Como los murciélagos

La noticia de que los murciélagos “hablan” entre ellos ya es suficientemente llamativa, pues sólo de los humanos sospechamos que intercambian información, aunque no entendamos el idioma. Ahora, al parecer, resulta que el parloteo agudo que escuchamos cuando una bandada de los reyes de la noche nos sobrevuela es nada menos que una conversación. Y el asombro se vuelve abrumador cuando nos informan del contenido de esas conversaciones entre adultos y entre adultos y crías. Contenidos que son fundamentalmente sobre el sueño, la comida y el sexo. Quiero pensar que la investigación no ha terminado y que pronto sabremos más y el pensamiento de los murciélagos será desvelado. Momento en que descubriremos que el murciélago medio también practica la hipocresía respecto de sus congéneres.Los humanos también conversamos y también intercambiamos información en nuestras conversaciones, pero ¿quién ha dicho que sean más relevantes? Muchas de ellas cuando estamos relajados son sobre “caca, culo, pis”; si estamos en modo relaciones sociales es sobre “el tiempo o el peso” y si estamos en un ambiente profesional nuestra conversación oscila entre el dinero y el poder. De modo que somos más o menos como los murciélagos, esos mamíferos a los que les hemos atribuido tantas malas costumbres e intenciones. Ni siquiera las sanguijuelas, que también toman nuestra sangre, como su propio nombre indica, han sido elevadas a reinas del mal vampírico, como lo han sido los murciélagos, cuando en realidad son tiernos seres con sueños, hambre y deseos de amor. Una prueba de nuestra tendencia a la vulgaridad es que la abrumadora producción de clásicos en forma de libros, obras de teatro y arte, no ha traído un ser humano “nuevo” a pesar de las promesas de las utopías. Los proveedores en Internet ofrecen lecturas prácticamente gratis de los clásicos; las redes de vídeos desbordan grandes obras de teatro filmadas y los museos ya hace tiempo que ofrecen visitas virtuales a sus salas, mientras que los grandes auditorios ponen a nuestra disposición las óperas y conciertos inmortales. Sin embargo, nuestras conversaciones siguen siendo como las de los murciélagos, sobre nuestros sueños de lujo, comida y sexo, agravadas con nuestras pulsiones de poder.

Resentimiento popular

Dejada clara mi postura respecto a las trapacerías del que fue nuestro rey, creo que también debe hablarse del regusto con el que algunos están disfrutando de la situación. Lo cierto es que yo experimento un sentimiento de vergüenza ajena, en la medida que el defraudador es otro, pero también de vergüenza propia, porque sus acciones van asociadas a la historia de nuestro país y, también, se diga lo que se diga, a su reputación. Creo que no se puede sentir lo mismo ante la desgracia de alguien que solamente te ha traído el mal, que ante quien ha llevado a cabo acciones trascendentes para el bienestar general. Y no le puede ser negado a esta hombre su bien hacer objetivo durante muchos y decisivos años. No soy monárquico, porque creo más en las instituciones que en la estirpe. Pero eso no me ciega para comprender que las instituciones fracasan sin personas decentes y competentes. De hecho, los países modernos conceden las monarquías parlamentarias por el profundo temor que se tiene a los cambios radicales, que se saben como empiezan, pero no como acaban. Quizá, confíen en que poco a poco el aprecio popular se vaya desvinculando hasta que con un mero empujón se cambie de régimen en la cúpula constitucional. En todo caso, el criterio debe ser la preservación de la vida y la hacienda de los españoles y no el imperio de las ideas a sangre y fuego. Pero una cosa está clara, heredar la jefatura del Estado implica, hoy en día, un carácter de ejemplaridad tal, que cualquier paso en falso te cuesta la corona. Si todo estos expedientes se hubieran conocido reinando Juan Carlos, estaríamos en un verdadero aprieto. Dicho todo esto, no veo las razones para el regodeo o el resentimiento, pues es mucho lo que está en juego, tanto porque existen monárquicos sinceros, como porque los hay de pacotilla. Por cierto, los que con más fuerza gritan: ¡Viva el rey!

