Rareza hispana

En griego “σπάνιος” (espanios) significa “raro”. Lingüistas tiene el idioma, pero si el nombre de «España» viene del latín “Hispania” y el latín tomó palabras de la fuente griega, no me extrañaría que la cosa empezara con Homero —Ulises y sus compañeros pasaron cerca de nosotros camino del fondo del mar canario—. Obviamente la rareza no puede provenir del pueblo que se limita a salir con vida cada día. Son las élites, esa minoría selecta con el privilegio de ser primus inter pares, las que forzosamente han de dar explicaciones por nuestra rareza. Pues, como dijo Ortega: “Hemos padecido casi sin interrupción una aristocracia deficiente, en cierto modo, la ausencia de minorías selectas”. Por eso, él consideró que su circunstancia lo obligaba a echarse a su país a la espalda para ponerlo a “la altura de los tiempos”. Curioso que él señalara ya a la ciencia como “la que cumple sus promesas”. Hemos necesitado ser arrasados por un virus para descubrir que nuestra aportación a la ciencia y nuestro trato a los científicos son deleznables. No en vano nuestros premios Nobel son expertos en ficción —y no me quejo— , pero, al único que fue premiado habiendo desarrollado su ciencia en España (Ramón y Cajal), se lo reconocemos dándole su nombre a una “beca”.

Raro no sólo significa extravagante, sino, también, escaso. Tratándose de un país, sería un vagar por fuera de lo que los países de nuestro entorno cultural estaban haciendo y, además, hacerlo por escasez de élites solventes. Así, mientras se levantaba el velo de la energía en la primera revolución industrial, nuestra cátedra principal era la de teología. Así salimos del siglo XIX prácticamente sin patentes, cuando se extendía toda la potencia del electromagnetismo por Europa y América. Espero que nadie me recuerde nuestras aportaciones a la fregaza y a que el gran Cruyff dejara de fumar.

Llegados estos tiempos, hay que comprobar cuánto de raro queda en nosotros después de cuarenta años de puesta al día. No debía parecer que aún seamos raros después de entrar en la OTAN, en la Unión Europea y hasta, para favorecer las ventas de libros de los conspiranoicos, haber entrado en el club Bilderberg. Añádase que hasta ya tenemos extrema derecha, la última moda política; que estamos rodeados de “globalistas” y de gente que se quiere vacunar. Tal parece que hemos dejado el territorio “friki”.

Sin embargo, no nos podemos desprender de la sensación de que algo falla y, en efecto, algo falla cuando comprobamos que en nuestro parlamento no tiene un escaño la razón, pero lo tiene la destemplanza. Qué pensar del rechazo del PP a la regulación de los fondos europeos que pueden paliar tanta calamidad sanitaria y económica. Ni la más sutil argucia política puede explicar esta deserción de la responsabilidad. ¿Podrían los partidos políticos, cuando pierden las elecciones, actuar durante tres años como corresponsables de la gobernanza y dejar para el último año el tronar de cañones? Pues no, esta generación de políticos ha decidido torturarnos con la campaña incesante.

Faltaba hacer cumbre en la rareza, pero se ha logrado. No han llegado de Europa casos de violación de los protocolos de vacunación, con la excepción de otro país raro: Polonia. Pues bien, no sólo no inventamos el motor eléctrico, sino que añadimos a nuestros inventos banales, la novedad del “¡sálvese quien pueda!” de nuestras élites de baja estofa. No quiero generalizar, pues creo que hay muchos responsables políticos que no han caído en el error de creerse imprescindibles por su sentido del bien y del mal. Pero a otros les ha librado el escarnio sufrido por los que fueron cazados, sin querer, por las agujas traicioneras que volaron clavándose en sus brazos en el momento en que, casualmente, tenían la camisa subida.

