El efecto Platón


De este filósofo griego dijo Alfred North Whitehead, el compañero de Bertrand Russell en la aventura lógica, que “Toda la filosofía occidental se reduce a una serie de notas escritas al margen de las páginas de Platón”. Obviamente, Whitehead era una platónico. Pero dando un salto de veinticinco siglos, lo que no podía imaginar Platón es que su doctrina de la ideas iba a explicar los fenómenos actuales de Lady Diana Spencer o Diego Armando Maradona. Se ha hablado mucho de ellos y otros habitantes del universo mítico en estos días, pero no se les ha relacionado con el prolífico escritor y filósofo griego padre de todos los idealismos.

Platón ya conocía por Homero de la existencias de personas convertidas en mitos, como los casos de Aquiles o Héctor. Quizá no supo del troyano Eneas porque este mito no fue perpetrado hasta cuatrocientos años después a manos de Virgilio.

El hecho es que ofreció al mundo para siempre la sublimación de lo real a un punto de refinamiento que merece que su nombre figure en el síndrome que antes que él y después que él ha seguido produciendo efectos estupefacientes en las multitudes. Y ya decir multitudes es parte de la explicación del fenómeno, pues basta una foto de un abrazo desgarrado de dos, sí dos, aficionados seguidores de Maradona para ilustrar la actitud de aquella parte de la población argentina que se ha sentido conmocionada por su muerte. El único modo de desentrañar este misterio de la mitificación de seres desgraciados es empezar por contar el número de aquellos que realmente se sienten afectados. Téngase en cuenta que si cada sociedad tiene en torno a un 3 % de sicópatas, en España habría más de un millón de ellos, con lo que se explica la explosión de odio en las redes — un millón haciendo tuits son muchos tuits.

Por tanto, la primera explicación del mito es cuantitativa, pues cada club tiene su grupo de extraños seres capaces de herirse como derviches por sus colores. Si Maradona, además, generalizó el disfrute en la selección nacional y, además, exportó el fenómeno a Italia — En España una coz acabó pronto con cualquier efecto platónico — tenemos suficientes adictos al desgarro como para dar soporte material al lamento. Pero hay que añadir un ingrediente cualitativo, que explique porqué cuando mueran — dentro de muchos años — Messi o Pelé pasará lo mismo que cuando murió Cruyff: un civilizado y discreto lamento por la pérdida de unos genios del manejo de esferas sobre un tapiz verde.

Por tanto, en el mito tiene que haber algo más que añada desgarro: ya sea la muerte de Patroclo, ya sea el sacrificio por toda una ciudad-estado de Héctor. Tiene que haber un componente esencial que explique la exaltación de la disipación en la droga o de la banalidad emocional de una joven en las ruedas dentadas de una institución milenaria. Y aquí viene Platón a dar la respuesta: es la sublimación del elegido para consolar al desfavorecido. Ese porcentaje de seguidores del fútbol, ese reducido número de locutores de radio porteños, esa mitad no republicana de británicos, esa mitad del mundo que sueña como paliativo de sus desgracias o de su mediocridad, construyen una idea platónica a base de limar todo lo que estorba a la esencia artificial que se desea consumir. Y estorban sus vicios y su nada y queda su divina habilidad pelotera y su aura de falsa cenicienta, al tiempo que su común aroma de desgracia inmerecida. Y el resultado —Diego y Lady Di para la eternidad— podría haber compartido espacio con las ideas de Verdad, Bondad y Belleza en el tópos uranós, ese cielo de Platón aportando, eso sí, una cierta ligereza a tanta gravedad metafísica.

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