Nuestros datos y las redes sociales

Es una cantinela actual la de que las redes sociales hacen negocio con nuestros datos y nuestros deseos y tendencias. Negocio basado en la venta a terceros, empresas y partidos políticos, para su explotación como objetivos precisos a los que dirigir mercancías e ideologías. Siempre he sostenido contra corriente que me parece bien, pues así podremos pasar de estar sometidos a publicidad despistada que basa su efectividad en la repetición cansina de mensajes cada vez más sofisticados. También así podremos librarnos de las campañas electorales, pues los que tengamos nuestras posiciones claramente afirmadas durante toda la legislatura con comentarios en las redes sociales, seremos considerados inmunes a ese despliegue de energía mentirosa durante quince días, que son esas campañas.

No pierdo de vista lo del negocio, pero eso es lo que ha venido ocurriendo desde siempre a la escala que permitían los medios a disposición en cada época. Qué es el espionaje o qué son las encuestas, sino burdas aproximaciones al conocimiento de las opiniones para orientar la acciones. En un caso, al conocimiento de las intenciones de los adversarios y, en el otro, al conocimiento de las intenciones de los electores. Nuestros datos hace tiempo que andan por ahí en bases de datos de empresas expendedoras de tarjetas de crédito o de depósitos, como los bancos. Y hasta que los estados percibieron que determinados derechos de protección de datos eran violados sin consentimiento, no hubo leyes que regularan tal tráfico. Y cuando lo han hecho, los interesados han maniobrado para obtener tal consentimiento mediante abrumadores textos llenos de cláusulas que los consumidores firmamos con un “click” displicentemente.

Obviamente, las redes sociales con la escala alcanzada ha producido un cambio cualitativo, pero que, en mi opinión, es positivo. Ahora desde nuestro facebook, instagram o twitter estamos ya diciendo: “estos son mis gustos de consumo, estas son mis posiciones políticas, ahora haced el favor de adaptaros a ellas”. De esta forma se socializa el “arjé”, el mando que hasta ahora ha estado concentrado en pocas manos. Ahora los dirigentes de las empresas y los gobiernos tienen que mirar el “Ciudadanos News” todos los días para saber qué pensamos y actuar en consecuencia. En resumen, nosotros sí tomamos parte en el negocio de nuestros datos en forma, no sólo de servicio de intercomunicación, sino, también y sobre todo, de influencia colectiva. Influencia que todavía no es suficiente porque no todo el mundo está en las redes, ya sea por prejuicios o por un malentendido sobre en qué fundar una pretendida autonomía personal.

Una cosa muy distinta es que esta información esté mal repartida. En el caso del comercio tiene menos influencia porque se trata de un monopolio de información que será vendida al mejor postor, pero que, en cualquier momento puede ser atacado por una competencia que ofrezca servicios más atractivos. Los peligros se dan en el ámbito político, donde un mal reparto, vence el fiel de la balanza hacia una de las partes ideológicas. Por eso, en mi opinión, hay que legislar para que las empresas que concentrar los datos con relevancia política los repartan a todos los partidos políticos de modo que tomen sus posiciones debidamente informados. Lo que hizo Facebook vendiendo datos a Cambridge Analytica para su uso en la campaña de Trump es el ejemplo de mal uso que denuncio. Mal uso que no consiste en ceder los datos, sino en haberlo hecho solamente a una de las partes.

No olvido los peligros políticos de esta transparencia universal, pues en caso de régimen totalitario sabrán de antemano a qué casa visitar para detener opositores. Detención que no tendrá que ser física, pues bastará con cortar todos los vínculos digitales con el sistema para producir la muerte civil. Pero ¿es esa una opción peor que la grosera de antaño en la que las redadas eran masivas e indiscriminadas y los resultados la muerte física del enemigo? Llegado ese momento instalado uno en las clandestinidad, habría que convertirse en partisanos para destruir al tirano, quizá consiguiendo las claves de sus cuentas empezando a suplantarlo para destruir su reputación.

Las redes, en definitiva, son buenas, son inevitables y tenemos que optimizarlas para el bien común. Los mecanismos son la transparencia y la competencia. La primera para que no nos hurten los manejos políticos y la segunda para que no nos impongan ideas dementes en su atractiva coherencia. La prueba de que estas dos herramientas son poderosas es que todo poder, económico o político, trata de neutralizarlas. Véase, así, a los políticos demócratas ocultando sus patrimonios, a los afortunados ocultando sus rentas y a los liberales poniendo aranceles por doquier.