Volviendo a la perspectiva de Ortega, digamos que esta generación tiene la obligación de definir un destino para la nación conforme a las circunstancias heredadas. Destino que ya no pasa por una confianza ciega en lo que él llama la “aristocracia”, sino en la masa, que ya no se presenta como una amenaza, como una ola arrasadora de vulgaridad, sino como muchos millones de individuos bien informados que han escogido una orilla en el mar menor de la política y que son capaces de ser la base de una convivencia próspera. Pero siempre que los líderes no exciten los instintos con su retórica belicista. La masa debe transformarse en musa para los políticos que debían seguir el ejemplo de su trabajo, sacrificio y mesura, una cualidad ésta que hace años que han perdido porque creen, equivocadamente, que el español no es capaz de entender que otro piense de forma distinta sobre como conducir la nación.

Metáforas y Realidad

En plena temporada de caza de responsables políticos, religiosos y militares por haberse vacunado antes de tiempo, cabe preguntarse qué está pasando con nuestros “capitanes” en medio de la tormenta. El término “capitán” procede del latín “capitanus” que deriva de “caput” que todos sabemos que significa cabeza. De repente nos hemos encontrado con que un número significativo de significados capitanes, cabezas de instituciones relevantes, han tenido un ataque de pánico y, como aquel legendario Francesco Schiattino, epítome del cobarde, que al grito “los capitanes y los comodoros primero” huyó del escenario sin esperar a que la orquesta tocara, “Más cerca, oh Dios, de ti”.

Incluso en el habla normal, al comunicarnos empleamos metáforas, que están muertas de tanto usarlas. Son palabras minerales que nos sirven para una transmisión perezosa de ideas. Las metáforas son necesarias porque aumenta el vocabulario de una región de la realidad tomando prestadas palabras de zonas vecinas o lejanas. En la frase precedente he empleado los términos “región” y “mineral” que han reforzado —creo— lo que quería decir: que usamos sin advertirlo un lenguaje metafórico, como se puede comprobar si se presta un poco de atención.

Una fuente de metáforas muy rica es el mundo militar porque está asociado a la vida y la muerte; y porque esa asociación se produce en circunstancias que nos ponen a prueba ante la inminencia del peligro. Por eso el presidente del gobierno gusta de hablar de la lucha contra la pandemia como si de una guerra se tratase. Una vez aceptado el juego, se libran “batallas” y se ganan o pierden “escaramuzas”; hay “víctimas colaterales”, “armas”, heridos y muertos. Qué duda cabe que una guerra, a pesar de que las víctimas son premeditadas, es lo más parecido a una pandemia. El símil es facilón y por eso se abusa.

Durante estas semanas hemos sufrido un shock porque los responsables de un número preocupante de instituciones, al frente de las estrategias de lucha contra el coronavirus, se han saltado el orden protocolario y se han vacunado antes que quienes más lo necesitaban. Una vez que, a través de los medios periodísticos profesionales (apúntese un tanto a La Verdad) se ha conocido el atropello político de mayor rango en forma del Consejero de Sanidad de la Región de Murcia, la indignación sorda y la sonora expresada a través de las redes sociales obligó, primero, a una rueda de excusas y, después, al cese enmascarado de una dimisión anunciada, por un presidente de la comunidad que, por los elogios vertidos, más parecía que estaba procediendo a un nombramiento que a un despido. Una comparecencia en la que la mentira se dibujaba en las comisuras de las mascarillas. Pero un asunto al que cabía aplicar la metáfora militar con plenitud de sentido. Al fin y al cabo, el “capitán” se había vacunado antes que la “tropa” en un acto reflejo carente de gallardía.