Resentimiento real

Evidentemente este es un ejercicio de psicología-ficción, pero, como pasa con el juicio estético, si mucha gente piensa que esto es verdad, será verdad. Al grano: tengo la impresión de que Juan Carlos de Borbón está dolido. Que considera que, dada la escasa paga que el Estado español destina al servicio de la Jefatura del Estado, era legítimo el cultivar la amistad de quienes, compadecidos, comprendieran su “extraña” situación y le ayudaran con dinero o propiedades o, incluso, con la imaginativa solución de cubrir la cuenta contra la que se hacían cargos desde tarjetas coronadas. El dolor procede, al parecer, de la falta de generosidad de los españoles para permitirle la vida de lujo que se espera que un rey tenga para, entre otras cosas, dar esa sana envidia que produce en el pueblo la fortuna de sangre. No en vano, en contraste, artistas y deportistas, con su talento natural pueden tomar un ascensor meteórico desde la pobreza a la riqueza produciendo admiración, incluso adoración, en mucha gente sin esta ventaja.

Cierto es que la dinastía borbona, que apareció por España un frío día de enero de 1701, cuando comenzaba un siglo que fue etiquetado de ilustrado, trajo poca ilustración a España que perdió el tren en la tecnología, donde reinaba Inglaterra, y en las ciencias formales, donde reinaban los matemáticos franceses. Con la excepción de Carlos III, los borbones pronto se instalaron en lo problemático con sospechosas querencias por las élites económicas y escaso interés por los problemas populares. Por eso resultó tan luminosa la constitución de 1978 que, de una parte, reconciliaba a los españoles consigo mismos y le daba una nueva oportunidad a la dinastía.

Por eso fueron tan admirables y esperanzadores aquellos primeros movimientos en el ajedrez nacional de un rey del que se reían los mismos franquistas que luego lo endiosaron, en medio de una atmósfera expectante y también peligrosa. Movimientos llenos de tacto que permitieron en pocos pasos una histórica y pacífica transición de la negrura de la dictadura al esplendor de una época democrática. Nadie sospechaba entonces que se estaba gestando la vergüenza actual, al crear una jefatura del estado con sueldo de burgués acomodado, cuando Juan Carlos I, por lo visto, había sido educado en el sueño secreto de la riqueza de sus antepasados. No entendió que debía haber sido un rey-padre de la patria, modesto y ejemplar en su vida como exige la morar cívica moderna. Más bien forzó las cuadernas del barco nacional, ahora lo sabemos, con unas prácticas en su conducta personal y económica en la que imitaba a sus ricos, riquísimos amigos. No se podrá demostrar, pero estoy convencido de que se desvió la mirada de los responsables políticos para no enfadar a quien liberó el parlamento un día de febrero de 1981. Y él se creció. Es una pena, para mi generación, que en vez de tener en el padre del actual rey un buen consejero para éste y una figura ejemplar para el pueblo, pues esa es su “profesión, haya comprometido su legado, hasta el punto de mostrarse como un anciano, iletrado, sandunguero y resentido del que hay que salvar a su hijo.

Amnistía se diversifica

Amnistía Internacional se creó en Londres en 1962 bajo la inspiración del artículo “The forgotten prisoners” escrito por el abogado Peter Benenson — gracias Wikipedia—. El artículo está reproducido en la página de Amnesty International en el Reino Unido y comienza con esta frase: “Abra su periódico cualquier día de la semana y encontrará un informe en el que se escribe acerca de alguien que está prisionero, ha sido torturado o ejecutado porque sus opiniones o religión son inaceptables para su gobierno…”. Aunque el dictum evangélico —San Mateo 6.3— dice: “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha” es oportuno aquí decir que soy socio de esta organización humanitaria, pero que estoy confundido desde que hace unos días recibí una llamada sorprendente. En ella mi interlocutor pedía una aportación extra para actuar de forma urgente en las residencias de ancianos, donde se estuvieran produciendo muertes por la Covid-19.