De todo esto saco una conclusión: si lo que está por llegar parece ser una amenaza para el núcleo de autonomía del ser humano, creo que, al contrario, será la forma de activarlo para pasar de una posición pasiva ante la publicidad a una activa ante la manipulación. Ahora, que el trabajo convencional, basado en las habilidades técnicas va a escasear porque la robótica, en su concepto más amplio, se hará cargo, es el momento de cultivar el pensamiento. Es el momento de desempolvar la filosofía, la sociología, la antropología… y sus historias honestas de búsqueda esforzada de la esquiva verdad.

La verdad tiene una nueva oportunidad, una vez comprobado el estado de postración al que la han llevado aquellos que, tomando el rábano por las hojas, han aprovechado la crítica post moderna para sus propios fines. La oportunidad es la de desvelar su auténtica naturaleza de espiritual, gaseosa en un principio y, finalmente, sólida tras sucesivas operaciones de enfriamiento que pasándola por el estado líquido la consoliden como patrimonio universal. Aquí “enfriamiento” es un metáfora de la eliminación de la fantasía de la explotación oligocrática de la verdad, para pasarla por sucesivas fases de intercomunicación en mutuo rozamiento con los hechos para una mutua adaptación revisable y comprobable por otros actores hasta la depuración fundada en la historia y la experimentación conocida. La verdad es hija de esfuerzo, no del interés coyuntural. Es un esperpento comprobar como jóvenes políticos danzan mientras lanzan bolas de medias verdades y mentiras enteras al aire. Se creen ingeniosamente eficaces para general regocijo sobre su ridícula ignorancia percibida por un público atónito, divertido, pero también trémulo por su irresponsabilidad.

Liberaldemocracia y Nacionalliberalismo.

Dada la confusión generalizada sobre las posiciones políticas en la actualidad, escribo este artículo para tratar de aclarar algunos aspectos especialmente confusos. En mi opinión, el siglo XX ha sido, en lo positivo, el de la socialdemocracia y, en lo negativo, el del nacionalsocialismo. El nacionalsocialismo rompió en pedazos Europa con el sólo objeto de alimentar un sentimiento nacional hipertrofiado sirviéndose de un confuso socialismo que le permitía competir con el comunismo amenazante de la época. La socialdemocracia recogió los trozos del naufragio del capitalismo en los años treinta y del nacionalsocialismo para extender el bienestar económico y, pon tanto, también espiritual, enmarcadas en un sistema político democrático en las dos áreas fundamentales del mundo occidental: Norteamérica y Europa.

Cuando el reinado de la socialdemocracia parecía asentado, dos fuerzas se le han opuesto hasta prácticamente derribarla: el liberalismo que repudia al estado como intruso en el mercado, que aprovecha el fracaso soviético, y el ecologismo que rechaza un estado de bienestar basado en el derroche y el agotamiento del planeta. La primera de estas fuerzas, el liberalismo económico, es, a su vez, adversaria del ecologismo, al que considera alarmista y un freno para el libre despliegue de las potencia del mercado capitalista. Estas posiciones se mezclan con otras grandes fuerzas no siempre políticamente bien expresadas, como el conservadurismo y el permisivismo, ambos, gestores opuestos de los usos sociales. Y, por otra parte, el llamado buenismo, último resto, no siempre bien ubicado, del cristianismo compasivo, que se opone al cristianismo formalista, que sólo se ocupa de los aspectos más farisaicos de la religión, para hacerse compatible con los intereses económicos, aunque impliquen políticas crueles con los débiles.

En la fórmula socialdemócrata, aún vigente, se combinan una ideología económica tendente a la igualdad y una forma de gobierno basada en la elección periódica de los gobernantes. En el caso del Nacionalsocialismo, ya caído en su formulación originaria, se combinó, igualmente, una ideología exclusivista orientada a la xenofobia y al culto a ficciones historicistas de supuestos pasados gloriosos con el totalitarismo del estado. Por otra parte, como el sistema político homologado es la democracia, los políticos de cada opción utilizan el llamado “populismo” para acceder el poder. Entendiendo por tal una forma de captar la voluntad de la gente que ofrece aquello que el político cree que esperan oír sus potenciales electores. En general se trata de promesas incumplibles que responden al miedo o la ira de la gente por problemas estructurales de difícil solución, como la emigración masiva.

