Exterminio imposible


Una de las constante universales es la división entre lo que podríamos llamar vagamente polo de izquierdas y polo de derechas. Hay ramas de la psicología que establecen fuertes relaciones entre este cisma y la naturaleza humana. Quizá, quien mejor ha teorizado sobre el asunto sea Thomas Sowell en su libro Conflicto de Visiones. La Visión Trágica no cree en los cambios sociales, ni siquiera para la compasión, y la Visión Utópica cree que cualquier cambio es posible, incluso el polémico de los géneros a partir de un sexo indiferenciado al nacer. Sea como sea, lo que la historia parece indicar es que la división es una constante universal y que su frontera está aproximadamente en la mitad de las poblaciones. Las escasas diferencias de las votaciones norteamericanas de estos días favorecen la pretensión de fraude electoral cuando el perdedor no soporta el resultado. Pero no se trata tanto del caso particular de los Estados Unidos, por más que es ejemplar al respecto, sino de la mentalidad de que el “otro” debe ser exterminado por métodos autoritarios o neutralizado mediante la mentira sistemática. De la primera opción han participado todos los grandes malvados de la historia. Dejando a un lado al maligno Hitler, muchos dictadores han considerado que era suficiente con campañas de represión que incluía la muerte de los adversarios políticos, por el mero hecho de pensar diferente. Así, tras nuestra guerra civil, se produjeron unas treinta mil muertes; una cifra parecida fue resultado de la represión de la Junta Militar argentina; Pinochet dejó unos cuarenta mil desaparecidos. Cifras tan parecidas que parecen sugerir una pauta criminal suficiente para amedrentar a un país. Pero qué decir de algunos regímenes populares en Rusia, China o Camboya que fueron directamente al exterminio. Estas versiones dramáticas tiene su pálido reflejo en las relaciones entre la izquierda y derecha políticas en época de paz cuando se usa el argumento de la ilegitimidad. Argumento con el que, no sólo socavan el suelo democrático de una victoria ajena, sino que vacían de fundamento las opiniones de millones de personas que votaron esas opciones. Precisamente el auténtico espíritu de la democracia consiste en convencerse de que las sociedades sólo pueden progresar con la alternancia de las dos visiones, del mismo modo que un velero navega contra el viento haciendo bordadas a babor y a estribor. En consecuencia, esperamos de los políticos profesionales que acepten esta situación y se dediquen, primero, a aceptar la victoria del contrario y, después, a cooperar en los asuntos de Estado, pues sus partidarios no son veletas caprichosas, sino posiciones fuertemente arraigadas en la naturaleza humana y no van a dejar de votarles porque tengan un comportamiento civilizado y racional.

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