Me quedé atónito, porque mis aportaciones a las ONGs se basan en sentimientos no bien perfilados sobre esta o aquella injusticia o carencia del mundo, en la esperanza de que ellos, como especialistas en el sufrimiento, sepan como aplicar las ayudas. En este caso el sentimiento de fondo es el horror por las acciones de represión arbitraria, cruel y letal de gobiernos que desde Estados Unidos a China ejecutan personas por delitos comunes; de Arabia Saudí a Israel, pasando por Irán cometen asesinatos selectivos o groseros y mantienen a poblaciones enteras bajo la amenaza de persecución, bombardeo colectivo y torturas individuales por razones políticas, de condición sexual, de religión o de género. Y, también, porqué no decirlo, el horror del tratamiento que países como Italia, España o Grecia —en nombre de la Unión Europea— dan a los movimientos migratorios. Todo un catálogo de maldades, cuyo alivio o erradicación coinciden con el propósito del inspirador artículo fundacional de esta organización. No en vano su emblema es una vela encendida, supongo que en señal de esperanza, rodeada por alambre de espino. Siendo así las cosas, me gustaría saber si hay alguna pasarela formal, metafórica o analógica que permita pasar de estas desgracias a la situación de nuestras residencias en un país donde hay prensa libre, fiscales y jueces, que, que yo sepa, no están bajo amenaza alguna para tener acceso a la información y, en su caso, a la persecución y castigo de conductas negligentes por codicia o incompetencia.

Intrigado he mirado en los portales de la organización en varios países —Italia, Alemania, Reino Unido y Canadá— y encuentro genéricas llamadas a la defensa de los derechos humanos, durante la pandemia, pero ninguna alusión tan directa y extraña a la misión específica como en la iniciativa de la sección española. Tengo la malsana impresión de que, al menos aquí, esta fundamental ONG ha decidido diversificar sus fuentes de ingresos, lo que me parece un error estratégico y espero que, suavemente, disipen la presión para conseguir fondos con este objetivo y vuelvan a sus orígenes fundacionales que es dónde se les necesita. No tienen obligación alguna de crecer más de lo que exija su misión.

La lección social de la pandemia

La pandemia es una fuente inagotable de lecciones para todas las disciplinas científicas y humanas, pero me gustaría destacar ahora una concreta: la de la importancia, empíricamente establecida, de la existencia de un Estado fuerte. Me gustaría ver la cara de los liberales al uso, tipo Juan Ramón Rallo o Daniel Lacalle, ante el protagonismo megálico del Estado en todos los países occidentales y orientales ante el desafío. Economistas que proponen un gasto público del 4 %, ¿qué respuesta habrían dado ante el colapso de familias y empresas? Su silencio es estruendoso. Pues esta es la lección, pero no en abstracto, sino concretada en la gran novedad, que no es que las familias pidan ayuda, que se busque el modo de mitigar los desahucios o que se establezcan unos ingresos mínimos de supervivencia, no. La gran lección y la gran novedad está en que las empresas asfixiadas se vuelvan al Estado a pedir oxígeno. Naturalmente lo hacen con el argumento decisivo, no de proteger los patrimonios de los dueños, sino de proteger el empleo. Pero, sea como sea, sinceros o no, dan el paso ideológicamente infumable para un liberal al estilo Hayek de llamar a la puerta del “papá” Estado. Pues bien, esa petición debe ser atendida, pues una respuesta despectiva de parte de una ideología social, sería un error mayúsculo.

La cuestión en juego no reside en la intenciones de unos y otros, al fin y al cabo se pueden dar familias con espíritu “gorrón” como la de la película Parásitos que se cuelgan del sistema para extraer rentas bajas, pero suficientes para espíritus poco exigentes con la vida. También se pueden dar casos de empresarios que montan empresas ad hoc para beneficiarse de iniciativas oficiales conocidas de antemano por funcionarios corruptos. No se trata de nada de esto. Se trata de la importancia fundamental de que una situación extrema haya revelado la estructura ontológica de una sociedad moderna. No cabe futuro para una sociedad montada sobre el individualismo. Tampoco, como otras experiencias históricas pusieron de manifiesto, montada sobre el colectivismo grosero.