Pero la catástrofe metafórica estaba por llegar, pues qué sentido tiene usar metáforas militares cuando son los propios militares los que perpetran el abuso. Aquí ya desaparecen las comillas; el lenguaje pierde su supuesta brillantez metafórica y se vuelve plano, seco, certero, insoportablemente real. Resulta que el más alto de los capitanes, el cargo de más rango de la estructura militar española y toda su cohorte de mandos complementarios se han vacunado antes que toda su tropa estuviera fuera de peligro. Un comportamiento que habla de la relajación del guerrero en la paz, que se vuelve un ciudadano más con las mismas tentaciones de egoísmo y autoestima desbordada. Recuerden aquello que dijo —si la memoria no me falla— el ministro Enrique Barón: “Un ministro es un patrimonio del Estado”. ¿Qué diría Aquiles de estos actos de “prudencia”? ¡Perdón, Aquiles estaba vacunado desde su nacimiento!; vacuna con una eficacia del 99 %, pues sólo el talón estaba expuesto al peligro. Igual resulta que esto del valor es una ficción y que sólo aceptan el peligro para sus vidas los insensatos que se creen los cuentos patrióticos de líderes que no han hecho la mili, no han trabajado nunca, pero se engañan a sí mismos, jurando bandera de mayores o sintiendo los efluvios letales de un arma que no saben usar. Quizá tengamos que concluir que el valor es un privilegio azaroso, —aquel chico que entró a salvar personas en un incendio y no volvió a salir—; que el valor sea una virtud ajena al empleo o responsabilidad. Si es así, de nuevo tenemos que renovar nuestra fe en las instituciones —la prensa libre, la ley, el buen gobierno— que por su estatuto lógico nos obligan al valor y al honor o, en caso contrario, a la dimisión o al cese vergonzoso

La verdad como desafío

El sentido de la realidad de los seres humanos está siendo desafiado por el hecho de que algunos centros de poder han descubierto la inmensa influencia a su favor de la mentira y de sus correlatos las medias verdades y la negación directa de la verdad. Por eso, quizá, merece la pena, aunque sea una cierta aproximación a la complejidad que encierra esta palabra y su concepto. Lo primero que hay que decir, es que el concepto de verdad que manejamos habitualmente es sólo uno de los posibles. Este concepto de verdad, que podríamos llamar política, se refiere a la descripción de hechos de carácter público ocurridos. Por eso, cuando la gente se echa a la calle reclamando la verdad, está pidiendo que una determinada intervención del poder sea desvelada. Todos recordamos las manifestaciones del 12 y 13 de marzo de 2011 cuando el gobierno de Aznar se empeñaba en sostener la tesis de que los atentados de Atocha tenían como autores a ETA y trabajó arduamente, desde el presidente al último funcionario, por hacernos creer aquella mentira. Cuando los historiadores o las ONGs, como Amnistía Internacional actúan, están buscando este mismo tipo de verdad.

Pero está la verdad lógica, como cuando decimos “las cosas son como son”; o la verdad episódica, la de nuestros acontecimientos cotidianos. Quién no ha experimentado la sensación de tergiversación de intenciones en las discusiones conyugales y ha echado de menos un público que juzgara hechos tan íntimos. Está también la verdad judicial, tan abstracta, tan fría, tan necesitada de pruebas y, además, pruebas legalmente obtenidas. La sorpresa de algunos fallos judiciales proviene del hecho elemental de que los que tiene que juzgar no estaban en el lugar de los hechos y no pueden sustituir las pruebas por experiencias personales. Todo ello, sin contar con que incluso los testigos oculares cometen errores o pueden estar contaminados por presiones, amenazas o sobornos.

Casi todos pensamos en las verdades a partir de nuestras certezas; certezas que se fundan a menudo en emociones y que nos hacen experimentar el espejismo de que se puede conocer la verdad con el argumento de que las cosas “no pueden haber sucedido de otra forma”. Pero el problema con la verdad en nuestra época es la generalización de la creación de mentiras premeditadamente, sabido que somos vulnerables a la coherencia de la noticia y a su oportunidad para sustituir versiones que nos resultan antipáticas. Añadamos que, en los casos en que la verificación es sencilla, somos perezosos y, en los casos en que la verificación es difícil, somos impotentes. ¿Cuál es la solución?: la creación de redes de confianza basadas en los antecedentes relativos a la verdad de quienes nos informan, la transparencia de los valores e intereses que defienden o que los financian y su capacidad de rectificar cuando suficientes evidencias los contradicen.

