Moneo, una arquitectura serena

Hace unos días el arquitecto Rafael Moneo estuvo en la Universidad Politécnica de Cartagena dando una conferencia en el marco del Congreso Internacional de Expresión Gráfica Arquitectónica organizado por los especialistas de la ETSAE. Fue una visita discreta por lo que la región no ha sabido de su paso por ella de quien, en mi opinión, dejó dos gemas arquitectónicas que, afortunadamente, estarán con nosotros mucho más allá de lo que puedan pervivir los prejuicios.

Desconozco la intrahistoria de la recepción que la ciudad de Murcia le hizo al edificio llamado, paradójicamente, Moneo, pero siempre he tenido la sensación de que parte de la ciudad no ha terminado de asimilar la genial propuesta del arquitecto. Cuando alguien se queja doctamente sobre el anacronismo inverso de esa limpia fachada en esa compleja plaza de Belluga, le he preguntado por qué él mismo no iba con peluca, sombrero de ala ancha, casaca, calzas y zapatos de hebilla cuando pasea por ella, como corresponde a la época en que se terminó el imafronte de la catedral. Tal parece que no se entiende que, por mucho que las formas históricas puedan gustarnos, cada época tiene que dar la respuesta que emane de su núcleo vital. Tampoco es habitual entender que, aún con una mirada estéticamente ingenua, nuestro gusto por las fachadas históricas se basa en nuestro anhelo de relatos. Relatos que, aparentemente, están ausentes en las limpias fachadas de nuestra época. Pero, piénsese que, salvo casos excepcionales, como es el Guggenheim de Bilbao —y ningún otro—, el barroco moderno del metal ha sido rechazado por el gusto popular. Lo que nos llevaría a una situación en la que solamente la breve paleta formada por la arquitectura clásica y el gótico, con sus variantes por exceso o por defecto, constituirían la fuente de nuestro gozo estético en lo que a la arquitectura se refiere. Este gusto nuestro por el relato nos gasta la misma broma en el arte plástico, que solo es aceptado popularmente en su versión figurativa. Lo que contrasta con el placer con el que aceptamos la influencia de la sensibilidad moderna en la decoración, en los utensilios o en nuestras propias prendas de vestir.

El edificio municipal de la plaza Belluga es la respuesta del talento a un problema muy complejo. Respuesta que no se quedó en el simple depósito del edificio en un solar, sino que abarcó a toda la plaza, que fue despejada para que el resto de la arquitectura allí presente luciera desde sus respectivas épocas de aparición sincera. Si el imafronte es una obra genial en su contexto —reconocida inteligentemente por Robert Venturi—, la obra de Moneo lo es en su propio marco intelectual. Y esta verdad mantendrá su vigencia a medida que el tiempo transcurra y la ciudad comprenda, como los niños, que se le ofreció salud intelectual contra una voluntad desinformada.

Pero, Moneo, además, convirtió el Teatro Romano de Cartagena en el centro del interés actual por recuperar la ciudad bajo nuestros pies que arrancó con la paciencia de Pedro San Martín. Interés que es  ya la turbina de todo lo que llegará a medida que los recursos lo permitan. La solución del acceso desde la cota de la plaza del ayuntamiento para llevar a cabo un viaje temporal y físico al esplendor de la Roma augusta es una muestra de talento que, en este caso, la ciudad de Cartagena sí ha aceptado sin polémica, quizá porque la discreción y elegancia de la fachada de la calle Ordoñez no hiere ninguna discutible sensibilidad ciudadana. Polémica que si se dio, sorprendentemente, ante la coronación de la Muralla del Mar de Torres Nadal, o la portada del antiguo cuartel del CIM y actual espléndido edificio de la UPCT, rehabilitado y, sobre todo, liberado de su siniestro carácter originario gracias a José Manuel Chacón. Aunque tengo mis dudas sobre la comprensión popular de la irónica pila de contenedores de cristal que Martin Lejarraga colocó audazmente sobre su «víctima» ecléctica.

Murcia ha tenido algunos fracasos en las soluciones aportadas a lugares predestinados a contener iconos de la ciudad —algunas plazas especialmente—, pero muchos aciertos en la creación de arquitectura moderna culta y propiciadora de serenidad como la de Juan Antonio Molina y otros talentos. Y eso es, precisamente, lo que estas dos obras tan distintas de Moneo aportan: serenidad. Una cualidad que rima con intemporalidad. Por estas dos obras, que son cimas de la arquitectura, Rafael Moneo —al que encontré lúcido intelectualmente y físicamente capaz— debería recibir el reconocimiento de la región por la vía social o académica para no lamentarse después de haber prestado solamente atención oportunista y prematura a deportistas, por muy prometedores que sean.

La Guerra, ese ruido eterno

La guerra llama a la puerta. ¿Hay una música para la guerra o solamente ruido? ¿Qué música será la del este siglo, una vez comprobado que lo que trae de nuevo es banal y lo que hereda del pasado es atroz? Ni siquiera la más provocadora y procaz composición de hip-hop se acerca a la necesidad estética de expresar las consecuencias de la real demencia de gobernantes como Putin; ni de expresar la trituración de la verdad o la monstruosidad de la guerra moderna, en la que los combatientes no mueren porque están ocupados en matar civiles. Creo que es urgente que el gran arte de este siglo abandone la frivolidad a toda orquesta y mire en el pasado para recuperar la seriedad que requiere tanto horror.