Esta pandemia, a los efectos de una sociedad equilibrada, es equivalente al costoso experimento y fracaso de la sociedad comunista soviética. Un régimen con la pretensión de la planificación centralizada que destruyó toda iniciativa privada y, con ella, toda posibilidad de atender las necesidades sociales que se presumía perseguir científicamente. La pandemia ha puesto de manifiesto que empresas y trabajadores necesitan de una institución de las instituciones, el Estado, para equilibrar las pretensiones propias en un ejercicio dinámico de toma y daca que sólo puede tener éxito si hay un reconocimiento de la mutua necesidad y de la mutua precariedad. Una legitimidad que mutualiza en el Estado los riesgos que la vida presenta para, en expresión afortunada en uso, “no dejar a nadie atrás”, traducción directa del “nobody left behind” de los angloparlantes. Quién ha visto y quién ve a esta Alemania que fue madrastra con Grecia y que hoy cubre hasta el 70 % de la facturación de sus empresas afectadas por la necesidad de sacar a la población de las calles para evitar los contagios. Qué más quisieran empresarios de hostelería, y hasta del llamado eufemísticamente “ocio nocturno”, que el Estado español estuviera en condiciones de hacer lo mismo con ellos. Seguro que entonces no clamarían ante el supuesto parasitismo, las paguitas y demás recursos con los que, tramposamente, se queja algunos del carácter asistencial del Estado cuando las circunstancias obligan. Esta es la lección social de la pandemia. Espero que todos la estudiemos cuidadosamente, porque mañana puede ser nuestra clase social la afectada. 

El último caído

Peter Thiel, el dueño de PayPal, es un obseso de la inmortalidad. Ahí anda el hombre intentado prolongar su vida regalada de joven que ve aparecer las primeras arrugas de expresión en sus comisuras. Utiliza todo lo que llega a sus oíos: transfusiones de sangre, oxígeno, quizá, incluso, algún conjuro fáustico. Es lógico, pues habiendo sido un millonario joven, no debe poder concebir el acabamiento, la finitud de su vida. Pero quizá el pensamiento más insoportable que se le presentará, cuando medite bronceado entre sus sábanas de raso, sea el de ser el último en no beneficiarse de los avances médicos en la materia. Morir ahogado en la orilla de la tierra de la inmortalidad.

Si damos un brusco salto a nuestro país de todos los días, comprobamos el notable estado de estrabismo político que los dirigentes centrales y autonómicos experimentan ahora. De una parte, el optimismo de contar “solamente” con menos de 300 contagiados por cada cien mil habitantes (c.p.c.h), mientras con la boca pequeña hablan del umbral ideal de 25 c.p.c.h. Optimismo que los lleva a esperar que la Navidad se salve desde el punto de vista económico. Aunque, de otra parte, pueden llegar a declarar en la misma entrevista que están preocupados por una eventual tercera ola de la pandemia en enero, como consecuencia de una frivolidad generalizada en el próximo mes.

Por eso, estamos esperando a la vacuna que nos saque de esta burbuja malsana en la que tantos buenos hábitos se están marchitando. Pero debido a la falta de control, una vez que la esperanza asoma en el horizonte, nos asalta, como si fuéramos unos Peter Thiel de pacotilla, la preocupación de coger la enfermedad después de tanto sacrificio. Mientras todos se quitan la mascarilla y, como en una anuncio de un dentífrico, se lanzan con sus deslumbrantes dentaduras a reír, a comer y beber sin medida; a abrazarse y besarse sin pudor; a vivir y a vivir, nosotros acabemos confusos, sedados, con un tubo okupa en nuestra tráquea maldiciendo en la UCI por ser el último caído por la COVID-19.

El efecto Platón

De este filósofo griego dijo Alfred North Whitehead, el compañero de Bertrand Russell en la aventura lógica, que “Toda la filosofía occidental se reduce a una serie de notas escritas al margen de las páginas de Platón”. Obviamente, Whitehead era una platónico. Pero dando un salto de veinticinco siglos, lo que no podía imaginar Platón es que su doctrina de la ideas iba a explicar los fenómenos actuales de Lady Diana Spencer o Diego Armando Maradona. Se ha hablado mucho de ellos y otros habitantes del universo mítico en estos días, pero no se les ha relacionado con el prolífico escritor y filósofo griego padre de todos los idealismos.

Platón ya conocía por Homero de la existencias de personas convertidas en mitos, como los casos de Aquiles o Héctor. Quizá no supo del troyano Eneas porque este mito no fue perpetrado hasta cuatrocientos años después a manos de Virgilio.

El hecho es que ofreció al mundo para siempre la sublimación de lo real a un punto de refinamiento que merece que su nombre figure en el síndrome que antes que él y después que él ha seguido produciendo efectos estupefacientes en las multitudes. Y ya decir multitudes es parte de la explicación del fenómeno, pues basta una foto de un abrazo desgarrado de dos, sí dos, aficionados seguidores de Maradona para ilustrar la actitud de aquella parte de la población argentina que se ha sentido conmocionada por su muerte. El único modo de desentrañar este misterio de la mitificación de seres desgraciados es empezar por contar el número de aquellos que realmente se sienten afectados. Téngase en cuenta que si cada sociedad tiene en torno a un 3 % de sicópatas, en España habría más de un millón de ellos, con lo que se explica la explosión de odio en las redes — un millón haciendo tuits son muchos tuits.