Como los murciélagos

La noticia de que los murciélagos “hablan” entre ellos ya es suficientemente llamativa, pues sólo de los humanos sospechamos que intercambian información, aunque no entendamos el idioma. Ahora, al parecer, resulta que el parloteo agudo que escuchamos cuando una bandada de los reyes de la noche nos sobrevuela es nada menos que una conversación. Y el asombro se vuelve abrumador cuando nos informan del contenido de esas conversaciones entre adultos y entre adultos y crías. Contenidos que son fundamentalmente sobre el sueño, la comida y el sexo. Quiero pensar que la investigación no ha terminado y que pronto sabremos más y el pensamiento de los murciélagos será desvelado. Momento en que descubriremos que el murciélago medio también practica la hipocresía respecto de sus congéneres.Los humanos también conversamos y también intercambiamos información en nuestras conversaciones, pero ¿quién ha dicho que sean más relevantes? Muchas de ellas cuando estamos relajados son sobre “caca, culo, pis”; si estamos en modo relaciones sociales es sobre “el tiempo o el peso” y si estamos en un ambiente profesional nuestra conversación oscila entre el dinero y el poder. De modo que somos más o menos como los murciélagos, esos mamíferos a los que les hemos atribuido tantas malas costumbres e intenciones. Ni siquiera las sanguijuelas, que también toman nuestra sangre, como su propio nombre indica, han sido elevadas a reinas del mal vampírico, como lo han sido los murciélagos, cuando en realidad son tiernos seres con sueños, hambre y deseos de amor. Una prueba de nuestra tendencia a la vulgaridad es que la abrumadora producción de clásicos en forma de libros, obras de teatro y arte, no ha traído un ser humano “nuevo” a pesar de las promesas de las utopías. Los proveedores en Internet ofrecen lecturas prácticamente gratis de los clásicos; las redes de vídeos desbordan grandes obras de teatro filmadas y los museos ya hace tiempo que ofrecen visitas virtuales a sus salas, mientras que los grandes auditorios ponen a nuestra disposición las óperas y conciertos inmortales. Sin embargo, nuestras conversaciones siguen siendo como las de los murciélagos, sobre nuestros sueños de lujo, comida y sexo, agravadas con nuestras pulsiones de poder.

Resentimiento popular

Dejada clara mi postura respecto a las trapacerías del que fue nuestro rey, creo que también debe hablarse del regusto con el que algunos están disfrutando de la situación. Lo cierto es que yo experimento un sentimiento de vergüenza ajena, en la medida que el defraudador es otro, pero también de vergüenza propia, porque sus acciones van asociadas a la historia de nuestro país y, también, se diga lo que se diga, a su reputación. Creo que no se puede sentir lo mismo ante la desgracia de alguien que solamente te ha traído el mal, que ante quien ha llevado a cabo acciones trascendentes para el bienestar general. Y no le puede ser negado a esta hombre su bien hacer objetivo durante muchos y decisivos años. No soy monárquico, porque creo más en las instituciones que en la estirpe. Pero eso no me ciega para comprender que las instituciones fracasan sin personas decentes y competentes. De hecho, los países modernos conceden las monarquías parlamentarias por el profundo temor que se tiene a los cambios radicales, que se saben como empiezan, pero no como acaban. Quizá, confíen en que poco a poco el aprecio popular se vaya desvinculando hasta que con un mero empujón se cambie de régimen en la cúpula constitucional. En todo caso, el criterio debe ser la preservación de la vida y la hacienda de los españoles y no el imperio de las ideas a sangre y fuego. Pero una cosa está clara, heredar la jefatura del Estado implica, hoy en día, un carácter de ejemplaridad tal, que cualquier paso en falso te cuesta la corona. Si todo estos expedientes se hubieran conocido reinando Juan Carlos, estaríamos en un verdadero aprieto. Dicho todo esto, no veo las razones para el regodeo o el resentimiento, pues es mucho lo que está en juego, tanto porque existen monárquicos sinceros, como porque los hay de pacotilla. Por cierto, los que con más fuerza gritan: ¡Viva el rey!

