Rituales de iniciación

La noticia es del diario El País del viernes 20 de noviembre. En ella se cuenta el asesinato de 39 prisioneros de las fuerzas australianas en la guerra de Afganistán como rituales de iniciación de novatos para dotarlos de “energía” combativa. Unos “ejercicios” autorizados o alentados por los propios mandos de los ejecutantes. Esta noticia pasará desapercibida entre las conmociones internacionales sobre la sucesión en Estados Unidos, el bloqueo de Hungría y Polonia al reparto de los fondos mancomunados para afrontar la crisis de la Covid-19 o la pretensión del Reino Unido de ser de nuevo la mayor potencia naval de Europa y así dotar de contenido renovado al himno “Rule Britania”, que como saben sigue diciendo “Britania rules the waves”. Esta noticia se produjo lejos y se juzgará más lejos aún. De los australianos en conflictos bélicos los despistados sabemos por su intervención dolorosa en la batalla de Galípoli en 1915, pero siempre andan por ahí en misiones diversas. Hasta ahora, sabíamos de usos normalizados para dotar de espíritu combativo en forma de entrenamiento y de usos extravagantes como las novatadas para adultos de algunos destacamentos. También sabíamos de comportamientos dudosos como el de aquel destacamento de “cascos azules” holandeses al cargo de prisioneros en la guerra de los Balcanes, que permitieron el fusilamiento de varios miles de prisioneros en Srebrenica sin encontrar el valor para oponerse. Valor para el que los mandos australianos parecen haber encontrado el fulminante: el asesinato a sangre fría como si fueran sicarios del narco. Es sabido que el ser humano no se comporta igual cuando es vigilado que cuando cree que nadie mira. Los mandos australianos, probablemente pensaban que nadie lo miraba en medio de una guerra en la que morir es lo normal. También es sabido que, aparte de ese 3 % de psicópatas que cada sociedad soporta, en el ejército la mayoría de los soldados son objeto de un experimento que siempre sale mal. El experimento de sacar a jóvenes criados en unas reglas morales que han internalizado hasta incorporarlas a sus códigos éticos y, sin solución de continuidad, colocarlos ante la muerte propia o ajena en condiciones atroces; sobre todo desde que las batallas dejaron de librarse por ejércitos profesionales y las poblaciones civiles son parte del intercambio de sufrimiento. Pero lo de los mandos australianos es una especie de creatividad experimental que soluciona el problema. Se trata de convertir en asesinos a los jóvenes incautos e incautados para que después no vengan con esa milonga del stress postraumático.

Iglesias no es Clegg

Iglesias tiene un plan y lo está llevando a cabo sistemáticamente. Hoy una declaración suave allí, mañana una reunión vergonzante allá y pasado un tuit comprometedor acullá. Todas ellas acciones premeditadas para socavar la autoridad de su socio-rival. Hace años, en un congreso sobre madera en San Sebastián, se presento un sistema biológico de lucha contra las termitas. Se trataba de un organismo cuyos huevos eran comidos por el ingenuo insecto creciendo en su interior y devorándolo hasta dejarlo convertido en una cáscara. Hace menos tiempo, un gobernante británico, David Cameron, ideó una forma de servirse de los votos del Partido Liberal Demócrata británico para sacar del gobierno al laborista Gordon Brown y, al tiempo, neutralizar a su líder, Nick Clegg, como posible rival en futuras elecciones. Para ello lo nombró nada menos que Vice Primer Ministro, le dio un despacho y dejó que se consumiera en su éxito hasta conseguir la práctica desaparición de su partido en los siguientes comicios. Clegg perdió el liderazgo tras una derrota inapelable. Es algo así como si Pedro Sánchez hubiera nombrado a Pablo Iglesias Vicepresidente Único y hubiera esperado que durmiera la siesta política en un despacho del ala Oeste de la Moncloa. Pero Iglesias no es Clegg, es más ese organismo polífago devorador de presidentes que se come las partes blandas y deja la cutícula trasparente. No en vano a Sánchez le está saliendo ya un mechón blanco en su cuidado pelo. Es el síntoma de la acción de Iglesias, que no es que no lo deje dormir, es que lo está devorando y siente ya las punzadas de las mandíbulas del vicepresidente segundo —hubiera sido igual que fuera vicepresidente cuarto, pues está en su naturaleza no pasar desapercibido. Tiene un plan. Ya sabe que está en Wikipedia, pero no es suficiente y Sánchez debería, no ya despertar —hemos dicho que no duerme—, sino comprender en su vigilia que Iglesias no soltará su presa.

