La foto en blanco y negro que ilustra la portada de este blog es la del día de mi jubilación en la Universidad Politécnica de Cartagena el 30 de septiembre de 2016. Cuatro años después ya tengo cierta experiencia como jubilado y he tratado de plasmarla en un libro en el que comparto mis reflexiones tras abandonar el vértigo de la vida laboral y saborear esta especie de premio que, salud mediante, la sociedad moderna concede a sus componentes, si son capaces de disfrutarla en todas sus dimensiones.

Quien acabe interesado por el libro puede hacerse con él en este enlace: https://tinyurl.com/y3lae4so

Prólogo   

Nacido en 1950, soy un babyboomer, que ha disfrutado de las ventajas que trajeron para la gente la expansión de la industria del consumo y el estado del bienestar. Me jubilé el 30 de septiembre de 2016. La jubilación no me pilló por sorpresa, porque dos años antes de que llegara el día, ya había planeado cómo me gustaría que fuera. En el año final, terminé mis obligaciones de gestor en la universidad, para, durante seis meses, dar clase exclusivamente y tomar café con todos, unos por leales y otros porque se sintieron perjudicados por mi gestión. Así todos tuvieron su explicación a mis decisiones. De esta forma dejé mi trabajo en la universidad con la tarjeta limpia y me preparé para afrontar el último tercio de mi vida tras cuarenta y cinco años de ejercicio profesional.

Uno de los rasgos de la jubilación que más me preocupaban era el del supuesto vacío que se debía producir tras el cese de la exigente actividad profesional. Así me lo habían anunciado, unos por experiencia propia y otros, indirectamente, por los casos de sus padres. Vacío que tiene relación con un problema que la sociedad no ha afrontado todavía: el de cómo tratar a los ancianos y cómo hacer para financiar las vidas de las crecientes cantidades de personas con larga vida potencial tras cumplir 65 años o la edad que se acabe fijando a medida que el fenómeno aumente su importancia. Obviamente, es un problema económico y social que tiene sus expertos, pero es también un problema íntimo, por lo que este libro mira en otra dirección: la de cómo hacer de esa vida una vida auténtica con tanta calidad como pudo ser la vida en la fase profesional (o más). Las dos dimensiones, la económica y la espiritual, son importantes. La una para una vida material autónoma y la otra para que la inevitable decadencia física no vaya acompañada de una decadencia espiritual que amargue absurdamente casi un tercio de la vida de cada jubilado[1].

Creo que ambos problemas pueden ser resueltos de una vez, si consideramos que sentirse útiles es una condición fundamental para evitar el vacío vital, y que la sociedad puede obtener algún tipo de compensación por la actividad de los jubilados, si se establece con inteligencia, proporción y sensibilidad el cómo hacerlo.

Yo no he esperado a que lo resuelvan, pues en mí han convivido con naturalidad el ejercicio profesional de aparejador y docente con mi interés por la filosofía, a la que le he dedicado cinco años de estudio y mucho más de lecturas. Por eso, en mi jubilación, tengo la oportunidad de madurar esta vocación que fue preterida por la profesión y que, ahora, tiene su oportunidad. Una oportunidad que me doy de afrontar los cambios espirituales que seguramente traerá la proximidad de la muerte.

Con ese bagaje estoy dispuesto a servir a la sociedad si se formaran servicios asistenciales que no colisionaran con trabajos ya definidos y atendidos por personas en la edad adecuada para ellos, puesto que hay más trabajo que puestos de trabajo y, ahí, es donde el jubilado puede ayudar, desde mi punto de vista. Naturalmente, todo sometido a la evolución de la automatización generalizada que asoma su oreja por el horizonte y que podría acabar, no ya con las ocupaciones sociales de los jubilados, sino con la de los jóvenes ávidos de ser útiles. En ese caso, sería necesario que cualquier idea para cubrir una necesidad humana fuera cubierta por los jóvenes que necesitan un proyecto de vida, antes que por un jubilado. Por ejemplo, ahora los ecologistas recogen plásticos del mar por amor a la naturaleza. Mañana puede o deberá ser una profesión. África languidece ente sátrapas y epidemias; sería mejor invertir el sentido de la emigración y enviar contingentes de europeos a aportar su conocimiento y a emprender negocios con los nativos para que mejoren sus vidas en sus propios paisajes espirituales. Ya viajarán por placer.

Porque la alternativa de cobrar sin trabajar, cuando hay tanto por hacer, parece una estupidez. Mientras no se arbitren medidas de este tipo, la amenaza del desempleo provocado por la automatización se trasladaría a grandes masas de ciudadanos a los que nadie estaría dispuesto a formar, dada su “inutilidad” potencial. Quizá muchos de los jubilados podrían ocuparse, entonces, de formar a los jóvenes para que éstos a su vez emprendieran servicios no cubiertos por la robótica y así justificar sus emolumentos. Además de que la tecnología que trae el problema trae con ella la solución, pues la educación convencional, académica y reglada, tendrá que convivir con otras en plataformas digitales, que deberán alcanzar los grados de seducción que alcanzan algunos “influyentes” en las redes distribuyendo basura mental.

