Amnistía se diversifica


Amnistía Internacional se creó en Londres en 1962 bajo la inspiración del artículo “The forgotten prisoners” escrito por el abogado Peter Benenson — gracias Wikipedia—. El artículo está reproducido en la página de Amnesty International en el Reino Unido y comienza con esta frase: “Abra su periódico cualquier día de la semana y encontrará un informe en el que se escribe acerca de alguien que está prisionero, ha sido torturado o ejecutado porque sus opiniones o religión son inaceptables para su gobierno…”. Aunque el dictum evangélico —San Mateo 6.3— dice: “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha” es oportuno aquí decir que soy socio de esta organización humanitaria, pero que estoy confundido desde que hace unos días recibí una llamada sorprendente. En ella mi interlocutor pedía una aportación extra para actuar de forma urgente en las residencias de ancianos, donde se estuvieran produciendo muertes por la Covid-19.

Me quedé atónito, porque mis aportaciones a las ONGs se basan en sentimientos no bien perfilados sobre esta o aquella injusticia o carencia del mundo, en la esperanza de que ellos, como especialistas en el sufrimiento, sepan como aplicar las ayudas. En este caso el sentimiento de fondo es el horror por las acciones de represión arbitraria, cruel y letal de gobiernos que desde Estados Unidos a China ejecutan personas por delitos comunes; de Arabia Saudí a Israel, pasando por Irán cometen asesinatos selectivos o groseros y mantienen a poblaciones enteras bajo la amenaza de persecución, bombardeo colectivo y torturas individuales por razones políticas, de condición sexual, de religión o de género. Y, también, porqué no decirlo, el horror del tratamiento que países como Italia, España o Grecia —en nombre de la Unión Europea— dan a los movimientos migratorios. Todo un catálogo de maldades, cuyo alivio o erradicación coinciden con el propósito del inspirador artículo fundacional de esta organización. No en vano su emblema es una vela encendida, supongo que en señal de esperanza, rodeada por alambre de espino. Siendo así las cosas, me gustaría saber si hay alguna pasarela formal, metafórica o analógica que permita pasar de estas desgracias a la situación de nuestras residencias en un país donde hay prensa libre, fiscales y jueces, que, que yo sepa, no están bajo amenaza alguna para tener acceso a la información y, en su caso, a la persecución y castigo de conductas negligentes por codicia o incompetencia.

Intrigado he mirado en los portales de la organización en varios países —Italia, Alemania, Reino Unido y Canadá— y encuentro genéricas llamadas a la defensa de los derechos humanos, durante la pandemia, pero ninguna alusión tan directa y extraña a la misión específica como en la iniciativa de la sección española. Tengo la malsana impresión de que, al menos aquí, esta fundamental ONG ha decidido diversificar sus fuentes de ingresos, lo que me parece un error estratégico y espero que, suavemente, disipen la presión para conseguir fondos con este objetivo y vuelvan a sus orígenes fundacionales que es dónde se les necesita. No tienen obligación alguna de crecer más de lo que exija su misión.

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