencia interna, personal e inmodificable, que nos hace ser hombres, mujeres o personas no binarias, independientemente de nuestra corporalidad o de la educación que recibimos”. Esta declaración de principios de un colectivo de hombres y mujeres transexuales plantea varias cuestiones interesantes. Está claro que no cabe más radicalidad a la hora de plantear la cuestión de aquellas personas que nacen con cuerpos distintos respecto de sus sentimientos vitales. También cabe decir que la solución a la discriminación de los transexuales no puede estar en generalizar la ambigüedad entre una mayoría social que se siente perfectamente a gusto en sus cuerpos. Yo creía que, precisamente por la incomodidad irrefrenable de tener un cuerpo en desacuerdo con sentirse del sexo opuesto, los transexuales lo cambiaban utilizando hormonas y cirugía, convirtiéndose en mujeres u hombres de hecho y derecho. Pero me explican que no, que ahora la posición es ser “mujeres con pene” u “hombres con vagina” porque el cuerpo es un accidente y lo que te hace ser hombre o mujer es la mente; una posición con la que estaría plenamente de acuerdo el cartesianismo.

Este enfoque pone de manifiesto con claridad la convicción de estas personas de que ser mujer u hombre está completamente al margen del cuerpo. Yo siempre he pensado que lo que diferencia a la mujer del hombre tiene su fundamento en el cuerpo y sus exigencias de funcionalidad para la procreación natural. Exigencias que tiene efectos sobre nuestras mentes y conductas marcando las diferencias fundamentales ante la vida. Todo ello sin perjuicio de que los medios anticonceptivos permitan hacer del juego sexual un componente de la felicidad sin necesidad de que haya embarazo. Pero no se puede negar que las diferencias de sexo están en la base de la supervivencia de la especie.

Sin embargo, la separación que desde la transexualidad se plantea entre morfología corporal y la mentalidad femenina o masculina permite preguntarse ¿En qué consiste ser hombre o mujer para que se pueda afirmar tal condición sin contar con el cuerpo y sus poderosos mensajes? Una pregunta que no tiene sentido hacerse si el criterio de clarificación alude a la responsabilidad ante los hijos, la capacidad de gerencia en el trabajo, de luchar en las guerras o vivir con amor y respeto las relaciones mutuas. Razones todas ellas para justificar plenamente la igualdad entre sexos. A lo que añado que del cuerpo del hombre tampoco emana la necesidad de dominio sobre la mujer que se ha ejercido injustamente durante siglos. Luego por ahí no hay que buscar la respuesta.

Si el asunto ha tomado tal carácter que ya hay borradores de ley que van a fijar normas al respecto, es necesario reflexionar sobre en qué consiste ser mujer y ser hombre; pregunta de la que se derivaría una respuesta sobre en qué consiste ser transexual. Sólo quien afirma que se puede ser mujer en cuerpo de hombre o viceversa puede responder a la pregunta clave, pues el que disfruta de armonía en mente y cuerpo no está en condiciones de hacerlo. Me quedo a la espera. Desde luego es una cuestión crucial a la que no le voy a restar ni un gramo de su debido peso, por más que todavía estemos en medio de una calamidad que afecta a hombre, mujeres y transexuales.

Rareza hispana

En griego “σπάνιος” (espanios) significa “raro”. Lingüistas tiene el idioma, pero si el nombre de “España” viene del latín “Hispania” y el latín tomó palabras de la fuente griega, no me extrañaría que la cosa empezara con Homero —Ulises y sus compañeros pasaron cerca de nosotros camino del fondo del mar canario—. Obviamente la rareza no puede provenir del pueblo que se limita a salir con vida cada día. Son las élites, esa minoría selecta con el privilegio de ser primus inter pares, las que forzosamente han de dar explicaciones por nuestra rareza. Pues, como dijo Ortega: “Hemos padecido casi sin interrupción una aristocracia deficiente, en cierto modo, la ausencia de minorías selectas”. Por eso, él consideró que su circunstancia lo obligaba a echarse a su país a la espalda para ponerlo a “la altura de los tiempos”. Curioso que él señalara ya a la ciencia como “la que cumple sus promesas”. Hemos necesitado ser arrasados por un virus para descubrir que nuestra aportación a la ciencia y nuestro trato a los científicos son deleznables. No en vano nuestros premios Nobel son expertos en ficción —y no me quejo— , pero, al único que fue premiado habiendo desarrollado su ciencia en España (Ramón y Cajal), se lo reconocemos dándole su nombre a una “beca”.