De modo que tenemos ideologías: socialismo, nacionalismo, liberalismo, ecologismo; formas de gobierno: democracia o totalitarismo y formas de seducción: la verdad (?), utilizada por políticos sin éxito y la propaganda, utilizada por los políticos populistas.

Este panorama se puede aclarar si utilizamos el mismo esquema del siglo XX para el siglo XXI. En consecuencia, creo que la fuerza positiva de este siglo será la liberaldemocracia y, en su cara negativa, el nacionalliberalismo. Es decir, el socialismo va a ser sustituido por el el liberalismo como ideología a gestionar de forma democrática o de forma totalitaria. Estas última ya empiezan a apuntar en las ideologías “iliberales”.

EL TRIUNFO DEL LIBERALISMO

Este nombre es polisémico. Para mucha gente es un término que les da prestigio y, para otros, es sinónimo de falta de compasión social. En la Europa del siglo XIX, incluida la España fernandina, era la marca de las libertades sociales, los derechos individuales y el rechazo del antiguo régimen aristocrático y ultrareligioso, basado en la gracia de Dios, en vez de en la voluntad popular. En realidad, fue el mecanismo político e ideológico con el que las clases emergentes económicamente encargaban al pueblo y a los intelectuales que lucharan por las libertades sociales para conseguir el control de la libertad económica. En España, el liberalismo más conspicuo fue siempre un liberalismo político y social, raramente económico. Los empresarios se acercaban al poder político, que no era democrático en esencia, y al poder aristocrático buscando pedigrí mediante concesiones reales o matrimonios de interés. En el mundo anglosajón el liberalismo se presentó como una opción opuesta al poder absoluto defendiendo los derechos individuales. En Inglaterra el liberalismo es desplazado como oponente del partido conservador por los socialistas. En Estados unidos la expresión “liberal” se asocia al enfoque social iniciado por Roosevelt en los años treinta del siglo XX. Por eso, en este país, los que rechazan cualquier traza socialista en sus posiciones políticas, han elegido el término “libertario” para su presentación.

En Europa la socialdemocracia reinante hasta hace unas décadas, tomó del liberalismo su parte permisiva con las costumbres sociales y retuvo su tradición social en lo económico propugnando un estado benefactor que chocaba con las opciones liberales en lo económico. Opciones que reclaman un estado jibarizado que se ocupe exclusivamente de la defensa exterior y el orden interior que garantice el libre comercio sin trabas. Y también retuvo su carácter democrático confiando en mantener los logros distributivos y las libertades políticas y sociales, no en base a un estado totalitario, sino a la voluntad de la gente de no retroceder desde lo ya alcanzado.

PANORAMA ACTUAL

En este momento, en lo que se ha llamado tradicionalmente la izquierda se agrupan opciones anacrónicas independentistas exigiendo una disolvente libertad de elección nacional o ciegas a las lecciones de la historia como los comunistas con la propia socialdemocracia con su ideario complejo de salvar los muebles para la gente en el vórtice liberal-digital. Lo que tienen en común es su concepción del estado como proveedor de servicios con matices sobre el grado de poder y distintos grado de permisividad social (de mucho a todo). Por su parte, las opciones llamadas de derechas reúnen a los partidos liberales, pujantes por su éxito económico, conservadores, decadentes por no elegir bien sus nostalgias y nacionalistas, erupción casposa de valores elitistas y delirantes. Tres opciones que tienen como nexo fuerte su concepción del estado como garante del comercio y, secundariamente, distintos grados de permisividad social (de mucho a nada).

Las novedades residen, de una parte, en el uso del populismo como herramienta de persuasión por las dos partes, cuando se creía ya muerto; la contaminación económico liberal de la socialdemocracia y la conversión del antiguo nacionalismo fascistoide de turbiamente socialista a claramente ultra liberal. Por su parte las posiciones conservadoras se han contaminado con los éxitos socialdemócratas en materia de permisividad social (matrimonio gay, transexualidad, divorcio, género, aborto, etc.) con una retorcida estrategia en la que se combate contra las propuestas mientras no se concretan en leyes, momento en el que, con algunos gestos teatrales, abandona el campo por contar en sus propias filas con beneficiados por estas medidas.

