La lección social de la pandemia


La pandemia es una fuente inagotable de lecciones para todas las disciplinas científicas y humanas, pero me gustaría destacar ahora una concreta: la de la importancia, empíricamente establecida, de la existencia de un Estado fuerte. Me gustaría ver la cara de los liberales al uso, tipo Juan Ramón Rallo o Daniel Lacalle, ante el protagonismo megálico del Estado en todos los países occidentales y orientales ante el desafío. Economistas que proponen un gasto público del 4 %, ¿qué respuesta habrían dado ante el colapso de familias y empresas? Su silencio es estruendoso. Pues esta es la lección, pero no en abstracto, sino concretada en la gran novedad, que no es que las familias pidan ayuda, que se busque el modo de mitigar los desahucios o que se establezcan unos ingresos mínimos de supervivencia, no. La gran lección y la gran novedad está en que las empresas asfixiadas se vuelvan al Estado a pedir oxígeno. Naturalmente lo hacen con el argumento decisivo, no de proteger los patrimonios de los dueños, sino de proteger el empleo. Pero, sea como sea, sinceros o no, dan el paso ideológicamente infumable para un liberal al estilo Hayek de llamar a la puerta del “papá” Estado. Pues bien, esa petición debe ser atendida, pues una respuesta despectiva de parte de una ideología social, sería un error mayúsculo.

La cuestión en juego no reside en la intenciones de unos y otros, al fin y al cabo se pueden dar familias con espíritu “gorrón” como la de la película Parásitos que se cuelgan del sistema para extraer rentas bajas, pero suficientes para espíritus poco exigentes con la vida. También se pueden dar casos de empresarios que montan empresas ad hoc para beneficiarse de iniciativas oficiales conocidas de antemano por funcionarios corruptos. No se trata de nada de esto. Se trata de la importancia fundamental de que una situación extrema haya revelado la estructura ontológica de una sociedad moderna. No cabe futuro para una sociedad montada sobre el individualismo. Tampoco, como otras experiencias históricas pusieron de manifiesto, montada sobre el colectivismo grosero.

Esta pandemia, a los efectos de una sociedad equilibrada, es equivalente al costoso experimento y fracaso de la sociedad comunista soviética. Un régimen con la pretensión de la planificación centralizada que destruyó toda iniciativa privada y, con ella, toda posibilidad de atender las necesidades sociales que se presumía perseguir científicamente. La pandemia ha puesto de manifiesto que empresas y trabajadores necesitan de una institución de las instituciones, el Estado, para equilibrar las pretensiones propias en un ejercicio dinámico de toma y daca que sólo puede tener éxito si hay un reconocimiento de la mutua necesidad y de la mutua precariedad. Una legitimidad que mutualiza en el Estado los riesgos que la vida presenta para, en expresión afortunada en uso, “no dejar a nadie atrás”, traducción directa del “nobody left behind” de los angloparlantes. Quién ha visto y quién ve a esta Alemania que fue madrastra con Grecia y que hoy cubre hasta el 70 % de la facturación de sus empresas afectadas por la necesidad de sacar a la población de las calles para evitar los contagios. Qué más quisieran empresarios de hostelería, y hasta del llamado eufemísticamente “ocio nocturno”, que el Estado español estuviera en condiciones de hacer lo mismo con ellos. Seguro que entonces no clamarían ante el supuesto parasitismo, las paguitas y demás recursos con los que, tramposamente, se queja algunos del carácter asistencial del Estado cuando las circunstancias obligan. Esta es la lección social de la pandemia. Espero que todos la estudiemos cuidadosamente, porque mañana puede ser nuestra clase social la afectada. 

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