Las ciudades símbolo ya no son la sofisticada París o la histórica Roma, sino la perforada Alepo o la, desgraciadamente por perforar, Kiev. Quizá las voces desoladas de la soprano en la tercera sinfonía de Gorecky, coronando el crescendo de la orquesta desde los guturales bajos a los trinos del violín antes de que una nota de arpa le de entrada para que llore todas las muertes que han de venir, sean para que la historia muestre su tozudez en no abandonar la escena, como pretendía un naif Fukuyama. Quizá ha llegado el momento de renegar del lado oscuro de la filosofía de Nietzsche, respetando su lado luminoso. Su pretensión de ensalzar al superhombre es, tras el siglo XX su mayor error. Su odio a la democracia y su fascinación con el ejercicio del poder, aún sublimado, la guerra y la crueldad no puede ser enmascarado por ninguna interpretación benevolente, pues la realidad ruidosa de la maldad debe ser compensada por la melodía eterna de la compasión y el trabajo en común que construye y reconstruye lo que los superhombres destruyen. Curiosamente, le anticipó a Europa que la excitación de Rusia la uniría.

Alex Ross, crítico musical de la conocida revista New Yorker, es el autor de un libro muy celebrado. Su título irónico, “el ruido eterno”, se ocupa de establecer el territorio en el que se ha movido la música en el siglo XX. Ernst Gombrich lamentó en su biografía la trayectoria que tomó el arte en ese siglo, —lo ejemplifica en la desgracia de haber vivido una época en la que se consideró una obra de arte a La Fontaine de Duchamp, que sólo era un vulgar urinario sobre un pedestal—. Ese lamento se extendió también a la música del siglo que, rompiendo con el canon melódico, tomo una deriva en la que pretendía medir la calidad por la ausencia de interés del público en general. Imaginen un chef tanto más satisfecho cuanta menos gente acudiera a su restaurante.

Alex Ross escribió su libro para ayudar a comprender esta época de ruptura absoluta con la música que acabada en Mahler empezaba con Schöenberg una aventura que alejó a algunos melómanos de las salas de concierto. Una aventura que tuvo episodios tan cómicos como la obra 4’ 33” (cuatro minutos y 33 segundos) de John Cage, que pueden disfrutar en https://acortar.link/tFdZ7I. Ni siquiera el carácter sagrado del silencio justificaba esa farsa. Probablemente con el “blanco sobre blanco” de Malevich, La Fontaine ya mencionada, la “merde de artista” de Piero Manzoni y la “habitación vacía” de Martín Creed se estableció la frontera entre el arte genuino y la carcajada cínica que se burla de los incautos.

Para ayudar a desentrañar tanto enredo en el campo de la música, Ross corre el telón de su sala de conciertos y nos da la oportunidad de escuchar obras magistrales producto de ese mirar al vacío de artistas genuinos, geniales como Stravinski, Berg, Gorecky o Britten. Animo a quien no comprenda el arte del siglo XX a entrar en él por la música y la acompañe con el arte plástico epocal. Esa puerta es la que nos abre Alex Ross con su libro. De esta forma se vislumbrará que un siglo con dos guerras mundiales atroces y un holocausto monstruoso, el renacer de las religiones más supersticiosas, el atosigamiento de la publicidad, el ruido de las ciudades y la neurosis generalizada necesitaba una música que, como en la película Psicosis, helara la sangre en las venas. Un siglo que llegó exhausto al año 2000 para entregar su vida al relevo, el siglo XXI, que debía ser el de lo suave, lo digital, la comunicación universal y la prosperidad condicionada al planeta, y, de repente, en apenas veinte años, es ya el siglo de la codicia financiera irresponsable, de la expansión de una enfermedad vírica mortal y, de nuevo, del sufrimiento insoportable de la guerra irracional.

Muy mal

No hay manera de aprovechar la alegría ciudadana por la tregua que la pandemia nos da aparentemente y, así, poder hacer artículos ligeros, alegres o intelectualmente estimulantes. Podríamos bromear, por ejemplo, con la tilde que la familia Feijóo se ha empeñado en ponerle a su apellido, palabra llana donde las haya, pues cuando dos vocales fuertes van juntas no forman diptongo, como bien sabía el padre Feijoo. No, no queda más remedio que escribir sobre lo muy mal que los partidos de confianza constitucional están gestionando el hecho, clon de lo que ocurre en el resto de Europa, de que las circunstancias económicas hayan crispado a la sociedad permitiendo el crecimiento oportunista de partidos de extrema derecha. Ya teníamos bastante con la extrema izquierda, con su perturbadora “neutralidad” en la guerra de Ucrania y su anticipación en la radicalidad queriendo eliminar el “régimen” del 78, como si fuera cambiar de vino. Pues ahora, dos tazas de otro caldo: fin de las autonomías, ignorancia de la violencia sobre la mujer, dificultades a la acción de medios informativos molestos…

Ante este panorama, nuestros políticos, supuestamente moderados, supuestamente inteligentes se han lanzado a la autodestrucción pensando, en el peor de los casos, en sobrevivir y, en el mejor, ganar una dudosa ventaja política sobre el que, en este momento crucial, debería ser su aliado táctico. Por supuesto, ambos tienen razones y rencores que lanzarle al otro como piedras. El PP tiene enfrente a Pedro Sánchez, ese demonio al que los hooligans de la banda de estribor atribuyen no sé qué mérito intelectual llamado “sanchismo”. Un político al que no pueden perdonar, al parecer, aquel tajante “no es no”. No pueden olvidar aquella tozudez, pero sí olvidan que el PSOE supo romperse por dentro para actuar con sensatez y abstenerse para que gobernara Rajoy en 2016. Un PSOE de Sánchez que aprovechó las tropelías que el PP cometió “a título lucrativo” para colarse en la moción de censura instrumental que Rivera —el mayor fiasco de la democracia española— sugirió sin activarla él mismo por miedo al fracaso.