Resentimiento real

Evidentemente este es un ejercicio de psicología-ficción, pero, como pasa con el juicio estético, si mucha gente piensa que esto es verdad, será verdad. Al grano: tengo la impresión de que Juan Carlos de Borbón está dolido. Que considera que, dada la escasa paga que el Estado español destina al servicio de la Jefatura del Estado, era legítimo el cultivar la amistad de quienes, compadecidos, comprendieran su “extraña” situación y le ayudaran con dinero o propiedades o, incluso, con la imaginativa solución de cubrir la cuenta contra la que se hacían cargos desde tarjetas coronadas. El dolor procede, al parecer, de la falta de generosidad de los españoles para permitirle la vida de lujo que se espera que un rey tenga para, entre otras cosas, dar esa sana envidia que produce en el pueblo la fortuna de sangre. No en vano, en contraste, artistas y deportistas, con su talento natural pueden tomar un ascensor meteórico desde la pobreza a la riqueza produciendo admiración, incluso adoración, en mucha gente sin esta ventaja.

Cierto es que la dinastía borbona, que apareció por España un frío día de enero de 1701, cuando comenzaba un siglo que fue etiquetado de ilustrado, trajo poca ilustración a España que perdió el tren en la tecnología, donde reinaba Inglaterra, y en las ciencias formales, donde reinaban los matemáticos franceses. Con la excepción de Carlos III, los borbones pronto se instalaron en lo problemático con sospechosas querencias por las élites económicas y escaso interés por los problemas populares. Por eso resultó tan luminosa la constitución de 1978 que, de una parte, reconciliaba a los españoles consigo mismos y le daba una nueva oportunidad a la dinastía.

Por eso fueron tan admirables y esperanzadores aquellos primeros movimientos en el ajedrez nacional de un rey del que se reían los mismos franquistas que luego lo endiosaron, en medio de una atmósfera expectante y también peligrosa. Movimientos llenos de tacto que permitieron en pocos pasos una histórica y pacífica transición de la negrura de la dictadura al esplendor de una época democrática. Nadie sospechaba entonces que se estaba gestando la vergüenza actual, al crear una jefatura del estado con sueldo de burgués acomodado, cuando Juan Carlos I, por lo visto, había sido educado en el sueño secreto de la riqueza de sus antepasados. No entendió que debía haber sido un rey-padre de la patria, modesto y ejemplar en su vida como exige la morar cívica moderna. Más bien forzó las cuadernas del barco nacional, ahora lo sabemos, con unas prácticas en su conducta personal y económica en la que imitaba a sus ricos, riquísimos amigos. No se podrá demostrar, pero estoy convencido de que se desvió la mirada de los responsables políticos para no enfadar a quien liberó el parlamento un día de febrero de 1981. Y él se creció. Es una pena, para mi generación, que en vez de tener en el padre del actual rey un buen consejero para éste y una figura ejemplar para el pueblo, pues esa es su “profesión, haya comprometido su legado, hasta el punto de mostrarse como un anciano, iletrado, sandunguero y resentido del que hay que salvar a su hijo.

Amnistía se diversifica

Amnistía Internacional se creó en Londres en 1962 bajo la inspiración del artículo “The forgotten prisoners” escrito por el abogado Peter Benenson — gracias Wikipedia—. El artículo está reproducido en la página de Amnesty International en el Reino Unido y comienza con esta frase: “Abra su periódico cualquier día de la semana y encontrará un informe en el que se escribe acerca de alguien que está prisionero, ha sido torturado o ejecutado porque sus opiniones o religión son inaceptables para su gobierno…”. Aunque el dictum evangélico —San Mateo 6.3— dice: “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha” es oportuno aquí decir que soy socio de esta organización humanitaria, pero que estoy confundido desde que hace unos días recibí una llamada sorprendente. En ella mi interlocutor pedía una aportación extra para actuar de forma urgente en las residencias de ancianos, donde se estuvieran produciendo muertes por la Covid-19.