El ministerio de la anticipación

Desde el mítico Club de Roma el mundo ha convertido en costumbre hacer prospectivas con las que anticiparse a los males del futuro. Aquellos informes apuntaban alto, pues se enfocaban hacia problemas tan graves en su desarrollo e implicaciones como el crecimiento de la población. También el problema del medioambiente, la desigualdad y otros que obligan a cierta capacidad de anticipación para evitar los grandes golpes de la realidad cuando se la deja o se la invita a volverse incómoda para la vida humana. Esta crisis verdaderamente global del coronavirus ha resultado transversal, con matices, a diferencias económicas, sociales y étnicas de una forma que no tiene parangón. Obviamente hay que matizar que las proporciones no han sido las mismas según el poder económico de cada uno. Pero se ha echado de menos una capacidad de husmear el peligro futuro. La experiencia China con menos de cuatro mil fallecidos no les pareció suficiente plaga a los países europeos a principio de 2020 para prepararse y se dio lugar al espectáculo patético de países robándose los sistemas EPI unos a otros o expuestos a sufrir estafas a gran escala. Hace unos días en una conferencia virtual del filósofo Daniel Innerarity sobre la pandemia le pregunté si creía que debía haber una Ministerio de la Anticipación y respondió que “le gustaría ser su primer ministro”. Desde luego sería potente tener un equipo multidisciplinar que, ante un mundo cambiante que tritura toda expectativa descuidada, se ocupara de mirar las posibilidad del mundo presente, en la medida que incorpora al pasado, de gestar calamidades y el grado de probabilidad de que se dieran. Los expertos saben que el riesgo es un producto de la probabilidad de un suceso por el costo de las consecuencias. De modo que esa sería la tarea de ese ministerio: evaluar e informar del riesgo. Sus informe serían tranquilizadores o inquietantes según cada uno de los factores de la ecuación. Pero creo que falta motivación y la razón está en la propia definición de la motivación como producto de la expectativa por la capacidad. Si uno de los dos factores es cero la motivación es cero. Que cada uno se pregunte qué falta a las clases políticas actuales, si expectativas sobre los beneficios de anticiparse a los desastres que podría proporcionar tal ministerio, o la capacidad de los actuales gestores para que lo encuentren necesario. Como ha de llegar una tercera ola de la pandemia, se puede ir entrenando funcionarios en un ejercicio a escala. Pero es sabido que la vida es más compleja y que, a las propuesta racionales, se opone frontalmente la irracionalidad de las motivaciones de los seres humanos. Estas pasiones están tasadas y en los políticos están exacerbadas por intereses igualmente conocidos. Pero la ciudadanía debería saber distanciarse de ese torbellino y no seguir la mano “falsa” del prestidigitador perdiendo de vista la que esconde la carta. Desgraciadamente, una y otra vez, caemos en el error de emitir un juicio rápido, irreflexivo y, por tanto, sesgado haciendo el juego a los artista del escenario parlamentario. En nuestra mano está hacerlos mejores con nuestras posiciones y, sobre todo, con nuestro voto.