Raro no sólo significa extravagante, sino, también, escaso. Tratándose de un país, sería un vagar por fuera de lo que los países de nuestro entorno cultural estaban haciendo y, además, hacerlo por escasez de élites solventes. Así, mientras se levantaba el velo de la energía en la primera revolución industrial, nuestra cátedra principal era la de teología. Así salimos del siglo XIX prácticamente sin patentes, cuando se extendía toda la potencia del electromagnetismo por Europa y América. Espero que nadie me recuerde nuestras aportaciones a la fregaza y a que el gran Cruyff dejara de fumar.

Llegados estos tiempos, hay que comprobar cuánto de raro queda en nosotros después de cuarenta años de puesta al día. No debía parecer que aún seamos raros después de entrar en la OTAN, en la Unión Europea y hasta, para favorecer las ventas de libros de los conspiranoicos, haber entrado en el club Bilderberg. Añádase que hasta ya tenemos extrema derecha, la última moda política; que estamos rodeados de “globalistas” y de gente que se quiere vacunar. Tal parece que hemos dejado el territorio “friki”.

Sin embargo, no nos podemos desprender de la sensación de que algo falla y, en efecto, algo falla cuando comprobamos que en nuestro parlamento no tiene un escaño la razón, pero lo tiene la destemplanza. Qué pensar del rechazo del PP a la regulación de los fondos europeos que pueden paliar tanta calamidad sanitaria y económica. Ni la más sutil argucia política puede explicar esta deserción de la responsabilidad. ¿Podrían los partidos políticos, cuando pierden las elecciones, actuar durante tres años como corresponsables de la gobernanza y dejar para el último año el tronar de cañones? Pues no, esta generación de políticos ha decidido torturarnos con la campaña incesante.

Faltaba hacer cumbre en la rareza, pero se ha logrado. No han llegado de Europa casos de violación de los protocolos de vacunación, con la excepción de otro país raro: Polonia. Pues bien, no sólo no inventamos el motor eléctrico, sino que añadimos a nuestros inventos banales, la novedad del “¡sálvese quien pueda!” de nuestras élites de baja estofa. No quiero generalizar, pues creo que hay muchos responsables políticos que no han caído en el error de creerse imprescindibles por su sentido del bien y del mal. Pero a otros les ha librado el escarnio sufrido por los que fueron cazados, sin querer, por las agujas traicioneras que volaron clavándose en sus brazos en el momento en que, casualmente, tenían la camisa subida.

Volviendo a la perspectiva de Ortega, digamos que esta generación tiene la obligación de definir un destino para la nación conforme a las circunstancias heredadas. Destino que ya no pasa por una confianza ciega en lo que él llama la “aristocracia”, sino en la masa, que ya no se presenta como una amenaza, como una ola arrasadora de vulgaridad, sino como muchos millones de individuos bien informados que han escogido una orilla en el mar menor de la política y que son capaces de ser la base de una convivencia próspera. Pero siempre que los líderes no exciten los instintos con su retórica belicista. La masa debe transformarse en musa para los políticos que debían seguir el ejemplo de su trabajo, sacrificio y mesura, una cualidad ésta que hace años que han perdido porque creen, equivocadamente, que el español no es capaz de entender que otro piense de forma distinta sobre como conducir la nación.

Metáforas y Realidad

En plena temporada de caza de responsables políticos, religiosos y militares por haberse vacunado antes de tiempo, cabe preguntarse qué está pasando con nuestros “capitanes” en medio de la tormenta. El término “capitán” procede del latín “capitanus” que deriva de “caput” que todos sabemos que significa cabeza. De repente nos hemos encontrado con que un número significativo de significados capitanes, cabezas de instituciones relevantes, han tenido un ataque de pánico y, como aquel legendario Francesco Schiattino, epítome del cobarde, que al grito “los capitanes y los comodoros primero” huyó del escenario sin esperar a que la orquesta tocara, “Más cerca, oh Dios, de ti”.