Me quedé atónito, porque mis aportaciones a las ONGs se basan en sentimientos no bien perfilados sobre esta o aquella injusticia o carencia del mundo, en la esperanza de que ellos, como especialistas en el sufrimiento, sepan como aplicar las ayudas. En este caso el sentimiento de fondo es el horror por las acciones de represión arbitraria, cruel y letal de gobiernos que desde Estados Unidos a China ejecutan personas por delitos comunes; de Arabia Saudí a Israel, pasando por Irán cometen asesinatos selectivos o groseros y mantienen a poblaciones enteras bajo la amenaza de persecución, bombardeo colectivo y torturas individuales por razones políticas, de condición sexual, de religión o de género. Y, también, porqué no decirlo, el horror del tratamiento que países como Italia, España o Grecia —en nombre de la Unión Europea— dan a los movimientos migratorios. Todo un catálogo de maldades, cuyo alivio o erradicación coinciden con el propósito del inspirador artículo fundacional de esta organización. No en vano su emblema es una vela encendida, supongo que en señal de esperanza, rodeada por alambre de espino. Siendo así las cosas, me gustaría saber si hay alguna pasarela formal, metafórica o analógica que permita pasar de estas desgracias a la situación de nuestras residencias en un país donde hay prensa libre, fiscales y jueces, que, que yo sepa, no están bajo amenaza alguna para tener acceso a la información y, en su caso, a la persecución y castigo de conductas negligentes por codicia o incompetencia.

Intrigado he mirado en los portales de la organización en varios países —Italia, Alemania, Reino Unido y Canadá— y encuentro genéricas llamadas a la defensa de los derechos humanos, durante la pandemia, pero ninguna alusión tan directa y extraña a la misión específica como en la iniciativa de la sección española. Tengo la malsana impresión de que, al menos aquí, esta fundamental ONG ha decidido diversificar sus fuentes de ingresos, lo que me parece un error estratégico y espero que, suavemente, disipen la presión para conseguir fondos con este objetivo y vuelvan a sus orígenes fundacionales que es dónde se les necesita. No tienen obligación alguna de crecer más de lo que exija su misión.

La lección social de la pandemia

La pandemia es una fuente inagotable de lecciones para todas las disciplinas científicas y humanas, pero me gustaría destacar ahora una concreta: la de la importancia, empíricamente establecida, de la existencia de un Estado fuerte. Me gustaría ver la cara de los liberales al uso, tipo Juan Ramón Rallo o Daniel Lacalle, ante el protagonismo megálico del Estado en todos los países occidentales y orientales ante el desafío. Economistas que proponen un gasto público del 4 %, ¿qué respuesta habrían dado ante el colapso de familias y empresas? Su silencio es estruendoso. Pues esta es la lección, pero no en abstracto, sino concretada en la gran novedad, que no es que las familias pidan ayuda, que se busque el modo de mitigar los desahucios o que se establezcan unos ingresos mínimos de supervivencia, no. La gran lección y la gran novedad está en que las empresas asfixiadas se vuelvan al Estado a pedir oxígeno. Naturalmente lo hacen con el argumento decisivo, no de proteger los patrimonios de los dueños, sino de proteger el empleo. Pero, sea como sea, sinceros o no, dan el paso ideológicamente infumable para un liberal al estilo Hayek de llamar a la puerta del “papá” Estado. Pues bien, esa petición debe ser atendida, pues una respuesta despectiva de parte de una ideología social, sería un error mayúsculo.