Exterminio imposible

Una de las constante universales es la división entre lo que podríamos llamar vagamente polo de izquierdas y polo de derechas. Hay ramas de la psicología que establecen fuertes relaciones entre este cisma y la naturaleza humana. Quizá, quien mejor ha teorizado sobre el asunto sea Thomas Sowell en su libro Conflicto de Visiones. La Visión Trágica no cree en los cambios sociales, ni siquiera para la compasión, y la Visión Utópica cree que cualquier cambio es posible, incluso el polémico de los géneros a partir de un sexo indiferenciado al nacer. Sea como sea, lo que la historia parece indicar es que la división es una constante universal y que su frontera está aproximadamente en la mitad de las poblaciones. Las escasas diferencias de las votaciones norteamericanas de estos días favorecen la pretensión de fraude electoral cuando el perdedor no soporta el resultado. Pero no se trata tanto del caso particular de los Estados Unidos, por más que es ejemplar al respecto, sino de la mentalidad de que el “otro” debe ser exterminado por métodos autoritarios o neutralizado mediante la mentira sistemática. De la primera opción han participado todos los grandes malvados de la historia. Dejando a un lado al maligno Hitler, muchos dictadores han considerado que era suficiente con campañas de represión que incluía la muerte de los adversarios políticos, por el mero hecho de pensar diferente. Así, tras nuestra guerra civil, se produjeron unas treinta mil muertes; una cifra parecida fue resultado de la represión de la Junta Militar argentina; Pinochet dejó unos cuarenta mil desaparecidos. Cifras tan parecidas que parecen sugerir una pauta criminal suficiente para amedrentar a un país. Pero qué decir de algunos regímenes populares en Rusia, China o Camboya que fueron directamente al exterminio. Estas versiones dramáticas tiene su pálido reflejo en las relaciones entre la izquierda y derecha políticas en época de paz cuando se usa el argumento de la ilegitimidad. Argumento con el que, no sólo socavan el suelo democrático de una victoria ajena, sino que vacían de fundamento las opiniones de millones de personas que votaron esas opciones. Precisamente el auténtico espíritu de la democracia consiste en convencerse de que las sociedades sólo pueden progresar con la alternancia de las dos visiones, del mismo modo que un velero navega contra el viento haciendo bordadas a babor y a estribor. En consecuencia, esperamos de los políticos profesionales que acepten esta situación y se dediquen, primero, a aceptar la victoria del contrario y, después, a cooperar en los asuntos de Estado, pues sus partidarios no son veletas caprichosas, sino posiciones fuertemente arraigadas en la naturaleza humana y no van a dejar de votarles porque tengan un comportamiento civilizado y racional.

La ineludible realidad

El filósofo Nicolai Hartmann (1882-1950) dedicó muchas páginas a sentar sus tesis nuclear: la realidad en sí misma nos trasciende y se presenta ante nosotros tozuda, impenetrable, indiferente a nuestros padecimientos o esperanzas. La realidad se experimenta por la resistencia a nuestras acciones y cualquier modificación de su estructura solamente es posible mediante la paciente humildad, desde el trabajo empírico de la artesanía, al cargado de teoría y experimentos controlados de  la ciencia. Ciencia que no siempre ha de ser de bata blanca y matraz. Hay ciencia en el estudio del hombre en tanto que tal, de su mente, de la sociedad, sus ventajas y patologías. Pero, si algo está claro, es que no hay ciencia sin contar con la realidad, su terquedad y su verdad ontológica.

Pues bien, si algo está caracterizando el momento actual de nuestro país es su incapacidad para abordar los problemas desde el respeto por la realidad de una calamidad biológica que es ineludible una vez activada. Una falta de respeto objetiva que tiene origen en muy distintos grados en función de la aproximación al problema de los responsables políticos de su gestión. Así tenemos el ignorante que no cree en lo que no puede ver – y el virus, ciertamente, no es visible con sus 67 nanómetros de tamaño medio -; sin duda un ejemplar de gestor peligroso porque estará a cualquier cosa que considere que le viene bien al mantenimiento de su situación en su nicho político. Además de que serán proclive a cualquier explicación delirante de lo que ocurre. También tenemos al que vagamente cree en lo que no ve, sin entrar en detalles, pero que piensa que la difusión del virus sigue leyes cuyos efectos tienen la amabilidad de esperar a la oportunidad de establecer medidas antipáticas para la población. No faltan aquellos que sí saben, porque incluso profesan la condición de médicos y, al compatibilizarla con el ejercicio político, se presentan como conocedores por el uso del argot, mientras en realidad sirven de coartada a quienes los colocaron en tan ventajosa situación. Hay también gestores políticos, y estos son especialmente dañinos, que están convencidos de la realidad insoslayable de la enfermedad, pero ven en ella una oportunidad de minar la credibilidad de sus oponentes políticos y consiguen amortiguar el pellizco de la culpa para lanzarse a las más burda manipulación de la situación.