Por tanto, la primera explicación del mito es cuantitativa, pues cada club tiene su grupo de extraños seres capaces de herirse como derviches por sus colores. Si Maradona, además, generalizó el disfrute en la selección nacional y, además, exportó el fenómeno a Italia — En España una coz acabó pronto con cualquier efecto platónico — tenemos suficientes adictos al desgarro como para dar soporte material al lamento. Pero hay que añadir un ingrediente cualitativo, que explique porqué cuando mueran — dentro de muchos años — Messi o Pelé pasará lo mismo que cuando murió Cruyff: un civilizado y discreto lamento por la pérdida de unos genios del manejo de esferas sobre un tapiz verde.

Por tanto, en el mito tiene que haber algo más que añada desgarro: ya sea la muerte de Patroclo, ya sea el sacrificio por toda una ciudad-estado de Héctor. Tiene que haber un componente esencial que explique la exaltación de la disipación en la droga o de la banalidad emocional de una joven en las ruedas dentadas de una institución milenaria. Y aquí viene Platón a dar la respuesta: es la sublimación del elegido para consolar al desfavorecido. Ese porcentaje de seguidores del fútbol, ese reducido número de locutores de radio porteños, esa mitad no republicana de británicos, esa mitad del mundo que sueña como paliativo de sus desgracias o de su mediocridad, construyen una idea platónica a base de limar todo lo que estorba a la esencia artificial que se desea consumir. Y estorban sus vicios y su nada y queda su divina habilidad pelotera y su aura de falsa cenicienta, al tiempo que su común aroma de desgracia inmerecida. Y el resultado —Diego y Lady Di para la eternidad— podría haber compartido espacio con las ideas de Verdad, Bondad y Belleza en el tópos uranós, ese cielo de Platón aportando, eso sí, una cierta ligereza a tanta gravedad metafísica.

Suprema calamidad

Todo juez tiene derecho a su marco mental. Pero debería dejarlo en el perchero de los códigos obstantes. Aquellos que estorban más que ayudan. La decisión del Tribunal Supremo estadounidense de anteponer la libertad de culto, ejercida físicamente en el templo, a la salud pública está teñida de prejuicios un tanto preocupantes, casi de ayatolismo, signifique eso lo que signifique. Si ésta va a ser la tónica en Estados Unidos, con su reverberación en todo Occidente, lo de Polonia y Hungría  va a ser una inocentada. En la pandemia de 1918 los fieles acudían en masa a las iglesias católicas a pedir a Dios la remisión de la enfermedad, favoreciendo su expansión. Unos contagios sagrados, eso sí, que no sólo perjudicaban a los fieles, sino también a sus conocidos, fueran agnósticos o simplemente ateos. La juiciosa decisión del gobernador de Nueva York de limitar los aforos para el culto ha sido neutralizada por una decisión sectaria, con el apoyo de la jueza salida de la nada: Amy Coney Barrett. Es un anticipo de lo que espera en ese país a las demandas activadas o por activar relacionadas con la vida (aborto) o la muerte (pena de, eutanasia). El conservadurismo reaccionario es una posición en la vida que es tan recalcitrante como el espíritu revolucionario. Ambos se equivocan, pero ambos están presentes contumazmente en cada época de la historia de un país; aunque se vuelven más opresores cuando pretenden torcer el brazo social mediante herramientas concebidas para esta vida y no para la otra, ya sea la espectral o la utópica. Los contrapesos del sistema político y judicial estadounidense se convierte en una fuente de parálisis si no queda espacio para la deliberación. Una postura puede alisar a la otra simplemente sumando votos sumisos a criterios ajenos al marco constitucional. Aunque hay que reconocer que en ese país Dios está presente desde la primer línea de su Constitución. Lo que empieza a ser, incluso como concepto regulador, un lastre, una suprema calamidad.