La cuestión en juego no reside en la intenciones de unos y otros, al fin y al cabo se pueden dar familias con espíritu “gorrón” como la de la película Parásitos que se cuelgan del sistema para extraer rentas bajas, pero suficientes para espíritus poco exigentes con la vida. También se pueden dar casos de empresarios que montan empresas ad hoc para beneficiarse de iniciativas oficiales conocidas de antemano por funcionarios corruptos. No se trata de nada de esto. Se trata de la importancia fundamental de que una situación extrema haya revelado la estructura ontológica de una sociedad moderna. No cabe futuro para una sociedad montada sobre el individualismo. Tampoco, como otras experiencias históricas pusieron de manifiesto, montada sobre el colectivismo grosero.

Esta pandemia, a los efectos de una sociedad equilibrada, es equivalente al costoso experimento y fracaso de la sociedad comunista soviética. Un régimen con la pretensión de la planificación centralizada que destruyó toda iniciativa privada y, con ella, toda posibilidad de atender las necesidades sociales que se presumía perseguir científicamente. La pandemia ha puesto de manifiesto que empresas y trabajadores necesitan de una institución de las instituciones, el Estado, para equilibrar las pretensiones propias en un ejercicio dinámico de toma y daca que sólo puede tener éxito si hay un reconocimiento de la mutua necesidad y de la mutua precariedad. Una legitimidad que mutualiza en el Estado los riesgos que la vida presenta para, en expresión afortunada en uso, “no dejar a nadie atrás”, traducción directa del “nobody left behind” de los angloparlantes. Quién ha visto y quién ve a esta Alemania que fue madrastra con Grecia y que hoy cubre hasta el 70 % de la facturación de sus empresas afectadas por la necesidad de sacar a la población de las calles para evitar los contagios. Qué más quisieran empresarios de hostelería, y hasta del llamado eufemísticamente “ocio nocturno”, que el Estado español estuviera en condiciones de hacer lo mismo con ellos. Seguro que entonces no clamarían ante el supuesto parasitismo, las paguitas y demás recursos con los que, tramposamente, se queja algunos del carácter asistencial del Estado cuando las circunstancias obligan. Esta es la lección social de la pandemia. Espero que todos la estudiemos cuidadosamente, porque mañana puede ser nuestra clase social la afectada. 

El último caído

Peter Thiel, el dueño de PayPal, es un obseso de la inmortalidad. Ahí anda el hombre intentado prolongar su vida regalada de joven que ve aparecer las primeras arrugas de expresión en sus comisuras. Utiliza todo lo que llega a sus oíos: transfusiones de sangre, oxígeno, quizá, incluso, algún conjuro fáustico. Es lógico, pues habiendo sido un millonario joven, no debe poder concebir el acabamiento, la finitud de su vida. Pero quizá el pensamiento más insoportable que se le presentará, cuando medite bronceado entre sus sábanas de raso, sea el de ser el último en no beneficiarse de los avances médicos en la materia. Morir ahogado en la orilla de la tierra de la inmortalidad.

Si damos un brusco salto a nuestro país de todos los días, comprobamos el notable estado de estrabismo político que los dirigentes centrales y autonómicos experimentan ahora. De una parte, el optimismo de contar “solamente” con menos de 300 contagiados por cada cien mil habitantes (c.p.c.h), mientras con la boca pequeña hablan del umbral ideal de 25 c.p.c.h. Optimismo que los lleva a esperar que la Navidad se salve desde el punto de vista económico. Aunque, de otra parte, pueden llegar a declarar en la misma entrevista que están preocupados por una eventual tercera ola de la pandemia en enero, como consecuencia de una frivolidad generalizada en el próximo mes.

Por eso, estamos esperando a la vacuna que nos saque de esta burbuja malsana en la que tantos buenos hábitos se están marchitando. Pero debido a la falta de control, una vez que la esperanza asoma en el horizonte, nos asalta, como si fuéramos unos Peter Thiel de pacotilla, la preocupación de coger la enfermedad después de tanto sacrificio. Mientras todos se quitan la mascarilla y, como en una anuncio de un dentífrico, se lanzan con sus deslumbrantes dentaduras a reír, a comer y beber sin medida; a abrazarse y besarse sin pudor; a vivir y a vivir, nosotros acabemos confusos, sedados, con un tubo okupa en nuestra tráquea maldiciendo en la UCI por ser el último caído por la COVID-19.