Dicho esto, no se me escapa que hay políticos y profesionales politizados que actúan correctamente porque conocen y reconocen la silueta de la realidad, y cuando su disonancia con el entorno supera determinado umbral, hacen algo tan sencillo como dimitir. Pero, desgraciadamente, estamos comprobado estos días que son mayoría los que niegan la realidad o la manipulan. Ambos tipos simplemente actúan como los defraudadores que comienzan su andadura delictiva creyendo que sus amaños contables no serán descubiertos. Pero la realidad, al igual que se nos contaba sobre el registro de méritos por los entes espectrales del cielo y el infierno, apunta con todo detalles cada uno de nuestros actos. Lamentablemente, el desfalco metafórico acaba, como suele ocurrir con los desfalcos reales, siendo pagado por el ciudadano, que realmente abrumado física y moralmente en una cama UCI, roza su cuerpo y su alma con la abrasiva realidad que despreciaron los que deberían haber cuidado de él.

Feminismo en peligro

Algunas feministas están empezando a levantar el dedo denunciando que, al dejar que se confundan las reclamaciones por la igualdad y la defensa de las mujeres con las reivindicaciones LGTBl, ya nadie sabe el objetivo de su lucha. La ideología “Queer” (rarito, retorcido en inglés) es la más radical de las emergidas en la confusión postmodernista. Entiende al ser humano como una materia prima para cualquier preferencia sexual posterior, pues se considera al sexo una construcción social y a la mentalidad masculina o femenina un espejismo resultado del adoctrinamiento “patriarcal”. De este modo, al nacer somos una pasta indefinida con la que se podría escoger arbitrariamente qué ser: hombre-mujer, mujer-hombre, hombre-hombre, mujer-mujer, hombres homosexuales, mujeres homosexuales o cualquier estado intermedio que se prefiera. En este marco no hay padres ni madres, sino “progenitores gestantes” y vientres de alquiler, mientras no llegan los úteros artificiales. En esa distopía unida a la eugenesia se podrían tener sociedades totalitarias sólo de hombres, sólo de mujeres o sólo… Así, la mujer lleva camino de desaparecer como tal en una sopa amorfa de preferencias sexuales. Pero también el homosexual y la lesbiana son invitados a reformularse su posición ante la supuesta y creativa libertad ofrecida por los/las Queer (aquí el doble morfema si está justificado). Dicho sea esto con todo el respeto a la minoría LGTBI que tienen todo el derecho a ser tratados/as como cualquier otro ciudadano en lo que tienen en común y en lo que tienen de diferentes, pero no tienen ninguno a hacer creer a los demás que su ambigüedad sexual, que es minoritaria, es la norma.Me parece que siempre que surge una idea original, alguien tendrá la tentación de llevarla a un extremo. Y esto ha ocurrido en este caso. Una vez ganadas batallas que desactivaban la preponderancia del varón heterosexual sobre las mujeres y contra todo aquel que no cumpliera con ese enfoque, algunos/as han encontrado inspirador generalizar su propia posición indefinida a toda la población. Son pocos, pero están dotados de poderosas armas verbales (heteropatriarcal, progenitor gestante, género) que entran como cuchillo en mantequilla en las débiles posiciones de los que aceptan cualquier cosa que les suene a nueva. Las más perjudicadas por esta debilidad son la mujeres, pues, precisamente cuando tienen la victoria al alcance de la mano, desaparece su suelo y están a punto de caer en la sopa común de la que pueden salir mujeres o cualquier otra cosa, como en las pesadillas de Lovecraft, como en el bar de la Guerra de las Galaxias, como en los cabarets berlineses de la república de Weimar, como en… la España de Irene Montero.