En las alas radicales quedan las opciones claramente anti liberales en los económico y las opciones claramente anti liberales en lo social. En mi opinión la doble acepción de liberal en lo económico (poco estado) y social (mucha libertad de costumbres), permite que el término “liberal” vaya ocupando gran parte de campo. En este caso la antimetría es completa, pues ya no se producen colusión entre la extrema izquierda y la extrema derecha con la pretensión de enfocar la economía hacia los intereses del pueblo. Ahora, en los extremos tenemos posiciones opuestas. En un lado la apuesta anacrónica por un estado omnipresente y, en el otro, la apuesta por un estado mínimo. Complementariamente la extrema izquierda es liberal en lo social y la extrema derecha es puritana. En la franjas templadas del arco político el liberalismo social es sincero en la izquierda e impostado en la derecha, pero se impone, pues nadie quiere, a estas altura de incredulidad religiosa, perderse ningún goce. En cuanto a lo económico, el liberalismo penetra el lado izquierdo del espectro por convencimiento indirecto al fracasar las opciones económicas del socialismo totalitario, siendo sincero en la franja propiamente liberal de la derecha, se consiente, por interés, en la franja conservadora y, por elitismo en la franja ultraderechista.

En definitiva el liberalismo ha penetrado en la gran mayoría de la clase política más votada, encontrando resistencia cada vez más residual en la extrema izquierda en su formulación económica y en la extrema derecha en su formulación social . Otra cosa es a qué velocidad se irá desmantelando el estado benefactor para no enfadar a la gente y a qué grado de aplicación llegará sin producir heridas graves en la parte más vulnerable de la sociedad. Estas son, pues, las razones para decir que los grandes adversarios del siglo XXI serán la liberaldemocracia y el nacionalliberalismo heredando, respectivamente el apoyo de la social democracia y el nacionalsocialismo. La una como bastión del comercio libérrimo, mientras mantiene las libertades sociales y el otro como reacción totalitaria que acabe con las libertades políticas y sociales mientras exacerba las libertades económicas. Probablemente la una lleve al otro en sucesivas etapas. Entre tanto, como siempre ocurre, se irá gestando el regreso cíclico de posiciones sociales adaptadas al liberalismo triunfante para que no vaya más allá de determinadas umbrales peligrosos. Un regreso que todavía no tiene su fundamento teórico porque se está perdiendo el tiempo en lamentos por una infanta difunta.

Todos los derechos reservados Antonio Garrido Hernández.

Riesgos modernos

La democracia moderna y el capitalismo nacieron juntos, pues los incipientes tenedores de capital necesitaban desprenderse del corsé de las monarquías. Era un democracia de propietarios varones. Una vez que se ha convertido en una democracia universal en la que votan también los excluidos (no propietarios y mujeres), empieza a ser un incordio. Parece lógico que sea China quien haya mostrado el camino, porque ya venía de un sistema opuesto al capitalismo, que había mostrado su alta eficacia para empobrecer material y espiritualmente a los ciudadanos, pero, al tiempo, para disciplinarlos férreamente. En el seno de las democracias se han desarrollado anhelos sociales que la han llevado a crear una atmósfera real de libertad. Pero eso anhelos tienen un costo y su financiación empieza a ser considerada un lastre por los tenedores del capital y sus gerentes, que empiezan a tener la tentación de buscar sistemas políticos que, al tiempo que exaltan el libre juego económico, restrinjan el deseo con sus correspondientes costos. Para ello se sirven de aquellas opciones políticas estreñidas que no soportan la expansión del deseo inofensivo para la sociedad que le harán el juego limitando la libertad social mientras respetan la libertad económica.
Las actuales convulsiones en el mundo occidental tiene origen en este cansancio de ciertas élites de los resultados de la libertad política. Países como Polonia o Hungría son un buen ejemplo de esta deriva. En USA las tendencias de su presidente de usar mecanismos extraordinarios son amagos en la misma dirección, lo que tiene su gracia cuando este “indignatario” es un ejemplo supremo de falta de control del deseo. Pero es una herramienta perfecta para los propósitos de esas élites. Ocurre igual en el Reino Unido con Boris Johnson, un hombre de vida desordenada que puede acabar siendo la herramienta del nuevo orden.
Dado que no es posible romper las reglas de juego de forma brusca, es necesario convencer a la gente de que una democracia menos permisiva es mejor, y para eso se han presentado dos factores muy potentes en los últimos años: la emigración masiva y los movimientos independentistas, generadores de miedo y furia. Sólo en la medida en que políticos con cuajo sean capaces de controlar estos factores será posible, al menos, retrasar las pretensiones de la élites mencionadas. Pretensiones que fundamentalmente tienen que ver con la libertad de concentrar riqueza y la restricción de libertades sociales.
Es sabido que la riqueza mundial repartida, irresponsablemente, no mejora la vida de la gente un ardite. Una situación que es estacionaria, mientras no llega la “destrucción creativa” que define Schumpeter a partir de nueva tecnología. Por tanto, es el uso inteligente y exploratorio de esa riqueza lo que puede traer el aumento de la productividad que permitiría con sus excedentes mejorar la situación general. Todo ello contando con el hecho de que, tanto las élites económicas, como las clases medias y bajas odian perder estatus y que, por consiguiente, sólo permitirán repartos a partir de cierta saciedad de sus deseos.
Visto así, no se debe cometer el error de aceptar sistemas políticos que degraden la democracia, pues, en ese caso, a la pérdida de control sobre comportamientos insolidarios de las élites, seguiría la pérdida de control sobre los soportes materiales y espirituales de una vida digna.