El PP se vengó de Sánchez, cuando debería haber pensado en la demostrada prudencia institucional del PSOE y no en su secretario general. El PSOE se venga ahora del PP poniendo unas condiciones a la investidura de Mañueco en Castilla León que supondrían un terremoto político en, al menos, tres comunidades autónomas. Como no cabe en cabeza política renunciar al poder por sospechoso que sea el socio necesario para conseguirlo, una venganza obligó a Sánchez a asociarse con partidos que ponen en constante estado de inquietud a la sociedad española y la otra venganza obligó al PP en Andalucía y Murcia a relaciones turbias y vergonzantes con Vox. Por eso, ahora, rompiendo el tabú en la derecha, que ya había sido violado en la izquierda, este partido entra en un gobierno. En esta grotesca dramaturgia de venganzas partidistas mutuas, camino de la irrelevancia, al modo francés de los partidos socialista y republicano, hay que despedir a Ciudadanos con una pitada y cajas muy destempladas por su fracaso como partido que podría haber cumplido el papel de depósito de sensatez para, en tiempos tan complejos, centrar y tranquilizar la política nacional.

Todo esto se colorea con la llegada de Alberto Núñez a Génova, sede, por cierto, en la que debería quedarse, pues es supersticioso atribuir al edificio las meigas que solo los humanos invocamos. Una llegada extraña por el proceso que la ha propiciado y extraña por el discurso del recién llegado a la presidencia del Partido Popular. Un discurso sensato que contradice radicalmente a la política recién cancelada a causa de que el propio Casado había violado un código no escrito: las denuncias de corrupción las hacen los otros. Llega jubilosamente con Núñez la política adulta, según él mismo anuncia, señalando así a Casado como lo que era: un aprendiz de ogro que tenía siempre que suplir su pretensión de ferocidad con facundia.

Pero nada de esto tiene mayor importancia al lado del sufrimiento que espera a la derecha moderada con el abrazo de prensa hidráulica de otra derecha, la de Vox, ese partido que, con gran sentido del humor, se autodenomina liberal. Poco a poco, graduado por el mecanismo inexorable, la ultraderecha irá apretando y apretando hasta que, como en aquella película de gánsteres, las órbitas de los ojos busquen otras galaxias. Aquí se esperaría, por el bien de España, el acero templado de Alberto Núñez, alias “Feijóo”, que ya ha empezado sin reflejos sustituyendo acciones por ingenio verbal esperando expectante el desfonde del perro ladrador ante las dentelladas de la gestión real. No hay sentido patriótico en PP y PSOE. De modo que MUY MAL.

Elogio de la amistad

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

FEBRERO 2022

Rodeados de crisis geopolíticas, viene bien una pausa para una mirada atenta a una de las plagas del siglo. Hannah Arendt distinguía sutilmente entre soledad y solitud. En ésta, al menos, están presente las propias reflexiones y recuerdos. En la soledad nadie acompaña, ni siquiera uno mismo. Pero, no estamos hechos para la soledad. Nacemos de una pareja, nos criamos rodeados de gente bulliciosa. Luego, crecemos y pasamos ese período confuso de la adolescencia buscando relaciones más profundas con coetáneos, al tiempo que nos desprendemos de la cutícula que supone la atención de nuestros padres, que, a veces, nos atosiga. Queremos volar solos, lo que, en realidad, significa que queremos volar con otros.

Luego vienen largos años llenos de energía en los que pretendemos cambiar el mundo descuidando algunas cosas esenciales. Aún así, nos enamoramos, tenemos hijos, trabajamos sin descanso y cumplimos con el papel que antes cumplieron nuestros padres con nosotros. Y cerramos el ciclo cuando nuestros hijos se casan. ¡De repente, estamos jubilados!, tenemos nietos y afrontamos casi un tercio de nuestra vida perdiendo vitalidad, confusos cuando pensamos en el futuro. Ha llegado, con la dicha de la longevidad, el riesgo de la soledad favorecido con ecos de voces que, sin acompañarnos, nos impiden escuchar nuestra propia intimidad. Y si no oímos nuestra voz no sabremos interpretar la de los otros.

Cada vez parece pasar antes, pues las cifras de divorcios y las de parejas que no se deciden a comprometerse son muy altas. Son circunstancias que generan la abrumadora cantidad de seres humanos que se sienten solos sin advertir la causa. No ayuda que el rostro de una persona no nos dé siempre información certera de lo que ocurre en su interior. Quizá por eso, no descifro a un hombre que veo muy frecuentemente solo, sentado en una cafetería, con el rostro taciturno y con aspecto de haber olvidado hablar. Nos cruzamos, pero no me ve, pues mira oblicuamente. Y no es una persona sin hogar. Ese es otro capítulo del que no faltan casos. Aunque, en general, éstos suelen ir en grupo o, al menos en pareja. Pero, eso sí, con las marcas de la calle en la cara: tez oscura, profundas grietas en sus mejillas y una mirada turbia.

En el mundo “avanzado” hay ya quien se ofrece por dinero a hacerte compañía sin sexo. El mercado está atento, incluso, a estos detalles del catálogo de necesidades humanas. Pero, esto ocurre, entre otras razones, por falta de escuela de vida. Durante la educación no parece quedar hueco para tratar lo que de verdad le importa al ser humano: cómo adquirir códigos éticos de conducta; cómo influir para que la sociedad cubra los espacios morales a los que no debe llegar la ley. Y, sobre todo, cómo saber vivir auténticamente, al menos eludiendo la soledad consiguiendo y conservando la fidelidad de amigas, amigos y, en sinergia infinita, la amistad en el amor.