Nuestro pensador más reconocido, José Ortega y Gasset, no eludió la espinosa cuestión, pues dedicó reflexiones al asunto tan pronto como 1949, cuando la segunda ola feministas había apenas conquistado el voto (1931), poco antes de perderlo de nuevo junto con el resto de la población tras la Guerra Civil. En ese mismo año de 1949, Simone de Beauvoir había publicado su célebre libro “el segundo sexo”. Libro que Ortega lee y critica por excesivamente biologizante.Pues bien, Ortega en su libro “El hombre y la gente” escrito tras los “feroces” y “atroces” acontecimientos que Europa acaba de experimentar. Apelativos que atribuye a un genérico universalismo con que elude la espinosa cuestión de que viajaba desde su residencia en Lisboa a la España franquista con regularidad hasta morir en 1955 en su casa de la calle Monte Esquinza. En ese libro, digo, define a la mujer como “confusa” e “inferior”. Sin embargo, para sorpresa del lector, desde luego para mi sorpresa, dice a continuación:”Lo que llamamos ‘mujer’ no es un producto de la naturaleza, sino una invención de la historia, como lo es el arte”, y remacha: “Mucho más fértil que estudiar a la mujer zoológicamente sería contemplarla como un género literario o una tradición artística”. No es hasta 1963 que Robert Stollen establece con claridad la diferencia entre sexo y género, pero como se puede comprobar, Ortega en medio de sus prejuicios sobre las mujeres, suelta las perlas que acabo de citar. Es decir para él a la mujer se la entiende mejor desde categorías sociológicas o históricas que desde las diferencias biológicas. Esta modernidad de criterio es abrumadora. Pero, como suele ocurrir, en España esperamos a que otros “inventen” y acuñen los conceptos para empezar su desarrollo. Piénsese que el referente sobre psicología de esa época en España eran López Ibor y sus curas de homosexuales a base de lobotomías y electrochoques. En definitiva, que nuestro sabio más reconocido vió con claridad la relación compleja entre sexo y género y optó por una visión social de la mayoría de los problemas asociados al trato que se dispensaba a las mujeres en esa época. Lo que no le impedía ser pasto de la no menos histórica condición de machista igualmente superlativo al decir que lo que hacía a la mujer “deliciosa” para el varón era, precisamente, la condición de “inferior” a él. Una pena porque desde la intuición de género que tuvo Ortega el feminismo español podía haberse adelantado en la necesaria depuración de los rasgos diferenciales para separar el trigo esencial de la paja superficial humillante y prescindible.