Incluso en el habla normal, al comunicarnos empleamos metáforas, que están muertas de tanto usarlas. Son palabras minerales que nos sirven para una transmisión perezosa de ideas. Las metáforas son necesarias porque aumenta el vocabulario de una región de la realidad tomando prestadas palabras de zonas vecinas o lejanas. En la frase precedente he empleado los términos “región” y “mineral” que han reforzado —creo— lo que quería decir: que usamos sin advertirlo un lenguaje metafórico, como se puede comprobar si se presta un poco de atención.

Una fuente de metáforas muy rica es el mundo militar porque está asociado a la vida y la muerte; y porque esa asociación se produce en circunstancias que nos ponen a prueba ante la inminencia del peligro. Por eso el presidente del gobierno gusta de hablar de la lucha contra la pandemia como si de una guerra se tratase. Una vez aceptado el juego, se libran “batallas” y se ganan o pierden “escaramuzas”; hay “víctimas colaterales”, “armas”, heridos y muertos. Qué duda cabe que una guerra, a pesar de que las víctimas son premeditadas, es lo más parecido a una pandemia. El símil es facilón y por eso se abusa.

Durante estas semanas hemos sufrido un shock porque los responsables de un número preocupante de instituciones, al frente de las estrategias de lucha contra el coronavirus, se han saltado el orden protocolario y se han vacunado antes que quienes más lo necesitaban. Una vez que, a través de los medios periodísticos profesionales (apúntese un tanto a La Verdad) se ha conocido el atropello político de mayor rango en forma del Consejero de Sanidad de la Región de Murcia, la indignación sorda y la sonora expresada a través de las redes sociales obligó, primero, a una rueda de excusas y, después, al cese enmascarado de una dimisión anunciada, por un presidente de la comunidad que, por los elogios vertidos, más parecía que estaba procediendo a un nombramiento que a un despido. Una comparecencia en la que la mentira se dibujaba en las comisuras de las mascarillas. Pero un asunto al que cabía aplicar la metáfora militar con plenitud de sentido. Al fin y al cabo, el “capitán” se había vacunado antes que la “tropa” en un acto reflejo carente de gallardía.

Pero la catástrofe metafórica estaba por llegar, pues qué sentido tiene usar metáforas militares cuando son los propios militares los que perpetran el abuso. Aquí ya desaparecen las comillas; el lenguaje pierde su supuesta brillantez metafórica y se vuelve plano, seco, certero, insoportablemente real. Resulta que el más alto de los capitanes, el cargo de más rango de la estructura militar española y toda su cohorte de mandos complementarios se han vacunado antes que toda su tropa estuviera fuera de peligro. Un comportamiento que habla de la relajación del guerrero en la paz, que se vuelve un ciudadano más con las mismas tentaciones de egoísmo y autoestima desbordada. Recuerden aquello que dijo —si la memoria no me falla— el ministro Enrique Barón: “Un ministro es un patrimonio del Estado”. ¿Qué diría Aquiles de estos actos de “prudencia”? ¡Perdón, Aquiles estaba vacunado desde su nacimiento!; vacuna con una eficacia del 99 %, pues sólo el talón estaba expuesto al peligro. Igual resulta que esto del valor es una ficción y que sólo aceptan el peligro para sus vidas los insensatos que se creen los cuentos patrióticos de líderes que no han hecho la mili, no han trabajado nunca, pero se engañan a sí mismos, jurando bandera de mayores o sintiendo los efluvios letales de un arma que no saben usar. Quizá tengamos que concluir que el valor es un privilegio azaroso, —aquel chico que entró a salvar personas en un incendio y no volvió a salir—; que el valor sea una virtud ajena al empleo o responsabilidad. Si es así, de nuevo tenemos que renovar nuestra fe en las instituciones —la prensa libre, la ley, el buen gobierno— que por su estatuto lógico nos obligan al valor y al honor o, en caso contrario, a la dimisión o al cese vergonzoso

idiotés y koinitas

En griego antiguo un “idiotés” era un individualistas que no estaba interesado nada más que en sus asuntos. Por otra parte, como el término griego “κοινός” significa “común”, lo uso libremente para llamar “koinitas” a los que están interesados en los aspectos sociales de la vida, a lo que es común.