Siempre quise saber mantener mi selecto grupo de amigos, unos ganados antes de la jubilación y, otros, como novedad gozosa. Sin perjuicio de reuniones conmemorativas con colegas o condiscípulos, me gusta el trato directo con los amigos de carne y alma: de forma pausada, con tiempo para repasar las peripecias personales, para quejarnos de esto o aquello y para sentir una alegría profunda por lo que de bueno le ocurra al amigo. Tiempo de serenidad frente a un café, recuerdos de la infancia compartida o no; repaso del crecimiento de la familia o rememoración delicada de desgracias sufridas en el pasado o curando las heridas de las presentes.  Conmiseración recíproca por la memoria que se desvanece o por el destino de nuestras vejigas y nuestras articulaciones. Anticipación humorística del balanceo al andar que, como marineros de la vida, nos espera en unos años. Bromas sobre la calvicie y los crecepelos. Sin que falten las expresiones de sorpresa por los usos y costumbres de los jóvenes de hoy —lo que ya le pasaba, casi tres mil años atrás, a Hesíodo. Comentario de noticias, interpretación de películas, intercambio de libros, recuerdos de viajes y, por que no, repaso bienintencionado a los defectos de algunos conocidos, sobre todo si son políticos profesionales, esos extraños titanes.

La amistad genuina es más fuerte que las diferencias políticas. La amistad es una bendición cuando tantas cosas pugnan por separarnos. La amistad fue cantada famosamente por Horacio refiriéndose a su fraternal Virgilio. A mí también me gustaría tener cerca alguien que escribiera algo tan hermoso como  “et serves animae dimidium meae”, hablándole al Céfiro, un viento que podía hacer naufragar la nave del amigo. Supongo que ya habrán adivinado que significa: “… y cuida de la mitad de mi alma”.  ¡Amén!

Real Murcia-PSG

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

ENERO 2022

El Real Murcia se revuelve en las redes de la pobreza como un animal noble y herido sufriendo con el mismo dilema de los políticos de la pandemia: economía o salud. Y todavía nuestros mandamases pueden subir los impuestos y tener economía y salud, pero el Real Murcia no. Caído como un ejecutivo que dado al juego (de eso se trata) llega hasta ser propietario de un banco en el parque del Salitre; con su pelo plateado lleno de grasa, estirado y orgulloso de su procedencia, busca en sus recuerdos cómo salir del aprieto. El Real Murcia sólo tiene su historia y busca un milagro o, mejor, dos.

Uno sería que con los jugadores que puede permitirse subiera categorías hasta hacer rentable que se invierta en él. Y otro el que algunos de los millonarios discretos que habitan en Murcia tuvieran entre sus metas contar con una estatua de bronce en la explanada de la Nueva Condomina. Una estatua como la de José María Muñoz y Bajo de Mengíbar al final del Malecón. Que le quiten al probo de don José María su eterna gloria. Estatua que se repite hasta tres veces por toda la Vega Baja. Fue este señor protagonista por su generosidad en la aún no olvidada riada de Santa Teresa de 1879. Una riada a la altura de los tiempos en que ocurrió. Un centenar de muertos y miles desalojados. Pero, por ser la primera de la que hay imágenes, pronto despertó la compasión de amplias capas de población nacional y, más allá, llegó a interesar a Swann uno de los protagonistas de Marcel Proust en su celebérrima novela “En busca del tiempo perdido”, que, ante un desastre tan asombroso — “catástrofe planetaria”, la llamó Jocelyn Grange—, visita la exposición París-Murcia entre cotilleos en el salón de madame Verdurin.

¿Se imagina ese añorado millonario observando desde sus ojos de bronce a todos los murcianos acercándose agradecidos a la tablilla en la que estaría su nombre y sus méritos? José María Muñoz era extremeño y conquistó toda la Vega Baja. Seguro que le reconforta su fama en la frialdad de su tumba. El millonario que buscamos sería murciano. Un paisano que ahora vive en la tristeza de su anonimato, con dinero sí, mucho, pero aburrido, repitiendo inversiones ya sabidas, sin emoción: un solar aquí, tres edificios allá, acciones en el gas ruso. Una vida anodina de masajista por la mañana, aperitivo cervecero con Beluga, comida con Clio, tardeo con Cristal Rosé y cena a la orilla del mar con una amante que le dobla en lozanía. Vida gris, sin vítores, sin reconocimiento de su arrojo financiero y su osadía empresarial. Vida sin biografía, sin hagiografía, sin elegía, sin panegírico…

No es fácil que a los presidentes de clubes de fútbol le pongan estatuas. Pero los hay, como el primer presidente del Recreativo, el escocés Charles Adams o el recordado Santiago Bernabéu. Todos ellos con grandes méritos, como los que esperan a un presidente que lleve al Real Murcia a donde la historia le espera. Unos méritos que no solo afectarían a la reputación del club, sino que impulsarían la autoestima de los murcianos, el conocimiento universal de la región y, por supuesto, la entrada en los libros de historia, la movilización de la chiquillada, la presencia de las lumbreras del deporte mediático, la construcción de una ciudad deportiva, la revalorización de los terrenos baldíos del entorno, la subida de precios en el Cabezo de Torres… en fin, seguiremos soñando… en Murcia a 1 de enero de 2022.

Posdata1. Hemos sabido que, al leer este artículo, este murciano, añorado antes de ser conocido, se ha caído del Ferrari y ha comprendido su destino, se ha sacudido su traje de Armani, se ha quitado el polvo del Rolex y se relame ya pensando cómo va a ser apreciado, o incluso, amado, reconocido por las calles, vitoreado en los restaurantes, aplaudido en el palco, saludado en el teatro… como un guerrero romano con su toga Picta. Se ha decidido: es el momento de dar el paso y recuperar la gloria del Real Murcia, uno de los pocos clubes españoles con derecho a portar en su nombre la mención a la realeza, gracias a que así lo autorizó el Rey Alfonso XIII en 1923. Si es así, admitiríamos que su estatua estuviera en el extremo opuesto a la de Alfonso X el Sabio, pero, claro, si consigue traer al PSG a Murcia en una semifinal de la Champions.

Posdata2. Este artículo está dedicado a los héroes que en sucesivas oleadas han resistido y resisten en la directiva conscientes de que no hay milagros, sino sólo, y nada menos, que inteligencia y esfuerzo.

