Un pensador muy conocido y revolucionario llamado Friedrich Nietzsche es conocido, entre otras hazañas del pensamiento, por haber propuesto de nuevo la idea de un tiempo circular. Y lo hizo en una versión muy radical, según la cual todo lo ya ocurrido se volvería a producir en todos sus detalles y en el orden conocido, dado que se contaría con un tiempo infinito para en el que podría darse esta repetición. Creo, con todo el respeto a este afamado alemán, que eso no es posible, porque, aún en un tiempo infinito (sea eso lo que sea), son también infinitas las combinaciones de sucesos y su orden, por lo que la probabilidad de una secuencia idéntica está cerca de cero. Son más probables nuevas e interesantes versiones de la cadena de acontecimientos, para nuestra salud mental. La repetición es generadora de ansiedad y anula nuestra actividad cognitiva. Nos gusta la diferencia. Por eso cuando disfrutamos hablamos de “diversión”, es decir del goce de cambiar de actividad y ser sorprendidos. Por eso nos divierten los juegos de azar, por la permanente sorpresa y variedad de los resultados del juego (si alguien no soborna a alguien para hacer trampas). De modo que un eterno retorno sería un aburrimiento insufrible. También es verdad que Nietzsche no estaría pensando en que esa cansina vuelta a lo mismo la sufriera una generación de vivos, sino, en todo caso un ciclo de la humanidad, porque su erudición le informaría de que hasta el momento en que él tuvo la idea, allá por las laderas del Vesubio, esto no había ocurrido.

El eterno retorno era de algún modo un vuelta al pensamiento de un tiempo circular de los Griegos, pues el cristianismo con su idea de un principio (la creación) y un final (El Juicio) proponía un tiempo lineal como una flecha disparada hace seis mil años hacia el final de los tiempos. Las dos ideas son compatibles, en términos muy generales, si se acepta la propuesta del cosmólogo inglés Robert Penrose, quien afirma que el universo ha sufrido varios Big Bang y los seguirá sufriendo, según su Cosmología Cíclica Conforme. Esta teoría satisface la idea de repetición en el sentido más genérico de posibilidad de recreación del ciclo mineral-vida-mente. Pero también satisface la idea del tiempo lineal del cristianismo, pues habría un principio y un final en cada ciclo.

Si ha llegado hasta aquí, aclararé qué tiene que ver esto con el confinamiento viral al que estamos sometidos. Pues este cautiverio nos ha permitido reducir el diámetro de los círculos de nuestras rutinas, tanto espacial como temporalmente. Si cuando estamos en la calle percibimos el ciclo anual por la ITV de nuestro coches o por las procesiones, en estos días los ciclos son de 24 horas, cuando no de unas pocas horas, si el tedio alcanza su paroxismo. Comprendemos rápidamente el daño que nos hace la repetición, a pesar de que seguimos vivos porque nuestros órganos no se aburren de repetir sus rutinas de bombeo, oxigenación o filtrado de nuestros fluidos. Nos da igual, porque nuestra mente no está cómoda en la repetición. Por eso nos aburre repasar en el estudio para aprender de memoria o cambiamos de canal si sale otra vez el león de la Metro.

Pero este artículo se llama esperanza viral. De modo que hablemos de esperanza. La esperanza es anticíclica, pues el que espera, no espera un repetición, sino una espléndida novedad. Algo que lo renueve y haga burbujear sus emociones. La esperanza es una espera, espera de cambio a mejor. Por tanto, la misión de un cautivo es seguir esperando lo mejor. En este caso, más allá de esperar no contagiarse, hay que esperar que el daño económico, que será la siguiente batalla, no destruya sus logros materiales que son el soporte de sus logros espirituales; hay que esperar que nuestras emociones se reorganicen para saber sufrir con los que sufren sin que las cifras nos oculten ni la vida ni la muerte. Esperar que de esta compresión que ha acercado nuestras moléculas salgan mejores relaciones personales (la videoconferencias han sido un puente mágico hacia amistades casi olvidadas) y una percepción de nuestra sociedad menos sectaria. Una voluntad de cooperación con la que reconstruir de nuevo nuestro país de esta devastación que, como la bomba N, mata personas pero respeta edificios. Un tipo de destrucción que nos permitirá destinar los recursos a las personas en vez de a la materialidad de un ciudad. Un esfuerzo que requiere de un cambio de mentalidad, pues hay quien encuentra natural reconstruir una vivienda, pero no a sus moradores. Pero ¿para qué queremos esas espléndidas ciudades silenciosas y vacías de nuestras miserias y glorias?. En todo caso, si estamos en una fase depresiva, hay que tener esperanza en que regrese la esperanza y, si estamos en una fase eufórica, hay que inventar la esperanza.

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