Que un hombre se declare feminista me parece innecesario. Feministas han de ser las mujeres, pues no podemos ponernos ahora subrepticiamente pegados a ellas, como un Artur Mas que se hace independentista en un momento. No podemos apuntarnos a una lucha que ellas han librado solas. Debemos ser, en todo caso, igualitarios, pues nuestras compañeras lo son en lo realmente importantes: su condición de seres humanos que nos completamos mutuamente. Complemento que nace en el aprecio de lo que nos diferencia con la arrolladora fuerza atractora que la naturaleza especial que somos ha puesto en nosotros. Las victorias parciales son de ellas y, desde luego, debe serlo el dia de la victoria final, que será aquel en el que ya no se hable de esto del mismo modo que no hablamos de la esclavitud, salvo en un contexto académico. La mujeres se han reconocido como sujeto. Ahora hablan de ellas mismas como “nosotras” y eso es históricamente fundamental para conquistar lo que merecen. Si ahora el empujón sobrepasa algún umbral, habrá reflujo, habrá equilibrio final. Nos necesitamos. Evitemos aparecer como lastimosas víctimas de un feminismos agresivo. Dónde verbalmente haya excesos se denuncia y ya está, pero no nos deslicemos hacía una vergonzosa posición de “pobres hombres agredidos” después de siglos de desprecio en el arte, la ciencia, el trabajo y el hogar.Se ha deshecho gran parte de la niebla, pero cada día recibimos pruebas de que queda una camino en su lucha. Nuestro papel es ayudar silenciosamente y evadir las fotos. También tenemos que comprender que los excesos son como la quemazón de la lava que sale cuando la corteza del machismo se rompe o, mejor, para que se rompa. El grupo social que no haya exagerado una proclama, que tire la primera pancarta. Cuando jóvenes que no han sufrido agresiones gritan como si así hubiera ocurrido, lo hacen por las que tiene la boca sellada por la muerte; cuando nosotros nos indignamos por los excesos verbales deberíamos saber que nos situamos torpemente más cerca de lo que las agredieron que de ellas. Tenemos que sofocar en nuestro entorno ese sentimiento gutural de pertenencia a manadas primitivas que siguen oscuramente la llamada de sus genes, sin considerar que la cultura y la historia nos han modelado para el respeto con el sacrificio de mucha gente. Colectivamente tenemos que eludir todo reflejo de pérdida de un estatus que ya sospechábamos era una usurpación; que sabemos que no es el nuestro, que no es de ningún varón (ni siquiera del dandy). Tenemos que encontrar la posición media en la que no nos sentimos aludidos como hombres, pero tampocos acudimos a protegerlas en su lucha. Es su lucha, es su alegría, es nuestra alegría.

Extrañas semejanzas

La juez Carmen Rodríguez-Medel tiene por delante mucho trabajo. Porque, al haber aceptado juzgar en primera instancia el comportamiento político de un gobierno, atrae sobre la causa a todos los adversarios de ese gobierno. No es la primera vez que ocurre. Quizá el precedente más llamativo sea el del Yak-42, aquella tragedia de un contingente de militares españoles, embarcados en un avión defectuoso con una tripulación “defectuosa”, cuyos restos fueron tratados indignamente. Al margen de las reclamaciones de los familiares, había unas acciones administrativas con consecuencias en el proceso de contratación del transporte, pero había, sobre todo, unas decisiones políticas con la intención de “tapar” con rapidez lo que para el gobierno de entonces era un asunto muy enojoso. Enojo que pasó por encima de los sentimientos de los familiares de las víctimas y su derecho a respeto. Es paradójico que el juez que cerrara la vía judicial para transformar responsabilidades políticas en responsabilidades penales fuera Fernando Grande Marlaska. De esta forma se frustró el deseo de los enemigos de aquel gobierno de ver a los políticos al cargo en el banquillo.Pues bien, ahora tenemos un caso parecido. Los enemigos del actual gobierno querrán ver al gobernador civil de Madrid condenado por no prohibir la manifestación feminista del día 8 de marzo de 2020, con el premio complementario de lanzar la sospecha sobre el presidente del gobierno. Viene por tanto, de nuevo, un proceso largo, salvo que la juez, mate en origen la pretensión de los querellantes. Un proceso en el que se intentará lo que se intentó entonces: traducir la acción política en acción penal. Todo esto tiene origen en que el reproche político ya se ha quedado en nada de puro repetirse. ¿Quién sufre con un reproche cansino repetido una y otra vez por alguien en nuestro oído? Se produce saturación y pérdida de eficacia. Esta trivialización del reproche político, que alcanza todo el volumen, sea cual sea la causa, hace que se busque la dureza del reproche de los jueces. Una especie de mixtificación de las decisiones de profesionales formados para otros menesteres. Así la pesada carga que debería repartirse socialmente tiene, por esta desviación, que ser soportada por unos pocos individuos, que nos miran sorprendidos por el abandono de las obligaciones que le son propias a los políticos.Quizá el problema tenga origen en que nuestros políticos llaman política a cualquier cosa. En concreto a “hacer lo que conviene” al grupo al cargo de cada gobierno, en vez de lo que conviene al país. PD.- Siento muchísimo que el movimiento feminista vaya a quedar comprometido por la falta de seso de la ministra de igualdad, cuyo entusiasmo por lucir su iniciativa legislativa de esa semana, confundiera el juicio de sus compañeros de gobierno.