Cuento de Navidad

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

DICIEMBRE 2021

Levantando el tejado de una nave industrial, Mr. Scrooger, el viejo avaro e inmisericorde de Charles Dickens, hubiera conocido la vida de un colega en la dureza de corazón. Este cuento es real al principio e imaginario al final.

Un día de hace al menos cuarenta años fui a jugar al tenis a un chalé de la costa, cuyo propietario era amigo de mi acompañante. Después del partido se sirvió un aperitivo. Mientras masticábamos mojama y hueva de excelente calidad, el anfitrión empezó a pontificar sobre sus métodos como empresario. De todo lo que dijo, unas cosas sensatas y otras fuera del tiesto, la que me impactó imperecederamente fue esta frase: “al llegar a la oficina dejo el corazón en el armario con el abrigo”. Se refería, obviamente, a los sentimientos que pudieran distraerlo de la dureza que, según él, debía presidir la gestión en su empresa. De ese comentario sale este cuento:

Aquel día 24 de diciembre el señor Ortega se bajó del coche muy impaciente. Había pasado una mala noche que atribuyó a la bajada de producción que denunciaba el último informe sobre su mesa. Necesitaba subir la dosis de dureza en la línea de producción para que todo el mundo advirtiese que en su empresa no había sitio para vagos. El frío de diciembre había llegado una semana antes de cuando correspondía, según su cuidadosa estadística. En su cara notó el fino corte de bisturí de la brisa de aquella mañana inquietante para sus finanzas. Casi resbaló al pisar un charco helado —nunca estuvo seguro de si fue oportuno construir la nave tan alto, a pesar de que, al haber pagado como suelo rústico donde luego construyó su nave, le produjo beneficios cuantiosos por la venta de los terrenos adyacentes, consolidando un polígono industrial salvaje ante la impotencia municipal.

Se mantuvo de pie, se estiró y avanzó con su gran tranco hacia la oficina. Subió a su despacho, se quitó el abrigo y metió su corazón cuidadosamente en el bolsillo derecho, donde había una bolsa sanitaria tomada del cajón de su mesa. Ya estaba listo para la jornada. Bajó a la nave y empezó a dar gritos. Dos horas después entre dos líneas de mujeres y hombres con la cabeza baja a los que miraba fieramente, sufrió un colapso y cayó a plomo al suelo agarrándose el pecho. Los trabajadores llamaron al capataz, el capataz llamó al 112, los sanitarios lo llamaron a él: “¡señor Ortega, señor Ortega!” mientras apretaban rítmicamente su pecho y le insuflaban oxígeno en los pulmones. No supieron interpretar el farfullar angustiado del Sr. Ortega “¡¡en el arfario!!” con lo ojos queriendo salir de sus órbitas para señalarles que sus maniobras debía hacerlas en su despacho. Fue imposible recuperar al Sr. Ortega. Uno de los sanitarios comentó que notó algo extraño en la morfología del tórax del caído: “Parecía hueco”. Su sorpresa no es nada comparado con la que se llevó el forense al hacerle la autopsia. Desde que abrió advirtió que allí tenía un caso que le daría celebridad en el próximo congreso de su especialidad. Dos semanas después, los servicios de limpieza de la empresa, advertidos por un extraño olor, abrieron el armario y dentro del abrigo encontraron una víscera ennegrecida y jibarizada por la deshidratación. Era el corazón infartado del Sr. Ortega. El forense se llevó un gran disgusto, aunque todavía vio una oportunidad en que el muerto hubiera podido sobrevivir dos horas sin corazón. No sabía que, eso, el Sr. Ortega lo hacía cada día. Fin del cuento.

Parece mentira, pero los humanos nos hemos dado oficialmente un solo mes para llevar el corazón puesto, mientras pasamos once meses con el corazón en algún armario. Tan es así, que, en política, se ha acuñado el término “buenismo” para reprochar las actitudes compasivas que se niegan a aceptar una supuesta dureza de la vida, y deben proceder con destemplanza ante los demás.

Nietzsche sugirió que en las relaciones comerciales está la base de la moral, de lo justo y lo injusto, anticipando oblicuamente lo que iba a ocurrir. Quizá por eso escuchamos a algún divorciado decir: “Estoy de nuevo en el mercado” queriendo ofrecerse como mercancía a los demás. Sé de mucha gente que lleva su corazón puesto siempre, casi por profesión. Se arriesgan cuidando a otros, en los naufragios humanitarios o en los exabruptos naturales. Pero también sé de otros que no parecen llevarlo encima nunca, cuando, quizá, sea el corazón el único lugar donde un ser humano puede realmente encontrar reposo. Tal vez esta Navidad sea una ocasión para plantearse si esta España democrática está ya madura para llevar su corazón puesto en su sitio todo el año.

Perplejidad real

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

NOVIEMBRE 2021

Hace unas semanas compareció en el congreso el espía del siglo: Villarejo y soltó una bomba fétida, acerca de una supuesta conspiración para “moderar” la libido del, entonces, rey de España Juan Carlos I. Una circunstancia curiosa porque a los jóvenes soldados de remplazo se nos hacía lo mismo en la mili, se decía, lo que nos iguala “por abajo” con el rey. Era lo que faltaba para terminar de colmar el vaso de los disparates asociados al monarca que enamoró a los republicanos. Este bulo del villano —aunque fuera verdadero— viene a minar un poco más la reputación del que prometía ser el mejor de los borbones: un rey entregado a la causa de la nación y su pueblo.