Los conflictos humanos podrían ser explicados por los aconteceres de la historia, es lo que Gustavo Bueno llama un enfoque “plotiniano”. Pero también pueden ser explicados por ideas ligadas a estructuras invariantes de la naturaleza humana; es el enfoque “porfiriano”. El enfoque plotiniano nos llevaría a explicar la aparición de la oposición izquierda/derecha por los acontecimientos asociados a la Revolución Francesa de 1879. Este enfoque no concibe tal pareja de actitudes fuera del marco histórico en el que surgieron. Particularmente todo el clima creado por los filósofos franceses, “creadores” de una actitud de oposición a lo que se consideraba el sistema de gobierno avalado por la propia divinidad: la monarquía absoluta. Mientras que el enfoque porfiriano prefiere explicarla en términos de otras oposiciones como progresista/conservador, social/liberal, cultural/natural, idealista/realista, tolerante/autoritario o flexibilidad/rigidez. Así habría una taxonomía de rasgos de la izquierda: progresista, social, cultural, idealista, tolerante y flexible que se opondría a los rasgos de la derecha: conservadora, liberal, natural, realista, autoritaria y rígida. Este enfoque es ahistórico y, de alguna forma, llevaría el enfrentamiento entre la izquierda y la derecha al origen de las sociedades para escándalo de muchos. Es decir, se propone que sin necesidad de llevar esas etiquetas, siempre ha habido una tensión entre aquellos que, como Pericles, sostenían la importancia de lo común y aquellos otros que él rechazaba por individualistas. Dicho sea sin perjuicio de considerar que, para la Atenas de Pericles, lo común estaba reducido a una población de unos sesenta mil ciudadanos libres de la polis. Pero, lo que aquí se sostiene es que estos rasgos han estado siempre latentes, aunque sólo se manifieste políticamente con claridad cuando las circunstancias los hicieron posible, siendo, hoy en día, rasgos dominantes.

El hecho de que tales taxonomías parezcan tener sentido para la intuición no deja de ser una trampa, pues algunos de los rasgos, al menos, cambian de orilla ideológica por los avatares de la historia si se utiliza la extensión de lo términos. Así, por ejemplo, la derecha se puede considerar progresista si se tiene en cuenta el progreso que sus ejemplares más dinámicos ha traído mediante la hipertrofia de las capacidades del capitalismo y, desde luego, no es conservadora en absoluto, si nos atenemos a la destrucción de la naturaleza consecuencia de tal progresía. Del mismo modo se podría hacer con la izquierda si nos atenemos a que se opone al progreso tecnológico cuando se daña a la naturaleza, a la que quiere conservar, o se vuelve conservadora, una vez que ha logrado los cambios que deseaba, por ejemplo, en materia de costumbres, como el matrimonio, homosexual, el aborto, la eutanasia o la pena de muerte. No es de extrañar la confusión que puede producir en el lector estos cruces. Confusión que solamente se disipa si se trascienden, por ejemplo, los términos progreso/conservación y se piensa en los objetos de esas actitudes. Es decir, la derecha es conservadora con “las costumbres” o “con el orden económico que favorece a pocos” y es progresista con “los avances tecnológicos” o con la “defensa de la libertad”. La izquierda por su parte es conservadora con la “naturaleza” o “los logros sociales” y es progresista con “las costumbres y la libertad” o con “el orden económico que favorece a muchos”. Añádase a estas dificultades la complejidad de términos como “libertad”, que puede referirse a libertad económica o la libertad política.

Para tener una guía que cruce todo este bosque denso en el que las ramas de los árboles se entrecruzan haciéndolo más tupido e impenetrable, propongo una oposición que habita más atrás en el proceso onto y filogenético. Me refiero a la muy transversal oposición grupo/individuo, especie/individuo o, finalmente, común/particular o koinita/idiotés.