¿Qué votar en las generales de 2019?

Votar en tiempos del caciquismo era una cosa, hacerlo en tiempo del bipartidismo era otra y, desde luego, es muy diferente hacerlo hoy en día con el cromatismo político convertido en un arco iris. El voto antiguo es un voto por una opción en la que el individuo encuentra satisfacción a las tres dimensiones que constituyen al ser humano: la económica, la social y al espiritual. Con la primera busca protección y, si todo va bien, goce extra; con la segunda satisfacción en las peculiaridades del comportamiento, como las preferencias sexuales, la igualdad de oportunidades en educación o de trato según géneros, el derecho a la salud, la libertad de relaciones sentimentales, etc…; con la tercera el derecho a la expresión de las esperanzas personales en formas institucionales, ceremoniales o de culto a un dios o a la naturaleza.

Con el voto en la mano cree estar eligiendo a quien mejor parece que va a defender su versión de esta tres dimensiones. Ese voto, acumulado a los de muchos, que no coinciden con él es todos los extremos, lleva al poder a una opción u otra y, entonces, empieza el drama de las decepciones por esta o aquella decisión de gobierno. Pero ahora no estamos en la fase de las decepciones, sino en la fase de la ilusión o, mejor, del ilusionismo: una mentira por aquí, una media verdad por allá o una exageración por acullá, para que el elector, o se lo crea, o razone de forma práctica pensando “qué más da, lo que me interesa es éste o aquél aspecto de sus promesas” o, más allá, “qué más da, el líder hará lo que su partido diga pues él es un monigote“.

Bueno, veamos, una vez que se ha acabado la fase en la que un partido “ganaba las elecciones” con 160 escaños y el otro partido se allanaba y cambiaba la mentalidad para convertirse en oposición, ha llegado la fase de “ganar no es fundamental, sino gobernar“. Esta nueva situación le da una relevancia al resto de partidos que antes no tenían ya desde la campaña, pues creo que por primera vez un partido importante ofrece alianzas antes de la elecciones, como ha hecho Ciudadanos al PP.

En otros países no sé, pero en el nuestro han acabado con el bipartidismo dos accidentes: la crisis económica y la crisis territorial. Sin ellos, seguiríamos estables en nuestra política. Pero, quizá, lo más relevante es que, una vez que la gente hemos decidido seguir el juego que se nos propone, es necesario, en mi opinión, cambiar la forma del voto. En vez de votar a un sólo partido debería ser posible confeccionar el guiso de la gobernanza repartiendo el voto en proporciones diversas. Así en la papeleta habría un campo para el partido escogido y, al lado, otro para el tanto por cien que se le quiere atribuir al voto emitido. Algunos podrían decir: 75 % al PSOE, 10 % a Podemos, 10 % al PP y 5 % a Cs; otros dirían: 60 % al PP, 20 a Cs y 20 % a Vox. Y así hasta el infinito. Estamos en tiempos de computación y no hay que tenerle miedo a esto. Si, además, le damos escaño al voto en blanco, el panorama sería abigarrado y variopinto.

Como esto no es posible, de momento, creo que tenemos un problema, porque por una de las dimensiones de las que hablaba al principio, se puede entregar el voto entero a una opción descabellada, de los que nos arrepentiremos luego, al ver que eso no completa nuestras aspiraciones. No digamos si lo hacemos seducidos por una hora de parloteo en un debate de éste o aquél. Por eso, mi propuesta es que se vote a opciones ómnibus, como PSOE y PP, cada uno a la suya según el centro de gravedad de su vida. De esta forma se compran antibióticos de amplio espectro, que pueden dar respuesta a muchos problemas a los que las opciones radicales no pueden por la estrechez de su mirada. De la falta de honradez del comportamiento de estos grandes partidos ya hemos visto que saben ocuparse los jueces. Se dirá que es la solución clásica, pero todavía suenan bien Mozart y Haydn ¿no?