Quien propusiera el asunto pretendería evitar así un reguero de bastardos y, sobre todo, un reguero de potenciales amantes amenazadoras. Amantes que, incluida a la que llamaba “my girl”, no nos han defraudado con su deslealtad. Esta declaración chusca ha dado en hueso español, el hueso de los seres ficticios que somos, en contraste a la realidad “real” de los que articulaban con sus dinastías la gran Historia, pues nos da exactamente igual qué hacía el rey con su “espada” —un artilugio que, por lo oído, este monarca guardaba a menudo en vaina ajena.

En efecto, para su suerte, el español varón siempre ha sido tolerante con los asuntos de sexo, que comprende, si no envidia. Por lo que no creo que sus andanzas amorosas ocupen más de una línea en su biografía futura, dado que se produjeron en tiempos muy liberales y sin repercusión dinástica. Indiferencia que contrasta con el puritanismo en la cumbre que le ha costado una abdicación que, seguramente, siempre le habrá parecido prematura, a pesar del beso en la mejilla que la reina Sofía le dio en el balcón del palacio real por hacer rey a su hijo.

Muy distinta ha sido la actitud popular ante la falta de escrúpulos con el dinero. Por eso, qué decir de sus acciones de prestidigitación financiera en tiempos tan sensibles a la corrupción y a la elusión de capitales. Pues, lo más benevolente que se me ocurre, es que nuestro rey se consideraba un pordiosero entre los suyos, los seres reales. Vivir a cuerpo de rey es caro. Y estoy convencido de que la mala cara de nuestro, por otra parte, providencial rey Juan Carlos I, se debe a que cree firmemente que el sueldo que se le pagaba era una ridiculez para alguien real. Que tal situación le impedía mostrar dignamente la majestad asociada a su cargo y aumentaba su desprecio por la racanería constitucional de los españoles, esos seres ficticios, decíamos, que nunca habrían entendido ni la gran Historia ni sus servidumbres. Creo que está ofendido y que le parece mentira que lo hayamos tratado así. Probablemente no pida perdón, sino que lo exija en su fuero interno. Sus paseos en el exilio estarán llenos de amargura porque sus méritos políticos, quién los puede negar, hayan sido correspondidos con esta falta de discreción que nos lleva a desvelar sus “inocentes” prácticas comisionistas para hacerse con una fortuna.

Alguien debería hacerle ver que, en efecto, los reyes de antaño se apoderaban del dinero de los adversarios o del común (Augusto con Cicerón o Leopoldo II con el Congo), pero que era porque no había democracia, prensa libre, ni redes sociales. Una libertad que él contribuyó decisivamente a proporcionarnos y que, al cabo, lo ha dejado desnudo ante la mirada de niños y adultos.

Sea como sea, las disipaciones de nuestro rey han traído de nuevo a la discusión nacional el compulsivo tema de la república como sistema de gobierno aún no experimentado con serenidad por los españoles porque, en ausencia de la clave de arco divina, el rey es el último recurso de la necesidad que media España tiene de contar con un referente conservado en su pureza fuera del alcance de todos, excepto de sí mismo. En este sentido Juan Carlos I ha muerto en vida, pues ha jugado a ser un rey de los de antaño en tiempos poco tolerantes con la ausencia de ejemplaridad.

Mi propuesta para esta lacerante situación sería alojarlo en Yuste, como hizo su ilustre predecesor, el emperador Carlos V, hasta que se extinga en la perplejidad que le debe producir el cómo se han invertido los papeles al disolverse la realeza en figuras ficcionales (de prensa rosa), mientras la ciudadanía emerge como realidad tangible. Perplejidad agravada por haber sido un rey fronterizo entre la realeza tradicional saqueadora y la moderna funcionarial y a sueldo, como la de su hijo y nieta, cuya fortuna sólo podrá basarse en el plebeyo ahorro.

Objetores

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

OCTUBRE 2021

Hace unas semanas, entre la conmoción de la isla de La Palma, tan perturbadora, y la reaparición del martirio impostado del “heroico” Puigdemont, tan tedioso, se discutió sobre el escándalo de que las mujeres que quieren abortar no pueden hacerlo en los hospitales públicos, ante la llamada objeción de conciencia. Mi generación, que hizo la mili estándar, la guerrera, supo de los objetores por los chicos que estaban en los calabozos cuarteleros por negarse al servicio de armas.

Pero, ahora, emerge un tipo de objeción muy curioso, a la vista de cuadros médicos completos que se declaran objetores en bloque —lo que es estadísticamente imposible. Probablemente, lo hagan unos por convicciones y otros por precaución ante el riesgo de ver su carrera profesional malograda. Unas actitudes con el aborto que ahora parecen amagar con repetirse con la eutanasia. Objeciones basadas en falacias del tipo “yo soy médico para curar, no para matar”. Curar, precisamente, es lo que hace un médico que practica un aborto terapéutico ante un feto con deformidades irreversibles; curar es lo que hace un médico que aplica la eutanasia a quien el dolor no le permite ni maldecir su suerte. El mundo moderno ya no acepta la muerte cruel como redención, ni considerar a la mujer un medio involuntario para la procreación. Estas objeciones en equipo tienen los días contados si los medios de comunicación mantienen vivo el escándalo de que instituciones públicas incumplan la ley y si la justicia no mira, indiferente, para otro lado.

Entre el principio (el nacimiento) y el final (la muerte), la medicina se dedica sin objeciones a curar a los enfermos. Donde todo se emborrona es en los márgenes. Desde hace siglos la humanidad ha practicado abortos por muy diversas razones y, en eso, la religión no fue obstáculo para esa actividad dolorosa para la madre. Sin embargo. desde 1864, en que la doctrina de Tomás de Aquino decayó, la influencia moral sobre la legislación ha contribuido a que se produzcan muertes por las condiciones insanas en las que se producían los abortos. Hoy, las leyes vienen a dotar de seguridad sanitaria a esta práctica. Sólo cuando la ciencia separe la concepción de la gestación permitiendo encapsular la sexualidad en sus coordenadas hedonistas, será posible, probablemente, evitar los abortos.