El efecto Platón

De este filósofo griego dijo Alfred North Whitehead, el compañero de Bertrand Russell en la aventura lógica, que “Toda la filosofía occidental se reduce a una serie de notas escritas al margen de las páginas de Platón”. Obviamente, Whitehead era una platónico. Pero dando un salto de veinticinco siglos, lo que no podía imaginar Platón es que su doctrina de la ideas iba a explicar los fenómenos actuales de Lady Diana Spencer o Diego Armando Maradona. Se ha hablado mucho de ellos y otros habitantes del universo mítico en estos días, pero no se les ha relacionado con el prolífico escritor y filósofo griego padre de todos los idealismos.

Platón ya conocía por Homero de la existencias de personas convertidas en mitos, como los casos de Aquiles o Héctor. Quizá no supo del troyano Eneas porque este mito no fue perpetrado hasta cuatrocientos años después a manos de Virgilio.

El hecho es que ofreció al mundo para siempre la sublimación de lo real a un punto de refinamiento que merece que su nombre figure en el síndrome que antes que él y después que él ha seguido produciendo efectos estupefacientes en las multitudes. Y ya decir multitudes es parte de la explicación del fenómeno, pues basta una foto de un abrazo desgarrado de dos, sí dos, aficionados seguidores de Maradona para ilustrar la actitud de aquella parte de la población argentina que se ha sentido conmocionada por su muerte. El único modo de desentrañar este misterio de la mitificación de seres desgraciados es empezar por contar el número de aquellos que realmente se sienten afectados. Téngase en cuenta que si cada sociedad tiene en torno a un 3 % de sicópatas, en España habría más de un millón de ellos, con lo que se explica la explosión de odio en las redes — un millón haciendo tuits son muchos tuits.

Por tanto, la primera explicación del mito es cuantitativa, pues cada club tiene su grupo de extraños seres capaces de herirse como derviches por sus colores. Si Maradona, además, generalizó el disfrute en la selección nacional y, además, exportó el fenómeno a Italia — En España una coz acabó pronto con cualquier efecto platónico — tenemos suficientes adictos al desgarro como para dar soporte material al lamento. Pero hay que añadir un ingrediente cualitativo, que explique porqué cuando mueran — dentro de muchos años — Messi o Pelé pasará lo mismo que cuando murió Cruyff: un civilizado y discreto lamento por la pérdida de unos genios del manejo de esferas sobre un tapiz verde.

Por tanto, en el mito tiene que haber algo más que añada desgarro: ya sea la muerte de Patroclo, ya sea el sacrificio por toda una ciudad-estado de Héctor. Tiene que haber un componente esencial que explique la exaltación de la disipación en la droga o de la banalidad emocional de una joven en las ruedas dentadas de una institución milenaria. Y aquí viene Platón a dar la respuesta: es la sublimación del elegido para consolar al desfavorecido. Ese porcentaje de seguidores del fútbol, ese reducido número de locutores de radio porteños, esa mitad no republicana de británicos, esa mitad del mundo que sueña como paliativo de sus desgracias o de su mediocridad, construyen una idea platónica a base de limar todo lo que estorba a la esencia artificial que se desea consumir. Y estorban sus vicios y su nada y queda su divina habilidad pelotera y su aura de falsa cenicienta, al tiempo que su común aroma de desgracia inmerecida. Y el resultado —Diego y Lady Di para la eternidad— podría haber compartido espacio con las ideas de Verdad, Bondad y Belleza en el tópos uranós, ese cielo de Platón aportando, eso sí, una cierta ligereza a tanta gravedad metafísica.