Es una oposición que cruza toda la historia de la naturaleza que nos contiene desde el primer grumo de energía. En nosotros esa dualidad está presente con tanta fuerza que ha sido necesario todo el entramado político institucional para aprovechar las ventajas de esta oposición y moderar sus desventajas. Este criterio, por razones no conocidas aún, divide a las sociedades en dos mitades que, a despechos de diferencias de detalle, agrupan a los individuos en dos clases políticas bien diferenciadas, cuando las circunstancias lo exigen. Y lo hace con tanta fuerza que va más allá de la posición económica. Por ejemplo no es necesario ser rico para defender el capitalismo, ni ser pobre para defender el socialismo. Como tampoco tiene sentido, en las actuales circunstancias, que sea de izquierdas llevar mascarilla y de derechas no llevarla. El valor de transversalidad de este criterio permite explicar todas las variantes que las historia produce como consecuencia de los interese y emociones de los individuos y su reflejo en los grupos sociales. Todas ellas orientadas a dar satisfacción a ese impulso poderoso del que cada uno somos portadores.

El cuadro que figura a continuación trata de presentar de forma esquemática el panorama en toda su complejidad.

El cuadro se presenta con tres capas: la primera con cinco criterios estaría influida por la polaridad clave grupo/individuo; la intermedia estaría ocupada por tres criterios que son intercambiables y la tercera por una zona de convergencia en la que predomina la idea de tolerancia con las costumbres sociales (matrimonio homosexual, aborto, eutanasia…) bajo la etiqueta de “liberal”.

Tal parece que el criterio de grupo/individuo o koinita/idiotés funciona para cinco de las dimensiones exploradas: realista/pragmático, proteccionista/libertario, inmanente/trascendente, tolerante/puritano y pacifista/belicista. Mientras que tres de ellos: conservador/progresista, demócrata/autoritario y franco/hipócrita se intercambia cuando una de las partes ha conseguido sus objetivos, son presa de sus elementos más radicales e impacientes o bien ocultan sus actos (económicos o de costumbres) mientras proclaman lo contrario. Así, la oposición demócrata/autoritario muestra su ambigüedad, incluso cuando en un país se impone una dictadura de uno u otro signo. Es el caso de los demócratas en el franquismo o los autoritarios en el régimen soviético. La tercera capa es interesante por el caso de los liberales de las dos orillas que comparten costumbres sociales avanzadas sin dejarse influir por dogmas religiosos. En todo caso este tipo de liberal en materia de costumbres es mayoritario en la izquierda y en la derecha con la diferencia de que los de derechas suelen ocultar sus verdaderas opiniones hasta que la izquierda lleva a cabo los cambios, momento en que se incorporan a su disfrute sin complejos.

El liberal de izquierdas se sitúa en partidos socialdemócratas, como el PSOE en España, y el de derechas en partidos que se dicen de centro-derecha, como Ciudadanos. Aunque muchos de ellos permanecen ocultos en partidos claramente de derechas como el PP. En los partidos de extrema derecha como Vox, los permisivos en materia de costumbres lo son para el propio uso, negándolo a los demás, por eso, de vez en cuando se producen escándalos de quienes son pillados en prácticas sexuales delictivas, o no, que contrastan con su intolerancia con estos hábitos. En cuanto a los que militan en la extrema izquierda más que liberal en lo relativo a las costumbres, pueden llegar a ser libertinos con propuestas de amor zoófilo, poliamor y otras extravagancias decadentes.

Así pues, los rasgos que definen la pertenencia a uno de los dos grupos son, en la izquierda: idealista, proteccionista, inmanente, franco, tolerante y pacifista y a la derecha: pragmático, libertario, trascendente, hipócrita, puritano y belicista. Naturalmente ni todos los que se consideran de izquierdas tienen estos rasgos, ni todos los de derechas los opuestos. Pero estos matices quedan velados por el hecho de que al votar en las elecciones a los electores no les queda más remedio que inclinarse por una opción de izquierdas o de derechas. Pero, tanto los votantes de uno como de otro grupo tienen su propio perfil en el que intercambian rasgos con los votantes de la otra orilla. Sin embargo, algo les retiene a un lado definido del barranco y es lo que de fundamental tienen todos los rasgos de uno u otro lado: la defensa de lo colectivo en la izquierda y la defensa de lo individual en la derecha. Principio que luego se expresa en las polarizaciones particulares como el idealismo/pragmatismo que es vista despectivamente como “buenismo” o “crueldad” por cada punto de vista. Unas posiciones que no dependen de la propia voluntad, sino que, muy al contrario, condicionan las emociones hasta el punto de experimentar repugnancia por los políticos y las políticas de los contrarios. Actitud emocional que impregna las redes sociales y caracteriza los comentarios que se escuchan ante la aparición en los medios de comunicación de los políticos concretos. Emociones que todo lo impregnan, pues basta una indicación para señalar como de izquierdas o derechas a cualquier gesto, proceso u objeto. Una repugnancia que convierte a venerables personas en objeto de odios imposibles de explicar sin ese fuerte componente emocional.