Por otra parte, quien haya leído la novela “La acabadora” de Michela Murgia o haya visto la película “La montaña de Narayama” de Shohei Imamura puede imaginar que la eutanasia es, también, un rito cultural practicado por el ser humano desde un pasado remoto, ya por necesidad, ya por piedad. En España, esta semana hemos tenido noticia de un suicidio cuando una mujer encontró barreras morales a su propósito. Y, ello, a pesar de que había pedido la eutanasia estando en vigor la ley desde el 25 de junio.

Hablando de la vida, todo el mundo tiene derecho a tener una concepción propia de su misterio. Hay quien cree legítimamente que tras la muerte habrá resurrección y vida eterna. No seré yo quien les desvele que los reyes son los padres. Pero, sería óptimo ofrecer lo mejor de cada uno mientras se está vivo y, después esperar la vida espectral o dejar llegar la desaparición que nuestra condición exige: “de la nada a la nada”, que dijo el poeta. Las sociedades modernas tienen que advertir su propia estructura relativa en vez de negarla propugnando valores “para los demás”. Hay que propiciar un encuentro consensuado en valores de convergencia, que eso es la ley. Hay que hacer saltar la pretensión de imponer verdades absolutas al otro, por la sencilla razón de que la convicción no es el fundamento de la verdad. Sin confundir, claro, este rasgo de la verdad con la mentira, que es puro simulacro interesado.

Yo no soy feliz ante el aborto hedonista ni si un amigo me informa de su deseo de morir, pero a nadie se obliga a abortar, a nadie se obliga a pedir la muerte. Pero, a muchos se pide legítimamente que cumplan con su deber ayudando a estos propósitos en el marco de la ley. Los contrarios al aborto y a la eutanasia que se pregunten qué harán cuando la dureza de la vida los ponga en situación con familiares o consigo mismos. Los doctores no pueden confundir su misión, curar, en efecto, con sus convicciones metafísicas. El mismo temple que muestran en tantas y tantas ocasiones para nuestra suerte, deben mostrarlo en esta en que la sociedad les reclama profesionalidad para evitar que jóvenes embarazadas y ancianos lacerados sufran. Los pacientes deben ser asistidos en su hospital público natural y las autoridades, si han de derivar algo hacia centros privados, que sea a los objetores.

Hastío del bien

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

SEPTIEMBRE 2021

El aburrimiento es un estado de ánimo del que procuramos huir. La razón, probablemente, resida en que la vida es puro dinamismo incesante y, por eso, nuestra conciencia, nacida en ese vértigo, no se encuentra cómoda ante la monotonía. Todos huimos de compañías que llamamos coloquialmente muermos. También de películas sin acción o novelas que no pueden disimular que son, en realidad, textos de ensayo camuflados. Pero, si esto se entiende con los pequeños acontecimientos que componen nuestra vida cotidiana, es inquietante que nos pase con cuestiones trascendentales, aquellas en las que nos jugamos las cosas de comer. Parece anómalo cansarse de la verdad y preferir la mentira para variar; o cansarse de la belleza y huir al universo de lo feo y lo grotesco. Pero el colmo sería cansarse del bien y lanzarnos a hacernos daño unos a otros.

Antes de quejarnos de esta patología individual o —más peligroso—, de esta patología social, conviene decir que, frente al bien y el mal, sufrimos espejismos, debido, entre otras cosas, a la necesidad que tenemos de contar historias de desgracias antes que historias felices. Raramente un relato escrito o filmado se hace célebre describiendo hechos venturosos. Muy potente tiene que ser la prosa, el verso o el estilo cinematográfico para superar la excesiva dulzura de un relato. Este goce que proporciona el transmitir malas noticias es una especie de mecanismo natural de alerta. Un mecanismo que se vuelve disfuncional en la política porque, literalmente, se inventan los conflictos, con lo que, pase lo que pase en la realidad, se desvía la atención hacia una supuesta mala noticia. Hasta aquí, la política contribuye, en cierto modo, a salir del aburrimiento, una vez que los medios la han convertido en un espectáculo frenético del que nos hacen saber “minuto y resultado”. Pero todo esto se vuelve peligroso cuando se traspasan determinados límites con el propósito de despertar frívolamente la fiera que duerme en cada uno de nosotros con la intención a corto plazo de obtener ventaja política.

Las repúblicas, raramente son sucedidas por repúblicas cuando son aplastadas. En general son sucedidas por largas décadas de algún tipo de tiranía. La república de Weimar y la segunda española son ejemplares en esa desgracia. En la alemana se dieron todas las tensiones que un régimen político puede soportar antes de reventar en una explosión telúrica. En la española ocurrió lo mismo con el añadido cruel de que el fracaso del golpe de estado militar provocó una larga y cruenta guerra. En ambos casos el crimen y la intolerancia eran reales y sólo dioses de la política podrían haber evitado el drama.

Pero, ahora, en la España actual, un país capaz de superar una crisis económica y una crisis sanitaria sin que sus estructuras claves se desguacen, no parece que haya razones para que el horizonte se vuelva negro. Hay el natural disgusto de los que pierden las elecciones, que deberían aprestarse críticamente a esperar su turno sin quemar la casa común. Sin embargo, se advierte una dramatización del ambiente y una perversión de las palabras y las acciones que huelen a azufre. Se percibe un cierto juego morboso de acercar el dedo a las aspas del ventilador, de sacar un pie fuera del borde del acantilado. No sé, un cierto gusto por provocar descargas de adrenalina en las propias venas para que corran por ellas “gotas de sangre jacobina”. Una irresponsabilidad que sólo se explica por el hastío del bien, el aburrimiento de respetarnos y, en definitiva, el cansancio de atender las promesas que nos hicimos hace cuarenta y tres años.

