El ministerio de la anticipación


Desde el mítico Club de Roma el mundo ha convertido en costumbre hacer prospectivas con las que anticiparse a los males del futuro. Aquellos informes apuntaban alto, pues se enfocaban hacia problemas tan graves en su desarrollo e implicaciones como el crecimiento de la población. También el problema del medioambiente, la desigualdad y otros que obligan a cierta capacidad de anticipación para evitar los grandes golpes de la realidad cuando se la deja o se la invita a volverse incómoda para la vida humana. Esta crisis verdaderamente global del coronavirus ha resultado transversal, con matices, a diferencias económicas, sociales y étnicas de una forma que no tiene parangón. Obviamente hay que matizar que las proporciones no han sido las mismas según el poder económico de cada uno. Pero se ha echado de menos una capacidad de husmear el peligro futuro. La experiencia China con menos de cuatro mil fallecidos no les pareció suficiente plaga a los países europeos a principio de 2020 para prepararse y se dio lugar al espectáculo patético de países robándose los sistemas EPI unos a otros o expuestos a sufrir estafas a gran escala. Hace unos días en una conferencia virtual del filósofo Daniel Innerarity sobre la pandemia le pregunté si creía que debía haber una Ministerio de la Anticipación y respondió que “le gustaría ser su primer ministro”. Desde luego sería potente tener un equipo multidisciplinar que, ante un mundo cambiante que tritura toda expectativa descuidada, se ocupara de mirar las posibilidad del mundo presente, en la medida que incorpora al pasado, de gestar calamidades y el grado de probabilidad de que se dieran. Los expertos saben que el riesgo es un producto de la probabilidad de un suceso por el costo de las consecuencias. De modo que esa sería la tarea de ese ministerio: evaluar e informar del riesgo. Sus informe serían tranquilizadores o inquietantes según cada uno de los factores de la ecuación. Pero creo que falta motivación y la razón está en la propia definición de la motivación como producto de la expectativa por la capacidad. Si uno de los dos factores es cero la motivación es cero. Que cada uno se pregunte qué falta a las clases políticas actuales, si expectativas sobre los beneficios de anticiparse a los desastres que podría proporcionar tal ministerio, o la capacidad de los actuales gestores para que lo encuentren necesario. Como ha de llegar una tercera ola de la pandemia, se puede ir entrenando funcionarios en un ejercicio a escala. Pero es sabido que la vida es más compleja y que, a las propuesta racionales, se opone frontalmente la irracionalidad de las motivaciones de los seres humanos. Estas pasiones están tasadas y en los políticos están exacerbadas por intereses igualmente conocidos. Pero la ciudadanía debería saber distanciarse de ese torbellino y no seguir la mano “falsa” del prestidigitador perdiendo de vista la que esconde la carta. Desgraciadamente, una y otra vez, caemos en el error de emitir un juicio rápido, irreflexivo y, por tanto, sesgado haciendo el juego a los artista del escenario parlamentario. En nuestra mano está hacerlos mejores con nuestras posiciones y, sobre todo, con nuestro voto.

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