Me pasé quince años cantando la primera estrofa del Gaudeamus Igitur de memoria. En ella figura dos versos que señalo con (*) en los que parece anunciarse que, a la frescura de la juventud, sigue una permanente molestia que debe llevarnos a vivir al horaciano modo del Carpe Diem:

A pesar de este pesimismo, los jóvenes estudiantes alemanes que entonaban este himno en el siglo XVIII hacen un canto a la vida y recomiendan, en el resto del texto, no perderla en el odio y la tristeza. Al contrario, proclaman el goce, el estudio y el cultivo de la verdad. Este es el plan que propongo para ser jubilado. Y digo “ser” y no “estar” jubilado porque la jubilación no es un sitio en el que se está, sino una forma de ser que puede abarcar treinta años de la vida propia. Una forma de ser que debe construirse explorando lo que hemos sido cuando hemos estado cumpliendo con nuestra cuota de esfuerzo a la sociedad.

Seguro que algo estaba ahí latente que ahora se puede desarrollar. De no ser así, habría que sospechar que se puede ser workalcoholic o trabajólico, en una versión léxica más propia de Mario Moreno (Cantinflas) (1911-1993) de la expresión inglesa de “adicto al trabajo”. Lo que, de ser así, hace necesaria una cura, que pasa por alejarse de la empresa y probar el ocio, hasta casi el hastío. Momento en el que toda la mente reclamará una ocupación que debe responder a la propia naturaleza que, sólo o con ayuda, debe uno haber identificado en el periodo de desintoxicación del que ha resultado para mucha gente algo así como “trabajos forzados”.

Merece la pena intentarlo y, ante la duda, leer un tiempo buena literatura; nada de aquella que te manipula haciéndote creer que la vida tiene que ser emocionante a toda costa. Unas emociones que pretenden invitar a poner en riesgo toda la estructura social con giros bruscos, como ocurre con el extrañamente popular Juego de Tronos, que ni enseña política, ni invita a la piedad. Un tipo de arte cinematográfico que, eso sí, hace renacer el gusto por la violencia que parece estar sumergido en nuestras profundidades y es cultivado en susurros.

El buen jubilado no nace, se hace. Aquí lo que se propone es un ejercicio, un hacerse primario de reubicación en la vida, haya pasado lo que haya pasado previamente. De esta forma, el último tramo de la existencia puede tener un significado nuevo. El hecho es que, cuando se está jubilado, se puede dejar de estarlo volviendo al trabajo como hizo un conocido mío harto, como el decía, de “empujar carros de Mercadona” (según su propia expresión). Pero si se es jubilado, esa condición ya no se abandona nunca, porque se habrá encontrado el buen vivir para el bien morir.

El secreto de una buena vejez es considerar que las molestias, incluso las enfermedades graves no son exclusivas de estas edades, sino que se pueden presentar en cualquier momento, lo que las elimina como factor diferenciador. Queda pues el gobierno del cerebro, la mente y el espíritu (que no es lo mismo). El cerebro es consciente, la mente autoconsciente y el espíritu libre. Éste último es el refugio de la inteligencia para estar en “solitud”, término que Hannah Arendt (1906-1975) utiliza para referirse a la intimidad del pensamiento consigo mismo en ausencia de otros. No hay que confundir con la soledad, que es la ausencia de los otros y de la propia compañía.

Y ese gobierno del espíritu (del alma, castizamente) es una aventura para el ser humano, tenga la edad que tenga. Por el alma han transcurrido los mismos acontecimientos que por el cuerpo, pero, si el soporte cerebral resiste, estos acontecimientos pueden dar la felicidad que compense la decadencia del cuerpo. La juventud del alma de un viejo es formal, se refiere a sus deseos de saber y sentir, que pueden permanecer intactos, pero no su contenido. Su maduración nunca es la misma, evoluciona buscando el equilibrio entre el conocimiento estructurado y el estremecimiento orgánico; entre el concepto y la intuición, entre comprender y poetizar.

Por tanto, la vejez es una época en la que hay que evitar que los cambios en el cuerpo depriman a la mente, para que ésta mantenga su fortaleza e interés por el entorno a sabiendas de que somos corporalmente intermediarios entre nuestros padres y nuestros hijos; pero en la certeza de que, espiritualmente, somos propietarios de nuestras vidas. Si nos parece poco premio habremos fracasado al sustituir la vida por su espectro.


[1] En todo este texto, cuando se dice “jubilado”, se quiere decir también “jubilada”.

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