Debates

Todas las mañanas cuando salimos de casa no vemos reflejados en espejos. Espejos físicos para que el pelo esté en su sitio y la camisa no esté abrochada al tresbolillo. Pero también los espejos figurados que son los demás. A lo largo de nuestro trayecto hay miradas de aprobación, indiferentes o de desaprobación de conocidos y miradas de soslayo de desconocidos que no sabemos si son por que les atrae nuestro aspecto, o porque llevamos calcetines de color distinto.

Un debate es el super espejo de la mirada de millones de personas que se concentran en el ojo oscuro de la cámara. ¡Qué agobio!. El cuerpo se envara, la mente se bloquea, hay que tirar de frases hechas o nuevas pero memorizadas. Controlar los gestos, los vaivenes de las ideas y, sobre todo, las emociones. Es peligroso tanto transmitir sensaciones depresivas como mostrar ira. Aunque no se puede evitar que se te ponga blanco el labio superior en señal de incomodidad o sonreír sin ganas, mostrando las contradicciones que te azoran. En fin, en un debate un ser humano no es él mismo. Es su entrenamiento falsario, es sus asesores, es sus miedos y, si le falta algo, es su maquillaje para la televisión.

En el debate para las elecciones del 28 de abril de 2019, hemos visto a cuatro aspirantes al éxito político, cuya alegría tenía más relación con el hecho de que se hubiera acabado su tortura que con una victoria imaginada.

Lo pasaron mal todos, porque incluso Pablo Iglesias, estaba fuera de su ser, con esa actitud pastoral impropia de un revolucionario. Nunca fue más socialista y menos comunista que ayer. Si sigue por ahí cogerá el camino de Errejón pronto.

En el otro extremo de la escala de la calma tenemos a Albert Rivera que tenía la mesilla de noche llena de artilugios incluido un enternecedora fotografía enmarcada para que pareciese un recuerdo familiar en la repisa de la chimenea. Este MacGyver de la política exhibió un nerviosismo extraño lleno de gestos y tics nerviosos que espero que sean resultado de su adiestramiento para el debate, porque si el hombre es así, lo siento realmente. Políticamente este chico es un transformer que exhibía liberalismo cuando es un recién llegado a estas coordenadas, como le recordó Casado. Aunque, Casado, le hacía el reproche desde un liberalismo económico que no social. Casado es un conservador que tiembla (personalmente o profesionalmente) ante las novedades sociales, mientras que el pinturero Roberto (y Pedrín) que parece Albert, se mueve con comodidad entre eutanasias y abortos.

Pedro Sánchez, por su parte, pone de manifiesto todos los defectos de la artificial situación en la que te coloca un debate de estos, con su enorme cuerpo sufriendo para parecer sereno, sus arrugas de la cara tensándose como cuerdas de un violín mientras recordaba el consejo de reirse y lo fingia patéticamente. Bien vestido y también con papeles, cartas y… libros con los que reaccionar al ingenio de Rivera presentándole sus tesis doctoral como un texto “que no había leído“. Yo de los asesores le hubiera metido una rosa en el bolsillo de la chaqueta para responder al gesto de su contrincante en el día de San Jordi.

Todo lo que he dicho hasta ahora me importa un comino, porque un debate político no es una pasarela de la moda primavera-verano y, desde luego al contrario de lo que piensan los expertos, no es un casting para elegir presidente del gobierno porque muchos ya se han mostrado cómo son en muchas ocasiones. Es la ocasión, desde luego, de mostrarse como un ser humano digno de confianza, pero, sobre todo, como alguien que representa a una organización que conoce qué problemas tiene el conjunto de la sociedad y cómo va a afrontar su solución. Y para ello dirá mejor “eso no es cierto” que “es usted un mentiroso“; no le preguntará al contrario qué haría en un escenario hipotético. No, lo que debe hacer es explicar pedagógicamente sus soluciones y comprometer a su partido con ellas, además de estar dispuesto a volver para dar cuenta de sus resultados. Cuando el debate se anima, el intercambio debe ser, no superponiendo su voz a la del otro, sino intercalando la propia con resolución en una pausa que el adversario se tome para respirar. En el caso de que el que esté hablando sea Rivera, hay que aprovechar la explosión de un foco o quizá dejar caer algo al suelo para distraerlo.