Confianza en la razón emotiva

Cuando Spengler escribió su libro La Decadencia de Occidente no podía imaginar hasta qué punto iba a equivocarse “con tanto fundamento”. Sus dos tomos son una exhibición de erudición con conclusiones falsas. Quizá su éxito en su momento se debió a lo estremecedor del título y a la situación europea del momento (1918). Cualquier persona que se hubiera planteado en esa tesitura escribir un libro omniabarcador como ese habría experimentado la necesidad de una conclusión pesimista. Frente a aquella realidad perturbadora de la primera mitad del siglo XX, nuestras cuitas suenan un poco melodramáticas; téngase en cuenta el encadenamiento de los problemas asociados al final del liberalismo salvaje de la economía que relata Polanyi en su libro La Gran Transformación y las estremecedoras soluciones políticas propuestas, todas ellas de una crueldad a una escala nunca vista.

Pero, Occidente no decayó y, tras el fracaso de las soluciones autoritarias que, precisamente Spengler con otros, proponía — de algunos análisis sólo se deduce cirugía cruenta —,  llegó una época de capitalismo prudente generador de sistemas de protección social no conocidos que han conseguido llegar, más o menos exhaustos, hasta hoy. Son tantas las variables que influyen sobre el acontecer social que es difícil saber cuáles son decisivas. Pero, podemos comprobar que, tras una crisis de confianza en los activos financieros en 2008, y una pandemia mundial que ha puesto al ralentí a la economía global con parones de la producción medios de más del 10 %, la vida cotidiana en Occidente y la esperanza de solución sanitaria es mucho mejor que en los años anteriores a la II guerra mundial, en que se voló toda esperanza. A lo que se puede añadir que las conmociones sociales actuales se deben en gran medida al profundo cambio tecnológico que Internet ha introducido en las relaciones productivas de los servicios, cuyo equilibrio ha de llegar antes o después. Por eso, no se entiende que se expanda una sensación de acabamiento, fracaso o decadencia. Ya dijo Borges que “Nos han tocado, como a todos los hombres, malos tiempos que vivir”. Una lúcida e irónica forma de llamar quejicas a los pesimistas. No hay desabastecimiento, y sí una enorme capacidad productiva que fabricó billones de mascarillas y va a fabricar miles de millones de vacunas.

Pero claro que hay problemas, algunos clásicos como los desequilibrios en la distribución de la renta, que obligan a acciones públicas y privadas de corrección para paliar la situación de familias y personas concretas a las que los laberintos del reparto del dinero ha dejado en los márgenes. Y, para el conjunto social, es constatable un aumento de la deuda pública que estremece. Lo que nos coloca en una posición muy delicada ante cualquier perturbación que asuste a los prestamistas y dispare los intereses futuros. Pero el problema es universal y necesitará soluciones basadas en la confianza internacional, alterada hoy en términos globales por las formas políticas del egoísmo que consiguen gobernar apelando al miedo frente a los extraños. Una pretensión inútil pues la presión seguirá si no se industrializa África, lo que implica reparto de la renta, pero, en mi opinión, no reparto del bienestar, si somos capaces de controlar nuestra necesidad compulsiva de consumo. Desgraciadamente, todo esto no es una cuestión de voluntad benéfica, porque también existe la voluntad maléfica que exhibe los espectros del racismo, la homofobia o la superioridad del hombre blanco sacados de sus tumbas como eficaces formas de confusión del miedo en la población.

Estos espectros deben ser combatidos desde la razón. Pero no una razón gélida, instrumental y alejada del sentimiento, que se quiso neutralizar con el romanticismo y tuvo las consecuencias conocidas, sino una razón que sienta la vida en el mismo acto en que conoce y reflexiona. Que conoce la realidad y pone su capacidad de formalización a su servicio. Esta razón planifica, pero no se queda fascinada por su resultado proyectual, sino que trata de anticiparlos sobre la vida palpitante de la gente y corrige si no da en la diana. Cuando Spengler creía ver en la fractura de los rompientes de la física clásica y la llegada impetuosa de la física moderna una fuente de decadencia, estaba, por el contrario, siendo testigo, sin advertirlo, del despliegue de la potencia de la razón para penetrar la realidad en su labor de buscar la coherencia entre teoría y resultados de finos experimentos. Una capacidad tan prometedora como destructora que precisa de una fuerte conducción de la acción política para el logro de los fines humanos. De esta lección, que culminó dramáticamente con la bomba Enola Gay, la humanidad debe sacar consecuencias en todas las escalas: desde la geopolítica a los acuerdos para una política educativa a la altura de los tiempos. No es posible un futuro de masas ignorantes de lo que está en juego y de lo que la ciencia pone como instrumentos de corrección. Es necesaria una razón “sentiente”, extrapolando la propuesta de Zubiri más allá de su contexto noológico. Una razón social que vaya más allá de las posibilidades de la Ilustración porque incorpore la emotividad a la formalidad.