¿Inmunidad de rebaño?

Desde hace un mes, aproximadamente, venía publicando de vez en cuando una tabla de elaboración propia en la que incluía una columna con la estimación del número de infectados en función del número de fallecidos. Este cálculo se hizo con la tasa de letalidad establecidas para el Covid-19 después de la experiencia de los primeros países en los que propagó el virus. Esta tasa es del 1,38 % (valor redondeado del promedio que figura en la fuente que proporciono más abajo). Esto supone que cada muerto requiere que se hayan infectado por promedio 71 ciudadanos. Por eso en la última tabla publicada en la columna (7) figura un valor de 1.910.286 contagiados, calculado con el valor redondeado de 1,4 %.Hoy se ha publicado el resultado de la primera oleada del estudio serológico realizado con una muestra de 60.983 personas en todo el páis. Este estudio concluye que una población de 2 millones de españoles (equivalente al 5% de la población) ha sido contagiada. Es decir la tasa de letalidad del virus en España es la estimada por el estudio de referencia. O sea dividiendo los muertos habidos ayer por la estimación de 2 millones de contagiados resulta de 1,33 %, 5 centésimas menos que la teórica.Sin embargo, de lo único que se habla es de lamentar que, al ser tan baja la tasa de contagios, todavía es muy alto el riesgo de un rebrote. Algunos incluso llegar a lamentar que no se haya alcanzado la llamada (desafortunadamente) “inmunidad de rebaño”. Pues bien, si no estoy equivocado y el porcentaje de población que tendría que contagiarse para alcanzar tal inmunidad está en torno al 60-70 %, más vale que no la alcancemos nunca porque estaríamos hablando de unos 30 millones de infectados y, en consecuencia inevitable, de medio millón de muertos. Conclusión: Ojalá la tasa de infectados no pase del 5 % alcanzado para que el número de muertos se pare en los sufridos hasta ahora y los pocos que inevitablemente están condenados ya. Y esperemos que la vacuna o el tratamiento lleguen cuanto antes, porque sólo así tendremos inmunidad de rebaño sin el coste de un número abrumador de muertos. Piénsese que en el pasado una pandemia como ésta en ausencia de servicios médicos paraba cuando la naturaleza de los supervivientes hacía ya inútil la labor del virus. Cierto que en algunos casos esto ocurría cuando había desaparecido la mitad de la población. Es decir, no tentemos al diablo pidiendo o deseando contagios masivos, como hizo el irresponsable de Boris Johnson antes de verle las orejas al lobo