El señor Iglesias defiende, en lo económico, una acción de gobierno basada en el gasto social y el aumento de la presión fiscal; En lo social la mayor permisividad en el goce que no dañe a otros (incluidos los animales y el planeta) y la mayor represión en aquello que produce daño (incluso a los animales y al planeta). En lo territorial, es capaz de cualquier aventura posmoderna, olvidando los riesgos de catástrofe que estos movimientos de aprendices de brujo suelen provocar si no hay un desdén mutuo como ocurrió en Checoslovaquia. El señor Sánchez defiende, en lo económico lo mismo que Iglesias, pero con menos convicción pues es consciente del riesgo de que el país se desacredite ante los inversores nacionales e internacionales. En lo social ha sido (su partido), el más avanzado. En lo territorial es un nacionalista español que jugará con los independentistas mientras los necesite, pero que será incapaz de traspasar el umbral de la segregación. El Señor Rivera es un ambicioso que no puede ocultar su hambre de poder y notoriedad. Será todo aquello que sea necesario para figurar en los libros de historia: socialdemócrata o liberal, clerical o secular. Es joven y, quizá, tenga su oportunidad, si la impaciencia de sus compañeros profesionales de la política no lo “arriman” a un lado. El señor Casado, sin embargo, representa una posición conservadora clásica, como lo hacía Rajoy, pero con la novedad, impelido por la afilada vox de su derecha extrema y por la incesante egolatría de su mentor Aznar, de tender hacia cotas reaccionarias que lo alejan de la moderación. Su liberalismo económico es sincero, pero está contaminado por la tendencia al rescate público de las catástrofes privadas. Si se le deja limpiara todo el estado del bienestar y hará del Estado un financiador para las emergencias.

En definitiva, lo importante no son ellos, sino lo que representan, que es sumariamente: la impaciencia de la izquierda radical; el equilibrio inestable de la socialdemocracia; la veleidad de los advenedizos oportunistas que entran y salen de la políticas y, finalmente, el miedo al cambio unido al ventajismo financiero. En cuanto al quinto contendiente (Vox) reúne lo peor de cada uno: impaciencia, inestabilidad, oportunismo y ventajismo, tanto ideológico como económico. Estamos listos ¿no?. Pues atentos. A ver si somos capaces de hacer un cóctel del que salga un país civilizado, sea eso lo que sea.

© Antonio Garrido Hernández. 2019. Todos los derechos reservados. All right reserved.

Notre Dame

Foto captada en 2001 desde un Bateau.

Sólo en la desgracia descubrimos repentinamente el valor de algo o alguien. Sabemos que conocemos por contraste, por eso dicen los británicos, cuando se refieren a un escrito, “negro sobre blanco”. Por esa misma razón, el cuadro de Malevich “blanco sobre blanco” está en el umbral de lo desconocido, pues no es posible transmitir información sin contraste. Esto es conocer por contraste positivo, pero hay también un conocimiento y este es doloroso, en negativo, es decir, cuando el contraste es por ausencia. Es cuando se produce un agujero en lo cotidiano, en lo que damos por hecho, en lo que no nos preocupa por su generosidad de estar siempre presente.

Esto viene a cuento del incendio de Notre Dame que ha producido en los franceses, por supuesto, y en toda persona sensible una sensación de vacío bruscamente percibido, que es el que produce el impacto emocional que nos afecta hoy. Por supuesto que no es comparable con una pérdida humana, ya de una familiar, ya de un personaje generalmente admirado. Estamos hablando de una cosa, pero qué cosa: un símbolo, un objeto que une, un objeto al que miramos todos y a través de él nos comunicamos en un triángulo que no tiene nada de artificial, pues esta comunicación está cargada de excepcionalidad, ya sea por su belleza, ya sea porque representa los anhelos de mucha gente, ya sea porque, en definitiva, también en lo material nos vemos reflejados, porque los genios que lo hicieron posible lo impregnaron de humanidad.