Desgraciadamente hoy estamos aún con las brasas del fuego que la codicia prendió en los años noventa del siglo pasado y que, dada la naturaleza cíclica de la aventura humana, tomó la forma de desequilibrio de los pactos sociales de la postguerra. De ahí la paradoja de que, en nuestros días, concurran, en medio de un éxito absoluto de la razón instrumental enunciada en Frankfurt, tres olas amenazadoras, aunque ninguna capaz de producir la decadencia de Occidente que algunos ya les gustaría proclamar: una es la puesta en cuestión de la verdad socialmente consensuada e incorporada en las instituciones del Estado, sacudiéndolas sin prudencia; otra es la infelicidad individual relativa, que tiene como consecuencia que las dirigencia mundial prefiere endeudarse que dar disgustos a los electores; y, la tercera, es el filón que algunos han creído encontrar en las reglas de Goebbels sobre la antes llamada propaganda, y que hoy se ha convertido en un monstruo perturbador de la razón en su función de buen juicio de cada uno y distorsionando la actividad natural de los partidos políticos. Obviamente, transversal a estos problemas palpitantes, está el problema medioambiental, que es la “sorpresa” que la realidad, tan querida por Zubiri, nos da ante nuestra tendencia al idealismo reforzada por la limpieza y casi espiritualidad de los juguetes digitales.

Todo ello considerado, late en nuestra sociedad un sentido de realidad, aún amortiguado pero potente, que debe emerger ante los desafíos. España tiene  extraordinarias energías culturales, políticas y económicas en transformación que deben fundar una nueva esperanza, pues las lacras sufridas no nos han desestabilizado. Nuestra estructura social e institucional ha resistido en muy poco tiempo todo tipo de vendavales — políticos, judiciales, económicos y sanitarios .  La razón se está imponiendo y nuestra sensibilidad va pareja en la respuesta a las necesidades sociales. No sumemos a los problemas reales un estado depresivo impostado. La confianza no brota de los campos yermos, sino del uso emotivo de la razón. 

Muerte en Washington

Como en Muerte en Venecia, los intentos de Trump por forzar la realidad han pasado ya del esperpento al espanto. Al igual que en aquella novela de Mann una pandemia asola la polis y el protagonista Gustav Von Aschenbach no lo sabe — en nuestro caso no quiere saberlo —. Gustav Von Trump está deprimido porque ha sido expulsado de la bolsa matricial del poder, no sabe — no quiere saber — nada de la pandemia, pero se ha enamorado de una idea bellísima, deslumbrante. Una idea salvadora, rubia, espigada, andrógina y perturbadora. Es la idea de que puede transfigurar la realidad hasta doblegar los hechos, el espacio y el tiempo a una voluntad tormentosa, telúrica de la que obtendrá la felicidad que cree merecer poseyéndola como Von Aschenbach quería poseer al efebo Tadzio. Esta historia literaria revivida en Washington necesitaba un relator a la altura. Y este está resultando ser Rudy Giuliani. Un sólido gobernante menor que por la cantidad simbólica de 20.000 dólares al día, se ha prestado a ser el biógrafo de tan desgraciada historia personal. Así sale antes las cámaras y cada día mejora el relato del día anterior sumando algún disparate aún no pensado por la prensa internacional, que asiste asombrada a un proceso de degradación democrática de tal envergadura que no hay forma de verle la gracia. Probablemente aún no hemos visto la última escena, que, como de una obra literaria se trata, vendrá cargada de dramatismo. Si a esta situación límite, para lo que entendíamos eran los modos democráticos en el Occidente liberal, le faltaba algo, lo tuvimos ayer. Rudy Giuliani perdía algo por la mejilla. No sabemos si masa cerebral — no creo que el color de la suya sea más claro —, o tinte del pelo, pero la escena, tan similar a la del auténticamente ficticio Gustav Von Aschenbach ha convertido el esperpento en espanto.