Desde luego hay un magnetismo latente que hace que, aunque el espectro político se fragmente, los distintos partidos que agrupan a personas que cumplen alguno o todos los rasgos que he asociado al “grupalismo” tienen tendencia formar alianzas parlamentarias o gubernamentales y, simétricamente, igual ocurre con los partidos que agrupa a quienes se ven con algunos o todos los rasgos que he asociado al “individualismo”. El lazo secreto que los une es, en mi opinión, ese impulso inconsciente que nos impone nuestro destino como idiotés o koinitas. La existencia de estas dos caras de la vida es una irreversible realidad, cuyo reconocimiento por ambas partes, podría fundamenta la esperanza en que las diferencias no impidan el entendimiento. Se podría así conseguir el progreso social sin eliminar unas diferencias que son insalvables. Esto requiere un salto de una enorme potencias emocional e intelectual para poder colaborar sin pretender imponer la propia posición a pesar de que las emociones le dicen a cada parte “que tiene la razón”.

¡Bienvenido míster Biden!

Los tránsitos de los mandatarios del imperio son muy lentos. Deberían tomar ejemplo de Mariano Rajoy, que, con una sobremesa, un poco larga, eso sí, dejó la presidencia para Sánchez y el escaño para que Soraya pudiera poner el bolso en un “tómate dos chupitos de ron”. Estos americanos necesitan más tiempo, por eso su presidente saliente va a perdonarse hasta los pecados que no ha cometido —estamos aquí preocupados por un quítame allá un indulto—. Un ejercicio sorprendente para los católicos, como Biden, que tenemos que esperar a dejarnos llevar por las pasiones y cocernos en el arrepentimiento antes de poner a cero el carné de puntos y volver a lo andado. Pero, sobre todo, es sorprendente para un protestante, que se supone que se las entiende directamente con su conciencia y con Dios, sin necesidad de intermediarios. Esta lentitud también ha dado lugar a que Melania no pueda ponerse el traje que ya había comprado para lucirlo en la ceremonia del juramente de Biden, en la que pensaba disfrutar más que en la del juramento de su marido. Igual se decide y va para quitarse de encima, o del al lado, al pesado de su marido por un día. Así no tendrá que darle un manotazo como hizo en ese vídeo olvidable, tan parecido al que le dio doña Marta Ferrusola a su marido, el  Robín Hood de la Diagonal, Primo de Tobin Hood, el de la tasa.

Hace tiempo que un mandatario no es recibido con más deseo por “la mitad” de su pueblo, ahora es así, cuando se dice el “pueblo” hay que matizar. Nuestro Fernando VII, el “Deseado”, en realidad lo fue, no por todos, sino por los que ahora votarían a Vox, de vivir todavía. El resto andaba escondiéndose de los guardias, como debería hacer ese ruso corajudo, al que no le ha bastado con ser envenenado una vez y ha vuelto a las garras putianas, donde podemos perderlo para siempre. Biden el Deseado, podrá pasar a la historia a poco que con prudencia vaya reconstruyendo los destrozos de la borrasca “Donald”. Un fenómeno artificial hinchado por la televisión y deshinchado por la gente, que ha sabido ver la calamidad infinita que podía derivarse de un segundo mandato.