Malas noticias virales

Una desgracia como la que nos asola es una ocasión única para que la verdad sea arrastrada por el suelo hasta dejarla hecha girones en los que difícilmente se reconocería. Si a eso añadimos que los medios de comunicación nos sirven de forma inmediata e invasiva, tanto la mentira compleja de un biólogo resentido, como la simple de una viandante cabreado, la atmósfera puede llegar a ser asfixiante. En un clima así se piensa mal, defectuosamente, y una de las formas más tópicas de pensar erróneamente es creer que somos la primera generación en sufrir este tipo de cosas.En el siglo IV a.C. un señor llamado Platón inventó un mito inmortal: el mito de la caverna. A grandes rasgos trata sobre un grupo de personas que todo lo que veían eran las sombras reflejadas de los objetos y sucesos cotidianos proyectados en la pared de la caverna por la luz de una hoguera a sus espalda. Estas personas están atadas y sólo pueden mirar hacia adelante. Uno de ellos sale de la caverna y ve la auténtica realidad. Cuando vuelve se pregunta Platón: “Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz ¿no lo matarían si pudieran tenerlo en sus manos? – Seguramente, responde Glaucón (el alter ego de Platón es este diálogo. En el siglo I, Cicerón contaba esta anécdota: visita Claudia a Circe en Roma y la recibe una esclava que tenía la misión de mentir diciendo que la señora no estaba en casa. Al día siguiente Claudia vuelve y en esta ocasión en el atrio está Circe que le dice “no estoy en casa”. Claudia sorprendida responde “no te creo”. Entonces Circe indignada la echa gritando “¿ayer creíste la mentira de mi criada y ahora no me crees a mí que soy tu amiga?” ¿Les suena este descaro en la vida pública o en las en-redes sociales?En el siglo XVI, otro señor llamado Nicolás Maquiavelo le dice a un supuesto príncipe: “Sin embargo, en nuestros días se ve por experiencia que los príncipes que han hecho grandes cosas han tenido poco en cuenta la palabra dada y han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres. Y al final han superado a los que se han fundado en la veracidad.”Finalmente, hace cincuenta años, una señora llamada Hannah Arendt decía: “… por extraño que resulte… el conflicto entre la verdad factual (los hechos) y la política, el cual podemos contemplar hoy a tan gran escala, tiene características muy similares. Si bien es cierto que ninguna época anterior toleró tantas opiniones diversas en asuntos religiosos o filosóficos, también lo es que la verdad factual, si se opone al provecho o el placer de un determinado grupo, es recibida hoy con una hostilidad mayor que nunca.” y enfatiza: “Las verdades factuales incómodas, si bien se toleran en los países libres, son transformadas, de forma consciente o inconsciente, en opiniones.” para rematar: “La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”. En conclusión, malas noticias: la verdad ha sido la cenicienta desde el principio de los tiempos. Y además, el desprecio por la verdad no es sólo un mecanismo pragmático del poder, sino también un recurso de consuelo para el pueblo. Y añado, sea cual sea el nivel de cultura enciclopédica que posea el individuo o el grupo. Amar la verdad es anhelarla más que las propias creencias, pero ya lo dijo el sabio Groucho: “¿A quién va creer usted, a mí o a sus propios ojos”.

Insultos virales

Estudié en el Colegio del Pilar de los marianistas en Tetuán (Marruecos). Allí tuve una educación de calidad para el pensamiento y la técnica, para las relaciones personales y las sociales. De allí salí lanzado hacia cualquier cosa que hubiera deseado. Tenía quince años y dos meses después ya estaba estudiando la carrera que me ha dado de comer y algo más. He tenido una vida interesante e intensa. Tanto que he tardado 55 años en intentar recuperar aquel aroma de estudio y camaradería. Precisamente ha sido la pandemia la que ha retrasado el encuentro con jóvenes condiscípulos de 70 años con los que rememorar para siempre aquella atmósfera de la que salí inhabilitado para el insulto.Por eso me resulta tan estupefaciente la facilidad con la que se sustituye el argumento por la palabra soez y el análisis sereno de las imperfección humana por el desahogo emocional. La inteligencia se usa para buscar metáforas biológicas, minerales o escatológica y las emociones se usan para agujerear todos los filtros que pudieran retener la irritación para que caiga sobre la sociedad invitándola a despojarse de la civilidad. Tantas clases de literatura y lengua para al final parecer guionistas de comedias de sal gruesa, buscando la risa fácil y los hipidos de satisfacción contenida. ¿Advierten los que insultan la poca información que contiene un exabrupto?. ¿Advierten que el insulto dice más del que lo profiere que del destinatario?. ¿Podríamos dedicar unos minutos a pensar que el de enfrente es tan imperfecto como nosotros y que debemos recordarle sus errores con dureza, pero con educación? El colegio del Pilar de Tetuán aún está abierto a quien quiera matricularse.