En un debate poético magníficamente guiado por Salvador Moreno, que como todo el mundo sabe es arquitecto y filósofo, se puso en las pantalla dos citas paralelas que gloso aquí de memoria:

  • “La arquitectura es el arte en el la materia vence a la materia”
  • “La poesía es el arte en el que el lenguaje vence al lenguaje”

Yo propuse sustituir el verbo “vencer” por “reconocer”. De este modo las frase quedarían así:

  • “La arquitectura es el arte en el la materia reconoce a la materia”
  • “La poesía es el arte en el que el lenguaje reconoce al lenguaje”

y lo hacía porque creo que el proceso de conocimiento consiste en que el ser humano, que está constituido de materia, incluido su cerebro, “vuelve a conocer” su propia naturaleza constitutiva. Al contrario que vencerla se encuentra de nuevo con ella. Vencer implica derrota del otro y el conocimiento en general y, no digamos el artístico, es un victoria, no contra o a pesar de la materia, sino a favor del progreso en el acercamiento de la materia a la materia. Por eso, la arquitectura es el arte de aproximarse cautelosamente a ese reconocimiento de lo próximo, de lo amado con anticipación. Por eso hay belleza en lo simple y en lo complejo. Porque ambos son juegos que sólo se puede jugar conociendo y reconociendo la materia. Aplíquese el mismo razonamiento a la poesía. El lenguaje es la acumulación de hallazgos simbólicos para representar la palpitante experiencia humana. El lenguaje nos permite capturar la experiencia para su uso práctico o poético. Cuando el poeta hace su labor, reconoce toda la riqueza combinatoria de la que el lenguaje es depósito, mostrándonos toda la belleza sonora, emotiva e intelectiva de que es capaz.

Notre Dame es una obra de arte arquitectónica, y eso quiere decir que es una obra inteligente porque su artífice ha reconocido el funcionamiento de la realidad para desviar las fuerzas y liberar los muros para dejar entrar la luz multicolor; es un poema en piedra porque, en el hallazgo de las formas, hay un reencuentro del hombre con sus posibilidades, que le produce un sublime agrado y es una obra emocionante porque, al producirse la pérdida, se reproduce un hueco en nuestras emociones, que distraídamente no prestaban atención a la joya en medio del quehacer cotidiano.

Este impacto emocional nos llega de una obra de arquitectura que es arte en la calle como ningún otro, pues la obra de arquitectura se ofrece a todos a cambio de exponerse generosamente al desgaste que llevará a la catástrofe, es decir, a la última y trágica escena, si no se le presta atención. Ojalá que los que ahora intervengan sepan acertar en el tratamiento de la parte arruinada para conseguir respeto por la obra original y por la amorosa restauración que Eugène Viollet-Le-Duc llevó a cabo en el siglo XIX.

¡Ave, Claudia!

Te hago el saludo romano por la resonancia patricia de tu nombre y para que veas, desde el título, que tu abuelo quiere que no te creas que eres preterida por ser la segunda. Pero debes aceptar que nuestro comportamiento contigo sea distinto que tu hermana. Como Olivia va por delante abriendo camino, tu puedes pensar que tu chupete es usado, pero no, es tuyo y comprado nuevo, pero seguro que llevarás ropa de tu hermana y leerás cuentos de Olivia, pero debe verlo desde el punto de vista positivo, tu visión de la vida será humilde, realista, de acuerdo a la idea de que los recursos son limitados. Cuando tu todavía no habías sido concebida ya andaba Olivia danzando entre nosotros, pero una vez que llegas te valoramos por lo que eres y por lo que vales.

Eres una niña distinta, nueva, una carita preciosa que parece llegar de otra corriente genética, de otro flujo de vida o, quizá, venga mezclado con unos u otros juguetones genes viajeros. Tu pelo liso, tu nariz respingona, tu boca perfecta dice de una personalidad que habrá que ir siguiendo en su desarrollo estos años que vienen. Un goce que tu abuelo no quiere perderse. No hace falta que me digas todavía qué vas a estudiar de mayor, pero ve pensándolo para que te pueda dar lecturas que te ayuden. Si vas a ser futbolista, el deporte que más chicas atrae en esta época, mejor porque así te enseñaré algunos regates. Si no, ya veremos, menos el boxeo, lo que tu elijas.

He observado que eres discreta y no hablas demasiado. Eso es bueno pues se aprende mucho escuchando y tu lo haces muy bien o, por lo menos, pones cara de prestar mucha atención a lo que te digo. Te todas formas ya lo veremos en cuanto te bauticen y, no digamos cuando puedas hablar dentro de un par de años o tres. Entre tanto fíjate en todo y quiérenos aunque no sepas muy bien porqué. Besos.