Biden debe reconstruir la cooperación internacional; debe recordarles a los israelíes que no pueden mantener más tiempo la ficción de que los palestinos no existen. Debe estimular la libertad, pero sólo si luego es capaz de respaldar las primaveras en vez de dejar que el invierno lo marchite todo. Debe cerrar Guantánamo y, al tiempo, sostener su red de inteligencia y su poder militar para hacer frente a la ola de irracionalidad que emerge de este siglo de la no ilustración, el siglo de la muerte de la racionalidad a manos de la emoción de ser feroz. Míster Biden debe, dicen, unir a su país. No creo que pueda. Lo que debe hacer es cegar las fisuras por las que salen los vapores del infierno. Debe convencer a la parte civilizada de sus adversarios de que la alternancia no es peligrosa y que, en todo caso, no deben ceder a la tentación de retener a los cafres haciéndoles caso. Cierto es que le puede pasar como a “nuestro” PP, que ha dejado ir, en un descuido, a la mitad cavernosa que había retenido, haciendo un gran servicio al país, en su propio seno.

Biden debe cooperar con Europa para que la Rusia eterna comprenda que debe mantener sus propios demonios en las novelas de Dostoievski, en vez de tenerlos paseando por la calle. También debe encontrar la forma de evitar que los acomodados sauditas no alienten el terrorismo como forma política, ni que Irán acabe siendo la espoleta de una guerra regional y nuclear con Israel. El odio es inevitable, pero su explosión no. Espero que traiga la lección aprendida de que la presión migrante sólo se esquiva con la riqueza en origen y que el planeta necesita una tregua de los terrícolas.

La verdad es que me pongo en su lugar y caigo enfermo. Además, tiene, el hombre, setenta y siete años y me agobio de pensar en que tiene una agenda más propia de un cincuentón que de su edad de jubilado elegante. Menos mal que tiene a Kamala para sujetarlo si trastabilla. De todas formas, en el despacho Oval, que conocemos por la ficción mejor que el despacho de la Moncloa o la Zarzuela, si te caes no te rompes la cadera. Tiene una esposa culta, lo que da confianza. Y ha sufrido, lo que da fuerza. Es el presidente más votado de toda la historia, lo que da derecho a ser esculpido. Ya veremos.

En fin, míster Biden, desde este confín del imperio esperamos su éxito porque será el nuestro. Aquí me tiene, aquí nos tiene. Si le queda un momento libre piense en el Mar Menor y llame a Toledo para echarnos una mano en lo del Trasvase.

¿Por qué puede que perdure el brutal modelo político de Trump?

Un “trumpista” es un seguidor de Donald Trump. Visto los visto el día 6 en el asalto al Capitolio, tal parece que todos los votantes de este perturbador presidente de los Estados Unidos sean unos lunáticos y zafios disfrazados como los asistentes al sorteo de Navidad de la Lotería Nacional en España. Pero no, la cosa es más compleja. A esta calamidad de político le han votado prácticamente la mitad de los hombres y las mujeres de Estados Unidos, muchos de ellos educados y pacíficos ciudadanos, a pesar de su misoginia manifiesta y manifestada. Dando más detalles, le han votado casi la mitad de los jóvenes y de los mayores. Las diferencias se notan más cuando se atiende a la cuestión racial. Pero asombra que le hayan votado casi el 20 % de los hombres negros, a pesar de que acoge con simpatías a linchadores y casi el 40 % de los hombres hispanos, a pesar de sus insultos a los emigrantes latinos. Asombra menos que lo hayan hecho el 60 % de los hombres blancos, pero, donde uno se mesa los cabellos es cuando se compruebas que le han votado el 43 % de los universitarios y el 44 % de los que ganan menos de 50.000 dólares al año, que casi igualan a los que ganan más de 100.000 dólares al año. En cuanto a la división religiosa, tampoco la diferencia es notable, pues lo han hecho el 60 % de los protestantes y casi el 50 % de los católicos, que claramente no utilizan el Evangelio para juzgarlo. Quizá la diferencia más notable se encuentra entre el voto en la gran ciudad y la pequeña ciudad, superando el voto en éstas en un 20 % al de aquellas.