Cautivo y desarmado el ejército del bien, han alcanzado las tropas extremistas sus últimos objetivos: alterar la verdad, enfrentar a cada uno con cada otro. Pero, aunque el bien parece un ideal irrealizable si advertimos las muchas mentirijillas que sirven cada día para evitar un problema conyugal, los muchos gestos de alegría fingida en la vida social o si recordamos las rituales mentiras para engañar —no sé a quién— en una campaña electoral, hay, a pesar de todo, un bien de fondo en el funcionamiento aún renqueante de instituciones bien diseñadas que dan estabilidad a la vida democrática y nos preserva de la locura de volver al estimulante salvajismo. Las instituciones son los artefactos de la ciencia política como un móvil es el artefacto de la ciencia física. ¡Fuera, pues, las manos de ellas! ¡Fuera los pies sucios del suelo de la democracia! Quien gana unas elecciones es ya legítimo hasta que la sociedad lo releve. Quien esté hastiado del bien y necesite emociones que las busque en el vicio y deje a esta república coronada seguir ocupándose de los afanes diarios en paz.

Agosto

NOTA.- Este artículo pertenece una serie publicada en el diario La Verdad de Murcia del Grupo Vocento y que continúa hasta el día de la fecha.

AGOSTO 2021

El mes de agosto recibe su nombre de César Augusto, el primer gran emperador romano que murió en su cama. Fue él mismo el que cambió el antiguo nombre ordinal del mes (sixtilio) por el suyo propio sin saber que moriría precisamente en agosto del año 14. El nombre fue respetado cuando el papa Gregorio XIII decidió reformar el calendario para establecer ciertas fechas litúrgicas que tenían problemas de ubicación, por el erróneo cómputo del calendario Juliano. Este calendario se empezó a implantar en 1582, pero algunos países no lo adoptaron hasta el siglo XX. Los franceses tan suyos, hicieron un buen intento entre 1792 y 1806 basado, no en dioses griegos, celebridades políticas, los ancianos (mayo) o los ordinales, sino en las características climáticas de cada período. Por eso, el mes del calor tenía que llamarse “Termidor” del griego “thermos”, calor. De modo que, en resumen, este mes se llama como un César venerado por su majestad y excelencia. Pero “augusto” también es el nombre que damos al compañero de “clown”, el payaso serio, es decir, augusto es el payaso dicharachero al que su compañero quiere aleccionar afectadamente. He aquí, pues un mes que se mueve entre la majestad y la payasada. Un carácter que nos deja bastante libertad para pasarlo leyendo a Heidegger o, casi en pelotas, dando saltos por las playas con mascarilla en las partes pudendas: las que Sancho no le quiso ver a don Quijote en Sierra Morena.

Agosto para nuestra juventud era el mes en que nos quemábamos imprudentemente viendo, tras el mal rato del vinagre sobre nuestra piel irritada, como nos quedaban los hombros policromados entre restos de piel quemada pidiendo ser expulsada de nuestra dermis y piel nueva y rosada que lucíamos como ahora se hace con los tatuajes. Una piel que vibraba con nuestros corazones en los guateques al aire libre en el porche de un chalé vigilados por la dueña de la casa, mientras rozábamos otras pieles morenas, tan atractivas y brillantes que nos permitieron más tarde entender qué eran las diosas. Torpes besos, quemantes toques, explosivas miradas, mientras Roberta Flack musitaba: “killing me softly with his song” y nosotros experimentábamos como la inocencia, afortunadamente, pasaba del estado sólido al líquido para acabar evaporándose sin que nadie lo notara, ni nosotros mismos, que éramos presa de una sensación poderosa por haber traspasado un umbral de la vida dejando atrás para siempre la infancia. Así, surgían en nosotros sentimientos violentos ante los avances de un rival con nuestro objeto de deseo o, simétricamente, de paz universal en la victoria. Sólo una mujer podría relatar que ocurría en sus cabezas y corazones ante nuestros inarmónicos movimientos.

Pero agosto ha sido también el mes de la despreocupación del adulto afortunado que podía disiparse durante un mes. Mes de ropa ligera, estrafalaria durante el día y afectadamente elegante de noche, blanca y holgada a juego con el pescado a la plancha, el vino blanco y el gin tónic que desata feromonas, distendiendo el músculo y la lengua para disfrutar de la amistad, volar con pensamientos poco castos y otros francamente pecaminosos, mientras se simula hablando con la lengua zompa de política o del cielo estrellado. Es el afán eterno que nos hace oscilar entre la filosofía y el amor, entre la razón y el deseo. Flujos de vida que solamente agosto es capaz de hacer correr por nuestras venas con la intensidad que requiere el caso. Una experiencia que nos hace contemporáneos de los sabios griegos de antaño y los sofisticados franceses de hogaño. Costas de Lesbos tan encanalladas hoy, costas de la Niza atacada por la locura o de la atormentada laguna del Mar Menor ofendida por tanta irresponsabilidad política. Menos mal que agosto nos redime con su salada dulzura de todas las tonterías que hacemos el resto del año.

Honor a este mes que en el hemisferio norte tanta prosperidad trajo a los países del sur antes del año 2020 después de Cristo. Año calamitoso que sólo va a tener una virtud: habernos despertado del sueño de un progreso automático para situarnos ante la soledad de la especie y el deber que ha de guiarnos hacia una sociedad más segura basada en el conocimiento no supersticioso, la justicia y la libertad de ser responsables.

La luna, ya hollada por nosotros, nos perdona desde su divertida órbita. Este año brillará con su cara iluminada el 22 de agosto y no pedirá nada a cambio por alumbrar la noche para que, en cualquier colina, creamos en la promesa de que podemos salvar el abismo de nuestra finitud hacia el colmo de nuestras posibilidades. Promesa de que, en ese bendito día, nacerá mi tercera nieta.