Esta abundancia de votos tiene explicación en:

  1. que sus rasgos de su personalidad: misoginia, racismo, homofobia y clasismo no repelen lo suficiente al tradicional espíritu conservador, que se traga el sapo, aunque su inteligencia no le impida ver a quién está apoyando;
  2. la movilización de un plus de electores que se consideran olvidados de las élites, y perjudicados por las políticas del comercio internacional con la consiguiente competencia a sus productos agrícolas o industriales y…
  3. la fidelidad al führer que ha conseguido inocular a toda los violentos machistas, racistas y homófobos que viven una fantasía de depuración violenta de todo lo que se aparte del perfil de hombre blanco armado, inculto y dominador de todo tipo de desviaciones.

Estos últimos son los que se han constituido en el escaparate ominoso del trumpismo por su insolencia y desprecio por todo tipo de instituciones democráticas por débiles e inútiles para sus fines. Simpáticos rasgos que exhibieron en el asalto a las cámaras democráticas de su país. Pero, siendo la fachada y expresión del peligro del trumpismo, ya se ve por las cifras que hay una base sólida que repudia estas formas, pero que preferirá un candidato como Trump, aunque los acerque al abismo, antes que votar a los demócratas o permitir su victoria con una abstención. En realidad, vista la situación, el debate nuclear dentro del partido republicano van a ser éste: aceptar o no candidatos extremistas. Naturalmente va a depender de las posibilidades de éxito de políticos más templados.

Conclusión: los gamberros que entraron en el Capitolio sólo son este último porcentaje de exaltados, ignorantes, vociferantes, impacientes y violentos que toda comunidad tiene, pero no se puede olvidar que el señor Trump y su disparatada concepción del poder ha calado en 73 millones de personas, que no pueden ser confundidos con esta tropa. Este señor partía de los votos naturales del partido republicano, en tanto que representante de la visión conservadora en lo social y libertaria en los económico, que están cifrados en unos 60 millones de electores que nunca votarán al partido demócrata, pero tuvo la genial idea de acudir grupos abstencionistas y decirles lo que querían oír. Los conservadores tradicionales e ilustrados no le abandonaron, a pesar de su zafiedad, por su visión tradicional del patriotismo que tan bien ha resumido Trump en su “América first” o en su “Make América great again” y la seguridad de que, como millonario, tendrá una visión económica conservadora. Además el espíritu conservador comparte con la parte salvaje del electorado de Trump un odio mítico a cualquier enfoque social que tenga mínimamente el aroma del comunismo, aunque sólo sean prudentes medida sociales. Por eso el partido demócrata ha buscado sus votos en la parte de la población más indolente y abstencionista por marginal, como ha demostrado la activista Stacey Abrams en Georgia. De modo que la pelea política en Estados Unidos en el futuro se basará en estos dos movimientos en los períodos electorales, hasta que los marginales de partido republicano o los marginados del partido demócrata se cansen de promesas incumplidas. Entre tanto esperemos a ver qué pasa con las políticas reales que deberían entrar en convergencia, preocupándose los republicanos de la gente desfavorecida cuando les toque y procurando, los demócratas, no desbaratar la economía en su turno.

Lo lamentable será que el deseo de victoria obligará a los republicanos a explotar el invento de Trump acudiendo a darle a los mismos que profanaron el Capitolio lo que desean: un imaginario de lucha permanente; un Armagedón continuo en el que disfrutar de la fantasía de que pronto llegará la hora de que sólo el hombre blanco domine la tierra y los cielos. Por eso, acabar con Trump o con lo que ha sido el trumpismo no será fácil debido a que, uniendo solamente a los conservadores tradicionales y a los intereses económicos es muy difícil ganar a la marea demócrata a poco que se movilice. Y dado que los republicanos, como cualquier partido, necesita del poder, va a ser difícil que renuncie, tras su derrota total en estas elecciones de 2020, a la épica de Trump. Única forma de atraer hacia sí a estas tribus dementes, aunque es de esperar que ensayen fórmulas menos brutales. La consecuencia es que un pequeño porcentaje de extraños ciudadanos habitantes de las cavernas sociales, que antes no votaban, han sido invocados en las redes sociales por los nuevos brujos y ya veremos como se les vuelve al averno.

Post scriptum.- También cabe la posibilidad de que al Partido Republicano (G.O.P.) le pase lo que al Partido Popular español, que una vez que se radicaliza parte de su electorado, se parta en dos, quedando los moderados con la marca y creando los radicales un partido nuevo como Vox.